Retorna a nuestras páginas el escritor Madrileño Miguel Ángel López Muñoz mejor conocido como Magnus Dagon, quien ya ganó nuestro Tercer Concurso con su cuento Mundo Siniestro, y ahora ha regresado para participar en nuestro Sexto Concurso con:

Los Guardianes del Saber

1: El reclutamiento

Dios no juega a los dados con el Universo

Albert Einstein

El joven entró en el hospital de Reino Unido, más deslucido de aspecto de lo que hubiera pensado, y concluyó que aquel no era el entorno más adecuado para recuperarse de una grave operación. Avanzó por el pasillo sin que nadie se fijara en él. Era una cualidad que había aprendido a lo largo de los años, la de parecer anodino y carente de importancia a los ojos de otros. Posiblemente, era la que le había permitido llegar tan lejos. Y por supuesto, seguir aún con sus planes.

No tardó en encontrar un calendario. Lo miró: 1985. Veintidós años hacia atrás en el tiempo.

Se preguntó si alguien encontraría la máquina. No tardó en darse cuenta de que nadie lo haría debido a las últimas modificaciones. La máquina, como él, tenía la virtud de pasar fácilmente desapercibida a menos que a alguien le hicieran notar su presencia.

Llegó a la habitación. Había gran cantidad de personas esperando alrededor de la entrada, pero no le costó convencerles de que era uno de los alumnos que el enfermo tenía en la universidad. Tendría el tiempo suficiente para hablar con él, y esperaba que para convencerle.

El enfermo estaba despierto, y miraba por la ventana. Tenía cuarenta y tres años, pero aparentaba muchísimos más. Miró al joven nada más entrar. Aquel hombre era torpe de movimientos, pensó el joven, pero rápido de mente.

El enfermo se limitó a seguir mirando al joven sin hacer nada, esperando a que el joven hablara.

—Lamento tener que conocerle en estas circunstancias, doctor Hawking. Sé que no puede hablar, ¿verdad?

Hawking no hizo ningún gesto con la cabeza. No lo consideró necesario. Sólo se limitó a girar la cabeza muy torpemente y mirar el cielo nublado y gris del exterior.

—Usted no me conoce, doctor, pero yo a usted sí. Claro, estará pensando que eso es obvio, ya que usted es famoso en todo el mundo, pero lo cierto es que le conozco de una manera que los demás no podrán hacerlo jamás.

El doctor cerró los ojos de una manera casi imperceptible, pero el joven entendió lo que quería decir.

—Mi nombre, doctor Hawking, es George H. White. No sé cómo va a tomarse lo que le voy a decir ahora mismo, pero lo haré de la manera más clara y directa posible.

Hawking no reaccionó. Ni siquiera hizo ademán de intentarlo. Pero White sabía que escuchaba con atención.

—Vengo para llevarle conmigo. Tiene que venir conmigo.

Por un momento White creyó ver un levísimo movimiento facial en el rostro de Hawking, pero sólo fue un momento.

—Sé que puede sonreír, doctor. Otra cosa es que en este momento no desee hacerlo. No le mentiré. El ataque que ha sufrido en Ginebra ha agravado su enfermedad. Le han tenido que realizar una traqueotomía y ha perdido completamente el habla. Completamente.

Hawking intentó girar la cabeza, pero no pudo. White lo hizo por él y le miró fijamente.

—¿Pero sabe qué? Su voluntad puede hacerle hablar. Y viajar por todo el mundo, incluso al espacio. Y no, doctor, no es ciencia ficción, aunque lo parezca. Yo lo he visto.
Hawking cerró los ojos. Una lágrima asomó por ellos.

—Lo que es ciencia ficción, doctor Hawking, es lo que estoy a punto de contarle.

***

Los asistentes a la conferencia de la universidad de Princeton salieron del edificio donde ésta se había dado y miraron al cielo. Estaba despejado, apacible y tranquilo, apenas alguna nube lejana en el horizonte. Muchos de ellos pensaban en el clima de hostilidad que se estaba generando en Europa con el Partido Nacionalsocialista Alemán, y en si esos problemas les alcanzarían a ellos, ya bastante preocupados por la grave crisis económica del país. Pero uno de ellos no pensaba en tales cosas. Él solo pensaba que había llegado el momento de contactar con el segundo miembro.

Tras la visita al doctor Hawking tuvo la precaución de instalar un sencillo medidor del tiempo en la máquina, más preciso que el anterior, de tal modo que no tenía dudas de estar en 1938, el año correcto. Era el momento adecuado.

Esperó, y esperó, y finalmente el conferenciante apareció ante él. Era aproximadamente de su misma edad, pero White sabía que tras aquella aparente inexperiencia se encontraba una de las mentes más privilegiadas de su época.

—Disculpe, ¿es usted el doctor Alan Turing? —preguntó al joven.

—Es la primera vez que me llaman así, supongo que tendré que acostumbrarme —dijo Turing deteniéndose—. ¿Qué desea, señor?

—Mi nombre es G.H. White. Deseo felicitarle por su discurso de doctorado, aunque si yo fuera usted me olvidaría de las máquinas oráculo que ha descrito, no serán muy conocidas. Sin embargo siga pensando en sus máquinas algorítmicas, y un día podría diseñar un test con ellas que sería conocido en todo el mundo.

—Para no estar interesado en mis máquinas oráculo usted se comporta como si fuera uno, amigo. ¿Por qué cree que no tendrán interés científico? ¿No será de los que piensan como Wittgenstein, que las matemáticas no aportan ninguna verdad absoluta?

—Al contrario, doctor Turing. Creo que sus estudios permitirán que avancemos a una era dorada sin límites, en la que las máquinas más modernas serán como juguetes en comparación con las que llegaremos a construir.

—Me alegro de ese comentario. Dígame, ¿a qué rama se dedica usted, señor White?

—No soy científico, sino escritor. Tal vez le sorprenda lo que voy a contarle.

Turing arqueó una ceja. Aquel sujeto no dejaba de sorprenderle.

—No sólo conozco el futuro, doctor Turing. Vengo de él. No será un futuro agradable, créame.

—¿De qué está hablando? ¿Cómo espera que le crea? Según los trabajos de Einstein, viajar al futuro es un absurdo.

—Doctor Turing, vengo de lejos, tan lejos que los trabajos de Einstein han sido revisados y mejorados por otros. Le digo la verdad, créame.

—En ese caso, ¿qué estaré haciendo yo en el año 1960, dígame?

—No le gustaría escuchar la respuesta.

—¿Ah, no? ¿Por qué?

—Dejémoslo en que no le gustaría. Escuche, acompáñeme a tomar algo, hablemos, y si no le he convencido me iré. ¿Le parece bien?

—Ahora me disponía a encontrarme con unos amigos.

—Dígales que llegará un poco más tarde. Me bastará una hora. Al fin y al cabo, doctor Turing —dijo White con sencillez— dispongo de todo el tiempo del mundo.

***

Cuando White llegó a Zurich sintió que había algo en aquella ciudad vibrante, difícil de atrapar, algo que la infundía una personalidad científica y cultural fuerte. Casi podía imaginarse a grandes pensadores, filósofos y científicos recorrer su calles.

Al cabo de un rato de esperar en la puerta de la oficina de patentes, se encontró con una persona de tales características.

Era aún joven, por supuesto, incluso más que Turing. Estaba en el año 1902 y aún tenían que pasar muchas cosas en la vida de aquel hombre. Él pensaba que sus planes no tenían futuro, y que aquella sería la única vida que le quedaría. Pero White sabía que eso no sería así.

—Discúlpeme, ¿es usted Albert Einstein?

El joven se le quedó mirando y no dijo nada. White ya se esperaba algo así. Sabía de su dificultad para expresarse con los demás.

—Mi nombre es George H. White —dijo extendiendo la mano.

—Perdona, tengo que ir a trabajar —dijo sin más.

White se interpuso en su camino.

—Perdona, Albert —intentó el tratamiento directo—, sólo será un momento. Sé que hoy es tu primer día en la oficina de patentes, pero si me das unos minutos sabrás que es importante.

—¿Qué es lo que quiere?

White comprendió que no sería tan fácil como con los otros casos. Tendría que echarse un farol.

—Albert, sé lo de tu hija. Sé lo que planeas hacer.

—No entiendo a qué se refiere. ¿Quién es usted, es del orfanato acaso?

—Escucha, Albert. Nadie me lo ha contado. Lo sé porque serás alguien muy importante. Importantísimo.

—¿Importante, dice? Ni siquiera he podido obtener el grado de maestro, como mis compañeros. Tampoco consigo trabajar en la universidad, sea de lo que sea. Esto es lo único que he podido encontrar, y por intermedio del padre de un amigo.

—La vida no acaba aquí, Albert. Harás grandes cosas. Pero para que eso sea posible, tienes que acompañarme.

—¿A qué se refiere por grandes cosas?

—Cosas que adorarás hacer. Cosas relacionadas con el álgebra, con los procesos estocásticos, con la velocidad de la luz.

—Ojalá tuviera razón, pero eso no será así. He renunciado a la ambición de entrar en la universidad.

—Olvida la universidad. Olvida a esos papanatas. Yo sé lo que eres capaz de hacer. Por favor, escúchame.

—Ahora no puedo.

—Luego vendré a buscarte. Y hablaremos.

—Usted no es de aquí. Lo sé por su acento. ¿Tiene donde quedarse mientras tanto?

—No te preocupes por mí, Albert —dijo White sonriendo—. El tiempo se me pasará volando.

***

Para buscar al último de sus componentes, White regresó de nuevo al Reino Unido, y pensó cuántos grandes científicos habrían muerto en otros lugares menos prósperos que ese. Sin embargo no regresó al Reino Unido de la posguerra, ni tampoco al de comienzos del siglo veinte; el científico al que buscaba era de una época anterior, tanto que aún era posible condenar públicamente a aquellos que se atrevieran a decir que la Tierra era redonda.

White se limitó a pasear por los bellos caminos del Trinity College y se dedicó a mirar por los pasillos. Lo cierto es que finalmente no tuvo que andar mucho para encontrar a su último objetivo. El motivo era que, sencillamente, su objetivo estaba sentado en un camino cercano al suyo, haciendo dibujos en el suelo que todo el mundo que pasaba esquivaba como podía. Cuando se acercó lo primero que hizo fue mirarlos. No entendía absolutamente nada de ellos. Miró al hombre que los estaba dibujando y supo con certeza que se trataba de él. Su aspecto desastrado, despeinado y hasta sucio no dejaba lugar alguno a dudas.

No tuvo muy claro cómo empezar a dirigirse al que había sido el mayor científico de la historia de la humanidad, pero finalmente fue él quien lo hizo.

—¿Qué es lo que quiere, distraerme? —dijo el hombre mientras seguía haciendo dibujos.

—Lo lamento, señor Newton —respondió White con humildad. Intentó realizar un acercamiento fingiéndose tímido y apocado.

—Si es verdad que lo lamenta entonces lárguese y déjeme en paz.

—Señor Newton, tengo que hablar con usted.

—No es culpa mía si los alumnos no quieren tener clase conmigo.

—No es de sus alumnos de lo que quiero hablarle.

Newton dejó de dibujar y miró a White de arriba abajo. Torció el rostro en un gesto hostil.

—Más le vale no venir de parte de ese estafador de Hooke. Ya le dije que la idea de que la fuerza entre dos cuerpos es inversamente proporcional al cuadrado de la distancia es mía.

White sabía, de hecho, que aquella afirmación era mentira. Newton era un gran científico, pero también un experto en arruinar la vida de los demás, como haría en el futuro con la de Leibniz.

—No vengo de su parte, señor Newton. Necesito que me preste un poco de su tiempo.

—Sea lo que sea, no me interesa —comentó Newton marchándose por el camino.

White comprendió que tendría que recurrir a medidas drásticas.

—Señor Newton, he venido aquí para chantajearle.

Newton se detuvo. No se dio la vuelta, y White no era capaz de imaginar su mirada en aquel momento.

—Repita eso.

—Conozco los estudios que está llevando a cabo. Todo lo referente a la materia y la cantidad de movimiento, así como sus tres leyes.

—¿Ha robado mis notas?

En aquel momento White fue más ágil que Newton y encontró la respuesta perfecta.

—Las perdió en un parque.

White sabía que Newton le creería. Tratándose de un hombre que podía llegar a olvidarse de comer o dormir y que usaba cientos de cuadernos que luego olvidaba dónde había guardado, el engaño era perfecto.

Newton se acercó de nuevo a White, con calma. Parecía intentar contenerse.

—Muy bien, maldito ladrón. Dígame qué es lo que quiere a cambio.

—Quiero que vayamos a su despacho y que me escuche allí atentamente.

—¿Eso es todo lo que quiere?

—Créame, señor Newton, es importante que me escuche.

—¿Importante para quién, para usted o para mí?

—Importante, señor Newton, para el futuro de la humanidad.

2: La explicación

Dios no sólo juega a los dados con el Universo,
sino que a veces los arroja donde no podemos verlos

Stephen Hawking

Cuando Stephen Hawking fue trasladado a aquella sala oscura y mugrienta, al principio no le importó porque acababa de cumplir el que era uno de los sueños de su infancia, viajar en el tiempo. Aquel joven misterioso, G.H. White se llamaba, había vuelto a la habitación, pero no por la puerta, sino usando un pequeño y estilizado vehículo para entrar en ella. Le levantó de la cama, le introdujo con él en el vehículo, ambos colocados como buenamente pudieron, y se marcharon de allí en lo que Hawking comprendió que era una increíble sucesión de épocas ante sus ojos. Sin embargo para ellos, allí dentro, el tiempo transcurría de manera normal.

Se fijó con mirada sorprendida en White, y éste supo lo que quería preguntarle. ¿Cómo lo había logrado?, se preguntaba. ¿Cómo era posible que hubiese creado tal ingenio?

—No es mía —dijo White captando la mirada del científico discapacitado—. Es robada. No se preocupe. Pronto lo entenderá todo.

La sucesión de eras siguió envolviéndoles, y al fin Hawking se dio cuenta de que no estaban avanzando hacia delante sino hacia detrás. Al mismo tiempo que los distintos siglos de la edad moderna y la edad media quedaban a sus espaldas, la máquina misma parecía moverse a lo largo del espacio. De hecho, más que moverse, parecía como si la máquina fuera el único punto fijo del universo y éste se moviera alrededor de ella.

Incluso esta maravilla debe sustraerse a las leyes de la relatividad, pensó mientras proseguían el viaje.

La máquina, finalmente, se detuvo en lo que parecía ser la antigua Grecia. Estaban dentro de un amplio templo, un templo aparentemente silencioso y deshabitado.

White le ayudó a bajar, y le hizo tomar asiento en un sofá que no tenía nada de clásico. Poco a poco, observando el lugar, Hawking vio que estaba lleno de aparatos tecnológicos que eran muy posteriores a esa ilustrada civilización.

Por un momento Hawking se planteó si dicha máquina tendría límite para viajar al pasado, y deseó ir al albor de los tiempos y comprobar por sí mismo las teorías que llevaba tiempo albergando acerca del origen del Universo. Pero apenas podía moverse. Apenas podía expresarse. De hecho, aún no comprendía para qué podía quererle aquel hombre, a un inútil como él.

No, se planteó a sí mismo. No soy un inútil. Mi cuerpo es inútil, pero mi mente es fuerte.

—Ahora debo irme, doctor Hawking. Tardaré bastante tiempo desde mi punto de vista, pero unos minutos desde el suyo.

White entró de nuevo en la máquina y la puso en marcha. La máquina, que parecía un arcaico ingenio si uno no la miraba con los ojos adecuados, comenzó a curvar el espacio-tiempo, tal y como Hawking había supuesto, y desapareció de su vista.

Hawking se limitó a esperar, paciente, pero en realidad la máquina no tardó minutos en regresar. Le bastó unos segundos. Al hacerlo White regresó con otro hombre, alguien a quien Hawking no reconocía. Era aproximadamente de la misma edad que White, y bastante apuesto. Tuvo claro que era también británico.

—Quédense aquí, debo hacer dos viajes más.

White se marchó de nuevo y regresó con un chico también joven, o tal vez incluso más joven que el anterior. Aquel chico procedía claramente de Europa del Este. Tal vez Alemania. Por otro lado, Hawking notó que las vestimentas eran cada vez más antiguas desde un punto de vista generacional.

En el último viaje, White trajo consigo a un sujeto que claramente provenía de una época muy anterior. Su vestimenta era de tiempos medievales, y estaba muy desaliñado. No hacía más que gruñir, pero al mismo tiempo parecía dominarle la curiosidad. Sacó un cuaderno y comenzó a tomar unas notas.

—Antes de nada permítame ayudarle —dijo White poniendo una especie de ordenador junto a Stephen Hawking e instalándole unas gafas aparentemente normales—. Tienen la misma graduación que las suyas propias. Este aparato le permitirá emplear las cejas y los ojos para comunicarse con nosotros, y lo traducirá con una voz electrónica. Sé que ya lleva años practicando este método en secreto, consciente de que no tardaría en llegar el día en que perdería completamente la movilidad. Está programado para adaptarse perfectamente a su lenguaje corporal específico.

‘Gracias —dijo Hawking, maravillado—, aunque preferiría tener acento francés.

—En cuanto a usted —comentó White dirigiéndose a Einstein en alemán—, espero que el inglés no le suponga problema alguno.

—Ningún problema —dijo sin más—. Siempre he pensado que acabaré viviendo en América.

—Ahora tomen asiento, por favor —dijo White señalándoles unos sillones vacíos en lo que él elegía otro frente a ellos. Los cuatro presentes calificaron aquella situación, cuanto menos, de peculiar.

—Bien, ¿ahora nos puede contar de qué modo la seguridad del endemoniado planeta tiene que ver con nosotros?

—Antes de nada las presentaciones. Isaac Newton, Albert Einstein, Alan Turing, Stephen Hawking —dijo señalando a cada persona cuando correspondía.

Para White fue divertido comprobar cómo la sorpresa variaba según cada científico. En Newton no había gesto alguno de interés en los nombres, mientras que Hawking estaba absolutamente anonadado, algo evidente a pesar de su falta de expresividad.

‘Está bromeando —dijo con su nuevo aparato de voz.

—En absoluto. De hecho, el honrado debería ser yo. Ante mí tengo, en esta habitación, a las cuatro mentes científicas más brillantes de la historia del hombre.

—¿Y usted quien es? —interpeló Turing, calmado.

—Al contrario que usted, no soy una de las grandes mentes científicas de la historia de la humanidad. Ni siquiera soy científico. Soy escritor de ciencia ficción.

‘¿Y qué es lo que desea acaso? ¿Escribir un libro que hable de esta experiencia?

—Nada me gustaría más que eso, doctor Hawking. Pero el motivo de que les haya reunido tiene poco de artístico. Cada uno de ustedes proviene de un entorno y una época distinta, y es por ello que tienen distintas expectativas del futuro. El doctor Hawking planea publicar un libro divulgativo, Breve Historia del Tiempo, donde vierta muchas de sus teorías así como otras de grandes pensadores de la antigüedad, algunos aquí presentes. El recién estrenado doctor Turing sabe que pronto se acercará una guerra, y tendrá que prestar grandes servicios a su país, servicios que le llevarán, muy probablemente, a participar en la desencriptación de códigos del enemigo. El doctor Einstein, y le llamo así porque conseguirá ser doctor —dijo dirigiéndose al aludido—, ideará el mismo año de su doctorado algunas de las teorías más importantes de la historia de la física, teorías que ya circulan en su cabeza. Y el señor Isaac Newton, como todos sabemos, lleva tiempo pensando si publicar los Principia Mathematica, y finalmente lo hará, animado por su amigo Halley, siendo considerado por ello el padre de la física, la astronomía y el cálculo, del método científico moderno, y llevando a cabo el que es considerado por muchos el esfuerzo intelectual más colosal jamás realizado por un ser humano.

—¿Por qué nos cuenta todo esto? —preguntó Einstein, intrigado.

—Porque, para su desgracia y la del ser humano, nunca harán nada de lo que acabo de decir. Los Principia Mathematica no verán la luz, tampoco la teoría de la relatividad, ni la máquina de Turing, remozada en el computador. Por supuesto, tampoco lo harán las revolucionarias teorías del doctor Hawking sobre el Cosmos y los agujeros negros. Todo eso que acabo de decir no será descubierto jamás.

—¿De qué está hablando? —replicó Turing—. Yo mismo he leído la obra de Einstein cuando tenía dieciséis años, y no estaba perdida en absoluto.

White no dijo nada. Esperó a que alguno de aquello genios le hiciera la pregunta adecuada. Finalmente fue Einstein el que habló.

—¿De qué clase de futuro viene usted entonces?

—De un futuro horrible, Albert. De un futuro de desesperanza y destrucción que ojalá sólo existiera en la imaginación de algún escritor como yo. Espero que me escuchen porque habrá varias cosas que les sorprenderán cuando las oigan por primera vez.

Tal y como White esperaba, nadie dijo nada, ni siquiera el irascible Newton. Continuó.

—Finalmente, señores, establecimos contacto con otras razas inteligentes. No son marcianos, pero todo el mundo los llamó así porque Marte fue el planeta en el que se asentaron. Al principio pensábamos que eran amistosos, pero no tardamos en darnos cuenta de que no era así. Nos atacaron, y nos defendimos. Con una vehemencia inusitada. Pero nuestra tecnología nada podía hacer contra sus poderosas armas. No teníamos apenas vehículos de combate, ni más armas de fuego que rudimentarias escopetas de pólvora, ni tampoco podíamos volar como ellos.

‘Usted no viene del futuro —dijo Hawking de repente—, usted viene del pasado.

—Lo que ocurre, doctor Hawking, es aún más complicado que eso. No tardé en plantearme por qué nos atacaban con una tecnología tan compleja cuando éramos presa fácil para ellos.

Parecía como si estuvieran preparados para hacer frente a una humanidad más poderosa que nosotros. En aquella época de crisis formaba parte de un comité de escritores de ciencia ficción designados por los gobiernos de la Tierra para descubrir qué estaba pasando. Tras mucho esfuerzo, logramos introducirnos en una de sus naves. Yo mismo me ofrecí voluntario en aquella misión, dado que mis conocimientos podían resultar útiles. Allí dentro encontramos esta máquina —dijo señalando a la máquina del tiempo—. No como la ven ahora, sino más adaptada a la biología de los invasores.

—De modo que cambiaron el curso de la historia —aseveró Turing.

—Así es. Los marcianos nos cogieron por sorpresa y nos atacaron, pero logré escapar utilizando la máquina. Tras muchos viajes fallidos comprendí que el futuro del que vengo no es el que debería ser. Deberíamos ser tecnológicamente poderosos, con armas capaces de aplastar a los invasores, pero ellos habían viajado a nuestro pasado para matar a aquellos sujetos que serían cruciales en nuestro progreso. Múltiples investigaciones me llevaron hasta ustedes, eso y una base de datos en la máquina que recogía los principales acontecimientos que había alterado con su presencia. Stephen Hawking fue eliminado antes de hacer públicos sus descubrimientos acerca del Universo; Alan Turing no pudo desarrollar los principios de la computación, un elemento crucial para desarrollar nuevas tecnologías; Albert Einstein no llegó a desarrollar la bomba de Hidrógeno, un artefacto capaz de matar a millones de personas, ni tampoco a postular involuntariamente los fundamentos de la teleportación cuántica; y por último, para asegurarse del todo que el trabajo estaba hecho, los marcianos acabaron con Isaac Newton, sin cuyos trabajos prácticamente ninguna de las teorías modernas de la física, matemática o computación tiene sentido.

—George —preguntó Einstein, dirigiéndose también a White por su nombre—, has mencionado que crearé una bomba que matará a millones de personas…

—No hubieras sido el creador material, sino tus teorías, pero una carta tuya al presidente Roosevelt le hubiera puesto sobre el aviso de que era posible hacerlo.

—Pero yo soy pacifista, nunca hubiera deseado hacer algo así.

—Si hay algo que he aprendido viajando en el tiempo, Albert, es que todo en la historia está sujeto a cambios, y el ser humano no es una excepción. Eran tiempos de guerra cuando escribiste esa carta, y la guerra afecta profundamente a los que la viven en primera persona.

‘¿Entonces estamos vivos porque nos recogiste?

—Se puede decir que sí. Al menos, de momento.

—Entonces —interrumpió Newton— todo ya ha acabado, ese futuro del que viene ya no existe.

—No, señor Newton, sí que existe. Ustedes ya no existen en el futuro, han desaparecido misteriosamente de la corriente temporal, y por tanto la humanidad sigue indefensa, incapaz de hacer nada contra los marcianos. De hecho nos están buscando a lo largo del espacio y el tiempo, y por eso estamos escondidos en este templo helénico. Pero ellos temen viajar al pasado y alterar demasiado los acontecimientos. Un desliz podría provocar la aparición de un nuevo Isaac Newton o un nuevo Albert Einstein.

—¿Qué es lo que podemos hacer entonces? —preguntó desesperanzado Turing.

—¿Se lo pregunta acaso? Ustedes son cuatro de las mentes científicas más lúcidas de la humanidad. Por separado han hecho cosas increíbles. Juntos pueden ser imparables.

—Pero ya no tenemos nada por lo que luchar —dijo Einstein de repente—. Hemos dejado atrás nuestras familias y nuestras ilusiones.

—No deben pensar en eso. Si les sirve de consuelo, no les esperaba un futuro agradable a ninguno de ustedes. El doctor Hawking, además de ver agravada aún más su enfermedad, se divorciaría de su mujer, se casaría y se volvería a divorciar otra vez. Las relaciones familiares tampoco serían el punto fuerte de Albert, que apenas tendría contacto con sus hijos. Por otra parte, el doctor Newton pasaría una fuerte crisis ya que su trabajo nunca sería reconocido mientras estuviera con vida.

Hawking miró a White y le éste le devolvió la mirada sin palabras. Sabía que lo que White había dicho de Newton era mentira, pero calló. La vida futura había sido benevolente con Newton. Se hubiera convertido en presidente de la Real Sociedad Británica y uno de los personajes más influyentes de su tiempo. Hubiera relegado al olvido la carrera científica de numerosos colegas como Robert Hooke y se habría hecho con el codiciado puesto de Director de la Real Casa de la Moneda, puesto desde el que hubiese llevado a cabo una brutal campaña contra la falsificación de monedas que habría llevado a la horca a incontables hombres. Sí, Newton hubiera sido un tirano monstruoso, despótico y cruel, por lo que en el fondo era mejor para su alma arrancarle de ese futuro.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó nervioso Turing.

White miró a Hawking.

‘No tiene por qué saberlo —dijo éste.

—Quiero saberlo —replicó Turing. Quiero saber qué me hubiera pasado.

White suspiró.

—Tras haber prestado servicios al Reino Unido venciendo a la máquina alemana de codificación llamada Enigma, en 1952 hubiera sido detenido y acusado del delito de homosexualidad. Le habrían dado dos opciones, o la cárcel o la castración química, y hubiera elegido la segunda. De ese modo se hubiera sometido a un durísimo tratamiento con estrógenos que hubieran provocado efectos secundarios como impotencia, gran aumento de peso y aparición de mamas. Dos años después de la condena, en 1954, hubiera aparecido muerto, y junto a usted una manzana mordida que estaba envenenada con cianuro.

Todos los presentes callaron. Newton fue el primero en hablar de nuevo.

—¿Qué es la homosexualidad?

Miró a Turing, profundamente afectado.

—Entiendo —dijo infiriendo el significado de la raíz latina—. Por el santo y único Dios…

Nadie añadió nada. Aquel era un tema tabú para las sociedades respectivas de prácticamente todos los presentes.

—Volviendo a lo que estábamos —dijo White tratando de recuperar el hilo de la conversación—, deben luchar no por sus deseos personales, sino por la humanidad al completo. ¿Acaso desean que este sea el destino de los suyos? Todo lo que investigan, todo lo que sus cerebros estaban a punto de descubrir, inventar o modelizar se perderá para siempre junto con la historia de su especie.

—Si quieres que luchemos —dijo Einstein de repente—, necesitamos conocer al enemigo. Necesitamos saber cómo es.

El rostro de White se puso pálido como la cera.

—No puedo hacer eso.

‘¿Hacer qué?

—No puedo llevarles a mi tiempo. No aún.

—Escucha, idiota —replicó Newton—, lo que dice el chico alemán me parece bastante razonable. Tenemos que conocer la magnitud del problema si quieres que hallemos una solución.
White se levantó de su asiento y se acercó a la máquina. Apoyó una mano sobre una de sus múltiples barandillas y bajó la cabeza, apesadumbrado.

—De acuerdo. Les llevaré a una base que establecí en mi propia época durante uno de mis viajes. Vendrán uno por uno. Les llevaré en el mismo orden en que contacté con ustedes.
Uno a uno, los cuatro científicos subieron a la máquina e hicieron un viaje similar al de ida pero con un destino bastante diferente. Los cuatro se fijaron en que la mano de White temblaba mientras ajustaba y manejaba los complicados controles del vehículo que había robado.

Uno a uno, los cuatro científicos bajaron de la máquina, salvo Hawking que fue recostado en un sillón similar al del templo griego, y llegaron a su destino, una sala oscura y mugrienta pero llena de aparatos de múltiples épocas, desde palancas arquimedianas hasta instrumentos de metal más sofisticados. La luz se filtraba por agujeros en una pared. Casi todos los materiales eran de la misma época del propio Newton. No había hormigón sino piedra, y algo que podía identificarse como un vago análogo del ladrillo.

—¿Dónde estamos? —preguntó Newton.

—En lo alto de una de las pocas torres de la ciudad que quedan en pie, creo —dijo White, aún asustado.

—¿Qué ciudad y época es esta?

—Esta ciudad es Madrid, mi ciudad, y este año —prosiguió mientras encaraba a Hawking contra la pared— es el año 2007.

‘¿Por qué me lleva aquí? —preguntó el científico lisiado.

—Porque de ese modo todos —dijo agarrando el brazo de una especie de persiana y tirando de él poco a poco— podréis ver el mundo en el que vivimos.

La persiana rudimentaria subió y quedó al descubierto un paisaje nocturno bañado en ruinas. Aquello no podía ser considerado del todo como una ciudad, ya que había más edificios derrumbados que en pie. Pero en todo caso, se veía que había sido una ciudad considerablemente grande.

Había miseria por todas partes. A Newton le recordó los tiempos de la peste negra, pero mucho peor. Hawking pensó en los campos de concentración de la Primera Guerra Mundial. Turing y Einstein, más jóvenes que sus dos compañeros, no habían visto antes nada así.

La mano de White dejó al fin de temblar. Pero sabía que el riesgo no había pasado.

—De modo que este es el futuro que nos espera —dijo con más tranquilidad—. Puedo entender que estéis desanimados en este momento.

—Yo no estoy desanimado —dijo Newton de repente—. Yo estoy enfurecido.

—¿Enfurecido? —dijo White sorprendido.

—Se han aprovechado de nuestra ausencia para crear un mundo infernal. Nos han manipulado. Y odio ser manipulado. Yo hago lo que quiero y cuando quiero. Esto —dijo señalando el horizonte— no debería haber ocurrido al menos hasta el 2060.

—¿Qué hay de los marcianos? —preguntó Einstein de repente. Se sentía raro empleando esa palabra imprecisa para referirse al enemigo.

—No quiero aventurarme a decir nada apresurado, ya que puedo haber provocado alteraciones en el tiempo importantes al rescataros de vuestro destino, pero si todo está como lo dejé, deben vivir en Marte y aquí han dejado un pequeño ejército. Es posible que debáis ir a Marte a luchar contra ellos. Y yo no podré ayudaros.

—¿Por qué motivo? —se apresuró a preguntar Turing.

Aún buscan la máquina robada. Mi sola presencia aquí, y la de la máquina, compromete este lugar. Debo abandonaros, pero viajaré al futuro para comprobar cómo avanzan vuestros planes. No os sorprendáis si no me notáis cambiado en absoluto, ya que para mí apenas habrán pasado unos segundos.

‘Te esperaremos aquí —se limitó a decir Hawking.

—Adiós, guardianes del saber —dijo White antes de entrar en la máquina y marcharse.

Los cuatro científicos se quedaron un rato mirando el espacio vacío que antes ocupaba la máquina del tiempo, pensando.

—Los Guardianes del Saber no es un mal nombre para nosotros —dijo Turing de repente.

Newton y Einstein le miraron e hicieron algún comentario, pero Hawking no dijo nada. Turing se acercó a él.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

‘Pensaba que tengo que remodelar mis ideas acerca de los viajes en el espacio-tiempo y su relación con el segundo principio de la termodinámica —dijo mientras movía las cejas y el ordenador traducía esos movimientos.

3: Los preparativos

Las máquinas me sorprenden con mucha frecuencia

Alan Turing

Lo primero que aquellos cuatro hombres venidos de distintos lugares y momentos hicieron fue revisar el lugar donde estaban escondidos, para tener una idea de cuánta materia prima podían emplear. La primera buena noticia vino cuando vieron que la mayor parte de las plantas de aquella primitiva torre estaban llenas de armatostes rescatados en el tiempo, presumiblemente por White. Había varios tipos de instrumentos de medición, algunos de los cuales ninguno de los presentes había visto nunca antes. También había cientos de artefactos que no tenían ni idea de para qué podían servir. En muchas de aquellas indagaciones Hawking hacía de guía improvisado por las solitarias y oscuras estancias de la torre, ya que al ser el que provenía de la época más moderna también era el que más fácilmente podía reconocer algunos de aquellos aparatos, pero más de una vez echaron de menos la presencia del viajero del tiempo.

Sin embargo aquellos hombres no eran llamados genios por capricho o por casualidad. En poco tiempo lograron entender muchísimos de aquellos aparatos. En especial Turing reveló una capacidad de comprensión de las máquinas sorprendente. No era de extrañar tratándose de alguien que aprendió a leer por sí solo en apenas tres semanas.

Al tiempo que realizaban exploraciones del lugar, los Guardianes del Saber comprobaron que tenían una despensa de comida suficiente para meses y meses. Podían pasarse allí todo el tiempo que hiciera falta aclimatándose. Pero las primeras discusiones surgieron.

—Debemos compartir todo esto con la gente de fuera —dijo Einstein mirando al exterior desde una de las altas ventanas—. No hace falta ni que salgamos de aquí para darnos cuenta de ello

—Adelante, compártelo —le animó Newton—. Ofrece comida a toda esa gente que vive en un estado de inanición casi permanente y entrarán aquí y saquearán todo esto hasta que no quede una sola piedra en pie. Les habrás ayudado durante unas semanas y luego todo seguirá igual.

Los demás no dijeron nada. Sabían que Newton tenía razón, a pesar de la dureza de sus argumentos. Más adelante, no tardaron en nombrarle el líder del grupo, ya que poseía la frialdad suficiente como para poder tomar otras decisiones del mismo estilo.

De ese modo los Guardianes del Saber decidieron encerrarse ahí dentro mientras se preparaban para el mundo exterior. De White habían aprendido que los humanos que actuaban en nombre de los marcianos no poseían tecnología más allá de la pólvora, las armas blancas y los explosivos, pero que eran un ejército tan numeroso que cada uno de ellos debería valer por decenas de hombres si es que pretendían hacerles frente. Tras mucho pensarlo decidieron que mejor que cada uno de ellos valiera como decenas de hombres, uno solo valdría como cientos. Por otro lado, otro de ellos debería ser rápido, o al menos difícil de atrapar, y un tercero se encargaría de la defensa. Por último, el cuarto daría las órdenes sobre los otros tres.

De ese modo los científicos se pusieron manos a la obra. El primer paso para lograr su objetivo consistía en poner al día sus notas. Cada cierto tiempo se asociaban en parejas y mantenían complicadas y encendidas discusiones de cara a mejorar las ideas que cada uno de ellos tenía en mente. La primera regla era que ninguno de ellos diría a los demás qué era lo que habrían desarrollado de haber habido un futuro distinto. Saber de antemano el trabajo hubiera supuesto un lastre para cada uno de ellos. En aquel momento, y lo sabían muy bien, tenían la posibilidad de alcanzar un listón más alto que el que habían tenido hasta entonces frente a ellos.

Una de las colaboraciones más fructíferas fue la de Albert Einstein y Stephen Hawking. Siendo como eran dos científicos con ideas similares y una pasión común, desarrollaron una moderna teoría de la relatividad y del origen del Universo que superó y mejoró en muchos aspectos a la que habían desarrollado por separado. Hawking por fin comprendió aquellas supuestas violaciones de las leyes de la física clásica que tanto le preocupaban. En el caso de Einstein, la comprensión fue aún más notable. Logró reconciliarse con la mecánica cuántica, a la que al principio consideraba una rama extraña y absurda de la física, y llegó no sólo a comprender el fenómeno de la teleportación a grandes distancias, sino que pudo desarrollarlo por sí mismo en laboratorio, no a escala microscópica, sino a escala material. Al fin y al cabo, pensaba, el viajero del tiempo podía hacer lo mismo con su excelente máquina, pero de hecho él no estaba aparentemente sujeto a los límites de la velocidad de la luz.

Otro de los artefactos que inventó fue un atractor, que conectado a un simple generador eléctrico permitía atraer o repeler objetos a voluntad. Aquel aparentemente sencillo aparato escondía en su interior uno de los mayores descubrimientos de la ciencia: cómo juntar las cuatro fuerzas elementales del universo. El atractor convertía la fuerza eléctrica en fuerza gravitatoria, y de ese modo se demostraba que sólo había una fuerza elemental, ya que la nuclear fuerte, nuclear débil, eléctrica y magnética ya habían sido unificadas, como les dijo Hawking.

Turing pensó que Einstein había alcanzado la cumbre de la física, explicar todos los fenómenos con una sola teoría. Se planteó si podría él hacer algo parecido con las matemáticas.
‘No te molestes —dijo Hawking acercándose a él, ya que le habían construido entre todos un sistema que le otorgaba mayor movilidad—. Kurt Gödel demostró en un artículo en 1931 que todo sistema como mínimo tan complejo como la aritmética siempre contendrá en sí mismo afirmaciones que no podrán ser deducidas mediante las reglas que lo definen.

—Pero quizá haya algo que pueda decir al respecto.

Hawking sabía que así era, ya que Turing no sólo mejoraría esa demostración, sino que para hacerlo crearía la máquina de Turing, un sencillo artefacto que sin embargo encerraba el secreto de los ordenadores modernos y la inteligencia artificial. Pero el pacto era no decir nada, ya que el conocimiento de sus límites podía imponer barreras a sus objetivos.

Hawking no tardó en darse cuenta de lo acertado de esa decisión. Turing descubrió un ordenador entre todos aquellos aparatos y, aun sin electricidad para encenderlo y sin saber que él mismo había creado los fundamentos de tal aparato, diseñó nuevos ordenadores a los que llamó ordenadores cuánticos. Dichos ordenadores no usaban la electricidad para funcionar, sino el sistema de teleportación inventado por Einstein y Hawking. El resultado fue tan increíble en términos de velocidad y eficiencia que Hawking jamás hubiera soñado con ver algo remotamente parecido, y Turing empezó a aprovecharlo para alcanzar su otra gran meta, la construcción de inteligencias artificiales.

Newton fue al que más le costó ponerse al día, pero su cerebro, excepcional incluso entre cerebros excepcionales, le permitió asimilar siglos de avances científicos en pocas semanas. No sólo comprendió las correcciones que se habían introducido en sus principios de la mecánica, sino que pronto él mismo dedujo las mejoras, como la mecánica analítica y celeste. Por otro lado no tardó en postular las leyes básicas de la mecánica de fluidos y en resolver la mayor parte de los problemas que aún eran desconocidos en la época de Hawking al respecto. De ese modo Newton comprendió en su totalidad el siempre escurridizo comportamiento de los fluidos poco viscosos como el aire, entendió a la perfección los fenómenos de las turbulencias y las capas límite, y decidió dedicarse al diseño de una nave que les pudiera transportar.

Al cabo de unos pocos meses, los Guardianes del Saber estaban al fin preparados para salir y ver el mundo exterior.

***

No solía llover mucho en la ciudad, pero cuando lo hacía la lluvia se dejaba notar. Solía ocurrir de noche, cuando todo el mundo estaba escondido en los edificios que quedaban en pie, o bien trataba de protegerse en las ruinas de los que habían caído, siendo muchas veces sepultados debido a la carga excesiva que suponía el peso extra del agua.

Los soldados Rockmols, sin embargo, tenían que seguir con su rutina habitual de patrullar las calles. Ya podía llover o hacer un calor infernal que era preferible soportar las órdenes a enfrentarse a la cólera del delegado de los marcianos. Es por eso que aquellos hombres buscaban posibles insurrectos y los ejecutaban sin piedad con sus armas de pólvora. Muchas veces no encontraban a nadie sospechoso, pero dado que el delegado era desconfiado por naturaleza y podía llegar a sospechar incluso de ellos, solían elegir a un pobre desdichado al azar, le disparaban por la espalda y luego llevaban el cuerpo a la fortaleza alegando que era un esclavo Olie que había tratado de escapar.

Aquella noche estaba a punto de ocurrir algo similar. Tres de aquellos perros de presa veían que la noche pasaba y no tenían ningún sacrificio que ofrecer. Se acercaron al escondrijo más cercano en su ruta en busca de carne fresca. Nada más avanzar en esa dirección escucharon gritos y vieron huir a gente, pero no aumentaron la velocidad. Sabían por experiencia que siempre quedaba algún rezagado.

En ese caso el rezagado era un niño Olie de apenas unos ocho años. Pensaron que era perfecto. Al delegado le agradaba que se erradicara a los insurrectos desde su misma infancia.

Le pusieron de rodillas en el suelo y uno de ellos se dispuso a disparar.

De repente hubo un destello y el arma desapareció literalmente de sus brazos. Los tres soldados miraron a s alrededor y vieron a un chico joven que tenía el arma en la mano.

—No es muy noble disparar a alguien por la espalda —dijo Einstein mirándoles desafiantemente.

Sin mediar palabra los otros dos soldados dispararon una descarga de pólvora en su dirección, pero Einstein se desvaneció como si nunca hubiera estado ahí.

—Tendréis que apuntar mejor —dijo desde sus espaldas.

Los soldados se disponían a recargar de nuevo sus armas cuando fueron atacados por un extraño enjambre de pequeños insectos de metal. Los insectos se alejaron y empezaron a revolotear alrededor de Alan Turing, que se colocó al lado de Einstein.

—Entregaros y el delegado será benevolente —mintieron los soldados, sabiendo que aquellos extraños no eran de allí.

—No hace falta ser un endemoniado genio para saber que nos mataría como habéis intentado hacer con aquel chico —dijo Newton desde el otro lado—, del mismo modo que no hace falta que seáis unos genios para que comprendáis que estáis rodeados.

Los soldados miraron a ese sujeto mal vestido e incluso sucio y pensaron que contra él sí podrían hacer fuego. Apuntaron y dispararon, pero los pequeños insectos de Turing fueron más rápidos, se interpusieron en la trayectoria de los miles de perdigones y ni uno solo dio contra Newton.

—¿Os rendís ya?

Los soldados no dijeron ni palabra. Se limitaron a seguir recargando las armas.

—De acuerdo, vosotros lo habéis querido. Hawking…

Inicialmente no hicieron caso de las palabras de Newton, pero se detuvieron poco a poco al ver la enorme silueta robótica de casi tres metros de altura que se recortaba detrás de él, provocando un ruido infernal cada vez que golpeaba el suelo para avanzar.

—Os presento a nuestra artillería pesada —dijo Isaac Newton cuando el doctor Stephen Hawking, cubierto por una colosal servoarmadura biónica que podía manejar a la perfección con el simple movimiento de los ojos, apareció de forma clara y nítida frente a ellos.

4: La verdadera explicación

Platón es mi amigo, Aristóteles es mi amigo, pero mi mejor amiga es la verdad

Isaac Newton

Después de aquel enfrentamiento con los soldados, los Guardianes del Saber tuvieron muchos otros. Siempre fueron furtivos, de pequeña escala, pues querían conocer poco a poco al enemigo y no llamar demasiado la atención, además de practicar sus habilidades. Pronto vieron que en efecto habían logrado ser un equipo equilibrado, especializados en la fuerza, la defensa, la velocidad y las decisiones respectivamente.

Poco a poco, también, lograron recabar información del delegado de los marcianos. Se trataba no de un marciano sino de un humano, un traidor que había hecho un pacto antes que ningún otro con el invasor y, probando ser de máxima confianza para el enemigo, le asignaron la tarea de vigilar lo que ocurría en la Tierra mientras la drenaba hasta su mismo núcleo. Al parecer había dividido a los esclavos humanos en dos castas, los Olie y los Rockmols. Los primeros vivían a la intemperie, sobreviviendo como podían y sin ser conscientes del todo de lo que estaba pasando. Los segundos estaban asentados en la fortaleza del delegado, donde salían para patrullar y controlar a los primeros.

Del mismo modo y por extensión ocurría en el resto del mundo. La humanidad se había convertido en vigilante de sí misma, ganado de una raza dominante. Pero eso era algo que ellos no podían permitir. Algo, de hecho, que no debían permitir.

Más o menos por aquel entonces fue cuando finalmente White reapareció en la torre. Nada más hacerlo comprobó que había sido remodelada en una base de operaciones que contaba con energía propia y poderosos aparatos de tecnología ultramoderna. Aquello era muy distinto del almacén de trastos inútiles que él creía haber almacenado.

—Veo que no habéis perdido el tiempo —dijo dirigiéndose a los cuatro científicos y caminando por la base, mirando por todas partes, desde los insectos de Turing, descansando tranquilos sobre una mesa, a la magistral armadura de combate de Hawking.

‘Desde tu punto de vista acabas de irte de aquí, ¿verdad? —preguntó Hawking.

—Así es. No pensé que avanzarais tan deprisa, de lo contrario habría venido antes por aquí.

‘Necesitamos que nos hables del delegado de poder de los marcianos.

—¿Delegado de poder? —dijo White extrañado.

—¿No te suena acaso? —preguntó Newton.

—Os dije que al traeros se introducirían perturbaciones. Una de ellas ha debido ser ese sujeto. En mi mundo, sólo había marcianos que se habían quedado aquí en representación de los suyos.

—Pues ahora tenemos un nuevo enemigo —comentó Turing.

Einstein permaneció callado. White sabía que estaba pensando algo importante. Todos esos genios pensaban siempre en algo importante, al menos importante para ellos.
—He estado investigando acerca de la posibilidad de viajar en el tiempo —preguntó de repente— y aún no sé cómo es que nosotros no hemos sido eliminados por los cambios de los acontecimientos pasados. No en vano, al eliminar a Newton de la historia, no poseemos el fundamento para desarrollar ninguna de nuestras futuras teorías.

‘Ya lo hemos discutido antes. Somos materia y energía, y puede que sea necesario reformar los principios de conservación de masa y energía mecánica, o puede que no. Aún tenemos que trabajar mucho al respecto.

—Yo no soy científico, Albert —dijo White—, y por tanto no conozco el funcionamiento de la máquina, sólo que funciona y que es detectable mientras esté mucho tiempo aquí. Es por eso que debo irme cuando antes. Pero antes de hacerlo, ¿tenéis algún plan?

‘Eso estamos discutiendo —dijo Hawking.

—No hay nada que discutir —comentó Newton irritado. Vamos a atacar la fortaleza del delegado, y es una orden.

‘Yo creo que deberíamos ir a Marte y atajar el problema de raíz. ¿Qué cree usted, White?

—Mi opinión no vale mucho dado que no conozco a ese delegado, pero desde un punto de vista estratégico, si atacamos el origen del problema, éste desaparecerá. Ahora tengo que dejarles, pero volveremos a vernos. Suerte.

White desapareció en su máquina, y los cuatro científicos se quedaron solos con la duda flotando en el aire.

—Atacaremos la fortaleza, entonces.

‘No estoy de acuerdo —dijo Hawking.

—Stephen, intenta razonar —dijo Turing tratando de ser conciliador.

‘No. Quiero escuchar vuestra opinión.

—Cada uno tenemos una función —volvió a decir Newton—, y la mía es dar las órdenes. No seré tan idiota de hacer oídos sordos si creo que alguien tiene una idea mejor, pero creo que este no es el caso.

—¿Por qué crees que no es buena idea? White lo creía.

—White sabe menos de este nuevo mundo que nosotros ahora mismo. En realidad quieres ir a Marte para viajar por el espacio.

‘Claro que quiero viajar al espacio, pero con el traje puedo hacerlo en cualquier momento, no necesito arriesgar el pellejo en mitad de una misión. Es más, no os necesito a ninguno de vosotros —dijo acercándose a la armadura. Al cabo de varias órdenes verbales, los complicados engranajes se cerraron alrededor del científico víctima de la esclerosis lateral amiotrófica y se puso en pie, caminando con pasos ruidosos hacia la ventana.

—Espera, Hawking, somos un equipo —dijo Einstein.

‘Pues no lo parece —respondió Hawking mientras apretaba un botón y la ventana descendía. Activó los cohetes de sus pies y salió volando. Durante unos segundos se le pudo ver en el horizonte, pero no tardó en desaparecer del campo de visión de todos los presentes.

—Maldito sea el día en que le instalé esos trastos en los pies —exclamó Newton mirando por la ventana.

***

La fortaleza del delegado era un bastión enorme, grande como una ciudad en sí misma, llena de murallas y recovecos por donde los Rockmols vigilaban a todo aquel que pudiera acercarse. Desde el punto de vista de los Olie era un mundo inexpugnable, y los Rockmols se sentían invencibles allí. Si veían pasar aunque fuera a un Olie lo suficientemente cerca, le disparaban sin piedad.

Sin embargo, cuando vieron aquella extraña nave a medias futurista a medias medieval dirigirse hacia ellos a toda velocidad, lo único que el instinto les permitió hacer fue lanzarse al suelo presas del pánico.

El aparato construido por Newton atravesó las murallas no sin sufrir considerables daños y aterrizaron en lo que parecía un enorme patio de armas. Decenas de soldados armados comenzaron a rodearles.

—Esto no empieza bien —dijo Newton para sí mismo—. Hawking era el que debería haber desmantelado las defensas exteriores, y no esta burda maniobra sustitutiva. ¡Einstein, Turing! —ordenó.

Los Rockmols estaban cada vez más cerca. Cada vez había más y ya formaban un círculo alrededor del cráter dejado por el estrepitoso aterrizaje de la nave.

Albert Einstein asomó por la parte superior de la nave. La mayoría de los Rockmols esperaron, pero algún valiente trató de dispararle. Los insectos de Turing detuvieron el impacto.

Einstein llevaba una especie de guantes en las manos. Conectó unos interruptores y transformó la energía eléctrica en energía magnética, repeliendo a todos los atacantes. Acto seguido, cuando aún estaban saliendo despedidos, transformó la energía magnética en potencial gravitatorio y los atrajo hacia ellos, cayendo desmayados la mayor parte de ellos en el acto.

Aún quedaban unos cuantos soldados en pie cuando apareció al fondo uno que parecía tener mayor rango que los demás. Hizo un gesto y todos bajaron las armas.

—Por aquí, señores —dijo señalando a los tres científicos.

Newton sabía cuándo cesar la batalla, y bajó el primero de la nave. En cuanto los tres lo hicieron, los insectos de Turing los envolvieron, por si acaso alguien efectuaba un disparo a destiempo.

Caminaron por enormes pasillos, propios de un rey, hasta llegar a ver al fondo lo que parecía una especie de sala del trono. La estancia era tan amplia y brillantemente diseñada que la voz del delegado, aún lejos, ya reverberaba y llegaba hasta ellos.

—Bienvenidos, señores. Debo decir que no esperaba que llegaran tan lejos y tan pronto.

A medida que llegaban al lugar, Newton, Einstein y Turing vieron a un hombre ya mayor, con barba recortada y gafas, mirándoles con gesto divertido. Ya en el rostro de ese hombre vieron algo conocido, pero no fue eso lo que les puso sobre aviso.

Lo que les puso sobre aviso fue que el trono en el que estaba sentado era igual que un artefacto que ya habían visto antes.

—White —dijo Newton enfurecido—. De modo que es usted el delegado de los marcianos.

—Digamos que si lo quiere ver así, sí —comentó el aludido.

—¿Qué quiere decir? —comentó Einstein, que prefería escuchar antes de razonar, ya que luego sacaría sus propias conclusiones.

—Quiero decir, señores, que todo lo que les he contado no era más que una estratagema. En realidad no hay marcianos en la Tierra. No hemos contactado con inteligencias alienígenas, por desgracia. O tal vez por fortuna.

—¿Entonces de dónde proviene este mundo? —preguntó Newton, aún no acostumbrado a las paradojas temporales.

—Este mundo es su creación, señor Newton. Ustedes lo han hecho posible. Al acompañarme, dieron nacimiento al mismo. En realidad, creo que les debo una explicación algo más larga, si me permiten.

—Le escuchamos —dijo Newton paciente, pensando que hablaba con un igual.

—En realidad yo, además de escritor, también soy científico. Inventé esta máquina del tiempo, para ser más exactos, pero nunca se lo conté a nadie. La usé para conocer el pasado, presente y futuro, y decidí que deseaba conquistar el mundo y convertirlo en un reflejo de mi imaginación. Poco a poco comprendí que si eliminaba la ciencia del mundo podría manipularlo a mi antojo. En realidad, cuando visité el futuro con ustedes, hacía apenas poco tiempo que sabía cómo era el nuevo año 2007. Cuando les llevé a la época helénica para hablar con ustedes aproveché para habilitar una torre llena de artefactos para mantener el engaño. Después de estar con ustedes en esta época fui adelante en el tiempo, comprobé sus avances y tomé nota de sus comentarios acerca de su enemigo. Ustedes no lo sabían, pero ese enemigo era yo, o más bien sería mi yo del futuro. Tras eso simplemente volví atrás en el tiempo y me presenté como un enviado de esos marcianos de los que les había hablado. Dado el escaso nivel intelectual de este mundo, no me fue difícil convencerles. Dividí el mundo en dos castas y poco a poco lo fui dominando, gracias a mi habilidad de moverme a través del espacio y el tiempo.

—¿Pero quién es usted?

—Lamento decirle, señor Newton, que mi verdadero nombre no le dirá nada, ya que usted llevaba muerto siglos cuando yo nací. Pero en cuanto a sus compañeros… por favor, doctores. No me digan que creyeron que esto era Madrid. Estamos en Londres. Por otro lado, marcianos, una máquina del tiempo, dos castas de humanos… me tomé incluso la molestia de elegir un escritor español poco o nada conocido para ustedes pero con iniciales muy similares a las mías.

—No puede ser —dijo Einstein de repente—, usted es escritor, no científico.

—Ya he dicho que tenía mis pasiones ocultas.

—¿Usted es H.G. Wells?

—El mismo, doctor Turing.

—Pero usted estaba preocupado por el futuro de la sociedad.

—Sí, eso leí en mis biografías del futuro. Pero siempre albergué pesimismo por el destino del mundo, y no tardé en comprender que es mejor derribar lo que está mal construido que tratar de construir encima de ello. Por eso les eliminé de la historia, y no sólo a ustedes, a otros grandes científicos y pensadores también.

—¿Por qué nos trajo aquí?

—¿Sinceramente, señor Newton?

Newton no respondió.

—¿Qué es un tirano sin unos héroes a los que enfrentarse? Ya de joven suponía que no tardaría en aburrirme en mi mundo conquistado, y ahora sé que estuve tremendamente acertado. Ustedes han sido motivo de admiración por mi parte. No sólo los que me precedieron, también los que tuve ocasión de conocer más tarde, en mis viajes a través del tiempo. Usted debería entenderlo, Newton. Usted, que se convirtió en un tirano despótico sin conciencia ni moral.

Isaac Newton sentía cómo se le volcaba el corazón, y cómo las palabras de Wells se arrastraban por su interior y le revelaban la verdad, que dentro de él existía un monstruo cruel y malévolo. Pero aun así luchó contra ese impulso.

—Yo ya no soy ese Newton. Aquí no tengo que esconder mi religión, ni mis experimentos alquímicos, ni tampoco tengo que rendirle cuentas a ningún rey. Aquí puedo ser yo mismo.

—Como desee. Bien, señores, esa es la verdadera explicación de todo lo sucedido. Y ahora espero que me diviertan, porque las armas que lleva mi guardia personal poco o nada tienen que ver con las que han visto hasta ahora.

Los Rockmols que les rodeaban sacaron unos extraños rifles y les dispararon con ellos. Al hacerlo, los insectos de Turing empezaron a moverse desorientados y los guantes de Einstein soltaron chispas.

—Están indefensos, señores —dijo Wells—. Jaque mate.

‘Nadie está indefenso si puede usar su mente, barbitas —dijo Hawking rompiendo una pared y entrando en la estancia.

—Debes irte de aquí, Hawking —dijo Newton—. Te inutilizarán.

Las enormes manos de la armadura de Hawking agarraron a sus compañeros sin problemas y se encaró con el pasillo.

‘Para eso tendrán que disparar antes.

Activó los cohetes y salieron disparados por los pasillos de la fortaleza hasta llegar en décimas de segundo a las proximidades de la nave. Hawking puso el freno, soltó a sus compañeros, que se estrellaron contra el fuselaje, y Hawking rodó estrepitosamente.

Aparecieron más soldados. No poseían aquellas armas tecnológicas, pero tampoco estaban en el mejor momento para luchar.

Newton, Einstein y Turing se metieron en la nave y despegaron a toda velocidad. Hawking no tardó en seguirles.

Al poco Wells apareció seguido de sus hombres y les vio marcharse a través del agujero que abrieron al entrar.

—Empieza la partida —dijo mientras regresaba de nuevo a su sala del trono.

***

En el viaje de vuelta, y tras explicar lo ocurrido a Hawking y llamarle idiota repetidas veces por haberse marchado, Newton no pudo evitar hacerle la inevitable pregunta desde la cabina de control de la nave.

—¿Estuviste en Marte?

‘Sí.

—No había nada, ¿verdad?

‘No.

Newton no dijo nada, como solía hacer a menudo.

‘Había una belleza inimaginable, un increíble entorno por descubrir. Orbité alrededor de Fobos y Deimos, exploré la superficie del planeta y me maravillé con sus polos. Tras comprobar que aquel hermoso mundo estaba deshabitado regresé a ayudar. Pero no volví con las manos vacías. Volví con esperanza. Porque aunque este mundo está desolado, aún podemos rehacernos en otros.

—Me alegro de que tengas esa esperanza. Guárdala bien porque la vamos a necesitar.

‘¿Por qué dices eso?

—Las sorpresas aún no han acabado —dijo Newton pensando en las armas con las que les habían atacado.

Cuando llegaron a la base, en efecto, se confirmaron sus temores. Estaba en su mayor parte vacía. Wells había regresado no sólo para espiarles, también para comprobar si merecía la pena robarles. Se había llevado casi todo lo que tenían, aprovechando su ausencia, tal vez viajando a ese momento concreto desde el pasado lejano varias veces, poco a poco, día tras día, hasta dejarles sin aparatos de interés.

—Esto no volverá a ocurrir —dijo Einstein—. Ahora Hawking y yo sabemos algo más de teoría de la relatividad. Instalaré sistemas que impedirán que entre de nuevo.

—Él ya tiene en su poder muchos de nuestros descubrimientos —comentó Turing.

—Pero no sabe como usarlos —terció Newton—. Y puede que no lo sepa nunca.

‘Entonces esta será la primera batalla de muchas.

—Así es —dijo Newton—. Rescataremos a los otros científicos que Wells ha desperdigado por el espacio y el tiempo. Y mientras ese tirano siga dominando el mundo, tendrá que enfrentarse contra el poder de los Guardianes del Saber —dijo mirando el horizonte de la era en la que les había tocado luchar.

Fin

Muchas gracias a Miguel Ángel por participar en nuestro Concurso, te deseo la mejor de las suertes amigo.


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En un futuro que no es muy distinto de nuestro presente, el Consejo de Gobiernos dirige con mano de hierro el destino de la Humanidad. Son despectivamente conocidos por la opinión pública como Los Once: los mejores científicos del mundo, cada uno en su disciplina, con diversas y peligrosas ambiciones, tanto políticas como de afán experimentador. Su círculo interno no está exento de envidias, dudas, deserciones e incluso traiciones, y por si eso fuera poco, el resto de sus contemporáneos no piensa dejarles hacer su voluntad quedándose de brazos cruzados. Poco a poco se desarrolla una rebelión que acabará provocando la más imprevisible de las guerras, una que sellará el destino de nuestra especie de manera irremediable, y veremos las primeras consecuencias, los primeros indicios de una terrible y longeva decadencia.

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