Desde la ciudad de Punto Fijo en el Estado Falcon, Venezuela, nos llega la nueva participación para nuestro Sexto Concurso de Relatos anual; un cuento corto del autor Manuel Jordan:

Mercado Negro

Autor: Manuel Jordan

Buscó la dirección en Google Maps y arrancó a caminar por las calles con el mapa impreso. Después de una alcabala de vigilancia, las casas se alternaban entre auténticos palacios y modestas quintas. Con resentimiento, miró la fila de carros estacionados en las aceras.

Frente a la vivienda, se preguntó cómo los antiguos dibujaban mapas sin el auxilio de un satélite. Un pequeño muro enrejado lo separaba de la puerta. Tocó varias veces la reja y la puerta se abrió y apareció una anciana morena.

El hombre mostró el paquete verde alzándolo sobre su cabeza. La mujer caminó por el patio iluminado. En una de sus manos, sostenía un tintineante racimo de llaves. Al hombre lo conmovió su paso lento y le parecieron sus arrugas un injusto prólogo a la tumba. Olía la anciana a perfumes caros, a tela nueva y café con leche.

La anciana lo condujo por una sala llena de muebles aristocráticos y pinturas al óleo. Sobre una mesa destacaba la estatua de una mujer desnuda y a su lado un santo en martirio. Lo invitó a traspasar el umbral de una puerta y sentarse en aquel cuarto con aires de oficina.

Un escritorio de madera gobernaba la pieza iluminada. Había muchos libros desordenados en el piso y en estanterías desbordadas. Reconoció, en algunos de los títulos, autores de su infancia: Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, H. Rider Haggard.

Pensó en las dificultades de esos autores si les hubiera tocado vivir este siglo; probablemente se hubieran visto obligados a situar sus historias en otros planetas. Gracias a la informática el mundo había perdido toda intimidad y misterio.

Los espacios vacíos de la pared eran ocupados por fotografías en blanco y negro. En una, un grupo de soldados festejaba sosteniendo sus fusiles en alto. Al lado de la foto, un atril con una biblia abierta. Se iba a levantar, a curiosear las páginas, cuando el viejo entró por la puerta a sus espaldas. Haciendo una inclinación de cabeza y sosteniendo una taza de café hirviendo, se sentó en el trono de cuero de aquella casa.

¿Lo trajo? —dijo con voz amable.

Sí —dijo el hombre levantando el paquete verde.

Antes de colocarlo sobre el escritorio, el viejo levantó su mano:

Un momento.

Sacó de debajo de su escritorio un manto plástico y transparente y lo colocó sobre la caoba. Sacó también un paquete que procedió a desenrollar a la derecha del mueble. De la colección de bisturís y pinzas de diverso tamaño, tomó uno de los bisturís más pequeños y procedió a cortar las múltiples ataduras del paquete verde.

Al terminar su operación y desplegado el contenido sobre el escritorio, miró al hombre y con gesto apesadumbrado señalo el objeto:

Tiene cuatro dedos.

¿No es suficiente? —preguntó el hombre.

No, hijo, el diputado quiere una mano completa.

El hombre miró su mano izquierda unos segundos. Luego la coloco sobre el manto transparente. El viejo enrollo un trapo en la base del dedo indice y mientras le sonreía procedió a cortarlo con exagerada precisión. Luego, tomó el dedo y lo juntó a la mano cercenada.

El hombre miraba nuevamente, estremecido por el dolor, la foto de los soldados.

Yo soy el del centro —dijo el viejo— fue un desastre esa guerra. Las peleas entre vecinos son trágicas. Esa, en particular, sepultó este pais.

Fueron los chinos y su gran “salto adelante” en biocombustibles los que sepultaron este país —señalo el hombre.

No, te equivocas, este país tenía más de una década hundido en mentiras de prosperidad e ilusiones de dominio mundial. La culpa siempre la tuvo el petróleo. Ahora somos pobres y algunos felices.

¿Cuantos kilómetros le rinde la mano al diputado? —lo interrumpió el hombre.

Muchos —le dijo el viejo, mientras lo ayudaba a colgarse el bolso lleno de yuanes en el hombro derecho.

Antes de despedirse, el hombre miró al viejo y le dijo:

Negocié el cuerpo de un vecino con su familia. Me dijeron que para mañana estaría listo.

El viejo golpeó su hombro, satisfecho.

Pero esta vez me lo llevas al depósito del centro.

El viejo lo miró alejarse por la calle y sacando un pañuelo de seda, se limpió las manos imaginariamente sucias.

Bendita pobreza —dijo a la calle vacía.

Fin

Muchas gracias a Manuel por compartir esta obra con nosotros y le deseamos la mejor suerte en este Concurso.

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