El autor Miguel Moreno de Mairena del Aljarafe en Sevilla España, nos envía su relato para participar en nuestro concurso:

Fractal

Todo el Universo

Autor Miguel Moreno

Todo el universo. Toda su inmensidad y toda su pequeñez, toda su infinitud y toda su insignificancia. La totalidad de la realidad traducida en unos y ceros que “cabían” en un solo ordenador. Una completa y minuciosa representación del universo y de sus innumerables detalles, una maqueta del mundo situada en una diminuta parte del mismo.

Como si de un enorme problema de física se tratase, la máquina era consciente tanto del estado de cada uno de los átomos que componían el universo, como del de la energía que él albergaba, y dominaba todas las fórmulas físicas (ya descubiertas por el hombre) que rigen el continuo baile del “todo” , así que podía predecir cómo se encontraría el universo un nanosegundo después, dos horas a continuación o incluso cómo sería a los dos mil trillones de años siguientes.

En la pantalla del ordenador aparecían los números, que cambiaban cada cinco minutos, mostrando cómo sería el universo en el instante de cinco minutos después. Aquellas cifras, ilegibles y carentes de sentido para cualquiera, lo eran para todos los seres vivos excepto para él.

El doctor, creador de la máquina, veía simples números en la pantalla, pero en su cabeza aquellos números tomaban la forma de estrellas brillando, supernovas estallando, planetas y satélites girando, meteoros surcando solitariamente el espacio, nuevas formas de vida naciendo en jóvenes planetas, así como viejas civilizaciones extinguiéndose en otros ancianos. Y también a través de los números podía conocer cualquier dato que se le antojase: la masa de un elemento concreto, la temperatura de un rincón oculto en un planeta al otro lado del universo, o la fuerza con la que un astro atraía a otro objeto cualquiera.

A través de aquel aparato, en definitiva, podía saberlo todo sobre todo en la realidad.

Y en medio de aquella enormidad, el doctor se concentró en una única galaxia, una más de tantas, y dentro de ella, en uno de sus incontables sistemas de planetas, en el que observó el tercero de ellos: la Tierra. Entonces puso su mirada en su propia casa y pudo verse a sí mismo, a sí mismo dentro de cinco minutos, y en el suelo junto a él, una hoja seca perteneciente a un árbol. Dejó en ese momento el doctor de mirar a la pantalla y miró a sus pies, pero aquella hoja no estaba todavía ahí. Se levantó de la silla en la que se encontraba y se dirigió hacia la ventana, abierta, pensando que ahí es por donde debería entrar la hoja. Bajó su brazo izquierdo sujetando el marco de la ventana hasta cerrarla al completo, no sin antes dudarlo, y observó a través de aquel cristal el exterior.

Vio los árboles mecerse con el viento otoñal, la luz del relativamente cercano sol filtrarse entre sus ramas hasta permitirle a él mismo ver, cuando una hoja se desprendió de uno de ellos, llevada por el aire que corría en ese instante, que le condujo a cruzar la distancia que separaba al árbol de la casa del doctor. La hoja se desplazó lentamente describiendo curvas en el aire, hasta que llegó a la altura de la ventana recién cerrada, avanzando hacia ella, cuando entonces, mientras el doctor esperaba esperanzado a que ocurriese algo sorprendente, la hoja chocó contra el transparente cristal produciendo un casi imperceptible y delicado sonido, cayendo la hoja al suelo a continuación, uniéndose al resto que habían acabado allí.

El doctor posó su frente sobre el cristal de la ventana, y lo tocó arrastrando suavemente los dedos de su mano por ella mientras cerraba los ojos y soltaba un suspiro. Abrió de nuevo sus ojos para volver a ver la hoja, manteniendo la esperanza de que algo ocurriese. Pero en el fondo ya era consciente de que su arduo trabajo había fracasado…

La miró durante unos minutos más hasta que pudo escuchar a su espalda un pitido que emitió el altavoz de su ordenador, señal que indicaba que la imagen del futuro se había actualizado. Se acercó desesperanzado hacia la pantalla, y mientras la sujetaba con su mano izquierda y se apoyaba sobre su derecha en la mesa encorvando la espalda , pudo verse a sí mismo de nuevo, a sí mismo dentro de cinco minutos, ahí sentado, mirando a la pantalla.

Pero pronto se dio cuenta de que aquel hombre no era realmente él, y que aquello que veía no era ya su mundo, ya que aquel doctor que observaba la pantalla tenía a sus pies, en el suelo, una pequeña hoja que había podido entrar en la casa por la ventana.

Fin

Muchas gracias a Miguel por su participación y le deseo la mejor de las suertes en el concurso 🙂

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