Desde A Coruña, España, vuelve a nuestras páginas nuestro amigo Antonio Caaveiro Gato, con un nuevo relato para participar en El Desafío del Nexus:

El Paramo Helado

El Páramo Helado

Autor: Antonio Caaveiro Gato.

La Tierra ha muerto.

Su creciente población era insostenible por los cada vez más exiguos recursos. Sin apenas combustibles, alimentos o energía, estalló la Última Guerra. Pero no hubo vencedores, solo abatidos supervivientes, ocultos en las entrañas de las montañas de un mundo cubierto por nubes venenosas, gases neurotóxicos letales y cenizas radioactivas.

Tres milenios después, las puertas de uno de los refugios vuelven a abrirse ante un explorador y su aprendiz, a la que irá descubriendo la crudeza y la realidad del Páramo Helado en el que se ha convertido la Tierra.

La luz roja de advertencia seguía dando vueltas dentro de la pequeña campana, otrora transparente, indicando con insistencia el peligro al que aquellas dos figuras se iban a exponer en breve. Dos personas que ataviadas con gruesos trajes pardos, esperaban a que las gruesas y ancestrales puertas de Smythia se abriesen ante ellos.

El viejo explorador miró de reojo a su aprendiz a través del grueso plástico metalizado de su máscara y lo que vio fue como aquella fuerte mujer temblaba presa de un terror perfectamente comprensible. Aunque el curtido maestro ya estaba acostumbrado a abandonar la protección del refugio seguía estremeciéndose al ver aquella oscilante luz roja, pese a que ahora conseguía enterrar aquel racional temor bajo un profundo mar de melancólica introspección.

El último juego de compuertas acabó de deslizarse sobre sus oxidados rieles y, con un crujido seco, al fin les dejó ver el exterior del refugio. La suciedad y mugre negra se acumulaba en los bordes grises de la caverna y las estalactitas se formaban por doquier. A lo largo de aquella larga gruta, discurría un escaso riachuelo que horadaba y transformaba lentamente las duras entrañas de la montaña con sus letales aguas irradiadas.

— ¿Dónde está el todoterreno, maestro? —, preguntó alarmada, ya que no había visto el vehículo en ninguna de las cámaras estancas.

— Es tu primera salida—, repuso el veterano explorador—. Lo tradicional es que la hagas a pie, así que lo saqué hace dos días.

— Entiendo—, dijo con un susurro que logró hacer pasar por calmado.

No era solo una tradición sin sentido, tenía que comprobar que sabía manejarse y no sufría un ataque de pánico durante aquella breve caminata hacia el exterior. Durante cuatro horas avanzaron en un silencio casi completo, al único amparo de las tenues luces de sus lámparas y dejando que el chisporroteo espaciado pero constante de los contadores de sus cintos rasgase el silencio sepulcral que los rodeaba.

En cuanto llegaron a la apertura de la gruta pudieron ver la tenebrosa oscuridad del exterior. Apenas si se podían dilucidar los perfiles de las afiladas rocas entre la nieve y el polvo que arrastraba el viento helado de aquel erial radioactivo. Con cada vendaval, el crepitar de los contadores se aceleraba a un vertiginoso repiqueteo para volver a descender a un espaciado y tenso silencio en cuanto se calmaba el viento. Un silencio que se veía interrumpido de nuevo por cada contacto de un fotón radiactivo que los atravesaban.

A lo lejos, entre dos grandes rocas que le servían para detener los constantes vientos, un monstruoso vehículo articulado permanecía esperándolos impasible y medio enterrado por la nieve. En vez de encaminarse hacia él directamente, el maestro se detuvo al abrigo de una roca que se encontraba frente a la boca de la caverna y mientras el viento chocaba contra ella, observaron a través de sus pesadas mascaras la inmensa llanura grisácea que se extendía por doquier y hasta donde la vista alcanzaba.

— ¿Por qué nos detenemos, maestro?—, preguntó la joven con impaciencia y sin poder apreciar el momento. Mientras enganchaba su cantimplora a la máscara para beber, continuó inquieta —. ¿No deberíamos entrar cuanto antes?

— Tranquila, pequeña—, respondió con calma mientras la miraba algo molesto. Con parsimonia y meticulosidad enganchó su propia cantimplora en el pequeño orificio mientras la observaba y recordaba la inseguridad enmascarada con arrogancia de su propia juventud. Suspiró resignado al comprender cuanto había envejecido desde su primera salida y preguntó molesto—. ¿Hacia dónde irías?

— Es la primera vez… No sabría…—, respondió dejando traslucir el temor que en realidad sentía con el ligero temblor de su voz.

— Has estudiado mapas y libros durante años… ¿Hacia dónde?—, dijo el maestro cortante y sin miramientos, complacido por la inseguridad que había quedado al descubierto tras el choque con la gélida realidad del Páramo.

— Hacia allí—, dijo tras echar un vistazo alrededor y señalando la dirección de una de las antiguas rutas—. Hacia Cheye.

— Entonces vamos—, dijo el viejo maestro incorporándose y dando gracias en silencio de que hubiese escogido aquella ruta.

Abrieron la puerta del vehículo y se encontraron en una pequeña sala hermética, donde limpiaron hasta el más mínimo pliegue de los trajes antes de quitárselos y colocarlos en las cajas que tenían reservadas. Ya con la gruesa ropa que había preparada en el interior, se sentaron en los desgastados asientos frontales y, con un prolongado gemido, la gigantesca máquina comenzó a avanzar con lentitud sobre el hielo y la tierra yerma que se extendía por toda la superficie del planeta.

Durante semanas viajaron sin mediar palabra. Cruzaron las inmensas llanuras barridas por el gélido viento del norte mientras esquivaban enormes rocas, lagos helados y traicioneras fisuras ocultas por la nieve. Durante aquellas largas jornadas el maestro pudo comprobar cómo su aprendiz era capaz de manejar sin inconvenientes la enorme máquina, incluso durante los incidentes que inevitablemente surgieron en la interminable extensión del Páramo.

Sin embargo las noches se hacían interminables. Las tinieblas los inmovilizaban, no tanto por la oscuridad como por la necesidad de preservar la energía de las baterías, apenas recargadas por el difuso brillo que lograban captar durante su viaje diurno. Por las noches, el interior se convertía en una nevera refrigerada por los vientos helados que mecían su enorme masa sin cesar.

Cada uno de los exploradores tenía un catre, que juntaban por la noche para lograr derrotar al frio sin agotar la energía de sus baterías. Los primeros días cada cuerpo se acurrucaba bajo sus propias mantas, reticentes a acercarse, pero no tardaron mucho en acurrucarse bajo las mismas, compartiendo el calor y haciendo más soportables las frías noches del exterior.

Durante la noche en la que se cumplían los dos meses de su salida del refugio los truenos restallaban en derredor del vehículo y grisáceos jirones de nieve, hielo y polvo golpeaban los cristales de la cabina, acumulándose contra su gruesa carrocería metálica. Aquella tormenta fue demasiado para la joven, acostumbrada como estaba a la protección de montañas sobre su cabeza y el calor de los cuerpos de la ruidosa población de Smythia.

Acongojada, comenzó a reptar bajo las mantas y, palpando la ancha espalda de su mentor, buscó el calor y el amparo en la única persona que tenía a su alcance. No tardó mucho en abrazarlo y el maestro notó como aquella chiquilla presionaba sus pechos contra él, percatándose de inmediato como su sangre bombeaba cada vez más rápido y fuerte entre las manos de aquella joven que bien podría ser su hija.

La tentación de aprovecharse del desamparo de aquel cuerpo de ensueño cruzó por su mente como lo había hecho cada noche desde que salieron al Páramo. Durante un minuto, que se antojó eterno logró reprimirse, conformándose tan solo con disfrutar del íntimo contacto que ella le estaba proporcionando y con el que él había fantaseado ocasionalmente.

Pero sus instintos, durante tanto tiempo pospuestos, se hicieron con el control de su marchito cuerpo. Sometieron su conciencia a la lujuria, impidiéndole recuperar el control y comportarse con la distante serenidad que se suponía tenía que demostrar mientras estuviese en un entorno tan peligroso como lo era el Páramo.

Horas después, mientras el vehículo seguía meciéndose a merced de los implacables vientos la joven aprendiz comenzó a hablar, de nuevo feliz y animada, sin tan siquiera levantar la cabeza del hirsuto pecho de su mentor. Acurrucada bajo las mantas y disfrutando del calor que irradiaba desde sus cuerpos, dijo con un claro deje melancólico:

— ¿Es todo el Páramo así, maestro?

— ¿Así, cómo? —, repuso el maestro desde la oscuridad.

— Un erial vacío de… de… —, la muchacha intentó continuar, pero las palabras se le atascaban en la garganta.

— ¿Vacío de toda vida?—, concluyó con amabilidad—. ¿Qué esperabas encontrarte?

— No es eso. Es… Es que no hay rastro de nada. Ni de las ciudades de la antigüedad, ni de las rutas entre refugios, ni de otros exploradores—, comenzó a explicar la joven azorada—. Hace dos días atravesamos lo que había sido una gran ciudad… y no había nada. Ni una roca, ni un hierro oxidado, ni un escombro o un simple indicio. Solo una llanura interminable de hielo y arena.

— ¿Creías que te toparías con alguien o algo en el Páramo?—, preguntó algo sorprendido el veterano explorador mientras se incorporaba levemente.

— Albergaba esa esperanza… ¿soy una ilusa?—, preguntó azorada. Una cálida gota se deslizó hasta caer sobre el expuesto pecho del maestro, que se apresuró a tranquilizarla.

— No. Simplemente no estás acostumbrada a la soledad. Nunca has tenido espacio para aislarte del resto de la gente, aunque sé que lo intentaste durante tu formación. La soledad absoluta del Páramo es demasiado dura. Siempre lo es, no importa cuanta experiencia se tenga.

— Puedo con ello, maestro—, dijo llena de repentina fuerza de voluntad—. Aunque me gustaría saber cuánto falta para llegar.

— ¿Llegar a dónde?—, preguntó con cierta tristeza. La pregunta que había esperado desde que traspasaran las compuertas de Smythia había llegado.

— Pues al siguiente refugio—, dijo extrañada la joven. Alzó la cabeza y miro a la cara de su maestro en medio de la oscuridad—. ¿Cuánto falta para Cheye?

— Aún estamos a más de una semana de sus puertas—, contestó acariciándole el pelo con cariño e intentando dar la conversación por finalizada.

— ¿Qué callas, maestro? Tus silencios nunca acompañan nada bueno—, insistió terca en medio de la oscuridad.

— Simplemente que tan solo pasaremos frente a Cheye, pero no vamos a entrar.

— ¿Por qué? Necesitamos comerciar.

— No tienen nada que necesitemos y nada de lo que traemos podría ser útil allí—, terció firme el maestro—. Si tantas ganas tienes de ver sus puertas duérmete de una vez. Harás el primer turno al volante mañana por la mañana.

La chiquilla no le dio un respiro al todoterreno y al anochecer del quinto día ya habían alcanzado la planicie que se extendía frente a aquella estibación de lo que antiguamente se habían conocido como Montañas Rocosas. Su instructor estaba impresionado, le había trasmitido a la joven lo que sabía, pero estaba claro que sus habilidades eran tan innatas como su impaciencia. Cada día que pasaba le recordaba cada vez más a sí mismo y, con una sonrisa en los labios, no pudo evitar el imaginar que tal vez a su antiguo maestro le habían asaltado pensamientos similares tantos años atrás.

El día siguiente amaneció con un alba oscura y desapacible, claro anuncio de un día igualmente tétrico y hostil. Las bajas nubes ocultaban la cadena de montañas llenas de cráteres, ocultos a medias por el hielo y la nieve, e impedían obstinadas que la escasa claridad diurna las atravesase.

El ruido de la actividad despertó al viejo explorador de improviso y cuando este se incorporó en el camastro pudo ver a su aprendiz ya embutida en el pesado equipo para el exterior mientras se afanaba en comprobar el estado de la gastada equipación de su instructor.

— ¡Te he dicho que no vamos a entrar!—, le espetó molesto mientras le arrancaba su vieja máscara de entre los dedos enguantados—. Además, ¿cuántas veces te he dicho que no toques mi equipo?

— Pero… Tenemos que conseguir suministros para Smythia —, le dijo con un tono de súplica que buscaba hacerle sentir culpable—. Si no comerciamos con otros refugios… ¿Cómo conseguiremos las medicinas y repuestos que necesitan en casa?

— ¡Cheye es un refugio muerto!—, le espetó el viejo maestro con firmeza—. Lo es desde hace muchísimo antes de que yo naciese.

— Pero las noticias, los suministros…

— ¡Son mentiras!—, le interrumpió sin cambiar el tono de sus palabras—. Te dije que les prestases atención pero que no te los creyeses. Ese lugar maldito cayó hace más de un milenio, envenenados por la radiación, las neurotoxínas o quién sabe por qué.

La mirada de su aprendiz lo fulminaba con una ira apenas contenida mientras esta apretaba los puños intentando controlarse. Su instructor la observaba con una mirada serena y paciente, esperando y deseando que reaccionara como había hecho él hacía años. La reacción que, afortunadamente, no tardó en aparecer.

— Pero tiene que haber algo allí abajo.

— ¿No me crees?—, preguntó directamente a aquella chiquilla mientras examinaba con detenimiento los entresijos de su mirada.

La respuesta se hizo esperar unos segundos, en los que pudo comprobar como una lucha se libraba en la mente de su aprendiz. Las palabras de la joven resonaron con fuerza sobre el rítmico golpeteo del hielo contra la carrocería.

— No. No te creo. No puede ser verdad—, aseveró antes de cerrar la máscara de su casco con decisión e incorporarse con altivez.

— No pienso acompañarte, así que ten cuidado. Esperaré tres días entre aquellas rocas—, dijo el maestro señalando a través de la ventanilla—. No te retrases.

— No lo haré—, dijo a modo de cortante despedida mientras entraba en la cámara de limpieza.

Antes de mover el vehículo, el maestro contempló desde la calidez del mismo como su alumna ascendía por los riscos y laderas, avanzando con dificultad sobre la nieve grisácea hasta llegar finalmente a la gruta y descender por ella hacia las profundidades de la montaña.

El viejo explorador pasó los siguientes días en silencio y envuelto en mantas, contemplando el Páramo, leyendo los viejos volúmenes, diarios y mapas que llevaba consigo en sus viajes y dejando que las agotadas baterías se recargasen por completo. La tercera mañana, un fuerte e insistente golpeteo se alzó sobre el ruido de la tempestad que se había desatado y que había substituido a los vientos helados de días atrás, despertando al viejo maestro que dormitaba con uno de los libros sobre su cara.

La aprendiz había regresado de las profundidades de la Tierra y ya estaba limpiando el traje en el compartimento trasero, pero pese a que podían hablar sin problemas entre ellos ninguno emitió ni un sonido. Más de una hora después, limpia y descontaminada, entró en el habitáculo, se dejó caer en su camastro y simplemente dijo:

— Arranque cuando quiera, maestro.

— ¿Te has convencido?

— Sí—, respondió molesta, justo antes de dormirse de puro agotamiento físico y emocional.

Fue él quien condujo durante todo ese día y el siguiente, escuchando únicamente el ruido de la nieve contra los parabrisas, el suave sonido del motor al funcionar y los quedos ronquidos de su discípula, que seguía durmiendo entre la pila de mantas que se acumulaban en la parte posterior de la cabina.

Durante las jornadas siguientes nada se dijeron, pero el veterano explorador podía percibir como los ojos de aquella joven habían cambiado. Ya no tenían la chispa de ilusión que habían mostrado días atrás, reflejando ahora un alma helada que ya no buscaba el calor humano. Tampoco sus labios sonreían arrogantes y su espalda no se erguía tan orgullosa como antes. Había probado el amargo sabor de la realidad y sus esperanzas habían quedado aplastadas por el peso de la verdad.

— ¿Por qué no me lo dijiste antes?—, dijo envuelta en su propia capa de mantas, mientras le daba la espalda a su maestro, varias noches después —. ¿Por qué esperaste tanto?

— Antes no estabas preparada. Tenías que preguntar—, respondió con sinceridad mirando al techo de la cabina.

— ¿Y mi breve visita a aquella tumba?

— Una tradición y una prueba. Igual que otras que ya has superado y otras que aún no se te han presentado.

— ¿Y si no hubiese ido?—, pregunto con tono sombrío. Pero sus dudas no recibieron respuesta, por lo que insistió—. Maestro… ¿qué habría pasado si no hubiese salido?

— Que no hubieses pasado la prueba, obviamente.

— ¿Y eso significa?

— ¿En serio tengo que decirlo a estas alturas, pequeña?—, dijo intentando eludir la incómoda respuesta.

— Quiero oírtelo decir, maestro.

El anciano suspiro en la oscuridad, abandonó la calidez de sus mantas, encendió la luz y se acercó a su alumna, que seguía tumbada. Con una lentitud deliberada apoyó sus manos a ambos lados, atrapándola. Acercó su cara ajada por el tiempo y cubierta de una incipiente barba blanca hasta apenas unos centímetros de la tersa piel de su aprendiz y dijo con seriedad:

— Pues que te hubiese matado y abandonando tu cuerpo en el Páramo—. Mantuvo su mirada durante unos tensos segundos de silencio y prosiguió—. Espero que recuerdes bien esto, pequeña. Estos viajes no son un juego, ni una salida de placer para vivir aventuras o un breve escarceo con el Páramo para reparar las antenas o los sensores del exterior del refugio. Si no superas las pruebas a las que te someto, no sirves.

— Pero…—, intentó decir protegida por sus mantas mientras un escalofrío recorría su espalda.

— Es necesario. Son las mismas pruebas que yo superé, las que tendrás que superar tú y, si lo logras, también a las que tendrás que someter a tu sucesor. En Smythia, si fallabas podías dedicarte a otra cosa, ahora que has salido no hay vuelta atrás. O sirves o no vuelves.

Durante aquella noche ninguno pudo dormir. Permanecieron en vela contemplando la oscuridad y escuchando los truenos que ocasionalmente restallaban en el exterior del vehículo, agitado por un viento incesante.

El silencio había vuelto a adueñarse de la pequeña cabina mientras esta cruzaba veloz las interminables llanuras blancas y grises que cubrían el continente helado. Seguían ahora, la antigua ruta que lo cruzaba de costa a costa conectando los restos maltrechos y decrépitos de la antigua red de refugios.

La sorpresa y abatimiento de la joven exploradora fue más que patente cuando su maestro le descubrió uno a uno el trágico destino del resto de refugios frente a los que pasaban, que ella seguía creyendo habitados, llenos de vida y de oportunidades. Tardó mucho en sobreponerse y pese a que ahora volvía a hablar con su maestro, ya no sonreía ni se mostraba tan animada u orgullosa como antes y desde luego tampoco volvió a compartir las mantas con su mentor, acurrucándose cada noche en su propio catre y manteniendo una gruesa capa de tela entre sus cuerpos.

Transcurrieron cinco meses desde la salida de Smythia y una tarde tan desapacible como cualquier otra que hubiesen visto en el Páramo, apareció frente a ellos una interminable extensión vertical de hielo grisáceo. El gran farallón helado del glacial ártico surcaba todo el horizonte, perdiéndose en la lejanía y entre las altas nubes que chocaban contra una inamovible masa de nieve compactada.

Atrás quedaban las pruebas a las que se había visto sometida la nueva exploradora, tanto las que le había diseñado su maestro como las que el propio Páramo les había interpuesto a ambos en su camino. Supero todas y cada una de ellas, demostrando en ocasiones estar por delante de su mentor, pero intuía que el último desafío se avecinaba y mientras esperaba la caída de la noche al abrigo del descomunal farallón, por fin fue capaz de preguntar aquello que le rondaba la cabeza desde que había salido de Cheye con las lágrimas surcando sus mejillas.

— ¿Qué hacemos aquí, maestro? ¿Para qué sirve continuar avanzando si ya no queda nadie más en la faz de la Tierra?

— Aún quedan otros refugios activos, pequeña—, respondió sin levantar la mirada del viejo libro que estaba leyendo.

— No me gusta ese eufemismo—, murmuro disgustada—. ¿En cuántos hay supervivientes?

— En otros cuatro por lo que sé—, dijo el maestro mirándola a los ojos esta vez—. Pero lamentablemente ya no queda ninguno en este continente.

— ¿Entonces de donde traes los suministros? ¿Cómo consigues las medicinas, los repuestos… la comida exótica? ¿Qué es lo que me ocultas?

— ¿Qué harías para mantener Smythia vivo?—, le preguntó mientras cerraba el libro que tenía entre las manos con cuidado.

— Cualquier cosa. Mataría por el refugio… Moriría por él.

— ¿Mentirías a todo el refugio? ¿Les robarías?—, preguntó de nuevo—. ¿Matarías a alguno de sus habitantes por el futuro del resto?

— ¿Qué?—, exclamó confusa, pero su maestro no dijo nada y permaneció mirándola en silencio. Tras casi un minuto de introspección, se permitió continuar—. Supongo que sí… Si fuese necesario, podría.

— Mañana lo sabrás—, dijo incorporándose con una sonrisa—. Pero esta noche tienes trabajo.

El maestro no tardó en aparecer de nuevo en la cabina arrastrando un gran baúl que, en cuanto le quitó el candado que lo cerraba y lo abrió, dejó ver una multitud de gruesos y ajados volúmenes cuidadosamente ordenados en su interior. Eran cuadernos y libros antiguos, manuscritos en su mayoría, que contenían la antigua historia de los sucesos que habían abocado a la humanidad a los refugios. Pero no era la versión censurada que se transmitía en Smythia, sino una que se centraba precisamente en aquellos momentos que los milenios habían relegado al olvido de la plebe y ahora tan solo conocían unos pocos elegidos.

Durante toda la noche, la exploradora permaneció en vela, leyendo con dificultad los relatos y noticias escritos en un idioma tan deformado por el tiempo que apenas si llegaba a comprender. Pero las fotografías y mapas no cambiaban como el idioma y los contempló con detenimiento y sorpresa, al notar que mostraban cosas completamente distintas a lo que le habían enseñado de niña.

Al amparo de una pequeña linterna permaneció sentada a la mesa que ocupaba un lateral del habitáculo durante toda la noche, envuelta en sus gruesas mantas y temblando levemente de cuando en cuando. A su abrigo leyó algunos de aquellos tomos, que disiparon algunas de sus dudas, agregaron muchas otras, pero que en la mayoría de los casos no llegó a comprender.

La claridad del día comenzaba a aflorar en el horizonte y la joven seguía intentando entender aquellas frases anticuadas y extrañas expresiones. Una serie de fuertes golpes resonaron contra las puertas de la cámara estanca, arrancándola de su lectura con un sobresalto y haciendo que el veterano explorador se despertase de inmediato. Este se incorporó de un salto y mientras se enfundaba su chaqueta, se acercó hasta una de las ventanillas calmando al mismo tiempo a su alumna con los constantes gestos de su mano.

Sin decir palabra acalló las no vocalizadas preguntas de su aprendiz y le pasó la caja con su equipo. Se vistieron en silencio y con prisa, pero revisaron con detenimiento sus trajes, antes de entrar en la cámara de limpieza y salir al Páramo. Fue en la cámara donde la joven se dio cuenta de algo inusual, un viejo y voluminoso rifle automático que su maestro llevaba entre sus manos enguantadas. Antes de que su alumna hiciese el más mínimo ruido, el explorador juntó sus máscaras y murmuró, dejando que su suave voz cruzase el plástico y el metal de sus caretas.

— Mantente alerta, cerca de mí y con la boca cerrada—. Y cuando sus máscaras ya se habían separado, volvió a acercarla rápidamente y añadió—. No te asustes.

La compuerta se abrió y el maestro descendió, hundiendo sus botas en la profunda capa de nieve que se acumulaba en el exterior. Cuando la joven cruzó aquel umbral, no fue la impresionante vista de la descomunal pared del glacial lo que la sobrecogió, ni el gélido aire que la envolvió la que hizo que sintiese un escalofrío. Fueron las cuatro figuras que los contemplaban inmóviles desde la lejanía las que hicieron que se le helase la sangre.

Entonces, por el rabillo del ojo, lo vio. Un gigante embebido en su traje de protección blanco y gris, que a la joven exploradora le pareció una gruesa armadura de metal bruñido, esperaba apoyado en uno de los laterales del vehículo con su arma apuntando laxa hacia el suelo. La inexperta joven apenas pudo contener el deseo de huir ante el irracional miedo que aquel coloso metálico le produjo mientras la observaba.

Se notaba diminuta y frágil, algo que nunca antes había sentido. Habituada como estaba a mirar a los demás desde su superior altura, el encontrarse frente a un ser que le sacaba con facilidad dos cabezas y cuyos brazos eran tan anchos como su torso la conmocionaba. Notó aterrada como sus dientes comenzaban a temblar en el interior de su máscara y agradeció profundamente que los filtros le ocultasen nariz y boca ante el escrutinio al que se notaba sometida.

A su lado, el maestro también mantenía el cañón del arma hacia el suelo, contemplando a aquel ser con cuidado, pero sin mostrar el más leve signo de sentirse intimidado. Orgulloso y altivo, cruzó sus manos sobre el lateral del rifle y empezó a tamborilear con ellos sobre la superficie de metal, a la espera de que algo sucediese.

— ¿Quién es ella?—, preguntó el ocupante de la armadura con una potente voz rasposa y grave que, pese a su extraño acento, resultaba perfectamente clara.

— Es obvio—, repuso el maestro con frialdad a través de su máscara.

— ¿Por qué tardó tanto en llamar?—, preguntó tras asentir levemente.

— No le incumbe—, le espetó con furia el viejo explorador.

— Disiento—, dijo al tiempo que alzaba uno de sus guanteletes—. Puede afectar a nuestra seguridad. Responda.

— Ponerla a prueba—, murmuró a regañadientes el viejo explorador señalando con la cabeza a la silenciosa acompañante, que seguía esforzándose en no temblar.

— ¿Qué trae? —, siguió interrogando.

— Carga ligera—, repuso escuetamente y esperó.

Durante casi medio minuto, que a la aprendiz se le antojó tan largo como su propia vida, ambos guardaron silencio mirándose mutuamente. El veterano explorador tras su basta y gastada máscara de goma y metal; aquella figura imponente tras su liso casco de metal mate sin aperturas o resquicios. Ambos permanecieron completamente inmóviles y pese a que el mortal frio comenzaba a adentrarse en el traje de la joven, esta se las apañó para no temblar y cumplir las expectativas que seguramente su maestro tenía depositadas en ella.

— De acuerdo—, dijo finalmente el gigante—. Suban a su vehículo y síganme.

Aquel ser les dio la espalda sin dudarlo y comenzó a caminar, avanzando sin dificultad y a grandes zancadas sobre la emponzoñada nieve virgen que se extendía frente a él. La aprendiz aún seguía conmocionada tras haber contemplado la escena con una indefinible mezcla de confuso temor.

Mientras limpiaban sus trajes, intentó plantear algunas de las preguntas que se agolpaban en su cabeza pero su mentor la cortó en seco. Centrado como estaba en limpiar y descontaminar cada minúscula zona de aquellos trajes y del mismo aire que los rodeaba permaneció en un tenso silencio. No quería distraerse respondiendo a las preguntas, que sin duda alguna su alumna ardía en deseos de plantearle.

Ya en el interior, arrancó el motor y comenzó a avanzar en silencio siguiendo el claro rastro en la nieve que el viento ya había comenzado a ocultar. El todoterreno ascendió sin dificultad la pequeña colina y pasó entre aquellas armaduras que los habían observado desde la lejanía, empequeñecidas ahora por el tamaño del largo vehículo articulado. El volver a mirar a aquellos gigantes desde arriba mientras estaba sentada en la cabina reconfortó a la joven y la hizo sentir fuerte de nuevo, pero esa sensación no duró mucho.

Desde la cima de la loma pudieron ver una estilizada estructura de bordes redondeados que, pese a su enorme tamaño, parecía encontrarse posada sobre la nieve del siguiente valle como si apenas pesase. Las enormes armaduras de aquellos hombres parecían insignificantes cuando se comparaban con aquella inmensa mole de metal, que se abría en su parte trasera mostrando una apertura destinada de un modo más que obvio al vehículo en el que iban. Su maestro se lo confirmó escuetamente y permaneció en silencio, mientras las grandes ruedas laminadas abandonaban la blanda superficie de la nieve para adentrarse en el oscuro suelo de metal de aquella bodega.

El largo vehículo quedó sujeto por unas barras que surgieron de las paredes de metal y no tardó mucho tiempo hasta que se cerrase la apertura por donde habían entrado. El todoterreno se quedó a solas con dos de aquellos hombres, que caminando con calma en torno a él, no dejaban de vigilarlo. Fue entonces cuando el maestro se dirigió hacia la mesa que aún albergaba los libros apilados que su alumna había leído la noche anterior y dijo:

— Ahora tendremos algo de tiempo. Si quieres pregun…

— ¿Quiénes son todas esas personas? ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué son tan…?—, gritó sin detenerse a respirar. Una vez obtenido el permiso de su mentor, la joven no pudo contenerse y quiso plantear al unísono todas las preguntas que se le habían acumulado desde que había comenzado el día.

— Calma, calma, calma… Tenemos tiempo, así que las preguntas una por una—, dijo alzando ambas manos intentando tranquilizarla—. Primero, lo más importante… ¿Quién crees que son?

— De alguno de los refugios que quedan—, dijo con plena convicción—. Nosotros no podremos llegar hasta ellos, pero se ve que ellos si pueden llegar hasta nosotros.

— No son de ningún otro refugio—, le contradijo el viejo explorador sentado al otro lado de la mesa. Tras unos segundos de una indecisión nada propias en él, continuó—. Ni siquiera nacieron en este planeta.

— ¡Eso no es posible!—, exclamó alarmada—. No hay nada salvo…

— ¿…Salvo la Tierra, envenenada por la insensatez del ser humano hasta el día de la Redención, en la que el Todopoderoso traerá la Salvación de un Segundo Edén? —, recitó de carrerilla el viejo explorador.

— Si…—, dijo insegura la joven.

— ¿Un Verde Jardín para el disfrute de los Hombres ya redimidos por el sufrimiento de sus ancestros? —, preguntó ahora con un más que evidente todo de sorpresa—. ¿En serio has leído algo esta noche?

— Solo pude leer algunas partes, maestro. Hay muchas palabras que no pude comprender—, se disculpó la joven completamente avergonzada.

El maestro la miró con un gesto molesto, pero rápidamente lo eliminó de su cara, transformando su ajado rostro en la afable personificación de atento profesor que siempre había utilizado con ella en Smythia.

— No te preocupes, ya trabajaremos en ello durante la vuelta. ¿Recuerdas haber leído algo de ciudad Lagrange?—, preguntó.

— Si, vi las fotos—, repuso sorprendida la joven. Ante la cara dubitativa de su maestro, continuó, demostrándole que lo recordaba—. Es una ciudad que los hombres construyeron antes de la Última Guerra, casi tan grande como nuestro refugio y que, según leí, flota inmóvil en un cielo donde ya no hay aire, polución o radiación… Pero yo creía que era un mito.

— No es ningún mito. Muchas son las cosas que se han perdido desde que aquella guerra nos condenó a los refugios—, comenzó a decir el viejo explorador—. Pero así como nuestros antepasados intentaron refugiarse bajo la tierra y las montañas, los de estos hombres que has visto (porque son hombres, no te quepa duda), optaron por huir sobre el cielo y habitar entre las estrellas.

La joven aprendiz miró boquiabierta por la pequeña portilla que tenía a su lado y pudo comprobar como dos de las armaduras permanecían en uno de los laterales de la bodega gesticulando ligeramente. Pese a haber pasado en el Páramo casi medio año, solo había visto las estrellas en una breve ocasión, cuando el cielo nocturno se había calmado y dejado entrever entre sus constantes nubes y tormentas, infinidad de deslumbrantes puntos de luz contra un cielo negro.

Le resultaba increíble que aquellos dos hombres, que hablando entre ellos de un modo relajado parecían ignorar al vehículo que tenían a su lado, hubiesen nacido un lugar por encima de las nubes. No podía concebirlo. Volvió la cabeza hacia su maestro para replicarle pero no pudo. Sus ojos le decían que no mentía y tras un incómodo silencio al fin murmuró:

— ¿Has visto tu esa ciudad en el cielo, maestro?

— No. Nunca he estado en Lagrange, pero si en otra de las ciudades que tienen sobre las nubes—, dijo esbozando una seca sonrisa—. De hecho tú también irás hasta allí, estamos en una de sus lanzaderas.

— ¿Qué es una lanzadera?—, preguntó extrañada.

— Un vehículo para volar por los cielos y llegar más allá de ellos.

— ¿Volaremos? —, preguntó con evidente aprensión en la voz.

— Ya lo estamos haciendo—, respondió con una leve sonrisa—. Sé que es difícil de creer, pero ya surcamos los cielos rumbo a su ciudad.

— Pero maestro… —, dijo la anonadada joven—. Si tan poderosos son como para hacer semejantes cosas. ¿Qué tenemos que puedan necesitar? ¿Para qué se molestan en…?

— De una en una—, la amonestó antes de continuar con una sonrisa en los labios. Se tomó un tiempo para pensar como continuar y prosiguió—. Desde luego no tenemos nada que necesiten, pero si contamos con muchas cosas que desean. ¿Leíste ayer el motivo por el qué se creó Smythia?

— Sí, pero no lo entendí bien las palabras —, dijo avergonzada mientras intentaba recordar las arcaicas y rebuscadas expresiones a las que se había enfrentado la noche anterior.

— Fue para proteger la Cultura de los Hombres ante el fin de la Historia. Inicialmente el refugio era un almacén de tesoros para que cuando todo pasase pudiesen ser rescatados. La gente que se resguardó con ellos era secundaria y no se esperaba que aguantasen demasiado. Sin embargo hemos sido unos de los pocos que hemos logrado sobrevivir hasta nuestros días—, dijo con tono orgulloso, obviando la molesta e incómoda verdad de que los constructores de aquella nave no solo habían sobrevivido, sino prosperado.

La joven miraba por la portilla, contemplando de modo descarado aquellos inmensos hombres pero sin verlos, meditando sobre lo que acababa de escuchar. Finalmente le preguntó a su maestro sin tan siquiera mirarlo:

— ¿Les entregamos los tesoros que almacenaron los Padres Fundadores tan solo a cambio de suministros y medicinas?

— Si—, respondió sin más.

— ¿Pero por qué ha de ser un secreto?—, preguntó tan confusa que no pudo evitar plantear otra pregunta—. ¿Por qué no podemos decir en el refugio que hay gente prosperando más allá del Páramo?

— Sabes perfectamente por qué no podemos decírselo. No lo soportarían—, le respondió con calma, perdonando el desliz de su aprendiz—. Sería incluso peor que decirles que casi todos los demás refugios del planeta han perecido. Es mejor que sigan creyendo en multitud de lejanos y exóticos refugios, que en realidad no importan a nadie, que obligarles a aceptar el hecho de que no son más que unos pobres diablos viviendo en una caverna mientras el resto de los hombres viajan entre las estrellas.

— ¿De verdad lo cree así, maestro?—, preguntó de un modo que su mentor no vio la necesidad de responder. Permaneció sentada en silencio durante varios segundos y continuó—. Está claro que les va mejor que a nosotros. ¿Por qué no les pedimos que nos saquen de este planeta muerto y nos lleven hasta las estrellas?

— ¿Crees de verdad que la gente de Smythia lo soportaría?—, repuso el maestro—. Yo sé que no. Casi todos preferirían quedarse y aunque quisieran irse, muchos no podrían soportarlo. ¿Qué harías con ellos? ¿Los abandonarías sin más?

— Pero podríamos haber hecho algo más que malvender nuestro haber por la mera supervivencia—, insistió terca.

— ¿Qué podríamos haber hecho aparte de intentar conservar la vida y mejorar su calidad?

— No lo sé… algo. Cualquier cosa sería mejor que languidecer lentamente en un refugio.

— Ya lo hicimos. Nuestro refugio agonizaba lentamente y hace ocho siglos estaba a punto de sucumbir. Entonces, un grupo de exploradores se topó con ellos—, la aleccionó su mentor—. Nos dieron la solución a nuestros problemas a cambio de unos trastos inútiles y viejos que a nadie del refugio interesaban. Que el congreso accediese a intercambiarlos nos salvó.

— ¿Lo saben los nobles del congreso?—, exclamó sorprendida y molesta.

— Solo los Altos Nobles. Es un secreto que, entre ellos, pasa de padres a hijos. En teoría son ellos los que deciden que necesita Smythia.

— ¿En teoría?

— ¿Ves a algún noble aquí?—, dijo su maestro con una amplia sonrisa—. Si por ellos fuese, el refugio podría irse a pique siempre que ellos estuviesen cómodos. Somos nosotros los que tenemos que decidir lo que necesita Smythia y cómo conseguirlo. Incluso los lujos con los que hemos de agasajar a los nobles para mantenerlos calmados y tranquilos son elección nuestra.

La mirada asombrada de la joven destelló, recordándole al maestro los radiantes ojos que otrora había lucido. Volvían a tener ilusión, estando de nuevo emocionados por el poder, los retos y las posibilidades que se planteaban ante ella, aunque el oscuro velo de la verdad seguía empañando aquel joven rostro.

— ¿Pero cómo puedo saber yo lo que necesita Smythia? —, preguntó nerviosa tras percatarse de la enorme responsabilidad que descansaría sobre sus hombros—. No sabría por dónde empezar.

— Es cierto. Aun no estás preparada. Por eso tu formación no ha terminado—, dijo el maestro—. Pero por el momento podrás preguntarles a nuestros anfitriones todo lo que quieras. De hecho te recomiendo que preguntes sin temor y les pidas visitar su ciudad. Te dejarán hacerlo… dentro de ciertos límites, claro.

La joven creyó notar un leve temblor de impaciencia en la voz de su maestro. Era otra prueba, tal vez la última aunque la joven ya no contaba con ello. Comenzó a mirar de nuevo por la portilla a los guardias, que caminaban lentamente ante ellos y reflexionó sobre cuál sería la pregunta que su maestro esperaba que le plantease.

Uno de sus centinelas, en cuanto notó que lo miraba, giró el cuello levemente e inclinó con suavidad su cabeza antes de continuar con su camino. Fue aquel sencillo gesto el que humanizó la armadura, ahora de un oscuro tono gris con múltiples vetas negras y grises, revelándole súbitamente la pregunta que tendría que haberse planteado desde el principio.

— ¿De verdad podemos confiar en ellos?

El maestro sonrió aliviado mientras se recostaba al otro lado de la mesa y su aprendiz supo que la había superado. A ella le resultaba evidente que no podrían confiar en ellos por completo. Sus antepasados habían huido y abandonado una Tierra moribunda hacía milenios. Ahora volvían a ella, pretendiendo reclamar como propia una herencia que habían dejado atrás y que custodiaban sus hermanos, de los que se habían olvidado y desentendido.

Con una sonrisa irónica, el maestro contestó a su aprendiz mientras, en el exterior del vehículo, comenzaba a brillar una potente luz azulada. Esta, aunque tan potente que no permitía distinguir ningún detalle de la bodega, permanecía en el exterior del vehículo sin llegar a traspasar la portilla transparente.

— Por supuesto que no, pequeña—, respondió con una sonrisa de pesar el anciano.

La cabina comenzó a desplazarse bañado por aquel brillo azul. Durante varios minutos ambos ocupantes del vehículo notaron como se movía, pero sin saber hacia dónde. Completamente desorientada, la aprendiz miraba alterada a su mentor que se limitó a permanecer en silencio esbozando una irónica sonrisa.

La luz cesó repentinamente y pudieron comprobar cómo el vehículo reposaba a solas en una amplia sala alargada. En una de las paredes, las jambas de una puerta se perfilaron con un fantasmal y pálido resplandor verde antes de abrirse de par en par, invitándolos a cruzar su umbral.

Salieron sin trajes pese a la obstinada reticencia de la joven, que finalmente cedió ante las lecturas de los instrumentos del vehículo. Avanzaron hasta la puerta y la cruzaron, entrando en una sala de uniforme tono verdoso. En cuanto la puerta se hubo cerrado tras ellos, pálidas líneas de luz ascendieron y descendieron en torno a sus cuerpos, ante el pavor de la joven y la hilaridad contenida de su maestro, que disfrutaba enormemente de las espontaneas reacciones de su pupila.

Tras varios minutos, otra puerta se abrió y ambos exploradores la cruzaron en silencio. La sala que se extendía frente a ellos excedía cualquier fantasía que la joven hubiese tenido en su vida. El recinto era gigantesco e inusitadamente brillante. En la pared opuesta a la que acaban de traspasar, brillaba con luz propia la única decoración de la sala: una estrella de cinco puntas pentagonales formada por tres líneas plateadas que se entrelazaban sin llegar a tocarse.

A ambos lados, paredes transparentes arrojaban un espectáculo como la joven nunca había imaginado. Una esfera casi blanca se deslizaba bajo ellos a gran velocidad mientras un tenue halo azulado se extendía desde las nubes que todo lo cubrían hasta transformarse en un negro poblado por infinidad de puntos luminosos.

Las tres figuras que aguardaban bajo la estrella entrelazada reclamaron rápidamente toda su atención, haciéndole ignorar el bello espectáculo que tenía a ambos lados. Pero no fue su enorme altura, que ya se esperaba, lo que más sorprendió a la exploradora sino que fueron los insólitos colores que lucían aquellos cuerpos. Sus abundantes cabelleras eran de extraños tonos negros y castaños, en vez del habitual blanco que siempre había visto en Smythia y que ella misma lucía desde que naciera.

Los oscuros ojos marrones de aquellas personas la examinaban y buscaban los suyos, de un bello y habitual color rojo claro. Pero los tenía ocultos tras las grandes gafas de espejo que utilizaba en sus turnos de conducción y que había vuelto a colocarse para evitar quedarse ciega con tanta luz.

Su maestro le había dicho que eran hombres y aunque parecían seres humanos, para ella no encajaban del todo en aquella definición. Contempló su propia mano, blanca como las nubes que veía en la lejanía, y discernió la verdad.

Aunque el Páramo se transformase súbitamente en el Vergel Prometido, nadie en el refugio podría salir y habitar el exterior. No lo soportarían. Aquellas personas que tenía ante ella heredarían algún día la Tierra mientras los refugios desaparecían y morían.

Sabía que necesitaban sus máquinas y recambios, pero no confiaba en ellos.

De hecho: los odiaba con todo su ser.

FIN

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