Desde A Coruña, España, Vuelve Antonio Caaveiro, quien ganara el Desafío del Nexus durante Febrero, con un nuevo cuento para el Desafío de Abril:

La Chispa de la Vida

Autor: Antonio Caaveiro Gato.

El mundo está cambiando y las personas con las que te topas también, pero casi nadie parece darse cuenta de lo que sucede…

Alzó la mirada escéptico y me miró extrañado. Sin apartar sus ojos de los míos, cerró una por una las ventanas en su pantalla y con una exasperante deliberada lentitud, bajó la tapa de su portátil para dejarlo después reposando en la mesa que tenía a su lado.

— Tienes que estar de coña—, fue lo único que dijo tras cruzar sus manos sobre su regazo.

— Lo digo en serio. He intentado quitármelo de la cabeza o incluso convencerme de que tiene que ser una estupidez, un desvarío de los adictos a las conspiraciones… Pero puedo. Lo explica todo.

— Tantas horas estudiando en la biblioteca te han destrozado la cabeza. Lo que necesitas es desconectar del todo este fin de semana.

— Pero es que no puedo. Cada vez que salgo lo noto y no puedo dejar de pensar en ello.

— Entonces tiene que haber una explicación mucho más lógica que esa locura. Piénsalo bien. ¿No te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es imposible?

— ¿Y por qué es imposible?

Su única respuesta fue una risa contenida, fácilmente confundible con un bufido. Se incorporó lentamente y se encaminó hacia la cocina del piso que compartíamos. Pero no me di por vencido. Fui tras él, tratando de convencerlo con todo lo que me rondaba por la cabeza desde hacía semanas, pero a pesar de que lo intenté durante largo rato, no tuve éxito. Finalmente, me arriesgué y saqué la artillería pesada.

— ¿Y cómo explicas el comportamiento que está teniendo la gente últimamente?

— La gente siempre ha sido idiota.

— No es que sea más tonta. Es que está desganada. Nada despierta entusiasmo en nadie—, dije consciente de que la animación de mis palabras parecía querer indicar lo contrario—. Mira los partidos… la gente va, pero ni gritos, ni vítores, ni ovaciones. Son silenciosos como misas.

— El partido de fútbol de ayer fue bastante animado…

— Parecía un funeral. Hasta los comentaristas de la radio sonaban desganados y aburridos.

— Tonterías…—, pero comenzó a dudar al recordar.

Podía ver en sus ojos un esfuerzo consciente mientras intentaba recordar, como si el partido hubiese pasado hacía años, en vez de la tarde anterior. Un partido con el estadio repleto de gente silenciosa, vestida de blanco en una mitad del estadio, enfrentada a la otra mitad del estadio también silenciosa y vestida de granate y azul.

Sus ojos se abrieron como platos cuando se dio cuenta de que durante el partido más esperado de toda la liga, nadie había gritado y no hubo albortos o tumultos. Apenas hubo vítores o gritos de ánimo. Solo gente bebiendo, comiendo y mirando al partido.

— Además, también está lo de los ojos.

— ¿Qué pasa con los ojos?—, preguntó extrañado.

— ¡Qué brillan!—, casi grité—. A la gente le brillan los ojos.

— Eso sí que no te lo creo. Seguro que te lo has imaginado. Nunca he visto brillarle los ojos a nadie—, dijo mientras le daba un gran bocado al último de los sándwiches que se había preparado. Se detuvo durante unos segundos y me miró con una sonrisa malévola en el rostro—. Bueno, si exceptuamos esa serie de ciencia ficción que tanto te gustaba.

Molesto saqué el móvil de mi bolsillo y busqué los videos en la red. Los vimos uno tras otro. Las gradas llenas de gente con los ojos destellando. Gente en las calles con sus ojos brillando. Hasta videos en los que alguien hablaba a cámara y a la que, tras darle un trago a su refresco, le brillaban los ojos.

— Lo has soñado, está claro—, dijo al fin.

— Pero no ves como les brillan los ojos. ¿De verdad no lo ves?

— No—, sentenció tajante.

Me subía por las paredes. No podía ser el único que lo viese. No podía ser todo una alucinación.

Intentando convencerme a mí mismo de que no deliraba, volví a ver los videos desde el principio, deteniéndolos en los momentos clave. Allí estaban los ojos brillando. Un resplandor distinto en cada persona, destellos del color de sus iris que duraban apenas un segundo y se apagaban. Y siempre después de que hubiesen bebido.

Pero mi amigo no los veía. Allí estaba el destello congelado en el fotograma del video, pero seguía insistiendo obstinado.

— Pues dime. ¿Si esto no es una invasión qué es?—, dije casi gritando.

— No lo sé. ¿Una maniobra publicitaria?—, dijo levantándose con su plato y volviendo a la cocina. Una vez allí me gritó—. ¿Quieres que te acerque algo de beber?

— Con este bochorno me vendría bien una birra bien fresquita.

Pude oír el chasquido metálico y el suave siseo burbujeante, pero no le presté atención hasta que fue demasiado tarde. Se sentó frente a mí con su lata roja entre sus manos. Las letras blancas que surcaban aquel cilindro de aluminio ondulaban, enroscándose en un logotipo que podía ser reconocido por casi cualquier persona del planeta.

Todo el mundo bebía aquel refresco, o al menos alguno de los que tenía la empresa. Hasta su más acérrima competidora era ahora, de hecho, suya. Mi compañero de piso y viejo amigo le dio un largo trago, terminando con el contenido de la lata sin pararse casi a respirar. Cuando terminó, soltó un fuerte eructo y repentinamente sus ojos se iluminaron.

Pero no fue un fugaz destello de un par de segundos, como en los videos de internet, o los que había visto fugazmente en las calles, sino que continuaron brillando mientras sonreía con malicia y me tendía una lata. Pero no era la cerveza que le había pedido, era una lata roja, como la suya.

— Esto no es lo que te pedí—, dije con el corazón desbocado de puro pavor—. Sabes que no me gusta.

— ¿Cómo lo sabes si nunca la has probado?

— Prefiero la cerveza—, dije sin querer dar mi brazo a torcer.

— No quedan—, mintió.

Y entonces supe como lo hacían.

Durante minutos permanecimos en silencio, mirándonos mutuamente y sin movernos. Algo había cambiado en su interior. Aquellos ojos azul celestes no solo me producían escalofríos, sino también una fuerte y desquiciante sensación de peligro, acrecentada por el hecho de que continuasen brillando levemente.

— Tenía razón, ¿verdad?

— ¿Con qué?—, preguntó con una sonrisa en sus labios.

— Con lo de la invasión.

— Si—, dijo sin darle la más mínima importancia.

— ¿Qué hay en la lata?

— Lo que pone en la etiqueta… y nuestras esporas.

— ¿Y los que no la bebemos?

— ¿Cuánta gente en el planeta aún no la ha bebido nunca?

— Muchísima—, repuse agresivo.

Empezó a reírse, pero no era la misma risa de mi viejo amigo. Era distinta. Más grave y rápida. Era completamente distinta y cesó tan abruptamente como había comenzado.

— Solo faltáis por colonizar unos pocos miles de millones, pero en realidad apenas importáis—, comentó completamente relajado—. El planeta ya es nuestro. Todos los líderes mundiales albergan ya a mi gente y no tenéis ejércitos con los que oponeros a nosotros…

— Ahora son vuestros—, terminé abatido. Sabía que en todas las cantinas de las fuerzas armadas de la mayor parte del mundo se servían aquellos refrescos—. Pero no nos controláis a todos. Somos muchos a los que no nos gustan las bebidas con gas o simplemente no pueden permitírselas.

— Es cierto, pero a los que no os gustan sois una minoría y aquellos tan pobres que no pueden permitírsela apenas importan. Solo cuestión de tiempo que también los dominemos a ellos.

— ¿Por qué me explicas todo esto? ¿Qué vas a hacerme?

— Solo ofrecerte un refresco para calmar tu sed.

— No me gusta—, objeté tozudo.

El calor era sofocante y la sed me atenazaba. Las gotas de sudor resbalaban por mi frente y caían sobre mis ojos. No me atrevía darle la espalda e ir a la cocina a por algo para beber. Entonces sonrió ampliamente mientras sus ojos brillantes me apremiaban y sus manos me ofrecían la lata, aún cerrada y cubierta de diminutas gotas de agua, que reposaba sobre la mesa.

— Vamos. Si es La Chispa De La Vida.

FIN

Muchas gracias a Antonio por su participación y le deseo la mejor de las suertes.

Si disfrutaste de esta historia, no te olvides de votar por ella con el botón “Me Gusta” de facebook.

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos