Desde Valladolid, España, nos llega el escritor Iván Avila Nieto con una historia de fantasía para participar en nuestro Desafío del Nexus de Octubre:

Janet Bloem Fantasy World

El Reino de los Sueños

En nuestra vida tendemos a diferenciar lo real de lo imaginario; trazamos una gruesa barrera entre uno y otro lado: el consciente, el inconsciente, el subconsciente, sueños, mundos paralelos… Todas esas palabras y barreras no existen. Lo imaginado es tan real como lo tangible y palpable. Debemos pues habitar en ambos mundos y disfrutar de ellos. ¿Acaso la alegría o el sufrimiento no se encuentran en ambos? Los dos mundos forman parte de un todo, aunque algunos no lo vean así. Según vamos creciendo y nos educan (o mejor dicho, nos domestican) nos alejamos del mundo de la imaginación y de los sueños. ¡Regresemos, volvamos a él! Yo os invito a hacerlo de la mano de estos dos hermanos y de su historia. Espero que nadie se atreva a dudar de ella.

Un Amanecer Muy Movido…

Eran las once y media de la mañana cuando sonó el despertador en la habitación de Alejandro.

— ¡Ah! — se sobresaltó, pues aunque conocía de sobra el sonido de aquel aparato, nunca se acostumbraba a tamaño estrépito.

Lo apagó y se incorporó de inmediato, introduciendo sus diminutos pies en las zapatillas. Permaneció así unos segundos, frotándose los ojos y gesticulando, molesto por la luz que del exterior se filtraba por los agujeritos de la persiana.

La habitación de Alejandro no era muy grande, pero en ella había millones y millones de peluches y millones y millones de coches de juguete, de tal modo que, aunque más o menos a cada peluche le correspondía un coche, ninguno de ellos podía conducir por falta de espacio. Aún así, los peluches de Alejandro eran tan tercos que se empeñaban en salir los domingos a dar una vuelta en automóvil y, claro, el atasco que se formaba era monumental.

Por supuesto, todo esto lo imaginaba Alejandro, que era un niño muy soñador…

Una vez desperezado del todo, volvió a echar un vistazo al despertador.

— ¡Vaya, las doce menos cuarto!

Se hacía tarde y no quería perderse el partido de baloncesto por nada en el mundo. Así que se levantó como un rayo y recorrió el largo pasillo de la casa hasta llegar a la habitación de su hermano Carlos. Abrió la puerta y le gritó:

— ¡Vamos, Carlos, despierta, que no llegamos!

Carlos se retorció entre las sábanas y soltó un gruñido a medio camino entre la queja y el bostezo. Tras dar otro par de vueltas sobre sí mismo, alzó la cabeza y mirando a Alejandro, que aún permanecía expectante bajo el dintel de la puerta, le dijo:

— ¡Tranquilo, ya voy!

Carlos era algunos años mayor que Alejandro y al parecer aquella noche había llegado a casa tardísimo porque había ido a la fiesta de cumpleaños de uno de sus amigos; así pues, pasó, en cuestión de segundos y desafortunadamente para él, de un profundo y reparador sueño a la obligación de levantarse y acudir al partido. Se lo había prometido a Alejandro, y Carlos siempre cumplía con la palabra dada.

Cuando éste llegó a la cocina, Alejandro ya estaba sentado en la mesa desayunando un gran tazón de leche con cereales.

— ¡Sí que es tarde, sí! — exclamó Carlos — Habrá que ir corriendo si queremos ver el partido desde el inicio…

Al escuchar esto, Alejandro apuró el tazón de leche y se dirigió raudo a buscar su monopatín; si quería correr tanto como su hermano, le haría muchísima falta. Se puso el abrigo y se dirigió a la entrada.

— ¡Vámonos! — gritó sonriente con el monopatín bajo el brazo.

— ¡Volemos! — añadió su hermano.

Salieron a la calle. El frío era insoportable y la espesa niebla hacía desaparecer por completo la parte más alta incluso de los edificios más cercanos. Avanzaban con la certeza de conocer el camino, pero aquella intensa bruma matinal creaba la incertidumbre de si realmente todo seguiría estando en su lugar cuando llegasen a un punto determinado del trayecto o, por el contrario, habría desaparecido lo que allí esperaban encontrar…

Aún así, Alejandro y Carlos, uno en su monopatín, el otro corriendo, se dirigían rápidamente al Pabellón de los Deportes de la ciudad para poder llegar a tiempo al comienzo del partido.

Atravesaban un descampado cercano a la vía del tren cuando Alejandro se detuvo y alertó a su hermano:

— ¿No has oído eso?

— ¿El qué? ¡Venga, no te entretengas con tonterías, que así seguro que no llegamos!

— Escucha, escucha…

Y los dos aguzaron el oído y pudieron más que escuchar, intuir, lo que parecían unos gemidos.

— ¡Alguien está llorando!

— Sí, eso parece, pero dónde…

— Creo que viene de allí — Alejandro señaló a lo que parecía ser una casa medio derruida. La tupida niebla apenas dejaba entreverla.

— ¡Veamos quién es, tal vez necesite nuestra ayuda!

Los dos hermanos, olvidando que de entretenerse no llegarían al partido, se dirigieron hacia la casa en ruinas. Al fin y al cabo era más importante socorrer a una persona que se encontrase en apuros que acudir a un partido de baloncesto, por espectacular que éste fuese.

Tras mirar detenidamente a uno y otro lado de la derruida casa, no pudieron por menos que sorprenderse al darse cuenta de… ¡No podían creerlo…! ¡No se trataba de persona alguna…! ¡Era la casa la que lloraba!

De una de las grietas de las derruidas paredes se veía descender infinidad de ovaladas y cristalinas lágrimas.

— ¡No es posible! — exclamo Carlos.

— ¡Es… es impresionante! — balbuceaba el pequeño de los hermanos, que en este caso no le era necesario dejar volar la imaginación, pues aquello era tan cierto como que ya no llegarían a tiempo al partido… Pero ¿qué importaba eso?

Absortos y ensimismados ante aquella escena, permanecieron inmóviles durante unos minutos, hasta que se percataron de un leve movimiento bajo sus pies.

— ¡Pero qué diablos ocurre aquí! — gritó Carlos realmente exasperado, pues aquello ya era el colmo. Las semienterradas baldosas del suelo de aquella ruinosa edificación se habían convertido en algo sumamente parecido al chicle…

Y se hundían, lentamente se hundían; poco a poco, las blancas y negras baldosas los engullían sin tener ninguno de los dos hermanos la menor idea de hacia dónde demonios les podría llevar aquello…

Y fue así como en cuestión de segundos se hallaron en mitad de un torbellino de bruma y polvo del cual les era imposible desasirse. Querían abrir los ojos, pero no podían; necesitaban respirar algo que no fuera una asquerosa bocanada de barro y polvo, pero resultaba igualmente imposible. Aquello era un completo caos, algo totalmente inesperado que les conducía a un lugar mucho más incierto todavía…

… Y Un Sorprendente Despertar

¡Menudo golpe! debió pensar Carlos tras recobrar la conciencia, pues sintió un agudo pinchazo en la espalda. De inmediato pudo comprobar la severa hinchazón de la zona dolorida al pasar la mano derecha por su curvado dorso. Miró a un lado y a otro, y al instante se percató de que no se encontraban ni mucho menos en el lugar en el que les sucedieron tan extraños hechos no sabía muy bien cuántas horas o minutos atrás. Tal vez sólo fueron unos segundos, pero la sensación que ellos tenían era la de haber dormido durante dos días seguidos y les hubiesen dado, a un mismo tiempo, una soberana paliza.

Aquel paraje era un diminuto valle rodeado de altas y escarpadas montañas repletas de inmensos árboles de frondosas copas y numerosas flores de diversos colores y aún más variados olores. No muy lejos se podía escuchar el tintineo de lo que parecía ser una pequeña pero inquieta corriente de agua, tal vez una cascada. El cielo era límpido y claro, de impresionante azur…

— ¿Dónde estamos? — preguntó Alejandro, que al parecer había despertado con anterioridad que su hermano y ya había tenido tiempo de echar un vistazo a los alrededores de tan insólito lugar.

— No tengo ni la menor idea, pero no sé por qué me da que estamos muy, pero que muy lejos de casa…

— Pues, entonces, movámonos, tenemos que regresar a casa…

— ¡Alto! ¿Dónde decís que vais? — sonó una extraña voz de entre unos matorrales cercanos.

— ¿Quién ha hablado? — manifestaron los dos hermanos al unísono.

— Yo — fue la escueta respuesta que argumentó un pequeño hombrecillo que, de un salto, se había incorporado al camino.

Era un hombre de avanzada edad; realmente aparentaba tener más de cien años o muchos más. Su reducida estatura incitaba a todo menos a tenerle miedo… ¡Era imposible temer a un ser tan diminuto!

— Soy el anciano Gorobín. He oído vuestras palabras y no me han gustado nada. ¿Cómo vais a poneros a andar sin haber decidido el camino? Antes de actuar, pensad; antes de echar a andar habéis de escoger el camino; ¿o es que acaso no conocéis la historia del hombre que sembró un huerto en una nube y no llovía nunca? No, veo que no conocéis la historia y mucho menos sabéis dónde estáis… Bueno, entonces, habrá que empezar por el principio…

Los dos hermanos permanecían inmóviles, estupefactos, escuchando hablar a aquel hombrecillo que parecía que no iba a callar nunca.

— Estamos en el Reino de Gotard — comenzó a explicar de nuevo — al Norte de la Península de Rockemberg y a no mucho del Lago Helado. Las montañas de Katatonia son éstas que nos rodean — gesticuló señalando hacia todos lados — y este riachuelo que veis aquí nace en la cima de una de dichas montañas.

Fue entonces cuando Carlos y Alejandro se dieron cuenta de que realmente se encontraban muy, pero que muy lejos de casa; de hecho, aquello no parecía ser la Tierra, sino otro mundo paralelo, otra dimensión espacio—temporal…

¡Aquello era increíble! Estaban completamente confundidos… ¿Y su hogar? ¿Cómo harían para llegar a casa?

— Pero ¿usted sabe cómo podemos llegar a nuestra casa?

— ¿Tu casa, su casa, qué casa? Tu hogar está aquí, en este suelo que pisas — fue la contestación del anciano de encorvados hombros.

— ¡No, nosotros tenemos una casa y unos padres, y tú estás intentando confundirnos viejo apestoso! — reaccionó el pequeño de los hermanos, visiblemente alterado.

— Tranquilo, muchacho, no quise molestarte con mis palabras… Supongo que será mejor que me vaya…

— ¿Acaso tu sabes el camino a seguir? — preguntó astutamente Carlos, que tal vez estaba más tranquilo que Alejandro.

— Buena pregunta jovencito. Pues sí, sí lo sé.

— Y ¿podemos seguirte?

El anciano meditó durante unos segundos cuál habría de ser su respuesta y finalmente decidió que sí, que podían seguirle.

— Pero os advierto que éste es mi camino, no vuestro camino, y lo más aconsejable es que decidáis cuál ha de ser el vuestro en vez de seguir a un pobre y viejo desvalido como yo.

— De todas maneras, te seguiremos hasta la ciudad más próxima, allí decidiremos nuestro propio camino…— argumentó Carlos.

— Está bien, por mí no hay ningún problema — contestó el anciano Gorobín.

Y así lo hicieron.

Una Comitiva Muy Especial

No llevaban más de una hora andando por el cada vez más pedregoso e intrincado sendero, rodeados por una frondosa y exuberante vegetación, cuando se toparon con una destartalada carreta de cómicos ambulantes que al parecer seguían el mismo camino que ellos. El grupo de saltimbanquis era de lo más variopinto, y se podía distinguir entre ellos: actores, malabaristas, bufones y sobre un par de mulas atadas a la parte posterior del carromato viajaban dos personajes elegantemente vestidos y de porte señorial; eran un hombre y una mujer.

Al llegar junto a ellos, el anciano Gorobín se adelantó unos pasos, dejando en un segundo plano a Carlos y Alejandro, y se dirigió al hombre que montaba en una de las dos acémilas:

—¿Hacia dónde os dirigís vos y vuestra comitiva, noble señor? – preguntó Gorobín con voz atiplada y extremada educación.

—Nos dirigimos a Kantork, anciano, para participar en la feria y mercado de la ciudad. Mi nombre es Guilhem de la Tur, trovador de las tierras del Norte, y esta es Bruna de Amians,— dijo señalando a la joven y hermosa muchacha que viajaba a lomos del otro animal — juglaresa e intérprete de mis afamadas composiciones… Esperamos ser recibidos por el Senescal de la villa y actuar en su magnífico palacio…

— Estupendo, pues… Veo que hoy es un día de agradables encuentros…— reflexionó en voz alta Gorobín.— ¿No os importará que mis jóvenes amigos y un servidor os acompañen en el camino?

—Por supuesto que no, siempre que os podáis proporcionar vuestra propia comida. Aún queda un día y medio para llegar a Kantork y me temo que tendremos que pernoctar en algún claro de este tenebroso bosque…

—No temáis por nosotros, señor, no habrá ningún problema…— afirmó el anciano con una leve sonrisa.

Y tras unas breves presentaciones de cortesía para conocer al resto del grupo de titiriteros, decidieron reanudar la marcha hasta que cayese la noche.

El Sol se había escondido por completo en el horizonte y la peculiar comitiva se detuvo en mitad de una suave ladera ausente de vegetación. En primer lugar dieron de comer y beber a los animales, para acto seguido encender una hoguera y sentarse en círculo alrededor de ella.

Allí estaban entre otros: Anna nariz de gato, la elástica acróbata, Zawi orejas de ratón, el estrafalario bufón, Albert hocico de perro y Cunegunda, un matrimonio de orondos actores, y por supuesto, Guilhem de la Tur y la hermosa Bruna de Amians, cuyo pálido rostro y dorada melena resplandecían con mayor intensidad junto al crepitar del fuego.

De zurrones y morrales sacó cada uno sus muchas o escasas viandas y comenzaron a cenar en animada conversación. Parecían actuar y competir entre ellos en todo momento por ver quién era el mejor, el más gracioso e ingenioso en su estilo, intentando destacar y sorprender al resto.

Aprovechando un breve silencio, el anciano Gorobín se dispuso a hablar. Le flanqueaban Carlos a un lado y Alejandro al otro, que lo miraban y escuchaban con inusitado interés.

—Me permitiréis contar una historia que prometí a mis jóvenes acompañantes y que también desearía compartir con vosotros en esta velada tan agradable y distendida.

—Adelante, anciano. – le animó Zawi orejas de ratón, ávido de nuevas historias que poder contar para entretener a las gentes.— ¡Somos todo oídos!

— Érase una vez – comenzó a narrar el anciano — un hombre que vivía en una montaña muy alta, tan alta, que las nubes la circundaban como si de un vasto y algodonado cinturón se tratase.

Este hombre había vivido muchos, pero que muchos años, solo allí arriba y desconocía casi por completo todo aquello que le sucedía al resto de seres como él…

Tan sólo los días más despejados, en que las nubes dejaban algún que otro claro en su alba y esponjosa alfombra, podía vislumbrar la frenética actividad de las personas que habitaban los valles más próximos a la gran montaña. Y así, los contemplaba sentado en el risco más sobresaliente de la cumbre de la afilada montaña.

Un día pudo observar cómo abrían la tierra y la rociaban, llenos de ilusión y esperanza, de semillas de muy diversos frutos, y decidió que él también plantaría allí arriba en su montaña las más bellas flores y los más ricos frutos que pudieran existir en todo el universo conocido.

Y “¿Qué mejor lugar que estas extensas nubes que me circundan para llevar a cabo mi propósito?” pensó.

Y así lo hizo, pero transcurría el tiempo y nada crecía allí. El hombre de la montaña se sintió contrariado al no conseguir su objetivo. ¿Qué podía haber fallado?

“ Las nubes están llenas de agua y atraen los rayos del sol; no puede haberles faltado nada a las semillas que planté…” razonaba.

A pesar de todo, nada creció en aquellas esponjadas formas.

Fue entonces cuando se armó de valor y decidió bajar a hablar con los hombres de los valles y las llanuras.

Y así lo hizo. Preparó un hatillo, se lo echó al hombro y descendió por las pendientes de la abrupta y escarpada montaña.

Entabló contacto con ellos, pues eran personas hospitalarias y acogedoras por naturaleza, e intercambiaron conocimientos de todo tipo. En un principio le parecieron hombres rudos, pero resultaron ser realmente sabios, pues le explicaron el porqué de su fracaso al intentar sembrar en las nubes, así como las técnicas de cultivo con las que podría subsistir allí arriba en la cumbre. Le hablaron del aterrazamiento de la montaña para conseguir de esa forma una mayor superficie productiva y mayor facilidad para recoger los frutos; de los utensilios más propicios para la labranza dependiendo del tipo de cultivo y de otras muchas cosas que ellos venían realizando desde tiempos inmemoriales.

El hombre de la montaña, inmensamente agradecido, se despidió de ellos y ascendió hasta su hogar, dispuesto a poner en marcha todo lo aprendido. Pero era tan alta su montaña, que las nubes siempre se encontraban más abajo de donde él se hallaba, y nada de lo puesto en práctica obtuvo resultado.

Se desesperó. ¿Cómo era posible? A pesar de ello, el hombre de la montaña permaneció en la cima varias semanas, cavilando sobre lo sucedido; pero, finalmente, decidió preparar de nuevo el hatillo y descender a los valles y las llanuras, esta vez para quedarse…

Concluido el relato, todos los presentes felicitaron a Gorobín por la extraordinaria historia y Carlos y Alejandro entendieron, en cierto modo, lo que el anciano había querido transmitirles con aquella fábula. Algo muy extraño les había pasado; estaban muy lejos de casa y necesitarían de la ayuda de los demás para resolver aquella situación.

Para concluir la velada y a petición del resto, Guilhem y Bruna se vieron obligados a improvisar una tonada. Así pues, ante la insistencia de sus compañeros de viaje, cogieron sus instrumentos y comenzaron a tocar. Guilhem tañía el laud en un primer momento de forma suave y acompasada, para pasar más tarde a ritmos más rápidos y volver de nuevo a cadencias melódicas de balada. Bruna comenzó entonces a cantar con su finísima voz:

Del pétalo de una rosa

Voy a hacerte un vestido…

Tras repetir esta estrofa inicial, a más de uno le resbalaba ya una lágrima por la mejilla al no poder contener la emoción. ¡Qué voz! Bruna de Amians era hermosa, mágica, encantadora; parecía un ángel o más bien una diosa.

Nunca perderá el color

Mientras dura mi cariño,

Mientras dure el mío amor…

Bruna calló; el laud de Guilhem dejó de sonar y se hizo el silencio. Tras unos segundos, los oyentes salieron de su embelesamiento y aplaudieron con todas sus fuerzas.

—¡No tengáis duda de que triunfaréis en Kantork, vuestra virtud es inconmensurable! – vaticinó categórico Albert hocico de perro dirigiéndose a la pareja de músicos.

—¡Los dioses te oigan, Albert! – agradeció de la Tur.

Dicho lo cual, los miembros de la comitiva se incorporaron y se dispusieron a encontrar un buen lugar en el que acomodarse y descansar.

La Ciudad e Kantork

Al despuntar el alba se pusieron en marcha. La noche había sido tranquila, pero Alejandro y Carlos, que durmieron acurrucados en una sola manta que les había prestado Zawi, habían pasado mucho frío. Y es que no estaban nada acostumbrados a dormir así, a la intemperie; de hecho, lo más parecido a aquella situación, eran las noches de campamento escolar que habían pasado en tienda de campaña.

Durante la caminata matinal, Carlos tuvo la suerte y el honor de viajar junto a Guilhem de la Tur y conversar con él. Le explicó que en el colegio había asistido a clases de guitarra española y que le gustaba componer canciones o interpretar otras del grupo de moda en tardes otoñales de lluvia y desapacibles. A Guilhem le sonaba raro todo aquello que el muchacho le contaba, pero le prometió que en cuanto hicieran un alto en el camino, le dejaría su laud para que le demostrase la veracidad de todo aquello que Carlos le decía.

Y es que no sólo a Guilhem, sino a todo el grupo de titiriteros, Carlos y Alejandro les resultaban de lo más exótico: con su peculiar atuendo, su cuidado aseo, el corte de pelo, la forma de hablar… Todos se imaginaban que provenían de un lugar muy lejano, pero no acertaban a asegurar de dónde podrían ser aquellos dos jovencitos y, por tal motivo, los miraban con extrañeza, pero en absoluto con rechazo. ¡Si supieran realmente de dónde venían…!

Alejandro, por su parte, estuvo acompañado casi toda la mañana por Zawi, el bufón, que lo había visto tan triste y alicaído que se compadeció del niño y se pasó todo el camino haciéndole gracias, trucos y contándole chistes que el pobre Alejandro no entendía muy bien. “Humor autóctono” pensó el menor de los hermanos, que no podía dejar de pensar en los extraños sucesos del día anterior, ni en lo lejos que se encontraban de casa y cómo volverían. Y aunque sólo llevaban dos días fuera de su hogar, echaba muchos de menos a sus padres y sus cosas. ¡Parecía como si llevasen una semana fuera!

Caía la tarde cuando, a lo lejos, sobre un escarpado promontorio y fuertemente amurallada, apareció ante los ojos de los viajeros la ciudad de Kantork.

—¡Allí está, Kantork! – aplaudió Albert hocico de perro, contagiando enseguida su entusiasmo al resto de la comitiva.

— Sí señor, y aquí concluye mi promesa de acompañaros hasta la ciudad más próxima.— comentó Gorobín a los dos hermanos.— A partir de ahora debéis decidir por vosotros mismos. Yo seguiré mi camino hacia el Este, hasta la población de Yeremay, donde está la congregación monacal a la que pertenezco…

— Pero, ¿qué haremos ahora? – se apresuró a preguntar Alejandro.

— No te preocupes, Alex,— respondió su hermano — nos las apañaremos solos.— Dirigiéndose a Gorobín.— Muchas gracias por tu ayuda, que tengas buen viaje.

— Igualmente, jovencitos, cuidaos mucho y espero que encontréis pronto el camino a vuestra casa… donde quiera que se halle…— se despidió Gorobín con una sonrisa esperanzada.

— No temas por nada, anciano, yo me encargaré de que nada les pase.— sentenció Guilhem apareciendo desde atrás junto con la hermosa Bruna que posó su mano sobre la cabeza de Alejandro.— Desde ahora están a mi cargo. Este rapaz – dijo cogiendo por los hombros a Carlos — me ha asegurado que sabe tocar el laud y deseo comprobarlo para tomarle como alumno.

— Que así sea.— se alegró Gorobín que, alzando la mano, se dio media vuelta y se alejó del grupo ya casi en la mismas puertas de la ciudad.

Kantork era una ciudad encumbrada en un solitario cerro, fuertemente amurallada, de calles empedradas y casas de adobe y piedra con vigas de madera entrecruzadas, rematadas en su mayoría por angulosos tejados de brezo y paja y alguno que otro de pizarra. En la parte más alta se podía distinguir, sobresaliendo de entre todas las construcciones, el palacio—fortaleza del Senescal, a quien pensaban presentarse con la intención de ser acogidos en el castillo y actuar para él y de esa forma ganarse el sustento y un buen saquito de monedas.

Aquel era un día de feria en la ciudad de Kantork. La muchedumbre se agolpaba en las estrechas callejas de la amurallada urbe para examinar los puestos de mercancías y contemplar alguno de los prodigios que los feriantes traían a la ciudad, previo pago, por supuesto, de unos cuantos meticales.

Carlos y Alejandro observaban estupefactos todo lo que acontecía a su alrededor. ¡Aquello era tan diferente al mundo del que provenían! Les costaba asimilar lo que les estaba ocurriendo; deseaban con todas sus fuerzas volver a casa, pero intuían que aquello iba a resultar una tarea ardua o incluso imposible.

La comitiva se abrió paso entre el gentío hasta llegar a las puertas del palacio del gobernador de la ciudad. Siguiendo el más estricto de los protocolos, se presentaron ante el Senescal, que haciendo — según éste — un alarde de generosidad, hospedó a los cómicos y titiriteros en las estancias reservadas a la servidumbre del castillo, junto a las cocinas; mientras que Gilhem de la Tur y la hermosa Bruna tuvieron mejor suerte y fueron acomodados en una lujosa estancia de la torre del homenaje. Carlos y Alejandro fueron los peor parados al tener que descansar en los establos entre un montón de paja a modo de colchón y acompañados de las bestias.

Al día siguiente, los dos hermanos fueron despertados muy temprano por el bufón de la compañía. El impertinente Zawi orejas de ratón brincaba y reía mientras cantaba una animada canción para desperezar a Carlos y Alejandro.

—¡Vamos, muchachos, ánimo, hay que ensayar…No seáis vagos! – repetía mientras tarareaba todo el rato la misma canción.

Aquella noche actuaban ante el Senescal de Kantork y todo debía estar preparado con absoluta precisión. No podían permitirse el lujo de quedar como unos vulgares titiriteros faltos de profesionalidad y capacidad de improvisación. Estaba sin duda en juego el sustento de varias semanas. Así pues, se pasaron toda la mañana practicando trucos y acrobacias y repitiendo una y otra vez los textos de los sainetes y demás representaciones que tenían previstas para la ocasión.

El Senescal había salido aquella misma mañana de caza y regresaría sin duda cansado, hambriento y ávido de divertimento; y allí estarían ellos para satisfacerlo y alargar su generosidad en forma de redondas monedas de oro.

Pasado el mediodía, descansaron lo justo para llenar el estómago y regresaron de nuevo a los ensayos. Gilhem y Bruna, un tanto apartados de los demás, revisaban sus instrumentos con minuciosidad, al igual que el atuendo que lucirían en la actuación, especialmente suntuoso y espectacular en el caso de Bruna, cuya belleza era tal que la convertía casi en un ser irreal, etéreo, intangible, inalcanzable; daba la sensación de que desaparecería si uno se acercaba e intentaba tocarla.

—¡Carlos!— gritó de repente Gilhem al ver pasar al mayor de los hermanos.— ¿Dónde te habías metido? Llevo un buen rato buscándote…

—Bueno, yo…— balbuceó Carlos sin saber muy bien qué responder.

— Está bien, no hace falta que te excuses. He compuesto una cancioncilla para la hija del Senescal… ¿La conoces? – Carlos negó con la cabeza – Da igual, el caso es que quiero que interpretes tú la pieza. Seguro que a la hija del Senescal le hará mucha ilusión. Toma. – extendió el brazo y le entregó un papel en el que se desplegaban una serie de notas sobre un rudimentario pentagrama.

— Pero, es que… yo… No sé si sabré interpretar esto…— argumentó Carlos tras echar un vistazo a la composición.

— ¿No me dijiste que sabías componer e interpretar música?

— Sí…

— ¡Pues no se hable más, seguro que lo harás estupendamente! – concluyó el trovador.

Una Noche Mágica

Todo estaba ya preparado para el gran banquete en el salón principal de la torre del homenaje del palacio. Las mesas se hallaban dispuestas en algo similar a un rectángulo, de tal forma que dejaban un espacio central para las actuaciones de los artistas y el baile de los más atrevidos comensales.

Cuando ya todos los invitados se habían acomodado en sus respectivos asientos, se abrió la gran puerta dorada de la sala y, precedido por un par de centinelas, apareció el Senescal de Kantork. Vestía una casaca larga de color rojo con botones dorados y un sombrero de fieltro que le confería un cierto aspecto de elegante capitán pirata. Inmediatamente todos los presentes se pusieron en pie y realizaron al unísono una obligada y cortés reverencia. Tras el Senescal, hicieron acto de presencia su esposa y su hija, a cada cual más bella, que fueron igualmente recibidas.

Carlos, que se afanaba en aquel instante por aprenderse la canción que Gilhem había compuesto, se quedó petrificado al contemplar a la destinataria de la tonada. Tendría unos quince años, pero su cuerpo ya poseía acentuadas formas de mujer. Su piel era blanca como la leche, adornada por graciosas y minúsculas pecas; sus ojos grandes y almendrados; su larga melena azabache describía unos rizos llenos de volumen y armonía. No se parecía en nada a la hermosa Bruna,— pensó Carlos — pero el estómago le cosquilleaba como nunca le había ocurrido ante chica alguna.

La fiesta comenzó. Las más exóticas viandas llenaban las mesas junto a la carne de las piezas cazadas aquella misma jornada. Unos músicos autóctonos amenizaban la velada, mientras grupos de bailarines danzaban en el centro de la sala. Al llegar los postres, entraron en escena los cómicos y actores de la compañía a la que pertenecían Carlos y Alejandro. Un divertido sainete interpretado por Albert y Cunegunda y unas bufonadas de Zawi, dejaron paso a la actuación estelar de Gilhem y Bruna. Estos deleitaron a los presentes comenzando con un repertorio extremadamente melódico, dando lugar a miradas atónitas y alguna que otra lágrima fruto de la emoción, para terminar con un par de canciones más alegres y susceptibles de ser bailadas por la concurrencia, como de hecho sucedió. Los comensales, desinhibidos por el vino, salieron al centro del salón y danzaron animadamente entre risas y chanzas. Tras un colofón de aplausos, Gilhem pronunció unas palabras de agradecimiento y acto seguido introdujo a su nuevo discípulo:

—Venido de tierras muy lejanas, de una cultura muy diferente a la nuestra, me complace presentaros al joven juglar Carlos, que interpretará una tonada especialmente dedicada a vuestra hermosa hija, Senescal. – Y con una reverencia señaló hacia el mayor de los hermanos, que entró en escena. Estaba muy nervioso; la sola presencia de la joven le hizo ruborizarse hasta parecer un tomate.

Comenzó a tocar y las suaves notas de la tonada impregnaron el aire de sinceridad. Gilhem percibió enseguida que Carlos estaba tocando con el corazón aquella canción que él había compuesto y una imperceptible sonrisa acudió a su rostro.

Cuando el mayor de los hermanos se disponía a cantar, levantó la mirada un instante y sus ojos se encontraron con los de Zaída, la hija del Senescal. En aquel momento pensó que no le saldría la voz o que desafinaría de tal manera que haría un ridículo espantoso; pero no fue así, pues las primeras palabras que salieron de su boca estaban poseídas por un extraño tono varonil que jamás había tenido. Hasta él mismo se sorprendió.

Te vi tras las rejas de la ventana.

Amargo siento el dulce,

Muy larga la mañana…

Henchido de satisfacción, el resto de la actuación fue maravillosa, casi tan sublime como la de Gilhem y Bruna, hecho que arrancó el fervoroso aplauso de los presentes y en especial de Zaída, que sonreía y aplaudía a partes iguales, muy emocionada y gratamente sorprendida por la actuación de aquel joven trovador.

—¡Has estado fantástico! — le felicitó su hermano Alejandro dándole un fuerte abrazo una vez se hubo retirado a la salita de los artistas.

—¡Gracias, enano! ¡Buff, menos mal que me salió bien, estaba muy nervioso!

—¡Enhorabuena, muchacho, ha sido una actuación memorable! Déjame decirte que me has sorprendido sobremanera…— le piropeó Gilhem.

— Gracias, maestro. Viniendo de tan insigne trovador, estos halagos son como…

— ¡Pamplinas! Déjate de cumplidos y sigue esforzándote por aprender el oficio. Eso es lo que tienes que hacer. — le cortó Gilhem en un tono un poco áspero, pues odiaba que lo adulasen.

— No le hagas caso, Carlos, tan sólo quiere que no te relajes, ni te embriagues de éxito, tantas veces efímero.— medió la hermosa Bruna acariciando amablemente el rostro del joven.— Ahora, salgamos al jardín, la última parte de la fiesta se celebra allí. Habrá más baile y juegos…¡Vamos!

El resto de compañeros de la comitiva ya se hallaba disfrutando de la parte más informal de la velada. Los nobles se habían retirado, dejando todo el protagonismo al pueblo llano, en particular a la servidumbre de palacio y a unos cuantos comerciantes y campesinos holgazanes dependientes del Senescal. Entre ellos se mezclaron Carlos, Alejandro, Gilhem y Bruna, que increpaba al pequeño de los hermanos para que se fuera a dormir, ante la pertinaz negativa de éste.

Al rato, Carlos se distanció un poco del alegre y ruidoso tumulto. Se empezaba a sentir agobiado con tanta gente, tanto vino, tanta risa y tanto baile. Fue entonces cuando escuchó una voz que le llamaba.

—¡Trovador, trovador Carlos! – escuchó a sus espaldas. Era una voz a medio camino entre mujer y niña.

El mayor de los hermanos se giró raudo como el viento para quedar al instante petrificado: allí estaba ella, Zaída, la hija del Senescal.

—Acercaos, trovador, desearía saludaros y agradeceros la tonada que gentilmente me habéis dedicado esta noche en la cena.— su tono de voz era como de ensueño. Rítmico pero pausado, elegante, embriagador…

— No, no… tenéis que.. que agradecerme nada…Princesa…— balbuceó Carlos anonadado ante la presencia de la joven.

— ¿Princesa? No soy ninguna princesa, sólo soy la hija del Senescal, nada más, y me llamo Zaída.— comentó ésta con una enorme sonrisa y alargando la mano para que Carlos la besara.

— Es…es un placer conoceros…Zaída, me alegro de que os gustase la canción que… bueno, no la compuse yo, pero…— Carlos estaba tan alterado que no parecía coordinar bien las palabras, es más, parecían no acudirle a la boca.

— Tranquilizaos, trovador, que no muerdo.— bromeó ella.— Tan sólo quería saludaros y desear que coincidamos en un futuro más detenidamente para charlar sobre el arte, la música y esas cosas… Ahora tengo que irme o mi padre se enfadará si descubre que he bajado a saludaros. No le gusta que hable con el vulgo…— no había terminado la frase cuando echó a correr en dirección a la puerta de la torre del homenaje.

Aquel encuentro dejó a Carlos fuera de sí. Se había quedado como tonto, completamente bloqueado ante la presencia de la joven Zaída. ¡Qué bochorno! ¡Esto no podía volverle a pasar! ¡No, señor! La próxima vez que se encontrasen se comportaría como un auténtico trovador.

El Torneo

Tras aquella mágica noche, el Senescal decidió contratar a la compañía al completo, con vistas al torneo que en unas semanas se iba a celebrar en Kantork y donde se darían cita los nobles y caballeros más destacados del reino.

Seguirían alojados en el Palacio, pero hasta que llegase el día de la celebración, el Senescal había previsto que cada miembro del grupo se ocupara en algún menester de la vida cotidiana de la fortaleza. Así, Gilhem y Bruna se encargarían de dar clases de canto y música a la joven Zaída; Albert, Cunegunda y Anna, la pequeña acróbata, ayudarían en las cocinas; mientras que Alejandro y su inseparable protector, Zawi, se harían cargo de las cuadras. El pequeño de los hermanos estaba encantado con la designación de cuidador de los caballos del Senescal, pues, desde siempre, le apasionaban estos hermosos animales, al igual que los perros. Por desgracia, sus padres nunca le habían dejado tener en casa más que un par de aburridos peces y unos canarios que ni siquiera piaban.

Carlos, como discípulo del gran Gilhem de la Tur, asistía puntual a las clases magistrales que éste impartía cada tarde a su nueva alumna, Zaída. Con los días, el mayor de los hermanos, iba perdiendo la timidez, llegando incluso a mantener una conversación con la hija del Senescal sin ruborizarse lo más mínimo, lo que se antojaba todo un logro. Así pues, del nerviosismo inicial pasó a la agradable sensación de camaradería y complicidad con la hermosa Zaída.

Una tarde, después de la clase, los dos jóvenes dieron un paseo por los jardines del Palacio. Les acompañaba el tenue tintineo del agua de las fuentes y el olor de las flores resultaba letalmente embriagador. Sin duda alguna, era un auténtico jardín de ensueño.

Caminaban despacio, ensimismados, hasta que Zaída decidió romper el silencio:

—¿Tocarías otra vez para mí aquella canción?

—¿La que canté aquella noche, la de las rejas de la ventana?

— Sí, ésa, no me la puedo quitar de la cabeza… Habla de dos enamorados… Es tan bonita…

— La tocaré siempre que tú quieras…— sonrió Carlos mirándola a los ojos.

Zaída aprovechó el momento para cogerle de la mano.

—Y ¿Está muy lejos tu patria? – le espetó de pronto.

— Creo que sí…— respondió Carlos.

—¿Crees?

— No te sabría decir con exactitud; de hecho, a veces pienso que estoy en otro mundo…

— ¿En otro mundo?

— Sí, en mi mundo nada es como en éste. Allí tengo unos padres y la ciudad en la que vivo está llena de coches y de edificios altísimos… jugamos al fútbol y al baloncesto, vemos la tele, navegamos por internet…

— No sé si creerte, pero si de verdad es así, realmente tu país es muy diferente al nuestro…

— A lo mejor algún día te puedo demostrar que lo que te digo es cierto; por ahora, ni tan siquiera sé cómo vamos a volver Alex y yo…

Se hizo de nuevo el silencio. Una amarga sonrisa se dibujó en el rostro de Carlos, que veía en Zaída el motivo de su dicha en aquellas extrañas tierras, a la vez que añoraba su mundo y esperaba algún día regresar a su hogar.

El día del torneo llegó. Condes, duques y senescales de todo el reino se acercaron hasta Kantork acompañados de sus mejores caballeros y soldados para competir en las justas. Fueron hospedados en la ciudad según su rango y categoría. Alojándose los Principales en el propio Palacio de Kantork.

Por la mañana hubo numerosas exhibiciones de cetrería, tiro con arco, paradas militares e incluso partidas de ajedrez, actividades en las que los competidores mostraban toda su destreza en la materia correspondiente.

Ya por la tarde, la arena del anfiteatro de Kantork esperaba impaciente la llegada de los caballeros y sus monturas. El público, que abarrotaba las gradas, se había vestido con sus mejores galas y la mayoría lucía en sus ropas los escudos y colores de los participantes.

Alejandro, que había sido elegido para acompañar, a modo de escudero, al héroe local Angus de Kantork, no cabía en sí de gozo cuando pisó la arena del anfiteatro. El propio Angus solicitó al Senescal que fuera el jovencito que cuidaba los caballos el que le acompañase en el torneo, le ayudase a ponerse la armadura y portase el pendón con sus insignias nobiliarias.

En el palco principal del graderío, el Senescal departía con los nobles más relevantes del reino, entre los que se encontraban el muy loable Jorge de Trámara, Pibo de Osón o el poderoso y despreciable Conde de Rocaflor.

Por riguroso sorteo, los caballeros se fueron enfrentando unos contra otros hasta que sólo quedaron dos de ellos: Angus de Kantork, el ídolo local, y Torius Hansen, destacado paladín al servicio del malvado Conde de Rocaflor.

Alex ayudó a Angus a colocarse la armadura y preparar el caballo para el combate final. Al menor de los hermanos le asombraba la aparente calma con que Angus afrontaba el lance. Era, sin duda, un auténtico héroe: alto, fuerte, de nariz apolínea y cuidada melena; parecía un valeroso caballero medieval sacado de uno de esos cómics que tanto él como Carlos leían tan a menudo.

Al Sol de la tarde, los dos caballeros lucían espléndidos, con sus refulgentes armaduras, cada una con su insignia nobiliaria.

Angus de Kantork, lanza en ristre, se caló la visera del casco y le echó una mirada a su escudero:

—¡Deséame suerte, muchacho!

Aunque no se le veía el rostro, cubierto por el casco, sin duda Angus de Kantork sonreía.

Cuando el juez del combate dio la orden desde el centro de la arena, los dos caballeros, cada uno en un extremo del recinto, espolearon sus cabalgaduras y éstas empezaron a trotar en dirección a su oponente. Según se iban acercando el uno al otro, azuzaban más a los caballos, que en cuestión de segundos pasaron del trote al galope más desenfrenado.

El Conde de Rocaflor observaba tenso la escena; era éste un hombre bajito, calvo, narigón, desgarbado y algo cheposo, al que tan sólo su lujosa vestimenta le salvaba de parecer un auténtico adefesio. Sin embargo, su personalidad contradecía su físico, pues era un hombre culto, tenaz e inteligente; pero era también muy egoísta y utilizaba esas virtudes para hacer el mal. En cuanto al torneo, tenía claro que su caballero no podía perder; cualquier resultado que no fuese la victoria sería una deshonra.

Por fin se encontraron los dos jinetes en mitad de la arena. Bajaron sus lanzas y apuntaron hacia el adversario.

¡Crash!

El encontronazo fue brutal, pero sólo uno de ellos cayó al suelo y ése había sido Torius Hansen, paladín de Rocaflor. ¡Angus de Kantork había ganado!

Las miles de gargantas de los animadores locales emitieron un rugido ensordecedor. Aclamaban al héroe de Kantork. Éste, haciendo girar su caballo, se subió la visera y saludó en primer lugar al Senescal y posteriormente al resto del público. Angus de Kantork estaba exultante de alegría.

En ese instante, el pequeño de los hermanos se acercó a Angus para felicitarlo por el triunfo, siendo correspondido por el caballero con una palmada en el hombro.

—¡Lo hemos hecho bien! ¿Verdad, muchacho?

—¡Ya lo creo que sí! – respondió Alejandro lleno de júbilo.

Mientras tanto, en el palco, el Conde de Rocaflor maldecía y despotricaba sin parar.

—¡No puede ser, habéis hecho trampas! – vociferaba – ¡El Sol cegaba a mi paladín y por eso ha perdido. Lo han hecho adrede! ¡Trampa!

— ¿Cómo podéis decir tal cosa, conde? Me ofendéis con vuestras palabras. El combate ha sido limpio y legal a todas luces.— respondió el Senescal.

Todos conocían sobradamente lo irascible que era el Conde de Rocaflor. De hecho, el que más y el que menos de los que se hallaban en el palco de autoridades había tenido algún encontronazo en el pasado con el conde.

—¡Esto es un ultraje, un insulto, me voy! Pero tened claro que esto no quedará así…

Y rompiendo el protocolo abandonó el palco sin más dilación.

Todos se quedaron anonadados, pero ante el asombro inicial, decidieron que la fiesta debía continuar.

La celebración del triunfo de Angus de Kantork se alargó hasta el amanecer. Las gentes bailaban y cantaban por las calles y bebían en las tabernas. Los músicos aprovechaban el entusiasmo general para tocar por las esquinas canciones improvisadas sobre el héroe y ganarse así unas monedas. Carlos, Zaída, Gilhem, Bruna, Zawi, Anna, Alex, Albert y Cunegunda mostraron todo su talento en una breve pero destacada actuación en el palacio del Senescal, para más tarde, fuera del castillo, unirse a la algarabía popular y bailar, cantar, beber y reír como nunca lo habían hecho, en una noche de euforia y confraternización inolvidable.

En momentos como aquellos, Carlos y Alejandro no podían evitar entristecerse un poco; echaban de menos a sus padres, que sin duda estarían preocupados por su ausencia, pero habían encontrado una nueva familia y si no iban a regresar nunca a casa, aquello era mucho mejor que nada.

El Peor de los Males

Apenas había salido el Sol, cuando la comitiva de artistas itinerantes ya se había desperezado y reunido para desayunar en la cocina del castillo. Había pasado una semana desde la celebración del torneo y ya no había motivos para permanecer por más tiempo en Kantork. El Senescal les había retribuido la tarde anterior por sus servicios y era hora de partir hacia otro lugar.

—¿Qué os parecería dirigirnos hacia el Sur, hacia la costa? Había pensado en Trámara.— apuntó Albert.

— Puede ser una buena idea,— manifestó Guilhem de la Tur.— Jorge de Trámara es un hombre culto que recibe bien a los artistas que llegan a su ciudad.

— ¡Pues no se hable más, mañana partiremos hacia Trámara!— se entusiasmó Cunegunda.

Tras la comida y como cada tarde, Carlos acudió a la clase magistral que impartía Ghilhem de la Tur en el palacio del Senescal, aunque nada era como de costumbre. Todos estaban un tanto alicaídos por la inminente partida, pero los músicos comprendían que el hecho de ser ambulantes era un aspecto más de su oficio, a la par que una necesidad, y como tal lo aceptaban y se habían habituado a las despedidas. Pero Carlos no. Ni siquiera pudo mirar a los ojos a su amiga Zaída, ni intercambiar unas palabras. La tristeza le embargaba, al igual que a la hija del Senescal, cuya melancolía reflejada en sus ojos le hacía infinitamente más bella. Incluso el tañido del laud sonaba diferente aquella gris y plomiza tarde otoñal.

Alex y Zawi estaban en el establo del castillo, cepillando el lomo a los animales, cuando entró como una exhalación en las caballerizas un mensajero del Senescal. Desmontó de un brinco y todavía exhausto se dirigió, sin saludar apenas a los presentes, hacia la puerta principal de la torre del homenaje.

—¡Malas noticias! – vaticinó Zawi con una mueca de desaprobación.

— ¿Tú crees? – se extrañó Alejandro.

— Sin duda. – corroboró el estrafalario bufón.

Y efectivamente, así era. Las tropas del ejército de Rocaflor se dirigían hacia Kantork y se hallaban a menos de una jornada de la ciudad. Debían alertar inmediatamente a la población y disponer todo lo necesario para la defensa de la urbe.

—¿Cómo es posible? – se preguntaba el Senescal.

Sin duda la derrota del paladín de Rocaflor en el torneo tenía algo que ver con aquello y tal hecho le había servido al malvado conde como perfecta excusa para atacar Kantork, aunque con una más que dudosa legitimidad.

El caso es que sucedió.

A la mañana siguiente, las hordas del Conde de Rocaflor se asentaron sin oposición alguna sobre un cerro testigo muy próximo a la ciudad de Kantork. Era incalculable el número de soldados que había logrado reunir el conde en tan poco tiempo, pues aun disponiendo de un ejército más o menos estable, sin duda más de la mitad del contingente que se desplegaba alrededor de las murallas de la ciudad eran mercenarios recién reclutados ávidos de botín y contratados a base de oro.

En pocas horas desplegaron toda su maquinaria bélica, ante la que poco o nada podía hacer el reducido y testimonial ejército de Kantork. Destacaban, vistas desde la torre del castillo, unas magníficas catapultas, que de continuo eran accionadas para derribar las almenas de la muralla mediante enormes piedras o bien incendiar el interior de la urbe con un mortero compuesto por una argamasa de ramas, telas, hojas y brea, que hacían prender segundos antes de ser arrojado. El conde de Rocaflor había enviado un mensajero para solicitar la rendición incondicional de Kantork, pero la ciudad, con el Senescal a la cabeza, no aceptó los ominosos términos de capitulación que el conde les ofrecía como única salida. A pesar de la negativa, el conde de Rocaflor, sabedor de su superioridad en el campo de batalla, no cabía en sí de gozo, mientras los habitantes de Kantork, entre los que se hallaban Alejandro y Carlos, ya sólo podían esperar un milagro para su salvación.

La lluvia de flechas era constante y cada poco tiempo se escuchaban los exaltados cánticos de los mercenarios rocaflorianos con la clara intención de desalentar a la población asediada que, entre sollozos y lágrimas, todavía no podía creerse que aquello estuviese sucediendo realmente.

Durante toda la tarde siguieron cayendo flechas y piedras sobre la cada vez más devastada ciudad de Kantork hasta que, ya anocheciendo, los soldados de Rocaflor consiguieron abrir una brecha en los muros de sitiada ciudad, por donde comenzaron a adentrarse en sus calles provistos con infinidad de antorchas y portando ballestas y espadas, entre otras armas.

Arrasaban con todo aquello que encontraban a su paso; no hacían prisioneros, simplemente prendían fuego a todas y cada una de las viviendas por las que pasaban en su avance hacia la parte alta de la ciudad, donde se encontraba el castillo.

Carlos, Alejandro y Zaída fueron conducidos de inmediato, por orden del Senescal, a la estancia más segura del palacio—fortaleza. Pero aquella medida no parecía que fuera a ser suficiente, ya que el avance de los soldados rocaflorianos se antojaba imparable y no se detendrían ante nada, ni ante nadie.

Los tres muchachos, acurrucados en el rincón más apartado de la puerta de acceso a la habitación, escuchaban los golpes de los arietes contra el portón principal de la torre del homenaje. Los minutos se hicieron horas hasta que el sonido de los aceros enfrentados dejó paso al más absoluto de los silencios. No tardarían mucho tiempo en encontrarlos. Ahora sí que estaban perdidos…

Fue entonces cuando las baldosas del suelo de la estancia comenzaron a moverse, a ablandarse… y lo que hasta hacía unos segundos parecía dura piedra, se había convertido en un viscoso fango que los comenzaba a engullir lentamente.

—¡ Pero, bueno..! – aquello les resultaba familiar a los dos hermanos, que se miraron estupefactos, sin poder reaccionar.

—¿Qué ocurre? – se asustó Zaída, que de inmediato pegó un brinco y se situó en el lado opuesto de la estancia.

—¡No, Zaída, no tengas miedo, ven aquí, dame la mano! – le gritaba Carlos, cada vez más sumergido en aquel extraño lodazal.— ¡Es nuestra única salvación!

— ¡Ven con nosotros, Zaída, por favor!¡No te pasará nada malo, ya te lo explicaremos luego! – imploraba Alejandro a una confusa Zaída.

—¡Zaída!

Pero la hija del Senescal, presa del pánico, permanecía acurrucada en la esquina contraria a la que se encontraban Carlos y Alejandro, ajena a lo que sucedía al otro lado de la puerta y apenas levantando la cabeza para ver desaparecer a sus dos amigos entre las blandas baldosas…

¿Un Final Feliz?

—¡Alex! ¿Dónde andas? – gritaba enfadado Carlos, que había perdido de vista a su hermano debido a la densa niebla.— ¡Así no vamos a llegar al partido!

Alejandro salió de entre la bruma, esquivando las piedras de la derruida casa, y no pudo por menos que alegrarse al ver de nuevo a su hermano mayor.

—¡Carlos, qué ilusión!

Pero al instante cambió de expresión, al acordarse de la pobre Zaída.

— ¿Por qué no quiso venir con nosotros, Carlos? – le preguntó de repente a su hermano.

— ¿Quién? ¿De qué me hablas?

— De Zaída, ¿por qué se quedó allí?

— ¿Zaída? ¿Quién diablos es Zaída? ¡Ya estás con tus historias…! ¡Qué imaginación tienes! Anda, vamos al pabellón que ahora si que no llegamos de todas, todas…

Alejandro, extrañado, intentaba asimilar lo sucedido. Habían vuelto a casa, pero Carlos no recordaba lo ocurrido en aquel mundo fantástico en el que habían estado sumergidos. ¿Cómo podía ser? No entendía nada…

Llegaron con el partido empezado, pero a Alejandro le importó bien poco. Seguía dándole vueltas a la cabeza sobre su estancia en aquel mundo de ensueño en el que habían estado viviendo las últimas semanas; semanas que, al parecer, habían transcurrido en breves segundos en el mundo al que pertenecían. Intentó hablar con Carlos de lo sucedido, de cómo se habían convertido en titiriteros ambulantes, de su música, del torneo, la guerra, de la desdichada Zaída… pero Carlos estaba absorto en el juego y no le hacía ni caso. Así pues, el pequeño de los hermanos esperó ansioso el final del partido para poder volver a casa y abrazar a sus padres.

Concluido el encuentro, se dirigieron a casa. La niebla matinal se había disipado por completo y el sol comenzaba a calentar de lo lindo.

—¡Vamos, Carlos, corre, tengo muchas ganas de ver a papá y mamá!

— ¡Bueno, hombre, ni que no les hubieses visto en semanas…! – le tranquilizó Carlos extrañado por el comportamiento de su hermano pequeño.

— ¿De veras no recuerdas haber estado en Kantork? – le preguntó Alex.

— ¡Y dale con tus fantasías…! Que no, que no he estado nunca en… Bueno, en ese sitio que dices…

Consternado y dubitativo, el desencantado Alejandro agachó la cabeza. El labio inferior le temblaba. No podía creer que no fuera cierto, que aquello que había vivido y sentido no fuera real…

Por fin llegaron a casa y al abrir la puerta Alejandro echó a correr por el pasillo en dirección al salón, donde se encontraban sus padres.

—¡Papá, mamá! – les saludó con un efusivo abrazo.

— Hola, hijos, ¿qué tal el partido? – les preguntó su padre.

— Bien, muy bien, — respondió Carlos desde el dintel de la puerta — pero casi no llegamos por culpa de este mocoso.— señaló a su hermano, que seguía abrazado a sus padres.

— Os hemos comprado una cosa a cada uno, un detallito para que os entretengáis. — dijo la madre.— Están encima del escritorio de la habitación del ordenador.

—¡Bien! – gritaron al unísono los dos hermanos, que salieron volando hacia la citada habitación.

Carlos abrió su regalo destrozando por completo el envoltorio, impaciente, y se encontró con unas púas nuevas para la guitarra, de las mejores del mercado. Alex hizo lo propio con su obsequio, pero con más cuidado que su hermano. Una vez desenvuelto, pudo apreciar que se trataba de un libro…¡Con lo que le gustaba leer a él! Pero no era un libro como otro cualquiera; éste tenía algo de particular… Se titulaba “El Reino de los Sueños”. Sin poder resistirse, abrió el libro por la primera página y comenzó a leer… “ Eran las once y media de la mañana cuando sonó el despertador en la habitación de Alejandro…”

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