Nuevamente el autor Claudio G. del Castillo, nos alegra el blog con una nueva historia. Y la de hoy sé que tocará muy personalmente a muchos de los lectores habituales de La Cueva del Lobo, disfrútenla:

Dragon

Escenario 0: Valle de Chessick

A mis entrañables amigos, dondequiera que estén.

“¡Adelante, siempre adelante!”, es la consigna de la reina Adriana, la de los cabellos de miel. Y Nelson la suscribe, a su manera: al frente de cien soldados de infantería se dirige a las murallas de la Torre Umbría, uno de los símbolos indiscutibles del poderío de Alejandro, el Rey Cruel. Nelson sabe que el líder de los bárbaros no se oculta allí. Su cubil –y el de sus más temibles servidores– se encuentra en el Castillo Oscuro, en el Este. Hacia allá comanda el ejército Adriana para librar la batalla que pondrá término a la guerra del Valle de Chessick. Pero al capitán de los infantes eso no le importa. Su destino está signado por la promesa del rey Helder, de nombrarlo caballero de la Orden del Unicornio si planta el estandarte de la Quimera en pleno corazón del territorio enemigo. Y la Torre Umbría es el sitio ideal: el más encumbrado y, si no mienten los exploradores, el peor defendido. Aunque no por ello la tarea será fácil. Imbuidos de su fe en Xol, el Dios Inmisericorde, los bárbaros suelen pelear como fieras.
La imagen de sí mismo empuñando la lanza dorada de la Orden y montando su propio Unicornio, confiere a Nelson el ardor necesario, el cual deberá equilibrar con igual dosis de prudencia. Al guerrero no se le escapa que es mediocre en el manejo de la espada y, para colmo, en los últimos tiempos ha soñado tres veces que moría defendiendo el Palacio de Nácar. En la primera  ocasión el aire se emponzoñó en sus pulmones al conjuro de un Hechicero Negro; en la segunda, se abrasó vivo en las fauces ígneas de un Dragón; y en la tercera –Nelson se estremece al evocar– un bárbaro le rebanó la cabeza con su hacha justo en la entrada a la alcoba de Adriana. Pesadillas de mal augurio, sí. ¡Y que le parecieron tan reales!
Nelson se obliga a serenarse: “Este no es el Palacio de Nácar, sino la Torre Umbría.”
Desenvainando la espada se dispone a dar la voz de ataque, cuando llega Sir Ricardo, caballero de la Orden del Unicornio y jefe de la Guardia Real. También su amigo. El capitán lo recibe con una sonrisa. De súbito se le ha ocurrido que a Ricardo le es imposible afectar dignidad. Es gordo en exceso y de baja estatura; adornan su rostro una ancha nariz y unos ojos de párpados caídos e inflamados; el yelmo y las hombreras le quedan un tanto grandes… Nelson no apostaría una jarra de vino a que mediara proeza que justificase su nombramiento. El aspecto imponente de la cabalgadura, sin embargo, sobrecoge a Nelson, quien no consigue apartar la vista del cuerno; ese cuerno capaz de desafiar a los Hechiceros de Alejandro.
–¿Qué haces, viejo amigo? –le pregunta el caballero.

–Ya lo ves. Pronto cederá la torre al empuje de mi espada. Mira a las atalayas, Ricardo, y sé testigo de cómo la guarnición busca temblorosa la protección de sus muros de piedra. Es evidente que Xol la abandonó a su suerte. Un niño arrojaría con más convicción las flechas que nos dispensan.
–¿Finges desconocer que el Rey Cruel se atrincheró en el Castillo Oscuro? Mira tú al Este, Nelson. Desde aquí se adivina la cabellera dorada de la reina ondeando en el campo de batalla. Allá deberían estar tus hombres; donde las huestes bárbaras nos cierran el paso al castillo. Adriana me ha encomendado reunir la totalidad  del ejército para el asalto final. ¡Sígueme!
–Lo siento, no puedo. Tengo instrucciones precisas de Helder. Bajo mi cota de malla guardo su estandarte, que izaré en la torre como presagio de nuestra victoria. El efecto desmoralizador…
–¡Los presagios de victoria no son la victoria misma! Honrosa misión te asignó el Rey Inepto desde su encierro en el Palacio de Nácar. ¿Sabías que lo llamamos así?: el Rey Inepto. Tanto como lo es Lin, el dios que lo inspira.
–¡Calla, Ricardo! La paciencia del Dios Benévolo tendrá un límite.
–¡Bah! Si no fuese por la reina, que asumió el mando de las tropas…
–¡No soy ciego! Los arrestos de Adriana despiertan mi admiración, pero juré… juramos lealtad al rey y… ¿quién sabe?, tal vez su idea funcione. Y es mi anhelo ferviente que, mediante su Gracia, Helder me nombre caballero de la Orden del Unicornio, cómo lo eres tú. ¿No lo entiendes?
–Tu lengua se erige en heraldo de tu ignorancia. Nunca has sufrido el horror de un duelo singular con un Dragón, ni has sido víctima de los encantamientos de un Hechicero Negro.
–Sé cómo es –dice Nelson, reviviendo sus noches de sudor y gritos.
–¡Imposible! Sólo ahora la infantería los combate, y eso, frente a las puertas del Castillo Oscuro. –El capitán encaja el reproche sin pestañear–. Además, ¿por qué querrías ser caballero? El futuro del Valle de Chessick se decide hoy. Después harán falta leñadores, artesanos, herreros… ¡Yo qué sé!
–Lo dudo, Ricardo. No sé si te pasa lo que a mí, que casi no recuerdo un acontecimiento ajeno a la guerra o sus preparativos.
–Porque a la guerra nos debemos.
–Hay más. En la tropa no pocos lo comentan… ¿Qué misterio encierran las Montañas Nubladas? ¿Te lo has preguntado? La bruma jamás se dispersa; la humedad extrema hace impracticable el tránsito al otro lado, si es que existe un “otro lado”. ¿Y qué me dices de las armaduras? ¿Y de tu lanza? ¿Dónde están las minas que proveen el hierro y el oro para confeccionarlas? Ciertamente no en el valle. De otra parte, acostumbras llamarme “viejo amigo”, mas no tengo claras las circunstancias que sellaron nuestra “vieja” amistad…
–Me abrumas con sinsentidos, Nelson. Por lo demás, nos conocimos en aquella parada militar…
–Te aseguro que no. Sospecho que fue antes, mucho antes. ¿Cuándo éramos adolescentes, quizá? ¿En una taberna…? –Nelson cae en una especie de trance–. ¡Una taberna propiedad de tu padre, sí! Allí bebíamos cerveza y jugábamos al ajedrez.
Una mueca de desconcierto desfigura las facciones de Sir Ricardo.
–¿De qué adolescentes, taberna, padre y… ¿Qué tonterías hablas? Deberías hacerte examinar la cabeza por un Sanador.
–Mis palabras suenan a locura incluso en mis oídos, lo admito. En cualquier caso, el corazón me dice que el premio al triunfo que ambicionamos será un breve descanso a la orilla de un sendero eterno. Así que es mi intención recorrer ese sendero a lomos de un Unicornio de andar majestuoso, luciendo la insignia de la Orden.
–Divagas, Nelson. ¡Por última vez, te conmino a que me acompañes!
–¡No!, mis deseos son concluyentes. ¿Quieres oír mi opinión? También tildo esta misión de irrelevante, pero del mismo modo presiento que su aventura le cobrará a la reina un precio impagable. Quédate y mantente al margen. Por tu bien te lo pido.
–Eres cobarde y ruin. Mi lugar está junto a Adriana. Que Lin te sea propicio… viejo amigo.
Sir Ricardo afloja la rienda a su Unicornio y, con la lanza dorada en ristre, cabalga en dirección a las gruesas columnas de humo que se elevan en el Este, anunciadoras de que el asedio al Castillo Oscuro entra en su fase crucial.
–¡A por ellos! –ruge Nelson y, cual pinchada por mano invisible, la infantería arremete contra las puertas de madera que las catapultas se han encargado de despedazar, haciendo expedito el acceso al interior de la Torre Umbría.
Nelson reparte mandobles a diestro y siniestro, cercena extremidades, despanzurra a quienes se les interponen en el camino. Sus soldados lo siguen hasta el patio central y plantan cara a la guarnición acorralada. Los arqueros son presa fácil; los piqueros, no tanto. Nelson prosigue su avance. Por las escaleras de la torre se precipita un arroyo de sangre, señalando el trayecto escogido por el guerrero para encontrar su destino. Sin aliento llega a lo más alto.
Allí lo espera un hombre.
De pómulos acusados, piel curtida y músculos fibrosos, el joven comandante de la guarnición empuña un hacha lista para matar. El viento del Norte no halla qué despeinar en su calvicie prematura.
“Ese rostro… me es familiar.”
Su contrincante vacila. ¿Percibe asombro Nelson en sus ojos pardos? No hay tiempo para pensar. Un tajo brillante surca el aire y la garganta del bárbaro se abre en canal, si bien el gorgoteo de la sangre que mana por la herida no le impide a Nelson escuchar el balbuceo agónico:
–Te conozco…
La frase trunca lo golpea y entonces, recuerda. ¡El bárbaro es el protagonista de una de sus pesadillas!
En el patio ha terminado la sarracina. “¡Hurra!”, clama al unísono la diezmada infantería cuando se despliega el estandarte en lo alto de la Torre Umbría. Pero el capitán no sonríe; escruta el horizonte en llamas. En la distancia, los Dragones que acosan a los caballeros de la Orden del Unicornio se le antojan negras golondrinas que se precipitan al río para beber. Muy por encima de los Dragones dos nubes perennes –en las que muchos pretenden adivinar los rostros inasibles de Lin y Xol– vagan sin rumbo, indiferentes al viento.
Un tic nervioso se le aloja en un labio a Nelson.
–¡Contemplad la Quimera de Su Majestad, el rey Helder! –vocifera–. ¡Nuestra será la victoria!
“Al menos hoy”, es su inesperado razonamiento al posar su mirada en el cadáver del bárbaro. Un cosquilleo desagradable en el estómago lo acompaña en su descenso hasta el patio de la torre. Y una interrogante: ¿qué indujo a la reina a salir de Palacio a la desesperada y atacar el Castillo Oscuro? El barítono de una docena de trompetas corta el hilo de sus pensamientos.
Es el rey.
Nelson sólo implora a Lin que el fastidioso tic no mancille la solemnidad del ritual mágico de su nombramiento.
***
Adriana amenaza con su espada a la multitud erizada de picas que defiende con obstinación el puente levadizo.
–¡No me ultrajarán como a una perra! ¡No esta vez! –murmura, ya sin fuerzas.
Quedan pocos guerreros aptos para seguirla, muy pocos. Y los Sanadores Blancos que han sobrevivido, escaparon al campamento de retaguardia. Allá oran por su Salvación y la de los heridos que el terror les impidió asistir. Junto a dos Hechiceros Negros y un Dragón, profanado en cuerpo y alma por el fuego y los conjuros, yace el estrambótico Sir Ricardo, último caballero de la Orden del Unicornio. A su lado, con el cuerno roto, su cabalgadura agoniza.
Pese a que el grueso de las tropas de Alejandro ha muerto, a este le queda un Dragón, al que ya liberó de sus cadenas de oro. La pesada bestia, hundiendo sus garras en la pared maestra del castillo, trepa hasta un campanario. Después alza el vuelo, toma altura y sobre el Valle de Chessick planea cual ave gigantesca de rapiña, en espera de la señal del Rey Cruel, su amo y señor.
El resultado de la batalla –y así, de la guerra– está sentenciado en la expresión de los hombres de Adriana. No desafiarán a la criatura alada. Ella no les culpa. Sólo un miembro de la Orden lo intentaría con probabilidades de éxito.
“La Orden es historia, y yo me estoy volviendo loca.”
Afligida, la reina cree alucinar. Porque no puede ser de carne y hueso el caballero que llega con medio centenar de infantes, desmonta del Unicornio y se arrodilla a los pies de Sir Ricardo.
–Hoy lloro tu pérdida, amigo, como antes debiste llorar la mía –es su enigmático lamento.
El caballero se acerca a Adriana y con gesto suave le acomoda un mechón dorado, que cae lánguido sobre su cara salpicada de pecas. Al sentir el aliento cálido del guerrero ella permite que las lágrimas se desgranen en sus mejillas.
Nelson palpa sus manitas; esas manitas recias y callosas, tan impropias de una reina.
–Su Majestad –le dice, y su voz trémula explicita una particular ansiedad–, no estamos arrinconados… en el Palacio de Nácar.
Por un segundo, Adriana estudia la intención latente en sus palabras. El código le parece claro, por lo que decide exorcizar la angustia que roe sus entrañas:
–¿También has soñado? –musita.
El otrora capitán de infantería suspira y abandona su actitud reverencial:
–No se trata de sueños, Adriana.
–¿Qué insinúas, caballero? ¡Habla!
–De forma inexplicable somos piezas en un juego que comienza, termina y vuelve a empezar.
–¿Un juego? ¿Juego de dioses, quieres decir? Hágase, pues, su voluntad.
Nelson mira a las nubes y se encoge de hombros:
–Tampoco estoy convencido de que Ellos sean dioses. Un dios no tolera fisuras en Su Plan, y el conocimiento que nos ha sido revelado, lo es. De hecho ni siquiera estoy seguro de que tú seas reina, yo infante devenido caballero y aquel espectro que ruge, un Dragón. Pero así están las cosas; y si no queremos sufrir en cada ciclo…
–Tendremos que pelear para ganar, siempre ganar.
–Ya lo habías intuido, ¿no?
La de los cabellos de miel asiente, y pregunta:
–¿Crees que jugaremos por toda la Eternidad?
–Lo ignoro pero… nos dolerá menos ahora que sabemos parte de la verdad.
–Será menester perpetuarla en piedra. –Un guiño cómplice asoma al rostro de Adriana cuando blande la espada y exhorta a sus fieles–: ¡Adelante!
***
–Lin, no me deja opción que rendirme.
–Mi pésame por lo de su Dragón.
–El ataque temerario con la reina acaparó mi atención y… Si le dijera que en un inicio di importancia a la maniobra en la Torre Umbría, le mentiría. Lo felicito, se ha superado usted.
–Bueno, Xol, pese a que tres derrotas al hilo deberían hacerme entender de qué iba su nuevo juego, le confieso que mi objetivo en la torre era modesto: colocar un estandarte para nombrar un caballero. ¿Eso no otorga muchos puntos, cierto?
–¿Puntos? ¿Cuándo hablé yo de puntos? Yo no he hablado de puntos. Lo que importan aquí son las decisiones estratégicas, y fueron magistrales las que tomó con…
–No intervine para nada en las acciones de la reina, ni en la incorporación del caballero al asedio del Castillo Oscuro.
–¡Rayos!, debí suponerlo.
–Comprenderá usted, Xol, que lidiar con miles de… piezas no es algo a lo que me dedique todos los días. Me vi obligado a dejarles hacer la mayor parte del tiempo.
–Sin mencionar que la casualidad le tendió una mano, bribón.
–¿Casualidad?
–En verdad no tenía usted los nueve sentidos puestos en el tablero. Dígame, Lin: ¿cuántos enemigos suele enfrentar un guerrero promedio en el transcurso de una partida antes de caer en combate?
–¿Quince? ¿Veinte?
–¡Qué va! Máximo, tres o cuatro. Con todo, su infante, entre las miles de piezas que hay en el valle, se tropezó con el mismo bárbaro que lo liquidara en nuestro anterior encuentro. Si a esto añadimos que en mi precipitación por tener listo el escenario, no inhibí por completo su memoria a un número de humanos… el resultado es este amargo tres a uno. ¿Más ambrosía?
–Ya he tenido suficiente. Quizá mañana. ¡Digo!, si le apetece otra partida.
–¡Desde luego! Aunque el Valle de Chessick ya no me satisface. Odio ceder ante un principiante, y perdóneme. La próxima ocasión lo convidaré a un duelo en la Ciénaga de Brixis. El lugar es perfecto: no necesitaré improvisar el contexto siniestro ni la parafernalia de fantasía.
–No habrá humanos, empero.
–¡Ja! ¿Duda que para mañana los humanos hayan establecido una colonia en Eris? No subestime su espíritu emprendedor. Eso sí, le garantizo que seré más cuidadoso con los recuerdos y suprimiré el libre albedrío para evitar sorpresas desagradables. Tendrá que esmerarse para vencerme.
–Justamente iba a proponerle una alternativa. ¿Qué tal el viejo y buen shatranj?
–¿Bromea? ¡Comparado con mi invento su shatranj es un bodrio!… Ah, no se disguste usted, Lin. Convenido; sea, pues, shatranj. Lejos de mí está enfadarlo. Sabe que no puedo pasarme sin su grata compañía.
–Ahora, si me excusa, debo marcharme. Es tarde.
–Que Odis, el Supremo Hacedor, vele su sueño.
–Lo propio… ¡hum!
–¿Qué me mira?
–¿No olvida usted algo, Xol?
–Si fuese tan amable.
–Ya que ha privado al Valle de Chessick de su atención, disuelva la bruma, reanime una vez más a esos pobres labriegos y, por favor, déjeles continuar con sus vidas.

Autor: Claudio G. del Castillo

Excelente relato, felicitaciones a Claudio, creo que esta historia refleja lo que muchos pensamos que llegarán a ser los juegos de video algún día no muy lejano, o quizá ya lo es y somos nosotros los que ignoramos ser parte de una elaborada simulación 😉

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