Nuestro amigo Joseín Moros nos envía una nueva narración con su correspondiente ilustración, pero nos aclara que no se trata de su entrada para el presente concurso de relatos, pues todavía está trabajando en la narración que nos enviará, así que disfrutemos de esta historia y esperemos por la próxima 🙂

Kokura ilustración

Kokura

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p>El sol naciente ilumina un hombre y una mujer, ambos de hinojos arriba de una piedra. La fisonomía oriental y su vestimenta, los hace pasar desapercibidos. Habían salido de entre viejos escombros cubiertos de maleza.

A pocos metros de allí existió un castillo, ochenta atrás fue destruido durante una batalla.

Él habló en voz baja.

—Mucha gente ha muerto.

Ella agregó con tristeza.

—Están llegando al punto sin regreso.

De repente levantaron la mirada hacia el horizonte.

— ¿Otro bombardeo? —dijo en voz baja el hombre, como si evitara ser oído por los tripulantes de aquella aeronave, todavía invisible por la distancia.

—Están lejos —la mujer había murmurado muy quedo, y cerró los ojos rasgados. Transcurrieron minutos y a su espalda el brillo del sol aumentaba mientras surgía del horizonte.

—Vienen a destruir esta ciudad —aunque ella lo había dicho como si comentara el estado del tiempo, las venas de sus sienes latían con fuerza.

El hombre también habló despacio.

—Será inútil correr a nuestro refugio, esto no es como el incendio de un castillo —en la mente de ambos vislumbraron el sitio donde habitan desde hace mucho tiempo, oculto en el subsuelo de la colina.

Ella recitó palabras muy suaves.

—Tuvimos gran fortuna al estrellarnos en este mundo, pudimos ayudar a su gente.

Él se lamentó.

—Reverencian la guerra. Nuestro mismo error.

Los segundos volaban como bombas asesinas.

—No tenemos tiempo para huir —susurró la mujer.

El hombre, luego de una larga pausa, habló casi de manera inaudible.

—Llegó el momento para el cual nos hemos preparado durante toda nuestra existencia, miles de veces más larga que la de cualquier ser de éste planeta —él también revelaba sutiles signos de agitación, pero no se movía.

—Sólo nos queda concentrar nuestros pensamientos y orar —ella comenzó a respirar de manera controlada y las pulsaciones de su frente se calmaron.

La pareja entró en un profundo estado de meditación, levitaron casi un centímetro, evento obstruido a la vista de cualquier observador gracias a la amplitud de sus ropajes. Florecieron gotas de transpiración en sus frentes y las facciones variaron con lentitud.

El viento cambió de dirección y unos minutos después ambas caras tenían nariz diminuta, quijada puntiaguda, ojos grandes y redondos. El color de la piel se les había tornado similar al nácar envejecido.

La luz del sol hizo destellar las cabelleras color marfil, un momento antes habían sido oscuras como madera quemada. Parecían figuras de porcelana con la capacidad de transpirar.

Nubes lejanas, provenientes del océano, avanzaron sobre la ciudad.

La gente quedó decepcionada cuando el brillo del sol se atenuó, esperaban un bello día soleado.

La tripulación del bombardero también estaba contrariada, el blanco se cubría de nubarrones, para cuando lo alcanzaran tal vez sería imposible distinguir la urbe designada como objetivo.

Ruido de motores lo sintieron rondar por encima de las nubes durante un rato interminable.

La mujer abrió los ojos, ahora tenían un color violeta intenso, en lugar del marrón oscuro de antes.

—No van a regresar a su base —esta vez habló con más fuerza y comenzó a sollozar en silencio—, nos salvamos pero muchos morirán.

La voz del hombre sonó afligida.

—Fuimos oídos por alguna razón. Y no debemos recriminarnos.

Sus cuerpos habían descendido y de nuevo reposaban sobre la piedra.

Se levantaron y fueron caminando hasta la cumbre de la colina, mirando hacia el lugar por donde el bombardero y su comitiva se habían perdido entre la bruma.

Abrazados, se mantuvieron inmóviles casi una hora.

De súbito, desde el lugar donde estaba la ciudad de Nagasaki, llegó el resplandor del infierno.

Cayeron de rodillas, lloraban con tal tristeza que las nubes, convocadas sobre la ciudad de Kokura, se contagiaron con el llanto.

Kokura: está en el noroeste de la prefectura de Fukuoka, en la isla de Kyushu, Japón. El 9 de agosto de 1945, la segunda bomba atómica estaba destinada contra la ciudad de Kokura, una repentina falta de visibilidad obligó a los pilotos a cambiar el objetivo, después de haber estado volando en círculos esperando se despejara la bruma. Entonces a las 11 y dos minutos destruyeron Nagasaki.

Autor: Joseín Moros

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