Desde Málaga, España, la escritora española Raelana Dsagan, nos complace con uno de sus relatos para participar en nuestro Concurso de Relatos:

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Los Dioses Dormidos

Autora: Raelana Dsagan

Cuando Laedia murió, las estrellas dejaron de brillar; era como si se hubieran apagado todas a la vez, dejando ver lo que había detrás: un millar de estrellas mucho más lejanas, mucho más pequeñas, que parecían moverse en el cielo nocturno como hojas arrastradas por el viento, porque las estrellas que ahora estaban apagadas se veían siempre quietas, inmóviles, como faros vigilantes en la noche.
La oscuridad las rodeaba ahora y ese era el momento más triste, cuando abrían su pecho para sacarle el corazón y disponer el cuerpo sin vida en la cripta del santuario, junto a las carcasas de las otras sacerdotisas que la habían precedido.
El corazón nunca se enterraba, porque el corazón de una sacerdotisa nunca dejaba de latir. Debía unirse a las estrellas, seguir su propio camino y alumbrar el mundo desde el cielo. Los pequeños acólitos, torpes figuras achaparradas de brazos cortos, lo envolvían en un paño blanco y lo llevaban a la más alta de las doce torres del santuario, aquella que siempre había estado oscura, hasta en el principio de los tiempos. Allí, sobre un pequeño recipiente de madera, depositaban el corazón para que pudiera volar hacia las estrellas. Ninguno de ellos sabía qué le ocurría al corazón de la sacerdotisa difunta, tampoco les importaba. Sólo hacían lo que les habían ordenado hacer.
Las cinco sacerdotisas restantes miraban ahora el sillón vacío de Laedia. Las cinco se cubrían el rostro con finos velos de noche, negros y turbios, que no dejaban distinguir sus facciones. Las cinco se cogían de las manos, en silencio, y volvían sus cabezas hacia ese cielo en el que ninguna de las estrellas familiares brillaba. Ninguna sabía por qué hacían eso, sólo era un torpe remedo de algo que no conocían, que les habían inculcado los dioses y que realizaban de forma monótona, sólo porque era lo que debían hacer.
Alcistea se soltó de pronto, rompiendo el círculo, sus manos cálidas contrastaban con las de las demás, tan frías. Se arrancó el velo que ocultaba sus facciones y lo dejó caer al suelo, mostrando un rostro surcado por las lágrimas, un rostro pálido y triste donde sólo destacaban los ojos, verdes e intensos. Alcistea estaba allí por elección propia, era la única que había elegido. Las demás no lo hacían. Eran los dioses los que señalaban con el dedo para que los siguieran, pero hacía mucho que los dioses se habían marchado y ahora eran ellas las que debían elegir una sucesora. Ese era el momento en el que tendrían que salir y buscar entre los cuerpos metálicos, que sólo las miraban si una de ellas señalaba con el dedo. Era lo que habían hecho todas las veces anteriores, sólo que ya no había más cuerpos metálicos a los que señalar.
Cuando las damas llegaron del cielo, el abuelo de Alcistea aún no había nacido, los abuelos de sus abuelos eran pequeños entonces y de ellos provenían las historias que contaban cómo habían bajado del cielo aquellas figuras, de metal brillante y largos brazos, que cabalgaban sobre altos caballos de metal con grandes hocicos que horadaban el suelo. Entonces eran muchas, incontables, como también eran muchos los pequeños acólitos de cuerpos achaparrados que se movían entre ellas, sirvientes sin piernas que andaban sobre ruedas y no emitían sonidos. Construyeron el templo en pocos meses, en medio del desierto. Las doce altas torres que se perdían más allá del cielo y donde ninguno de los antepasados de Alcistea había entrado jamás. Las historias habían pasado de generación en generación y contaban que las estrellas también habían llegado con ellos.
En aquel entonces brillaban once de las torres, la luz parecía subir y bajar, se descomponía en los colores del arco iris, parecían estar vivas y sus antepasados se pasaban horas escondidos contemplándolas. Ahora sólo brillaban seis de las torres y la luz era blanca y monótona, largos cilindros fluorescentes que relucían en la noche. Alcistea sabía que eran las sacerdotisas las que se encargaban de que brillaran, poniendo sus manos sobre un panel de metal, presionando los salientes que se hundían en él cuando los tocaba. Ahora una de las torres era suya, Alcistea había aprendido todos los rituales, todas las variantes, llevaba muchos años estudiándolas, conociéndolas. Ahora era una de ellas pero, en el fondo, sabía que por mucho que se esforzara nunca lo sería del todo.
Su pueblo había observado a las damas que bajaban del cielo y habían temido acercarse a ellas, les resultaba fácil esconderse en el desierto, lo conocían bien, sabían moverse con las dunas y permanecer ocultos entre la arena. Ocultos y en silencio, así las observaban. Ellas no parecían darse cuenta nunca de su presencia o, si acaso los veían, a ellas no les importaban más que los lagartos que se tumbaban al sol. Alcistea recordaba tiempos pasados, cuando era pequeña y caminaba al lado de su abuelo, dejando que sus pies se hundieran en la arena; su abuelo le había enseñado a moverse con el desierto, a tumbarse en la arena y a quedarse muy quieta hasta que su cuerpo quedaba casi cubierto y parecía dorado, como la tierra. Esperaban hasta que el cielo se oscurecía, las estrellas empezaban a brillar y era entonces cuando llegaban las damas, avanzaban con sus caballos a través del desierto, los poderosos hocicos perforaban hasta el centro de la tierra que, a veces, se revolvía asustada y temblaba. Las damas caminaban a veces entre los caballos, cuando se detenían; pronto Alcistea comenzó a distinguirlas de las sacerdotisas.
Las sacerdotisas cubrían sus esbeltos cuerpos de metal con túnicas de plata y nunca subían a los caballos. Señalaban y los movimientos monótonos de las damas cambiaban de dirección. Eran órdenes. Alcistea pensaba que los dioses que ella nunca había visto debían ser así. Altos y vestidos de plata. ¿Existieron de verdad aquellos dioses? No estaba segura, las historias se habían transmitido de generación en generación, pero la memoria de los ancianos flaqueaba a veces entre lo que sabían y lo que imaginaban y Alcistea no creía en todo lo que le contaban.
A su alrededor todo era triste, los ancianos morían, los jóvenes enfermaban con el agua turbia que ahora llegaba de los ríos, las damas se detenían de pronto y se dejaban caer al suelo, nadie se atrevía a tocarlas. Sólo las sacerdotisas parecían inmutables, sólo ellas se movían y señalaban, sólo ellas podían apagar las estrellas y traer oscuridad a la noche.
Alcistea las miraba desde lejos, aquellas torres altas donde no podía entrar, aquel mundo mágico que cada vez interesaba menos a su pueblo pero que a ella le fascinaba.
Una noche, las torres habían permanecido oscuras, las estrellas no relucían en el cielo y Alcistea dejó de esconderse. Se acercó a ellas, avanzando entre los hocicos de las grandes moles de metal que habían detenido su avance, esperando la llegada de las sacerdotisas. Las damas también esperaban, esbeltas con sus cuerpos de metal, Alcistea pasó entre ellas, buscando a las sacerdotisas que ahora se cubrían con paños negros. Sabía que su cuerpo era blando y débil, dorado como la arena, tan distinto al de ellas, pero tenía los brazos largos y había pasado muchas horas observándolas, había aprendido a moverse como ellas, a imitarlas, podía pasar junto a los acólitos sin que se dieran cuenta de la diferencia, podía pasar junto a las damas sin que nadie notara extraña su presencia. Entonces no sabía que cada uno de ellos tenía una tarea que realizar y que no miraban nunca a los demás.
Sólo las sacerdotisas miraban, sólo las sacerdotisas buscaban. Entre las damas elegían a la siguiente que las acompañaría y le darían la túnica de plata. Y la elegida sólo tenía que seguirlas y obedecer su nueva rutina, porque siempre era todo igual.
Eran pocas, cada vez menos. Sus abuelos referían que, cuando habían llegado, las damas eran incontables y tan parecidas que era imposible distinguir a unas de otras. Ahora, en cambio, Alcistea las diferenciaba a todas, les había puesto nombres y se preguntaba qué se sentiría al tocarlas y qué pensarían de ella si la descubrían observándolas. Por eso, cuando vio que las torres no tenían luz esa noche, cuando dejó de contemplar las estrellas del cielo, salió a la vista de todos y se acercó a ella, a Laedia.
Podía reconocerla a pesar de que cubría su rostro con el velo negro. Era la más alta, sus movimientos eran siempre lentos, como si tuviera que pensarlos antes de hacerlos, era la sacerdotisa que más se alejaba de las torres, la que más veces veía caminando entre los acólitos y los caballos de metal, sus ojos eran negros y nada se reflejaba en ellos. Ahora que la tenía tan cerca le parecía más alta aún de lo que había imaginado, podía distinguir sus facciones a través del fino velo de gasa que la cubría, se dio cuenta de que sus ojos eran facetados como los de una avispa, que su boca era una fina línea que parecía dibujada sobre el metal y que nunca se abría, no pronunciaba palabras. Laedia extendió uno de los brazos hacia ella y la señaló, era la indicación de que la siguiera. Alcistea sabía lo que tenía que hacer, lo había visto más de una vez. Avanzó con la cabeza alta hacia las torres, detrás de la sacerdotisa.
Ninguna de las damas que quedaba se quejó, ninguna dijo no reconocer a la desconocida como a una de ellas, todas volvieron a sus quehaceres mientras las sacerdotisas volvían al templo, oscuras con sus largos vestidos negros.
Le enseñaron cual era su torre, le dieron una túnica de color plateado, la instruyeron en los ritos que llevaban a cabo todo los días y descubrió que los dioses que adoraban tenían nombres que ella no era capaz de pronunciar. De las estrellas bajaba el alimento de los dioses, bajaba el agua fresca y clara, un sonido, un nombre, hasta seis distintos, uno por cada una de las torres apagadas, como si los dioses siguieran estando allí. Alcistea se preguntaba si las sacerdotisas se daban cuenta de que los dioses no estaban.
Ahora era ella la que paseaba entre los acólitos, la que presionaba el metal saliente de los caballos cuando se detenían, aunque no siempre se ponían en marcha de nuevo. El desierto estaba ahora cubierto de esqueletos metálicos, pues cuando morían los dejaban ahí, a la vista, en el lugar donde habían caído. Alcistea pensaba que era adecuado, el desierto se encargaría de enterrarlos poco a poco, hasta que la arena volviera a ser la dueña del mundo. Sólo a las sacerdotisas las llevaban a la cripta. Alcistea terminó comprendiendo que no era por ningún motivo especial, simplemente no habían recibido ninguna orden para los cadáveres de los demás.
Sólo los dioses daban órdenes, pero los dioses no estaban allí, se habían marchado y no regresaban. Ahora era ella una de las seis, se cubría con la túnica plateada y sus pasos avanzaban junto a los de sus hermanas. Sus abuelos contaban que al principio eran doce, seis dioses que avanzaban delante y seis sacerdotisas que los seguían detrás, después los dioses se fueron y las torres se apagaron, las sacerdotisas seguían caminando, haciendo lo que les habían ordenado.
Alcistea se preguntaba por qué no rezaban pidiendo que volvieran.
***
El recipiente colgaba sobre un precipicio y estaba sola. Ella era la única de las preferentes originales que seguía en funcionamiento. Sólo habían traído seis réplicas del modelo X2Y y, aunque el modelo N7V podía suplirlas en gran parte, no tenían la complejidad de programación de su modelo. Era capaz de notar la diferencia y eso la hacía una verdadera preferente, el resto no lo notaba, no percibían los matices, obedecían, tenían un nivel aceptable de autonomía, pero su capacidad de respuesta estaba muy mermada. Eso era lo que la hacía diferente, lo que las había hecho ser elegidas para sustituir a los creadores cuando estos desaparecieron.
Sabía que estaba muerta, pero no entendía dónde estaba. Sentía la madera a su alrededor, notaba como se balanceaba el recipiente, mientras ella mandaba impulsos eléctricos para que sus brazos se agarraran al borde, pero sus brazos no actuaban, era como si no los tuviera. Sus sensores no percibían calor a su alrededor, como cuando era de día, sus cuerpos no estaban preparados para caminar de día, el extremado calor de ese mundo afectaba sus circuitos, por eso las preferentes sólo salían de noche.
X2Y-Z11, ese era su número, impreso en la carcasa de metal que debía estar ya en la sala de desechos, vacía, observada por el resto. Su carcasa hubiera debido ser engalanada con flores y hojas secas, como hacían los creadores, pero allí sólo había arena. Había dispuesto en la sala de desechos a los seis creadores, sus cuerpos frágiles no permanecían allí, se deshacían. Los cuerpos de las preferentes perduraban para siempre, el metal dejaba de brillar y se oxidaba, pero no desaparecían. Sabía que habrían extraído el cilindro de Oxiritron de su pecho y que lo habrían llevado a la torre. Uno de los satélites estaría esperando el momento para recogerlo, todo se aprovechaba. La energía que aún llevaba dentro serviría para aumentar su luz y entonces ella ya no sería ella. Estaba muerta.
No debería estar repasando cada uno de los pasos que tenía que seguir el que había sido su cuerpo. Algo no iba bien. Sentía que todavía tenía cuerpo, que tenía extremidades que podía mover y que no era luz brillante, como lo eran ahora el resto de las preferentes que habían dejado de funcionar. ¿O sería siempre así? ¿Seguiría sintiendo que tenía cuerpo aunque pasara a formar parte del satélite?
Hizo un amago de extender la mano hacia el borde del recipiente, un último impulso eléctrico que no sirvió para nada, estaba programada para eso, para analizar y reaccionar. El recipiente se movía cada vez más, balanceándose como una barca. Quería llamar a las otras, pero las preferentes nunca subían hasta allí. Ya no podía dar órdenes, ya no la obedecerían. Sólo Alcistea correría hacia ella, pero Alcistea no era capaz de entender los impulsos eléctricos que sí podría mandar a los demás, y ahora, por mucho que lo intentaba, no conseguía acceder a la base de datos del transmutador de códigos. No era seguro que la comprendiera, Alcistea no siempre entendía las traducciones, era frágil como los creadores, no obedecía, no entendía, curioseaba, por eso la había elegido. X2Y-Z11 era la última preferente, estaba programada para reaccionar.
La muerte llegaba poco a poco, lo había visto en las demás y ahora lo comprobaba en sus viejos engranajes. Había sentido cómo los brazos se agarrotaban y chirriaban cada vez que se movían, sus piernas se negaban a caminar, los sensores se apagaban o se iluminaban cuando no debían. Eran los síntomas, los había visto muchas veces, sólo los creadores hubieran podido arreglarla, sólo los creadores eran capaces de abrir su cuerpo y hacer correr de nuevo los impulsos eléctricos por sus cables de forma correcta; pero ya no había creadores, se habían descompuesto en la sala de desechos y ella sólo podía seguir cumpliendo sus órdenes, eternamente.
Miraba a Alcistea y su memoria la comparaba con las grabaciones que tenía de ellos. Alcistea curioseaba, tocaba sin saber qué estaba haciendo, se distraía, incapaz de mantener la concentración. Las miraba a todas con sus ojos verdes y brillantes, como si tuviera pequeñas estrellas atrapadas en ellos. Tocaba los brazos y buscaba los engranajes, pero sus apéndices eran torpes y no sabía reparar lo que estaba estropeado. Le parecía que había sido la elección correcta, pero, con el tiempo, había incorporado a su base de datos una nueva información. No se es un creador sólo por tener la piel blanda.
Alcistea tenía voz, era la única que la tenía. Los sensores transformaban su voz al sistema binario que ellos comprendían. Ellas podían trasladar también sus órdenes a voz, que salía por los altavoces, distorsionada, confusa, muchas veces incomprensible. Alcistea no sabía que podían oírla, ni que la entendían, que la obedecerían si alguna vez se atrevía a dar una orden. Durante todos esos años había esperado que la diera pero nunca lo había hecho, podía haber sido un creador pero sólo intentaba aparentar que era una más.
Algunos satélites habían dejado de producir luz, sus computadoras ya no emitían señales, debían estar muertos, como ella. Aún quedaban algunos en el espacio, girando con el planeta, luces fijas, cercanas, perennes, que a veces podían verse incluso de día, no parpadeaban como las estrellas, no se movían como lo hacían ellas. Formaban siempre el mismo dibujo en el cielo nocturno. A veces miraba el cielo y veía a uno apagarse, incapaz de hacerle llegar la energía que lo mantenía funcionando, otras veces eran las grúas las que dejaban de moverse. La habían programado para darse cuenta de que las cosas iban mal, le habían otorgado cierta capacidad de reacción, pero no tenía la mente de un creador, no podía hacer que las cosas volvieran a funcionar, no podía plantearse alternativas que no estuvieran recogidas en su base de datos. Su memoria virtual repasaba una y otra vez los datos que tenía de los creadores, recordaba sus reacciones cuando algo salía mal. Las voces se elevaban y se distorsionaban en un discurso incomprensible, salía líquido de sus ojos, aumentaban su producción de energía interna, para ella eran reacciones caóticas y sin sentido, pero que a ellos los llevaba a una resolución. No podía imitarlos en eso, sólo podía coger el legado que le habían dejado y tomar las decisiones respecto a la información que tenía. No sabía si las decisiones que había tomado eran las correctas, ni si las había tomado cuando ya era demasiado tarde.
Ya no podía hacer nada, ahora estaba muerta. Podía dejar de pensar, de reaccionar, ahora era sólo Oxiritron que daría energía a alguno de los satélites que quedaba en funcionamiento.
***
Le costaba respirar, la altura la mareaba, sentía la presión en su cabeza. A su alrededor sólo había vacío. Una plataforma metálica por la que caminaba intentando que el viento que soplaba a su alrededor no la hiciera caer. No había nada a lo que agarrarse, tan solo un pequeño recipiente de madera que se balanceaba entre dos postes metálicos en el centro de la plataforma. Dentro estaba el corazón, latiendo, siempre latiendo. Avanzó hacia él con pasos firmes, preguntándose por qué no era de metal como todo lo demás que la rodeaba. Todo era de metal excepto ella misma y aquel pequeño recipiente.
Llegó hasta él y puso su mano sobre el corazón, era un cilindro estrecho y alargado, estaba frío. Se preguntó si su corazón sería igual que ese, oscuro, gris, frío. Hubiera deseado que fuera así.
***
Sentía sobre ella la mano del creador, agarrándola, sosteniéndola, una mano grande y blanda que la cubría completamente, ya no percibía el resplandor de las estrellas lejanas. El rayo de tracción incidiría en la madera vacía y no encontraría nada que llevarse, la madera era el aislante que impedía que siguiera descendiendo hasta tropezar con la plataforma de metal. Era una distorsión en la rutina pero no se preocupó, el creador era el que decidía su destino.
***
Alcistea miró el cielo, el cielo negro que ya no estaba cubierto de luces brillantes, las estrellas continuaban apagadas, el recipiente de madera se balanceaba, movido por el viento, pero ahora Alcistea sujetaba el corazón en la mano. El cilindro alargado había comenzado a brillar débilmente. Observó cómo algo bajaba del cielo, un largo hilo plateado que parecía terminar en forma de garra y que se introdujo en el cuenco de madera, lo observó durante unos minutos, después el rayo despareció, como si el viento se lo hubiera llevado. Había roto el ritual, el corazón seguía con ella, no había subido a las estrellas.
Bajó de nuevo, nerviosa, con el corazón brillando en la mano, sin saber porqué lo había hecho, quizás porque sin Laedia se sentía sola.
Abajo la esperaban las cuatro, la miraban a través de sus velos negros, desconcertadas al cambiar la rutina habitual. Alcistea las ignoró y bajó a la cripta, donde el cuerpo metálico de Laedia reposaba sobre una plancha metálica, abrió la carcasa e introdujo de nuevo el corazón en el pecho. El cadáver chirrió un segundo, pero no se movía.
Las cuatro habían bajado detrás de ella, parecían esperar algo. Alcistea pensó que no podían entenderla, ni sus compañeras ni los pocos parientes que le quedaban, escondidos entre la arena sin atreverse a acercarse a ella. No podía hacer nada, sabía que las estrellas se apagarían, que ya no había más damas entre las que escoger una nueva sacerdotisa. Ella sería la última, la sacerdotisa del corazón rojo.
Cerró la carcasa y acarició la deslucida piel metálica, que hacía años que no brillaba. Los dioses habrían sabido qué hacer, pero ella no sabía, sólo podían seguir la rutina, salir a la noche y caminar por aquel cementerio de metal. Volver al amanecer, solas.
La noche siguiente sólo se iluminaron cinco de las torres.
A la siguiente vio un niño jugando entre los altos caballos de metal que ya no se movían. No lo reconocía, llevaba demasiado tiempo alejada de sus parientes. El niño huyó al verla, pero se detuvo un instante a mirarla, como si dudara de lo que estaba viendo. Alcistea se estremeció, sintió miedo.
Las cuatro sacerdotisas se situaron delante de ella, en actitud protectora, era algo que no habían hecho nunca. Alcistea tuvo que buscar en sus recuerdos, recordar las historias de sus abuelos, aquellas viejas historias que no creía del todo. Y oyó al niño gritar asustado: «¡Los dioses han vuelto!»
Alcistea extendió los brazos hacia el niño, sorprendida al entender sus palabras, quiso correr hacia él, gritarle que ella no era un dios, pero sus movimientos eran ahora bruscos, llevaba demasiado tiempo intentando ser una de ellas. Las sacerdotisas no tuvieron ninguna dificultad en sujetarla. No le hacían daño, sólo le impedían echar a correr.
***
N7V-422 era ahora la más antigua de las preferentes, su orden se transmitió a las otras unidades: Proteger al creador.
***
Alcistea se dejó llevar de nuevo hacia las torres, sin poder reaccionar. Las puertas se cerraron tras ella herméticamente, sabía que no se volverían a abrir. Bajó a la cripta, donde el cuerpo de Laedia emitía chirridos de vez en cuando, como si intentara mover los engranajes de su cuerpo, sin conseguirlo.
Se sentó a su lado y empezó a rezar, rogando a esos dioses desconocidos que volviera.


Fin

Muchas gracias a Raelana por su participación, le deseo la mejor de las suertes en el Concurso, y espero que esta solo sea la primera de muchas colaboraciones para la Cueva 😀
Si quieres leer mas de Raelana Dsagan, puedes consultar su blog Escrito en el Agua.
Las esculturas en la imagen pertenecen a Heather Jansch

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