Desde Cabimas en el estado Zulia, el escritor Venezolano Gusmar Sosa nos envía un relato para participar en nuestro Concurso de relatos de Ciencia Ficción:

Fuego

Regeneración

Autor: Gusmar Carleix Sosa Crespo.

“Como un homenaje a nuestros caídos de Amuay…”

La luz se refleja en los charcos de agua que van agitándose tras sus pisadas. Como ondas sonoras se filtra entre los arbustos altos y fornidos que le dan forma a la selva occidental. Sus brazos aun sienten las llamas que van disminuyendo mientras la brisa es cortada por su cuerpo que a toda velocidad se dirige a ningún lugar. ¿Por qué huye? ¿Es necesario?

Siempre quiso huir de sí mismo, pero una maldición parece impedírselo.

Corre sin sentido de orientación. Mientras corre observa sus piernas cubiertas por un jean negro desgarrado por el fuego. Desesperado y sin disminuir sus pasos, pasa sus manos por la cabeza sintiendo el cuero pegajoso y muerto, igual en su rostro. Las llamas se apagaron y en el medio de la selva un rancho se deja ver. Se detiene, siente que el corazón podría estallarle en cualquier momento. Se asegura de que nadie habita el rancho. Entra con cautela, observa todo alrededor. Fotos cubiertas por telarañas, un espejo conquistado por el polvo, un colchón sin sábanas ni almohadas, un escaparate con aire de legendario, un taburete junto a la cama. Es un rancho de dos piezas, desde ahí se asoma a la otra pieza, una cocina, un hueco que sirve de ventana, una silla de mimbre. Toma una de las fotos, un anciano retratado con una escopeta en mano y una sonrisa triste. No puede evitar una tos escandalosa y grave que se le escapa repetitivamente, su corazón sigue acelerado y la tos parece excitar la prisa. Casi cayéndose camina por las dos únicas piezas del rancho. Aún siente el calor azotando sus brazos, sus piernas, su rostro. Se sienta en el taburete y ante el descanso de su cuerpo la madera cruje como pidiendo clemencia. Muerde sus labios para no gritar y su mirada recorre de nuevo el lugar. Es evidente que nadie vive en el rancho desde hace mucho tiempo, tal vez el anciano del retrato murió ya, así que suelta sus labios y exclama con un grito infeliz todo el dolor que siente.

Tras el grito su corazón desacelera, va acoplándose a un ritmo normal. El hombre mira las heridas de sus piernas, en sus ojos se ve el reflejo de una cicatriz que lentamente va desapareciendo. Sorprendido se levanta dando pasos hacia atrás y entonces nota que en sus brazos no hay huellas del fuego que venía azotándolo.

-¿Qué soy?- Su mente está vacía y tan agitada como lo estuvo su corazón mientras corría. Intenta encontrar algún recuerdo, alguna pista. Se asoma por la única ventana del rancho, nota la columna de humo que se levanta hasta los cielos desde más allá de los árboles. Intuye que desde ahí corría, que huía de lo que sea que sucedió en aquel lugar.

-¿Por qué no recuerdo nada?- Ni siquiera recuerda que ya había sufrido ese lapso de amnesia antes. En cinco minutos recordaría todo, incluso ese fatídico carácter suicida, ese vicio de lamentar su existencia. Así había sido siempre el proceso. Primero su cuerpo, luego su mente. Y como una burla del destino siempre estaba implicado en sucesos como ese que se originó a kilómetros del rancho.

Llevaba seis años trabajando en la industria petrolera, dos semanas asignado a la refinería de Amuay, en el Estado Falcón. Habían pasado diez minutos de la trágica explosión producto de la fuga de gas propano por una falla en una válvula que debió cambiarse dos meses antes, así lo reseñarían los diarios al día siguiente. Está a aproximadamente dos kilómetros del lugar donde se produjo la explosión, las ondas expansivas hicieron estallar todo el complejo, en segundos el fuego se propagó a través de una de las líneas de flujo del gas propano haciendo estallar algunos tanques en uno de los patios, incrementando el fuego y la amenaza de continuidad.

Sintió su interior reventar con el sonido del estallido que inmediatamente enmudeció todo el escenario. Su cuerpo se encendió en llamas al instante, vio a su alrededor cómo sus compañeros ardían en fuego con notable desesperación, chocaban entre sí, al chocar muchos se desmembraban; escombros caían como una lluvia de pesadas y voluminosas gotas de agua encendidas en llamas. El suelo temblaba tras el impacto de los escombros, algunos parecían proyectiles dirigidos por enemigos de guerras directo a los trabajadores de la refinería. Gritaba de dolor, su instinto lo llevó a tirarse al suelo para no chocar contra nadie y cubrirse del impacto de los escombros que caían de todas direcciones. Diez segundos después de la explosión expiró. Sus piernas apenas habían sufrido leves heridas, un tubo de dos pulgadas de diámetro había atravesado su hombro izquierdo. Sus brazos ardían en llamas. Cinco segundos después abrió sus ojos como un acto reflejo, como cuando recibes un golpe en el ligamento rotuliano y al instante extiendes tu pierna. Al abrir sus ojos desconoció todo el lugar, pero percibió el caos, la tragedia. El lugar exhalaba desesperación, él respiró toda la desesperación, entonces sintió las llamas en sus brazos e intentó levantarse acentuándose el dolor en el hombro atravesado. Ignoró el dolor, seguía sordo, se apoyó en una baranda a su derecha para balancearse y ponerse en pie. La baranda ardía de calor y ahí dejó parte del cuero de su mano. Se abalanzó hacia adelante y sus piernas respondieron sin problemas. Poco a poco aceleró el ritmo hasta salir de la refinería. Esquivó los escombros que se hacían visibles entre la niebla de humo que se esparcía por todo el lugar, mientras corría observaba sin orientación la escena muda, cuerpos de personas hechos cenizas, otros corriendo a todas direcciones mientras caían al suelo sin poder levantarse, el cielo gris y el aire contaminado por un olor que le hacía arder la nariz e incluso los pulmones hasta el punto en que dejó de percibir olores. Todavía no llegaban las unidades de rescate, a lo lejos se escuchaban las sirenas de emergencia de los camiones bomberos que se trasladaban a toda velocidad. Corría sin detenerse y sin sentido de hacia dónde se dirigía, pero corría sabiendo que era mala idea permanecer en ese lugar. Se perdió entre los árboles en una selva sin senderos. Desde uno de los camiones un bombero observó entre la selva una llama de fuego que se desplazaba abriéndose camino entre los arbustos. Le pareció curioso pero se concentró en sujetar sus nervios para estar listo al rescate, era su primer día en el cuerpo de bomberos.

El hombre lanzó otro grito, el hueso astillado en su hombro y el tejido afectado por la entrada y salida del metal que lo atravesó comenzaron a estirarse. Tras el grito recordó lo recién sucedido, de un golpe llegaron las imágenes de la explosión. Corrió hacia la ventana y observó una vez más el humo que oscurecía el cielo. Sintió una extraña confusión.

-¿Qué sucedió? ¿Quién soy?- Le sucedía cuando la muerte le ganaba alguna batalla que él no buscaba librar. Si moría, al despertar, su conciencia sufría una especie de regeneración progresiva cuyo lapso de tiempo variaba según la tranquilidad o tormento en su estado de ánimo. Comenzaba por recuperar los recuerdos más recientes, a veces le llevaba meses recordar imágenes de su niñez, pero para entonces había recordado su identidad y se adaptaba al proceso.

-Deja vu- Murmuró -Es como un deja vu, es como si esto ya lo he vivido. ¿Es posible esto? ¿Estaré alucinando?- Bajó la mirada y notó que había recuperado la capacidad auditiva al escuchar las sirenas de los vehículos que todavía se acercaban a la refinería. Las imágenes de lo sucedido seguían relampagueando en su memoria. La angustia se incrementó por un momento, pero su instinto lo llevó a controlar su estado mental.

-Hoy es 25 de agosto del año 2012, estoy en el Estado Falcón de Venezuela, mi nombre es… ¿Por qué no recuerdo mi nombre?- Notó que ante su esfuerzo por ubicarse, y recordar su identidad, su ánimo se agitaba y el ritmo de los latidos de su corazón también.

Apoyó sus manos en los bordes del hueco que fungía como ventana del rancho dejando descansar su cuerpo, el hombro se había restaurado por completo, el cuero rasgado de su mano derecha también. El dolor había pasado. Respiró profundo y percibió el calor en el ambiente. Tocó apresurado su rostro notando la restauración de su piel. Tomó una toalla que guindaba de una de las esquinas del escaparate y caminó hasta la otra pieza del rancho, se paró frente al espejo, lo limpió, observó su rostro como descubriéndose por primera vez. Estaba calvo, sus ojos negros se disimulaban con la oscuridad del interior del lugar, piel trigueña, quijada larga, con apariencia de un treintón de casi cuarenta años. Tiros azules colgaban desde su cuello y hombros, la camisa había sido víctima del fuego que, tras la explosión, acarició su silueta. Arrancó los restos de la camisa de su uniforme sin apartar su mirada del espejo. No habían cicatrices en su rostro, miró las palmas de sus manos y tampoco. Pensó que estaba en un sueño, de esos en los que la identidad propia se pierde, de esos en los que tienes la sensación de que vas cayendo en un abismo sin poder despertar ni reconocer con convicción que estás en un sueño. Sentía el vacío adentro, sufría la sensación de caer mientras intentaba recordar su nombre, sus datos personales.

-¿Mis padres?- Recuerda lo sucedido tres años atrás.

Se desplazaban por la autopista Lara-Zulia, un viernes de junio del 2009, a las nueve de la mañana decidieron salir del Estado Falcón para visitar a la familia en el Estado Zulia; en la ciudad de Cabimas, Nixón Medina decidió viajar a las playas de Falcón. Al otro día el diario reseñaría que Nixón iba ebrio en su Jeep Cherokee 4×4 año 96, color vinotinto. No hubo novedad en las primeras horas de viaje. Recuerda a sus padres sonriendo y conversando entre ellos, recuerda también que ellos lo sabían. Sí, ellos sabían de su habilidad de regenerarse ante cualquier herida. La carretera se hizo angosta en cierto punto y ascendía al nivel de un cerro perfilándose. El celular vibró en el tablero del auto, cayó rodando hasta debajo del acelerador. Se inclinó para intentar alcanzarlo con su mano derecha, sin quitar la mirada del camino, tanteó hasta que tocó el aparato sin lograr tomarlo. Con su mano izquierda apretó aún más el volante y se inclinó un poco más. En el sentido contrario, Nixón aceleraba su cherokee para ascender el cerro con más velocidad mientras escuchaba música en su reproductor. Miró al cojín de al lado para tomar el control del reproductor y cuando volvió la mirada al frente se encontró con el auto en el que la familia Infante se trasladaba. Cuando Roberto Infante logró agarrar el celular sintió el impacto que hizo volar el auto en retroceso hacia el lado derecho de la carretera, haciéndolo salir del sendero y rodar cuesta abajo el cerro. La cherokee se volcó hacia adelante dando vueltas hasta salir también de la carretera. Horas después las autoridades declararían que Nixón Medina, de 54 años de edad murió con el impacto al sufrir un infarto.

-Soy Roberto Infante- Recuerda su nombre mientras escucha los gritos de sus padres tras el impacto de la camioneta. El retrovisor voló, el parabrisas estalló al instante y cuando el auto tocó tierra para rodar cerro abajo, los gritos de sus padres se habían silenciado mientras él salía disparado por una de las ventanas chocando contra una gran roca, el panorama frente a él se apagó lentamente y escuchó una gran explosión. No sabe cuánto tiempo transcurrió. Sólo recuerda que abrió sus ojos y llamas de fuego crecían desde el auto condenando a muerte las ramas de un gran árbol que detuvo el trayecto del auto. Cuando despertó fue lo mismo de siempre, confusión, el corazón acelerado, la sangre agitada. Se levantó como pudo y corrió lejos del lugar, se perdió entre la maleza y cuando pasaron unos treinta minutos había llegado a una laguna donde apagó su sed, lavó sus heridas viéndolas cicatrizar y ahí recordó el accidente y a sus padres.

Ahora ya recordaba su nombre, también a sus padres y la trágica muerte de ellos. Cerró sus ojos lamentando todo como si recién sucedía. Al abrirlos se observó de nuevo en el espejo y de un golpe chocó sus nudillos contra el vidrio haciéndolo desplomarse en pedazos, su mano sangró al instante. La sangre parecía salir como reos escapando por un boquete en el muro de una cárcel. Era como si compitiera con la regeneración de la mano. Observó su mano sangrando, vio el tejido de sus nudillos regenerarse, uniéndose, cicatrizando, haciéndose perfecto. Miró de nuevo la fotografía del viejo que tal vez fue el dueño del rancho donde llevaba apenas cinco minutos. No fue accidental, la miró fijándose en la escopeta que sostenía el viejo del retrato. Registró el lugar buscándola, con una furia notable volteó la cama lanzando el colchón al otro extremo de la habitación, desde ahí miró el escaparate, lo abrió y ahí estaba la escopeta. Arriba estaban los cartuchos, tomó uno, cargó la escopeta y apuntó a su pecho, su respiración agitada, sus manos temblaban de ira. Se sentó en el taburete apuntando su pecho, se levantó de nuevo, tomó el resto de los cartuchos. Acomodó el colchón sobre la cama, llevando el taburete a una esquina de la cama, se sentó y sobre el colchón colocó los siete cartuchos más.

Siempre se sintió culpable por la muerte de sus padres, pero más culpable por estar vivo.

Mientras Roberto Infante apunta su pecho con la escopeta en la refinería el fuego se propagaba. Los bomberos intentaban minimizar el riesgo de expansión del fuego que amenazaba con arremeter en contra de la comunidad alrededor de la refinería. Se dio la orden de desalojo, ya muchos habían abandonado sus casas y abarrotaban las calles de autos. Otros corrían hacia el lugar donde se originó el caos, tratando de saber sobre sus familiares en la planta. Bomberos se aventuraban al interior de algunos escombros con cautela para rescatar posibles sobrevivientes o sacar los cuerpos diezmados por la tragedia. El fuego se había levantado como una frontera entre una de las zonas de la refinería impidiendo el acceso de rescatistas. Uno de los bomberos, el mismo que se obligó a concentrarse cuando creyó ver una bola de fuego desplazándose por la selva, escuchó los gritos del otro lado del fuego. Alertó a otros compañeros y una cuadrilla de novatos, desobedeciendo la orden del sargento, se reunió junto a la frontera de fuego para evaluar cómo acceder al lugar. Los gritos provenían de una garita de vigilancia. Tras la explosión, un grupo de trabajadores se internó allí para protegerse de los materiales que volaban como proyectiles encendidos en llama, escombros de una torre sellaron la puerta impidiéndoles salir, los escombros ardían en llama. La garita, de acero, se calentaba cada vez más. Gritaban desesperados desde que oyeron las sirenas cada vez más cerca.

-Debemos pasar hasta allá- Decía el bombero que apenas asistía a su primer día de trabajo. Un muro inmenso de escombros y fuego no les permitía pasar al otro lado. Casi tres metros de ancho era el muro de escombros encendidos y de más de dos metros de alto. Al sargento le preocupaban los cuerpos de los fallecidos que observaba desde su lugar intentando dirigir una operación de alto riesgo, le preocupaba también que de no lograr desviar la dirección del fuego se corría el riesgo de que otros tanques de gas propano fueran alcanzados y la explosión extinguiría la vida de todo aquel que estuviera a un radio de un kilómetro.

Eran las siete de la mañana cuando, en el patio del este, el fuego alcanzó uno de los tanques. La explosión causó una reacción en cadena inundando de fuego todo el patio del este del complejo. Seis bomberos fueron alcanzados por el fuego y otros tres recibieron golpes certeros de bloques de concreto. Los gritos desde la garita en el patio noreste se incrementaron. Ocho trabajadores habían en el interior, entre ellos un cristiano evangélico que se preguntaba si había valido la pena toda una vida de restricciones. Por su mente desfilaban ideas de cómo viviría si lograba sobrevivir a la tragedia. Sería menos aguafiestas con su familia, algunos domingos no iría a la Escuela Dominical para visitar a sus padres y pasar más tiempo con ellos, bebería algunas cervezas de vez en cuando con sus amigos y celebraría la vida, amaría a una mujer, encontraría una novia y la haría su esposa, restaría tiempo a sus hábitos religiosos, sería más libre. Quiso pedirle a su dios una oportunidad, pero de un golpe se frenó al pensar que tal vez de haber querido ayudarlo, su dios habría evitado todo el caos en desarrollo. El cristiano evangélico miró a sus compañeros, todos temblaban de miedo y se mantenían prudentemente alejados de las paredes, el ateo miró al otro, y se preguntó si serían ciertas las convicciones del religioso, si existiría el infierno y el cielo. ¿A dónde iría él si todo lo que consideró ficción es cierto? Por un momento se sintió cobarde y asustado, no era sólo lo que sucedía alrededor, eran las dudas de lo que viene después de la muerte. Dudas que no enfrentó antes, deseó con todas sus fuerzas poder creer en un dios poderoso capaz de hacer el rescate operativo y tomar el control de la situación, pero no pudo, y lamentó no poder creer en un dios.

En el rancho, Roberto Infante sigue apuntando su pecho. Intenta recordar si ha visto algo en los segundos en que ha estado muerto. ¿Ha ido al cielo o al infierno? ¿Ha visto el rostro de dios o la sonrisa del diablo? Sus manos estiradas hasta el mango de la escopeta, el dedo pulgar de su mano izquierda sobre el gatillo. Mira los cartuchos a su izquierda, sobre el colchón viejo y podrido, si vuelve a vivir usaría otro, y otro, hasta lograr su deseo de no volver a la vida. No recuerda nada sobre sus segundos de muerte, ni siquiera oscuridad o neblinas, ni siquiera abismos. Es sencillamente como si no existiera mientras está muerto. O tal vez la consciencia del más allá le era borrada siempre que volvía a la vida. Recuerda que no es la primera vez que intenta matarse.

Estuvo casado una vez, ahora lo recuerda. Tuvo un hijo, Isaac. Lo tuvo por unas horas. Su esposa lo dio a luz y murió al instante. Lo médicos le dieron la noticia en el pasillo adjunto a la sala de parto advirtiéndole que el recién nacido presentaba ciertas anomalías en su sistema nervioso e inmunológico. Como si se tratara de un espécimen no humano una docena de médicos y especialistas cayeron sobre el bebé, detectando que el sistema inmunitario, que se encuentra compuesto por linfocitos, leucocitos, anticuerpos, citoquinas, macrófagos, neutrófilos, entre otros componentes que ayudan a su funcionamiento, presentaba anomalías sutiles pero que condenaban a la muerte prematura al paciente. Las anomalías le impedirían a su sistema inmunitario desarrollar una memoria inmunológica, el cuadro parecía el de un trastorno inmunológico, pero era extraño para una criatura que aparentemente estuvo sano durante su gestación, presentar las características que observaban, la inmunodeficiencia diagnosticada prematuramente no podía ser atacada en la criatura, no había forma de restaurarla, para los médicos el niño nació condenado, pero intentaban extraer las muestras y anotar cada característica observada para desarrollar estudios posteriores. Sin duda la condición de la mujer que lo dio a luz tenía mucho que ver con el por qué durante la gestación el bebé parecía desarrollarse con normalidad y con su muerte inesperada luego de darlo a luz. La madre presentó durante los siete meses antes del parto un cuadro de insuficiencias e infecciones nada normal, entendían ahora que el bebé en gestación se había adherido a su sistema inmunológico de una forma extraña, maximizando su dependencia y devorando poco a poco la salud de la madre. Era como un virus dentro de ella, como una enfermedad y no un bebé. Así lo entendían a medida que observaban el comportamiento de su sistema y la decadencia que se incrementaba con los minutos que transcurrían.

Mientras los médicos intentaban el estudio del recién nacido, afuera Roberto se desesperaba cada vez más, no soportaba la idea de que Linda estuviera muerta, de no ser por el bebé habría corrido a la azotea del hospital y se habría lanzado desde ahí para ponerle fin a su vida. La breve explicación de los médicos despertó en él la sospecha de que todo tenía que ver con él. Se sintió culpable de la muerte de Linda, no debió embarazarla, seguro el niño estaba complicado por sus genes, tal vez la incapacidad de su sistema inmunológico y la anomalía del sistema nervioso era un desbalance en el niño heredado de él, tal vez el niño era todo lo opuesto a él. Pensó que no debería intentar nunca más tener un hijo y nuevamente recordó a Linda, quiso que su habilidad de regenerarse fuera de ella, quiso creer que Linda era como él y que en algunos minutos volvería a la vida. La amó desde el primer día en que la vio, intentó no acercarse a ella, porque sabía que algo en él no andaba bien. Quiso protegerla, pero ella insistía en acercarse a él. Fue en los años de universidad, finalmente ella logró apagar sus miedos y él se permitió estar a su lado. Ahora está seguro de que fue un error, debió mantenerse al margen, dejar la universidad, cambiar de ciudad, alejarse para siempre. Ahora ella estaba muerta y un bebé sufría la maldición de heredar su sangre.

Al cabo de dos horas un médico se acercó a él, sus manos se unieron frente a su rostro, levantó la mirada y perdió el control de sí. El médico le comentó que esperarían unas horas para hacer lo que se debía según el caso. Algunos familiares que ya estaban allí se acercaron a Roberto pero él los ignoró. Caminó como si hubiese trazado un plan, pero sólo se dejaba llevar por un impulso. Nadie intentó detenerlo, todo era confuso. Se perdió al final del pasillo y subió las escaleras, y las siguientes y las otras. Llegó a la azotea, se paró frente al vacío, decidido. Miró el panorama, parecía una mañana normal, desde allí las autopistas se veían abarrotadas de automóviles, el estacionamiento del hospital repleto, una heladería se veía a lo lejos con algunos clientes sentados debajo de las sombrillas que cubrían las mesas. Se lanzó desde la azotea del Hospital Universitario, quince pisos lo separaban del suelo, sentía el aire cortarle la piel, descendía con la esperanza de abrazar la muerte para siempre, no despertaría más, con él se hundiría la culpa por la muerte de Linda, por el nacimiento de un niño condenado a morir, descendía y mientras caía lograba ser completamente feliz, como nunca lo había sido. Es la ilusión del suicida tal vez, ponerle fin a lo existente acabando con la existencia propia. Pensó que moriría antes de chocar contra el piso, como suele pasar, pero tal vez sus pulmones no cedían a la asfixia ni a la misma muerte. Sintió el golpe y cómo sus huesos estallaron dentro de él, cómo fragmentos de su cráneo se dispersaban a todas direcciones, también sintió la sangre ahogarle la respiración mientras se disparaba como un torrente de petróleo recién liberado. Y luego todo se apagó, ese segundo en el que se hizo consciente de que su ser se apagaba lo disfrutó como nunca disfrutó la vida. Sonrió desde adentro pues su rostro no tenía figura, sonrió sintiéndose como un demente feliz y se apagó deseando fuera para siempre.

Minutos después despertó en la morgue, con sus huesos quebrados, sin figura en el rostro, lleno de miedos, preguntándose lo mismo de siempre. ¿Quién soy? ¿Qué sucede? ¿Dónde estoy? ¿Estoy alucinando? ¿Cómo puede ser posible? Y al cabo de dos horas abandonaba aquella ciudad.

Ante ese recuerdo Roberto duda poder acabar con su vida de un disparo. Sin embargo, está decidido a intentarlo, a acabar con los cartuchos de la escopeta hasta lograrlo, apenas despertara de nuevo volvería a disparar sin darle tiempo a su cuerpo de restaurarse. Apretó el gatillo sin dar chance a otro recuerdo más, se liberó un puñado de plomo grueso que impactó su pecho, dispersándose dentro de él, en todas direcciones. La escopeta huyó de sus brazos tras la detonación cayendo en el piso y sus brazos quedaron colgando en el vacío. Sintió el recorrido de las partículas de plomo, podía enumerarlas si hubiese querido, era como un frío recorriendo su pecho e incrustándose en su abdomen, en sus costillas, la sangre liberada se sentía como su redención. Imágenes relampagueaban en su memoria mientras el plomo lo extinguía.

El sargento Tomás Zambrano habría escuchado el eco del sonido de la escopeta accionada de no ser por su total concentración en la escena. Estaba preocupado por los bomberos que habían quedado rodeados por el fuego y separados, por un muro de escombros encendidos, de la garita donde habían trabajadores encerrados. También le inquietaban los trabajadores en la garita, los bomberos que habían muerto tras la recién explosión en el lado este del complejo y la incapacidad del equipo de poder recuperar los cuerpos de sus compañeros. Un helicóptero descendió y desde ahí vio al vicepresidente de la República tocando tierra firme. En ese momento, el sargento se dio cuenta que los medios de comunicación ya rodeaban las franjas que delimitaban las áreas de riego. El vicepresidente se acercó junto al comandante del destacamento 33 de la Guardia Nacional. Le pidieron un reporte y con el nerviosismo escapando en su voz respondió:

-Tenemos a todo el personal desplazado alrededor del complejo. Intentamos controlar el fuego para que no llegue a la selva, pero nos preocupa más el lado sur, es prioridad evitar que se desplace a los caseríos de alrededor. Hemos logrado rescatar algunos cuerpos, llevamos contabilizados veintiséis muertos, treinta y cinco heridos están recibiendo atención médica en el Centro Clínico Coromoto y siguen saliendo ambulancias con heridos graves. Tenemos una lista de los empleados que estaban laborando en el turno y tratamos de comparar las bajas ya contabilizadas con la lista para saber el número de cuerpos o sobrevivientes bajo los escombros. Hace unos minutos una explosión en el este sorprendió a un grupo de nuestro personal, y aún no podemos asegurar que el riesgo esté superado.

– Nos estamos ocupando de la evacuación de los caseríos – Interrumpió el comandante Rincón.

– Señor – agregó el sargento Tomás Zambrano – Hay un grupo de nuestros bomberos rodeados por el fuego en el centro del complejo, más allá un grupo de trabajadores encerrados en una garita, se nos hace imposible por ahora el acceso.

– Esperemos que resistan, que ninguna otra explosión acabe por complicar aún más el rescate, si el calor no los ahoga, y se mantienen con vida, seguro podremos encontrar la forma de disminuir el volumen y la altura del fuego para atravesar de alguna forma la barrera y lograr un acto heroico en medio de tanta fatalidad; daré una rueda de prensa en un momento, es necesario un llamado a la calma, mientras tanto sigamos con el enfriamiento de las zonas críticas – Respondió el vicepresidente.

Agustina Méndez encendió el televisor y paseó por los canales de su paquete de cable. Pasó por el canal del Estado y vio al vicepresidente dando declaraciones con un panorama oscurecido por una columna de humo. Regresó al canal del Estado pues le pareció haber percibido en el cintillo de la noticia la palabra “Amuay”. Efectivamente, se aseguró de lo que decía: “Lamentable tragedia en Amuay…”. Tembló al instante dejando caer el control remoto al piso. Su hijo Andrés volteó desde la mesa.

-¿Qué pasó mamá? ¿Todo está bien?- La notó pálida y nerviosa.

Se levantó de la mesa, se acercó a ella, al ver el panorama y escuchar parte de la declaración del vicepresidente pensó en su padre: William Candanoza. Su padre era un hombre de cuarenta y siete años de edad que dedicó su vida a la industria petrolera. Se sentó junto a su madre, tomó su mano. Recordó que llevaba más de cinco meses sin verlo, pues a raíz de su traslado al Estado Falcón y por los compromisos de su cargo no había podido viajar hasta el oriente del país y visitarlos. Pensó en elevar algunas plegarias, recordó que su padre era ateo. Se preguntó si dios salvaría a un ateo en medio de una tragedia como esa que ya llevaba un saldo de quince muertos. Igual no había sido un mal hombre su padre, a pesar del divorcio se mantuvo cerca siempre que pudo, le enseñó valores importantes para una ciudadanía fructífera, lo motivó a cursar estudios universitarios, nunca habló con prejuicios en contra de ningún creyente católico o evangélico. Lo único que le molestaba de su padre era su tranquilidad frente a la vida eterna en la que él sí creía. ¿A dónde iría el alma de su padre? Para su padre el alma no era más que otro concepto controlador a disposición de la religión y su mecanismo proselitista, tal vez a su padre no le preocupaba el destino de su alma, pero él no podía dejar de pensar en eso mientras escuchaba las declaraciones oficiales de la tragedia emitidas por el vicepresidente de la nación. Monitoreó otros canales para ver qué se decía en ellos de la tragedia.

Desde el Estado Bolívar, Doña Esperanza veía el reportaje de uno de los canales privados. Para el momento la cifra ascendía a treinta y dos muertos, cuarenta y cinco heridos. Se anunciaba que en cuestión de minutos se leería una lista con los nombres de los fallecidos hasta el momento, la reportera advertía también que muchos cuerpos no lograban recuperarse y que se conocían rumores de un grupo de trabajadores sobrevivientes y en riesgo de sufrir asfixia tras la imposibilidad de rescate momentáneo. Los reporteros del canal privado, opositor al gobierno de turno, aprovechaban la situación para acentuar el desprecio y desacuerdo a la administración del gobierno. Argumentaban que el gobierno nacional era administrador directo de la empresa petrolera y debió prever la situación, arrojaron una lista de accidentes leves que según ellos formaban parte de una crónica que anunciaba el suceso del día. Desde el canal del Estado se hacía el llamado de no tomar la tragedia para hacer proselitismo mediático. El presidente de la nación por medio de una llamada telefónica al canal del Estado, en una transmisión en vivo, llamó a la calma y anunció que se harían las investigaciones pertinentes para establecer las razones del hecho y se aceptaría cualquier responsabilidad, pero que por lo pronto tocaba solidaridad y respeto a la memoria de los caídos y a sus familiares.

Doña Esperanza clamó a su dios por su hijo Jonás Alberto. Quiso descansar en su fe. Jonás Alberto había sido un buen creyente. Cumplía cada dogma de la iglesia, daba sus diezmos, participaba siempre que podía en las actividades de los cultos. ¿Acaso su dios descuidaría a un buen creyente dejándolo a la suerte de una muerte tan trágica? Esperaba ansiosa escuchar la lista de los fallecidos para comprobar que su hijo seguía con vida. Pidió perdón por su egoísmo al rogar sólo por su hijo, pensó en todas las madres que sufrirían la desdicha de saber que sus hijos estaban muertos o desaparecidos.

En el interior de la garita estaban William Candanoza y Jonás Alberto, junto con María Salazar, Antonio Soler, Oscar Villalobos, Ernesto Crespo, Argenis Sabogal y Luis Viloria. Ocho personas cuyos instintos de sobrevivencia los llevó al interior de esa garita, que ahora lamentan la decisión desconociendo que afuera ardía el infierno, que iban treinta y dos muertos contados. Les angustiaba el calor, se intensificaba cada minuto, se estrechaba el lugar cada vez más por el calor y ellos se acercaban más uno al otro. Cada minuto lo respiraban como el último de sus vidas. Recordaban los mejores momentos, el abrazo de la madre, las palabras del padre, la tarde de paseo junto a los hijos, la última reunión con los amigos. Se lamentaban de las malas decisiones. Todos lamentaban estar allí. Sobretodo Antonio Soler, a quien le tocaba estar de descanso pero decidió un cambio con Renzo Urbina. No dejaba de pensar que él estaría con su novia caminando por la orilla de Playa Tucacas y Renzo Urbina estaría en esa garita infernal. Antonio Soler sonrió como un demente pensando que si sobrevivía alquilaría una casa junto a la playa y le haría el amor a su novia bajo la luna llena. María Salazar pensaba en que debió haber solicitado sus vacaciones una semana atrás, como correspondía. No lo hizo porque quería estar totalmente libre desde el quince de septiembre para asistir tranquilamente a la graduación de su hermana y celebrar su aniversario de bodas en la ciudad de Mérida durante una semana. No dejaba de pensar en que ahora tal vez no podría ir a la graduación ni celebraría su aniversario, reflexionó concluyendo que la vida es el momento que se respira, los planes son sólo una pretensión y soberbia humana, quería otra oportunidad para vivir al día, para disfrutar cada momento. Su esposo estaba entre la multitud que rodeaba el complejo más allá de la franja amarilla que delimitaba las zonas de riesgo. Se rehusaba a abandonar la ciudad, para él no tenía sentido la evacuación sino era junto a su esposa.

Roberto Infante no duró cinco segundos muerto. Regresó a la vida como un náufrago que asciende a las superficies con sus pulmones llenos de agua, hundiéndose en un océano profundo. Observó el hueco en su pecho, la sangre salpicada en el piso, por morbosidad miró hacia atrás y vio pedazos de su cuerpo pegados en la pared de lata. El hueco en su pecho se restauraba a toda prisa, esta vez no hubo pérdida de memoria, pensó que la herida fue leve, nada grave comparada con el impacto y las heridas ocasionadas por las ondas expansivas de la explosión y el fuego que lo arropó minutos antes en la refinería, o tal vez la proximidad a su anterior muerte hacía que el proceso de recuperación fuera más veloz. Debía destruir su cuerpo por completo, antes que su corazón terminara de restaurarse intentó mover su brazo derecho para tomar otro cartucho y cargar la escopeta. No pudo moverlo, no tenía fuerza, en su mente tenía la sensación de haberlo movido pero el brazo no respondía la orden del cerebro.

-¿Hasta cuándo te lamentarás por lo que eres? Tal vez deberías disminuir tus lamentos y ver tu condición desde otra perspectiva. ¿Cuántas veces has escuchado de un tipo que puede regenerar sus heridas involuntariamente? Tú puedes burlar la muerte, no la tuya solamente, también la que amenaza a los que están alrededor de ti. ¿No has pensado que podrías ser un héroe en situaciones de riesgos? Tal vez tus heridas sanan involuntariamente pero debes trabajar en las heridas de tu memoria, regenerar tu mente, ser capaz de generar otras actitudes en ti.

Es la voz de su padre, dos meses antes del accidente donde perdió la vida el viejo. Años después de la muerte de Linda y su hijo Isaac. Recobra la fuerza para mover sus brazos, toma el segundo cartucho, carga la escopeta y la lleva a su boca. La voz de su padre lo atormenta, las palabras se repiten, hacen eco.

La lluvia cae sobre Paraguaná, Estado Falcón, cae sobre la refinería de Amuay. El fuego no cede pero va disminuyendo en algunos sectores de la refinería. El sargento Tomás sigue angustiado por la vida de los novatos al otro lado y de los trabajadores en la garita. En otras áreas siguen sacando cuerpos de entre los escombros. El hospital de la ciudad no da abasto para las emergencias y ambulancias se dirigen a las ciudades de los estados limítrofes con Falcón.

Agustina Méndez y su hijo Andrés en el centro llano del país, Doña Esperanza en Ciudad Bolívar, sienten alivio al escuchar la lista de muertos y se conforman a la posibilidad de que el ex esposo – padre y el hijo sólo estén desaparecidos y puedan ser rescatados. Ahora son treinta y nueve los nombres confirmados y el número de muertos oficiales, entre ellos trabajadores de la refinería y bomberos que intentaron ser héroes. Treinta y nueve familias que lamentan la muerte, el cielo oscuro de Amuay. Podrían ser más al caer la tarde.

El vicepresidente suda en los límites de la zona de riesgo de la refinería, suda de pensar en la posibilidad de que sea cierto y se confirme que efectivamente la tragedia la ocasionó el descuido administrativo, una válvula que no se cambió, que no se tenía por no cumplirle a algún proveedor. Suda no por la imagen del gobierno o el riesgo al que se expone la candidatura que su partido postuló para las próximas elecciones, sino porque ha visto los cuerpos inmóviles salir en camillas, porque ha escuchado los gemidos de los heridos con quemaduras graves, porque él ha perdido también a un padre, no en algún accidente, pero sabe lo que es despertar y encontrarse con el rostro de la muerte al amanecer.

El novato en el interior de la planta, junto a la cuadrilla, no se arrepiente de haber desobedecido y estar donde el riesgo estaba pronunciado. La lluvia se desliza con prisa en su impermeable, ninguno allí se arrepiente y con osadía esperan que el fuego ceda un poco más para atravesar los escombros e intentar salvar a los que gritan desde la garita.

En el rancho, Roberto Infante lucha contra sí, quiere apretar el gatillo pero su mente no obedece su deseo. Escucha la voz de su padre que parece emanar de un rincón. Su mente parece regenerarse también, Recuerda que con cada muerte y cada herida, desde la muerte de sus padres, algo similar sucedía. Era como si emergiera de su interior cierto sabor por la vida y creyera que algún propósito se acercaba a él. Su pecho se había restaurado completamente. Se levantó violentamente y disparó hacia uno de los rincones del rancho, inmediatamente lanzó hacia el mismo lugar la escopeta. No acaba de comprender. Vio la columna de humo que ni la lluvia podía quebrantar. Abrió el closet, tomó una de las camisas que perteneció al dueño del rancho y corrió mientras se la colocaba. Corrió a gran velocidad, hacia la refinería, corrió casi dos kilómetros sin detenerse.

El vicepresidente lo vio atravesar la cinta amarilla que delimitaba la zona de riesgo, el sargento Tomás lo vio dirigirse hacia el noreste de la refinería. Roberto había visto a algunos trabajadores entrar en la garita, ahora lo recuerda. Cruzó la línea de fuego y su camisa se encendió en llamas, el bombero novato que creyó ver una bola de fuego avanzando entre la selva lo vio acercarse envuelto en llamas mientras se quitaba la camisa de encima.

– ¿Hay sobrevivientes al otro lado? – Preguntó Roberto al novato, quien le dio el reporte.

– Muy bien, intentaré mover la mayor cantidad de escombros para abrir una brecha por la que podamos pasar con cuidado, salvaremos el día– Antes de que el novato pudiera preguntarle cómo lo haría, Roberto avanzó hasta el muro de escombros en llamas y comenzó a mover tuberías y pedazos de concreto. El fuego devoraba su piel al instante y él continuaba sin detenerse, su piel se restauraba con la misma velocidad que se consumía por el fuego. El novato sonrió, también los que lo acompañaban, pensó que estaba muerto, alucinaba o un milagro ocurría frente a él.

Fin

Muy agradecido con Gusmar por esta participación, le deseo lo mejor en el concurso.

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