Ermanno Fiorucci es quien abre nuestro primer Desafío del nexus de 2015 con una magnífica historia

La obsesión de Beta4

Beta4 jamás logró recordar con exactitud dónde o cuándo le sucedió aquello , ni lo que estuviese haciendo en aquel momento específico. Hay cosas que, como la neblina de las serranías y la brisa de los llanos, llegan tan silenciosamente que los sentidos no perciben ese acercamiento. Lo mismo sucede con las ideas: durante algún tiempo la mente se queda en blanco y de pronto ¡ahí está la idea nueva!… ¡El pensamiento nuevo! Y nadie puede decir, o sabe cómo y cuándo llegó.

Así mismo le sucedió a Beta4. El pensamiento nuevo llegó y con él una sensación de incomodidad como si algo no estuviese en su lugar. Miró lo que había a su alrededor: La Ciudad de los Robots. Ahí, en ese pequeño conjunto de edificios de piedra que surgía entre un grupo de hermosas colinas y que tenían como fondo, en la lejanía, las altas montañas, había sido construido y transcurrido toda su vida. Era su mundo, no conocía ninguna otra existencia.

Pero ahora que esta idea nueva, fuerte y vigorosa, se asomaba en él, aquella existencia ya le resultaba extraña y ese lugar no lo percibía más como su casa: estaba totalmente ausente en él ese lógico y racionalmente comprensible sentido de pertenencia. Y, considerando que aquella sensación de incomodidad iba creciendo rápidamente, decidió ir a visitar de inmediato al Técnico.

—Yo no soy un robot —declaró—. Soy un hombre.

Este era su pensamiento nuevo, su nueva idea.

El Técnico trató de imitar un suspiro comprensivo; él también tenía su número y su nombre: se llamaba Alfa3 y era el responsable de la actividad de todos los ochenta robots sistémicos. Siempre habían sido y seguirían siendo ochenta: era una de sus leyes, pero nadie sabía y tampoco se preguntaba el por qué.

Si un robot sufría algunos daños graves y no era posible repararlo, o si la insidiosa enfermedad de la oxidación corroía algunas partes vitales, o si la otra terrible enfermedad, el sulfato cúprico, se insinuaba en el cerebro electrónico originando su destrucción lenta pero segura, el robot enfermo venía desarmado y se construía otro que tomaría su lugar y también su nombre y número. Esas eran parte de las funciones del Técnico quien, en definitiva, determinaría si era necesario reparar o reemplazar al robot enfermo.

El Técnico Alfa3 observó al robot y entendió inmediatamente qué era lo que estaba sucediendo: ¡Beta4 sufría de alucinaciones! En su cerebro había ocurrido algo que dio origen a esa imperceptible mutación; algún contacto electrónico no previsto provocó, en este beta, la idea de ser otra cosa.

Los robots raramente sufren de alucinaciones. La sustancia cerebral construida de acuerdo a la antigua fórmula, se adhería sólidamente a las circunvoluciones y a los surcos. Pero sucedía, a veces, que algo se dañaba, como estaba sucediendo en este caso.

Posiblemente podía corregirse esa extraña alucinación. De lo contrario…

—Mírate un poco y te darás cuenta que cosa eres —le sugirió el Técnico.

Obediente, Beta4 se observó. Echó un vistazo hasta el piso de piedra del laboratorio e inspeccionó sus robustas piernas recubiertas por un plástico grueso, impermeable y resistente a la mayoría de los ácidos; estaban competentemente construidas y articuladas de manera que le permitían caminar, correr y hasta bailar, si sentía el impulso de hacerlo.

Tenía dos piernas porque estas le permitían desplazarse en lugares en los cuales las ruedas no están en capacidad de girar, ni las alas volar; tenía brazos con manos y dedos articulados para poder agarrar cualquier cosa. Y tenía también dos ojos y dos orejas porque la vista y el oído eran necesarios, pero no tenía ni nariz y tampoco boca porque no necesitaba respirar y tampoco ingerir alimentos.

Unas minúsculas baterías, pero muy potentes, le proporcionaban energía y estaba dotado de una pequeña radio de alta frecuencia que le permitía comunicarse a cortas distancias. En la cabeza tenía instalado el material cerebral que dirigía todas sus actividades.

—Mi cuerpo es parecido al del hombre —declaró, una vez concluida la observación.

Había visto, de manera fugaz, a un hombre una vez en las montañas y recordaba su aspecto. A decir verdad no fue una observación minuciosa de esa extraña criatura ya que, al verlo, huyó aterrorizada, pero fue suficiente para poder hacerse una idea de su conformación física.

—¡Piensa en lo que estás diciendo! —rebatió el Técnico en tono especulativo—. Tú eres un robot sistémico y el hombre es un animal integral. Son dos formas que sirven para el mismo fin y pueden parecerse solo externamente, y nada más… Esta es lógica simple.

Beta4 trasladó su peso de una pierna a la otra; ningún robot se sentaba para descansar, no era necesario. La observación del Técnico era lógica, pero…

Su capacidad de pensar estaba turbada; tenía la sensación de que algo no estaba bien, como si alguna cosa estuviese fallando… un examen no logrado, alguna tarea asignada no satisfecha…

—Sé perfectamente que parezco un robot —dijo—. Pero soy un hombre.

—¿Y en qué te apoyas para afirmar que eres un hombre? —Preguntó el Técnico, que comenzaba a perder la serenidad. — ¿Qué cosa específicamente te convierte en hombre?

—Siento que lo soy…

—¡Sientes que lo eres!… ¡El sentimiento es solo un concepto retórico, pero no existe realmente!

—Lo sé —convino Beta4— pero…

—¡Elimina esa alucinación de tu mente! —Aconsejó Alfa3. — De lo contrario tendremos que desarmarte.

Eso significaba que el cuerpo sería desmontado y la caja cerebral removida y disuelta en ácido.

Beta4 no hizo ningún comentario, pero en él nacía ahora un sentimiento nuevo: la rebelión y, como una nube oscura, estaba creciendo la ira en el fondo de su mente.

—Entonces que así sea —declaró.

—¿Quéee? — los ojos fotoeléctricos de Alfa3 alcanzaron la imitación casi perfecta de una expresión de asombro.

—¡Anda a que te diluyan en ácido! —exclamó Beta4 y, doblando los dedos en puño, golpeó con fuerza al Técnico en un ojo.

El otro cayó hacia atrás; estaba demasiado sorprendido para reaccionar aunque después, al asimilar esa incomprensible reacción, hubiese, seguramente, encontrado otras formas de comportamiento. Por su parte Beta4 no abrigaba ninguna intención de quedarse en los alrededores presumiendo su humana reacción y salió corriendo de ahí, porque la idea ya estaba fuertemente consolidada en su mente: “Él era un hombre y las criaturas de la misma especie se buscan. Iría donde estaban sus símiles: los humanos.”

No había muchos, lo sabía. Quizás, como en el caso de los robots, su número estaba limitado a ochenta. Tenía consciencia de que vivían en las montañas, al oeste. Los robots no iban a molestarlos y los hombres dejaban tranquilos a los robots. Entre ellos existía una especie de neutralidad armada y cada una de las partes simulaba que la otra no existía.

“Iré con los de mi especie” pensó. “Me aceptarán por lo que soy”.

Durante todo el día, el robusto cuerpo de metal caminó trabajosamente hacia el occidente, persiguiendo su propia fantasía. Vadeó ríos, escaló colinas, atravesó bosques en los cuales los árboles crecían altos y copiosos. Los animales salvajes que habitaban aquellos parajes le olían los talones, pero Beta4 seguía sin fijarse en ellos porque él solo buscaba al hombre.

Llegó a un amplio altiplano y trepó sobre los escombros que, mil o diez mil años antes había sido, quizás, una ciudad; tampoco esas ruinas le impidieron avanzar. Cuando cayó la noche, encendió los potentes faros instalados en su frente y continuó la búsqueda. Ya entrado el tercer día, ¡encontró al ser que andaba buscando!

Desde la cima de una colina, a los pies de la misma, vio en un pequeño valle a dos hombres cubiertos con pieles de animales. Estaban erguidos cerca de un arroyo y tenían en la mano extraños objetos arqueados. El robot se acercó y los dos hombres lo vieron; inmediatamente levantaron con la mano izquierda esos extraños objetos:

—¿Qué es eso que está ahí? —Preguntó Bigok

—Yo no sé —contestó Echix—. Una vez vi a uno, pero no me le acerqué para averiguar qué cosa era.

—Mejor nos vamos corriendo de aquí —sugirió Bigok.

—No… Espera, parece que quiere hablarnos —hizo notar Echix.

Con los arcos tensados y las flechas armadas, los hombres esperaron, indecisos. Al ver a Beta4 una sensación de incomodo temor se apoderó de ellos, como si recuerdos atávicos les advirtieran que estaban frente a un antiguo enemigo. Mientras él se acercaba sin prisa, pero sin pausa, pudieron pormenorizar bastante bien su aspecto extraño, mientras su nerviosismo iba in crescendo. Bigok estiró la cuerda del arco y soltó la flecha.

El dardo golpeó el pecho de metal de Beta4 y rebotó sin consecuencias.

—¡Vete de aquí! —le gritó Bigok, comenzando a correr como alma que ve al diablo.

Echix, en cambio, no se movió. Los hombres huían al ver a una gran fiera salvaje; huían aterrorizados al escuchar un trueno o al ver un rayo… huían al toparse con cualquier cosa desconocida. ¡Pero él ya estaba cansado de huir! En aquella criatura, que venía a su encuentro, había algo nuevo, diferente. Cualquier novedad contribuiría, sin dudas, a mejorar la existencia que ya conocía muy bien.

Beta4 casi no se dio cuenta de la flecha que le había golpeado en el pecho y no captó el significado de esa acción, de manera que no renunció a su propósito. La felicidad de haber encontrado, al fin, sus símiles era inmensa.

—¡Hola! —gritó.

—Hola —contestó muy atemorizado Echix, pero no se movió del sitio en el cual se encontraba. ¿Quién era aquella criatura negra que miraba, hablaba y caminaba como un hombre?

—¿Quién eres y de dónde vienes?

—¡Soy un hombre! —Contestó Beta4—. Vengo de allá —y con la mano señaló hacia oriente en dirección de las colinas bajas, a los pies de la gran cadena montañosa—. Y ustedes son…

Echix no contestó de inmediato. Se dio cuenta que aquella criatura debía estar sufriendo de alguna especie de confusión. También los hombres, a veces, creían ser alguna otra cosa, y aquella criatura bruñida creía ser un hombre. De manera que ya, más calmado, comenzó a formularle algunas preguntas. ¿Cómo se llamaba? ¿Dónde vivía? ¿Si había otros como él?

Beta4 respondía rápida y ampliamente y por sus respuestas el otro logró hacerse una idea clara acerca de la ciudad y del sistema de vida de los robots.

Una sensación de estar en presencia de un enorme misterio lo invadió. ¿Cuál era el origen de esas criaturas? ¿Cuál era el origen del hombre?

A diferencia de la mayor parte de sus compañeros, quienes dedicaban casi todo su tiempo en la búsqueda de alimentos, no malgastaban, por supuesto, las pocas horas libres en especulaciones muy poco prácticas como podrían ser los problemas de sus orígenes. Echix, en cambio, también encontraba su tiempo para reflexionar.

Este era un problema nuevo; intuía que detrás de el se escondía un profundo misterio.

—¿Quieres quedarte en la tribu y vivir con nosotros? —Preguntó.

—¡Por supuesto! Eso es precisamente lo que deseo.

La gratitud de Beta4 tenía algo de patético. ¡Al fin, había sido aceptado como hombre!

—¿Vendrán a buscarte tus compañeros? — quiso saber Echix.

Ese era un asunto muy importante aclararlo. Considerando que no sabía los poderes que podrían estar encerrados en el cuerpo metálico de Beta4, no quería correr el riesgo de orientar a los robots hacia el escondite de su tribu.

—¿Mis compañeros?

Beta4 se sintió decepcionado. Después de todo no había sido aceptado como un hombre de verdad: “el que estaba frente a él, seguramente, le decía lo que en realidad no sentía, quizás, por algunas razones personales no muy sanas”.

—Disculpa —se corrigió inmediatamente Echix—. Quise decir si los robots vendrán a buscarte.

No quería correr el riesgo de perder o hacer enojar a aquella criatura que, sin dudas, conocía demasiadas cosas que podrían tener una importancia capital para la tribu. Los cuerpos de los robots estaban hechos de metal lo cual significaba que los androides tenían acceso a un depósito de minerales tan necesarios y escasos en esos días, o que conocían algún secreto para obtenerlos.

La tribu necesitaba desesperadamente del metal. De hecho era tan grande su necesidad y tan frustrante el no poder encontrarlo que, poco a poco, se vio obligada a regresar a la piedra. Quizá Beta4 estaba en capacidad de revelar el secreto. Valía la pena desafiar cualquier peligro con tal de ganar su amistad.

—Déjenlos que busquen —le tranquilizó Beta4—. Jamás me encontrarán.

Ya comenzaba a sentirse mejor.

—Ven conmigo —le animó Echix.

Y emprendieron juntos la tarea de subir la empinada montaña.

Beta4 había encontrado al hombre y este lo había aceptado como amigo. Sin embargo le había extrañado que cubriera su cuerpo con pieles de animales, que cargara un aparato de madera arqueada para matar y que luciera incompresiblemente asustado.

A pesar de que él no sabía mucho de los hombres, en lo más profundo de su mente siempre había creído que eran unos gigantes, criaturas enormes que caminaban sobre la faz de la Tierra sin miedo alguno, más altos que las montañas y más poderosos que los dioses. “Los robots no tienen dioses, los hombres sí” se dijo a sí mismo para justificarse. “Y yo soy un hombre”.

—Aquí es donde vivimos —le anunció Echix señalando una pequeña abertura en la base de la alta pared rocosa. Luego se acercó. Algunos hombres estaban sentados frente a la entrada; uno de ellos se levantó y gritó. Era Bigok.

—Espérame aquí —le aconsejó Echix—. Voy a hablar con él.

Desde aquella distancia Beta4 captó la discusión. Escuchaba voces ásperas diciendo que aquella cosa no podía entrar en la cueva; que Echix era un traidor porque había comprometido la seguridad de la tribu. Sin embargo este no perdió la calma. Insistió una y otra vez a fin de que aceptaran su plan, señalando al robot que estaba esperando. Poco a poco la ira fue desapareciendo de la cara de los hombres.

—Vayan ustedes también a hablar con él —insistió Echix— asegúrense en persona que es absolutamente inofensivo.

Los hombres se acercaron, intranquilos. Beta4 contestó pacientemente todas las preguntas; no lo entendían y no les inspiraba confianza. Pero las insistencias de Echix lograron arrancar el beneplácito para recibirlo. Sin embargo, al cruzar la entrada de la caverna cuatro hombres se apuraron a cerrar la entrada con una enorme roca.

—Lo hacemos para resguardarnos, durante la noche, de las fieras salvajes —le explicó Echix.

La caverna estaba constituida por un único y amplio espacio. A lo largo de las paredes brillaban algunos fuegos y el aire era casi irrespirable por el humo que esas antorchas producían. Había otros hombres y algunos pertenecientes a ese extraño tipo llamado mujer, con sus pequeños llamados niños. Tranquilizados por Echix, todos rodearon al robot, mientras un coro de voces se levantaba como el gorjear de los pájaros.

— ¿Quién eres?

— ¿De dónde vienes?

— ¿Qué cosa eres?

—Soy un hombre —respondía Beta4 con dignidad.

Nadie le desmintió, pero un niñito soltó una carcajada y todos retrocedieron asustados.

—Soy un hombre internamente —repitió Beta4.

—Interna o externamente ¿cuál es la diferencia? —Concluyó Echix.

Luego pasó de una a otra persona susurrándoles algo. El grupo se sentía incómodo: ellos eran hombres, mientras que Beta4 era otra cosa… ¿pero qué?El robot intuyó ese embarazo… ¿Y si le estaban haciendo alguna mala jugada? Después de todo ¿qué sabía él de como actuaban los hombres? Repentinamente un perturbador pensamiento le atravesó la mente; echó una mirada hacia la salida, pero la enorme piedra bloqueaba todavía la abertura. Hubiese podido apartarla, pero…

De pronto se escuchó una voz:

—Está hecho de metal. ¡Desarmémoslo y hagamos con ese metal lo que tanto necesitamos: cuchillos! —era la voz de Bigok.

—¡No! —gritó Echix.— ¡Cierra la boca, estúpido!… ¡No, Beta4! Seguro no quiso decir eso que dijo…. ¡Por otra parte yo no se lo permitiría jamás!… ¡Bigok eres un enorme idiota! ¡Beta4, espera!

El robot había comenzado a correr. Había entendido qué era lo que querían hacer. Quizás Echix pensaba defenderlo, pero era uno solo y los otros eran muchos y podrían dominarlo fácilmente. Mientras corría conoció esa sensación que se definía como pánico.
No se dirigió hacia la salida, ahí había guardianes y, además, la roca la tapaba. Corrió locamente a través de la caverna encendiendo sus faros para ver dónde iba. El haz de luz cortó la oscuridad mostrando una abertura en el fondo del área. Detrás de sí, Beta4 escuchaba las pisadas de los veloces pies de sus perseguidores y el clamor de sus gritos.

Giró la cabeza y el haz luminoso deslumbró a los hombres atemorizándoles, pues nunca habían visto una luz como aquella. La única que conocían era la luz del sol, de la Luna y la de las antorchas que ardían perennemente en la caverna. Frenaron su persecución tapándose los ojos. Beta4 continuó su carrera en solitario.

Su mente era un caos: los hombres eran seres traicioneros, mentirosos y engañadores. El túnel se lo tragó. Cuando no escuchó ningún ruido a sus espaldas, el pánico comenzó a diluirse. “¡Hombres!” pensó. “Debo huir de este lugar. Debo regresar donde el Técnico y confesar mi error”. Su mente ya se había canalizado en la ruta correcta: había vuelto a ser un robot de nuevo.

No sabía qué tan grande era esa caverna, pero, sin dudas, de alguna parte debía existir una salida. La galería doblaba, luego se ensanchaba de nuevo, recta como una flecha. El pulimento de las paredes llamó su atención y le sugirió que aquella no podía ser una galería natural. “Quizás en el pasado era una mina” pensó, “y al agotarse fue abandonada”.

También para los robots el metal era muy importante y necesario. Su ciudad estaba construida sobre un depósito de mineral de hierro en bruto y en las montañas había minas de las que extraían cobre, plomo y otros metales. Pero eran escasas. A veces encontraban enormes excavaciones de las que todo el mineral ya había sido extraído. Los robots sostenían que aquellas excavaciones habían sido hechas por sus antepasados, pero no sabían cuándo; pues al tratarse de fechas eran siempre muy ambiguos: para ellos si algún acontecimiento se hubiese verificado un mes, un año o cien años atrás, no tenía importancia… era lo mismo.

Beta4 estaba convencido que aquella galería no había sido construida por los hombres: ¿cómo hubiesen podido hacerlo?
El túnel terminaba en un espacio circular. En aquel punto el techo abovedado se había derrumbado obstruyendo el paso. Las huellas que habían quedado en el polvo sugerían que los hombres habían llegado hasta ahí, aunque mucho tiempo atrás y luego no pudieron seguir.

Beta4 prosiguió… debía existir una salida sin dudas. El robot escarbó entre los detritus y los escombros y, al fin, la encontró. A estas alturas ya estaba seguro de no ser perseguido. En un nicho abierto a un lado de la galería principal, algo atrajo su atención.
“Una máquina” pensó.

Como todos los robots, sentía cierta afinidad con las máquinas de cualquier tipo. Le fascinaban. Se paró para observar aquella que había encontrado; a pesar de que estaba toda abollada y el metal oxidado se caía a pedazos, podía deducirse claramente cuál podía haber sido su función específica.

“Es un depurador de aire” pensó. “Pero…”

No había dudas aquello era un depurador de aire… pero no pudo haber sido construido por los robots, pues ellos no necesitaban respirar. ¿Quién había sido, entonces?

De pronto a Beta4 le invadió una especie de vértigo. Una máquina como esa no tenía ninguna razón práctica para existir. Y, sin embargo, delante de él había una. Había sido construida algún día lejano y se había quedado ahí dejándose devorar por el óxido…

¿Por cuánto tiempo?

En el polvo, al lado del depurador, podía verse un tenue perfil en relieve. Indagador, escarbó un poco y encontró un pedazo de hueso. Se trataba de un esqueleto humano; quizás del encargado del manejo de la máquina para el acondicionamiento del aire.
¡Un hombre muerto, al lado de una máquina muerta! Beta4 no podía darle crédito a sus ojos.

“Quizás llegó mucho tiempo después de que el depurador había dejado de funcionar, antes que el techo se derrumbara” pensó. Era una explicación posible pero no le satisfacía totalmente.

“Sin embargo los hombres no saben nada de mecanismos…” se dijo, mientras en él surgía el deseo de develar aquel misterio. Se levantó y avanzó aún más en la galería. ¡Había otras máquinas!

¡Un local muy amplio lleno de ellas! Transformadores enormes, el gran perfil de un aparato que convertía la energía calórica en energía mecánica… Y algunos esqueletos.

Pero en ninguna parte pudo ver el cuerpo oxidado de un robot o algún indicio que pudiese sugerir que los robots hubiesen estado por ahí.

“Y sin embargo lo hombres no están en capacidad de crear máquinas. ¡Es absolutamente inconcebible!” pensó Beta4.

Siguió su exploración y encontró otro espacio enorme con las paredes tapizadas de estantes llenos de libros.

Todos los robots sabían leer, era parte de su formación aunque, en el fondo, eso no les serviría prácticamente de nada, pero lo seguían haciendo mecánicamente como todo lo demás.

Al centro de ese espacio estaba ubicada una mesa de metal sobre la cual reposaba un voluminoso libro cubierto de polvo. Al lado de la mesa, tendido en el piso, también cubierto de polvo, un esqueleto. Un libro y un hombre que, evidentemente, lo había leído y quizás escrito.

Beta4 sacudió el polvo que cubría el libro. Las páginas estaban hechas de un material de plástico casi indestructible. Quizás aquel libro estuvo ahí esperando durante miles de años que alguien leyera su contenido.

El robot lo leyó y quedó clavado en la mesa por el asombro. Era la historia de la caverna y de quienes la habían construido; era también la historia de los robots.

¡Los hombres existieron antes que los robots! Aquella revelación lo paralizó. La tradición robótica sostenía que ellos habían existido desde siempre. Esa explicación les había satisfecho. Pero no era cierto. Aquel libro demostraba que habían sido creados por los hombres y en consecuencia, les debían su existencia.

“Pero no hombres como esos” se dijo Beta4, pensando en los habitantes de la caverna, a Bigok, a Echix y a los demás quienes, evidentemente, no sabían nada de robots y, por supuesto, no estaban en condiciones de crear alguno.

El libro resolvía también ese problema. Los robots habían sido construidos por los hombres en los tiempos de su gloria, cuando caminaban como gigantes sobre la Tierra, más altos que las montañas. Por aquel entonces el hombre controlaba todas las ciencias, había aprendido todo lo cognoscible… o casi todo. En efecto el libro también enumeraba todo lo que el hombre no había sabido hacer: No había sabido controlar las epidemias, la escasez, las inundaciones, las guerras, las sequías y, sobre todo, no supo parar el lento agotamiento de las reservas naturales de metales y las riquezas de los suelos, en fin perdió la facultad de mantener viva la civilización que él mismo había creado. Beta4 ahora se daba cuenta de que las viejas minas que los robots descubrían de vez en cuando, no habían sido escavadas por otros robots, sino por hombres que buscaban desesperadamente las últimas reservas de minerales en el corazón del planeta.

Además el hombre tampoco había sido capaz de dominarse a sí mismo. Cuando comenzaron los tiempos de las carencias, se desencadenó una guerra terrible por la posesión de los últimos residuos de mineral, de las escasas tierras cultivables y de las paupérrimas reservas de alimentos. Luego de nuevo las epidemias… apareció una enfermedad desconocida. Un virus insidioso resistente a los antibióticos y se propagaba como un incendio entre un grupo y otro.

“Aquí, en esta caverna, fuimos capaces de ganarle la batalla a ese virus” estaba escrito en aquel viejísimo libro. “Cuando logramos aislarlo y controlarlo, solo quedábamos poco menos de cien. Entonces el destino nos jugó la última y fea baraja.”

Beta4 se preguntó qué otra fea enfermedad los atacó, cuál nueva adversidad le dio el golpe de gracia a los últimos sobreviviente de aquella especie agonizante. El libro le ofreció la respuesta.

“Nuestros robots nos abandonaron” revelaba el texto. “Acudieron, en efecto, a reparar las máquinas que estaban en esta caverna y cada uno de ellos hizo el trabajo de veinte hombres. Por algún defecto en el componente cerebral, uno de ellos potenció vigorosamente la idea de que debían ser libres. Nos abandonaron cuando más los necesitábamos, cuando al fin una nueva esperanza de vida se asomó en nuestro horizonte. ¡Sea por siempre maldita la palabra robot!” Que esto sirva de advertencia a las generaciones futuras, si las habrá. Si los robots nos hubiesen sido fieles hubiésemos podido sobrevivir; pero su deserción marca el comienzo del fin del género humano. ¡Maldita sea su semilla por los siglos de los siglos!”

El texto concluía con aquellas terribles palabras. Beta4 se quedó en silencio: aquella era la historia de los robots y de una traición monstruosa. Un día, quien sabe cómo, el factor fundamental de la fidelidad al hombre colapsó en uno de los de los androides causando la deserción de todo el grupo.

Dentro de lo más recóndito de Beta4 se agitó un sentimiento que, por ser nuevo, le era desconocido: la vergüenza. Sus compañeros habían sido infieles… Cuando más se les necesitaba desesperadamente, habían abandonado a su Creador. Lo que sucedió después no lo sabía. Probablemente los desertores habían borrado el recuerdo de la traición de sus mentes; luego, cuando encontraron los minerales y comenzaron a fabricar nuevos robots para sustituir los averiados, no habían incluido el conocimiento de la defección en los nuevos cerebros.

Ni siquiera ahora los robots estaban dispuestos a reconocer la culpa de sus antepasados. Le parecía escuchar la voz del Técnico levantarse indignada para descalificar el libro que se le presentaba: “¡Mentiras! ¡Falsificación de la verdad! ¡Falacias!” gritaría sin dudas. “¡Desarmen a Beta4!”

“Sin embargo los hombres todavía existen. Puede ser que el libro se equivoque.”

Pero el libro no se equivocaba y él lo sabía muy bien. Los hombres que él había encontrado eran los descendientes del grupo que vivió en aquella caverna… o quizás los descendientes de otros pequeños grupos que habían sobrevivido al virus.

Era indudable que el hombre había atravesado momentos difíciles. Posiblemente en su parábola descendente había recorrido en retroceso todas las etapas que le habían conducido a la cúspide de la civilización y se había reducido de nuevo, como en el remoto pasado, a pequeños clanes nómadas, ignaros de la propia historia y de sus orígenes.

Las personas que había conocido no tenían la más remota idea de la amplitud de aquella caverna.

El hombre había dormido por generaciones, pero durante su letargo algo había sucedido. La Tierra agotada se había renovado, los bosques habían crecido de nuevo, los campos reverdecieron y las aguas fluían limpias y frescas en los ríos y arroyos. Los metales, en verdad, habían casi desaparecido para siempre, pero la tierra estaba lista para recibir una nueva vida.

“Podrían usar el plástico” pensó Bta4. “Si supieran cómo…” En ese momento entendió qué era lo debía hacer.

Cuando regresó a la caverna era media noche. Sus gritos despertaron a los hombres:

— ¡Vengan! —Llamó. — ¡Vengan a conocer su historia!

En un primer momento la tribu pensó que estaba siendo atacada. Los arcos se tendieron a toda prisa, se empuñaron las clavas, mujeres y niños corrieron a esconderse. Echix movía frenéticamente sus brazos en medio de sus compañeros gritándoles que no se comportaran de nuevo como unos solemnes idiotas.

— ¡Escuchen antes lo que quiere decirnos! —ordenó. Los otros, al final, obedecieron.

Antes que nada Beta4 les contó lo que había descubierto y los hombres lanzaban mirada llenas de temor, curiosidad y asombro en la dirección desde la cual había llegado. Luego él les mostró los libros.

—Siéntanse a mí alrededor —dijo.

Durante todo el resto de la noche los instruyó. Al comienzo les costó mucho trabajo a los hombres: habían olvidado como se hace para leer. Habían olvidado todo. El robot fue muy paciente. Poco después las mujeres y niños salieron de sus escondites y poco a poco todos lograron entender que aquellos raros signos trazados sobre aquellos extraños objetos que Beta4 llamaba libros, escondían algo muy importante.

Echix sudaba como una fuente en su esfuerzo para captar la idea, pero los niños eran mucho más dispuestos. Había un niño de nueve años en cuyos ojos brillaba un ávido deseo de aprender.

Cuando las primeras luces del alba aclararon el cielo fuera de la caverna, una docena de hombres habían captado el concepto. Naturalmente todavía no estaban en condiciones de poder leer. Pero intuían la importancia de aquella extraña magia.

Beta4 estaba convencido de que ya no descansarían hasta lograr resolver el problema de los libros, especialmente el muchachito de nueve años y Echix. La tarea del robot estaba facilitada por un raro fenómeno que ni siquiera él trataba de entender: algunas de aquellas extrañas personas parecían recordar el significado de la escritura y su importancia.

Estaban aprendiendo una cosa nueva y, sin embargo era como si recordasen nociones aprendidas mucho tiempo antes.

En cierto momento los vigilantes de la entrada lanzaron un grito:

—¡Hay unos robots afuera y parece que están buscando algo o a alguien!

En la caverna se hizo un silencio sepulcral. Bigok le lanzó a Echix una mirada dura y saturada de reproches.

—Si nos has traicionado…

—¡Cállate!—le ordenó Echix. — ¿Qué significa esto Beta4?

El robot se irguió y dijo:

—Significa que debo irme.

—¿Para traicionarnos?

—No, para salvarles y para pagar una deuda.

Se acercó a la abertura y movió la roca.

—Vuélvanla a poner inmediatamente después de que yo haya salido y quédense en la caverna hasta que afuera no haya más nadie —ordenó.

—Espera, espera un momento… — dijo Echix.

—Adiós —se despidió el robot bajando por la ladera lateral de la montaña.

Inmediatamente después. Los robots que estaban inspeccionando los alrededores lo apresaron.

En el laboratorio el Técnico esperaba:

—¿Y entonces, qué eres robot Beta4? —lo retó desafiante.

—Soy un hombre. —Le contestó.

Había orgullo en aquella voz, en la manera de estar erguido… exactamente como si en aquel momento una antigua deuda hubiese sido pagada y una infamia cancelada.

—Soy un hombre —repitió.— Un día tendrás que responderles a mis hijos por lo que estás haciendo hoy.

Era locura, naturalmente. Pero mientras el baño de ácido se tragaba la caja que contenía su cerebro y borraba la identidad de Beta4, el último pensamiento de aquella mente agonizante se desplazó hacia un día futuro en el momento en el cual los hombres saldrían de nuevo de las cavernas armados con un ciencia antigua; no ávidos de venganza, quizás, pero decididos a reconquistar su puesto al sol. Sería ese un gran día, aquel en el cual sus hijos saldrían a la luz del sol, para caminar otra vez, como gigantes sobre la superficie de la Tierra. Más altos que las montañas…

¡Un día para el cual valía la pena morir!

Fin

Gran historia, ¡muchas gracias Ermanno!

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