Regresa a nuestro blog el autor Alberto Monterrubio con una nueva historia para el Desafío del Nexus de Junio:

Memorias de Funeral

Las tribunas del Consejo Planetario se encontraban atiborradas de ocupados jueces que dictaban mentalmente ansiosas anotaciones a sus secretarias holográficas. En el centro de la inmensa sala de juicios, con todas las miradas fijas en él, estaba sentado un hombre. Un hombre joven que miraba en todas direcciones con una expresión indiferente en el semblante.

Frente a él, en un pequeño estrado, estaba el juez que determinaría su castigo final. Éste tomó su ridículo y anticuado martillo de madera (que era prueba perfecta de que los sistemas de justicia habían dejado de evolucionar hacía ya muchas generaciones) y golpeó tres veces. Se aclaró la garganta y dijo:

—Silencio en la sala. Tomando en cuenta los principios básicos que conforman los pilares de este honorable Consejo Planetario de Justicia, habiendo considerado a fondo los puntos establecidos por todos mis colegas jueces, dando fe de que en este organismo sólo se actúa con base en la búsqueda del bien común de la humanidad y tomando en cuenta los términos establecidos en el renglón tres del quinto capítulo de la décimo novena revisión de la quinta reimpresión del vigésimo tercer apartado del quinto tomo de la versión simplificada de la Magnánima Constitución Política Planetaria, así como los protocolos fundados en el estatuto de Jumenhar, informo a todos los presentes que el acusado ha sido declarado culpable y condenado a la vida eterna.

* * *

Los funerales hacían que Eilam se sintiera nostálgico. Se paseaba silenciosamente de un lado a otro de la sala con aire pensativo. Con un repentino sentimiento de envidia resignada, se asomó al féretro en el que descansaba plácidamente el cuerpo del viejo señor Damms, con su cabeza calva y su barba blanca. Se quedó mirándolo unos momentos, sabiendo que aquellos ojos nunca más volverían a ver y que aquella boca nunca más volvería a sonreír.

El señor Damms, a diferencia de él, no iba a volver. Él iba a emprender un camino hacia lo desconocido. Un sendero que Eilam nunca había podido llegar a recorrer, a pesar de haber estado tan cerca en tantas ocasiones.

Se puso a pensar en todo cuanto había pasado desde aquel día lluvioso de mayo en el que el juez pronunció aquella sentencia implacable. Recordó el martillo de madera, la fría silla en la que estaba sentado y el silencio sepulcral que llenó la sala cuando el magistrado terminó de hablar.

En aquellos tiempos de antaño, cuando los autos aún tenían ruedas y las secretarias holográficas eran consideradas una gran invención, la vida eterna (recién descubierta por un doctor europeo de nombre impronunciable) había parecido, a ojos del Consejo Planetario, un escarmiento adecuado para aquellos que violaran las leyes más sagradas de la Constitución.

Por azares del destino, Eilam había sido la primera persona en ser condenada a vida eterna, por lo que su caso se volvió mundialmente famoso. Sin embargo, cuando la comunidad internacional se enteró de que aquel castigo era posible, se desató una increíble oleada de crímenes cometidos por personas que buscaban ansiosamente la inmortalidad. Ante tal paradójico efecto, el Consejo Planetario decidió prohibir rotundamente el castigo de la vida eterna (cancelando automáticamente los fondos destinados a que el científico europeo encontrara una forma de revertir el proceso en caso de que los condenados se reformaran) y sugirió en su lugar la cadena perpetua. Así, los que buscaban vivir para siempre, sólo consiguieron ser encerrados para siempre y Eilam se convirtió en el único ser humano destinado a la eternidad.

El Consejo consideró que también debía ser mantenido en una prisión, ya que a pesar de ser el único inmortal del mundo, seguía siendo un criminal.

Fue durante su estancia en la cárcel que Eilam tuvo la oportunidad de conocer el proceso que lo mantendría vivo para siempre. El funcionamiento era bastante sencillo: podía morir por las mismas causas que cualquier ser humano, pero cada vez que esto ocurría, reaparecía a la mañana siguiente en la sede del Consejo Planetario, en un cuerpo de treinta años exactamente igual al que poseía el día de su juicio: el mismo cabello desaliñado, las mismas quemaduras de sol, la misma marca de cirugía de apendicitis y el mismo color de ojos. Sin embargo, no era la misma persona porque cada vez que despertaba, lo hacía con la memoria de quien ha vivido ya muchas vidas.

La primera vez que murió fue la más aterradora. Habían pasado algunos meses desde el juicio y, Eilam se encontraba recostado en su celda cuando de pronto dejó de respirar, su mirada se nubló y su corazón dejó de latir. Con una sensación de vértigo se alejó poco a poco de su propio cuerpo, sus ojos dejaron de ver y su mente dejó de pensar. Todo se volvió oscuro y sintió cómo se iba soltando lentamente de la vida. Sin embargo, en el instante en el que estaba a punto de dar el siguiente paso hacia la desconocida inmensidad de la muerte, sus ojos se reabrieron de golpe y todos los sistemas de su cuerpo volvieron a funcionar aceleradamente. Despertó abruptamente y se encontró solo en un cuarto vacío.

Probablemente con el tiempo se iría acostumbrando a morir, o tal vez ganaría práctica, pero de momento el proceso le había parecido totalmente desconcertante. De pronto entró un ejército de médicos a estudiarlo y analizarlo, concluyendo que el sistema de inmortalidad funcionaba a la perfección. Lo tuvieron en observación algún tiempo y unas horas después lo llevaron de regreso a la prisión.

Viviendo encerrado, la rutina de Eilam terminó por volverse aburrida y triste: llegaban presos, salían presos, morían presos, llegaban guardias, salían guardias, morían guardias… Eilam también moría pero siempre regresaba. A veces se suicidaba, a veces le daba un paro, a veces nadie sabía bien qué le había pasado, pero invariablemente regresaba.

Así pasaron muchísimos años, hasta que algún directivo de la prisión, dándose cuenta de que Eilam no podría quedarse encerrado ahí por toda la eternidad (especialmente si ya nadie estaba buscando una forma de revertir la inmortalidad) decidió dejarlo salir, considerando que se había reformado.

Eilam despertó una mañana y el guardia de su sector le informó que a partir de ese día sería libre. Al principio pensó que se trataba de una broma de mal gusto, y no fue sino hasta que se encontró ante la puerta de la cárcel que se dio cuenta en realidad de que aquella libertad, que había añorado por más de ciento veinte años, era finalmente suya. El mundo había dejado de medir cuatro metros cuadrados, y ahora era casi tan infinito como la vida del propio Eilam. La emoción fue tal que cuando puso un pie en la calle, cayó al piso convertido en un mar de lágrimas de felicidad. Rió y lloró por mucho tiempo hasta que por fin se pudo mantener en pie y logró ir hasta su vieja casa, que sorprendentemente seguía existiendo.

No teniendo nada de dinero, fue al banco y se topó con la sorpresa de que su antigua cuenta, en la que se habían quedado algunos escasos ahorros hacía más de un siglo, ahora era una de las más grandes de todo el banco debido a la inflación y los intereses. En consecuencia, viéndose recién liberado, repentinamente millonario e irremediablemente inmortal, Eilam se decidió a servirse de los placeres de la vida con la cuchara grande.

Durante una larga serie de ciclos de inmortalidad, Eilam se convirtió en un cliente distinguido de los mejores restaurantes y bares de la ciudad y viajó por todo el planeta, volando en primera clase y durmiendo en suites presidenciales de hoteles de lujo.

En esos años Eilam estuvo con cuantas mujeres quiso. Algunas de la altura de la princesa Maelha (hija del emir de Khalstan) o de la actriz Mina Lammoglia (ex esposa de Louis Rafkhar, líder de la banda de rock Aionios), y algunas con un estatus social bastante menos reconocido y respetado.

También ocurrió algunas veces, aunque mucho menos frecuentemente, que Eilam se enamorara más profundamente de alguien e intentara llevar una vida de casado, pero siempre llegaba el momento en el que la felicidad se terminaba: ya sea porque Eilam moría y se encontraba convertido en un hombre de treinta años casado con una viejecita de setenta, o porque sus esposas morían una muerte irreversible. Así, terminó optando por relaciones de corta duración en las que no se supiera de su eternidad, que a pesar de que había sido muy conocida en los tiempos del juicio, con el tiempo había sido olvidada por la mayoría de la gente, que pasó a pensar en cosas más importantes como el fútbol o la bolsa de valores.

Este anonimato le daba más libertad a Eilam. La vida iba volando en un viaje desenfrenado, y cuando a su cuerpo le empezaba a costar trabajo seguirle el ritmo, o cuando las mujeres lo empezaban a considerar un poco viejo para ellas, bastaba un poco de arsénico o un buen salto de rascacielos para volver a comenzar. Sin embargo, siendo un fanático de la adrenalina, sus suicidios se empezaron a volver cada vez más frecuentes y extravagantes, llegando a extremos como hacer un salto estratosférico sin paracaídas o alimentarse exclusivamente de langosta y vino tinto durante once meses.

Uno de sus pasatiempos favoritos era comprar autos de levitación deportivos. No era raro verlo zurcar las autopistas magnetizadas a velocidades de vértigo, sin miedo alguno que lo pudiera detener. Más de alguna vez murió en accidentes de carretera, pero invariablemente aparecía al siguiente día en alguna agencia automovilística para reponer sus vehículos destruidos.

Sólo una vez la vida no fue tan fácil: chocó a más de setecientos kilómetros por hora y voló por los aires. Sin embargo, su cuerpo no logró morir. En cambio, quedó en estado cuadripléjico y Eilam tuvo que esperar más de cincuenta años en una cama de hospital antes de poder regenerarse, pero finalmente, revivió y volvió a vivir bajo la ley del desenfreno.

Sin embargo, a pesar de tener a su alcance todos los lujos que el dinero le podía comprar, por las noches, cuando nadie lo veía, también se sentía solo. Le dolía hasta el alma el saber que estaba atado irremediablemente a esta existencia, y para consolarse, se dejaba llevar aún más por los placeres de la vida, y mientras más se dejaba llevar, más solo se sentía.

Los días de Eilam se convirtieron en una rutina autodestructiva y solitaria hasta que un buen día Juliette, una reportera con la que estaba viviendo, encontró accidentalmente un diario en la casa que habitaban. Se trataba de un cuaderno de papel (casi imposible de encontrar en esa época) en el que Eilam había escrito sus vivencias y sentires durante casi quinientos años, desde los tiempos en que estuvo preso.

Juliette se conmovió muchísimo al leer sus memorias y, aprovechando su profesión, decidió hacer público el caso. Escribió un artículo periodístico que le dio la vuelta al mundo y dio lugar a un movimiento humanitario que protestaba en contra del Consejo, alegando que Eilam llevaba cientos de años pagando un crimen que había cometido cuando era un joven idiota y aun no existía forma alguna de redimirlo.

El movimiento empezó a ganar fuerza y seguidores. El anonimato solitario de Eilam pasó a ser sustituido por una extraña fama donde todo el mundo lo amaba y lo apoyaba.

Su diario se publicó y poco tiempo después le fue entregado el Nobel de Literatura (más por haber conmovido a toda la humanidad que por haber sido una verdadera obra maestra). Juliette, por su parte, se hizo acreedora al Premio Pulitzer por sus numerosos artículos que divulgaban la vida y obra del legendario inmortal. Un día, ella se fue a perseguir sus sueños periodistas y nunca volvió.

Eilam, por su parte, dio miles de conferencias por todo el mundo, fue entrevistado en todos los canales de televisión, dirigió un programa dedicado a los autos levitatorios, recibió las llaves de la ciudad y fue ordenado Caballero Honorable de la Orden del Consejo Planetario. Curiosamente este último nombramiento tuvo lugar en la misma sala donde había sido sentenciado siglos antes.

Siguió escribiendo en su diario y, en poco tiempo éste ya estaba a la venta como secuela del primer best seller. La industria cinematográfica no tardó mucho en reconocer que se encontraba frente a una mina de oro y en menos de diez años la saga El Inmortal se completó, compuesta por siete películas: Las mieles de la libertad, El rey de los suicidios, El diario, Más longevo que Matusalem, Mejor respete los límites de velocidad, Me muero de la envidia y Sir Eilam. Originalmente se tenían pensados tres filmes más, pero se cancelaron debido a que los siete ya existentes trataban más o menos de lo mismo, pero con diferentes actores.

Las revistas que aman hacer estadísticas de hombres y mujeres importantes lo catalogaron como la persona más influyente del siglo y muchos consideraron proponerlo como candidato a la regencia de la ciudad donde vivía, a lo que Eilam se negó.

Siendo una figura pública, se le fue quitando la mañosa costumbre de los suicidios recurrentes y se fue acostumbrando a la fama. Por todas partes se veían holográficos con su cara y en las calles se hicieron cada vez más frecuentes y masivas las marchas a su favor. Miles y miles de personas se manifestaban frente a su ventana gritando: “¡Yo estoy con Eilam hasta la eternidad!”

“No saben lo que dicen” se limitaba a pensar tristemente Eilam. En el fondo, aunque todo el mundo conociera su cara y su historia, seguía solo. Con el paso del tiempo, se fue dando cuenta de que el apoyo de toda la humanidad hacia él, era más bien una extraña mezcla de lástima, compasión y borreguismo.

Poco a poco, los seguidores de Eilam fueron envejeciendo y muriendo junto con su movimiento social hasta que llegó el momento en que lo único que quedó fue el recuerdo.

Sin embargo, fue este recuerdo añejado el que hizo que la vida de Eilam diera otro vuelco. El recuerdo de cómo su historia había logrado conmover a las personas y ayudarles indirectamente a imaginar que tal vez sus vidas no eran tan miserables.

Por primera vez en casi setecientos años, Eilam se dio cuenta de que su horrible maldición también podría ser vista como un curioso don. Así, decidió poner esa curiosa cualidad que le había sido otorgada al servicio de la humanidad.

Durante vidas y vidas, Eilam entró en una fase de servicio desinteresado, en la que fue sujeto de pruebas en experimentos de eutanasia no dolorosa (debido a que era el único que podía dar fe de que esto era correcto), participó en tratamientos experimentales contra diversas enfermedades crónicas, salvó a varias personas atrapadas en una planta nuclear exponiéndose a radiación mortal y fue voluntario buscador de minas en una antigua zona de guerra, entre otras hazañas. Después creó una fundación a través de la cual podía ayudar a más gente cada vez.

De esta forma, Eilam volvió a la fama, pero esta vez con un enfoque diferente: ahora las personas estaban empezando a quererlo realmente a raíz de sus acciones. Ahora cada vez que moría y despertaba en las oficinas del Consejo, encontraba a la salida una gran multitud con flores esperando para recibirlo. Poco a poco, el vacío que sentía desde hacía tanto se iba llenando, y la vida parecía empezar a ser más llevadera.

Pero llegó el día en que todo cambió. Eilam estaba sentado en su casa, solo, y repentinamente se dio cuenta de que siempre habría alguien a quien no podría ayudar: el mundo tenía más de diecisiete mil millones de personas y por más eternidades que viviera, nunca sería suficiente. Era una triste realidad, pero realidad al fin y al cabo.

Se puso de pie, escribió una nota en la que dejaba todo su dinero en manos de quien dirigía la fundación, tomó un rompevientos del perchero que estaba junto a la puerta y salió de casa hacia ningún lugar en particular, dispuesto a enfrentarse cara a cara con aquel vacío que no se llenaría con placeres, ni con fama, ni con servicio.

Caminando sin rumbo definido, se enfrentó a sí mismo. A aquel que durante casi mil años se había estado escondiendo detrás de lujosos autos y elegantes viajes. Un sí mismo que no moría, pero al que tampoco podía ayudar con fundaciones y donaciones.

Por más de cincuenta años, nadie volvió a saber de él. Su cuerpo no había vuelto a aparecer en las oficinas del Consejo y se empezó a creer que finalmente había muerto realmente, o que nunca había existido y que se trataba de una leyenda urbana.

El señor Damms fue la primera persona en ver a Eilam. Iba caminando por un bosque perdido y de pronto, en un claro entre los árboles, vio a un viejo sentado con la mirada fija en la nada. Al principio le costó mucho trabajo reconocerlo, ya que Eilam ahora tenía un cuerpo que rebasaba los ciento cincuenta años (edad que nunca antes había alcanzado), pero algo en su interior le dijo que estaba ante el inmortal.

Eilam no pareció inmutarse ante la presencia del señor Damms, y siguió mirando hacia el infinito. Damms fue el primero en hablar.

— ¿Señor Eilam? — dijo tímidamente, pero éste no respondió. — Señor Eilam, vengo a hablar con usted.

Poco a poco el viejo fue reaccionando, y volteó a ver al visitante. Mantuvo sus ojos fijos en él un largo rato y luego dijo:

— ¿Y sobre qué quiere hablar usted conmigo?

— Sobre la eternidad — fue la respuesta de Damms.

— ¿Y qué puede saber usted de ella? Hasta yo mismo la desconozco, y llevo más de mil años viviendo.

— ¿Y no piensa que ya es momento de seguir adelante?

— Pienso muchas cosas. — dijo Eilam seriamente.

— Verá, señor Eilam, mi nombre es Armhen Damms, y he pasado los últimos treinta años buscándolo.

— ¿Y qué necesita de mí, que le ha tomado tanto tiempo encontrarme?

En sus años caminantes, Eilam había aprendido a no tener prisa, por lo que la conversación continuó durante largas horas. En pocas palabras, el señor Damms lo puso al tanto de cuanto había pasado en el mundo en sus años de ausencia: el Consejo Planetario había colapsado, se había establecido una colonia en Marte, la fundación hecha por Eilam había destinado casi todo su dinero a buscar una cura a su inmortalidad y el señor Damms, quien estaba a cargo de tal investigación, estaba a punto de lograrlo, teóricamente.

Luego de varios días de labor, logró convencer a Eilam de volver a la ciudad, donde podría ayudarle a encontrar la cura. Eilam aceptó, pero aunque cualquier transporte moderno podría haberlos recogido en cuestión de minutos, insistió en que debía terminar caminando el sendero que había comenzado de esa forma, así que el señor Damms no tuvo más remedio que emprender la marcha junto con él.

Mientras caminaban de regreso al mundo real, Damms se pasaba los días preguntándole cosas a Eilam y haciendo anotaciones holográficas con el afán de entender mejor cómo podría solucionar el problema de su inmortalidad. Así, con las largas caminatas y las horas de plática, el señor Damms se fue haciendo un gran amigo de Eilam, un tipo de amigo que él nunca había tenido en sus mil años de vida, y se empezó a dejar de sentir solo y vacío.

Cuando los dos viejos llegaron a la ciudad, muchísimas personas los recibieron como héroes de guerra que vuelven a la patria victoriosos, a lo que el señor Damms dijo:

— Mira Eilam, todos los que te admiran por todas las cosas que has hecho.

Y Eilam respondió calmadamente:

— No necesito que me quieran por lo que hago porque yo me amo por lo que soy. Eso es lo que he aprendido de la eternidad.

En los meses siguientes, sin embargo, mientras buscaba una cura para la irremediable inmortalidad de su amigo, el señor Damms, murió repentinamente, como probando que la vida cuenta con un curioso sentido del humor.

* * *

Los funerales hacían que Eilam se sintiera nostálgico. Se paseaba silenciosamente de un lado a otro de la sala con aire pensativo. Con un repentino sentimiento de envidia resignada, se asomó al féretro en el que descansaba plácidamente el cuerpo del viejo señor Damms, con su cabeza calva y su barba blanca. Se quedó mirándolo unos momentos, sabiendo que aquellos ojos nunca más volverían a ver y que aquella boca nunca más volvería a sonreír.

El señor Damms, a diferencia de él, no iba a volver. Él iba a emprender un camino hacia lo desconocido. Un sendero que Eilam nunca había podido llegar a recorrer, a pesar de haber estado tan cerca en tantas ocasiones.

Probablemente las investigaciones empezadas por el señor Damms lograrían algún día liberarlo de la vida, y llevarlo por el camino que habían recorrido tantos antes que él.

Y también, probablemente, no…

Fin

Muchas gracias a Alberto por compartir esta historia con nosotros, y no olvidemos que está participando en el Desafío del Nexus de Junio, así que recuerden votar con el botón compartir de facebook.

 

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