El Secreto de los Dragones es una historia corta de menos de 1500 palabras (una página y un poco más) que nos narra el encuentro de un famoso cazador de dragones quien finalmente falla en su misión, pero se descubre con vida, y una muy singular oportunidad.

Como les comenté en la editorial de este mes, este cuento corto es el primero de los que iré publicando todas las semanas. Les recuerdo que también quienes colaboran a través de Patreón, podrán disfrutar de un cuento adicional todas las semanas. Y espero que dentro de unos meses, pueda hacer una compilación con varias historias.

El objetivo es experimentar con diferentes estilos narrativos, distintos subgéneros, protagonistas, argumentos, etc. Pero todo dentro de pequeñas historias que me permitan experimentar con rapidez.

Espero que lo disfruten.

El Secreto de los Dragones

–¿Sorprendido de continuar con vida?

Había escuchado rumores extraños sobre este dragón, al parecer yo sería su siguiente juguete.

–Te dejé con vida porque eres el único de entre todos los que han intentado entrar en mi guarida, capaz de entender, de entenderme. –La criatura hablaba apenas moviendo sus enormes labios. Mantenía los ojos cerrados mientras continuaba descansando sobre su enorme pila de tesoros. Mi vieja espada descansando cerca de su garra.

Desperté mal herido en una gran jaula de acero o algún material similar. De inmediato invoqué la luz de mi señor Bomaldir para que me ayudara a sanar mis heridas. Aún en mitad de aquellas tinieblas, la luz del dios verdadero no me abandonó. Mis heridas continuaban siendo terribles, pero difícilmente mortales.

–¿Lo ves? Eso es lo que me gusta de ti, eres un paladín, un soldado, mago, sacerdote, ¿me olvido de algo? –Apenas abrió un ojo con el que me miró inquisitivo.

–Asesino de dragones…

–Bueno, a la vista de los resultados, no eres uno muy bueno.

–¿Mis compañeros de armas?

–Un pequeño bocado para alguien de mi tamaño, sin embargo no puedo negar que fueron un platillo interesante. –Se limpió entre los dientes con mi espada–. El troll tenía un sabor… ¿Curioso? No recuerdo haber comido troll nunca antes, imaginar que existen criaturas con tanta magia en su interior, aparte de los dragones.

Las lágrimas casi me traicionan al pensar en la muerte de mi fiel Jakunya. Morir aquí después de tantas batallas juntos. Pero la caverna estaba recubierta de los cadáveres de los héroes que habían intentado matar al monstruo antes que nosotros.

–Un grupo muy hábil, no lo voy a negar, pero ya se estaban haciendo viejos. –Continuó el maldito dragón–. Y entre todos el más viejo eras tú. Y sin embargo…

–No me mataste, ¿por qué?

–Ambición, brilla en tus ojos. Odias a los dragones ¿no es cierto? Todos estos años te has entrenado para exterminar a mi raza… –La criatura abrió sus ojos y me miró en silencio durante unos momentos–.  ¿Quieres saber un secreto? –Susurrando confesó–, yo los odio también. –Una sonrisa llena de afilados dientes iluminó el lugar–. Presuntuosas criaturas, se creen las dueñas del mundo, creen que se lo merecen todo. Se creen dignos de obediencia, del mejor trato… –La sonrisa había sido sustituida por un gesto de desdén absoluto–. Pero solo son basura, unos cobardes, inútiles y estúpidos.

–Si tanto odias a tu propia raza, ¿por qué no los matas por tu propia mano?

–Oh, pero lo he hecho,  Ciedranth, la asesina de dragones, ese es mi nombre y mi título. Y antes que preguntes sí, soy una hembra. No sé porque todos los humanos lo encuentran tan sorprendente, ¿son incapaces de imaginar una hembra poderosa?

–O quizá somos incapaces de imaginar una fémina tan despreciable…

–Muy simpático, ¿te recuerdo quien está encerrado en la jaula? –Una ola de fuego calentó uno de los bordes de la prisión–. No te mataré, pero si continúas con tus impertinencias puedo hacer nuestra conversación muy inconveniente para ti.

–Entonces odias a tu propia especie y ¿me has mantenido con vida porque compartimos el mismo odio?

–Te mantuve con vida para que me ayudes a conseguir lo que ambos ambicionamos. ¿Deseas exterminar la raza de los dragones o no?

–Sí, es mi deseo…

–Pero lo has estado haciendo mal.

–Y sin embargo he conseguido matar a unos cuantos.

–Muy cierto, tu fama te precede, los alrededores de este reino han sido el lugar más tranquilo que he conocido en muchos años, ningún dragón se atreve a acercarse donde tú estás.

–No obstante, tú viniste a perturbar nuestra paz.

–Yo odio a los dragones y ellos me odian también, no hay mejor lugar para mi que aquí. Ninguna se atreverá a aproximarse, cobardes. Y eso me ha permitido conoceros campeón… –La sonrisa de  Ciedranth era puro cinismo.

–¿Entonces has venido aquí con la intención de enseñarme como matar a tu especie?

–Algo así. Como venía diciendo antes que nos desviáramos, has estado combatiendo a los dragones mal. Cuando un dragón es viejo y grande es una criatura de un inmenso poder. ¿Te parece impresionante la manera en que la magia fluía por el cuerpo del troll? No tienes ni idea la cantidad de magia que circula por el cuerpo de un dragón.

–He tratado con dragones antes, tengo una idea.

–El cuerpo de un dragón muerto es apenas una cáscara de su antigua gloria, no puedes imaginarlo. –Negó meneando una de sus garras con énfasis–. Pero existe una forma totalmente segura de exterminar a un dragón. Con tiempo. A pesar de todas sus pretensiones, los dragones son criaturas mortales y eventualmente todos morirán de viejos.

–¿Estás intentando convencerme que deje morir a los dragones de viejos? Eso suena bastante estúpido.

–¡Si tan solo me dejaras terminar! –El estruendo de la criatura llenó la caverna–. Como intentaba decir, eres libre de perseguir a los de mi especie en su momento de mayor gloria, pero me parece que es una forma bastante estúpida de administrar tus recursos. En cambio, si exterminaras a los dragones cuando todavía son jóvenes y débiles…

–Jamas me he encontrado con un dragón aún joven.

–Y ¿huevos de dragón? ¿Alguna vez te has encontrado los fabulosos huevos de dragón?

–No, tampoco, nunca me he encontrado ni un solo huevo.

–Porque no existe tal cosa… – Ciedranth estaba disfrutando soltar su misterio en piezas.

–Y ¿de donde salen los dragones entonces?

–Buena pregunta, pero déjame responder con otra, ¿alguna vez te has encontrado un huevo de koboldo?

–Millones de ellos… –Respondí sin pensar, pero de pronto la implicación golpeó mi cabeza.

La dragona asintió en silencio viendo que yo había entendido.

–¿Los koboldos son dragones? –Pregunté incapaz de creerlo.

–Debería ser muy claro por la apariencia, hay incluso koboldos que desarrollan alas al igual que lo hace un dragón, pero imaginar que un ser tan pusilánime como un koboldo pueda conseguir el poder de convertirse en un dragón es una idea que no entra con facilidad en la cabeza de otras razas.

–Pero ¿cómo? –Yo todavía no podía creerlo.

–La respuesta es evidente, magia. En ocasiones un chaman koboldo adquiere el suficiente conocimiento y sabiduría para figurar el ritual por si mismo, en otras ocasiones después de servir a un dragón por mucho tiempo un grupo de koboldos es obsequiado con el secreto, pero esa es la realidad, y esa es la razón por la que allí donde hay dragones, habrán koboldos, y allí donde hay koboldos, eventualmente aparecerán los dragones. ¿Has visto la relación en tus viajes?

–Sí, pero no lo había entendido hasta ahora…

–Me gusta ver que ya lo has entendido entonces. –Ciedranth puso una de sus garras bajo cabeza–. ¿Qué harás con este nuevo conocimiento ahora?

–Descubrir si es cierto lo que me has dicho.

–Así que no aceptas mi palabra ciegamente, está bien, ya encontrarás las pruebas. Pero ¿qué harás si descubres que te he dicho la verdad?

–Borrar de la existencia la raza de los koboldos…

–Y con ellos habrás extinto a los dragones. Me doy por satisfecha entonces. ¿Ves todo este tesoro? –Ciedranth apuntó a la enorme pila de joyas y artefactos mágicos sobre la que se asentaba–. Te lo dejo todo a ti para que comiences tu labor, recluta gente, dispersa el secreto de los dragones a los cuatro vientos, asegura que no sobreviva ni uno de esos malditos.

–¿Por qué?

–Los odio tanto o más que tú, ya te lo expliqué.

Esta vez fue mi turno de asentir.

–Creo que puedo entender esa clase de odio. Pero aún si extermino a todos los koboldos, todavía quedarás tú, y estoy seguro que te esconderás en alguna parte a crear tu progenie de koboldos especiales ¿no es cierto?

–¡Jajajajaja! Así que también eres astuto, pero eso mi amigo, no podrás evitarlo, me marcho ahora a un lugar donde nunca podrás alcanzarme.

–¿Y si te mato antes que te vayas?

–Encerrado en esa jaula lo veo difícil.

Extendí mi mano fuera de mi prisión y mi vieja espada voló a mi mano, con un solo golpe destrocé los barrotes que me tenían prisionero.

–¡Jajajajaja! Ese truco no te lo había visto. Pero ¿realmente eres tan pretencioso para creer que tienes una oportunidad contra mi, tú solo?

–No, pero hablas demasiado Ciedranth, me diste el tiempo para completar un ritual de gran resurrección masiva–. Pronuncié la última palabra del encantamiento.

La caverna se llenó de luz y las docenas de guerreros que habían muerto combatiendo al monstruo con anterioridad retornaron a la vida enteros, y fuertes, aunque algo confusos.

–¡Tomen sus armas mientras la distraigo! –Lancé un hechizo para evitar que Ciedranth pudiera volar, la criatura se arrastró intentando huir a toda velocidad.

Pero ya le estaba ganando terreno y espada en mano salté sobre ella.

Fin

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