Nuestro amigo Joseín Moros vuelve con otro excelente cuento acompañado como siempre de una excelente ilustración; solo con mirarla ya podemos sospechar por donde va la historia 😉

Combatiente caido Joseín Moros

La Buena Vida

     — ¿Ese era el último? —preguntó Marcanna.

     —Afirmativo, fueron 15780 —respondió una voz masculina en sus auriculares.

     — ¿Cuántas bajas tuvimos?

     —Doscientos cuatro soldados, tres capitanes y un navegante.

     — ¿Podemos disponer de los cuerpos?

     —Afirmativo. Todos habían firmado el protocolo.

     — ¿De dónde vinieron esos desesperados?

     —Formaban parte de una retaguardia, hay trillones de fugitivos, escapan del sistema solar H-587 en naves sobrecargadas. Nos lo acaban de reportar.

     — ¿Ya abrieron alguno?

     —Afirmativo. Pasaron la prueba. Hay veinte o treinta organismos vivos, como promedio, localizados entre los ojos de la máquina y en su pecho, cada uno tiene aspecto de ostra jugosa.

     — ¿Cuánto pesan? —dijo Marcanna, con cierta ansiedad.

     —Entre dos y tres mil kilos por individuo, sin la cáscara.

     — Bien, sus vehículos de combate son primitivos: vuelan, nadan, lanzan rayos destructores, pero son fáciles de derribar. ¿Por qué tendrán ese diseño imitación del cuerpo humano?

     —Tal vez lo consideran algo intimidante, pavoroso de encontrar frente a frente; con seguridad sus enemigos debían huir aterrorizados al verlos llegar.

     Marcanna oyó otra voz, era femenina y más delicada que la de ella.

     —Creo que no esperaban encontrar humanos en esta zona de la Vía Láctea, tal vez imaginaron que éramos una leyenda.

     —Sí  Aret, llegamos primero a la galaxia y nos pertenece por designio divino.

     Marcanna miró la enorme máquina que había derribado con el cañón de antimateria, el punto que escogió para herirlo, por fortuna, no dañó los ocupantes, apuntó entre las piernas, donde supuso que estaría la arcaica fuente de energía. Pensó en la botella de vino que tenía guardada, sería perfecta para el banquete de esta noche con aquél androide “aroma de caballo y textura de recia madera” como lo recordaba, así le gustaban. Suspiró y habló mientras tecleaba el código de reposo en HIENA-666, su pieza artillera preferida.

     —Mañana tendremos que volver al trabajo. En la tierra gustó la carne de aquel ganado similar a insectos, aunque crudos olían tan mal, ¡flores y frutas, qué asco!

     Hizo una pausa y escupió casi a cuatro metros.

     —Aunque sus armas eran superiores a las de estos y su aspecto no tan apetitoso, es una lástima que se acabaron.

     Miró  al cielo con reverencia y agregó en voz baja.

     —Nos mandaron un buen sustituto. El reino celestial nos protege.

Autor: Joseín Moros

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