La mente es aquello que te aleja de ti mismo. Es aquello
que te distancia también de la realidad, del objeto. Vives
en la falsedad cuando te entregas a la mente y por ello
surge el dolor. La mente jamás te lleva a un objeto, te
aparta de él. Por eso tienes que aniquilar la mente si quieres
ser y estar con la realidad.

Swami Prajnanpad

Era el tercer día que llevaba internado, casi perdido, en aquellas selvas tan profundas y enrevesadas como la mente de un loco.
Pero aun así no existía duda, era un paisaje hermoso y sugerente, la neblina levantándose perpetuamente de las colinas, el sol intentando asomarse siempre entre aquellas espesas nubes, y aquellas gotitas de agua que caían todo el tiempo haciendo cosquillitas y acababan por dejarte empapado y helado. Fue entonces cuando avisté el primer poblado, y me alivié al pensar que por fin comería una comida caliente y podría recibir alguna orientación que me sirviese para saber si iba en el camino correcto. Aunque el pueblito se veía cerca, el terreno era tan accidentado que no logré alcanzarlo hasta que el sol se puso.
Era un poblado de unas veinte a veinticinco casitas donde todo el mundo estaba muy ocupado en sus asuntos como para percibir mi llegada. Los hombres regresaban de la cacería del día y se repartían algunas presas, mientras que algunas de las mujeres se ocupaban de los niños que brincaban y saltaban como endemoniados, otras se procuraban algunas piezas de lo cazado para comenzar a quebrar los huesos. En fin, cada cual en su asunto, hasta que una niña tropezó conmigo y se dio cuenta de que allí había un extraño. La niña salió corriendo despavorida como si hubiese visto un fantasma, la madre reaccionó inmediatamente avisando a los hombres de mi llegada. El que supuse sería el jefe se acercó a mí afablemente, porque aquella era gente amistosa. Sus facciones eran mongoloides, y nadie hubiese podido decir si aquella era gente oriunda del Asia, el Polo Norte, las islas malayas o el Amazonas.
—Bienvenido seas a nuestro hogar. ¿Quién eres y qué te trae por aquí?
—me preguntó el hombre en un perfecto español.
Era un hombre de edad madura, cuarenta o cincuenta años a lo más, porque sus cabellos eran oscuros y apenas empezaban a ser veteados por las canas.
—Vengo de muy lejos —le respondí—, en busca de refugio para descansar del largo viaje que he emprendido en busca del maestro que me dijeron vive por estas tierras.
Con estas simples palabras y mi nombre pareció bastarles, sin embargo la actitud del jefe me intrigó.
—Ah, tú también vienes en busca del Chamán —dijo meneando la cabeza.
—¿Qué sucede, ha muerto el sabio? —pregunté asustado de haber perdido todo lo andado.
—No, no es lo que piensas, me entristezco por ti, muchos he visto que llegan a donde está el Chamán y nunca regresan siendo los mismos. Nosotros creemos que él les roba la alegría.
—Pero, ¿cómo es esto? Me dijeron que era un hombre de gran sabiduría.
—Mejor será que vengas y comamos, entonces hablaremos de ello.
Pasé aquella noche con aquella gente amable quienes me recomendaron una y otra vez que me abstuviera de ir con aquel hombre.
—Muchos hemos visto que como tú, van en busca de la sabiduría donde ese hombre malo, parten alegres y esperanzados, regresan serios, con la mirada perdida, o más bien demasiado fija, hablando poco y como tristes o derrotados—me dijo una mujer durante la noche, asustada de mi porvenir.
—Te propongo que mejor te quedes con nosotros unos días y disfrutes de nuestra comida y nuestra bebida. Nos ayudes en nuestras tareas sencillas mientras lo piensas mejor —intentó convencerme el jefe durante la mañana antes de mi partida.
Pero no podía quedarme, mi resolución era inamovible, además yo no venía a aquel hombre como un ignorante falto de conocimientos; a mi manera yo también era un sabio, no me tomaría desprevenido y podía decirse que yo sólo venía a intercambiar mis conocimientos con aquel gran hombre.
Cuando al fin accedieron a darme directrices de adonde debía dirigirme para encontrarlo me tranquilicé, porque llegué a pensar que se negarían para retenerme.
El hogar del Chamán se ubicaba en el cráter de un volcán extinto, por lo cual yo tendría que escalar hasta las más altas cimas sólo para descender en el más profundo de los abismos.
El mencionado volcán podía divisarse prácticamente desde que se salía del pueblito que se encontraba en el valle de aquél. Entre tanta alta cumbre ésta pasó a tener una presencia especial para mí.
La ascensión fue bastante dura, pero más fácil de lo que imaginé cuando me encontraba en la falda. Verdaderamente difícil fue el descenso, por que continuamente me encontraba mirando hacia abajo y temía caer. El interior del cráter se encontraba cubierto por una espesa vegetación, árboles y arbustos, que lo mismo te ayudaban como se te atravesaban en el camino para desviarte u obligarte a regresar sobre tus pasos, pero por lo menos tenía de qué agarrarme.
La Luna estaba bastante alta en el cielo cuando al fin logré poner los dos pies sobre el fondo del cráter que, según mis cálculos, debía estar bastante más profundo que el valle desde donde comencé a subir.
Me senté largo rato procurando descansar de la fatigosa tarea, cuando vi a lo lejos que encendían una fogata, eso me dio más ánimos y me levanté encaminándome hacia ella. Pero también tardé en llegar porque en el fondo del cráter la vegetación era aun más tupida que en las paredes por donde había bajado.
Finalmente alcancé a ver la figura de un hombre que efectivamente se veía muy anciano, tal cual yo esperaba, pero emanaba de él un extraño vigor casi palpable. Cuando llegué hasta él pensé que me recibiría con el clásico «te esperaba» que suele verse en las películas.
—Hola —me dijo con total sencillez.
—Hola —le respondí yo sintiéndome estúpido y demasiado presuntuoso, incliné mi cabeza como un saludo.
—Tengo mucho rato observándote como bajabas, parecías una arañita siempre asegurándote de no caer antes de dar un paso —me dijo con una sonrisa.
—Sí —respondí— es que tenía mucho miedo.
—¿Y no te dejó ver tu miedo que caer era casi imposible, porque a cada paso que dabas se te atravesaban los arbustos?
Entonces la sonrisa idiota se me borró del rostro y miré hacia atrás para ver que me decía la verdad (como si no hubiese tenido suficiente tiempo cuando estaba allí para fijarme). Al ver mi actitud el anciano no pudo contener la risa y a mí no me quedó otra alternativa que unírmele. Cuando acabamos de reír el anciano me preguntó.
— ¿A qué has venido muchacho? ¿Qué te trae a un lugar tan lejano?
—Vengo a intercambiar conocimientos contigo —le dije casi insolente.
El viejo se quedó mudo de asombro por un momento, levanto sus cejas, abrió bien los ojos, se irguió y me miró de hito a hito.
—Pero qué bueno —dijo cuando yo pensé que iba a romper a reír nuevamente—, eres el primero que no viene únicamente en busca de mi conocimiento, sino que también los trae consigo, solamente la intención de esto es bueno, y dime portador del conocimiento, tú… ¿quién eres?
De inmediato le dije mi nombre.
—No, yo no pregunté cómo te llaman. Pregunté quién eres.
Mi mente quedó repentinamente en blanco, y me di cuenta que el anciano me había lanzado una trampa y me había cogido, volteé a mirarle y le vi la más humilde de las sonrisas.
—Pues yo… yo soy éste que ves parado aquí, la persona que tiene este rostro y este cuerpo, quien quiera que me vea con ellos sabrá que ese soy yo.
—Ven —me dijo levantándose, y comprobé que era bastante bajo.
Me guió hasta un estanque que había allí cerca, y asomándose a las aguas me dijo.
—Mira —y señaló su propia imagen—, ya estoy viejo, ¿y quién es ese que está a un lado?
—Soy yo —le dije.
—Extraño, entonces ¿tú eres el reflejo en las aguas de un estanque?
—No, por supuesto que no, ésa es sólo una imagen.
—Ah claro, ya me parecía raro el asunto, ¿y este cuerpo y este rostro no son también sólo imágenes que yo veo?
—Sí, claro —respondí casi sin darme cuenta.
—Entonces dime… ¿tú quién eres?
Nuevamente quedé sin saber qué contestarle. El anciano se levantó y salió de las aguas, volvió a sentarse junto al fuego para secarse las ropas, estuvo mucho rato en silencio, paciente, sin apresurarme a dar ninguna respuesta, sin siquiera un resoplido de impaciencia.
—Yo soy… yo soy… —murmuré más dubitativo que nunca— debo ser mis pensamientos, mis sentimientos, claro, tiene lógica, tal como lo dijo Descartes «cogito ergo sum», que significa «pienso luego existo».
El anciano volvió a sonreírme con toda la ternura de que era capaz, al igual que se sonríe al ver un cachorro dar sus primeros pasos, pero también con cierta picardía. Luego levantó la vista buscando algo en el cielo.
—Mira —me dijo señalando la Luna—, qué hermosa es la Luna, y como brilla, y sin embargo ella no tiene luz propia, hay ocasiones en que la Tierra se interpone entre ella y el Sol entonces se pone oscura y parece desvanecerse.
Yo me quedé en silencio porque no comprendía a qué venía ese asunto astronómico, no entendía la relación con lo que hablábamos y me parecía difícil que él pensara que yo no conocía cuáles eran los hechos de un eclipse lunar. El anciano viendo que yo no comprendía continuó.
—Tus pensamientos son como la Luna, si le quitas la luz de donde vienen desaparecen. ¿Qué sería de tus pensamientos sin el tal Descartes? ¿Qué sería de ti sin toda la educación que has recibido?… ¿Quiere decir entonces que tú sólo eres el reflejo de los pensamientos y opiniones de los demás seguramente alteradas y adaptadas a las opiniones que arrastrabas desde antes contigo?
—No claro que no. Hay algo que está más allá, lo que surge de mí, mi creación, lo que piensa en mi, yo soy el que piensa.
—Y ése que piensa, ¿quién es?, ¿quién eres?
Una vez más el anciano había logrado sorprenderme, y en ese momento sí que me sentí en un callejón sin salida, ¿que otra respuesta podía darle?, ¿hablarle de alma o espíritu para que después me preguntara qué eran esas cosas y que yo no supiera qué responderle?
Nos mantuvimos silenciosos largo rato, el anciano puso a cocinar los alimentos que guardaba en su cabaña, me llamó y me preguntó mientras meneaba el contenido de el caldero.
—Toma el cucharón, y sin dejar de moverlo mira dentro y dime ¿de qué es el caldo?
Hice tal y como me decía pero sólo acabé mareado intentando determinar todos los elementos.
—Es imposible. Como no detenga el girar del caldo no voy a averiguar nada —dije.
—Entonces ¿por qué sigues pensando?
— ¿De qué habla? No entiendo.
— ¿Por qué continuas dándole vueltas a tus pensamientos si lo que quieres es saber lo que está más allá de ellos?
Yo asentí en silencio entendiendo apenas.
—Vacía el caldero —me ordenó.
— ¿El caldero de mis pensamientos? —le pregunté sorprendido.
—No muchacho, este caldero que está aquí —me contestó riendo de mi inocencia.
— ¿Pero y la comida? —pregunté yo reacio a obedecer.
—Siempre hay más comida, vacía el caldero ahora muchacho —insistió animándome con gestos.
Yo tomé el caldero con las manos y me quemé.
—Está hirviendo —expliqué.
—Al igual que tu mente —replicó él—, ¿cómo harás para vaciar el caldero entonces?
Yo miré el caldero y supe que tendría que golpearlo para vaciarlo, pateé el caldero que se derramó completamente.
El anciano se levantó rápidamente y dio la vuelta para ver la boca del caldero, y me llamó.
—Ven, mira, ¿qué hay en el caldero ahora que lo has vaciado?
—Nada evidentemente —le respondí.
—Pues mira bien, porque así ha de quedar tu mente para encontrar tu verdadera esencia; con esa misma determinación con que pateaste este caldero debes decidirte a vaciar tu mente, pero tienes que saber que no será tan fácil ni tan rápido. Deberás ser paciente y constante y no deberás cansarte nunca hasta que al fin logres alcanzar tu verdadera esencia.
—Se dice fácil. Pero ¿cómo se hace? ¿Cómo lograré vaciar mi mente? No puedo patearla.
— ¡Claro que sí puedes! Tienes que tener voluntad y determinación al iniciar esta búsqueda, de lo contrario estarás perdido. Pero escúchame, así como detuviste el girar de los alimentos en el caldo debes detener el girar de tus pensamientos, aquiétate, y cuando estén así quietos, patéalos, olvidándote de ellos.
—Sí, eso lo entendí muy bien, pero ¿cómo aquietaré mis pensamientos?
El anciano que se había sentado se levantó una vez más y me hizo señas de que lo siguiera, hice tal cual me pedía, más interesado que nunca en toda mi vida. El anciano anduvo bastante, caminado por el bosquecillo que se encontraba en el fondo del cráter del volcán, me asombró lo hermoso que se veía a la clara luz de la luna llena (a pesar de ser reflejada). Cuando ya nos habíamos internado bastante volvió a llamarme. Me acerqué en silencio a él que estaba agachado, casi no pude ver nada, hasta que divisé en el suelo el cuerpo de un ratón que seguramente estaba muerto.
—Para encontrar lo que estas buscando debes ser como este ratón.
Por un instante pensé que se había vuelto loco.
— ¿Dice que me tengo que suicidar?
—Peor aún quizá, tendrás que aniquilar a tu mente, patearla, olvidarla, quemarla, para que entonces al igual que el ave fénix renazcas de tus cenizas.
—al comprender lo que me decía guardé silencio y él continuó—. Mira el cuerpo de este animal, ¿ves como está inerme?, ¿ves que ya no respira?, ¿escuchas como su corazón ya no late?, ¿sabes que su cabeza ya no piensa? Así tendrás que ser tú, tendrás que quedarte estático, hasta que tu respiración ya casi no se sienta, y tu corazón lata tan suave y lentamente que si alguien pasara junto a ti y pusiera su oreja en tu pecho no lo escuche, entonces deberás lograr detener el torbellino, la vorágine de pensamientos que es tu mente, cuando lo hayas logrado será el acto supremo de la voluntad humana, habrás nacido verdaderamente y en lugar de encontrar un vacío encontrarás la plenitud y descubrirás porqué la pescadilla se muerde la cola.
— ¿Pero cómo sabré que he encontrado lo que busco?
—Lo sabrás.
En cuanto nos pusimos de pie el pequeño roedor que yo creí muerto escapó corriendo.
De regreso en su casa el Chamán me pidió que me ocupara de encender de nuevo el fuego que se había apagado, entonces volvió a preguntarme.
— ¿De qué quieres el caldo?
—De conejo.
—Muy bien —dijo el anciano entrando en su cabaña para buscar los ingredientes, vino y levantó el caldero, lo llenó de agua y comenzó a mezclar los ingredientes—. ¿Quieres que le pongamos cebolla?
—Sí, está bien, pongámosle cebolla —le dije.
— ¿Te gustaría que le pusiéramos zanahoria?
—Sí, también.
— ¿Y cilantro?, ¿le ponemos cilantro?
—Sí, pongámosle.
Y fue agregando todo lo que yo le decía.
—Pongámosle también pimienta y ají —dije yo.
— ¿Qué te parece si le echamos sal?
—Un poco estará bien.
— ¿Y ajo? —preguntó.
—No, mejor ajo no, por que no creo que le quede al conejo.
—Esta bien, como tu digas… Así como hoy has hecho con este caldero, que sólo tú decides que debe llevar en su interior, así harás cuando hayas logrado vaciar tu mente de todo contenido y serás tu el que decidirá cuándo y cómo pensarás, y también cómo y cuándo y qué aprenderás.
Aquella madrugada me encontró meditando, medité durante mucho tiempo aquel día, pues cuando abrí los ojos el sol estaba bien alto en el cielo.
— ¿Y bien? —Me preguntó el viejo—. ¿Lograste encontrar lo que buscabas?
—No cabe duda, Maestro, que todavía me falta mucho camino por andar, pero algo sí puedo decirle, lo he vislumbrado, es como cuando la noche se encuentra en su más terrible oscuridad, y de repente por el este despunta un resplandor lejano, así lo he sentido.
—Maravilla entonces, puedo sentirme satisfecho, porque te he señalado la senda por donde debes caminar.
—Y se lo agradezco infinitamente, Maestro. Pero aún hay algo que me inquieta, cuando venía para acá me encontré con un poblado donde pregunté por el lugar de esta morada, pero la gente de allí se aterrorizó y me rogaron por convencerme para que no viniera hasta ti, porque según ellos tu me robarías la alegría.
—Es que esta gente de la que hablas no han sabido ver la alegría interna de los que llevaban ese camino.
—Y dígame, Maestro, ¿quién le enseñará a esta gente a ver esa alegría?, porque por sus propios medios veo muy difícil que logren encontrar algún día el camino.
—No, muchacho, ésta es una pobre gente que viven perdidos en el mundo.
— ¿Y quién les dará orientación?
Aquel hombre se quedo callado mirándome mudo de asombro de nuevo.
—Es cierto lo que dices muchacho —y mirado a su alrededor continuó—: ¿Qué hago yo aquí encerrado y alejado de donde se me necesita?, y así muchacho has cumplido lo que prometiste en tu llegada, y no sólo has venido en busca de sabiduría, sino que también has venido a entregarla.
Fui yo el que sonrió con humildad entonces.
El Chamán y yo tomamos caminos diferentes después de llegar a la cima del volcán, pero antes de despedirnos me dijo:
—Aquí nos separamos, muchacho, yo voy a sembrar mi semilla, y tu a hacer fructificar la tuya, con constancia y dedicación ambos triunfaremos.
Cuando así suceda espero que volvamos a encontrarnos para intercambiar conocimientos.
Así nos despedimos y bajamos cada uno por su lado, al llegar a la falda de la montaña levanté la vista y vi que el sol estaba en su cenit.
Vladimir Vasquez F.

Publicado por primera vez en la página web de mi amigo Sergio Cervantes el Deshollinador; volvió a aparecer luego en la e-zine Alfa Eridiani y ahora que se los publico aqui; espero lo hayan disfrutado.

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