A pesar de la compleja genealogía de la ciencia-ficción escrita en América Latina desde fines del siglo XVIII, existe una limitada bibliografía crítica sobre el tema, producida en el ámbito académico que se ocupa de la región. Muchos trabajos tienden a rastrear sus fuentes en la producción anglosajona, subrayando las relaciones con el pulp, o buscan las raíces de la ciencia-ficción en lo fantástico.

La tradición de producción más fuerte de la ciencia-ficción latinoamericana rompe con las expectativas de lectura que provienen fundamentalmente de la ciencia ficción “dura” originada en el mundo de habla inglesa durante lo que se llamó la Golden Age de la ciencia-ficción (1930-1960).

Vale la pena destacar, sin embargo la aparición de dos estudios panorámicos muy distintos en su naturaleza que han sido provistos por dos respetados editores de revistas de ciencia-ficción argentina.

El primero es un estudio sobre la ciencia-ficción peruana escrito por Carlos Abraham, el director de la revista Nautilius apunta a mostrar la complejidad y vastedad de un campo que apenas si está siendo investigado y que cambia constantemente.

El segundo trabajo fue provisto por Luis Pestarini, director de la revista Cuásar, originada en 1984, ya tiene más de veinticinco años de vida y ha dado lugar, además, a una editorial homónima. Junto con la revista digital Axxón (dirigida por Eduardo J. Carletti y fundada en 1989), es una de las revistas de ciencia-ficción de más larga vida en la región.

Sin embargo, a pesar del peso que supone la ciencia ficción anglosajona, nos atrevemos afirmar que los países latinoamericanos a principio del s. XX, como es el caso de Perú, Brasil, Cuba, Argentina, Uruguay, y México, desde el año 70 hasta nuestros días, han desarrollado una CF propia, esencialmente latinoamericana, que no tiene nada que deberle a los escritores de habla anglosajona.

Los Nuevos Iniciados

Colombia

La literatura de ciencia ficción en Colombia se caracteriza por su escasez de autores y obras. Durante el siglo XX, se destaca la obra de dos autores: René Rebetez y Antonio Mora Vélez, quienes alcanzaron un limitado reconocimiento nacional e internacional.

Sin embargo, a comienzos del siglo XXI, la Ciencia ficción colombiana experimenta un renacimiento, si se tiene en cuenta el aumento en el número de publicaciones y de escritores jóvenes.

El crítico Burgos describe la literatura de Ciencia ficción colombiana desde mediados hasta finales del siglo XX, como:

“…una disparidad de búsquedas: de la nostalgia idílica al neopositivismo, del esteticismo influido por Borges a la apertura a la “Edad de Oro” norteamericana, del pro-utopismo estalinista a la mímesis del best-seller estadounidense, del folletín a la mística oriental“.

De hecho hay mucho de mística, esoterismo y pseudociencia en la obra de Rebetez, lo que en su visión relativista son expresiones tan válidas como las de la ciencia moderna. En la Isla de Providencia, donde viviría sus últimos catorce años, escribe los libros Ellos le llaman amanecer y otros relatos y Cuentos de amor, terror y otros misterios. A mediados de los 80 escribe su obra mística-pseudocientífica La Odisea de la Luz.

Por haber escrito la mayor parte de su obra en México, Rebetez ha sido considerado uno de los más importantes autores de ciencia ficción mexicanos. Al mismo tiempo, en Colombia es considerado como uno de los padres de la Ciencia ficción colombiana, aunque su obra solo tendría alguna repercusión muchos años después de ser escrita.

Antonio Mora Vélez, en cambio, comienza su carrera literaria a mediados del año 1970, cuando gana un parcial del concurso de cuentos del Magazín Dominical de El Espectador, con el cuento de ciencia ficción “Glitza“. Tras este éxito, escribe ciencia ficción en serie y todos estos cuentos: La Gota, La Dictadura Hal, Los Otros, El Hijo de las Estrellas, La Conquista de Terón y El Hombre de Lata.

En el año 1975, funda el grupo El Túnel, que se convertiría en una de las instituciones culturales más importantes de la costa norte durante los años 70 y 80. Entre 1979 y 1986 publica sus tres libros de cuentos de ciencia ficción (Glitza, El Juicio de los Dioses y Lorna es una Mujer), participa de su primera antología como escritor de ciencia ficción (Cuentos de El Túnel) y de la fundación de la “Unión Nacional de Escritores”. En el año 2008 publica su primera novela de ciencia ficción, titulada Los Nuevos Iniciados. Uno de los aspectos importantes de Mora Vélez es que es el primer escritor colombiano que se define como escritor de ciencia ficción.

No podríamos cerrar la reseña de los autores de CF de Colombia sin mencionar a Orlando Mejía Rivera (El Asunto García), Campo Ricardo Burgos (José Antonio Ramírez y un zapato), y Dixon Moya quien forma parte de los equipos editoriales de los sitios de ciencia ficción “Quinta Dimensión”, “Sitio de Ciencia Ficción” y “Revista Cosmocápsula.

Un Hombre Muerto a Puntapies

Ecuador

Abordar a la ciencia ficción en el Ecuador es explorar un horizonte con pocas referencias y estudios hasta la fecha. De hecho la crítica literaria en el país le ha dedicado rudimentarios menciones y contadas noticias o entrevistas en periódicos, e investigadores académicos han obviado su producción.

Ecuador es reconocido por la literatura social, en la que los autores han puesto de relieve los conflictos más inmediatos de nuestra realidad. Sin embargo, es posible afirmar que hay un cierto desarrollo de la ciencia ficción realizado por varios escritores que exploran las estrategias narrativas de ese género.

Los trabajos de literatura de ciencia ficción se pueden encontrar en textos de: Ángel Rojas (1948), Isaac Barrera (1960), Barriga y Barriga (1980) Miguel Donoso Pareja (2002), Abdón Ubidia (2006), Alemán (2007), Erwin Buendía (2012), Iván Rodrigo Mendizábal (2013) y Solange Rodríguez Pappe (2013)

Aunque en Ecuador, como en muchos países de América Latina no existe una abundante historiografía, nos apoyamos en Iván Rodrigo Mendizábal, quien sostiene que los antecedentes de la ciencia ficción ecuatoriana se encuentran en las novelas y los cuentos de ficción científica y de viajes extraordinarios, de Francisco Campos Coello.

La primera novela de ficción científica del Ecuador es precisamente La receta (1893), acerca de un futuro Guayaquil del año 1992. Le sigue el libro Narraciones fantásticas (1894). Este libro tiene cuentos como: “Viaje alrededor del mundo en 24 horas”, “Fata Morgana” y “La semana de los 3 jueves”. Otra novela de este autor, que queda al parecer inconclusa, es Viaje a Saturno (1901) acerca del encuentro con un extraterrestre que invita a un científico a visitar su planeta.

Dentro de la influencia de Verne, en Guayaquil otro autor, Alberto Arias Sánchez, publica el libro Ratos de ocio (1896) donde aparece el cuento “Un viaje a prueba” acerca de un ilusorio viaje a la Luna en una nave que se parece a un cóndor inventada por un ingeniero norteamericano, en el que un ecuatoriano participa.

A principios del siglo XX otro escritor, Manuel Gallegos Naranjo, publica Guayaquil novela fantástica (1901), que retrata la ciudad de Guayaquil –nombrada en la novela como Bello Edén– del año 2000. Mezcla de mito futurista y de novela catastrófica.

Otro autor, Abelardo Iturralde, publica Dos vueltas en una alrededor del mundo: un viaje imaginario en sentido opuesto al movimiento de rotación (1908), donde realiza una especie de viaje imaginario por el mundo realizado por un viajero omnisciente con la finalidad de mostrar la inmensidad del mundo natural y el que ha creado el hombre.

Las antologías de la ciencia ficción en Latinoamérica sitúan como el primer cuento de Ecuador en este género en el siglo XX a “La doble y única mujer” de uno de los autores más representativos de la literatura ecuatoriana, Pablo Palacio. Dicho cuento forma parte del libro Un hombre muerto a puntapiés (1927).

Después-de-las-bombas-Gonzalo-Lema

Bolivia

Si se quisiera especular sobre el contexto boliviano, empezaríamos afirmando que en Bolivia se tiene una tradición todavía incipiente en lo que se refiere a la escritura de ciencia ficción. Un grupo relativamente pequeño de escritores que, sobre todo desde finales del siglo pasado, ha venido construyendo una estructura no muy sólidamente articulada y con evidentes altibajos, aunque ya visible.

Entre ellos, Alison Speeding y Edmundo Paz Soldán son quizás los dos casos más destacados con las novelas De cuando en cuando Saturnina (Speeding, 2004) e Iris (Paz Soldán, 2014)

Al investigar un poco más profundamente en la cuestión de los cultores bolivianos del género descubrimos que Paz Soldán y Speeding, no son los únicos.

De hecho, durante los últimos años escritores reconocidos en el país han publicado libros como El huésped, Gary Daher, (2004); El despertar de la bella durmiente, Adolfo Cáceres Romero (2009); Helena 2022: la vera crónica de un naufragio en el tiempo, Giovanna Rivero, (2012); Después de las bombas, Gonzalo Lema, (2012).

Además, autores quizás menos conocidos, y en su mayoría más jóvenes, nos ofrecen también libros que juegan, de manera notable, con el género, como El viaje, Rodrigo Antezana (2001); Memorias de futuro, Miguel Esquirol, (2008); NOVA, Dennis Morales Iriarte, ( 2013); Hyperrealidad: El evangelio de las profundidades, Ronald Rodríguez, Premio Nacional de Literatura de Santa Cruz 2011; Samay Pata. Al rescate de los selenitas, Iván Prado Sejas, ( 2012); El hombre, Álvaro Pérez, Premio Plurinacional de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz 2013.

Si tuviéramos que finalizar con una nota positiva, diríamos, como afirma el escritor Sebastián Antezana, a quien seguimos en esta pequeña reseña, que, tal vez, la mayor y quizás la mejor parte de la literatura de ciencia ficción en Bolivia todavía queda por escribirse, pero están recorriendo el camino correcto para lograrlo.

La Ciudad de los Nictalopes

Peru

En el Perú hay tradición literaria pero como en otros países de Latinoamérica, la ciencia ficción está aún en proceso de crecimiento. En las últimas décadas se ha manifestado un rebrote del género, impulsada por fanzines, grupos literarios y algunos escritores que se están inclinando por esa línea. Internet ha favorecido la creación de espacios en los que se puede encontrar ciencia ficción peruana.

La primera novela peruana, se dice, fue de ciencia ficción. Se trata de Lima de aquí a cien años de Julián Manuel del Portillo, publicada entre julio de 1843 y enero de 1844. En la novela, Arturo y su amigo Carlos aparecen en la Lima y el Cusco de 1943, tras cien años de inconsciencia provocada por un genio.

En la actualidad en Perú la ciencia ficción está en notable efervescencia con brillantes escritores que cultivan el género como:

Clemente Palma: quien entrando en el siglo XX, fue el primero en escribir cuentos de ciencia ficción: La última rubia, (1904), y El día trágico, (1913) y XYZ (1934). Héctor Velarde: La perra en el satélite (1958) y ¡Un hombre con tongo! (1950). José Adolph: Hasta que la muerte (1971), Mañana las ratas (1977) y Los fines del mundo (2003). Carlos de la Torre Paredes: Los viejos salvajes (2012), novela esta galardonada con la Segunda Mención Honrosa del IV Premio Cámara Peruana del Libro de Novela Breve 2012. Daniel Salvo: El amante de Irene (2003), El nombre no es importante (2009). Enrique Prochazka: Cuarenta sílabas, catorce palabras (2005), Test de Turing (2005), Un único desierto (1997), Casa (2004). Pedro Novoa: Inserte cuatro monedas de a peso, por favor, El artefacto (2004), Dos palabras resaltadas, Cuestión de daltonismo (2006). Manuel Antonio Cuba: Acecho (2003). José Manuel Estremadoyro: Glasskan El planeta maravilloso (1971). José Dellepiane: Eco, cuento que forma parte del libro “Enjambre sutil”, (2004) Tres Dioses, cuento finalista del Premio Juan Rulfo 2008. Tanya Tynjälä: La ciudad de los nictálopes (2003). Luis Arbaiza: Thecnetos 2010.

Y, por supuesto es inevitable mencionar al incansable promotor cultural, buen poeta y mejor escritor, Carlos Enrique Saldívar y a Giancarlo Stagnaro, Juan Rivera Saavedra, Víctor Pretell y Luis Antonio Bolaños.

Claudia Tajes

Brasil

André Carneiro afirma:

He leído innumerables veces que la CF es un fenómeno típicamente norteamericano y en segundo lugar, inglés. Entretanto, cuando se habla de arte en general, la estadística no debe dar la palabra final. Las listas de los mejores autores de CF sólo traen nombres de norteamericanos e ingleses. Y en el mundo oriental, en la América Latina, ¿no se escribe CF? Sí, aunque mucho menos que en los Estados Unidos. Pero nadie tenga dudas de que, en arte, lo que vale es la calidad y no la cantidad.

Como dijo el crítico literario Antonio Cándido en el prólogo del famosísimo Raíces de Brasil de Sérgio Buarque de Holanda, una generación se caracteriza porque:

“sus miembros se ven al principio diferentes unos de otros y, al poco tiempo, van pareciéndose tanto que acaban desapareciendo como individuos.”

A despecho del cliché del exotismo, la diversidad y la multietnicidad, la nueva narrativa brasileña podría estar ambientada en París, Londres y Madrid y, de hecho, lo está. “Aunque si escribir historias ambientadas en otros países fuese un problema, Shakespeare no existiría”, asegura Carola Saavedra, una de las escritoras jóvenes más premiadas.

Antonio Prata y Saavedra son dos de los nombres más interesantes del panorama actual en el que estarían entre otros João Paulo Cuenca (1978), Christiano Aguiar (1981), Luisa Geisler (1991), Emilio Fraia (1982) o Laura Erber (1979), varios de ellos señalados como estrellas emergentes por la edición que la prestigiosa revista británica Granta.

Hay un gran deseo de distinguirse y de alejarse de la generación anterior”, dice Cuenca, elegido como uno de los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años por el Hay Festival de Colombia y autor, entre otras, de Cuerpo presente (2002) y La última madrugada (2012).

Con cinco obras publicadas y varias traducidas, el universo literario de Cuenca se mueve entre la ciencia ficción y la novela negra. Su próxima novela, que saldrá este año, se titula La muerte de J. P Cuenca y tiene un aire autobiográfico.

Pluralidad es la palabra clave cuando se habla de estéticas contemporáneas”, asegura Christiano Aguiar que, con un solo libro de cuentos Al lado del muro, (2006) sacudió la escena literaria brasileña, ganando el premio Osman Lins de cuentos al año siguiente. “Cada vez con más frecuencia, se mezcla la erudición con géneros considerados menores como la fantasía, el horror o la ciencia ficción. En cambio, resulta menos importante el compromiso con la indagación y la creación de una identidad nacional, al menos si nos comparamos con generaciones anteriores”, concluye.

En los países emergentes y Brasil lo es, con el 75% de su población viviendo en ciudades de más de un millón de habitantes. “Ya hubo una gran ruptura en los años 70, que cerró un ciclo más o menos clásico de la ficción y la poesía del siglo XX”, dice Cristovão Tezza, que por edad (61) y obra El hijo eterno, (2007) es ya casi un clásico. “En los años 80 y 90, entró en una especie de hibernación con una generación intermedia que aportó nuevos caminos, pero fue una transición. La característica de la nueva literatura es su ruptura con la tradición clásica. Refleja rotundamente la nueva realidad económica, política y social de Brasil. Hoy, el país es profundamente urbano e intenta dialogar con la realidad internacional”, asegura.

Muchos críticos sostienen que la mejor literatura que ahora se escribe en Brasil es la femenina, más trimidimensional y compleja, más destroyer a la hora de romper tabúes. Hay pioneras como Claudia Tajes (1963) cuyas novelas Vida dura, Loco por los hombres o La vida sexual de la mujer fea son una disección de la sexualidad brasileña, teñida de humor, o Beatriz Bracher (1961) con No hablé, sobre un profesor torturado durante la dictadura militar, que han abierto camino a las más jóvenes: Carol Bensimon (1982), Tatiana Salem Levy (1979), premio São Paulo de Literatura en 2008, o la propia Carola Saavedra cuyo libro Flores azules una especie de resurrección del género epistolar en pleno siglo XXI, fue elegido, también en 2008, como el mejor por la crítica paulista y que publicará a finales de marzo El inventario de las cosas ausentes.

No veo diferencias en cuanto a la calidad de la escritura ni en cuanto a la visibilidad, aunque sí en los premios literarios donde la proporción acostumbra a ser de ocho hombres por dos mujeres”, dice Saavedra. “Estamos en un momento óptimo. No porque la literatura sea mejor ahora que hace 20 años, sino porque es una época bastante favorable a los autores, se publica más e incluso hay incentivos a la traducción. Pero debemos lidiar con un problema muy serio que es la falta de lectores. Y para eso sería urgente un cambio de todo el sistema educativo del país”.

Ygdrasil

Chile

En Chile no han faltado los soñadores brillantes, que merecen ser conocidos, en particular aquellos que han cultivado a pulso el ingrato mercado de la ciencia-ficción nacional. De manera que hay que hacer honor a quien honor merece, esto es a los investigadores que han rescatado éste legado del olvido: Remi-Maure, Andrea Bell y el erudito de la ciencia-ficción nacional Moisés Hassón.

Las primeras manifestaciones de la ciencia-ficción se confunden con el origen de la narrativa. Sin embargo la literatura chilena es conocida mundialmente gracias a sus extraordinarios poetas y narradores, pero la ciencia-ficción es, sin embargo, “la pariente pobre”, solo conocida por un pequeño grupo de persistentes y esforzados cultores y leales lectores. Por eso no resulta raro que Remi-Maure, pionero de la investigación del género en Chile, afirmara dramáticamente que la ciencia-ficción chilena había nacido en 1959 y muerta a mediados de los ’70.

En efecto, si buscamos en las librerías chilenas, muy rara vez encontraremos algún libro de ciencia-ficción escrito por un autor nacional.

Sin embargo, aun conviniendo con la tesis de Remi-Maure, es necesario acotar que durante el siglo XX, numerosos autores hicieron su aporte a la CF, entre ellos Pedro Sienna, Vicente Huidobro, Juan Emar, Luis Enrique Délano, Enrique Araya, Armando Menedín, y Ariel Dorfman. Pero, es cierto que fue solo hasta la década de 1950, con la publicación de Los altísimos de Hugo Correa, que la ciencia ficción chilena fue realmente considerada con más seriedad.

El pasado de la CF chilena es poco claro. Existe la sospecha, por ejemplo, de que la primera novela de ciencia-ficción fue El espejo del futuro, escrita por David Tillman y supuestamente publicada en 1876. Sin embargo no hay evidencia al respecto.

Según el historiador José Toribio Medina la primera obra de anticipación que circuló en Chile fue El Año 2440 de Mercier (1771), que fue proscrita en el año 1778 por decreto expreso del Rey de España.

En esa época arribó la primera imprenta a Chile, avance que facilitó la publicación de obras nacionales. Solo en la década de los ’40 del siglo XIX surgen las primeras novelas, de las cuales la más notable, sin dudas, es Martín Rivas de Alberto Blest Gana.

En 1877 Francisco Millares publica la primera novela de ciencia-ficción Chilena que está documentada. Ejemplares de la misma se encuentran en la Biblioteca Nacional y en otras bibliotecas importantes, por lo cual es posible acceder a ella. Entre sus trabajos importantes se encuentra, además de una obra sobre pintura llamada Teoría de los colores, el libro Locomoción Aérea (1889). En 1877 publica su fantasía Desde Júpiter, la cual es una utopía científica que describe una sociedad alienígena que existe en el planeta gigante. Carlos, el protagonista, es enviado a Júpiter por medio de hipnosis, y allí descubre una sociedad tecnológicamente avanzada.

En la actualidad, los autores más destacados son Sergio Meier, autor de La Segunda Enciclopedia de Tlön (2007), Jorge Baradit, autor de Synco, Ygdrasil y Lluscuma, Alvaro Bisama autor de Caja Negra y Ruido, Diego Muñoz Valenzuela, autor del relato Flores para un Cyborg y Los hijos del cyborg, Sergio Amira, autor de Identidad Suspendida y Alberto Rojas, autor del relato La sombra de fuego.

Es necesario, sin embargo, acotar que la primera anticipación chilena es la novela Tierra firme de Julio Assman (seudónimo R. O. Land): Se trata de una utopía ambientada en los años ’50. En ella se describe un Chile regido por el colectivismo y la justicia social. Otras anticipaciones importantes son: la novela Ovalle: 21 de Abril del año 2031 del doctor David Perry. La próxima, de Vicente Huidobro, que trata de la fundación de una colonia de intelectuales en Angola.

Un sitio de difusión de la literatura de ciencia ficción en Chile es Puerto de Escape, espacio creado por Marcelo Novoa, autor de la antología Años Luz. Mapa Estelar de la Ciencia Ficción en Chile (2006) y en el cual colaboran destacados especialistas en la materia como Sergio Meier, Luis Saavedra, Raúl Martínez, Marisol Utreras, Alexis Figueroa y Roberto Pliscoff, entre otros.

El Hombre Olvidado

Uruguay

Existe poquísima bibliografía acerca de la ciencia ficción en Uruguay. Sin embargo se destaca al escritor Tarik Carson da Silva (1946). Comenzó a escribir en Montevideo y en 1975 se radicó en Buenos Aires, Argentina. Ha obtenido premios en concursos literarios en varios países. Fue cofundador de la revista literaria Universo (Montevideo, 1969), donde dio a conocer sus primeros cuentos. Su primer libro, El hombre olvidado, llamó la atención de la crítica por su manejo de la fantasía, que lo emparenta con Lovecraft y la ciencia ficción metafísica.

Además de sus novelas y cuentos editados, también ha publicado cerca de cuarenta cuentos en revistas, diarios y antologías en Francia, España, Estados Unidos, México, Uruguay y Argentina.

El-sindrome-de-zavala-jeu-azarru

Paraguay

En Paraguay, si bien es cierto que hacen vida una buena cantidad de excelente escritores enmarcados en el mainstream, dentro del género de la ciencia ficción solo puede rescatarse un muy interesante escritor quien firma con el seudónimo Jeu Azarru . Nos referimos a Juan de Urraza, escritor latinoamericano conocido especialmente por su narrativa fantástica y de ciencia ficción.

Nació en Mar del Plata, Argentina, en el año 1974, pero pasó a vivir en Asunción, Paraguay en 1976. Se tituló en Ingeniería en Informática en la Universidad Católica de Asunción, al tiempo que realizaba estudios de Locución Radial y Televisiva.

Participó en la creación de las primeras revistas digitales del país y fue editor de ellas (“Delta” e “Hypermedia”). Delta fue la primera revista electrónica desarrollada en Paraguay, la cual se distribuía en diskettes o mediante BBS, en ambiente DOS. Hypermedia fue la primera revista multimedia del Paraguay, conteniendo además del material impreso, un CD multimedia con diversos contenidos. Es director de la revista del PEN Club del Paraguay.

Al tiempo que desarrollaba su profesión en el área informática, también trabajó como profesor universitario en universidades y colegios privados de Asunción. Realizó dos postgrados, uno en “Formación Ético-Teológica” y otro en “Didáctica Universitaria”.

Desde su juventud se dedicó a la creación literaria con énfasis en el relato fantástico y de ciencia ficción, así como la poesía. Actualmente tiene publicadas 4 novelas, 4 libros de relatos y 1 poemario. Ha recibido variados reconocimientos tanto en concursos de relatos inéditos como a sus obras publicadas.

La Sociedad de las Mentes (2001), novela. Yronia (2005), novela. El Síndrome de Zavala (2010), novela. Señores de Fuego (2012), novela.

La Trama Celeste

Argentina

Damos por descontado que la ciencia ficción norteamericana e inglesa ha influido el género en distintas partes del mundo. Sin embargo no podría decirse lo mismo en el caso de la Argentina.

Quizás por carecer de un mercado editorial adecuado, los autores debieron buscar en otras ramas de la literatura un espacio donde enmarcar los relatos sobre temas que, tradicionalmente, pertenecían al género.

A mediados del siglo XX comenzaron a editarse una serie de revistas especializadas: Más allá, El Péndulo, Cuasar, Minotauro que funcionaron como una suerte de factoría de producción de textos literarios enteramente nacionales.

A pesar que suele sostenerse que se trata de ficción especulativa, a nosotros nos gusta pensar que Borges (Tlön, Uqbar), Bioy Casares (La trama Celeste,) o Elvio Gandolfo (Sobre las rocas) incursionaron brillantemente en el género.

Adolfo Bioy Casares, curiosamente, discrepaba con la designación de científica para esta literatura; en efecto sostenía: ¨científica¨ no me parece el epíteto conveniente para estas invenciones rigurosas, verosímiles a fuerza de sintaxis. Por supuesto no preveía, al escribirlo, que él mismo sería un precursor del género en la República Argentina.

Para mejor comprender la solidez de la ciencia ficción argentina, a nuestro entender la más trascendente de América Latina, nos atrevemos a hacer un poco de historia:

Entre 1953 y 1957, se publicó en Buenos Aires la revista Más Allá, que reproducía material norteamericano e incluía algunos cuentos y artículos argentinos. Esta dio a conocer aquí, lo mejor de la Edad de Oro norteamericana.

En la misma época apareció la Editorial Minotauro, fundada por Francisco Porrúa, la que a partir de 1955 dio el paso decisivo. Minotauro hizo conocer textos cuidadosamente seleccionados y presentados y su influencia contribuyó a formar un lector argentino, crítico y exigente.

En 1957 también apareció la célebre historieta El Eternauta, de H. G. Oesterheld, que habría de influir positivamente en la formación de una ciencia ficción argentina.

Hubo en 1966 un notable auge del género, cuando Minotauro editó una revista con material internacional, y se publicaron varios libros de CF de autores argentinos: Vanasco, Goligorsky, Bajarlía, Gorosdicher, Rodiguéy. También se escribió el primer ensayo crítico sobre este género realizado en lengua española El sentido de la ciencia ficción de Pablo Capanna. Pareció entonces abrirse un período de expansión.

La etapa más reciente se inicia con la aparición de la revista El Péndulo (1979); su responsable Souto, discípulo de Porrúa. Esta revista junto a Minotauro sirvió para difundir a un grupo de escritores argentinos de ciencia ficción: Gandolfo, Gardini, Hartan, Alzogaray, Carletti (este último gerencia eficientemente la excelente revista Axxon).

Una de la característica general de la ciencia ficción argentina es su carácter escasamente científico, esto explica el carácter predominantemente nostálgico, amargo a veces, que se manifiesta en ella. También hay una visión evanescente de la realidad, ciertas tendencias surrealistas y una adopción del lenguaje coloquial, los escenarios y la sensibilidad de los argentinos.

Durante los últimos años, han aparecido una serie de relatos que bien podrían leerse como claros exponentes del género. Una novela del escritor Carlos Gardini titulada El libro de las voces (2004), o la mayoría de los relatos que componen Los acuáticos (2001) de Marcelo Cohen son algunos ejemplos de esta, relativamente nueva, tendencia.

Reconocemos que para abarcar de manera medianamente satisfactoria la ciencia ficción argentina, necesitaríamos mucho espacio y tiempo y siempre correríamos el riesgo de dejar afuera algo importante. De tal manera que para cerrar este capítulo nos limitaremos a destacar algunos brillantes escritores del género:

Alejandro Alonso, Chinchiya Arrakena, Juan-Jacobo Bajarlía, Adolfo Bioy Casares, Eduardo J. Carletti, Mario Carper, Marcelo Cohen, Marcelo Dos Santos, Néstor Darío Figueiras, Antonio Galland, Carlos Gardini, Sergio Gaut vel Hartman, Ricardo Giorno, Angélica Gorodischer, Alberto Laiseca, Alejandro Lois, Jorge Claudio Morhain, Ana María Shua, Marcial Souto, Juan de Urraza, Mike Wilson y muchísimos más…

Quizás deberíamos hablar de: Axxón, Revista Cuásar, Revista Parsec, El Péndulo y Revista Sinergia… pero creo que ya abusé del espacio asignado por la Cueva del Lobo y del beneplácito de Vladimir Vásquez. La próxima y última entrega será dedicada a la CF Venezolana.

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