Una vez mas retorna a nuestra páginas la pluma de nuestro amigo Joseín Moros, uno de los escritores que mas historias ha compartido con nosotros durante estos ocho años, muchas gracias nuevamente Joseín, y espero que sean muchos cuentos mas por venir:

 

La Memoria de tus Ojos

¿Cuántas veces hemos sentido el fin de nuestra vida?

¿Seremos como se dice son los gatos, y poseemos un número limitado de oportunidades para continuar viviendo?

¿Tenemos sólo una vida a tiempo compartido, en diferentes escenarios, o son vidas separadas?

¿Existirá aquello de: morir antes de tiempo?

¿Y qué hay de morir con retardo? ¿Será posible?

8:45:57 am

Marco está sentado frente a las pantallas de monitoreo, le arden los ojos, casi toda la noche estuvo observando las cristalinas ventanas electrónicas, ellas vigilan el enorme aeropuerto. Desde esta sala, el cuerpo de seguridad controla un sector de las instalaciones, las cuales cuentan con secciones muy antiguas. Con el paso de las décadas el aeropuerto ha crecido y las modernizaciones llegan de manera paulatina. Cuando Marco estudia los mapas electrónicos, sobre la pared, le parece una flor desarrollando pétalos, y casi nunca pierde los anteriores.

Amaneció hace más de una hora, en el último minuto el sueño lo abandonó. Una imagen, de uno de los televisores, le había intrigado. En ese momento llegó su reemplazo, engalanada de uniforme similar al suyo. Gabi tomó asiento y se quitó los anteojos polarizados, para conducir motocicleta. Intercambiaron saludos, mientras ambos miraron la misma figura, ahora magnificada en uno de los monitores más cercanos. La recién llegada observó unos segundos, y continuó acomodando la altura de la silla; él arrugó la frente, una cicatriz vertical le partía la ceja izquierda, se veía roja como el fuego.

Ambos uniformados reportaron el cambio de guardia a otras salas de vigilancia. Traspasaron, utilizando claves secretas y tarjetas magnéticas, el control de la consola y firmaron los reportes de rigor. Después Marco vistió la gruesa chaqueta, azul oscuro, con distintivos de su trabajo, y se fue, muy pensativo. Gabi ya estaba concentrada, observando las pantallas, unas de colores y otras en blanco y negro, las últimas esperaban ser reemplazadas en cualquier momento.

Marco recorrió subterráneos y al salir del edificio se dirigió hacia el área de estacionamiento. El día prometía buen tiempo, a pesar del anormal frio del otoño. La noche anterior no había encontrado sitio más cercano a su lugar de trabajo, no le importó, agradecía ejercitar los músculos de las piernas después de tanta inmovilidad. Antes de entrar al vehículo se detuvo, para ajustarse el diminuto audífono y un micrófono, casi invisible, en el cuello. Entonces miró el cielo, aviones provenientes del otro lado del mar estaban llegando, los reconoció con facilidad. Recordó la imagen que lo había sobresaltado y apretó las mandíbulas. Trotó de regreso, en dirección a la rampa más próxima, ella se enterraba como un cuchillo curvo hacia las entrañas del aeropuerto.

Nadie le cortó el paso. Marco tenía el típico aspecto de un guardia de seguridad: corpulento, mirada impasible y artefactos, propios de su actividad, colgando de un grueso cinturón de cuero.

Minutos después, mientras corría por los subterráneos, su mirada saltó a las bandas rodantes, donde carga y equipaje avanzan con lentitud. Frenó sus pasos y tocó una de las maletas. Le pareció antigua y pasada de moda, debió haber sido muy lujosa cuando él todavía era niño. Con una mano la alzó un poco, notando fortaleza contra el fuerte trato, a pesar de las suaves líneas del diseño. Leyó las etiquetas de identificación y miró a lo alto, calculando cuál de las innumerables salas del aeropuerto estaba sobre él, al mismo tiempo palpó la textura del cuero oscuro y su aroma le trajo el recuerdo del maletín de su abuelo. Sacudió la cabeza y se concentró en otros detalles del curioso equipaje. La vibración le avisó: otro gran avión había tomado pista. Salió a largos pasos, en dirección a los ascensores de carga.

Aunque era uno de los elevadores más rápidos, comparado con otros vejestorios del antiguo y enorme aeropuerto, a Marco le pareció una eternidad el tiempo transcurrido en el ascenso. El retumbo de la estructura le hizo imaginar el formidable transporte aéreo frenando, al mismo tiempo que la jaula metálica donde él se encontraba.

Al salir vio la extensa muchedumbre, en locales comerciales y frente a las puertas de embarque. Decidió controlar su actitud, sin querer podía crear el pánico: un guardia de seguridad corriendo es una imagen de alarma. Avanzó pegado a la pared derecha, los ventanales permitían observar la pista de aterrizaje; uno de los túneles extensibles mordía el cuerpo de un avión, como una sanguijuela voraz.

<< ¡Corre Marco, mucho y rápido!>> oyó varias veces en el pensamiento.

Desde el fondo de su conciencia surgieron gritos y el ruido de una lluvia tempestuosa.

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Marco tenía ocho años cuando recibió la herida sobre el ojo izquierdo. La ceja quedó dividida en dos, por una cicatriz tan gruesa como su dedo de niño. Marco fue creciendo y la roja fisura también lo hizo.

Llovía mucho y la gallera se veía colmada de hombres, la entrada de niños estaba prohibida. Para localizar a su padre debió trepar un camión cercano a una pared y escalar hasta la ventana cerrada; desde allí miró por los vidrios, chorreaban lluvia, arreciaba desde su salida de casa, a varios kilómetros de allí. Marco quería avisarle, su madre sufría dolores de parto y la comadrona —recién llegada al pueblo—, mandó llamarlo: “¡Corre Marco, mucho y rápido!” había dicho la mujer, dándole una vieja chaqueta de adulto y un sombrero. En ese momento no lo sabía, su pequeña y adorada hermana Lina venía en camino.

La estridencia de las exclamaciones, la música y el trepidar de la lluvia en los techos y sobre el empedrado, ahogó sus gritos de niño. Su padre estaba al otro lado de la arena de combate. Los gladiadores, cubiertos de plumas y sangre, luchaban hasta la muerte, sin comprender la razón.

Nunca supo lo ocurrido con sus puntos de apoyo, tal vez los zapatos mojados resbalaron y su cara golpeó el filoso ángulo de la ventana, uno de los vidrios se cuarteó y largos puñales cristalinos lo atacaron. Marco quedó aturdido, pero no llegó a caer hasta el suelo de piedra, sus pequeñas manos se aferraron a la madera y con esfuerzo volvió al lugar anterior. Limpió el agua de los vidrios y vio una mancha purpúrea, su mano la plasmó sobre el cristal mojado. Le pareció extraña la roja coloración, así los gallos parecían más feroces. En ese momento su padre levantó la cabeza, vio a su hijo en la alta ventana, abandonó la primera fila y casi voló a la salida. Luego, padre e hijo corrieron bajo la tormenta. Marco llevaba el pañuelo de su padre apretado contra la cara, algunas veces la tela ensangrentada le cambiaba el colorido del paisaje. Se fue quedando rezagado, su padre, a pesar de la gran talla del herrero, podía correr durante horas. El hombre regresó, levantó a su hijo, continuó la carrera chapoteando barro y atravesando torrentes, donde antes Marco casi había perdido la vida: de milagro un enorme tronco le sirvió de salvavidas.

Esa tarde, cuando le mostraron a su hermana Lina, la vio muy colorada, le pareció estarla observando por el vidrio de la gallera. Por desgracia su madre no sobrevivió.

Ahora, adulto, mientras corría, esquivando gente por los pasillos congestionados del aeropuerto, percibió la conocida nube roja frente a los ojos.

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9:03:32 am

En la sala de vigilancia donde Marco estuvo trabajando toda la noche, Gabi observa con atención las filas de cambiantes pantallas.

Pulsó el teclado, para transferir imagen a uno de los monitores de pantalla grande y moderna.

—Marco debería estar en camino a su casa. ¿Qué hace allí? —murmuró en voz baja.

Se contuvo de tocar el control de los radio contacto.

<<Sí está cazando algún sospechoso ya lo habría avisado>> y decidió esperar, mientras lo seguía en las pantallas. El hombre parecía un salmón luchando contra las aguas. La multitud se movía, mientras Marco zigzagueaba como un pez silencioso. Gabi se dio cuenta, él pretendía recortar camino hacia algún lugar, obligándose a ir por una ruta en sentido contrario a los pasajeros.

<<Tal vez algo en verdad ocurre, no está seguro y quiere pasar desapercibido>> Gabi tenía mucha contradicción en sus ideas. Necesitaba más información, emitir una falsa alarma en el aeropuerto, y en una hora tan congestionada, sería desfavorable para su carrera profesional.

Marco levantó la cara hacia las cámaras y al mismo tiempo pasó la mano izquierda por su pelo, con el dedo índice a lo alto. Gabi, o desde otra sala de vigilancia, deberían interpretar la seña.

<<Sólo va a confirmar algo>> se mantuvo tensa y lo siguió, cambiando de cámara una y otra vez. Al mismo tiempo encendió el rastreador de Marco; un punto móvil, verde y parpadeante, apareció en el mapa del aeropuerto, en lo alto de la pared, por encima de los monitores.

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9:04:01 am

Una anciana está sentada en un rincón, al fondo de la sala de espera llena de gente. A su izquierda hay un ventanal, desde allí puede observar gran parte de las pistas de aterrizaje, grises y frías. A la derecha, cruzando el ancho pasillo, hay tiendas comerciales, brillantes de luces, luciendo hermosas vidrieras de colores y espejos con forma de columna. En el interior de los negocios, muchos viajeros efectúan compras.

Desde el otro lado de la sala, por encima de las personas sentadas en filas de sillas, y al lado de un viejo reloj de pared, un trío de cámaras de seguridad enfocan su ojo electrónico sobre el área, una de ellas parece más actual en tecnología. A Marco siempre le parecieron solitarios cíclopes, inseparables compañeros de vigilancia, adormecidos con el tic tac del cercano medidor del tiempo.

Dos jóvenes cajeras, a través de la vidriera de una de las tiendas, observan a la anciana, ella había sido uno de los primeros pasajeros en llegar a la sala de embarque.

—Debió ser muy linda y distinguida —dijo una de las muchachas—, su ropa muestra elegancia, a pesar de su antigüedad.

—El sombrero es una belleza —agregó la otra—, me recuerda esas damas antiguas, en las carreras de caballos; el ala ancha las protegía del sol y les permitía esconder sus coqueteos cuando les convenía. Y los guantes, me gustaría tocarlos, se ven tan suaves.

—Las botas son un sueño —replicó la primera—, en una vieja fotografía una de mis abuelas aparece con unas iguales. Mira el bolso, la anciana está buscando algo.

En ese instante varios clientes quisieron pagar la mercancía, las dos cajeras dejaron de mirar al otro lado del pasillo. Las escenas continuaron, como en un una película muda, donde los espectadores abandonaron la sala.

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Un caballero, de mediana edad, se encuentra entre los pasajeros a la espera. Desde hace un minuto observa a la viejecita, por el reflejo en uno de los espejos con forma de columna.

<<Tan distinguida como mí recordada abuela >> pensó el caballero, colocándose unos lentes para ver mejor. <>

Se concentró en el teléfono inteligente, sus dos pulgares tecleaban con rapidez.

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Un pequeño, de tres o cuatro años, muy bien abrigado y portando unos binóculos amarillos de reducidas dimensiones, se aproximó hasta la anciana. Su madre está sentada a dos asientos de distancia.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó el pequeño, mientras observaba con el aparato la cara de la viejecita.

La anciana permaneció concentrada, rebuscando en el enorme bolso. El niño repitió la pregunta, pero no obtuvo respuesta, sólo una sonrisa de la dama. El pequeño siguió conversando y su madre lo llamó.

<< No habla nuestro idioma>> pensó, mientras limpiaba la nariz del niño.

La viejecita pareció haber encontrado lo que buscaba, no en el bolso, sino en el suelo, a un lado de su bota izquierda: era el ticket de abordaje. Con rapidez lo dejó caer en el interior de la gran cartera. A continuación metió ambas manos allí, sin levantar la mirada. Las cámaras de seguridad no podían captar su cara, debido al sombrero de ala pronunciada.

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9:04:16 am

Una señal de alarma sonó en la cabina de vigilancia. Gabi dejó de observar la lucha de Marco en contra de la corriente de pasajeros y desvió sus ojos a la pantalla principal, llena de texto en diferentes colores.

<<Un avión se aproxima, falla el tren de aterrizaje>>

Como encargada de la sala necesitaba notificar a Marco, todo el personal debía estar a la expectativa.

Con mano ágil pulsó el teclado y cuando oyó la voz de Marco pronunció tres palabras clave, para identificar el problema del avión. Antes de cortar decidió saber porqué estaba allí, en lugar de ir conduciendo su automóvil camino a casa, pero entró una comunicación prioritaria en sus auriculares y Marco no tuvo tiempo de contestar. Gabi pudo ver en la pantalla, su compañero repetía la seña con la mano izquierda, cuyo significado era: “confirmación visual, espera mi llamada” y además tocó el diminuto micrófono en la solapa.

<< ¿Qué desea ver?>>

El punto verde y parpadeante, sobre el mapa del aeropuerto, continuaba mostrando a Marco en el mismo largo pasillo donde el ascensor lo había dejado. El hombre ya se estaba arrepintiendo de haber tomado tal atajo, no tuvo en cuenta el gran volumen de pasajeros a esa hora, y lo consideró un grave descuido por su parte. En unos minutos este sector estaría casi desierto, como lo fue hace un rato.

Dos hombres corpulentos, vestidos con ropas comunes, aparecieron en la multitud de pasajeros y se interpusieron en el camino de Marco.

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9:05:07 am

Gabi estiró un brazo, para llegar hasta una tecla; deseó que ya hubieran completado el sistema computarizado para los monitores y todos fueran a color. El escenario, de su lugar de trabajo, fue alterado de manera reciente y aquello retardaba su velocidad de respuesta. Al mismo tiempo hablaba por un anacrónico teléfono, ahora el cable parecía corto. Recordó lo ocurrido hace unos minutos, cuando reemplazó a Marco en la guardia de vigilancia.

<< ¿Era en la puerta 16 o en la 19? Seguro no era la 29 ni la 26, la semana pasada las sillas fueron cambiadas por otro modelo. ¿Por qué no leí bien?>> estaba molesta con su costumbre de invertir o cambiar los números.

Sólo recordaba el acercamiento a primer plano sobre la pantalla en blanco y negro, había una figura sentada en una silla. No advirtió algo sospechoso. Ahora se preguntaba por qué Marco la había amplificado.

Gabi miró el mapa del aeropuerto, el punto verde y parpadeante casi parecía estático.

Recordó a la esposa de Marco, de nombre Jenny, tres años mayor que él y de profesión periodista.

— ¿Cómo se conocieron? —había preguntado Gabi.

Jenny contó la historia en forma breve, sin repeticiones ni redundancias, Gabi y John, su esposo, percibieron las escenas con realismo estremecedor. Jenny tenía el don de la narrativa.

Fue años atrás, cuando Marco tenía trece años y Jenny dieciséis. El niño traía de la escuela a su pequeña hermana, Lina, de cinco años. La niña había nacido sorda, principal razón por la que su padre decidió emigrar, buscando un entorno donde ella pudiera recibir la educación especial necesaria.

La pareja de niños transitaba por un barrio poco seguro. Lina fue la primera en descubrir los dos maleantes, emboscados en la estrecha calle, detrás de un alto contenedor de basura. Se detuvo y al mismo tiempo señaló hacia ellos.

Marco, de trece años, era grande y fuerte para su edad. Con la necesidad imperiosa de aprender un nuevo idioma, en un entorno bastante hostil, debió desarrollar una agresividad contraria a su verdadera naturaleza.

Mientras su esposa narraba, Marco recordó: el poco soleado callejón, en un instante, para él se cubrió de lluvia, y una niebla rojiza se interpuso ante sus ojos.

Empujó a Lina contra una puerta, pateó la madera pero no cedió. Lina comenzó a gritar y los individuos se abalanzaron. Con otra patada, entre las piernas, detuvo al primero de los atacantes; un cuchillo quedó clavado en su muslo izquierdo. Sintió cuando el metal tocó hueso. El ruido de la lluvia, en su mente, arreció, oyó los gritos de guerra de los gallos de pelea, y la nube roja se hizo más densa. Sin pensar se arrancó el cuchillo y de un tajo casi cercenó el brazo armado del segundo enemigo. El primero comenzó a levantarse, buscando algo en la cintura. Marco saltó hacia él, utilizando la pierna sana, y el sujeto quedó inmóvil. Desde algún sitio, en lo alto de la calle, dos voces de mujer le advirtieron: “tiene una pistola”. Marco ya la había visto y presionó a un más la punta del cuchillo ensangrentado en la garganta del maleante. En ese momento una patrulla de policía penetró en la calle y dos agentes dieron la voz de alto. Marco soltó el cuchillo y retrocedió con las manos a la vista, pero el hombre sacó la pistola y comenzó a disparar. El muchacho rodó por el suelo, agarró a Lina y siguió rodando, para alejar a su hermana de los balazos. El delincuente cayó bajo el fuego policial y el otro individuo no se movió, sólo chillaba.

—La muchacha de los gritos era yo —dijo Jenny—, serví como testigo ante la policía y la amistad, con el tiempo, se convirtió en matrimonio. La otra mujer no supimos quién fue.

Gabi volvió al presente. La señal verde, en el mapa, continuaba casi inmóvil.

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9:08:22 am

Las sillas, alrededor de la anciana, quedan vacías cuando los pasajeros se levantan para traspasar la puerta. Deberán recorrer un corto trecho en el túnel móvil, antes de penetrar al avión.

La viejecita había colocado, sobre sus piernas, un pequeño cofre de liviana madera, y el bolso lo dejó en la silla a su izquierda. Sin haberse quitado los guantes, extrajo un objeto. Las jóvenes cajeras de la tienda continuaban concentradas en las filas de clientes. El caballero escribía en su teléfono, mientras transitaba hacia el túnel de abordaje. Caminando hacia atrás, el niño enfocó los binoculares en la anciana. Las tres cámaras de seguridad, en silencio de mudos cíclopes, eran testigos de lo acontecido en el sector.

Fue entonces cuando Gabi la distinguió, en una de las pantallas blanco y negro. La veía por momentos, el movimiento de pasajeros, ahora de pie, obstaculizaba el pequeño bulto de la mujer de sombrero, en la última fila. Con rapidez Gabi trasladó la imagen al monitor grande, y lanzó una mala palabra: no pudo convertir la imagen a modalidad de color.

— ¡Voy a matar a los técnicos! —rugió, no estaba segura si fue error suyo, o una de las carencias del incompleto sistema.

— ¿Qué está haciendo esa mujer? —volvió a rugir, ella hablaba en voz alta cuando necesitaba concentración. No tuvo duda, era la misma persona; Marco la estaba observando cuando hicieron el cambio de guardia.

Alejó la imagen: la sala de espera estaba quedando sola y la mujer de sombrero no se había levantado. Continuaba manipulando una caja oscura.

Gabi hizo un acercamiento al máximo, similar al que tenía Marco al momento cuando ella entró a la sala de monitores.

En sus auriculares sonaron voces en tono de emergencia.

<<Perdió una rueda>>

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9:08:56 am

El capitán del avión miró de reojo a su compañero. Juntos habían sobrevolado unas cuantas emergencias. Esta parecía una más, se dijo, para calmar los nervios.

En ese mismo instante, y de manera furtiva, el copiloto lo observó. Ambos rieron y en la torre de control, al oír las risas, guardaron silencio. Habían comprendido: la tripulación tenía miedo, y ellos también. El piloto, hombre calvo, de cejas encanecidas, con la mirada al horizonte, habló como recitando un poema.

—Desde mi ventana…siento que me aman.

El copiloto también miró al frente. El cielo gris, y un horizonte borroso, fue la respuesta de los cristales de la cabina. Sin embargo decidió compartir lo que su amigo había visto.

—Hoy quería llamar a mi hermana…hace cuatro años…no hablamos…seguro está mirando al cielo…y los tanques de combustible casi no tienen…—y soltó una risa corta.

—La humanidad perdió un gran poeta…cuando escogiste ser aviador —dijo el capitán, y se carcajeó en similar tono.

En el tablero, una fila de luces rojas comenzaron a parpadear.

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9:09:16 am

Frente a las pantallas informativas del aeropuerto, la gente murmuró decepcionada. Un vuelo tras otro fue retardado.

En ese instante, los corpulentos hombres tomaron los brazos de Marco y le impidieron avanzar.

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9:09:17 am

Gabi hablaba con el supervisor, manteniendo estirado el cable del viejo teléfono.

—Comprendido, señor.

De reojo, sobre una de las pantallas a color, vio a los dos hombres cuando bloquearon a Marco. Dejó caer el auricular y saltó hacia la consola, con el talón de su mano derecha dispuesto para aplastar el botón rojo, y disparar una alarma silenciosa.

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9:09:18 am

Un pequeño ratón, con la suave pelusa blanca teñida de azul, camina por el interior del cielo raso, entre cables y conductos. Sigiloso, y muy asustado por encontrarse en territorio desconocido, descendió por una tubería en la pared.

En uno de los pasillos, cercano a una sala de monitores, un niño explica a su madre cómo su mascota abrió la jaula y escapó.

El roedor, temblando de miedo, alcanzó el suelo y atravesó un sector donde filas de pasajeros avanzan despacio. Se oyeron gritos, algunas personas saltaron y tropezaron con otras. Los más alejados decidieron apartarse de la conmoción.

▲▲▲

Marco, viejo amigo. Años sin verte.

Orlando, Edison. Me alegra verlos. Tengo una llamada, no puedo detenerme. Trabajo en la Sala de Vigilancia. Llámenme mañana.

Los hombres lo soltaron, eran policías y comprendieron con rapidez.

— ¿Necesitas ayuda?

—No es tan grave. No olviden llamarme.

En ese instante el rumor de la multitud asustada llegó hasta los tres hombres. Marco esperó unos segundos, con la mano sobre el diminuto auricular, entonces informó a sus dos amigos: “el problema fue un ratón”. Y continuó avanzando.

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9:09:57 am

Por fin Marco llegó a la sala donde se encontraba la anciana. Caminó directo hacia ella.

La mujer echó un rápido vistazo al reloj de pared, y sonrió.

—Señora. Su boleto estaba en el suelo. Hace un momento lo vi por las cámaras de seguridad,

—Gracias, Marco. Lo acabo de recoger. Por dos segundos casi llegas retardado.

En el uniforme de vigilante no había placa con su nombre, sólo un número y una letra.

— ¿Me conoce? No comprendo. ¿Por qué retardado?

—Siéntate, Marco. No perderé el vuelo, todos estarán retardados dieciocho minutos más. Mi nombre es Patricia.

Marco tomó asiento al lado de la pequeña mujer. Observó su cara con mucha atención y luego sonrió.

—Usted se parece y tiene el mismo nombre de la comadrona, cuando el nacimiento de mi hermana menor. ¿Es usted?

—Sí, Marco. Soy yo. Escoge uno de estos tres regalos. Es sólo un juego.

Sobre el regazo de la anciana había tres objetos antiguos, comunes y extraños al mismo tiempo, le pareció a Marco: un espejo, unos anteojos con marco de carey y una lupa rectangular.

El hombre tomó los anteojos.

La mujer miró de nuevo el reloj de pared.

—Colócatelos y mira hacia la pista de aterrizaje, no te asustes. Tómalo como un juego.

El hombre le siguió la corriente, ahora sabía quién era la mujer y se sintió próximo a su propia infancia. La idea de un juego inocente lo cautivó.

Por el ventanal distinguió a lo lejos el aterrizaje forzoso de un avión muy grande. Había camiones de bomberos, lanzando espuma blanca sobre la pista. Todo fue relampagueante. El aparato pasó por encima de varios camiones. Lo vio crecer, abalanzándose contra el ventanal.

Marco se volteó para abrazar a la anciana, su clara intención era levantarla y correr con ella.

Marco, quítate los anteojos —y el hombre sintió las manos de la mujer contra su pecho.

De un manotazo lo hizo y volteó hacia la pista. El avión estaba terminando de llegar al final de su carrera, sobre el blanco lecho de espuma contra el fuego, sin desviarse del recorrido.

— ¡Fue muy real! ¿Cómo funciona este aparato? —su corazón todavía galopaba. Entonces lanzó una mirada a su alrededor: todo parecía diferente, pero no pudo decir en qué. El tinte rojizo, de un segundo antes, ya había desaparecido.

—No habrías visto lo mismo con la lupa, o en el reflejo del espejo, escogiste el camino apropiado, y el instante preciso. ¿Recuerdas el torrente cuando te arrastró mientras corrías buscando a tu padre? ¿Y la caída desde la ventana? ¿Y durante la pelea con los dos delincuentes? Esquivaste el cuchillo cuando iba a tu pecho. ¿Y cuando el hombre intentó sacar la pistola? Lo detuviste. ¿Y al llegar los policías? Soltaste el cuchillo a tiempo, los disparos habrían sido mortales. Tuviste cinco muertes, y esta fue la sexta cita, siempre puntual.

Marco no sabía cómo tomar esas palabras. Pensó que la anciana comadrona estaba medio loca, y al mismo tiempo tuvo una incomprensible confianza en sus palabras: una vez más había sentido la muerte pasar por su propio cuerpo.

— ¿En realidad, quién es usted? —preguntó al fin.

—Soy quien tú mismo descubriste: Patricia.

La anciana tomó una de sus manos y Marco sintió recuperar un poco de calma.

—No tengo muchas respuestas, oye y vislumbrarás la realidad. Existimos en infinitos mundos paralelos; cada persona, creemos con firmeza, tiene participación protagónica en siete planos; al perder el séptimo, ocurre la verdadera Muerte Universal.

— ¿Muerte Universal?

—Sí, Muerte Universal. Hemos comprobado muchas veces lo de los siete planos.

— ¿En la siguiente oportunidad, o muerte, desapareceré para siempre?

—Para siempre es mucho tiempo. Nuestros experimentos no dan para tanto.

— ¿Quiénes son ustedes?

—Ahora, la pregunta sería: ¿Quiénes somos nosotros?

— ¿Nosotros? ¿Por qué?

—Universos Paralelos es una forma incompleta para describir este fenómeno físico. Desde el momento cuando agotas la Sexta Vida Protagónica, todos caemos en otro plano, tal vez transversal a los demás. Pasamos a convertirnos en seres multidimensionales, si tomamos conciencia de ello, podemos viajar entre universos. Miles de millones y millones de seres humanos nunca se dan cuenta y mueren sin percibir los seis anteriores cambios de escenario. Todos ellos sólo creyeron haber sobrevivido accidentes, enfermedades, u otra clase de tragedias.

— ¿Todos aquí en esta Tierra, o séptimo universo donde acabo de entrar, sólo nos queda esta vida?

—Así es.

— ¿Cómo supo encontrarme la primera vez? Usted llegó al pueblo, atendió unos cuantos partos y desapareció.

—Cuando viajemos a otro universo, de los infinitos que se mueven en paralelo, podrás percibir la muerte inminente de las personas. Si logras seguir alguna de ellas, como hice contigo, universo tras universo, en la sexta oportunidad llegarán a este, en el cual vives desde que el avión se estrelló contra el ventanal y te mató.

Marco guardó un instante de silencio, antes de hablar.

— ¿Entonces, si era inevitable, porqué trataba de salvarme?

—No era inevitable y si no lo intentaba, me habría sentido como una asesina. Pudiste haber escogido la lupa o el espejo, y habrías tenido una conversación con una anciana confundida.

Marcó emitió una risita de confusión.

—No puedo pensar más. Estoy agotado. Sólo tengo una pregunta final.

—No tengo muchas respuestas.

— ¿Hay universos paralelos a este otro, con diferente población, época y forma de vida?

—Esa es la gran pregunta: universos tal vez únicos, sin imágenes múltiples —y se quedó pensando.

— ¿Existen?

—No lo sé. Desde el momento cuando te haces la pregunta, es porque algo intuimos, como ya lo hacíamos con los otros universos. Piensa en esto, Marco: los recién nacidos, en este tal vez único Universo Transversal, son nuestra mayor incógnita; no encontramos forma de seguirlos cuando mueren, ni de percibir si sufren cambios de escenario.

Marco guardó silencio, antes de continuar.

Patricia, tengo otra pregunta, no espero respuesta: ¿alguna de las personas que viven aquí han podido percibir la clase de universo donde nacieron?

—Muy pocos han terminado por aceptar la idea. A la mayoría les parece ridículo.

—Demasiado confuso e incomprensible —murmuró Marco.

—Tal vez así fue para la gente cuando creía en la Tierra plana, un mundo redondo les parecía una locura —Patricia rió, y palmeó la rodilla del joven.

Marco volvió a la carga.

— ¿Qué pasaría si publicamos la verdad en este universo, utilizando testigos como yo?

—Tal vez nos quemen en una hoguera, o nos metan en un manicomio —y volvió a reír—; nos vemos pronto, me acompañarás para seguir otra persona hasta aquí, solo tomará segundo y medio del tiempo de este universo —y rió de nuevo.

Marco miró a su alrededor, observó su imagen en las vidrieras de las tiendas, y sonrió.

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FIN

Interesante relato el que nos obsequia nuestro amigo Joseín para el Desafío del Nexus de Octubre. Muchas gracias Joseín.

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