Joseín Moros vuelve a La Cueva del Lobo con una muy interesante narración, con muchos detalles, muy fluida, bastante acción, bastantes acontecimientos en tan pocas líneas, muy recomendada.

Con esta historia Joseín participa en el Desafío del Nexus del mes de Marzo:

Un Corto Vuelo

En un atardecer grisáceo Axer tan Rax sube corriendo un sendero muy empinado con escalones labrados en la piedra. Están desgastados por el uso, millones de pisadas, subiendo y bajando de Kiiraefimra, los convirtieron en cóncavas y pulidas formas.

Las vestiduras del caminante son oscuras y poco ceñidas, con aspecto de cuero bien trabajado. Sobre la cabeza lleva un sombrero sin visera, adornado con una larga pluma negra y unos anteojos por encima de la frente. La capa que lo protege del frío es violeta oscuro y azota sus piernas por la agitación del viento. Una gruesa pincelada blanca se destaca sobre el color brea de las rocas, es la cabellera y la barba, ondean imitando el nerviosismo de la capa morada.

<< Tres mil ciento cuarenta y un escalones >>

En el brazo izquierdo lleva algo parecido a un enorme fruto, de cubierta corrugada, oscura y opaca. La mano derecha se apoya en la culata de un revólver de gran calibre y prolongado cañón, gemelo de otro en la cadera opuesta.

Aunque no jadea, lo cual demuestra su buena condición física, se detuvo.

<< Me molesta el fémur, debería esperar >>

En el muslo izquierdo el pantalón tiene un desgarrón manchado de sangre seca. Con la vista recorrió el horizonte frente a Kiiraefimra. El rápido crepúsculo manchó con matices rosados la llanura selvática, arrugada de colinas. Un punto muy pequeño, seguido por un negro borrón entre las nubes largas y horizontales, lo mantuvo inmóvil más tiempo del que había programado descansar.

<< Un dirigible. No debe entrar, Kiiraefimra es tierra sagrada >>

Continuó subiendo, a cada momento miraba hacia el aerostato, ahora muy cerca de los árboles.

<< No respetaron la frontera sacrosanta >>

Al darse cuenta que el dirigible aumentó la velocidad de vuelo buscó una grieta, allí introdujo el objeto ovoide. Recogió una roca de similar tamaño y continuó la carrera.

Un par de minutos después el dirigible se bamboleaba a menos de cincuenta metros de distancia, rodeado por una negra nube de humo flota a un kilómetro sobre las copas de los árboles. El navío de color gris metálico poseía manchones de óxido; la cabina fijada a su vientre parecía una locomotora, debido al gigantesco cilindro adosado al compartimiento de máquinas.

Armas de fuego resonaron, una de ellas a mayor secuencia que las demás.

<< ¡Tienen una automática! No respetan ninguna ley >>

Un observador lejano vería el descomunal peñasco negro, de dos mil metros de altura con una meseta de cuatro por tres kilómetros y erguido sobre la llanura selvática, siendo acechado por el dirigible como un diminuto pájaro a un nido de termitas. En aquella meseta sobresalía una larga construcción de techo plano, con los mástiles propios para atracar dirigibles y cuatro de esos aerostatos bien amarrados contra el suelo. Además de muchas estructuras de piedra y murallas, existían innumerables catapultas y ballestas de gran tamaño, sin los operarios o soldados que debían permanecer en los puestos de batalla.

A la altura del hígado de Axre un agujero comenzó a sangrar, las piedras estallan a su alrededor y varias esquirlas rasgaron su mejilla. Se apoyó a la roca y quedó medio protegido en una grieta. Afirmando el brazo contra la pared apuntó con el revólver.

Apenas pudieron distinguirse las detonaciones entre las andanadas de disparos provenientes del dirigible y el rugido de las hélices intentando mantener la estabilidad del aerostato. Un chorro de vapor surgió del cilindro metálico y la automática quedó silenciada. El brazo inerte de un hombre asomó por una de las ventanas.

Entonces el dirigible retrocedió casi quinientos metros y espaciadas detonaciones produjeron más impactos cerca de Axre.

Ya en la oscuridad nocturna la tripulación examinó los daños, para ello un hombre subió por la escalera externa amarrado a una cuerda y regresó a la ventana por donde había salido.

<< Si contraatacan todo terminó >>

El dirigible efectuó un lento giro, encendió dos reflectores y con precaución comenzó a moverse hacia la montaña. El bamboleo no permitió a los fusileros apuntar con efectividad. Los tripulantes buscaban la manera de hacer eficiente la automática y al mismo tiempo quedar fuera de alcance de los tiros de Axre. El vulnerable cilindro metálico de la máquina de vapor ahora estaba detrás de la cara frontal de la cabina.

Otro agujero sangró en el pecho de Axre y cayó de rodillas.

Con sus dos manos aferró el objeto ovoide y lo levantó por encima de la cabeza, en el mismo instante una bala golpeó su frente. Luego su cara y pecho sacudieron los escalones y soltó la piedra. Uno de los reflectores intentó seguir la trayectoria de caída pero los rebotes contra el risco defraudaron a los operadores del foco luminoso.

Desde el dirigible permanecieron disparando al cuerpo inerte pero la luz falló al cabo de unos segundos y sólo un fanal quedó encendido.

Continuaron explorando, a casi un kilómetro abajo las copas de los árboles no permitieron el paso de luz hacia el terreno; el objeto ovoide era demasiado pequeño para ser visto en tales condiciones. El viento estaba cambiando de dirección, empujando al aerostato contra la montaña y el último reflector se debilitó como una vela desgastada. Comenzó a llover, en las alturas se inició una tormenta eléctrica. Entonces el artefacto ascendió con dificultad y un rato después, iluminados por los relámpagos, los tripulantes intentaban con ganchos al final de largas cuerdas amarrarse a los mástiles sembrados en la cumbre.

La lucha contra el vendaval causó que los dos primeros mástiles fallaran de manera catastrófica, uno se partió y otro perdió el racimo de argollas metálicas. Cuando por fin el aerostato quedó asegurado a dos de ellos, colgando de cuerdas varios hombres descendieron y en otras argollas aferradas a la roca asentaron docenas de ganchos.

A la mañana siguiente los mecánicos, con el aerostato a nivel de suelo, iniciaron una burda reparación de la caldera la cual había bajado de temperatura en la noche helada. Taponaron la grieta abierta por los disparos de Axre, soldaron y atornillaron una placa de metal y al medio día habían concluido.

Varios individuos, con trajes de cuero y cascos sin visera, hablaban mientras completaban sus tareas.

—Ese maldito tenía buena puntería, buscó la zona donde la herrumbre había desgastado la placa de metal.

—Sin el huevo que cayó en la jungla no tenemos el pago más grande.

—Pero lo destruimos, por eso también nos pagan, esa caída y los rebotes contra la roca lo deben haber despedazado. Un huevo roto…ja ja ja.

—No tenemos pruebas de su destrucción. Me consuela que el mercenario tampoco pudo cobrar.

— ¿Es un mercenario como nosotros?

—Era, querrás decir. Y nosotros no somos mercenarios, idiota, somos piratas.

—Dicen que su abuelo merodeaba por estos lados. Le hice unos tiros al cuerpo caído, hasta que el capitán me detuvo, las balas cada día son más caras.

—Tenía buena puntería, mató al hombre de la ametralladora por el hueco de la garita.

—Pero está muerto. Si no estuviera tan lejos iba hasta allá a cortarle la cabeza y tomar el revólver.

—No es seguro, el tipo quedó en el borde del precipicio, tal vez también cayó el arma y el viento se llevó el cadáver.

— ¿Que tiene el huevo?

—Ni el capitán lo sabe. Le pagan por robarlo. Nadie se atrevía a entrar en tierra sagrada con armas y matar a alguien. Nos dieron el adelanto en efectivo, pero perdimos el resto

— ¿Quien vive aquí? —preguntó un individuo, con acento trabajoso y aspecto diferente a los demás.

—Viejos y viejas, civiles mercantes van y vienen, religiosos de todas partes llegan y se van. Nadie batalla aquí en Kiiraefimra, bajo pena de muerte por descuartizamiento. La mayoría de los reinos lo aceptan desde hace siglos.

—No lo sabía. Quiero irme ya.

—En unas horas escapamos de aquí. La caldera ya está calentando.

—Dijiste que el abuelo del mercenario trabajaba por aquí.

—Sí. Oí cuando el embajador que estaba contratando nuestros servicios con el capitán lo dijo.

—Hagámosle una visita a esos viejos. Tal vez tengan algo valioso

—Ni lo imagines. El capitán sabe que entonces nos perseguirán hasta en los infiernos. Por eso lo buscaron, porque saben que no causará daño a Kiiraefimra y su gente. La pena por hacerlo es degradación de cualquier familia noble, sin importar de cuál reino y la muerte de los líderes de esa casa. ¿Por qué crees que mandó a reparar los mástiles y está dejando víveres en los depósitos bajo la plataforma a cambio de leña y carbón? Quiere silenciarlos.

— ¿Entonces a él no le cae la condena de descuartizamiento?

—Si le cae, si nos descubren los guardias fronterizos. Los viejos nunca lo delataran, mientras que no atente contra ellos o contra las instalaciones.

—¿Por qué el mercenario venia para acá?

—Eso preguntó el capitán y no le contestaron, pero le aseguraron que no formaba parte de la comunidad religiosa de Kiiraefimra y que venía como falso penitente, para esconder ese objeto extraño.

— ¿Cómo se llamaba el mercenario?

—Axre tan Ra, significa “El que todo lo ha visto”, nombre ridículo, además nada original, lo robó de su abuelo. Mejor era el de su tatarabuelo: “El de largo vuelo”.

— ¿Por qué sabes tanto de esos tipos?

—El abuelo de este hombre mató a mi padre cuando yo tenía sólo un mes de nacido. Fue durante una de esas rebeliones de esclavos, mi padre tenía una flota de dirigibles para comerciar cautivos, ese Axre la destruyó. Por eso quedamos en la miseria.

— ¿Y sabes algo del padre de este Axre?

—Nada. Lo más gracioso es que nunca vi la cara de ninguno de ellos. Pero logré la venganza de la familia, estoy seguro. No me importa haber perdido la mejor parte de la paga.

Al caer de la noche las hélices arrancaron y volando bajo el dirigible se perdió en la oscuridad. No podían darse el lujo de dormir allí, los piratas preferían el riesgo de viajar en la penumbra para salir de tierra sagrada donde ya se habían ganado otra condena de muerte.

En ese momento el cadáver de Axre tan Rax se movió y con dolorosa lentitud comenzó a descender los escalones de piedra. El sombrero lo había perdido, pero ambos revólveres reposaban en sus fundas, bien abotonados y protegidos de la lluvia que se estaba iniciando.

Contó los escalones a medida que bajaba y ayudándose con los resplandores de los relámpagos ubicó la grieta donde había escondido el objeto ovoide y lo extrajo. Lo acunó en sus brazos y con pasos temblorosos continuó el ascenso interrumpido por el dirigible.

Casi al amanecer Axre tan Ra, “El que todo lo ha visto”, llegó a la cumbre de la montaña. Caminaba con precaución, protegiéndose de no quedar en terreno descampado. De repente una pequeña luz se encendió a unos cien metros, casi al otro extremo de la construcción de techo plano. Llegaron cuatro sombras. Una de las figuras tomó el objeto ovoide y otras dos lo ayudaron a caminar, la tercera quedó atrás, revolviendo las huellas en el fango.

Un rato después las cinco personas estaban en un sótano profundo, excavado en la roca maciza. La estancia era bastante grande, al fondo había una pared de unos cuatro metros de alto por seis de ancho, cubierta con una pintura representando un amenazador desierto y al fondo una extraña estructura casi piramidal, debía ser muy alta, tomando como referencia los esqueletos en el primer plano. Las personas que recibieron a Axre fueron dos hombres y dos mujeres, entre setenta a ochenta años por la apariencia. Bajo las gruesas capas, que ya se habían quitado, vestían sotanas blancas bien abrigadas, manchadas de sangre.

Con mucho nerviosismo entre todos habían cortado las ropas de Axre y ya desnudo lo metieron en una tina de madera, llena de agua caliente y aromática. Nadie había pronunciado alguna palabra, sin embargo trabajaron con habilidad y paciencia con el adolorido hombre.

Dentro de una cesta y sobre una larga y estrecha mesa de unos sesenta puestos, estaba el objeto ovoide. A la suave luz del recinto, iluminado con imitaciones eléctricas de antorchas en las paredes, el objeto continuó siendo opaco y corrugado. De vez en cuando las luminarias se debilitaban, muchas velas en candelabros no permitieron la oscuridad total.

Un olor a hierbas medicinales saturaba la habitación cuya temperatura era más bien fría.

Temblorosas de miedo las cuatro personas tomaron asiento al lado de la mesa, cada uno de ellos sacó un libro blanco y comenzaron a leer, sin mover los labios. Sólo necesitaban levantar la mirada para observar al hombre en la bañera humeante, pero el terror no los dejaba hacerlo.

El ojo izquierdo y parte de la frente, perdidos con uno de los balazos, ya casi estaban completos y el cabello blanco apareció en algunos lugares donde el cráneo había estallado. El pecho ya no tenía agujeros y sus pulmones comenzaron a trabajar, produciendo silbidos y toses. Entonces Axre canturreó una tonada triste, las casi ininteligibles palabras sonaron como un sollozo.

—Quiero sopa —dijo de repente—, estuve dos meses sin dormir, avanzando por la selva después que mi dirigible fue derribado. Al pie de la montaña un gorila bicéfalo me rompió una pierna. No imaginé que encontraran tan rápido un pirata dispuesto a violar la tierra sagrada de Kiiraefimra. Las cosas empeoran, ya perdieron el temor.

Uno de los hombres, el menos viejo, con movimientos pausados pero nerviosos y de una olla sobre un fogón a gas llenó un gran tazón de sopa, espesa como grasa para engranajes y tenía color similar a ella.

Axre tan Ra, “El que todo lo ha visto”, comió con una cuchara de madera, sin mostrar cara de satisfacción alguna eructó y pidió otra ración. Luego se enjuagó la boca con un líquido verde oscuro, de una botella que él mismo hombre le alcanzó y también lo aplicó sobre su propio cuero cabelludo.

—Gracias.

El hombre de toga hizo una reverencia, pero no contestó. Entonces movió varios grifos y el agua de la bañera comenzó a bajar de nivel y casi de inmediato fue cambiada por otra más clara. En seguida corrió hasta su silla.

En ese momento entraron tres personas, a través de una puerta disimulada detrás de un estante lleno de pergaminos. Un hombre y una mujer, ambos de similar edad e indumentaria al resto de los presentes, acompañaban una silla de ruedas donde un anciano de barba y cabellera muy blancas intentaba ayudar moviendo las ruedas de la silla.

Axre y el anciano se miraron unos segundos y Axre tan Ra sonrió con amplitud. Sus dientes ya casi estaban completos y lo rasgos faciales presentaban una piel suave y lozana, exteriorizando una edad cercana a los treinta años.

Larto, hijo mío —dijo Axre tan Ra, y se levantó chorreando agua.

—Papá —sollozó el anciano.

El mismo hombre que había servido la sopa puso sobre los hombros de Axre una bata blanca, parecida a la que todos vestían, cuidando de no tocar su piel desnuda.

El anciano Larto intentó levantarse, antes que terminara de hacerlo Axre llegó hasta él y lo cargó en brazos, como si fuera un niño. Ambos rieron y lloraron. Luego, con suavidad, Axre lo devolvió a la silla de ruedas.

—Ya tengo ciento cincuenta y siete años, papá.

—Y ochenta y siete como el Supremo Maestro de la religión oficial en Los Reinos de Cultura Superior. La última vez que nos vimos tenías once, fue una gran fiesta la de tu cumpleaños, Larto, hijo querido.

—Cumplí la misión que me dejaste, papá. Recibí tu mensaje cada cinco años, por eso estábamos preparados para recibirte como lo habías explicado —hizo una corta pausa para respirar—, moriré en estos días, soy el más viejo, tengo ocho hijos, cuarenta y tres nietos y más de doscientos biznietos, todos de sangre seleccionada por ti. Ya designé a mi sucesor, es un hombre joven de setenta años. Sande, ya lo conociste, es quien te sirvió la sopa. Su esposa es ella, Ludia.

Axre y los mencionados se hicieron reverencias, pero no hablaron.

—Estoy muy satisfecho, hijo. Cualquier padre estaría orgulloso de alguien como tú.

La conversación duro un par de horas, recordando momentos felices, hasta que el anciano comenzó a toser y por señas pidió que lo retiraran de la habitación. Axre tan Ra lo besó en la frente y las mejillas, como si no viera las expectoraciones del viejo. De nuevo ambos derramaron lágrimas.

—Sande, quiero ir al depósito sur, te mostraré cómo llegar hasta el primer acceso, ya debes tomar tu cargo.

El aludido, con los ojos muy abiertos por el pánico, hizo una reverencia y se tocó la boca con ambas manos.

—Puedes hablar ante mi presencia, ya eres el Supremo Maestro. Llámame Axre, sabes que mi nombre verdadero es uno de Los Once Secretos.

Largo rato después ambos hombres estaban en otro nivel aún más subterráneo, al cual arribaron luego de hacer desplazar pesadas piedras utilizando palancas ocultas en los labrados de las paredes rocosas. Axre llevaba consigo el objeto ovoide.

En uno de los túneles Axre dejó esperando al nuevo Supremo Maestro y cerró la pesada roca deslizante.

Esta sala, llena de extraña maquinaria, era aún más grande, iluminada con lámparas que proyectaban luz indirecta desde adornadas cajas doradas en las paredes. En ningún momento fallaron.

Axre tan Ra se aproximó a una máquina monumental, de unos cuatro por cuatro metros y seis de alto. Puso la mano en la superficie y se abrió una puerta por donde cupo el objeto ovoide y la máquina volvió a su hermeticidad.

Con la punta de los dedos se tocó los labios y luego a la superficie de la máquina, fue un beso silencioso. Después quitó una lágrima de su mejilla; algunos vellos faciales ya tenían unos milímetros de largo, blancos al igual que la cabellera.

 

 

El funeral del Supremo Maestro Larto fue corto y silencioso. Una fila de apenas cuarenta personas vestidas de blanco, Los Elegidos, avanzó por fríos túneles en las catacumbas e introdujeron el liviano féretro en la pared. Una placa decía “Todo es efímero, hasta el universo” y el nombre completo de Larto, apenas visible por la baja iluminación con velas.

Axre tan Ra selló la tumba y fijó la placa. En dirección al fondo había innumerables filas de criptas similares, de los Supremos Maestros fallecidos desde que esta comunidad se inició. El resto de los miembros eran sepultados en diferentes sectores de las profundidades.

Las miradas de curiosidad, teñidas de reverencia supersticiosa, no les era fácil de controlar a los cuarenta concurrentes a la ceremonia. Nunca habían visto a Axre y aunque el voto de silencio era muy respetado, había formas de comunicación muda que permitía conocer al menos los titulares de las novedades.

Axre tan Ra, El que todo lo ha visto, con similar indumentaria al resto de las personas, permaneció frente a la placa con el nombre de Larto. La fila de religiosos se retiró.

<< Buen trabajo, hijo. Una vez me preguntaste, cuando tenías ocho años: “Padre, ¿por qué hay mariposas que en la mañana salen del agua, vuelan y cuando el sol está más hermoso y brillante mueren?” Les dicen Las Efímeras —te contesté— y todavía me hago la misma pregunta >>

Luego caminó hacia lo profundo de la catacumba, dejando atrás cientos de nichos y llegó al final. Había una placa solitaria. La esperma de incontables velas formaba un promontorio enorme sobre los escalones.

<< Hola, Paek tan Fagken, “La primera piedra”, también fuiste hijo directo de mi sangre. Con acero y fuego robaste el corazón del reino más grande en esa época. Antes que tú no había existido el nivel de Supremo Maestro, tú mismo lo creaste para ponernos a la altura de los reyes. Buena jugada. Durante mucho tiempo el acero y el fuego no fue necesario, la palabra escrita y los rumores a veces tienen más poder >>

Levantó la mirada y leyó los caracteres excavados en la piedra negra, el artífice no fue muy diestro, era un trabajo basto, pero emanaba mucha fuerza.

<< Los Once Mandamientos. Ni siquiera tú, Paek tan Fagken, supo que fui yo quien los concibió, cuando un milenio antes de tu nacimiento fui el creador de tu religión >>

Axre tan Ra, El que todo lo ha visto, se arrodilló y abrió los brazos. En un lenguaje que ningún ser humano de Los Reinos de Cultura Superior había oído alguna vez, dijo palabras y en su pensamiento sonaron con tono de llanto.

<< Oh. Efímeras mariposas. ¿Por qué razón cuando el sol es más bonito ustedes se van? ¿Por qué tan corto vuelo, si el universo es tan grande? >>

Y lloró a gritos.

 

 

La barba y cabello blancos de Axre, en menos de una semana, quedaron tan frondosos como los de los más ancianos de la congregación. Cuando llegó un dirigible con los colores de Kiiraefimra, trayendo clérigos de avanzada edad para llevarse otros tantos, Axre se mezcló con quienes cargaban cajas en carromatos arrastrados por asnos rallados como tigres. Una sotana gris y raída, más las arrugas maquilladas en su cara, le permitieron pasar desapercibido y se entretuvo oyendo a los toscos tripulantes. Fingió dejar caer unos bultos del carromato, cerca de dos hombres y una mujer, ataviados con sotanas grises y cascos de cuero con anteojos, estaban reafirmando las amarras del aerostato a las argollas de anclaje.

<< Hablan ese antiguo idioma de los espías. Invierten palabras, usan algunas de otros lenguajes y comprimen frases. Que ingenuos, todas las lenguas se parecen a la primordial que llevan en el cerebro >>

— ¿Que oyeron? —preguntaba la mujer, su tono indicó un grado superior.

—El cuerpo del hombre fue arrastrado por la tormenta y cayó a la jungla. Ya ni sus huesos deben existir.

—Llegó un visitante misterioso, nadie lo ha visto, dicen que vino en un aerostato pirata. Hubo combate contra otro navío, el visitante murió en las escaleras.

Axre tan Ra se situó de espaldas. El ruido del viento no dejó a su voz llegar muy lejos.

—Una serpiente oye mejor que un águila.

Las palabras en clave y en el mismo lenguaje los dejaron paralizados.

—Sólo vino un dirigible, el visitante llegó con ellos. Estuvo reunido con uno de Los Elegidos, regresó con los piratas cuando se fueron. Dijo el nombre de la casa noble que los contrató para perseguir al hombre muerto, nombró Los Arcabuces. Dijo que perdieron el tesoro. Los piratas tienen una ametralladora, propiedad de Los Arcabuces. Es todo. Un águila llega más lejos que una serpiente >>

—Pronunció la última frase clave y al terminar de ordenar las cajas continuó avanzando con el carromato. Los tres espías no pudieron ver su cara, la cabellera y la barba apenas permitían advertir unas mejillas arrugadas.

— ¡Vive aquí! Miren, entró más allá de las barreras. No sabía que tenemos gente allí dentro.

Axre sonreía mientras descargaba cajas en el interior de un galpón de piedra. De repente se dejó caer en un agujero del acueducto y corrió chapoteando agua.

<< Si Los Arcabuces no son fuertes caerán, si sus aliados los apoyan nos atacarán >>

 

 

Al día siguiente el aerostato de la congregación Kiiraefimra partió. Axre tan Ra, desde el techo de una de las murallas lo vio alejarse. Vestía la sotana blanca, para quienes no tenían acceso a los círculos de Los Elegidos era sólo otro peregrino. Pasó una mano sobre las piedras de una catapulta, el arma parecía deteriorada.

<< Cuando inicié la construcción de esta fortaleza, como sede para una hermandad de religiosos y religiosas guerreros, había un lago donde ahora es una selva. Decenas de siglos después un cataclismo desvió el rio que lo llenaba y en el siguiente milenio apareció la vegetación >>

Miró hacia el horizonte.

<< Viene otro cataclismo de diferente naturaleza. El sisma que he fraguado en el corazón de la hermandad nos fortalecerá contra esos pueblos del futuro, con otras verdades que intentarán imponer; los he visto nacer, cuentan con un fanatismo difícil de apaciguar y ya luchan entre ellos por diferentes interpretaciones de sus propios libros sagrados. Su objetivo es diferente al mío, que es el mismo de la hermandad Kiiraefimra. Esos verdaderos enemigos, en unos siglos, tendrán no uno sino varios oponentes con nuestra misma idea fundamental. Nos uniremos cuando la situación presione, estaré aquí para propiciarlo >>

Axre tan Ra se apoyó en una de las catapultas, la madera había perdido flexibilidad y las partes metálicas se veían oxidadas.

<< Nuestro poder se debilitó, dejé pasar mucho tiempo sin empuñar las armas, no va a ser fácil, pero hemos tenido peores crisis. Aunque ahora hay una diferencia: tengo más que perder si arrasan este lugar >>

Unos meses atrás Axre estaba en el vecino Reino Romni. La fortaleza de Los Espadachines fue sitiada por Los Arcabuces, exigían el pago de una deuda de honor, porque una dama había rechazado la oferta de matrimonio de uno de sus nobles. Los Arcabuces exigían que la dama fuera degrada a esclava y un pago en piezas de oro. El monto superaba las posibilidades de los sitiados y tendrían que ganar la batalla o entregar su principal castillo y tierras más productivas.

Axre, como jefe de los mercenarios contratados por Los Espadachines, enfrentó ataques contra las murallas. Un arma prohibida estaba siendo utilizada, contradiciendo las antiguas exigencias de la hermandad Kiiraefimra, esta era la ametralladora, de menos alcance que los fusiles pero muy efectiva a corta distancia. El ataque final había comenzado a media noche, duró todo el día y ya la oscuridad había llegado de nuevo.

La batalla estaba perdida, Axre cayó junto con su ejército. Una ráfaga de ametralladora casi lo partió en dos, pocos minutos después recuperó la movilidad. Se escabulló a las residencias de los mercenarios, entre el humo de los incendios y bandas de saqueadores. Las viviendas estaban destrozadas por la acción de catapultas emplazadas en la llanura frente al castillo. Corrió entre las ruinas, reconoció el cuerpo de su mujer, Axre apenas tenía cuatro meses de casado con la noble dama Vazdena ben Espaz. Ahogado en llanto puso el oído en su pecho deformado, agonizaba, también parte del cráneo estaba golpeado. Ella lo miró con terror.

—Nuestro hijo —murmuró, y cerró los ojos con fuerza para resistir el dolor que vendría.

Axre se abalanzó a un rincón de la sala. Apartó escombros y levantó una loza, de su cuerpo caían gotas de sangre. Extrajo un objeto ovoide y sacó un cuchillo de su bota izquierda. Un momento después corrió a otro sector del suelo y levantó otra loza. Allí estaban las ropas de cuero, el sombrero y los revólveres.

Un día después Axre encontró en los bosques un grupo de aterrorizados mercenarios de la fuerza aérea de Los Espadachines y los persuadió de un ataque al campamento de Los Arcabuces, para robar un dirigible. Los convenció que debían viajar hasta la fortaleza Kiiraefimra, a presentar queja formal de esta carnicería con armas prohibidas. Aseguró poseer importantes documentos para demostrar la culpabilidad de Los Arcabuces y Kiiraefimra pagaría una fortuna por ellos. Todos serían muy ricos.

De los ochenta y tres navegantes sólo quince lograron abordar el aerostato robado y con seguridad los heridos, abandonados durante el robo del dirigible, contaron la historia de los documentos ocultos dentro del objeto ovoide. Algunos pensaron que debían ser esas imágenes malignas, llamadas fotografías, ideadas por la hermanad Kiiraefimra.

<< Nos persiguieron, ya en la frontera una patrulla aérea derribó mi aerostato con sus ametralladoras. Cuando vieron que sobreviví a la caída y me perdí en la selva, mandaron piratas a rematar la tarea >>

 

 

Seis años después la fortaleza había cambiado de aspecto. Los dirigibles estacionados eran ocho, con capacidad para transportar tropas. Axre tan Ra, a través de Los Elegidos, contrató mercenarios practicantes de la fe. Las catapultas y ballestas resplandecían de limpias y reconstruidas; el movimiento de obreros y artesanos parecía una ebullición de insectos y los estruendos día y noche asustaban a los más antiguos residentes de Kiiraefimra.

En el corazón de la montaña Axre tan Ra, El que todo lo ha visto, estaba reunido con Los Elegidos de la máxima graduación, tres hombres y tres mujeres, temblorosos al encontrarse frente a su deidad viviente. Ellos lo vieron caminar cuando por la naturaleza de sus heridas debería estar muerto, lo vieron reconstruirse pedazo a pedazo en la bañera de agua caliente, comenzar a respirar, hablar y comer. Estaban felices, es verdad, porque ahora no los movía sólo la fe sino la certeza, pero sentían miedo en su presencia. La luminarias fallaban y algunas no volvían a encender, los primitivos generadores eléctricos estaban siendo sobre exigidos, debido a los innumerables trabajos en la superficie y esos avances de oscuridad fomentaban el terror de Los Elegidos.

—Las noticias son desalentadoras. Kiiraefimra está sufriendo un sisma, hemos perdido el control de cuatro reinos vecinos y las revueltas ocurren en los restantes. Este sisma lo vimos venir hace siglo y medio, cuando un desconocido reinterpretó Los Once Mandamientos en las universidades más influyentes. La herejía tiene conquistados la mitad de los fieles.

<< Ningún sabio o sacerdote lo imagina. Yo fui ese ermitaño que gritaba en los anfiteatros frente a profesores y religiosos. Fue un éxito, aquí tenemos los resultados. El sisma nos fortalecerá, es más fácil desaparecer si no tienes antagonista. Te haces aburrido y dejan de creer >>

Hizo una pausa, rememorando sus aventuras como hereje y caminó por la estancia, los maestros lo siguieron con la mirada, llenos de religiosa reverencia frente al fundador de Kiiraefimra. Ignoraban que también era el autor de los libros sagrados sobre los cuales reposaba su fe con milenios de aparecida, aquellas mismas manos escribieron los pergaminos y labraron la piedra de los templos.

—Al notar nuestra debilidad sufriremos ataques. Los Arcabuces y sus aliados son herejes y están infiltrados por la fe de Los Lejanos, como llamamos esos reinos primitivos. Vendrán, bien preparados, tienen más de un siglo planeando arrasar Kiiraefimra. Ustedes me dijeron que nuestras arcas están vacías por los recientes gastos para la guerra, pero hice un esfuerzo y aquí tienen.

Aunque eran hombres y mujeres de fuerte mentalidad religiosa, cuyo objetivo de vida era el mismo de la fe de Kiiraefimra, abrieron los ojos de codicia cuando vieron lo que había detrás de una cortina. Axre tan Rax la había quitado de un tirón. Fue un promontorio de barras de oro, les llegaba hasta la cintura y para rodearlo se necesitarían veinte de ellos con los brazos estirados. Ninguno se preguntó de qué manera Axre había llevado esta masa de metal hasta allí. Nadie se pregunta cómo una deidad hace sus milagros. La leyenda de un fabuloso tesoro, escondido en las entrañas de la montaña Kiiraefimra, les pareció una realidad.

Axre tan Ra se retiró en silencio. Nadie lo habría podido imaginar esa misma noche manipulando los controles de una máquina que horadaba la roca y casi kilogramo a kilogramo la transformaba en oro puro. Después lo había transportado en un maravilloso vehículo silencioso, sin una ruidosa e hirviente máquina de vapor en su estructura. Y también era imposible que imaginaran de dónde había traído estos artefactos tecnológicos con un aparato volador que ahora estaba muy lejos de allí. Sí, todo estaba allí, escondido desde mucho antes que el lago alrededor de la montaña desapareciera.

Axre volvió a las galerías y nadie lo siguió. Conocía a la perfección los pasadizos disimulados alrededor de las áreas comunes, le permitían aparecer y desaparecer con enorme facilidad. Nunca compartió este conocimiento, la maquinaria robot lo construyó sólo para él.

Se detuvo frente a la maquina donde había introducido el objeto ovoide y movió los dedos de su mano derecha frente a un tablero plano. Había luz artificial, aire acondicionado y control de humedad en el recinto, tan silencioso como la roca de las paredes. Una imagen apareció en el tabique frontal de la máquina, era la silueta de un embrión humano.

—Informe —dijo en voz alta.

—Nacimiento en cuatro horas. Puede ser extraído de la incubadora en quince días —contestó una voz metálica, en el mismo idioma gutural.

<< Mi dama, Vazdena ben Espaz estaría feliz. Salvé nuestra hija. Fue terrible abrirle el vientre cuando todavía respiraba, tenía el pecho y cráneo rotos, no podía perder a las dos >>

Con el tráfico de dirigibles, llegando y partiendo de la fortaleza, sumado a la imposibilidad por parte de los maestros de seguir los movimientos furtivos de Axre, no se hicieron muchas preguntas cuando entregó una niña recién nacida. Varios de ellos mismos habían sido enviados por Axre, a la fortaleza Kiiraefimra, cuando apenas caminaban. Dos mujeres con niños de pecho habían llegado varios días antes y ahora sabían por qué Axre les había solicitado las consiguieran: serían las madres de leche de la niña. Nadie hacia preguntas a una deidad viviente y menos cuando de un día para otro había enriquecido a las autoridades de la fortaleza quitándoles la mayor parte de sus inquietudes.

 

 

Mientras los combates aéreos ocurrían semana tras semana alrededor de la fortaleza, Axre se entretuvo un minuto para descansar y quedarse observando la caída de los dirigibles de ambos bandos. Las defensas habían resultado efectivas. Catapultas y ballestas destrozaban los aerostatos. En ningún momento intentó calcular la cantidad de mujeres y hombres caídos.

Estaba apretando gruesas tuercas en el lugar donde antes estuvo el compartimiento para el carbón, en uno de los dirigibles más gigantescos. Los mecánicos que transportaron una caja de madera, casi tan grande como uno de los carromatos donde la trajeron desde la salida de los túneles, no vieron su contenido cuando Axre comenzó a trabajar con un sistema de poleas; si todavía quedara por allí alguno lo habría maravillado por su versatilidad y potencia.

La batalla era demasiado sangrienta para que la gente se interesara en el hombre trabajando en el cobertizo, sus tablones obstruían la visión a la maquinaria del dirigible.

Los Elegidos tenían instrucciones claras, nadie podía acercarse hasta allí y mercenarios de confianza mantenían alejado cualquier curioso. Sólo poseían una pista, Axre había dicho: La vida de Los Elegidos y nuestra hermandad Kiiraefimra, depende de ese dirigible. Al mismo tiempo pensaba en su formidable transporte aéreo, ahora en un lugar inalcanzable por su propia imprevisión, nunca más sería tan confiado en su capacidad para salir de cualquier problema en solitario. Un sistema de comunicaciones a distancia, para traer tal artefacto, estaba ahora entre sus planes.

Los Elegidos no necesitaron explicaciones, la batalla estaba perdida. Seis reinos aliados se cambiaron de bando en los últimos días, incluso después de haber recibido un enorme pago en oro. Para el momento, apenas contaban con los mercenarios a quienes les importaba más la fe que el dinero, pero sus fuerzas se agotaban y no había esperanza de refuerzos, debido a la enorme distancia y la poca autonomía de vuelo que tenían los aerostatos.

Al anochecer, con el cuerpo sudoroso y sucio de grasa lubricante, Axre levantó una banderola verde sobre los maderos del cobertizo y la iluminó con una lámpara a gas. Bajo la llovizna Los Elegidos, cubiertos de negro, comenzaron a desfilar hacia el dirigible con paso lento y silencioso. Luego siguió una fila de gente, había hombres, mujeres y niños. Casi no respiraban, la orden de silencio fue terminante. En ese mismo segundo cuando Axre cerró la puerta, al otro extremo de la meseta sonaron voces de alarma.

<< Todos mirarán hacia allá. Ese oficial ganó su oro, pero se retardó quince minutos. Espero sobreviva para gastarlo >>

Pero no era una falsa alarma. De repente oyeron gritos de guerra y el fuego de una ametralladora.

Axre prestó atención a las voces.

<< Ocurrió más rápido de lo que pensé. Un levantamiento en las tropas mercenarias. La traición es como una epidemia. El rumor de un tesoro fabuloso aceleró los acontecimientos. Un montón de viejos, sentados en un cerro de oro, quiebra la fe de muchos. Sigo equivocándome con lo rápido que cambian de objetivo, ya aprenderé >>

Entonces tiros de fusil golpearon el cobertizo y otros a la enorme estructura del dirigible. El silbido de gas escapando era perceptible a pesar del ruido.

<< Trabajo para las arañas >>

Muy pocas veces había utilizado estos artilugios, ellos podían asumir innumerable variedad de tareas. Eran robots del tamaño de una mano, el nombre de araña les quedaba bien. Corrían por la superficie del dirigible y sellaban los agujeros con sus cuerpos y espuma adhesiva. Nadie podría verlas en la oscuridad.

<< Muy bien arañas. Cuando oigan las hélices rompan los amarres. Si alguna cae al suelo no olvide autodestruirse >>

Por supuesto no tenía comunicación a distancia con las arañas pero el motor recién instalado sí, hasta cien kilómetros de alcance.

Axre tan Rax golpeó tres grandes botones iluminados de azul y las hélices rugieron. Quienes en el aerostato sabían de navegación aérea se preguntaron por qué no oían el escándalo de la caldera y mucho humo.

Varios soldados, a culatazos, tumbaron la pared del cobertizo y comenzaron a disparar contra las pequeñas ventanas del puente de mando, las balas rebotaron y quedaron sorprendidos, nunca antes habían visto un dirigible blindado.

En sus caras la decepción de estar perdiendo un fabuloso tesoro se transformó en odio y continuaron disparando.

<< Es más pesado pero también es una buena precaución. Los constructores dijeron que la cantidad de tropa a embarcar se reducía en un setenta por ciento, con carga completa de combustible y agua. No con este motor, amigos, y sin llevar carbón o leña >>

 

 

Mientras el dirigible volaba con piloto automático, algo que Los Elegidos no podían creer, Axre los tranquilizaba.

<< Están convencidos de nuestro objetivo, aunque todavía no ven la prueba final en sus propias vidas, pero no pueden aceptar que una maquina piense y tome decisiones >>

—Nunca podrán llegar hasta las catacumbas ni a los depósitos de Kiiraefimra. Dejé toneladas de roca que lo impedirán. Volveremos para recuperar nuestra fortaleza.

— ¿Y los libros? —preguntó el Supremo Maestro, desde su asiento casi en el centro del largo vagón lleno de gente, con luz artificial que en ningún momento parpadeó. Las ventanas blindadas tenían corrida las placas metálicas, a través de los cristales se veían las estrellas y más abajo nubes iluminadas por la luna.

—Están aquí, con nosotros —bien protegidos en el equipaje.

— ¿Dónde vamos?

—A lugar seguro. Somos setecientas noventa y dos personas, todos con expectativa de vida por encima de los ciento cincuenta años, gracias a la selección que hemos efectuado por milenios. No lo olviden, el resto de la gente ya es vieja a los cuarenta años, ustedes no, llevan la sangre de la inmortalidad. No sólo es vivir más, es ser inmortal. Vivos por siempre.

Axre tan Ra, El que todo lo ha visto, recordó la herejía que él mismo había fundado al reinterpretar los textos sagrados de su creación, bajo la identidad de un profeta desconocido que recorrió las universidades de todos los reinos sembrando la duda.

<< “No es vivos por siempre, es vida eterna. Algo intangible anida en nuestro cuerpo, ese algo tiene vida eterna aunque el cuerpo desaparezca”. Algunas veces casi me convencen mis propias herejías >>

 

 

El viaje duró meses, con paradas en remotos y deshabitados lugares. Las arañas se encargaban de fijar los garfios de amarre y de soltarlos cuando partían, Al cabo de unos días la gente comenzó a mirar más tiempo por las ventanas. Nunca imaginaron que el mundo fuera tan grande y Axre describía el aspecto de las tierras y la clase de personas que lo habitaron mucho tiempo atrás.

<< Me entristece recordar algunas de mis damas, veo sus fisonomías en los rasgos de esta gente, su sangre está con ellos >>

Cruzaron un océano, Los Elegidos se asustaron mucho cuando por ningún lado vieron tierra firme. Por fin apareció otro continente y sobrevolaron un desierto tan grande como el océano a sus espaldas.

<< Crucé caminando este desierto. Obtuve mis primeros hijos entre los nómadas, esa gente permanece aquí como si el tiempo no avanzara >>

Una mañana siete de los elegidos estaban en el puente de mando. Una mujer gritó señalando hacia la ventana frontal.

— ¡La Montaña de Los Elegidos!

—Frente al dirigible y sobresaliendo del horizonte, había una montaña, debía tener al menos treinta kilómetros de alto y sesenta de ancho, como una pirámide casi perfecta.

Todos miraron a Axre.

—Sí. Es la misma que está representada en el mural, allá en nuestra fortaleza. Yo mismo lo pinté.

La fe se magnificó. Era verdad, La Montaña de Los Elegidos existe, la deidad viviente tampoco mintió en aquello.

—Pero todavía no somos inmortales. ¿Porque venimos aquí? —dijo el Supremo Maestro, con voz llena de temor.

—Ustedes en verdad son Los Elegidos y no puedo arriesgarme a perderlos en una guerra. En unos siglos las aguas habrán recuperado el cauce y nuestra hermandad se habrá fortalecido y purificado con el sisma. Yo continuaré mi labor, trayendo descendientes de los más longevos. Ustedes vivirán en esa montaña sagrada y cada generación tendrá mayor tiempo de vida, hasta lograr el objetivo de nuestra fe: una generación de inmortales.

Todos cayeron de rodillas, de cara a la montaña, y entonaron cánticos sagrados.

<< Algún día lograré que al menos duren mil años. Los Efímeros, con sus cortas vidas, me causan más dolor que placer, pero los necesito. ¿De qué sirve una vida eterna si nadie a tu alrededor estuvo aunque sea en un episodio de tu pasado? Es igual que estar muerto por toda la eternidad>>

La Montaña de Los Elegidos crecía, a medida que la distancia se fue acortando. Al atardecer todavía estaba más allá del horizonte.

Durante la siguiente noche, y desde la cabina de mando, Axre tan Ra, El que todo lo ha visto, rememoró su despertar.

<< Me costaba mantener los ojos abiertos, había demasiada luz. Tenía muchos recuerdos, eran como un libro descuadernado a cuyas páginas dispersas por el suelo se le hubiese borrado el número >>

<< ¿Quién soy? Me preguntaba. Pude levantarme. Estaba desnudo y chorreaba gelatina salada, la tosía y la vomitaba. Reconocí mi lecho, era una incubadora. Supe que allí me había hecho adulto. ¿Cómo lo supe? No lo sé >>

<< Deambulé por largos pasillos llenos de luz. Había millones de incubadoras como la mía. Los cuerpos estaban resecos, reconocí sus caras. Todos eran yo mismo. Ahora comprendo. Murieron antes de terminar su formación, por ello no se recuperaron a la vida >>

<< Días, semanas, o años después, recorriendo galerías brillantes como el interior de una lámpara, los encontré. Eran asquerosos, en mi mente la página con el recuerdo necesario me lo dijo todo: “ellos te crearon, nunca fueron inmortales” También estaban resecos >>

<< En una pared mi reflejo mostró un hombre flaco, esquelético, y otro recuerdo me llevó hasta una despensa automática de alimentos. No sé si había comido desde que desperté, pero fue la primera vez que el nuevo recuerdo quedó grabado en mi mente en el orden adecuado >>

<< Deben haber pasado años hasta cuando comencé a recuperar los recuerdos implantados. Estaban programados para labores específicas y la conclusión fue fácil: fui creado para la guerra >>

<< Descubrí que podía aprender cosas nuevas y la curiosidad me llevó a explorar fuera del navío espacial. Ahora estaba claro, aquella enorme montaña había caído del espacio y no podía regresar, los daños eran demasiado graves y quienes tal vez podían repararlos estaban muertos >>

<< Un día los vi desde una ventana. Se parecían a mí, venían caminando antes que se calentara el desierto. Se protegían en grandes tiendas de tela cuando el sol estaba en lo alto. Me creyeron un semidiós y la idea me gustó. A si mismos se llamaban Los Efímeros y no querían dejar de serlo, decían que entonces el sufrimiento seria eterno. Nunca se atrevieron a entrar a La Montaña de Los Elegidos para Sufrir, como le decían a la nave espacial. Tenían una leyenda respecto a la gran montaña de madera negra, metal rojo y blanco hueso, lo mencionaban por sus colores y apariencia. Me di cuenta que yo había caído allí hacia muchos siglos, yo no siento el paso del tiempo >>

<< Tuve esposa e hijos y cuando aquellos Efímeros fueron muriendo de viejos sufrí mucho. Por eso comencé mi proyecto: quiero compañía para siempre, sí, lo merezco. Y aquí estoy: El que todo lo ha visto, El de largo vuelo >>

Axre tan Ra masajeó su mejilla, el tic nervioso había vuelto. No le molestaba, en realidad casi no se daba cuenta de él. Sonrió y contuvo la avalancha de carcajadas que con frecuencia le provocaba lanzar.

Fin

Poco mas de siete mil palabras, parece increíble que haya conseguido narrar semejante historia con tan poco.

Felicitaciones a Joseín por tan magnífica historia y no olvidemos que está participando en el Desafío del Nexus con ella; así que si disfrutaste de esta lectura no dejes de compartirla en facebook.

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