Desde los Teques, estado Miranda, vuelve Ermanno Fiorucci para participar nuevamente en el Desafío del Nexus:

francesca-nun

Laura Evangelista

El Dr. Gustavo Pérez Rodríguez le aclaraba al escéptico colega Zane Crosby: —Escúchame, Zane,  tu escepticismo no me extraña, sin embargo no quisiera que tu imaginación te empuje a cruzar los límites. Yo también, en su momento, estuve ganado por la idea de saber algo más. He transcurrido muchas horas delante de aquella urna de cristal; he observado ese cuerpo tratando siempre de convencerme, que frente a mi tenía, aunque extraordinario, solo un pedazo de humanidad escapada del polvo destructor del tiempo y no una joven mujer dormida en espera, quizás, de una misteriosa señal para despertar… La ciencia no ha podido explicar la razón por la cual después de quinientos años ese cuerpo se mantiene intacto… la fe, en cambio da una explicación posible…

En memoria a la Venerable

Madre María de San José

Abril 1967 (Brevis prooemium)

No interrumpió la plegaria, ni siquiera cuando las Hermanas comenzaron a desfilar delante de su camastro. Entrecerró algo más los ojos, en su intento para comprender mejor la última escena que se le presentaba, conformada por las blancas figuras iluminadas por un rayo de luz rojiza, que se filtraba a través de la pequeña ventana abierta hacia el crepúsculo.

A pesar del insoportable dolor, la suave brisa de la tarde, que se colaba hacia el centro de la celda y que, poco a poco, armónicamente, en un siseo sigiloso, agitaba las capas impolutas de las hermanas, y hasta lograba rozarle el rostro y la frente descubierta. A ella no le molestaba, por el contrario sentía como si fuese la primera bienvenida de su Señor con la cual trataba de aliviarla para que pudiese concentrarse de una manera más absoluta en la plegaria que la acompañaría en su viaje jubiloso hacia su auténtica Morada Celestial.

El Padre Capellán, ubicado a los pies del camastro, oraba.

¡Su jergón convertido ya en su yacija!

De pronto, casi con vergüenza, tuvo conciencia de lo que le faltaba para cumplir con el ritual del traspaso; con un enorme esfuerzo movió la mano invitando a la Madre Superiora, que estaba erguida a su lado, a acercarse.

La Madre Consuelo de la Cruz se dobló hasta que sus labios casi tocaran la frente sudorosa de la moribunda. Sus ojos se detuvieron sobre las líneas de aquel rostro devastado por el sufrimiento, en la palidez de sus mejillas hundidas, en el reverberante esplendor de sus ojos febriles, y, un poco más abajo, en el Crucifijo de madera que apretaba sobre su pecho firmemente y, sin embargo, con manifiesta ternura, en comunión heroica con el sacrificio consciente.

La Madre Superiora tenía los ojos llenos de lágrimas cuando, casi con sorpresa, escuchó la voz débil de la Hermana moribunda y de inmediato prestó atención:

—La paja y la ceniza… — Un susurro y la voz se apagó.

—Pero Hermana… — exclamó la Superiora. El Padre Capellán la interrumpió de inmediato:

—Reverenda Madre, haga lo que la Hermana le pide…

Un gesto de la mano y dos figuras blancas se movieron hacia la puerta de la celda escondida en la penumbra.

El silencio solo estaba roto por los rezos murmurados a flor de labios por las monjas allí reunidas.

Ya en la celda había caído la noche y la única luz la proporcionaba aquel trozo de cielo rojo que la pequeña ventana regalaba y, poco a poco, fueron encendiéndose los cirios que sostenían las religiosas que ahí se encontraban y este fue el único movimiento hasta la llegada de las dos Hermanas que sostenían sus capaces delantales llenos de hojarasca y paja. Se acercaron a la angosta ventana y comenzaron a acomodar el follaje en el piso como si fuera un colchón. Al concluir la tarea esparcieron la superficie con ceniza murmurando como en un rezo: memento homo quia pulvis es et in pulvis reverteris

Con mucha delicadeza unas manos levantaron el ligero cuerpo de la moribunda y suavemente lo depositaron sobre ese colchón vegetal.

La Madre Consuelo de la Cruz se arrodilló acercando de nuevo la cabeza a la de la moribunda:

—Hemos cumplido tu deseo, Hermana. ¿Estás contenta?

Los labios temblorosos se abrieron para mostrar una tímida sonrisa y con gran esfuerzo movió la cabeza afirmando.

—Hermana, ahora que estás a punto de emprender el gran viaje hacia la lejana y prometida Morada Celestial, una vez allá arriba ¿te recordarás de nosotros? Y ¿cuidarás de todas las almas que necesitan el auxilio de nuestro Señor?

La sonrisa se hizo más abierta. Claramente se escuchó su respuesta:

—Sí, Madre.

La Madre Consuelo de la Cruz giró la cabeza hacia sus Hermanas reunidas en la celda, quienes seguían rezando con hipnótica monotonía:

—La Hermana se va para reunirse con Su Señor — dijo sencillamente y luego volvió a mirar el cuerpo tendido en el piso sobre el improvisado lecho vegetal.

En ese momento, rompiendo el respetuoso y sereno silencio, se escuchó, extrañamente segura y penetrante, la voz de la moribunda:

—Me alegré y recibí con agrado todas las cosas que me han sido dadas en este mundo al cumplir Mi sagrada misión… Ahora debo ausentarme… he sido llamada y debo presentarme en la Casa Celestial de mi Señor. — Dicho esto abandonó totalmente la cabeza sobre la paja.

La Madre María de la Cruz no pudo evitar quedarse mirando aquel rostro sonriente.

¡La Hermana María de Jesús había expirado!

Mayo 2485 (Nihil sub sole novum)

Detrás de los elegantes arabescos de la reja del porche, que lo resguardaba del asfixiante calor, el doctor Gustavo Pérez Rodríguez observaba el espectáculo imponente de la procesión.

A lo largo de la estrecha y sinuosa callecita, casi oprimida por las casas bajas y calcinadas, subían salmodiando las primeras Cofradías, mientras más abajo, ahí donde se agarraban las últimas casas aisladas a la ladera, la multitud de peregrinos empujaba, subía y bajaba en un continuo oleaje.

—¡Dios santo, ¿cómo pueden efectuar esa actividad con este calor? — exclamó el doctor Zane Crosby — ¡Con este calorón…!

Gustavo miró al amigo y colega con una sonrisa fraterna e irónica a la vez. Crosby era un norteamericano gordo y de cara rubicunda, la enorme mole de su cuerpo, en ese momento, parecía querer reventar la sólida poltrona de mimbres sobre la cual estaba desparramado, mientras agitaba con su mano regordeta un enorme abanico carmesí.

Ramona, prepárenos una limonada por favor, con mucho hielo — ordenó a viva voz el doctor Gustavo Pérez Rodríguez a su ama de llaves.

La voz de Gustavo se perdió en el indefinido murmullo de los salmos de la procesión que llenaban el aire.

—Eso me hará sudar todavía más, Gustavo. Es que el calor es demasiado…

—Bueno Zane, en ese caso tendré que bebérmela yo solo — contestó riendo Gustavo, mientras el amigo trataba de manejar con la única mano libre un enorme pañuelo rojo, con el cual intentaba secarse el copioso sudor de la cara.

—¿Es así todos los años?… Quiero decir ¿a pesar de este enorme calor?

—Así es… y cada año el número de peregrinos aumenta de manera considerable.

Gustavo calló un momento, luego, de pronto, se dirigió hacia su lugar de observación en el porche.

—Ya están casi llegando — informó.

Con un suspiro, Zane se levantó y con pasos lentos y pesados se acercó a Gustavo para comprobarlo.

*

(Fidei fortitudinem)

La subida parecía interminable. También el gris edificio del monasterio parecía inalcanzable. Sin embargo el aire sofocante y el implacable sol no lograban deprimir la atmósfera entusiasta que reinaba.

En aquel mediodía ardiente, las túnicas variopintas de los Cofrades, los bizantinos crucifijos de madera elevados hacia la cegadora brillantez del cielo azul, el resonar de los cánticos y los retoques rápidos de las campanas conformaban un todo con la serenidad monástica del panorama.

Por un instante Zane se sintió invadido por una emoción que jamás había experimentado anteriormente, lo que estaba observando lo percibía tanto más extraordinario en cuanto muy novedoso, al menos para él.

Trató de reorganizar sus ideas e, íntimamente se congratuló por haber sucumbido a la tácita imposición de Gustavo para que pudiese apreciar aquella nueva experiencia: en ese momento se sentía deliciosamente perturbado, tanto que casi no percibía el sofocante calor.

—¿Te sientes bien, Zane?

La voz de Gustavo le obligó a revisar el biotipo del amigo: su aspecto seco y enérgico, ojos oscuros y penetrantes enclavados debajo de las espesas cejas negras… parecía encajar perfectamente en aquella espectacular escenografía. En ese instante se dio cuenta que su cuerpo demasiado robusto y sus escasos cabellos rubios lo ubicaban, de alguna manera, fuera de tono en aquella peculiar atmósfera, logrando, en consecuencia, hacerle más evidente su virtual soledad.

—¿Qué te pasa, Zane?

—Nada, Gustavo… no te preocupes. Estoy solo algo sorprendido y abrumado… un espectáculo como este no admite indiferencia y debo agregar que no hubiese jamás imaginado toparme con una experiencia tan… epidérmica.

Gustavo sonrió tranquilizado.

—Estoy muy contento por haberte acompañado — continuó diciendo Zane. — Hubiese debido recordar que los venezolanos están ubicados entre el grupo de los pocos que todavía poseen la facultad de desconcertar a un producto de la moderna tecnología norte-americana… como yo.

Gustavo compartió la carcajada del amigo.

—Estuve, durante mucho tiempo, convencido que los norte-americanos no estaban en condiciones de comprender ciertas cosas.

Cuando llegaron a la placeta delante de la iglesia, Zane sonrió al notar que los frondosos árboles de apamate proporcionaban una abundante y reconfortante sombra.

—Ahí está el banco que se nos ha reservado — dijo Gustavo indicando un banco de madera ubicado en primera fila frente al altar.

Zane siguió al amigo saludando con amplios gesto de la cabeza a los desconocidos quienes, uno tras otro, a medida que avanzaban, se levantaban para permitirles pasar. Cuando Gustavo le señaló con la mano el puesto que le había sido asignado, Zane se dejó caer sobre el angosto banco desocupado; a su alrededor el murmullo de las plegarias se estaba aplacando poco a poco y parecía que los fieles presentes habían decidido, de común acuerdo, iniciar una plegaria mental.

—Llegamos justo a tiempo —murmuró Zane, dirigiéndose al amigo. —Parece que la ceremonia está por comenzar.

—Efectivamente — asintió Gustavo, señalando la entrada de la iglesia.

Zane se vio de pronto rodeado por un profundo silencio.

Del portón de la iglesia, abierto de par en par, emergían blancas estolas lentamente: la procesión había comenzado. Detrás de los cruceros vestidos de blanco, avanzaban religiosos, sacerdotes, seglares y un grupo de monjas con la cara protegida por un velo.

—Ahí está nuestra Protectora — murmuró despacio Gustavo, dirigiéndose al amigo.

Zane trató de enfocar la mirada directamente detrás de las monjas. Sostenida en los hombros de los Cofrades, una urna de cristal ondulaba lentamente. Los peregrinos estallaron en una ovación entusiasta y la multitud se arrodilló en fervorosa actitud reverente. Zane subió su mano abierta hacia la frente tratando de filtrar los efectos luminosos que el cristal irradiaba a su alrededor, y vio la forma borrosa de un cuerpo confundido en la luz.

Cuando los Cofrades alcanzaron el gran altar situado al final de la placeta, con delicadeza depositaron sobre sólidos caballetes el arca cristalina.

En ese momento Zane podía observarla más cómodamente.

La cabeza velada de la Hermana María de Jesús, de la Orden de La Caridad Celestial, descansaba sobre una almohada de raso bordado, el cuerpo cubierto por el blanco atavío monacal, yacía inmóvil desde ya más de quinientos años en su urna de cristal.

¡Y sonreía!

*

(Scientia dubium, fidem credit)

El doctor Gustavo Pérez, parecía divertido al dirigirse a su colega:

—Tu alteración es consecuencia del hecho que no eres un hombre de fe.

Zane se encontraba curiosamente inmóvil en el centro de la habitación.

—Quiero examinar aquel cuerpo, Gustavo. Quiero tocar aquella frente, aquellas manos. Quiero sentir aquella carne. Quiero saber de qué y por qué aquella mujer murió.

—Muchos quiero, mí querido amigo. Demasiados si resulta ser verdad lo que creo entender. Antes que nada debo recordarte que estás hablando de una monja, y no de una monja cualquiera, de una monja santa…

—Santa o no — interrumpió Zane — no tiene importancia frente al hecho de que aquel cuerpo no puede, después de más de quinientos años, mantenerse en el estado en que se encuentra actualmente. ¡Por Dios, Gustavo, aquella mujer me luce como si estuviera durmiendo!

—La tuya no es una actitud científica, Zane… Después de todo, me permito recordarte que seguimos siendo académicos… De todas maneras yo también quiero contestarte de una forma análoga. Tengo aquí una breve síntesis de las actas del proceso de canonización.

Gustavo se levantó dirigiéndose hacia una de las paredes del estudio cubierta por una gran biblioteca llena de libros. Recorrió por un instante con la vista uno de los estantes y finalmente extrajo un volumen.

—Vamos a ver: Del proceso de la Beata María de JesúsSe interrumpió un momento para pasar algunas páginas. — Bien, fíjate: …extraído de la fosa en la cual estuvo enterrado durante sesenta años, el cuerpo de la Hermana María se presentó a nuestros ojos inexplicablemente intacto. El Señor Perito Alfonso del Nogal, lucía muy asombrado frente al cuerpo, inhumado sin ataúd, según es costumbre en la Orden de La Caridad Celestial, en un terreno muy húmedo, debido a la cercanía de la fuente del claustro, lucía como el de una joven que recién se hubiese dormida. Por el contrario del manto solo se encontró un pequeño trozo que se deshizo al primer contacto manual. De inmediato se la envolvió en una sábano y el cuerpo fue trasladado a la enfermería del monasterio para poder ser examinado, con criterio científico, por el susodicho Señor Perito Alfonso del Nogal

—Ahórrame el resto, por favor, Gustavo. Tú sabes mejor que yo el nivel de credibilidad que esta gente tiene para mí. Por supuesto me interesan todos los detalles y pretendo documentarme analizando las actas originales, pero antes quisiera examinar ese cuerpo.

Pérez cerró despacio el libro y lo volvió a colocar en la biblioteca. Luego regresó a su poltrona se sentó, cruzó las piernas y la expresión de su rostro translucía una seria reflexión.

—Escúchame, Zane, creo entender lo que estás pensando. Tu entusiasmo no me extraña, sin embargo no quisiera que tu imaginación te empuje a cruzar los límites. Yo también, en su momento, estuve ganado por la idea de saber algo más. He transcurrido muchas horas delante de aquella urna de cristal; he observado ese cuerpo tratando siempre de convencerme, que frente a mi tenía, aunque extraordinario, solo un pedazo de humanidad escapada del polvo destructor del tiempo y no una joven mujer dormida en espera, quizás, de una misteriosa señal para despertar. — Calló por un instante como reordenando sus ideas y luego continuó. — Por supuesto ha habido, como sin dudas sabrás, otros cuerpos humanos que se han conservado en el tiempo sin otro artificio que el adquirido por mérito propio, que suelo definir como: El Mérito de La Santidad. Yo también, Zane, he investigado acuciosamente todas las actas originales del proceso y los múltiples peritajes médicos ordenados a lo largo de estos quinientos años… al final todos coinciden en la asombrosa constatación que aquel cadáver está perfectamente conservado en su integridad. De acuerdo a los últimos análisis se pudo definitivamente aceptar que ninguna sustancia específica ha sido jamás usada, en el transcurso de todos estos años, como coadyuvante, y la deducción a la que se llega, y que es la más asombrosa de todas, es que no se ha podido comprobar, verificar o definir, la causa del deceso… por lo menos científicamente. Esta interrogante me ha perseguido por mucho tiempo… y me estuve constantemente preguntando el significado profundo de sus últimas palabras: “Me alegré y recibí con agrado las cosas que me han sido dadas en este mundo al cumplir mi sagrada misión… ¡Ahora debo ausentarme… he sido llamada y debo presentarme en la Casa de mi Señor Celestial...” .¿Cómo se puede hablar de algo místico, tan etéreo de una manera tan humana, tan terrenal, tan tangible? Zane, es como si estuviese diciendo, lo que diría cualquier emigrante que está a punto de emprender el viaje de regreso a patria, “Debo regresar a mi Mundo Celestial y presentarme a la Casa de mi Señor Celestial que me mandó a llamar…” La referencia reiterativa y constante a lo Celestial no parece ser casual o, si prefieres, retórico… Uno percibe que no se está muriendo, Zane… su actitud y enfoque es de la persona que se va de viaje, que regresa a su patria de origen y, en consecuencia, se está despidiendo… pero no definitivamente… Ahora debo ausentarme…” “¡Ausentarme!”Zane, es una cuestión de semántica: ausentarse es mudarse, marcharse, apartarse, alejarse o, en última instancia, separarse, pero habría que estirar mucho el concepto para vincularlo a la muerte que es definitiva y absoluta… la ausencia puede revertirse con la presencia, la muerte no puede revertirse… es irreversible. Con el tiempo el problema se fue hundiendo por su propio peso, cuando comencé a considerar todo el asunto bajo la perspectiva de otro perfil.

—¿Otro perfil? — interrumpió Zane.

—Sí… el perfil de la fe. Encontré que la fe podía darme con extraordinaria claridad y sencillez, la explicación que la ciencia no había podido darme. — Se interrumpió mirando a Zane que se estaba moviendo nerviosamente en la butaca. — En fin, estas son ideas mías… que probablemente no te interesan. De todas maneras, para hacer corto este cuento que es mucho más largo, te diré que no seguí especulando más, en el intento de encontrar una explicación lógica a este problema, en los términos que ahora te están preocupando; por supuesto, por razones obvias, entiendo e, intelectualmente, comparto cabalmente tu posición. Y te aclaro de una vez, que si algunas investigaciones que pretendes emprender y que podrían, de alguna manera, ayudarte a llegar a una eventual solución, por lo menos parcialmente satisfactoria, cuenta con mi apoyo irrestricto. Mañana mismo, si así lo prefieres, podríamos ir al Arzobispado y tratar de obtener más copias certificadas de las actas del proceso.

Crosby sonrió.

—Te agradezco la ayuda y sobre todo… la comprensión.

—No mal entiendas mi posición y mi manera de actuar. Ya te expliqué, con anterioridad, por qué hago todo esto… se trata más que nada de una cuestión que involucra el deseo de cooperar estimulado por el vínculo amistoso y no de una ecléctica y automática solidaridad entre colegas. Sin embargo, insisto en recordarte, que esa mujer ha sido proclamada santa; ten presente siempre los sentimientos de todos los católicos, y no solo de los fieles venezolanos. Si logras obtener algo sobre lo cual trabajar, no fuerce las metas tratando de cruzar los límites… ¿Entiendes lo que te quiero decir? Ten siempre presente que no hay dudas que esa mujer murió y que no existe nada que nos pueda sugerir la razón por la cual una mujer joven, de veintiocho años, completamente sana, fenezca sin una razón aparente. Como ya te he dicho, los últimos análisis serios efectuados han confirmado que estamos frente a un hecho extraordinario, que ni siquiera la presuntamente evolucionada ciencia actual, ha sido capaz de explicar. Solo la fe y las impresiones de los fieles están en condiciones de darnos una respuesta… quizás la única. Es la hipótesis reportada en las actas por los testimonios presenciales de aquel traspaso y que conforma la respuesta definitiva de la Iglesia… y por extensión, de Dios… Zane, aquella monja murió por una causa muy definida… a pesar de lo volátil, posiblemente la única razonable o, si prefieres, digerible: ¡La Hermana María de Jesús murió de amor!

La expresión de la cara de Zane le lució a Gustavo una mezcla de asombro, descarada y a la vez espontánea ironía.

*

(Flos florum)

El pequeño hombre de blanco dejó con calma la última hoja sobre el escritorio, luego se apoyó al estrecho espaldar de la butaca y entrecerró los ojos.

—Santidad…

—Está bien señor Cardenal, está bien; pero a Nuestra salud pensaremos después. — Abrió los ojos y los clavó sobre el delgado clérigo canoso que estaba parado frente al escritorio. — Tenga la bondad de disponer, que a los señores Cardenales y Obispos de la Comisión del Sínodo les sea informado que dentro de una hora — dio una mirada al reloj que tenía en la pared de enfrente — digamos a las nueve de esta misma mañana, se les convoca en Nuestra biblioteca privada.

—¿Esta mañana? Santidad, espero que me disculpe si me atrevo a insistir, pero…

—Por favor, ya puede retirarse, de lo contrario creo, en verdad, que le será muy difícil cumplir la convocatoria a tiempo — sonrió interrumpiéndole el Papa.

Apenas el rojo brillante de la capa cardenalicia desapareció detrás de la puerta, el gran estudio se volvió de nuevo gris y solamente la blanca sotana lucía viva en la penumbra y en el silencio.

Al restar solo, el Papa, presionó el pequeño interruptor de la lámpara del escritorio y se quedó observando las hojas de los informes tendidas cuidadosamente sobre el escritorio, delante de él.

El Cardenal Primate:

… la petición y Su Santidad sabrá comprender que no podía ser ignorada, no solo por su excepcionalidad, pero también por las consideraciones de carácter teológico que una intervención así podría acarrear…

Universidad Central de Caracas. – Rectorado

— por otra parte, los análisis que Su Santidad tuvo a bien ordenarnos directamente, nos orientan para tal pedido. No puede, obviamente, ser nuestro interés crear un problema de carácter teológico completamente nuevo. Nuestro pedido supone, de hecho, una investigación de carácter muy diferente… por otra parte, las medidas de seguridad técnicas, tales como el informe adjunto, que como se pretendió erróneamente afirmar, que pretendíamos humillarle, son teóricamente muy considerables. Las posibilidades de un eventual éxito no pueden ser consideradas mínimas o, en última instancia insuficientes, aun teniendo presente la absoluta novedad de la intervención específica…

La Comisión del Sínodo

… en consecuencia, si son salvadas las formas, esta Comisión no encuentra que un intento exitoso de profundización teológica, no esté exento de verdadera utilidad. Por lo tanto las objeciones presentadas por algunos Hermanos no han sido consideradas suficientes por la mayoría de esta Comisión para lograr relegar el problema…

Uno tras otro volvió a colocar los informes sobre el escritorio- ¿Cuántas veces había vuelto a leer aquellas frases?

En su fuero interno, era casi un presentimiento, sentía otra vez, como siempre, esa enorme e inevitable responsabilidad que suponía el deber tomar una decisión perentoria y definitiva, en nombre de la humanidad.

Se pasó la mano sobre la frente. Sobre el escritorio el pequeño crucifijo de plata, vagamente brillante en la sombra, parecía observarlo mudo; el Santo Padre bajó la cabeza y Le entregó la profundidad de Su soledad.

Cuando entró en la biblioteca, el Papa sintió sobre sí la mirada de todos los presentes. Los bendijo y se sentó. Observó las expresiones en los rostros de Sus Hermanos. Todos revelaban ansiedad más que curiosidad.

—El motivo por el cual estamos aquí lo conocen. Por lo tanto consideramos inútil comenzar con preámbulos. Hemos examinado el Petitorio, hemos analizado acuciosamente los aspectos que la ciencia teológica y la médica nos han presentado. Hemos orado muchísimo. Lo cual es muy importante. Estamos completamente de acuerdo acerca de la legalidad y utilidad del intento.

*

(Veritas revelatur)

El gran corredor de la clínica estaba absolutamente desierto.

El doctor Gustavo Pérez, hundido en una poltrona de la sala de espera, fumaba en silencio. Mecánicamente consultó el reloj.

¡Ya habían pasado cuatro horas!

Se levantó, apagó la colilla en el voluminoso cenicero, luego se dirigió hacia el amplio ventanal en el fondo de la sala. Recorriendo la mirada sobre aquel panorama de cemento, se preguntó con curiosidad como los seres humanos, que ignaros se movían a los pies de la colina, entre esas casas, en todas las casas del mundo, habrían reaccionado si hubiesen estado al corriente de lo que estaba aconteciendo en aquel momento en el quirófano.

¡Además con la aprobación pontificia!

Esta última venia papal, en el fondo de su corazón, Gustavo no lograba aceptarla completamente. Se persignó, como en un intento de buscar ayuda para borrar el pensamiento que le atormentaba.

Miró el reloj. ¡Más de cuatro horas!

Crosby había previsto la duración dentro estos límites, aunque era algo aventurado hacer previsiones para un intento sin precedentes; el mismo Gustavo había sido escéptico al respecto.

Regresó a desparramarse en la poltrona, encendió el enésimo cigarrillo. El ascua del pitillo brilló en la sala que poco a poco iba sumergiéndose en la penumbra de la tarde incipiente, sin embargo antes de que Gustavo tuviese el tiempo de alegrarse, toda la clínica resplandeció gracias a la luz difusa de centenares de lámparas de neón. Pérez fue feliz de poder observar, de todos modos, las brillantes estrellas en el cielo, más allá del ventanal.

¡Ya habían transcurrido cinco horas!

Comenzó preguntarse, ya muy preocupado, si sus presentimientos pesimistas se hubiesen hecho, desafortunadamente realidad… quizás pudo haberse presentado algún imprevisto en el curso de la intervención y todo hubiese lamentablemente fracasado.

Si bien es cierto que Pérez había asumido con actitud estoica el hecho de no haber sido incluido en el equipo médico interventor, no lo era menos que todavía no había logrado eliminar un leve, pero molesto resentimiento, que persistía aun en su interior. Después de todo, se decía, la Madre María pertenecía a su gente, a su pueblo. Había, como él mismo lo había hecho, caminado y corrido, reído y llorado en medio de las piedras y el polvo de aquellas calles que, los individuos que en este momento estaban operando, no habían apreciado y mucho menos vivido, ni siquiera cuando fueron de visita al monasterio. Y él sentía que la Hermana María de Jesús, en el fondo, le pertenecía así como las piedras y el polvo de su terruño.

Quien logró sacarle de aquellos pensamientos fue la informe sombra que se perfiló detrás de la puerta de vidrio. El doctor Zane Crosby, apoyado en el umbral de la puerta, abierta de par en par, apareció y lucía deshecho por el cansancio y la tensión. Se pasó la mano por los escasos cabellos secándose el sudor que le bajaba copioso por el rostro.

Gustavo se levantó como impulsado por un resorte, dirigiéndose hacia el amigo.

—¿Cómo salió todo, Zane?

La voz de Crosby le llegó quebrantada y pegajosa.

—La intervención ha sido exitosa, si nos ubicamos en el marco de las definiciones convencionales.

—Pero ella…

—La Hermana María está muerta…

—¡¿Muerta?! ¿Entonces falló todo? ¿Se presentó algún?…

Gustavo, dije que murió, y eso es verdad… — le interrumpió Zane — pero DESPUÉS.

—Por el amor de Dios, Zane, trata explicarte mejor. ¿Qué quieres decir exactamente?

—Quiero decir que todo funcionó perfectamente, por lo que se refiere a la intervención. Pero al terminar el proceso de reanimación la Hermana María de Jesús abrió los ojos, de pronto, y nos miró fijamente a todos, uno por uno. Nos quedamos, evidentemente, petrificados por la sorpresa…

—¿Se despertó en el quirófano? ¡Pero como puede ser posible algo así! — exclamó Gustavo.

—Sí — prosiguió Zane. — Por un momento todos temimos que aquel repentino despertar entre gente desconocida… — Y sin una razón aparente soltó una carcajada. — ¡Despertar…! — Cuando terminó de reír siguió casi hablando consigo mismo. — Sí, Gustavo, estábamos asustados, pero ella no… ella no lo estaba en absoluto. Nos sonrió, sin temor, sin sorpresa… nos ha sonreído, Gustavo, con afecto y nosotros hemos olvidado totalmente nuestros temores profesionales. Creo que en aquel momento cada uno de nosotros pensó de haber nacido, y de haber vivido, estudiado y trabajado solo para lograr provocar aquella sonrisa. No éramos capaces ya de pensar en las eventuales consecuencias que hubiesen podido afectar desfavorablemente a la paciente: Estábamos petrificados, y a la vez conquistados por aquella sonrisa.

Crosby a este punto se interrumpió de nuevo como siguiendo un recuerdo de una realidad maravillosa.

—Continúa Zane, por favor continúa — apremió Gustavo.

El doctor Crosby miró fijamente al amigo a los ojos, en silencio. Luego bajó la cabeza, y se quedó mirando la tapa de un librito que sacó de su bolsillo

—Después de observarnos habló— dijo levantando la cabeza. También Gustavo, quien había orientado su atención sobre el gesto del amigo, levantó la mirada.

—¿Habló? Entonces la intervención ha sido un éxito total. Entonces…

—Sí habló. Solo unas pocas palabras… La Casa de su Señor, donde ella mora, está en el Cielo… en otra dimensión, que nosotros conocemos y percibimos de manera mística, sin saber exactamente de qué se trata… solo como referencia ética entre los opuestos… premio y castigo … como la Tierra Prometida, el Edén, el Paraíso, etc… Luego una orden o quizás un consejo, para ser precisos. Pues sí… solo pocas palabras, y los número de algunos versículos extraídos del volumen que estás viendo. — Señaló el librito que sostenía firmemente en su mano derecha. — Solo esto, no agregó nada más; nos sonrió de nuevo, cerró los ojos y espiró ya definitivamente.

Dicho esto, Crosby entregó el librito al amigo inmóvil por el asombro. Luego continuó:

—Los versículos los he subrayado en rojo, los encontrarás fácilmente; léelos tú también.

Gustavo paralizado vio al amigo dar la vuelta y encaminarse fatigosamente a lo largo del corredor iluminado. Casi sin darse cuenta sonrió al mirar la ondulante figura de su gordo colega meciéndose informe bajo la luz azulada.

—¡Zane, Zane, espera! — llamó como retomando consciencia. Dejó de llamarlo solo cuando vio al amigo desaparecer detrás de la última puerta de vidrio, sin mirar hacia atrás. No se veía a nadie en los corredores y en los alrededores solo reinaba el silencio.

Bajó los ojos sobre el librito. El título estaba en letras doradas: Apocalipsis de S. Juan. Recorrió frenéticamente las páginas hasta encontrar los versículos subrayados en rojos, como un triste presagio, atrajeron su atención y los leyó despacio:

Y vi cuando el Cordero abrió el sexto sello, y vino el gran terremoto. El sol se volvió negro como tela de silicio y toda la luna se vio como cubierta de sangre, las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra como uno higuera deja caer sus frutos verdes, cuando está sacudida por el viento impetuoso…

Interrumpió la lectura y cerró de golpe el libro. Conocía aquel trozo de memoria y no necesitaba seguir la lectura; los versículos siguientes fluían en su mente con triste facilidad. De pronto se sintió agradablemente tranquilo al recordar:

Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos y todo siervo y todo libre se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes, y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros y escondednos del rostro de Aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

“Por eso durmió tanto,” se dijo “se quedó esperando a quien la despertara.”

Ahora sí podía entender la aprobación del Papa que tanto le había desorientado y hasta, probablemente escandalizado. El Santo Padre sabía o, quizás, imaginaba.

Y él Gustavo, hubiese debido tener más fe.

Una vez más se dirigió hacia el ventanal. Mirando la ciudad tendida a los pies del Ávila, todavía chispeante por las luces como toda la Tierra, no le disgustó saber que la veía solo por poco tiempo.

Trató de pensar al gran encuentro que le esperaba levantando los ojos al cielo.

Lentamente, muy lentamente pudo ver a la gran luna de Caracas crecer, hacerse siempre más grande y asumir ese color rojo sangriento.

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