El escritor Argentino, Victor Lowenstein nos obsequia con un nuevo relato para nuestro Sexto Concurso:

Mago e Imago

 

El joven Imago (aquél de desbordada imaginación) despertó atontado dentro de una habitación que desconocía. Desamueblada, de blancas paredes sólo interrumpidas por puerta y ventana selladas con vidrio hermético, tras el cual se divisaba una niebla gris y azul. Chasqueó la lengua y pensó: “esto es obra de Mago” (el teúrgo malvado) y mirando la habitación, acabó razonando: “y esto, una jaula”. No pudo evitar notar que, en la cerradura de la puerta de esa jaula, alguien introducía una llave, seguramente un señuelo puesto por su sagaz enemigo, el maledicente Mago. No iba a ser tan estúpido para caer en tan pueril trampa, por lo que se hizo el distraído.

Del otro lado de la realidad visible, el fementido Mago reía ante su bola de cristal, observando a su penitente tenderse a dormir la siesta, para fingir indiferencia. “Anda, duerme -le animó el teúrgo riendo a carcajadas- tu realidad es nada más que un sueño inventado por mí; una jaula con mil jaulas alrededor; laberinto en el que te perderás un día y para siempre… ni toda tu perversa imaginación te preservará de la locura de mi jaula blanca.”

Pero Imago no dormía; simulaba. Sus párpados cerrados disimulaban todo lo que su febril imaginación estaba inventando. A sabiendas de que pasaría los próximos siglos encarcelado allí, decidió acondicionar un poco el lugar. A su izquierda, imaginó una biblioteca y la pobló con libros de Balzac, su escritor favorito. A su derecha imaginó un flamante equipo musical y algunos discos de Queen, su banda de rock preferida. El cansancio de imaginar lo dejó dormido.

Al despertar, le sorprendió ver a su lado una biblioteca bien instalada, con estantes de madera de nogal conteniendo los ochenta y cinco ejemplares de la Comedia humana, del maestro francés. También estaba el avant-propos de puño y letra del autor, en cuartillas amarillentas. Un lujo. No salía de su asombro, cuando al volverse, sus ojos toparon con un inmenso tocadiscos encima de una mesa. Bajo la misma descansaba la colección completa de discos de la banda inglesa de sus amores. “Dios salve a la Reina” dijo Imago. Se incorporó del piso y echó a andar el artefacto. Colocó en la bandeja el longplay “Noticias del mundo”, y grandísimo fue su gozo al bajar la púa y escuchar los primeros acordes de We will rock you. Feliz, exultante, cogió un libro de la biblioteca, La Bourse, y se puso a leerlo al tiempo que oía la música reproducida. Así transcurrieron varias horas.

En su recámara dorada Mago hervía de rabia. “¡Tú y tus condenadas fantasías, Imago!; ¡te maldigo en nombre de la alta teúrgia druídica!”.

Pero nada ocurrió. Las maldiciones no eran el fuerte de Mago, quien rara vez podía recordar, completo, alguno de los ciento cuarenta y siete hechizos de su grimorio céltico. Con furia golpeó su puño contra la bola de cristal que mostraba a un feliz Imago leyendo y canturreando por sobre la voz de Freddy Mercury. La bola se partió en dos mitades, y dejó de funcionar. De inmediato bajó a la tienda a comprar otra, pues desconocía el hechizo para restaurar bolas de cristal partidas al medio.

Las jornadas transcurrían en un orden temporal que no nos es dado saber. Imago cantaba y leía, pasando de una novela a otra y de un disco al siguiente. El infame Mago volvía a hervir de rabia, no tanto por no lograr doblegar a su prisionero sino por la elevada suma de pesetas que debió pagar por la nueva bola. No imaginaba que podía costar tanto; (la imaginación no era su fuerte).

Pero llegó el día en que Imago se sabía de memoria cada libro de su amado Honoré Balzac, y el rock progresivo ya lo aburría un poco. En un arrebato eliminó mentalmente la biblioteca entera, el equipo musical, los discos. La habitación volvió a estar vacía y tan blanca como cuando la vio por primera vez.

A Mago la había crecido la barba de tanto esperar a que el de la desbordada imaginación perdiera los estribos. Quizás no entendía que el tiempo estaba a su favor. Bastaron dos días más para que un Imago ganado por el hastío ya no quisiera imaginar bibliotecas ni tocadiscos. Al fin cedió al impulso de caminar hasta la puerta y girar la llave dentro del cerrojo. Hubo un chasquido y el pestillo se retrajo haciendo entreabrir un ápice la puerta. Movido por un entusiasmo engañoso el joven empujó la hoja de vidrio y pasó al otro lado, donde tinieblas grises y azuladas comenzaron a disiparse. Por dentro, otra habitación blanca, con ventanas de vidrio mostrando neblinas azul gris y una puerta transparente con la llave puesta. Una réplica de la misma jaula…

Imago creyó oír por sobre su cabeza la risa estruendosa del pérfido Mago, que acababa de afeitarse el rostro. Furioso, retornó a la primera habitación que cerró con llave, y se arrojó al piso a llorar su desconsuelo. Estaba decepcionado por su propia debilidad; agobiado por la soledad y la impotencia… se encogió en posición fetal y cerró sus ojos sin querer dormir. Deseaba pensar algo muy bello; le urgía imaginar una hermosura capaz de conjurar su dolor de hombre herido. En la cúspide de su mortificación creyó advertir que era su profunda soledad y no otra cosa lo que le había hecho perder la fortaleza pasada; ¿qué imagen podría confortar la soledad de un hombre? Imago pensó en una mujer. La imaginó pequeña, bella. Con cuerpo suave y alma generosa. La quiso rubia, virginal y de ojos negros. Digna de todo amor y veneración. Con un lunar en la mejilla izquierda. Ardiente por las noches y fresca en las mañanas. La quiso frutal y dulce; primaveral y eterna.

Mago lo miró en la bola mágica. “Ah, duerme -dijo sin asombro- cuando despierte será el inicio de su locura”.

Imago continuó soñando con la imaginación. La vio algo pálida, y le pintó rubor en los pómulos. Se entretuvo horas enteras modelando la cintura hasta hacerla perfecta. No se cansaba de admirar su hermosura. La irguió la espalda un poco más y ensanchó algo sus hombros. Puso el lunar a la derecha de la cara; ¡qué bien quedaba así!

Lleva seis horas durmiendo –gruñía Mago. ¡Seis horas!

Imago se extasiaba. Tardó mucho en trenzar los rubios cabellos, pero el esfuerzo valía la pena. Puso carmín en sus labios; no podía estar más hermosa…

¡Once horas terrestres y sigue durmiendo! -protestaba Mago, el infausto. Y se fue a afeitar, pues la barba le había vuelto a crecer. Tuvo la desgracia de cortarse bajo las narices, pues su vieja navaja estaba oxidada y era demasiado tacaño para comprar una nueva. Irritado se colocó trozos de algodón en las fosas nasales y volvió a su bola, impaciente y con la cara a medio afeitar.

Pero nada nuevo acontecía. Con los párpados cerrados, sonriente, Imago se entregaba a su creación eidética. Ahora oscurecía el rosado de los pezones para que contrastara mejor con la blancura del cuerpo. Irguió apenas un poco más los pechos y nacaró las uñas de sus manos y pies. Sudaba por el esfuerzo de imaginarla más bella aún; no podía faltar mucho para arribar a la perfección total de su criatura.

Mago vociferaba, colérico: ¡dieciséis horas con quince minutos, y el señorcito durmiendo! ¡Qué humillación le causa mi poder para fatigarlo de tal modo! En su ofuscación, no advirtió el momento en que Imago abría los ojos y, rendido por el esfuerzo musitaba: “ya está…ya es…perfecta… ¡vive!

El pesado pórtico dorado de la recámara del mago se abrió, y Mago miró, perplejo, a la mujer más bella del mundo entrar y acercarse a su mesa de trabajo teúrgico. Quiso protestar, pero no le salían las palabras. Intentó imaginar lo que ocurría, mas carecía de los dones de la abstracción. Embelesado por la virginal fémina, no llegó a acertar ni uno de los ciento cuarenta y siete hechizos del grimorio celta. Ella, sin apuro, lo miraba con curiosidad, riendo de sus ojos salidos y su cara a medio afeitar; los algodones pendiendo de las narices. Lo besó en la boca, y un torrente de venenos agrios bajó por la garganta del inicuo teúrgo corrompiendo su cuerpo hasta la desintegración. A los pies de la joven sólo quedo un cúmulo de cenizas negras.

A través de la vidriada puerta ella entró sonriente. Se inclinó sobre Imago, que no quitaba sus ojos de aquellas pupilas negras, y le preguntó al oído: “¿me destruirás, luego de haberme creado sólo para cumplir tu deseo de libertad?” “En realidad –dijo el joven llorando por la emoción- en realidad, pensaba en pedirte casamiento”.

Fin

Autor: Victor Lowenstein.

Muchas gracias a Victor por compartir con nosotros este relato, y le deseamos la mejor de las suertes en nuestro Concurso Anual.

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos