Desde Lima, Perú, nos llega una historia del escritor Jaime Nicolás Gamarra Zapata, para nuestro Concurso de relatos anual:

Orion-Constellation

La constelación

Autor: Jaime Nicolás Gamarra Zapata.

Hubo una época muy lejana cuando el ser humano vivía en un mundo regido por dioses intimidantes. Los antiguos podían desentrañar la historia de su cultura de lo que leían en las constelaciones. Los fenómenos naturales eran señales ineludibles del mar de arriba. Los mitos y la poesía eran referentes primordiales para los antiguos, tanto como su economía. Estos eran preservados sobre todo oralmente, de generación en generación. De esos tiempos inmemoriales, se origina un relato, tal como me lo fue contado por un descendiente de los hijos del dios de la montaña, en la Costa Norte peruana. En este lugar quedan vestigios de una gran civilización.

El fugitivo no se detuvo hasta estar seguro de que nadie lo perseguía. Su resuello, antes que su veloz carrera, espantaba a las iguanas y los chilalos recién despiertos. La campiña lentamente se desperezaba. Atrás quedó el centro ceremonial hecho de adobe, así como la tensa espera, la noche en zozobra. Los otros cuatro cautivos, a esta hora, ya serían alimento para los zopilotes.

La pirámide trunca, bajo el amparo de la deidad luminiscente, se podía divisar a la legua. Los prisioneros permanecen en la habitación frente al altar de los grandes sacrificios. Murales de pulpos con cabeza de serpiente y cangrejos terroríficos hacían más siniestro el cautiverio. El cactus sagrado y la incardinada sincronía del ritual elevarían a la sacerdotisa hacia el mar de arriba. Los dioses estelares harían su aparición finalmente, tal como estaba vaticinado en el rito inmemorial. El reino recuperaría su antiguo esplendor, deslucido por años de mala siembra e inundaciones.

La mañana anterior al ataque los ancianos de la aldea se habían reunido para discutir sobre las técnicas de cultivo. Las mujeres se dedicaban a sus labores de tejido textil. Los niños correteaban libremente cerca del bosque de algarrobos. De vez en cuando, un jañape[1] se les atravesaba en sus carreras. Ella había llegado, junto con sus abuelos, procedente del poblado contiguo, de hábiles artesanos, a intercambiar productos hechos de paja y carrizo. Tuve suerte de encontrarla en el cobertizo, al lado del corral colectivo de codornices y patos, donde se hacía el trueque. Yo había desobedecido a mi madre, que me había ordenado traer agua de la acequia y recolectar guayabas. Cuando sus abuelos hacían la transacción con un aldeano, ella se acercó a mí pausadamente. Extrajo rápidamente de su pequeño morral una pulsera tejida a mano y me la extendió. Sus ojos se iluminaron como dos estrellas fugaces. Luego, regresó al lado de sus abuelos. Yo retorné a cumplir el encargo de mi madre.

Encerrado con los otros, pensaba que jamás la volvería a ver tal como la recordaba. Transcurrieron varios minutos y, al final, solo quedé yo con otro muchacho casi de mi edad. Presionaba con ansiedad la pulsera de color fucsia que ella me había obsequiado. Recordé súbitamente que de su bolsa se había asomado la cabeza de un diminuto pacazo[2]. ¿Cuál de los dos sería el primero en ser conducido al ara? Decidí que no iba a estar dispuesto a seguir extendiendo la lenta agonía. Al otro muchacho parecía no importarle. Estaba absorto en sus cavilaciones. Cuando entró el celador, me incorporé automáticamente y le indiqué enfáticamente con la cabeza que me sacara. Al dejar la habitación, me sentí aliviado y alcé distraídamente la vista hacia Orión, al punto más luminoso. De esa dirección, surgió una luz intermitente, la cual no correspondía a ninguna de las habituales inquilinas. Nadie más se había percatado de ello. La luz se aproximaba inquietantemente y en el templo empezaba a encaramarse una vívida agitación. La sacerdotisa empezó a invocar al dios de la montaña. Ya nadie me prestaba atención y la luz ahora se había convertido en un objeto tornasolado, con luces parpadeantes, como una balsa de totora fosforescente. Fue cuando avizoré que no iba a ser inmolado. Tenía primero que escabullirme del celador, bajar la rampa y atravesar rápidamente el patio central hasta llegar a la entrada. Ya pensaría lo que haría con el guardián del templo. El ambiente estaba conturbado por completo y yo miraba mis pies descalzos. Se escuchó un zumbido, que se fue haciendo cada vez más intenso, seguido de un gran estruendo. El resplandor ocurrió casi simultáneamente y el desconcierto reinó. El celador, aterrorizado, se había ovillado. Los guerreros que cuidaban a la sacerdotisa se habían retraído, desencajados. Fue el momento oportuno para huir. Cuando escapaba, me vinieron a la memoria los largos paseos por la playa, cuya arena mojada acariciaba mis pies descalzos. Mi abuelo me solía llevar desde los cuatro años para corregir la anomalía en mis pies. Cuando atravesé precipitadamente el portal sin resguardo, me vino a la mente su rostro sonriente. Era el mismo que tenía en el sueño de hace dos noches. El viejo estaba en la playa y acababa de pescar un pez raya. Lucía radiante y me decía “encontrarás el camino”. Luego, me señalaba el mar de arriba con dirección a Orión. Yo iba a preservar a toda costa la tradición de mi pueblo. La copa del ritual no sería llenada esta vez y con los sobrevivientes del feroz ataque trazaríamos una nueva historia, muy lejos del bosque de algarrobos.

FIN


[1]Lagartija pequeña de color plomizo.

[2] Reptil totalmente verdoso, parecido a la iguana.

Muchas gracias a Jaime por su relato y le deseo la mejor suerte en el Concurso.

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos