El escritor Cubano Erick J. Mota, también nos complace con un relato para nuestro concurso, y se trata de una curiosa y genial historia steampunk narrada en clave epistolar:
Piratería Aérea

Sobre la Piratería Aérea y Otros Asuntos

Autor: Erick J. Mota.
En un siglo XIX alternativo la isla de Cuba está dividida en dos, una parte inglesa y una española. Los dirigibles cruzan el océano con riquezas hacia las metrópolis europeas mientras en las montañas orientales de la isla se gesta una conspiración que abrirá puertas que fueron selladas por los indios Tainos, los primeros habitantes del lugar.

Junta de Fomento de la Isla de Cuba.

Negociado de Marina.

Legajo 90.

Expediente 3805.

Excelentísimo Señor, Capitán General.

Redacto este informe con vistas a esclarecer, con todo respeto ante Vuestra Señoría, los sucesos ocurridos el pasado mes de noviembre. Informada nuestra capitanía de las depredaciones que cometían en las cimas de la Sierra Maestra varios piratas, se acordó mandar una fuerza para apresar y destruir a estos filibusteros de las nubes. Para cuyo efecto se me destinó para capitanear un escuadrón conformado por una fragata aérea, un bergantín aerostático y un dirigible cuter.
Esta fuerza partió de la capitanía de Santiago de Cuba el pasado noviembre, y el 29 del mismo nos hicimos a la vela con objeto de cumplir nuestra comisión. Interesados como estaba en aniquilar a estos malvados nos adentramos en varios valles donde habíamos escuchado rumores sobre ataques piratas.
Oímos decir que era absolutamente imposible que pudiese hacer nada  a causa de ser la cordillera, en lo general llena de picos y valles donde ocultarse entre la niebla matutina, el lugar ideal para esconder una flota de dirigibles piratas. Faltándonos diestros prácticos en la zona que nos pudieran dirigir entre los laberintos de las montañas, nuestros deseos y esfuerzos quedaban al parecer inutilizados.
Pero la fortuna nos sonrió pues al amanecer del tercer día, cuando ya nuestras Rocas de Helio comenzaban a escasear, distinguimos en la cima de un pico los restos de un palenque cimarrón.
Resultan comunes estos emplazamientos donde suelen reunirse los esclavos furtivos. Escogen las cimas de los cerros para mantenerse a salvo de las partidas de rancheadores, quienes les dan caza sin piedad por orden de sus antiguos dueños. Es pues sabido por todos que en los palenques la actividad fundamental que se realiza es el comercio de contrabando con los piratas de las nubes que calan en dichos picos a provisionarse de víveres y agua.
Desembarcamos todos nuestros escuadrones de infantería de marina al mando del teniente Martínez-Páez. Nos mantuvimos al pairo hasta que los infantes hicieron su trabajo. Poco tiempo pasó desde que desplegara a sus hombres por el lugar hasta que el teniente nos hizo señal de que podíamos aterrizar en paz. El lugar había sido abandonado hacía ya tiempo pero la soldadesca encontró restos de lo que debió ser un cargamento considerable de Rocas de Helio. Como es bien sabido por Vuestra Excelencia este es el mineral requerido por los dirigibles. Nuestras calderas lo incineran para llenar nuestras naves con el preciado gas.
Esta noticia nos alarmó sobremanera pues según tengo entendido las únicas betas de este mineral se encuentran en las minas de El Cobre en Santiago de Cuba. No quedaba otra opción que suponer que los esclavos fuera de la ley habían tomado por asalto un convoy de Su Majestad que transportaba mineral desde el Cobre hasta el lugar donde se reúne la Flota Aérea antes de partir para la Madre Patria.
De más está decir lo grave de estos acontecimientos. Pues, si bien la Real Armada no ha recibido ningún parte de Vuestra Excelencia sobre el robo de tan preciado mineral, no es menos cierto que un contrabando de estas Rocas conllevaría a un incremento de la piratería y el corso inglés en la zona. Agravándose esta situación con la próxima llegada al aéreo-puerto de Santiago de la Flota de la Plata procedente de Veracruz.
También encontramos en el palenque a un hombre ciego que decía ser esclavo de un inglés que provenía de la Havana y resultó muerto por los hombres del palenque. Al parecer había sido dejado atrás por sus compañeros al considerarlo una impedimenta. En vista de los nuevos acontecimientos y sus posibles repercusiones desfavorables para La Corona Española procedimos a interrogarlo. Si bien su español era pobre, el alférez Murrieta hablaba un inglés impecable por haber servido de enlace entre el almirante Aldama de la Armada de Su Majestad y el gobernador de Jamaica cuando la batida conjunta sobre las islas Tortuga.
Del interrogatorio sacamos en claro que su antiguo amo era una especie hombre de ciencia radicado en la Havana. Este se encontraba explorando aquella zona de la Sierra Maestra en busca de una montaña de Mineral de Helio. El esclavo aseguraba que su amo estaba convencido acerca de la existencia de una beta de mineral en el corazón de una de las montañas de esta zona de la siempre fiel Isla de Cuba.
Cuando le preguntamos acerca del paradero de su amo se limitó a tirarse al suelo y mascullar algo que el alférez no entendió sin saber si se tratase de una lengua de su tierra natal o una deformación del inglés, tan común en estas tierras. Solo quedó claro que su amo y él habían partido febrero de la Havana y a mediados de mayo habían cruzado la frontera por la zona de Morón. Nada sabía el esclavo acerca de los piratas o del asalto perpetrado por los cimarrones.
Antes del atardecer partimos llevando con nosotros al esclavo. Pese a ser ya tarde una niebla lo cubría todo. Como volábamos sobre la sierra la navegación se hacía difícil debido al temor de los navegantes a encallar en algún pico rocoso. Como en efecto fue la suerte del dirigible cuter Nuestra Señora de la Merced. Al no distinguir una de las cimas colisionó con las rocas y la nave zozobró al perder el aire de Helio en su totalidad.
Pronto procedimos al rescate de los sobrevivientes y casi por casualidad nuestros exploradores dieron con un antiguo cafetal abandonado. Estos viejos cafetales pertenecían a franceses que llegaron huyendo de la sublevación en Haití y se establecieron en medio de las montañas. El negocio del café floreció por un tiempo hasta que los esclavos escapados de los palenques comenzaron a cometer actos de pillaje y terminaron provocando revueltas en los otros esclavos del cafetal.
El lugar se hallaba en buen estado pese a llevar algunos años abandonado. La infantería de marina requisó el lugar encontrando un extraño artefacto mecánico dentro de una maleta finamente labrada. El alférez Murrieta la reconoció como una de las máquinas de código que usa la marina británica para codificar sus mensajes. Sin embargo el alférez indicó que esta parecía ser mucho más sofisticada que las vistas por él en Jamaica.
Mandamos a buscar al Maestro de Máquinas del dirigible, hombre muy hábil e instruido en el uso de estos artefactos codificadores de mensajes. Luego de un análisis superficial determinó que, en efecto, se trataba de un artilugio que empleaba mecanismos codificadores. Pero no era en lo absoluto ni un codificador de la Marina Real Española, ni ninguno de los conocidos por él usados por las marinas inglesas y francesas. Llevó el extraordinario Ingenio a la fragata Carlos III para un análisis más exhaustivo.
Perdidos en medio de la niebla y sin práctico alguno los maestros de nave y los navegantes me aconsejaron pasar la noche en el mencionado cafetal. Ya estaba por ordenar al capitán de la infantería que pusiera guardia alrededor del campamento cuando el Maestro de Máquinas acudió a verme con evidentemente nerviosismo. De sus palabras, incomprensibles a causa de la jerga técnica, solo saqué en claro dos cosas: aquel Ingenio no era ni una máquina codificadora, ni un ingenio diferencial para cálculos simples. Al parecer se trataba de algo mucho más complejo de lo cual no supe hacerme una idea clara. Lo otro era que aquello que el Maestro de Máquinas insistía en llamar La Máquina Analítica o Locura de Babbage era usado por los piratas para almacenar la posición de sus campamentos y puestos de avanzada. Como lo hizo es un misterio para mí. Extendió un mapa impreso con nuestra propia máquina de codificación rotativa. En él se hallaban marcados varios puntos a lo largo de toda la sierra. Solo uno de ellos se encontraba cerca de nuestra posición. Tan solo unas pocas yardas más abajo.
Instruí a nuestro capitán de infantería para que organizara una partida. Se llevó también algunos marinos y al Maestro de Máquinas que insistió en participar de la incursión. En la noche escuchamos disparos y luego todo quedó en calma. A la mañana siguiente el esclavo estaba tan excitado y nervioso que hubo necesidad de amarrarle a un viejo cepo en el centro del patio del cafetal. Consulté al alférez y este insistió en que desconocía la lengua que hablaba el anciano pero que transcribiría sus palabras para dejar constancia de lo sucedido.
Mientras, decidimos tomar el bergantín aerostático con un puñado de marinos dispuestos y el resto de la infantería de marina y volar hasta la posición indicada en el mapa. Hallamos un campamento pirata abandonado en la ladera del pico en que nos encontrábamos. El lugar parecía desolado y solo mostraba la actividad del campamento improvisado de nuestra infantería de marina. Encontramos los efectos personales tanto del teniente como del Maestro de Máquinas. Un ingenio diferencial parecido al hallado en el cafetal pero destruido por disparos y varios cables de telégrafo que se extendían por todo el lugar. También hallamos una mina abandonada y varios utensilios de excavación. La mayoría de los cables telegráficos se hundían en lo profundo del negro agujero.
Nos resultó imposible la exploración de la mina en cuestión debido al estado de abandono de esta, temiendo nuestros ingenieros un derrumbe que nos causaría ya más bajas. Encontramos restos de un combate notable por los impactos en las paredes y el olor a pólvora. Nuestros exploradores no encontraron sangre o los cadáveres de alguno de los nuestros. Tan solo los restos óseos de un viajero cuya papelería estaba en inglés y el alférez Murrieta identificó como perteneciente al Señor Clayde Emerson, Conde de Havenshire. Además encontramos algunos diseños de máquinas que no pudimos identificar por encontrarse nuestro Maestro de Máquinas junto a alguno de los infantes.
Recogimos muestras del mineral que allí se extraía, curiosamente muy parecido a las rocas de Helio que se extraen en el Cobre y levantamos vuelo. Hubimos de abandonar la persecución de los piratas debido a la gran cantidad de heridos que precisaban atención médica aquí en Santiago. Hago notar, además, que el esclavo se nos escapó aprovechando la confusión y la niebla. Por razones que se explicarán en la documentación adjunta terminamos volando la entrada de la mina.
Ruego a Vuestra Señoría que no dude en oficiar con el Sr. Comandante General de la Marina, y al propio Capitán General, a fin de que se envíe una expedición con más dirigibles y combustible a esas lomas. No solo para de este modo acabar de una vez con esa canalla que depreda nuestro comercio aéreo. Sino también para averiguar cuanto hay de cierto sobre la existencia de una posible veta de Mineral de Helio en esas lomas. Veta que, pese a haber quedado sellada bien podría ser objeto de explotación por parte del gobierno inglés de la Havana y el resto de las colonias inglesas de occidente más allá de la frontera.
Sinceramente suyo.
Capitán de navío José de la Hoz y Pérez.
Santiago de Cuba y Diciembre de 1865.

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Comisión militar

Legajo #1107

Expediente F

Expediente militar sobre los sucesos de diciembre del pasado año en incursión contra piratas aéreos en la zona de la Sierra Maestra. Transcripción de la carta del alférez Murrieta dirigida a esta capitanía.
Excelentísimo Señor Capitán General.
Me limitaré a relatar tan solo mis experiencias con el esclavo de nombre Murray hallado por nuestra tripulación en uno de los palenques de la Sierra Maestra. El hombre era de origen africano, de etnia carabalí según supe por su boca. Había sido vendido en la Havana y contaba ya con doce años de servidumbre. Hablaba considerablemente bien el inglés aunque con el acento criollo típico de los esclavos en las colonias británicas.
Cuando lo interrogamos la primera vez su versión de los hechos era simple pero creíble. Su amo, quién respondía al nombre de sir Clayde Emerson, había cruzado la frontera con Cuba a la altura del pueblo de Morón. Había llegado a la Sierra Maestra a mediados del mes pasado y juntos habían sido emboscados por los esclavos furtivos del palenque.
Dijo además que su amo se había decidido a realizar tan peligroso viaje debido a su pasión por las ciencias naturales. Según aclaró, lord Emerson estaba convencido de que en el corazón de uno de los picos de la sierra hallábase una beta de Mineral de Helio. A esto el hombre no entendió a razones e insistía en que su amo buscaba firmemente una mina de dicho mineral en las profundidades de la tierra.
Fue en vano explicarle que el Mineral de Helio proviene de los espacios siderales y que solo puede ser encontrada una veta del mineral buscando en meteoritos. Tal y como sucede en las minas a cielo abierto en El Cobre, que un corazón del mentado mineral dentro de una montaña era algo imposible. Pero no se podía esperar menos que tozudez por parte de un esclavo inglés de la parte occidental de la isla.
Todo cuanto dijo nos resultó verosímil hasta que decidí preguntar por el destino de su amo y el paradero de los esclavos del palenque. A partir de este momento comenzó a decir incoherencias. Pasados unos minutos se hallaba en tal estado de nervios, semejante al pánico, que hube de llamar al médico de a bordo para que lo atendiera. Lo único que pude sacar en claro de sus palabras fue la expresión Foso de Mabuya. Frase que repetía sin parar acompañada de una letanía que imaginé se trataba de alguna lengua africana desconocida por mí.
Más tarde, cuando alzamos vuelo, estuve hablando con uno de los marinos. Un tal Araujo que vivió un tiempo con los indios del asentamiento de Yara. Me dijo que Mabuya era precisamente un vocablo en lengua de taínos y que significaba dios del mal o demonio para los indios de esta isla.
Decidí pues llevarlo ante el anciano que se encontraba en cama y repetía sin cesar aquellas palabras en lengua pagana. Y resultó ser cierta mi suposición, aquel esclavo no hablaba en lengua africana alguna sino en lenguas de indios. Textualmente, y gracias a los conocimientos de Araujo que después supe era mestizo mitad indio mitad español, la letanía decía así:
“En uno de los picos el dios Mabuya abrió un hoyo en la tierra y lo llenó de agua. Luego se metió para limpiar su plumaje de la inmundicia que le cubría. Cuando terminó se fue volando y dejó atrás el foso de agua turbia. Después vino el aura tiñosa y metió la cabeza en la inmundicia del dios. Por eso las auras no tienen pelos en la cabeza. Porque se zambulleron en la inmundicia del dios del mal.”
Aquella leyenda pintoresca que presuntamente explicaba el porque esa ave carroñera tiene la cabeza sin plumas no aportaba luz ni sobre la presencia, ni sobre el destino del lord inglés.
Cuando llegamos al cafetal el viejo esclavo tuvo una leve mejoría así que decidí volver a interrogarlo. Esta vez el resultado fue diferente e inesperado. Alegó que lord Emerson estaba confabulado con varios criollos de la Isla de Cuba y un grupo de irlandeses de la Havana para unificar la isla y expulsar tanto a españoles como a ingleses de ella. Para llevar a destino tan descabellado plan estaban construyendo en secreto una flota de dirigibles fuertemente armada aprovechando una mina recién descubierta por unos bucaneros aéreos. Pero apenas llegó los cimarrones del palenque y los indios de la región estaban en hostilidad con los insurgentes y atacaron la base. Cuando fue tomado prisionero los otros negros le hablaron en su lengua y le contaron la verdad.
Dijo que aquel pico estaba maldito porque allí se hallaba el foso de inmundicias donde se bañó el dios del mal. En su opinión, pues estaba totalmente convencido de la existencia de este dios pagano más aún que si se tratara de uno de sus dioses africanos, la operación de los insurgentes estaba destinada al fracaso pues el mal que habitaba en el corazón de la montaña era tan antiguo que no tenía nombre.
Luego sucedieron los eventos que todos conocemos. Apenas partió el capitán hacia el emplazamiento de los piratas hube de atender la defensa del cafetal. Para cuando me percaté el viejo esclavo había escapado del cepo aprovechando la confusión y la niebla espesa que allí había.
Hago resumen de tan fantástica historia y se la envío a Su Excelencia con el fin de que aporte algo de luz a la investigación en curso sobre los eventos que ocurrieron en diciembre del pasado.
Sinceramente suyo.
Alférez José Murrieta.
Santiago de Cuba y Marzo de 1866.

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Junta de Fomento de la Isla de Cuba.

Negociado de Marina

Legajo #90

Expediente Nº 3777

Excelentísimo Señor, Capitán General.
Le transcribo la carta enviada por el Sr. Francisco Xuáres, Maestro de Máquinas de la fragata Santísima Trinidad, implicada en los sucesos de la Sierra Maestra que terminaron con la desaparición de un pelotón de infantería de marina y el propio Xuáres.
Don. Arturo Menéndez. Maestro de Máquinas de la Armada de Su Majestad. Gran Maese del gremio de los ingenieros analíticos.
Excelentísimo Señor, Gran Maese Menéndez.
Le escribo estas líneas y confío en que el capitán de la Hoz le envíe mi misiva a pesar de no encontrarme ya entre los vivos. La razón de esta carta es relatarle los sucesos que ahora acontecen a alguien que entendido en el asunto.
Como es sabido nuestro escuadrón aéreo se encargaba de perseguir a piratas de las nubes en la zona este de la Sierra Maestra. Habiendo descendido en un cafetal francés abandonado, los exploradores de la infantería de marina encontraron un ingenio de cálculo similar a las máquinas de cifrado usadas por nuestra Real Marina.
Me personé así en el lugar y apenas vi el artefacto pude percatarme que se trataba de algo diferente. A primera vista sí parecía una máquina de cifrado rotatorio. La entrada de datos se hacía desde un teclado ordinario, aunque no en español sino en inglés, la salida era fácilmente conectable a una imprenta autómata o a la cablería del telégrafo. Pero en lugar de los cilindros de cifrado había todo un entramado de circuitos mecánicos variables que semejaban aquello más a un ingenio diferencial que a un codificador rotativo.
Yo había tenido oportunidad de ver mecanismos así. Durante mi visita al Imperio Británico pude ver parte de los esbozos del proyecto del matemático Charles Babbage. Él la llamaba su Máquina Analítica pero todos le decían la Locura de Babbage. Su intención si bien noble era una utopía. Se trataba de un ingenio diferencial capaz de resolver problemas matemáticos específicos a partir de instrucciones iniciales. Aquella Máquina debía funcionar con un motor a vapor y habría tenido 30 metros de largo por 10 de ancho. Eso si el Señor Babbage hubiera encontrado financiamiento para semejante proyecto. La entrada de datos y programas había pensado utilizar tarjetas perforadas y la salida debía producirse por una impresora, un equipo de dibujo y una campana. La máquina debía trabajar con una aritmética de coma fija en base 10 y poseía potencialmente una memoria capaz de almacenar 1.000 números de 50 dígitos cada uno.
Recuerdo claramente el diseño de los circuitos y los primeros prototipos que me mostró el matemático. Esto que le cuento sobre la Locura Babbage no habría pasado de ser una mera anécdota interesante de no ser por aquel maldito ingenio diferencial. Su diseño parecía recién salido de la mesa de trabajo del profesor Babbage. Tal parecía una parte de aquella legendaria máquina analítica pero metida dentro de un diseño de maquina codificadora.
Me llevé el ingenio a la sala de máquinas de la Fragata y comencé a probar los mecanismos. Más que una máquina analítica parecía un fragmento de una. Y la pregunta flotaba en el aire ¿qué objetivo tendría meter un ingenio diferencial en una máquina de códigos? ¿Por qué sustituir los datos de entrada por un teclado de códigos de la marina? Y la salida, ¿por qué razón era telegráfica?
Entonces la idea llegó con total claridad. Y con ella la comprensión del macabro plan del cual solo estábamos avistando una mísera parte. Aquello que parecía una parte de la Locura de Babbage era, en efecto, un minúsculo fragmento de una máquina mayor. Tan solo una pequeña unidad procesadora enlazada con el resto de los ingenios diferenciales mediante alguna especie de red telegráfica. Aquello tan solo era una estación remota de procesamiento de datos. La verdadera Máquina Analítica yacía desperdigada a lo largo de toda la montaña. Una estación en un cafetal abandonado, otra en un palenque, posiblemente una unidad de cálculo mayor dentro de alguna caverna.
¿Pero, cuál sería el fin de construir una Maquina Analítica en tan remoto sitio? ¿Y por quién? Babbage no había obtenido apoyo del imperio Británico. Al menos no abiertamente. ¿Los franceses, tal vez? ¿o los prusianos?
Pronto enlacé aquella máquina con nuestras unidades de salida de datos. Como si se tratara de una máquina codificadora aquel ingenio era perfectamente compatible con nuestra imprenta autómata. Pero para obtener alguna salida era preciso entrar datos. Entonces recordé algo que leí una vez. Una especie de supuesto ensayo sobre la Locura Babbage escrito por lady Ada Augusta Byron King, condesa de Lovelance. En ella Lady Ada proponía lo que ella misma llamaba un lenguaje de programación para el uso eficiente de una máquina analítica.
Si estaba yo en lo cierto y aquello era realmente una Máquina Analítica de nuevo tipo, el lenguaje que debía teclearse debería ser el propuesto por lady Ada. Así comencé a probar diferentes códigos escritos en el lenguaje analítico. Me quedaba claro que solo obtendría una parte de todo el procedimiento pero al menos aportaría algo de luz sobre aquel misterio.
Finalmente conseguí un dato de salida. En lo personal esperaba una serie numérica pero nuestra máquina de dibujo imprimió un mapa de la zona con diferentes puntos marcados. No había ningún tipo de dato que me brindase luz sobre el origen o los propósitos de los constructores de semejante ingenio.
Lo mostré al capitán de la Hoz y me ofrecí de voluntario para acompañar al teniente Martínez-Páez en la incursión. Esta vez no creo que encontremos un sitio abandonado. Pero sea lo que sea estoy seguro que encontraré otro ingenio analítico con teclado de máquina de cifrado y conectado a la red del telégrafo. Espero encontrar más datos que me ayuden a identificar la potencia extranjera que ha construido semejante artilugio en nuestras tierras de la Siempre Fiel Isla de Cuba.
En caso de no regresar ruego envíen el ingenio hallado en el cafetal a la Escuela Técnica de Ingenieros de Caminos de Madrid para una exploración más profunda de los mecanismos de esta máquina.
Sinceramente suyo.
Francisco Xuáres. Maestro de Máquinas

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Comisión militar

Legajo #103

Expediente #4387

Señor. Intendente.

Para que pueda tener efecto la entrega del manuscrito encontrado en la supuesta mina de Roca de Helio que dice le son indispensables para continuar la investigación le enviamos una copia del manuscrito original. Si Vuestra Señoría lo encuentra acertado sírvase elevar este expediente a las superiores manos del Excelentísimo. Señor. Capitán General a fin de que Su Excelencia esté enterado de los extraordinarios sucesos ocurridos en la Sierra Maestra.
A quien corresponda.
Nunca he considerado dejar notas para los vivos en caso de que llegase mi hora póstuma. Pero en vista de lo complejo de la situación es imprescindible que escriba mis experiencias en esta expedición en aras de esclarecer lo que el Maestro de máquinas llama el misterio.
Llegamos al campamento de los piratas siguiendo una marcha forzada atravesando el monte. Machete en mano en medio de la humedad y la neblina finalmente llegamos a una especie de palenque. El lugar había estado habitado al menos un día antes de nuestra llegada. Había señales recientes de fogatas y restos de comida por los alrededores. También había todo tipo de herramientas e instrumental usado en los dirigibles. Estábamos pues, en la base de operaciones de los piratas.
Ordené revisar el lugar y el Maestro de Máquinas me indicó que siguiera los cables telegráficos del suelo para buscar un artilugio parecido al que hallamos en el cafetal. Pronto dimos con el ingenio mecánico y el Maestro no podía contener su excitación. Comenzó a escribir en el teclado en un lenguaje que parecía ora matemáticas, ora inglés.
Luego de esto preguntó si había una mina o caverna cerca. Envié exploradores y regresaron diciendo que había una extraña mina con Rocas de Helio desperdigadas por el suelo y un rollo de cables de telégrafo que se adentraban en ella. Corrimos allá y vimos que en el lugar había todo tipo de maquinaria. Telégrafos automáticos, generadores Faraday que tomaban la energía de un pequeño molino de agua alimentado por un manantial que brotaba de la montaña misma. Por todas partes había Rocas de Helio como si se llevase a cabo una operación minera.
El Maestro Xuáres insistía en que debíamos entrar a la mina y encontrar no se cual ingenio mecánico oculto en su interior. Yo insistí en avisar al capitán de la Hoz. Tuvimos un pequeño altercado pero finalmente se subordinó a mi mando. Ya preparaba al mensajero que regresaría al cafetal cuando nos atacaron. Eran indios y negros cimarrones portando armas modernas. Conté en medio del intercambio de disparos varios fusiles de cerrojo, cosa que jamás imaginé encontrar en este lado del mar. Mucho menos en manos de cimarrones. Los disparos alcanzaron al ingenio diferencial y destruyeron los generadores Faraday. Nos vimos obligados a ponernos a cubierto dentro de la mina.
Nuestros perseguidores se limitaron a guardar la entrada y no nos persiguieron. Estaba decidido a establecer una línea defensiva hasta que llegara el capitán de la Hoz con refuerzos pero el Maestro de Máquinas comenzó a hablar de adentrarnos en la mina. Decía que había algo allá abajo que asustaba a los cimarrones y a los indios. Algo que debía descubrir para asegurar la supremacía de Su Majestad Católica frente a los británicos y los franceses en el Nuevo Mundo. Ahora se que fue un error hacerle caso a ese loco pero en su momento mi lealtad a la Corona Española prevaleció.
Hicimos antorchas y seguimos los cables del telégrafo. Al final del corredor había más generadores Faraday y unas extrañas campanas de vidrio de las cuales emanaba una luz amarilla. Estábamos en una cavidad natural dentro de la mina misma. La mayoría de los soldados notaron que se trataba de una operación minera completa. Contrario a todo lo que se dice de las Rocas de Helio allí, a muchos pies bajo tierra había toda una beta del mineral. Y estaba siendo excavada.
El Maestro Xuárez corrió hacia los equipos diferenciales que allí había. Eran grandes como nunca he visto alguno y estaban conectados a los cables y a los generadores. Estos al parecer funcionaban por algo que se movía en el agua del lago.
Porque allí dentro había un lago de aguas negras. A diferencia de todas las aguas que he visto dentro de cavernas que son cristalinas y frías aquel lago era turbio y cálido. Incluso parecía moverse según sus propias intenciones y no por la acción de corrientes o remolino alguno. Lo más aterrador eran los molinos que giraban con su leve flujo y reflujo cual si se tratara de un mar ínfimo. Y ese movimiento alimentaba los ingenios mecánicos, los generadores Faraday y la luz artificial
Entonces vi el primer cadáver, y el segundo, hasta completar la primera docena. Había allí ingleses, españoles, criollos. Algunos lucían como piratas, otros como mercenarios. Noté que no había un solo indio entre los muertos. Todos parecían ahogados pues el líquido viscoso del lago corría por sus bocas, fosas nasales y oídos. Algunos incluso tenían los ojos negros como dos piedras de azabache. Había entre ellos uno que por sus ropas parecía un hombre de ciencia. Revisé los papeles que llevaba en el bolso y vi que eran en inglés y llevaban el sello del gobernador británico en la Havana.
Entonces ocurrió.
No estoy seguro si el culpable fue el Maestro al encender aquella máquina infernal conectada al lago. O fue uno de mis hombres que tocó lo que no debía. En el fondo creo que aquel lago era maldad pura y estaba agazapado allí, como un animal, vigilándonos a través de los ingenios diferenciales conectados a los cables del teléfono.
Las luces artificiales se apagaron y en la oscuridad algo se movió. Hubo disparos y voces. Luego solo gritos y muerte. Mis nervios respondieron de manera extraña. En lugar de pelear contra aquel intangible o de intentar dirigir a mis hombres para salir de aquel infierno, arrastré el cadáver del inglés hasta el túnel de salida. Tropecé con alguien y era el Maestro de máquinas. Gritaba incoherencias sobre insurgentes y máquinas analíticas. Lo obligué a que me ayudara con el cuerpo y salimos de allí.
Al rato los disparos y los gritos cesaron. Los indios y cimarrones aguardaban en la entrada y disparaban a todo lo que se movía mientras daban alaridos. ¡Mabuya, Mabuya! Gritaban.
El Maestro de Máquinas me contó todo lo que aprendió de los ingenios diferenciales que consultó. El nombre que gritaban los indios era el de su dios del mal y el corazón de aquella montaña estaba maldito para ellos. Al parecer un grupo de criollos traidores a la corona y confabulado con ingleses de la Havana intentaron montar una flota insurgente extrayendo la Rocahelio de la mina. Montaron esa abominación que el Maestro Xuárez llamaba Máquina Analítica que les permitía hacer cálculos logísticos complejos y que estaba distribuida por toda la montaña a través de los cables del telégrafo.
Al parecer, en algún momento eso que mora en el agua se mezcló con la máquina. Una mente antigua y perversa como una vieja serpiente se fusionó con la fría lógica de aquel Ingenio de cálculo. El resultado fue algo antiguo y moderno a un tiempo. Un mal viejo que mora en un cuerpo nuevo. Un mal que ahora tenía ojos y oídos por toda la montaña. El Maestro insistió en que hay algo más aquí dentro. Algo que no hemos visto. Algo terrible según dijo.
En la madrugada se lo llevaron. O él se fue, no me queda claro. Escuché pasos, más de uno. Apenas me levanté el Maestro de Máquinas ya no estaba. Los indios siguen fuera gritando Mabuya. Siento como si el mismísimo dios del mal estuviera dentro de esta mina.
Casi amanece. Pronto llegarán los refuerzos y posiblemente sea el capitán de la Hoz quien lea esta carta que pretendo dejar en uno de los bolsillos de lord Emerson. En caso de que así sea, capitán, le ruego que no envíe hombres en mi búsqueda. Vuele la entrada de la mina con los cañones de la fragata y lárguese. Vuelva a Santiago y de parte a las autoridades civiles y militares.
En cuanto a mí, trataré de encontrar al Maestro Xuáres y averiguar como detener a esa cosa que late en el lago, nos habla a través de los ingenios diferenciales y posiblemente controle los cadáveres infestados con su pudrición.
Debo cumplir con mi deber, hasta el final.
Teniente Martínez-Páez.
Infantería de marina de Su Majestad.

FIN

Me ha dejado impresionado Erick con su manejo de la técnica epistolar, me sentí transportado a ese mundo fantástico solo leyendo el estilo en que estaban escritas las cartas, muchas gracias, y mucha suerte en el Concurso.

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