Nuestro amigo y colaborador Joseín Moros, nos complace nuevamente con un nuevo relato, y por supuesto, una nueva ilustración:

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Fausto y Zeichen

Estaba oscuro, era casi media noche y la lluvia caía con fuerza sobre las carpas del circo. El viejo se bajó del taxi que lo había llevado hasta el pequeño pueblo perdido en la geografía del país; tenía un periódico doblado en una de sus manos, con alguna fecha de agosto 1945. Mientras caminaba, chapoteando sobre charcos de agua y barro, miró reflectores apagándose uno tras otro. Las puertas continuaban abiertas, bajo la lluvia una multitud silenciosa caminaba hacia los estacionamientos.

Metió el periódico en uno de los bolsillos del pantalón; esquivando cuerpos mojados avanzó en sentido contrario al movimiento de la gente. Vio el lugar que buscaba, luces de neón mostraban cartas de tarot moviéndose con saltos espasmódicos. En ese momento la número diez, La Rueda de la Fortuna, soltó un destello, se apagó y dos segundos después volvió a encenderse, continuando su aparente giro producto del engaño óptico de iluminar una imagen diferente con cada impulso luminoso. Leyó el anuncio: “Conozca su futuro. Zeichen nunca se equivoca”

—Es el lugar anunciado en el periódico —dijo en voz baja, soplando para quitarse el agua de los labios.

Fue a traspasar la cortina de cadenillas y pequeños cilindros de bambú mojados por la lluvia, en ese instante el viento vino en su ayuda, una ráfaga separó las tiras colgantes y se encontró frente a la pitonisa. La mujer estaba sentada frente a una mesa cubierta de cartas, al parecer había lanzado un enorme puñado de ellas y las tocaba una por una, como si necesitara leer con la punta de sus dedos.

—Te esperaba —dijo una voz juvenil.

Ya conozco el truco para impresionar a los clientes, la primera vez lo creí —pensó el visitante, al recordar las decenas de cartománticas que había consultado en los últimos años.

—Tu nombre no es Fausto, y tampoco naciste en este país —dijo la mujer, sin levantar la mirada.

El anciano titubeó al dar el siguiente paso, con el codo tocó el enorme Colt 45, en el lado derecho de la cadera, oculto por el grueso impermeable negro; su mano estaba libre y sería fácil esgrimir el arma con la celeridad que le permitiera su anquilosado cuerpo. Había tenido que sobrevivir solo, en un mundo difícil, intentando cumplir una misión peligrosa para la cual no había traído ninguna previsión.

—Tienes sesenta años abandonado en este lugar —dijo la mujer, observando las barajas. Su atuendo estaba muy cercano al ridículo, para la mayoría de la gente, pero el efecto obtenido con la multitud de alhajas, pañuelos de colores y acentuado maquillaje, contrastando con su juventud, impresionó al viejo que no se llamaba Fausto.

Vine buscando una adivina y parece que al fin la encontré —se dijo, mientras caminaba sobre tablones, hacia la silla vacía que la dama le señaló, todavía sin mirarlo a la cara.

—Tu gente sólo tiene una pequeña oportunidad para rescatarte —continuó ella—, les fue muy difícil dar con tu paradero. En cualquier momento estarás con ellos, pero nunca volverás a ser como antes, has vivido como si cada año fuese un minuto en tu país.

Quiero regresar a mi hogar —pensó, mientras se apoyaba en la mesa para dejarse caer sobre la silla. Su mano temblorosa tropezó las cartas y cambió el orden que habían tenido.

La mujer retrocedió, muy atemorizada. Con rapidez levantó los párpados y miró por primera vez al consultante; luego observó las barajas, para hacer otra lectura, y tocó un rosario de cuentas brillantes, pendiente en su cuello.

—No puedes cambiar las cartas lanzadas, sin pagar un precio muy grande. Perdiste tu juventud, buscando más poder que los dioses —recitó, su voz temblaba.

El viejo, que no se llama Fausto, se quedó inmóvil; sus ojos acuosos dejaron salir lágrimas que se mezclaron con los restos de lluvia en su cara. Introdujo la mano derecha en un bolsillo y sacó un montón de billetes de alto valor, arrugados y chorreando agua. Los dejó caer sobre la mesa y sostuvo la mirada de Zeichen.

—Es mucho dinero —dijo ella, ni en diez años podría ahorrar tal cantidad.

El anciano levantó los hombros y negó con la cabeza. Ella comprendió.

Ya no lo necesita —pensó la joven adivina —, perdió la esperanza.

Estuvieron mirándose varios segundos. Zeichen pasaba sus dedos por encima de los naipes, mientras hablaba.

—Es inútil Fausto, no puedes cambiar lo ocurrido. Veo tu país, desolado, la destrucción de la guerra los extermina. ¿De dónde vinieron los enemigos? Veo una raza extraña, implacable, con sólo un objetivo: matarlos a todos.

El viejo pasó una mano por su cara, quitándose lágrimas y gotas de agua chorreando de las canas empapadas por la lluvia.

Zeichen sintió piedad por la enorme tristeza del anciano. Recogió las cartas, estuvo barajándolas un rato y se las entregó.

—Lánzalas a lo alto. Las que caigan sobre la mesa te dirán si hay esperanza.

Fausto realizó lo pedido, con lentitud. Cuando las cartas volaron, otra ráfaga de viento azotó las cortinas de bambú y arrojaron la mayoría de los naipes al fondo de la pequeña carpa. Siete aterrizaron en la mesa, todas mostrando oscuros dibujos.

Zeichen gimió, como si hubiera recibido una puñalada, el anciano cerró los ojos por un instante, las figuras y colores tenebrosos le avisaron de un terrible presagio.

—Viniste para frustrar la fabricación de un arma terrible. Tus enemigos, al conocer que la posees, con rapidez se lanzaron al exterminio de tu gente. Tardaron mucho tiempo en llegar a tu hogar, pero lo hicieron. Están aniquilando tu raza, no quieren amenazas para su propio futuro.

Se sintió confundida y aterrorizada, había algo más en las cartas que no terminaba de comprender. Este hombre, con seguridad, había sido un peligroso espía, y no comprendía el por qué de arriesgarse con esta consulta.

— ¿De dónde viniste Fausto? ¿Por qué buscaste una adivina?

El anciano, sin dejar de mirarla, titubeó. Ella insistió con la expresión de sus ojos y él se decidió a explicar.

—Vengo del futuro. Vine para impedir la fabricación de la bomba atómica, todavía nada sabes de ella. Hace un momento, al otro lado del mundo, fue lanzada la primera contra una ciudad. Desde las estrellas observarán su explosión y lanzarán ejércitos exterminadores contra la humanidad. Llegarán por millones, en el año 2666. Son seres enormes, similares a escamosos elefantes rojos, llenos de apéndices cubiertos de espinas negras, flotan en agua marina dentro de las cabinas de sus navíos, inmensos como ciudades, avanzan destruyendo con sus rayos de calor todo organismo vivo como si vertieran sal sobre la tierra.

Por un momento el viejo levantó las manos, como si manipulara el volante de un invisible automóvil.

—La máquina del tiempo es imperfecta todavía, ninguno de los anteriores viajeros pudo ser rescatado, si es que llegaron vivos a este siglo. Ahora sólo quiero morir en mi hogar, si no ha sido destruido todavía.

La pitonisa, con dedos temblorosos, tocó las siete cartas una por una, confirmando las palabras del anciano. Entonces abrió la boca, pero contuvo el grito de terror al comprender lo que veía.

El viejo continuó hablando, casi lloraba sin control.

—Tengo sesenta años buscando comunicarme con mi gente, en mi desesperación, desde hace una década, lo intento a través de oráculos y médiums, pero sólo hasta hoy encontré alguien que no es un charlatán. Perdóname Zeichen, fallé, ya no podemos evitar la futura aniquilación de tus descendientes y toda la humanidad.

Entonces Fausto comenzó a desaparecer, en la silla sólo quedó su ropa, humeando vapor de agua.

Zeichen recogió las cartas manchadas con barro, esparcidas por el suelo, mientras lloraba en silencio.

Fin

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p>Muchas gracias nuevamente a Joseín por esta colaboración, si deseas leer mas de él revisa la etiqueta Joseín Moros. Y si deseas ponerte en contacto con él puedes hacerlo a través de su correo: Joseínmoros AT yahoo.com. o a través de su perfil de facebook: Joseín Moros.

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