Retorna a nuestras páginas la autora María Celeste Grispo, con una nueva historia para participar en el Desafío del Nexus:

En Proceso

Cuando tenía nueve años, me tomé el tiempo y el atrevimiento de investigar acerca de la manera en que se habían desarrollado los distintos seres de este planeta. Recuerdo que, como todo niño, a la expectativa de ser una persona de descubrimientos diversos, hice uso de todo mi entusiasmo y mi sorpresa iniciales, para recolectar pequeños retazos de vida de todo ambiente que visitara. Lo que en un tiempo fueron hormigas, arañas, abejas, luciérnagas, y que en ese tiempo ya eran especímenes siniestramente modificados a favor de la evolución de mi propia especie, eran parte de mi ardua investigación y exploración. No consistía sólo en tomarlos y experimentar con sorpresa la dicha de sus hazañas, sino que también era, como el mal antropólogo que siempre fui, intentar participar en esas diminutas vidas y ser espectador de las reacciones que generaba.
Poco a poco fui notando la incomodidad que mi presencia originaba dentro de su cotidianeidad, y mi interés superó las viejas expectativas, haciendo de mi propio día, una ajetreada rutina de observación detallada en la que cada vez más, me involucraba.
Mis libros ya no lograban aplacar mis dudas, y mi carácter iba impregnando mis viejas investigaciones. Recuerdo haber trabajado sin ningún pudor sobre sus articulaciones, dejando lo que alguna vez pudo ser la marca de la invalidez absoluta en sus cuerpos, y que hoy sólo era una excusa para que su nueva formación biológica, reaccionara reparando mi error y haciéndolos una vez más, útiles al mundo. Formación biológica que había sido producto de forzadas modificaciones, desarrolladas en busca de una mayor supervivencia y por ende, utilidad.
Mi observación derivó en una lenta depresión y posterior alejamiento, al darme cuenta de lo que nuestra especie había generado en todas las demás. Todos estos milenios de humanidad, habían dejado un rastro de imprudencia que había derivado en el hecho de que las otras especies no hubiesen evolucionado como el tiempo se había encargado de hacer con nosotros. Nosotros, los únicos seres vivos que aún al día de hoy, con todos estos complementos genéticos y robóticos encima, seguíamos conservando algo de naturalidad, nos habíamos encargado de que nadie más lo hiciera, de que nadie pudiese alcanzarnos al punto de que pudiésemos conservar ese antropocentrismo por toda la eternidad.
Cada nueva especie era atacada y convertida en una sirviente fiel de la nuestra, borrando todo rastro de ciclo natural en ella, que derivara en un acercamiento a nuestra “humanidad”. Eso fue demasiado para mis cortos nueve años de vida. Me alejé y fui lentamente convirtiéndome en un fiel trabajador incansable del sistema, despreocupándome por toda cosa que pudiese recordarme lo poco de vida que quedaba en este planeta, y lo mucho que se había encargado de huir por otros senderos, otros mundos, que tenían las mismas escasas posibilidades.
Sin embargo yo sabía que la magnitud de la verdad no había llegado a su fin, y seguiría apareciendo frente a mí como un fantasma. Los bichos, las luces, los climas, las plantas, todo era ahora un símbolo de la artificialidad que nos caracterizaba. Un símbolo de la evolución que habíamos experimentado en varios milenios. Pero, un claro signo de que esa evolución era un movimiento constante y arriesgado, había sido el progreso experimentado por nuestro propio cuerpo y percepción.
Nuestro peso corporal fue aumentando gradualmente y nuestros pies se hincharon y se hicieron esta masa informe e incómoda que hoy nos tortura. Como consecuencia de ello, ahora somos mucho más rápidos y torpes que lo que cualquier atleta fue en viejas épocas. Y para que mencionar que nuestras manos, también habiendo cambiado su estructura (aunque en menor medida) se hicieron completamente inútiles para tareas complejas, quedando solo bajo su responsabilidad el escribir los reportes de todas estas labores que realizamos y que cada día tienen menos sentido. Por supuesto, esta información está al alcance de muy pocas personas, de modo en que la sociedad se convenza de su naturalidad, de que todo siempre fue así. Y claro está, la manera en la que conseguí esta información, es sumamente riesgosa.
Sin entrar en demasiados detalles, el mayor cambio que hemos experimentado, fue el referido a la percepción que del mundo tenemos. Cada cierto tiempo, nacen especímenes que se encargan de destruir otros especímenes, que misteriosamente, desarrollan la capacidad de saber lo que planea hacer otro ser vivo que pasa frente a ellos. Para esto, no usan necesariamente los sentidos que la humanidad ha empleado todo este fatídico tiempo, sino que simplemente el conocimiento llega a ellos como lo hace el sonido o la luz, sin que necesiten pensarlo o desearlo, espontanea y sorpresivamente.
Creo que no es necesario que relate el hecho de que esta capacidad, no puede ser transmitida ni generada, y que por eso mismo no es tolerada, siendo una señal de rebeldía y traición condenable de las peores formas. Tampoco hay una explicación para este desarrollo, que parece ser hoy, una venganza de la naturaleza para con nosotros por habernos encargado de liquidarla. No creo necesario tampoco decir, que miles de seres viven temiendo y escondiéndose de ser perseguidos por esta capacidad, negándola ante todo aquel que pueda denunciarlos con envidia y recelo. Y aunque esto pareciera ridículo escribiéndolo yo en esta misma época que relato, ese es el mayor problema de la sociedad hoy en día: el recelo de la evolución.
Frente a estas circunstancias, mi vida se desarrolló temiendo encontrarse con los viejos fantasmas del pasado: las mutilaciones de extremidades, el desarrollo acelerado de los miembros de aquellos bichos, el descubrimiento de la desnaturalización de las plantas y animales, la casi extinción de lo que alguna vez nos hizo mamíferos, etc. Por supuesto, el temor a la alteración de mi humanidad, fue lo que determinó esa época de mi existencia. Fue más bien un temor a la esclavización como parte de este y otros mundos dominados por mi especie, miedo a la maquinización de la personalidad, de lo que me caracterizaba como yo mismo, como Mijaíl, como humano, como amigo, hermano y sobrino.
En esos años, recuerdo haber hecho diversos experimentos que marcaron el pulso de mi vida. En la desesperación, posteriormente al darme cuenta de la adulteración de todas las otras especies, he dejado al azar y a su suerte varias plantas, esperando ansiosamente que muriesen y me demostrasen ese “algo” de vida que conservaban. He esperado horas, me he levantado al amanecer y usado insecticida con el fin de conservar esa mínima imagen de naturalidad. Pero nada de eso ha sucedido. Las plantas nunca murieron, nunca se hicieron más pequeñas, nunca dejaron de conservar su brillo. Ni en la oscuridad ni en la sequia, nunca fueron menos. Años después, cuando la locura ya se había depositado en mí, no lo soporté y las alejé bruscamente de mi vida. Fue entonces cuando me di cuenta de que la única forma en que podía deshacerme de ellas, era destruyéndolas por mí mismo. Así que en un ataque de furia desenfrenada, se convirtieron en mis victimas. Las primeras víctimas en realidad, de toda una larga lista.
Mi adaptación a este ambiente y a su gente, fue en realidad una excusa. Mi maquinización nunca se hizo patente, nunca me tomó por completo. No he dejado que nadie toque uno sólo de mis órganos, lo cual garantiza que mi vida será más corta de lo normal, puesto que el ciclo natural aun se ejecuta en mi. Me he encargado de aniquilar esa pérdida de vitalidad, en todo mi ambiente inmediato. He intentado convencerme de que en realidad somos independientes, por mucho que nos modifiquen, pero el tan solo pensar en que nos modificarían me hizo plantearme todas las manos que estaban puestas en mi en todo momento, todo la utilidad que yo mismo representaba para un sistema que si bien carece de humanidad, presenta una larga existencia. Una existencia de esclavitud, de robo de identidades, de artificialidad, de modificación y dependencia de mentes.
Así fue como he llegado al día de hoy, en el que la inutilidad de mis manos se está haciendo más patente escribiendo estas últimas palabras. Me he llevado infinidad de existencias sin vida, y he sido participe de tantas otras, falsa y estructuradamente, planeando poco a poco deshacerme de todo aquello que no calificara como natural, que no fuese más que una maquina, esclavo del progreso.

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Hace dos días se ha empezado a manifestar en mi cierta capacidad que me deja fuera de juego. Porque eso es esta masa informe de moléculas en movimiento, un juego. Lo gracioso es que es un juego que no teníamos oportunidad de ganar. Estamos inclinados hacia la evolución constante de nuestras capacidades intelectuales a favor de nuestra desnaturalización, en lugar de utilizarla para regresar a aquello que una vez fuimos, cuando todavía “éramos”.
Ni bien comencé a escuchar lo que deseaban, como si fuera un viento fuerte en mi rostro, comencé a sufrir. Sufrir por ellos, perdidos en la maraña de cables y agujas que hoy los mantienen existiendo, y sufrir por mí que debía escuchar porque no tenía otra opción, que empezaba a sentir.
Fui descuidado. Fue espontáneo, en una conversación cualquiera se presentó como quien llega de viaje. El miedo de aquellos años me invadió y no hice más que gritar y gritar. “Pantallas, drogas, vicios, sangre, comprar, comprar, comprar, matar, comprar”. Fue tan rápido, y no pude escucharme más. Dicen que es algo que con el tiempo se aprende a controlar, pero tantas cosas dicen esos que quieren transitar los mismos caminos, tantas cosas… Corrí hacia la salvación, hacia la soledad, cerrando los ojos que siempre había procurado mantener abiertos, alertas.
Más tarde, repensé la situación. Me encontraba solo, con una nueva capacidad e infinidad de posibilidades, posibilidades de conocimiento. Y entonces, se me hizo patente el porqué de la represión, porque era que ese nuevo tipo de evolución se presentaba como una amenaza. Y porque ahora, yo era la amenaza. Teniendo en claro las oportunidades, me dirigí hacia nuevas fuentes de conocimiento, y obtuve lo que buscaba, lo que se habían encargado de ocultarnos: La historia de nuestra desnaturalización. Tan sólo tuve que ir hacia las personas correctas y en los momentos correctos.
De esa manera hoy estoy aquí. Parece que se han dado cuenta y ahora me buscan. Y en esta sociedad, cuando ellos buscan, siempre encuentran. Me ha llamado esa persona con la cual charlaba en el preciso instante del cambio, preguntándome donde estaba y hasta cuando estaría allí. Me di cuenta de lo que sucedía en seguida y no pude decir nada, porque no estoy en realidad en ningún lado, no para ella, que me busca para deshacerme de mi cumpliendo la responsabilidad que se le otorgó en su nacimiento. Fue una de esas personas innecesarias en mi vida, con las cuales nunca debería haber tenido interacción. Personas que no son personas, que fueron arrebatadas de su condición sin tener elección, sin opciones. Como nosotros, que tampoco hemos tenido muchas opciones, que siempre tuvimos iluminado el camino de ida y regreso, y que pensábamos que los otros caminos eran “nuevas posibilidades” (o al menos eso es lo que yo idealizaba en mi intento por neutralizar mi condición de esclavo). Pero no, todas las posibilidades las habían marcado de antemano, y hoy solo somos antiguos carritos ferroviarios yendo por las mismas vías una y otra vez.
Ella no tuvo elección, y sin embargo la odio. La odio porque no tenía idea que ella era quien era, y que yo era quien soy. No tenía idea que uno era el lobo y el otro el cazador, de que yo podía convertirme en un lobo.
Después de cierto tiempo de asumido mi rol, mi papel en esta veterana sociedad, me he creído en la obligación y la capacidad de demostrarle al mundo quienes somos, y a responder a una de las tantas preguntas que acechan a los diversos mundos poblados por seres vivos pensantes, desde hace milenios. ¿Por qué existimos? Y lo cierto es que esa no es la pregunta correcta. Hoy y ahora, al terminar de redactar por última vez mi informe, voy a responder a ese cuestionamiento infernal, del cual hasta este momento no había comprendido su relevancia.
”La soga se ajusta”, decía yo siempre cuando andaba por ahí corriendo inocentemente buscando bichitos en la noche, pensando en lo que me dirían por la hora en la que llegaba. Nunca me dijeron nada. Nunca fue tan importante como mantener la vista en la pantalla, como ajustar anualmente los órganos implantados para hacerlos más eficientes y duraderos. Nunca fue importante, NUNCA FUI IMPORTANTE. Nunca hubo nada importante, siempre hubo Cosas, siempre hubo evolución, progreso, siempre hubo un “¿De qué te puedo servir?”, “¿Qué tengo que hacer?”, “¿Cuánto cuesta?”. Ahora tampoco hay nada ni lo va a haber.
Ahora que sé lo que la gente quiere y no necesita, ahora que se lo poco de “humanidad” que les queda, ahora que veo la montaña de basura avanzando en las calles como avalanchas, amontonándose como un montón de cadáveres putrefactos, ahora me doy cuenta de que nada hay por hacer y de que si alguna vez tuve otra existencia en un pasado, esa fue igualmente o más inútil que esta.
“Sillas, mesas, dedos a toda velocidad, basura, luces, negocios, regalos, tornillos, hilos, cuerdas que los sostienen, cuerdas que no se cortan, correas, sonidos ensordecedores, oídos de lata, circuitos, maquinas, cámaras, represión, dudar, vivir, dudar, renacer, dudar, morir”… No puedo ya dejar de escuchar.
Ahora mismo, para deleite del cazador que viene en camino, la soga se ajusta.
¿Hasta cuándo existimos?… Hasta ahora, hasta que el cuello diga Basta.

Fin

Muchas gracias a Maria Celest por su participación en el Desafío del Nexus de este mes, y recuerden que pueden votar por esta historia pulsando el botón compartir de facebook.

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