Un nuevo relato de Claudio G. del Castillo, quien nos trae una historia del comienzo de la astronáutica.
Laika

Pioneros del espacio

Al 50 aniversario de la heroica gesta.
A mi manera, claro.

La Vostok 1 asciende rauda entre torbellinos de fuego y humo. Poco después, a 315 kilómetros de altura, inicia su órbita alrededor de la Tierra. La gran potencia comunista se ha llevado la gloria: el primer  hombre en el espacio es soviético.
O eso piensan en el cosmódromo de Baikonur.
En la sala de control decenas de técnicos, científicos e invitados (y hasta el mismísimo Serguéi Koroliov, famoso por su comedimiento y mesura) no pueden ocultar la emoción que los embarga. A los besos y apretones de manos sigue la distribución de vodka. Justo cuando Koroliov se lleva un vaso a los labios, la pantalla principal se ilumina y muestra imágenes del interior de la nave. De esta forma, los presentes pueden observar al intrépido cosmonauta quien, violando lo establecido, se ha retirado el casco y librado del cinturón. Y flotando de espaldas, con sus manos en la nuca, contempla el infinito a través de una claraboya.
Pero a un héroe se le perdona cualquier exceso.
El secretario regional del PCUS, Iliá Mojonov, carraspea y acciona el conmutador de un micrófono:
–¡Enhorabuena, camarada Gagarin! Considérese hijo ilustre de la URSS. Encarna usted el espíritu emprendedor de los soviets.
El cosmonauta echa un vistazo en torno suyo hasta que localiza la videocámara que registra el histórico acontecimiento, se desplaza hasta ella apoyando con negligencia sus botas en un panel de mandos y da golpecitos en la lente con un dedo:
–¿Aló? ¿Aló?
–Le comentaba, camarada Gagarin… –Mojonov se ajusta los bifocales y al distinguir en la pantalla las facciones del “hijo ilustre de la URSS”, pega un brinco.
–¡Je je je! –ríe el cosmonauta, un rubio orejón de párpados inflamados–. “Camarada Gagarin”. “Camarada Gagarin”. Baikonur, tienen un problema: mi nombre es Eusebio Méndez.

No bien se escucha la increíble declaración, cesan la algarabía y los gritos de júbilo. Koroliov escupe su trago:
–¡Qué demonios!
En la sala de control se ha instaurado el silencio, únicamente roto por el cosmonauta que afirma llamarse Eusebio:
–Lo dicho, Eusebio Méndez; Méndez y Valdivieso, porque tengo padre y madre. ¿Menuda sorpresita, eh? ¿Y qué esperaban, que me quedara de brazos cruzados mientras ustedes hacían y deshacían a su antojo. ¡Pónganme al que más mea!
Koroliov hace acopio de paciencia antes de acercarse al micrófono y abrir la boca:
–Camarada Méndez, le habla Serguéi Koroliov. ¿Podría informarme dónde está el camarada Yuri Alekséievich Gagarin?
–Pues verá, Colirio, si se refiere al dueño de esta escafandra, lo dejé amarrado a una de esas columnas metálicas que sujetaban el cohete. Desde luego, no le prometo que lo encuentre de una pieza, con el metrallazo que soltó este chisme al despegar… Si a mí el tirón estuvo a punto de zafarme las pelotas.
–¡Jesús, María y José! –Koroliov se cubre la cara con ambas manos; luego de un suspiro, dice con voz firme–: Al grano, camarada Méndez. ¿A qué organización terrorista pertenece y cuáles son sus intenciones?
–¡Epa, epa, alto ahí!, que yo no he hablado tan despacio. Los terroristas son ustedes, que hará unos cuatro años capturaron a mi Pelusa en el jardín del instituto donde curso economía, y la enviaron a la Vía Láctea. No imagine que no miro la tele. Sé que Pelusa anda por aquí, en algún sitio de este vasto cosmos circundante. Vine a rescatarla, así de simple, conque me dice dónde tiene el timón esta bola de billar o empezaré a mover palancas y a apretar… por ejemplo, este botoncito rojo de aquí…
–¡Nooo!, por favor, se lo ruego. –En ese instante, el director del Programa Espacial de la URSS siente en su nuca el aliento gélido del representante del Kremlin, Artamon Follonoski–. El asunto es grave –admite Koroliov, sin apartar sus ojos de la pantalla.
–¿Grave? –vuelve a la carga Eusebio–. Grave es que ustedes los rusos no inventen nada que funcione adecuadamente. ¿Ve aquel tubo de pasta dental? Pues entérese, no hace espuma y sabe a pollo. Y esta escafandra se pasa de hermética. Ahora mismo me están entrando unas ganas de cagar, que como no encuentre de inmediato un abrelatas… Y allá en Cuba me prestaron una lavadora Aurika que hacía cadenetas con mis calzoncillos; y mi tía Mirna se compró una plancha…
Exasperado, Koroliov desactiva el sistema de audio. Luego, mientras se ajusta la corbata, se dirige a Follonoski:
–Camarada, no tengo palabras… Entiendo su ira y decepción pero… Piénselo, todavía nos cabe el orgullo de haber enviado al espacio en el 57 al primer ser vivo, y tan soviético como usted y yo: Pelusa… ¡Laika!
–Ahórrate la arenga, Serguéi. Te daré un consejo: ora por que los norteamericanos no se enteren de este fiasco, o haremos tal purga en este complejo que no quedará personal apto para lanzar una bengala.
Koroliov traga en seco, pero asiente y se voltea hacia la concurrencia:
–Compatriotas, esto no ha sucedido. En breve les dictaré a los corresponsales del Pravda, letra por letra, el editorial que saldrá en el número vespertino. A la televisión le facilitaré las secuencias que tomamos durante los entrenamientos. De ser necesario, las manipularemos con la ayuda de los estudios Soyuzmultfilm. Y en cuanto a ese loco, ¡me lo están bajando ya!
En la pantalla, Eusebio articula sin parar. Koroliov, hastiado, activa nuevamente el sistema de audio.
–… y con la venia de Carelio y sus muchachones, aprovecho la ocasión para saludar a Josefina, mi mamá. ¡Un besote, viejuca!; ya falta poco para graduarme. También quisiera felicitar a mi mejor amigo por ganarme dos apuestas. Tenías razón, Vitico: la saliva es redonda y la Tierra es azul, no carmelita. Por último pido una ovación cerrada para mí mismo por convertirme en el primer cubano que pisa la Vía Láctea; porque mi Pelusa nació en la isla, pero no es persona…
Koroliov se soba el cuello y murmura:
–Manda narices, ¡ni la perra!
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