Desde la Ciudad de Cadiz en España, el autor Manuel Santamaría Barrios nos envía su relato para participar en nuestro concurso de relatos:

African Herder

El Pastor de Nubes

Autor: Manuel Santamaría Barrios

El olor de la hierba húmeda le embriagaba, paladeaba el frescor de la clorofila, sus pies tocaban el suelo mojado de la pradera Africana. Se sentía en paz, su esbelto cuerpo apenas cubierto con una tela roja brillaba al sol, en una mano su cayado de Kulu´re y con la otra acariciaba a uno de los Xenof de su rebaño. Todo era armonía, una comunión entre la madre tierra y el hombre…hasta que el programa sueño quedó interrumpido por el irritante sonido del despertador.

Bajó de la pequeña cama en el hueco de la pared y se despejó la cara mediante las ondas limpiadoras. M´nkai extendió su traje atmosférico en el suelo del pequeño cubículo que le servia de hogar. De forma minuciosa examinó cada centímetro del traje, cualquier ranura podría significar en el menor de los casos una quemadura por congelación y en el peor la muerte. Estaba en orden, igual que ayer, la mayoría de los obreros solo lo revisaban una vez a la semana como indicaba el manual de mantenimiento pero él era un hombre de costumbres, tal como su padre le enseñó. Inspeccionó la máscara potabilizadora de aire, las botas antigravedad, y su báculo de electrones. Todo correcto, era un alivio, ya que cualquier desperfecto en alguno de los equipos supondría un gasto extra que ahora mismo no podía permitirse, su sueldo le daba para vivir y los extras por presa nunca eran en metálico.

Empezó a vestirse a su manera pausada, casi ceremonial. Primero se colocó el atavío de gruesa tela plástica naranja, no era cómodo, pero a menos no pesaba tanto como los de los astronautas o los de los trabajos de limpieza de contaminantes en los que tuvo que ejercer antes de que dieran con la labor para la que estaba más cualificado. El resto del dispositivo lo colocó en su mochila y se dirigió al punto de lanzamiento.

El puesto no estaba lejos de su aposento por lo que recorría ese trayecto andando, le servia de gimnasia y terminaba de despejarle la cabeza. Contemplaba los rascacielos tapizados de vegetación. Las calles de asfalto verde eran un ir y venir constante, niños de piel gris de la mano de sus madres se dirigían a la escuela, los universitarios se montaban en los pisos superiores de los transportes públicos para generar energía y ahorrarse el billete. Medidores de aire en cada esquina le guiñaban con sus cambios de luces. Su rutina diaria hasta llegar a “M&M Global”.

Siempre le causaba impresión la “el gran globo” como la llamaban los pequeños de Nueva Esperanza. Una estructura flotante tórica, un emisario perpetuo entre el cielo y la tierra. Su anclaje terrestre consistía en un porta ascensores con 5 unidades cilíndricas y volaba gracias a cuatro grandes zeppelines de Hidro-metano. En medio de todo ello igual que una gigantesca corona el “colector”, una gran red de micro tubular que captaban las moléculas de agua para beneficio de la población.

La humanidad tardó siglos en darse cuenta, paramos de raíz el daño que le estábamos haciendo a madre Gea. Era demasiado tarde cuando se pretendió poner remedio. Ahora intentábamos aprovecharlo todo, los detritus de las ciudades se convertían en combustible para los dirigibles y otras estructuras aéreas, los edificios tenían paneles solares, estructuras eólicas en las azoteas y su superficie estaba cubierta de hiedras para ir renovando el sucio aire. Lo que antes nuestro planeta nos regalaba: aire puro, agua, protección contra los rayos cósmicos y un cielo azul para ver el sol, ahora teníamos que conseguirlo con sudor y lágrimas.

Como todos los días se subió al ascensor 4, le gustaba ese número, se negaba a ir en los otros. Una vez arriba, saludó cortésmente con una inclinación de cabeza al soldado de la entrada y enseñó sus credenciales al personal de admisión. Nunca hablaba con nadie, ni se paraba más de un minuto en el mismo lugar, era una persona muy reservada, no daba muestras de cansancio, ni de alegría, no se relacionaba con los demás, solo arriba se sentía feliz, cerca de su rebaño.

En la sala intermedia se colocó las botas antigravedad y la máscara, una compuerta de metacrilato se abrió y le dio paso a la rampa de lanzamiento, esta era más parecida a un trampolín que a una pista, ya que con su equipamiento solo seria necesario dar un paso al frente.

“Recolector M040609M040512 conectando calzado, flujo de aire correcto, comenzando jornada laboral 03 de marzo de 3045”

Que manera tan fría de describirlo, era casi magia M´nakai podía andar por el aire, esto no se parecía en nada a volar, era suave, para su tarea no necesitaba velocidad necesitaba calma. Paseaba por los contaminados cielos buscando pequeñas nubes de lluvia. El agua era un recurso tan valioso que no se podía desperdiciar permitiendo que cayera sobre los yermos océanos o sobre un pico inhabitable. Cuando una nube era encontrada, los recolectores la guiaban mediante sus cayados hacia los puntos de cosecha.

Amaba su trabajo, la soledad, el frágil caminar por el cielo… adoraba lo mismo que a muchos hombres le habían costado la cordura y la vida. Centenares al verse suspendidos en el aire como si andarán perdían el equilibrio y se precipitaban impulsados por las botas hacia tierra, otros se habían perdido en una caminata sin retorno siguiendo a una luz en el horizonte, o embrujados por la aurora. Pero él era distinto, era el segundo sitio donde más le gustaba permanecer.

De momento no había nada a la vista, oteaba el horizonte con la esperanza de encontrar algo y caminaba hacia nuevos cuadrantes, su padre le contaba cuentos sobre los grandes cumulunimbus que parecían islas de algodón y estaban cargadas de agua, sobre los delgados y afilados cirrus llenos de cristales de hielo… ya no quedaban nubes tan grandes… al menos de agua.

Las grandes nubes eran temibles, de colores amarillentos, cargadas de acido. Otros operarios se encargaban de ellas, las conducían a plantas de separación donde intentarían aprovechar las moléculas para crear agua artificial, era un proceso caro y peligroso si la descarga sorprendía al recolector el traje no aguantaba por lo que caía al vacío entre gritos de dolor por las quemaduras.

Los tesoros de M´nakai eran pequeños, del tamaño de una mesa de escritorio, su abuelo le hubiera dicho de una oveja, esos bellos animales que conoció en su juventud, pero que ya su padre solo los pudo ver por fotos y él ni eso ya que fueron retiradas durante la gran purga de 2099 donde se prohibieron las representaciones de seres extintos. Muchas no pudieron ser recuperadas más que por las vagas descripciones que daban quienes las recordaba una vez abolida la absurda ordenanza.

La jornada, estaba siendo tediosa, se introdujo en la boca el pequeño tubo de glucosa para alimentarse y apenas se concedía un respiro, hacia dos semanas que no volvía con un trofeo. Oteaba el horizonte en 360º con la esperanza de ver algo en el cielo color plomo. De repente sintió algo, apenas una pequeña desviación de los rayos de sol que tímida y mortalmente cruzaban la maltratada atmosfera, era experto, en esa zona había algo.

Se dirigió hacia allí y pudo contemplarla un grupo de pequeñas nubes de lluvia moviéndose lentamente al compás del ardiente viento. M´nkai no cabía de gozo, una presa después de tanto tiempo, conectó su báculo y empezó a soltar descargas iónicas hacia los nimbos que empezaron a dirigirse hacia donde él quería, se liberaron de las amarras del soplo y ahora eran su rebaño. M´nkai tarareaba, una hermosa canción que le enseñó su padre, que se perdía en los orígenes de su raza, en aquellos parajes con los que solo podía divagar. Cualquier científico diría que era imposible, pero daba la impresión de que calmaba a sus protegidas.

Jadeante pero con el corazón lleno de gozo encaminó sus pasos hacia la planta cosechadora. El presente resultó un gran día, el mañana seguía igual de incierto, en esta época la frontera entre la vida y la muerte solo dependía de un pequeño corte en el traje, un encuentro con la presa equivocada, o un fallo en las botas, así que ¿quien quiere pensar en el futuro?

Entregó la valiosa mercancía entre felicitaciones de sus compañeros. Descontaminó el equipo volvió a su casa con la recompensa, una botellita de agua, dos dosis de sucedáneo cárnico y doscientos créditos oníricos. Estaba cansado se tumbó directamente en la cama.

El olor de la hierba húmeda le embriagaba, paladeaba el frescor de la clorofila, sus pies tocaban el suelo mojado de la pradera Africana. Se sentía en paz, su esbelto cuerpo apenas cubierto con una tela roja brillaba al sol, en una mano su cayado de Kulu´re y con la otra acariciaba a uno de los Xenof de su rebaño. Todo era armonía, una comunión entre la madre tierra y el hombre…

Fin

Muchas gracias a Manuel por su relato y le deseo la mejor de las suertes.

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