Este relato lo leí yo personalmente aqui en Barquisimeto en “La Casa de las Letras” me di el gusto de hacer hasta las voces de cada personaje.
Posteriormente lo publiqué en la página web de un amigo, pero de allí desapareció; tiempo después volvió a ver la luz en la conocida revista Alfa Eridiani. Y así finalmente lo tenemos aqui una vez más, espero que les guste.

Solo

Los hombres solo son el sueño de los Dioses
Los Dioses solo son el sueño de los hombres

Aquella podía parecer una reunión como cualquier otra, muy común entre borrachos, pero por el contrario se trataba de una muy peculiar fiesta, no por los invitados, sino por los hechos que se sucederán allí.
El lugar era una de esas granjitas que se encontraba en las afueras de la ciudad, uno de esos sitios que sólo sirven para ir a pasar las vacaciones porque no producen nada en absoluto, y que sólo sobreviven por la constante inyección de dinero del dueño.
Todos se encontraban reunidos en torno a unos toscos muebles hechos a base de unos troncos de árbol, aserrados por las malas con una motosierra.
La mayoría de los presentes estaba bastante entonados con la abundante cerveza proporcionada por el dueño del lugar. Miguel Yunque, un muchacho de unos veintiocho años, piel morena y mirada altiva; en aquellos momentos escuchaba divertido la conversación que se llevaba acabo.
—La energía que hay dentro de mí nunca se va a acabar, quiero decir que no desaparece; siempre se transforma, o sea que una parte de mí siempre sigue.
—el que así hablaba era Luisito, un muchacho que parecía tener unos veinte años por su altura, pero que en realidad no alcanzaba a más de dieciséis; era delgado con rostro delicado, vestía unos «shortcitos», y una franela que decía «Summer»; sobre la cabeza una gorra que decía «Lakers» ocultaba un cabello pastoso y mojado de tanto bañarse en la piscina.
—Claro que se acaba, nada es eterno —intervino Paul, otro muchacho que estaba presente allí.
—Claro que no, ¿quieres decir que hay algún punto en que la energía se destruye?
–preguntó Luisito.
—Claro, algún día tendrá que terminarse —alegó Paul.
—La energía nunca se destruye, siempre se transforma.
—Pero qué importa que no se destruya, esa energía no tiene nada que ver contigo.
Paul (se pronuncia Pol, aclaraba él) pretendía poder vencer a Luisito en aquella guerra conversada.
—Pero bueno, estuvo dentro de mí, estuvo conmigo, fue mía y seguirá para siempre, eternamente, es mía y sigue.
—Pero cuando tú te mueras, la energía le quedará a los gusanos, ya no será tuya.
—Pero sigue, la energía siempre sigue.
Paul continuaba elucubrando su plan pues, aunque no entendía muy bien de qué hablaba Luisito, creía poder ganar la discusión sólo con su verborrea, y si la palabra les suena a diarrea de verbos comprendan que no hay mejor descripción de lo que salía de la boca de Paul.
—Bueno, ¿pero de que sirve? Quiero decir que tú sabes que queda, pero…
¿Dónde está?, ¿qué se hace?, ¿para dónde coge? —insistió Paul.
Miguel seguía escuchando cada vez más divertido, se preguntaba de dónde habría sacado aquellos pueriles conocimientos el muchacho; es más, estaba seguro de que si el chico seguía hablando otro poco, podría ubicar la fuente en un libro que él había leído de niño. Con un poco de esfuerzo lo logró.
«Mis primeros conocimientos de física nuclear». De hecho, con un poco de tiempo podría ubicar hasta la editorial.
—Pero ¿cómo? —Insistía porfiadamente Luisito— imagínate cuando todas las cosas se acaben; cuando llegue el fin del mundo la energía que estaba en mí continuará existiendo, yo sigo existiendo.
Entonces Miguel ya no pudo soportarlo, la sonrisa se le borró del rostro.
¿Cómo era posible que la estupidez pudiese llegar a límites tan insospechados?
—Se preguntaba— y que además se vanagloriase en sus errados conocimientos como lo estaba haciendo ese afeminado. No podía permitirlo, él como intelectual tenía el deber de ridiculizarlo públicamente (reductio absurdum).
Agreguemos la presencia de hermosas damas a las que impresionar con sus abundantes conocimientos… ¿Para que más si no para demostrar su superioridad sobre aquellos ignorantes había él estudiado tanto? Pero era evidente que no bastaba un sencillo razonamiento, por el contrario, sería mejor llevarlo a un territorio desconocido. Prestó atención a lo que estaba diciendo Luisito.
—La energía siempre sigue, se transforma pero no desaparece —le decía en ese momento a otra muchacha que se había unido a la reunión.
Miguel volvió a ver a Paul quien se notaba bastante molesto.
—Paul… ¡Paul! —llamó furtivamente—, ven acá, vamos a joderlo, que aprenda a hablar ese carajito.
Hubieron tres palabras que convencieron a Paul, joderlo, hablar y carajito.
—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó con una sonrisa cómplice.
Paul se sentía un experto en labia y en diálogo, y demostrarlo le agradaba mucho, así que lo utilizaría para su objetivo; días antes Miguel había leído un asunto sobre filosofía (y vaya que era un asunto filoso) era la primera vez que había leído algo así, se llamaba solipsismo. Era una filosofía que establecía una forma fácil para tratar a los demás como simples ilusiones de la mente; el hecho llamó poderosamente la atención de Miguel, y estaba seguro de salir airoso.
—Será muy fácil —le explicó Miguel —, sólo tienes que decirle…
Paul entendió a la perfección.
Luisito continuaba explayándose en su versión mejorada del alma humana cuando Paul entró en acción.
—Pero ¿qué importancia puede tener lo que diga una ilusión?
Muy pocos advierten cuando muerden el cebo de una trampa, y pueden estar seguros que ese pocos no incluía a Luisito.
—Claro que tiene importancia, —le contestó airado— ¿con qué bobada estas saliendo tú?, yo no soy ninguna ilusión; yo no soy ninguna ilusión, aquí estoy completo, soy yo Luis —subrayó el tema golpeándose el pecho con la palma de la mano.
—Eres una ilusión muy inteligente, pero necesitarás algo más que eso para engañarme —le dijo descartando el tema con un gesto de la mano.
—Mira, estúpido, si yo fuera una ilusión ¿podría tocarte? —Luis se aproximó hasta Paul y lo tocó con algo de violencia pero él no se dejó provocar.
—Cualquier ilusión puede tocar a su creador, ¿o es que acaso no has soñado tú que tocas a alguien? Yo en mis sueños siempre toco a las ilusiones, y ellas a mí. Nada de lo que hagas te ayudará a demostrar tu existencia por que no existes.
Si Luis hubiese sido más inteligente habría detenido la conversación diciendo que aquel era un razonamiento circular y que no había forma de anteponer un juicio a eso, pero Luis no sabía de esas cosas y lo único que hacía era caer más profundo.
—Pero bueno, okey, tu sueñas que tocas, ¿pero es que tú estas soñando ahora?, tú estas despierto, tú sabes que yo soy real.
—Yo solo sé que tú eres una ilusión, además, cuando yo estoy soñando no puedo diferenciarlo de estar despierto. ¿Cómo sé yo que ahora mismo no estoy soñando?
Entonces otro muchacho, Enrique, gran amigo del dueño y que había estado rebuscando dentro de su cabeza desde que Paul había salido con lo de la ilusión hasta que por fin pudo recordar un ensayo de Feyerabend y decidió enseñarle a aquel muchachito quién sabía de filosofía en aquel sitio.
—Sólo respóndeme a esta pregunta Paul, ¿estas soñando ahora?
Paul no supo qué responder porque sabía que cualquier respuesta lo pondría en ridículo, algo en el rostro de Enrique se lo dijo. Miguel supo que era el momento de intervenir otra vez, con lo que Paul se vio desplazado de nuevo.
—No, en realidad puede que no esté soñando, pero es posible que, al igual que cuando se está soñando, Paul se encuentre en un estado de alerta mental inferior al de una realidad superior a ésta en la cual Paul estaría verdaderamente despierto y donde todos ustedes no serían más que meros adornos de su mente, hasta que él alcanzara la superconsciencia.
La mayoría de los presentes se removieron un poco ofendidos por lo de meros adornos.
Enrique sabía que existía una respuesta clásica para ese argumento pero no recordaba cuál, así que decidió atacar por otro flanco.
—¿Quieres decir que todos los presentes no somos más que ilusiones de tu mente, y que tu mente es tan poderosa que puedes reproducir nuestras personalidades en el interior de tu cerebro?
—No las reproduzco Enrique, las creo a cada instante —respondió tranquilamente Miguel.
—¿Quieres decir que en tu interior están mis recuerdos y deseos?
—manifestó Enrique con incredulidad.
—Tú no puedes tener recuerdos o deseos porque sólo eres una ilusión, sólo pretendes tenerlos para hacerte una ilusión más creíble.
—Supongamos que sea así, pero al menos establezcamos el punto que tú te crees completamente capaz de crear un modelo de mi persona en tu mente.
—Por supuesto, de ti y de muchos otros más.
—Muy bien cierra los ojos —ordenó Enrique con tono de triunfo.
—¿Qué?
—Cierra los ojos, voy a demostrarte que te equivocas.
—Bueno, los tengo cerrados, ¿qué quieres?
—Descríbeme —pidió mirando con complicidad a los demás.
—Eres un muchacho llamado Enrique Rondón, tienes 25 años, tu piel es de un color canela oscuro, tus ojos son castaño claro, tu cabello es crespo, vistes una camisa unicolor cerrada hasta el tercer botón, llevas unos jeans Levi’s bastante usados, y unas pantuflas azul y blanco marca Adidas. Casi lo olvido, unos lentes de carey ovalados están frente a tus ojos y tienes en las manos un libro de Immanuel Kant.
—Tiene que estar viendo. Tápenle los ojos —opinó alguien.
—Tiene los ojos entreabiertos, lo veo —dijo otro.
Tomaron una franela gruesa y vendaron los ojos de Miguel hasta tener la certeza de que no vería nada.
—A ver —dijo Enrique bajándose los pantalones— ¿cuál es el color de mis interiores?
—Amarillos, están bastante viejos y son marca Playboy…
…Había acertado.
Luis no lo soportó más, se puso de pie violentamente y vociferó:
—¡¿Pero que vaina es está?! ¡Ustedes están locos! Tienen que haberse puesto de acuerdo, yo existo, ¡yo sé que yo existo!
—Cállate Luis, convéncete muchacho, solamente eres una ilusión más de mi mente, convéncete.
—Mira Miguel, no sé cómo te las ingeniaste para ver, pero lo que dices es ridículo, carece de toda lógica —alegó Enrique—, te lo voy a probar ahora mismo, tú dices que yo soy una ilusión, ¿no es así?
—Ya te lo dije, eres una ilusión de mi mente.
—Bueno, ¿tú has estado en esos sueños en que te das cuenta de que estas soñando y entonces el sueño cambia o te despiertas?
—Sueños lúcidos, sí los he tenido.
—Sí yo soy una ilusión y tú lo sabes, deshazte de mí entonces, hazme desaparecer como lo harías en un sueño.
—Está bien.
Enrique desapareció, se fue sin ruido y sin brillo, sin siquiera un parpadeo por parte de Miguel, en un instante estaba y en el otro ya no.
Todos se quedaron atónitos, demasiado sorprendidos para hablar.
—Increíble amigo —dijo Paul conciliador—, qué truco tan asombroso, en mi vida había visto realizar un truco así, pero es que ni David Copperfield.
—No fue truco Paul —le contestó Miguel volviéndose hacia él.
—Vamos, no juegues, dime, ¿cómo lo hiciste?, ¿donde escondiste a Enrique?
Paul también desapareció sin pena ni gloria.
—Esto no puede estar sucediendo, existo, yo sé que yo existo, yo estoy aquí, ahora —gemía lloroso Luisito.
Y de pronto ya no estuvo allí.
El resto de los presentes no sabían como comportarse, unos reían, otros lloraban, otros se quedaron estáticos.
—Ah sí, los actores de reparto y los extras.
Desaparecieron.
Miguel se puso de pie y comenzó su camino nuevamente como lo había hecho muchas veces, no necesitó mirar atrás para saber que aquella casa ya no existía; luego desaparecieron los árboles, el pasto, los pájaros, los insectos, los animales, las piedras, sólo quedaba tierra bajo sus pies, y pronto ni siquiera eso, supo que el planeta entero había desaparecido y no sintió ningún remordimiento por ello; siguió caminando en línea recta y pudo ver a los demás planetas desaparecer también, dejó de sentir el calor del sol pues éste
no tardó en dejar de ser también, las estrellas no se hicieron esperar y se unieron a la inexistencia.
Estaba desnudo, caminando en la nada, hacia la nada; desapareció su pelo, su piel, sus músculos, sus intestinos, sus pulmones, su corazón, sus ojos y orejas, sus huesos; sólo le quedaba el cerebro, podía sentir las neuronitas intercambiándose neurotransmisores y energía eléctrica; las sintió desaparecer también, ahora sólo una mente en la nada, un montón de pensamientos autogenerantes.
No cabe duda de que eran un buen grupo de ilusiones, fue una fantasía fantástica, pero tenía que arruinarlo todo con mi estúpida bocota. ¡Demonios! ¿Por qué no me callé lo del solipsismo?
Tal vez hubiese durado al menos unos cuantos siglos más. Pero es que en realidad no soporté a ese estúpido de Luis, me pregunto dónde estará su estúpida energía ahora que no existe nada ni siquiera el calor, por favor, no existe ni el frío.
Me pregunto ¿sí sentirán algo cuando dejan de existir? Es fascinante ver sus rostros cuando se dan cuenta de que no son más que ilusiones. Me pregunto ¿qué se sentirá?, no me imagino yo siendo una ilusión.
Entonces escuchó un ruido muy lejano.
…Tac–tac-tatac-tatactac-tac-tac…
—¿Qué es eso?, ¿qué es ese ruido?
…Tac-tac-tac-tac-tatac…
Se oía con más frecuencia y con más intensidad.
—Parece… parece… Se oye como una máquina de escribir…

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