Una historia de Space Opera de las clásicas, es la que nos envía Oscar Eslava Álvarez para participar en nuestro concurso de relatos, este cuento forma parte de un universo mas amplio que nuestro amigo está preparando en cinco novelas; esperamos pronto conocer mas de este universo, por el momento disfrutemos de esta historia 🙂

Space Opera 2

Declaración del prisionero isazii ISZ-233-UE, nombre “Erg’Mali”, durante su interrogatorio llevado a cabo el diecisiete de Abril de 2336 en la base militar de Aliganzar, Ur’Efendi.

Mi nombre es Erg’Mali. Soy un isazii de casta freiighe, miembro fundador del clan de la Garra Roja, maestro de la lanza y protector de una nueva Generatriz. Mi honor es elevado, pues he vencido a doce iguales en duelo singular, veintisiete más por el honor de mi clan, y un número incontable de inferiores. Tengo cuarenta y dos puntas de edad.

Debería explicar muchas de estas cosas para que las entendieran los pieles blandas como vosotros, pero no creo que se me ofrezca el tiempo necesario. Estoy aquí para tratar otros asuntos, para conoceros de cerca y para que nos conozcáis un poco mejor a nosotros. Pues creo que no sois del todo conscientes de la hazaña que habéis logrado, y es justo que recibáis el honor que os corresponde, si es que ese concepto no es extraño a vuestros modos alienígenas, a vuestra sociedad informe.

Por empezar de algún modo, os explicaré el origen de mi clan.

Hace ochenta y tres soles, uno de nuestros rastreadores, que saltaba entre las estrellas en busca de nuevos santuarios, descubrió este mundo. Como es costumbre, regresó a la Madre para ofrecer el nuevo territorio de caza a las Generatrices, cantando la canción de sus presas y describiendo la cuantía de su honor. Aquellas interesadas en propagar su simiente enviaron sus campeones a la arena, y como la caza era extraordinaria se produjo un gran interés. Mucha sangre fue derramada, y treinta campeones perecieron por el honor de su clan. Yo sobreviví, y formé parte de los seis vencedores que reclamaron el privilegio de fundar una nueva estirpe. Nuestra Generatriz me hizo entrega del tesoro de la futura generación, otorgándome el privilegio de darle un nombre. Levanté mi garra enrojecida, y de ese modo grabé mi nombre para la eternidad.

La nueva Generatriz rompió su cáscara a bordo de la nave nodriza y me reconoció como su servidor y protector. Hecho esto, pudimos zarpar hacia nuestro nuevo hogar, al que los rastreadores dieron el nombre de Ur’Efendi. Ellos nos guiaron entre los senderos de las estrellas, y durante el viaje yo y los míos nos agitábamos de excitación, velando en todo momento por nuestra señora y anticipando la gloria de poder cazar en campos nuevos. Finalmente, la nave abrió el velo y pudimos mirar el mundo que nos aguardaba.

Los números de mi clan eran los siguientes: doscientos trece freiighe, cuatro mil setecientos dos shiizighe y mil cien liighe. Los otros cinco clanes contaban con huestes similares para escoltar a cada una de las Generatrices. Fuimos los segundos en llegar, por lo que pudimos escoger un buen sitio para construir el nido.

Observo que tenéis alguna dificultad para entender nuestros nombres. Os diré, para que comprendáis, que los freiighe somos los guerreros que defienden el honor del clan, y los shiizighe son la casta menor que se ocupa de los demás asuntos. Ambos somos hijos de la misma Generatriz, aunque parezcamos diferentes a vuestros ojos, ya que vosotros apenas os diferenciáis en dos especies casi idénticas, e incluso vuestros colores son muy semejantes. Podríais haber sido parte de nuestros liighe.

¿No comprendéis? Os lo explicaré: los liighe son aquellos que obtienen la protección del clan a cambio de su servicio, gentes recogidas en cada uno de los mundos que hemos alcanzado, y los hay de todas las razas y formas. Les permitimos vivir según sus costumbres, a cambio de que respeten a sus amos, y los llevamos con nosotros para aprovechar sus talentos a cada nuevo territorio. Cuando topamos con una nueva raza que pueda sernos útil, le damos la oportunidad de servirnos. Si se niega, pasa a ser un trofeo de caza lícito, y probamos nuestro honor con ella para imponer nuestro derecho a conservar su territorio. Siempre se ha hecho así, y hasta ahora nunca habíamos sido derrotados. Pero me estoy adelantando.

Cuando el nido fue asentado, shiizighe y liighe levantaron las casas que abrigarían a nuestra Generatriz y nos darían un refugio sagrado para dirimir nuestros asuntos. Mientras, los freiighe nos dividimos en partidas de caza para explorar nuestro nuevo territorio, y no tardamos en encontrar a una nueva raza candidata para incorporar a nuestros liighe. Eran diestros, levantaban sus propias casas, y su cuerpo no se rompía con facilidad. Su carne no resultaba muy sabrosa, y tampoco participaban con honor en la cacería, pues se limitaban a huir hasta ser acorralados y, entonces, sólo hablaban y se entregaban a nuestros cuchillos sin oponer resistencia. Muchos les despreciamos por eso, y por más que torturamos sus cuerpos para excitar una brizna de honor no conseguimos más que chillidos y cacofonías lastimeras.

¿Os ha sentado mal la comida, pieles blandas? Podemos parar un rato, si lo necesitáis. No tengo ninguna prisa, sois vosotros los que señaláis el tiempo de esta conversación antes de disponer de mí como os plazca. Tengo curiosidad por saber cómo tortura vuestra gente a los prisioneros, y si seréis capaces de obtener de mí un ruego de clemencia o si seré yo quien burle vuestras artes y gane un puesto en la canción de vuestros guerreros.

No entiendo. ¿No me vais a torturar? Esta máquina debe interpretar mal vuestras palabras, supongo que queréis decir que no tenéis prisa por concluir. No es de extrañar, dado que apenas he llegado a la mitad de nuestra historia. Prosigo, pues, ya que yo sí ardo en deseos de medirme con vuestros verdugos.

Aquel pueblo liighe, que vosotros llamáis ughar, se sometió nada más comprender lo que queríamos de él. Como trabajadores eran rápidos, pero se agotaban deprisa, y a los pocos soles había que sacrificarlos para no desperdiciar comida en quienes ya no eran de utilidad. Poco a poco tuvimos que aprender a usarles en aquellas tareas que desempeñaban mejor, ya que tampoco se reproducían muy deprisa, y pronto nos hubiéramos quedado sin mano de obra suficiente para todo lo que hay que hacer cuando se funda una nueva colonia. Dos generaciones de aquellos liighe renovaron sus filas para cuando nuestra Generatriz estuvo lista para la fecundación, y llamó a la Madre pidiendo que le mandara sus Genitores.

Tres naves se presentaron, y mi clan les rindió el debido homenaje. Cada Generatriz alumbra un único Genitor en toda su vida, cuando se encuentra en la flor de la edad, y se ha hecho costumbre que todos residan en nuestra casa matriz, aunque tengan que viajar desde estrellas distantes para alejarse de su Generatriz. Ambos no pueden estar cerca cuando el Genitor alcanza la madurez, o la sed de honor les obligaría a pelear hasta la muerte, de modo que se declaró en tiempos borrosos para la memoria que, antes de llegar su tiempo, un Genitor debe recluirse en la Isla del Fuego Frío, donde cazará y aguardará hasta que llegue una llamada que no pueda resistir. Entonces, regresará entre los clanes y se le dará pasaje hasta la Generatriz cuyo reclamo haya olfateado. Tres vinieron hasta Ur’Efendi.

Todo mi clan se reunió para verles llegar ante la puerta de la Casa Grande. Hicimos una gran fiesta, en la que los Genitores bramaron sus desafíos y se arrojaron al combate sin más armas que las que les da el cuerpo. Uno, tal vez demasiado joven, fue derribado al poco, pero sus heridas no eran mortales y le apartamos para que le atendieran lejos de los otros dos. De otro modo, le habrían aplastado hasta matarle. Y el triunfador a punto estuvo de ensañarse con el segundo en caer, cosa que no hubiéramos podido impedir de no ser porque la Generatriz olió el denso aroma de sus glándulas calentadas por la lucha y le conminó a no demorarse más. Retiramos al segundo Genitor con no poco esfuerzo, mientras los chillidos y aullidos originados en el interior de la Casa Grande inundaban toda la región y hacían encogerse de terror a los pusilánimes ughar en sus madrigueras.

El Genitor victorioso supo agotar a nuestra Generatriz antes de que esta le agotara a él, de modo que pudo salir con vida del encuentro y retirarse de vuelta a su nave. Tras aquello, los freiighe acudimos a honrar a nuestra Generatriz mientras los shiizighe se afanaban en reparar los desperfectos y poner a punto el paritorio. Cuando la simiente hubo madurado en el tórax de la señora, su espalda empezó a hincharse, ya cargada con los nuevos miembros del clan que quedaban listos para nacer a voluntad de la Generatriz, y no bien se recobró de la cópula empezó a regalarnos el tesoro de nuevos embriones. El primero fue un freiighe, como manda la tradición, y en la actualidad es quien porta las canciones de nuestro clan.

Sin embargo, un mal presagio ensombreció la feliz ocasión de aquel nacimiento, como no tardaría en descubrir.

Fui avisado aquella noche. Uno de los rastreadores que merodeaban por los confines del sistema, buscando los mejores lugares en los que instalar nuestras bases de extracción a los que enviar las futuras generaciones de shiizighe, regresó antes de lo previsto e insistió en ser recibido por nuestra Generatriz. Ella le concedió sin tardanza la audiencia, por lo que deduje que ya se habían comunicado antes de su llegada, y el mismo mensajero me informó de que mi presencia era requerida. Supe que algo preocupante sucedía.

Cuando llegué a la Casa Grande, reconocí al freiighe rastreador, Ale’Mergh, uno de los mejores de nuestro clan, a quien me unía una sólida amistad. Ale’Mergh contaba por aquel entonces cincuenta puntas, muchas más de mis veintisiete, y a pesar de mi posición de liderazgo yo le amaba y respetaba su superior sabiduría. No era dado a dejarse arrastrar por la excitación, como sucede con los jóvenes, y sin embargo noté al instante su estado agitado. Un objeto reposaba sobre un carro a sus pies, cubierto por una lona, y los dos shiizighe que lo habían arrastrado hasta allí se cruzaron conmigo al retirarse.

Levanté la mirada hacia nuestra Generatriz, y leí en sus ojos la misma preocupación que perturbaba a Ale’Mergh. Su gran testuz oscilaba de un lado hacia otro, pero no apartaba la vista del objeto.

“Muéstralo” –ordenó, y mi camarada dio un tirón a la lona. Mi ceño se frunció al verlo, comprendiendo la situación.
Aquel objeto no era de manufactura isazii, sino alienígena.

Ninguna de las obras de los ughar habría podido alcanzar su nivel de complejidad. Los acabados eran algo toscos, sin gracia, como si la función monopolizara cualquier esfuerzo de sus creadores y no les dejara un solo resquicio para embellecer sus trabajos, pero la tecnología que demostraba era tan avanzada como la nuestra, o incluso algo superior. Medía cuatro codos de longitud por uno y medio de diámetro. Contaba con propulsores para desplazarse por el espacio, y lo que parecía una cantidad increíble de sensores y dispositivos de comunicación. Un boquete en su costado, abierto por las armas de la nave depredadora de Ale’Mergh, dejaba al descubierto sus entrañas saturadas de circuitos.
“Mis instrumentos detectaron su entrada a través de un salto estelar, a veinte mil jornadas de mi posición, y al comprobar que no se trataba de uno de los nuestros he silenciado mi nave y me he acercado con sigilo hasta él. Era inteligente, o al menos poseía automatismos muy avanzados” –recalcó el rastreador-. “Inutilizarlo me ha costado varios intentos, pero he conseguido impedir que huyera”.

“¿Cuáles crees que eran sus intenciones? No parece armado” –preguntó la Generatriz.

“Creo que se trata de un espía. Alguien debe habernos husmeado en la vecindad, y ha decidido estudiarnos para descubrir nuestros puntos débiles”.

Me acerqué al objeto, lo toqué, olfateé su aroma acre a metal achicharrado y fluidos, y busqué algún tipo de marca que pudiera ofrecernos una pista acerca de sus hacedores. ¿Cuál sería su apariencia? ¿Tendrían garras como nosotros? ¿Caminarían erguidos, a cuatro patas, o flotarían en el aire? ¿Qué respirarían?

“Es muy feo” –prosiguió el rastreador-. “Lo he estudiado durante mi regreso, pero no alcanzo a imaginar a sus autores. Hay varias marcas que parecen escritura”.

Me las señaló, y pude distinguir símbolos muy sencillos que mi primera inspección había tomado por arañazos o filigranas decorativas más bien pobres. Pero había muchos, como pude comprobar al meter el hocico en el interior. Su apariencia tan exótica me provocó un pellizco de anticipación en el estómago.

La Generatriz extendió entonces su garra, y tomó el objeto sin apenas esfuerzo para levantarlo hasta la altura de sus ojos, examinándolo desde varios ángulos. Luego agachó la cabeza, volviendo la mente hacia la memoria intemporal que todas nuestras Generatrices comparten, el registro de las vidas y los hechos de todas y cada una de las que las han precedido, donde reside la sabiduría que las permite ofrecernos toda la técnica que necesitamos conocer para construir las cosas, las leyes que nos rigen, y toda la ciencia que atesora nuestra civilización. Aguardamos en silencio reverencial, meciéndonos con ella en el recuerdo hasta que su mente tocó la nuestra y pudimos ver lo que la memoria distante de su abuela guardaba para ella.

No era la primera vez que un isazii se topaba con el pueblo que había fabricado el objeto. Compartimos su visión, la de una raza menuda y de cuerpo blando que también viajaba entre las estrellas, curiosa pero algo cobarde, que compensaba sus carencias construyendo muchas más máquinas que nosotros para suplir su debilidad. Y una sombra de peligro incierto acompañaba las sensaciones que nos traía la memoria del pasado.

“Estamos en peligro” –declaró, al fin-. “No podemos permitir que caigan sobre nosotros de repente, al menos hasta que estemos preparados. Para eso, deberé multiplicar los números de nuestro clan, y vosotros forjaréis armas y os reservaréis listos para la guerra. Rastreador, tú reunirás a cuantos puedas para patrullar el sistema e interceptar nuevos espías que puedan infiltrarse. Protector, tú convocarás la asamblea y organizarás a los nuestros para apresurar la construcción de las casas y los talleres. Necesitaremos doblar la velocidad con la que estamos recolectando alimentos y materiales. Envía cinco emisarios a mi presencia para despacharles hasta los demás clanes, yo conferenciaré con mis iguales hoy mismo y me aseguraré de que son bien recibidos, como prueba de la alianza que deberemos forjar ante los tiempos que se avecinan”.

“Se hará como dices, señora; pero convendría enviar emisarios a la Madre para pedir que nos manden más naves depredadoras con las que patrullar las afueras del sistema, porque entre todos nosotros sólo contamos con sesenta, y no bastarán para cubrir todo el perímetro”.

“Y aún tardaremos varios soles en poder forjar armas para los nuevos nacidos” –le respaldé-. “Hay que pedir ayuda”.
La Generatriz nos miró de hito en hito, y acabó por asentir. Así, sin más debate, salimos para cumplir con su voluntad y la dejamos estudiando el objeto, supongo que preparándose para abrir el canal con el que las Generatrices se comunican entre sí a través de las vastas distancias de un planeta, o incluso entre las estrellas.

No os aburriré con los detalles de cómo se desarrolló todo. Durante las siguientes veinte revoluciones de Ur’Efendi alrededor de las estrellas hermanas, trabajamos sin descanso y nos multiplicamos. Forzamos a nuestros nuevos liighe a redoblar sus esfuerzos, y casi les perdimos en el proceso, pues centenares de miles perecieron a causa del agotamiento y la falta de alimentos. Pero no teníamos elección. Nuestras Generatrices habían hablado, y su voluntad debía ser cumplida. Castigamos a los que se opusieron a nuestras órdenes, y conseguimos doblegar así al resto. Por fortuna, nuestros shiizighe fueron ocupando el puesto de los liighe caídos, y en un tiempo muy inferior al que es costumbre ya teníamos todo el planeta bajo control.

Entretanto, los depredadores cubrieron todas las entradas donde el velo entre las estrellas es más tenue, y silenciaron dos nuevos objetos espía que vuestro pueblo envió tras el primero. Las Generatrices se esforzaron por arrancar alguna información de utilidad de sus carcasas muertas, pero no lo consiguieron. Vuestras máquinas pensantes son muy extrañas, más complejas que las nuestras y de un lenguaje incomprensible. Esto es fruto de la debilidad de vuestras mentes, supongo, ya que las Generatrices son capaces de ejecutar los cálculos necesarios para trazar un curso entre los soles, llevar todas las cuentas del clan y almacenar la información que necesitamos para progresar como civilización. A su lado, tanto vosotros como nosotros somos enanos mentales, y a falta de una señora tan magnífica como la que nos dirige vosotros habéis optado por fabricaros esos cerebros sin vida.

Lo que tenía que suceder, sucedió, y por suerte para nosotros ya llevábamos tiempo preparados. O eso creímos.
La nave nodriza terrana irrumpió en el sistema mucho más adentro de lo que la esperábamos, lo que interpretamos como una gran osadía. Una pequeña desviación, y habría acabado precipitándose al interior del cuarto planeta de este sistema, que es lo bastante grande para perturbar cualquier nave que rasgue el velo en sus inmediaciones. Por suerte, algunos de los nuestros se hallaban estacionados en su órbita, y sin dejar de llamar a los demás en su auxilio se lanzaron a la caza sin vacilar. Se envalentonaron al comprobar que los vuestros rehuían el enfrentamiento, aunque su velocidad les impidió rematarles, y cuando quedó claro que su trayectoria les traía hacia Ur’Efendi se les tendió una emboscada. Ocho depredadores llegaron a tiempo de castigar sus defensas, y los terranos cayeron sin control. La nave se estrelló en la superficie.

Las Generatrices nos habían puesto a todos en alerta, y el honor de enfrentarse a los supervivientes recayó en nuestro clan vecino. Cuando yo llegué, varios de aquellos alienígenas seguían con vida, una deferencia de sus captores hacia los demás clanes. Conferenciamos, y su Generatriz nos informó de que había sacado poca información de ellos. Les pusimos a prueba con la tortura, con resultados decepcionantes. Sin sus armas y sus máquinas, los terranos son débiles y cobardes, y caen al sufrir los primeros castigos.

No entiendo por qué os ofendéis. Sólo estoy diciendo la verdad. No hay uno sólo de los vuestros que haya podido soportar sin desmayarse las primeras atenciones de nuestros verdugos, lo que nos obligaba a remendar cada herida y aguardar a que despertaran de nuevo. Un freiighe, como sin duda os demostraré cuando finalicemos, puede seguir escupiendo a vuestro rostro mientras le sacáis las vísceras a través del abdomen rajado, y soportará la pérdida de los miembros y de los ojos sin apenas emitir un gruñido de desafío. El hierro candente nos hace reír, y cantamos mientras nuestros huesos son quebrados. Pedir el final es un deshonor, y hay que matarnos para que interrumpamos nuestros desafíos.

Al presenciar la rápida forma de morir que tenían los invasores, sin embargo, yo elevé mi voz para pedir que se respetara la vida de alguno, con el fin de obtener su colaboración para desentrañar los secretos de sus máquinas pensantes. Mi Generatriz tuvo que hacer valer su posición para conseguirlo, y al final obtuvo la protección sobre una pareja que me encargué de llevar de vuelta hasta la nave nodriza caída. Me comunicaba con ellos por gestos, y su temor parecía grande, en especial tras haber sido testigos del final padecido por los demás. No se resistieron, lo que incrementó mi desprecio por su debilidad. Cuando llegamos a su nave, emplearon una de sus máquinas, similar a la que ahora traduce mis palabras, para entenderse conmigo en un nivel básico.

Lo primero que hicieron fue rogar por sus vidas. Yo empezaba a perder la paciencia, y les apremié para que me explicaran cómo funcionaban sus máquinas pensantes. Me fueron guiando en su manejo, hasta que comprendí lo que había sucedido de verdad, y de paso muchas de las cosas referentes a vuestra civilización que hasta entonces habían permanecido oscuras. Una vez dejé de necesitarles, les di una muerte rápida y sin honor, y arrojé sus cuerpos para alimento de los shiizighe como los demás. Sin perder más tiempo, corrí para transmitir a mi Generatriz lo que había descubierto.

Resulta que los terranos no habían estado acechándonos, como pensamos en un principio, sino que sus máquinas pensantes tan sólo vagaban entre los soles buscando nuevos mundos que colonizar. Gran parte de los archivos almacenados en el cerebro mecánico se habían perdido, pero de lo que pude aprender deduje que, al menos, ocupaban mil mundos diferentes. Había uno muy cercano, en términos de distancias estelares, que era al que se dirigía la nave cuando entró en nuestro sistema por accidente. Porque aquella nave no era una nave nodriza como las nuestras, preparada para saltar entre los soles con un clan a bordo, listo para la guerra o la conquista, sino un mero transporte. Sin embargo, su caída provocaría una búsqueda, y otras la seguirían hasta Ur’Efendi, esta vez más preparadas para luchar.
Todo esto le dije a la Generatriz, quien escuchó mis palabras y las compartió con sus hermanas de los demás clanes.

Estaba tan confusa como yo mismo, y conferenció con ellas sin llegar a ninguna conclusión durante toda la jornada.

Mientras, yo también reuní a mis iguales y les trasladé mis hallazgos, e incluso algunos me contaron que había rumores de uno o más supervivientes alienígenas que habían conseguido escapar de la nave caída. Se decía que nuestro clan vecino no había dado la voz de alarma por vergüenza, ya que ser burlados por aquellos seres tan débiles constituía un gran deshonor para ellos. Con discreción, seleccioné a los freiighe más jóvenes y ansiosos por ganar honor en el clan para que penetraran en su territorio, guiados por uno de mis guerreros de confianza, con el fin de averiguar más y dar caza a los fugitivos, si en verdad andaban sueltos.

Poco después, se me ocurrió un plan que sometí a debate con el resto de mis hermanos. Nunca se había propuesto nada semejante, y por ello fue muy discutido, pero las revelaciones que me había proporcionado el examen de la nave invasora respaldaron mi idea. Así que recibí el apoyo necesario para acudir de nuevo ante la presencia de la Generatriz y postrarme ante ella, rogando que me escuchara.

Al principio, se mostró perpleja. Mi plan desafiaba todas las convenciones que miles de rotaciones han ido forjando en el seno de nuestra cultura, pero supo ver, al igual que mis hermanos, el enorme honor que podía ser adquirido a través del mismo. Más que nada, lo que sorprendió a la señora fue que un freiighe hubiera forjado semejante idea, algo más propio de las de su casta, y declaró que mi osadía no conocía parangón en todas las vidas que atesoraba su memoria intemporal. Sin embargo, condescendió a plantearla entre sus iguales, y fui despedido de su presencia.

Tres jornadas más tarde fui convocado de nuevo. Mi plan había sido aprobado y desarrollado. Y, como reconocimiento a mi iniciativa, yo sería el responsable de dirigirlo.

Comenzamos por ocuparnos de la información. Para saber más acerca de la presa que queríamos derribar, necesitábamos estudiar su fuerza y obtener el mapa de sus territorios. Dos Generatrices llegaron desde otros mundos ya más poblados, trayendo consigo sus clanes, y embarqué en una de sus naves junto a un puñado de elegidos. Sin vacilar, proporcioné los datos que nos permitirían tomar los senderos entre las estrellas hasta el mundo de Muxíal, al que se encaminaba la nave estrellada en Ur’Efendi, y cruzamos el velo para caer sobre él con toda nuestra furia.
Los terranos dieron entonces una muestra algo superior de su calidad guerrera, pero no fueron rivales para los freiighe que desembarcamos en sus ciudades, y gracias a aquella cacería conseguimos obtener lo que necesitábamos. Algunos de los míos se confiaron en exceso ante la falta de calidad de sus adversarios, y pagaron por ello con sus vidas. Aprendimos que aquellos alienígenas no apreciaban la honra de un combate singular entre campeones, sino que más bien se comportaban como nuestros shiizighe y liighe, peleando en masa y refugiándose en el número para aniquilar a sus enemigos a la mayor distancia posible. Irritados al no poder obtener un honor que mereciera la pena con aquellos enfrentamientos, nos retiramos nada más obtener lo que queríamos y castigamos a los terranos supervivientes con las burdas armas de destrucción indiscriminada que las Generatrices emplean cuando hay que castigar a una población liighe sublevada.

Ya de regreso en Ur’Efendi, compartí el fruto de la cacería con mi Generatriz, señalando el mundo Madre de aquellos indignos alienígenas en los mapas estelares que había obtenido. Allí se informaba también, aunque no con demasiada precisión, de los emplazamientos que los terranos habían armado para hacer frente a los posibles atacantes. Nos desconcertó el número de mundos ocupados por aquella especie, tan similar a las plagas de roedores, que se propagaba entre decenas de miles de soles con una velocidad preocupante. Alcanzamos la conclusión de que un golpe a su casa primigenia, donde parecía encontrarse la asamblea de sus líderes, les dejaría desmoralizados e indefensos frente a nuestra tarea posterior de exterminio. Vista la forma de guerrear de los terranos de Muxíal, decidimos que lo mejor sería aniquilar en masa a cuantos pudiéramos, sin preocuparnos por buscar la ocasión de enfrentarnos de campeón a campeón. Mi Generatriz conferenció con varios miles de sus iguales, toda la familia isazii esparcida entre las estrellas al completo, y se acordaron las dimensiones de la partida de caza y los medios que la pertrecharían. Una vez más, yo fui destinado a embarcar con los cazadores, y esta vez nuestra Generatriz nos acompañó pilotando su propia nave.

El curso hacia Terra fue trazado con exquisita delicadeza, gracias a las mentes combinadas de doce Generatrices a bordo de sendas naves nodriza cargadas hasta los topes con guerreros y armas de fuego nuclear. Cuando emergimos del salto, nuestros depredadores se dispersaron como un enjambre para enfrentarse a los terranos, y las naves nodriza se colocaron en órbita para empezar a arrojar sus armas contra la superficie. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que aquel plan no funcionaría.

Habíamos subestimado vuestra capacidad, o mejor dicho la de vuestras máquinas pensantes. No sólo nos sorprendió la cantidad de máquinas con las que os rodeáis, sino la calidad de las mismas. Lo que aprendimos en Muxíal no nos servía como referencia en Terra. Allí nos dimos de bruces, una vez tras otra, contra vuestras redes de protección y el increíble número de naves a vuestra disposición. Sin embargo, no podíamos retirarnos sin sufrir el deshonor, pues somos isazii, y los freiighe empezaron a intentar descender para, al menos, morir en combate contra vuestros soldados.
Yo me estaba preparando para hacerlo cuando un grupo de los vuestros consiguió lo inimaginable: infiltrarse en una de nuestras nodrizas, derrotar a los guerreros que les salieron al paso, y destruir la nave sin vacilar, sacrificando sus vidas para hacerlo. Una Generatriz y dos mil isaziis murieron con ellos, y su hazaña nos obligó a los demás a replantearnos los primeros prejuicios que nos habíamos formado acerca del enemigo. Justo entonces, las demás Generatrices decidieron hacer algo que ninguno de sus hijos freiighe hubiera hecho jamás, pero que no nos atrevimos a cuestionar: se dieron a la fuga.

Aquella decisión dejó un pozo de amargura entre nosotros, y no tardaron en aflorar las consecuencias. La unión entre las Generatrices se quebró. Se miró con sospecha a las que habían desertado del campo del honor, y cada clan regresó a su territorio con la cabeza gacha. Mi plan había resultado ser un rotundo fracaso, que además sacudió los cimientos de nuestra civilización.

Cuando vuestras naves irrumpieron en el sistema de Ur’Efendi, supimos que nadie acudiría en nuestra ayuda. Los seis clanes decidimos unirnos para defendernos, y aunque el resentimiento contra el nuestro era palpable todos supimos hacer honor a nuestros compromisos. Pronto perdimos tanto los depredadores como las nodrizas, y quedamos aislados sobre este planeta, a merced de vuestros soldados. Esperábamos que nos dispensaríais el mismo trato y arrojaríais sobre nosotros el fuego nuclear. Por eso nos llevamos una grata sorpresa cuando empezasteis a descender para enfrentaros a nosotros cara a cara. Tal vez quisierais apropiaros de Ur’Efendi y de sus liighe para vuestros propios fines, o al menos esa fue nuestra conclusión, y nos alegramos al comprobar que, al menos, moriríamos con honor, y que nuestros clanes serían recordados en las canciones por la calidad de nuestras armas.

Cuando quedó claro que había honor en vosotros, después de todo, otros clanes empezaron a comunicarse con nuestras Generatrices interesándose por acudir a la lucha, e incluso algunos trataron de acercarse, pero vuestras naves son más numerosas y no les permitieron llegar. No tenemos mucho interés por combatir en el vacío, salvo que el duelo sea de guerrero a guerrero a bordo de nuestros depredadores, de modo que quienes toparon con vuestro muro desistieron y se marcharon. Todo el honor quedó para los seis clanes originales de Ur’Efendi.

Yo en persona he tenido el privilegio de ponerme a prueba contra vuestros campeones. Sucedió mientras escoltábamos a nuestra Generatriz para sacarla del cerco que habíais tendido en torno a nuestra morada en Rakji. Seguíamos la estela de nuestros liighe y shiizighe en busca de un combate honorable, cuando nos llamó la atención la resistencia que una de vuestras partidas estaba oponiendo en uno de los asentamientos ughar. Tenemos por costumbre matar a los liighe que nos sirven, si no podemos llevarlos con nosotros, de modo que no puedan ser utilizados por nuestros adversarios, pero aquel grupo vuestro se dedicaba a protegerlos como si fueran de gran valor para ellos. Atraídos por la perspectiva de una buena lucha, nos desplazamos hasta allí y les fuimos reduciendo, hasta que varias de vuestras máquinas voladoras llegaron y empezaron a cargarlos con la clara intención de ponerles a salvo. Esto nos frustró, pero entonces vimos que dos terranos se habían quedado en tierra, y formamos un círculo a su alrededor para ver si nos ofrecían un poco de honor. Y no nos defraudaron.

Uno había sido malherido, y no podía hacer gran cosa, pero el otro era un ejemplar magnífico que sacó pecho y desenfundó sus cuchillas, retándonos. Por sus gestos dedujimos que lo hacía en nombre de su compañero herido, lo que le reportaría el honor que le correspondía. Me hubiera gustado atender su desafío en persona, pero en lugar de eso decidí permitir que uno de mis hermanos más jóvenes y prometedores lo hiciera, ya que se había ganado el derecho por la virtud de sus hazañas. De modo que pude ser testigo del combate.

No he vuelto a ver un terrano con más honor que aquel. A pesar de su tamaño inferior, tuvo la fuerza y la astucia necesarias para poner en apuros a un freiighe, y todos nos sorprendimos cuando consiguió doblegarle y matarle. Entonces, aprendí que sois un pueblo engañoso, ya que a pesar de vuestra cobardía y debilidad, a pesar de la dependencia que tenéis de las máquinas para moveros, para luchar y para pensar, hay entre vosotros quienes entienden que una vida sin honor no merece la pena, y que las máquinas son sólo herramientas para obtener lo que no podemos alcanzar por nosotros mismos, y no para renunciar a nuestra fuerza permitiendo que sean ellas las que se ocupen de todo. Si bien sigo pensando que sois inferiores en calidad a los isazii, al menos ya no creo que seáis una plaga de alimañas que se extiende sin control. Hay honor en vosotros, aunque cueste encontrarlo, y tal vez algún día podamos entendernos lo suficiente para dividirnos los territorios de caza y encontrarnos sólo para celebrar combates como aquel.

Por concluir mi historia, aquella ruptura del cerco apenas nos proporcionó un poco más de tiempo. Nuestra Generatriz se vio forzada a refugiarse en territorios salvajes para seguir pariendo a nuestra prole, pero mi clan nunca se recuperó del golpe. Llegó el día fatídico en que la encontrasteis y disteis muerte, y sus hijos nos dispersamos como hojas al viento, uniéndonos a otros clanes o arrojándonos a la lucha sin más sentido ya para nuestras vidas. Y la memoria de nuestra raza es duradera, de modo que yo fui señalado como el responsable de un plan que nos hubiera reportado una inmensa gloria a mí y a mi clan, de haber triunfado, pero que al fracasar hizo recaer sobre mis hombros el peso de la desgracia. Fui rechazado por todos los clanes, lo que me ha obligado a vagar sin rumbo fijo buscando la ocasión de morir con dignidad bajo vuestras armas. Y ahora que la última Generatriz viva de Ur’Efendi ha fallecido, y que los guerreros supervivientes no hacemos sino caer, he venido por mi propia voluntad y acuerdo para reconocer vuestra victoria, alabar el honor de vuestra gran hazaña y someterme a vuestra voluntad para morir como un freiighe.

¿Prisionero? Oh, claro, entiendo que soy un prisionero. Ya os lo he dicho varias veces. Ansío enfrentarme a vuestros verdugos para demostrarles de qué soy capaz.

¿A qué os referís con esos “derechos humanos”? ¿Qué es eso?

No puede ser. ¿No vais a torturarme, de verdad? ¿Ni siquiera a matarme? ¿Y qué pasa con mi honor? ¿¿Tendré que provocaros para que lo hagáis??

Sí, eso es, sacad las armas. Disparad. ¿Es que no comprendéis que, para un freiighe, haber estado cautivo de los enemigos y ser liberado sin daño es un insulto, un deshonor? Vosotros apreciáis la vida como si no hubiera otra cosa en este Universo. ¡Pero os equivocáis! Una vida sin honor no vale nada, es la vida de un liighe que sólo vive para servir a sus superiores. ¡Y yo soy un superior! ¡¡Yo soy un freiighe!!

Me calmaré cuando lo considere oportuno, terrano. ¿Cómo dices? ¿Emisario? Explícate mejor, no entiendo a qué te refieres.

Así que pretendéis que yo sea vuestro emisario para comunicar a los demás clanes que queréis paz. Permitid que me ría. Ya os lo he dicho, he caído en desgracia a causa del fracaso de mi plan. Nadie me escuchará. Y tendré que vivir con el deshonor de haber sido despedido de vuestro lado sin sufrir un rasguño. No, es imposible. Si queréis un emisario, tendrá que ser uno de los vuestros.

 
Sí, es posible que tampoco le escuchen. Sí, también es posible que sea torturado. Nosotros sí valoramos el honor, no como vosotros. ¿Preferís el deshonor de un regreso sin acuerdo y sin daño? Creo que os he sobreestimado. Creo que no quiero seguir escuchando. Si no peleáis contra mí, os iré matando uno tras otro. ¡¡Os mataré a todos!! ¡¡Os mataré…!!

Fin de la transcripción del interrogatorio al prisionero isazii ISZ-233-UE, nombre “Erg’Mali”, llevada a cabo el diecisiete de Abril de 2336 en la base militar de Aliganzar, Ur’Efendi. El prisionero fue sedado y conducido a una celda de seguridad.

Nota del tres de Enero de 2337. Tras un encierro prolongado negándose a aceptar agua o alimento, el prisionero fue conectado a una camilla de soporte vital que le mantuvo con vida veintitrés días hasta que, la madrugada del uno de Enero, consiguió deshacerse de las ligaduras y se suicidó seccionándose varias arterias con una pieza metálica arrancada al instrumental.

Su cuerpo ha sido incinerado y sus cenizas almacenadas en los archivos de Inteligencia Militar en Danbalag, Nueva Pacífica.

Fin del registro.

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