El Oráculo de Penrose

Por Vlad Hernández

Apenas puse un pie en suelo firme tuve la sensación premonitoria de que el maldito abismo sobre el que flotaba terminaría por engullirme.

En honor a la verdad, aquel sitio no era estrictamente lo que diríamos «suelo firme»; más bien una telaraña sobre el mencionado abismo de un doble agujero de gusano. La estación de tránsito de los Pangalácticos era un hábitat de cuatrocientos kilómetros cuadrados a cuyo alrededor se habían ido agregando anillos de astropuertos durante décadas. Los Pangalácticos lo habían construido (o quizás encargado a construir a los mesh, con ellos nunca se podía estar seguro de nada) en uno de los puntos Lagrange del sistema joviano; anclaron una lámina de plexón de las proporciones descritas, instalaron varios generadores de gravedad en una de las caras y en la otra construyeron una ciudad protegida por una burbuja de campo deflector. Del resto se encargó el comercio entre las razas que fueron llegando por el agujero de gusano de entrada.

Puerto Gris —como lo conocíamos en las cartas de navegación humanas, por la sucia falta de color que ofrecía a nuestros telescopios— pendía pues, literalmente, sobre un abismo que te expulsaba y otro que te engullía, si llegabas a caer cerca del Radio de Kerr-Schwarzschild de alguno de ellos; cosa que, si no tenías el hardware adecuado (léase «deconstructor de curvatura») podía pulverizarte en una nube de electrones colapsados, ya fuera por repulsión (en el caso del agujero de salida al Sistema) o por atracción (en el caso del agujero de entrada).

Nota: Los humanos no teníamos el «deconstructor de curvatura», o motor hiperespacial; ni tampoco se nos permitía acercarnos a aquel hábitat.

Por eso yo estaba allí, camuflado de animal de compañía.

Y en este punto convendría contar un poco sobre la Historia reciente.

En el año 2020 tuvimos el Primer Contacto con una especie alienígena.

O tal vez debería reformularlo: Fuimos contactados.

Primero llegaron los Pangalácticos (Ese fue el nombre estúpido, mediático, que se le ocurrió a alguien, y la denominación que se les quedó para siempre). Tampoco es que hayamos visto nunca a un Pangaláctico; no tenemos ni la menor idea de qué aspecto tienen tales seres. Se ha escrito toda una biblioteca sobre ese tema, y es totalmente especulativa; solo hemos visto sus naves. Lo cierto es que llegaron en 2050, hace veintisiete años. Aparecieron de la nada y se presentaron en la Tierra y en Luna. Para ese entonces ya habían examinado exhaustivamente el resto del Sistema. Miles de naves esferoidales se posaron en decenas de países. Hasta las guerras se detuvieron por aquellos días. La gente estaba excitada, exultante y, ¿por qué negarlo?, asustada; tanto cine de invasión extraterrestre termina por hacer mella en el inconsciente colectivo.

Pero los Pangalácticos se revelaron como una especie pacífica. Estaban interesados en las relaciones comerciales; en los intercambios. A Gran Escala.

Se evitó cualquier Conflicto Interespecies (además de que hubiera sido un plan estúpido y suicida, incluso para nuestra beligerante mentalidad). Científicos, agentes de gobierno, representantes de la Santa Iglesia, plenipotenciarios, reyes y presidentes fueron invitados a las naves de los Pangalácticos para cerrar un trato comercial con la especie humana. A propósito: no existe memoria registrada de lo que allí se trató. Ninguna tecnología humana funcionaba en el interior de las naves pangalácticas, y no existe ni una sola persona de las que entraron en esas naves que recuerde lo que vio o escuchó. Por lo que sabemos, igual pudo tratarse de un gran montaje de los alienígenas.

Se supone que las negociaciones fueron sobre ruedas, si por «sobre ruedas» significa que nos compraron el Sistema Solar Exterior, desde Júpiter hasta el Cinturón de Kuiper y la Nube de Oort. ¿A cambio de qué? En mi opinión, a cambio de baratijas.

Nos compraron medio Sistema Solar y a cambio obtuvimos un alquiler de tecnología restringida y un contrato de terraformación planetaria.

Bueno, las «baratijas» mejoraron y expandieron la civilización humana.

Nos alquilaron 300 teleeyectores por un periodo de 162 años.

Y nos terraformaron el planeta Marte; lo hicieron en solo siete años, utilizando una tecnología que aún hoy no podemos ni empezar a comprender. Marte, un vergel oxigenado; todo un mundo represurizado, con diseño atmosférico, ingeniería de relieve, hidrodinámica, lagos, mares, océanos, nubes. Dejaron que nos ocupásemos nosotros de trasplantar los ecosistemas. Nos emplazaron 50 de los teleeyectores en Marte, 100 en la Tierra, 10 en Luna, y el resto lo distribuyeron por las rocas del Cinturón de asteroides, todo a nuestro pedido.

Así que creamos la Federación Humana; nos expandimos por el Sistema Solar Interior ocupando el Marte terraformado y construyendo hábitats espaciales y complejos en los asteroides. Pero perdimos por decreto el acceso al Sistema Solar Exterior. Nos prohibieron que cruzáramos las fronteras del Cinturón; nada de sondas automáticas, nada de expediciones científicas o de turismo a la Zona Pangaláctica del Sistema.

Podíamos utilizar los teleeyectores para desplazarnos instantáneamente entre nuestros mundos y hábitats, pero se nos prohibió abrirlos e investigar su funcionamiento. Si lo hacíamos, ellos se enterarían (sin lugar a dudas, tendrían formas de saberlo), y la penalización por manipulación de tecnología de acceso restringido podría implicar desde el simple retiro de las unidades hasta el exterminio de la especie transgresora.

Nos negaron las estrellas. Nos negaron visitar sus mundos. Nos negaron el acceso a sus ciencias y al motor de curvatura hiperespacial. Ni embajadas se dejaron en la Tierra. Lo más parecido a una Oficina de Contacto que tenían estaba en la línea de comunicación que nos permitieron mantener con su Estación de Tránsito —esa que llamábamos Puerto Gris, y por la que yo ahora transitaba de incógnito.

Odio ratificar perogrulladas, pero habíamos sido benévolamente invadidos.

¿Y qué hicimos? Pues nada. Quedarnos encerrados en nuestra gigantesca celda interplanetaria y dedicarnos a jugar con nuestros flamantes regalos.

Con la aniquilación no se juega.

En realidad, la invasión alienígena no había hecho más que empezar. Los Pangalácticos le cedieron a los drakos, una de sus tantas razas-cliente, la concesionaria de explotación de los gigantes gaseosos y el cinturón cometario de Kuiper, y se marcharon a hacer negocios mejores a otro sitio. Desaparecieron. No hemos vuelto a ver sus naves. Los drakos, a su vez, subarrendaron porciones del Sistema Solar Exterior a otras especies, y algunas de ellas no respetaron cabalmente el acuerdo de no traspasar las zonas ajenas. Los drakos, celosos vigilantes de las normativas impuestas a la humanidad, hacían de la vista gorda con las razas arrendatarias.

Mikka había dicho que yo era un vector de liberación de nuestra especie, y que debía encontrarme con un alienígena drako para realizar un intercambio. Sin embargo, aquel hábitat decadente y la presencia abrumadora de Júpiter ocupando casi todo el panorama celeste me dieron el pálpito de que la misión no iba a salirme a pedir de boca. Por suerte llevaba un blaster de alta energía a cada costado y una cobra cibernética oculta en el brazo prostético. Mi padre —que en paz descanse—, un veterano de la Guerra del Cinturón, siempre me decía que no hay nada mejor que un buen blaster para solucionar problemas in extremis. Yo siempre he pensado que hay algo mejor: dos blasters.

A la hora convenida me dejé caer por el punto de encuentro; una cantina para viajeros interestelares que parecía una esfera transparente de múltiples niveles donde pilotos y tripulantes de más de cincuenta razas acudían a intoxicar sus metabolismos durante los periodos de carga-descarga o reparación de sus mercantes. El lugar, por supuesto, no tenía nombre en el equivalente humano, pero Mikka había insertado un holograma en mi aumentación de memoria, de modo que pudiera reconocer sitio y destinatario. Entré y el olor mezclado de diferentes especies alienígenas, el sonido de los dialectos, los estados de iluminación diversa y las músicas omnifrecuencia estuvieron a punto de provocarme un colapso sensorial. Mi análogo cerebral cristalográfico reguló las longitudes de onda de mi percepción visual, filtró las frecuencias ajenas al lenguaje de los drakos, bloqueó la entrada musical y desconectó mis canales olfatorios.

Operar en modo automático es una bendición hoy día.

En la cantina había tanta diversidad alienígena que mis bases de reconocimiento estaban al rojo vivo: banthex multipodales; nodrizas insectoides; ulmares anfibios respirando mezclas exóticas dentro de cápsulas contenidas por exoesqueletos; espinosos n’taksii procedentes de mundos que giraban alrededor de enanas marrones; escamosos golbs; plumíferos yllne coloniales, más una caterva de mesh con implantes de rutinas sociales, todos ellos exhibiendo ese pulido aspecto de viejos y duros lobos del espacio; me preocupaba no saber de dónde podía venir una amenaza.

Escogí una mesa y esperé a que se acercara un mesh de servicio. Según mi lector no había drakos allí en aquel momento; supuse que el destinatario del envío, un drako llamado Mah’Teloy, no podía tardar mucho en aparecer.

De pronto, me sentí escudriñado mentalmente; «algo» estaba recorriendo mi cerebro. Era una sensación muy ligera, como zarcillos eléctricos hurgándome el córtex hasta rozar los empalmes orgánicos del análogo matriz, pero bastó para que me pusiera histérico. Al instante, el contacto psíquico desapareció. Recorrí con la vista la cantina intentando descubrir la forma de ubicar al intruso, pero todos los presentes se me antojaban igualmente amenazadores. Alguien estaba tratando de sondearme, y yo ignoraba la razón.

Entonces mis ojos repararon en un alienígena sentado a un par de mesas de la mía. Era como una especie de felino bípedo, una raza que mi análogo matriz no tenía contemplada en sus bases de datos. Parecía un enorme gato de Angora fuertemente musculado; por los costados de su ajustado mono blanco asomaba un suave pelaje verdoso cruzado por franjas más claras. Sus ojos eran muy similares a los míos, y su mirada fija me heló la sangre en las venas. No era mi destinatario, así que podría ser un enemigo a sueldo, un cazador. Me aseguré de que el blaster estuviera listo para salir de su funda si aquel gatazo hacía algún movimiento sospechoso.

Sin embargo, debo aclarar, sus ojos no transmitían ferocidad; más bien parecían curiosos, pero en ese momento yo me sentía demasiado paranoico como para estar seguro de esa idea. Mi tensión aumentó bajo el escrutinio del alienígena que se negaba a apartar la vista de mí.

Humano —escuché una voz cavernosa a mis espaldas, que la matriz tradujo simultáneamente. Estuve punto de pegar un salto, pero me contuve a tiempo. Junto a mi mesa se hallaba ahora un enorme drako de aspecto reptiloide con coraza epidérmica parda negruzca y alargados ojos acuosos. Se acompañaba de cuatro cybridos zulamios, seres cuadrúpedos absolutamente proscritos en los mundos humanos del Sistema Solar Interior. Me parecían repulsivos, pero intenté parecer muy cosmopolita, actuando como si no estuvieran allí.

Hola, supongo que es usted Mah’Teloy —dije con afectada voz de frío profesional—. Le esperaba. Tome asiento.

¡Creí que nunca llegarías! —No se sentó—. ¿Eres Gon’Za’Le?

González —corregí, mirándole con fijeza—. Me envía Mikka. Traigo su mercancía.

El gesto mandibular, que supongo podía interpretarse como una sonrisa drako, mostró una doble hilera de afilados colmillos negros.

Ya lo sé, González —dijo, pronunciando mi nombre correctamente.

Me gusta más que me llamen Rudy-G, pero aquel bicho y su cohorte me transmitían tan malas vibraciones que preferí no comentárselo. ¿Para qué?, pasaríamos cinco minutos juntos para hacer el intercambio y luego no volveríamos a vernos.

Los cuatro cybridos me enfocaron con facetados ojos de termita y sentí mi piel erizarse de arriba abajo. Activé el protocolo de la cobra indicándole que estuviera lista para saltar.

No te asustes; mis esclavos van a verificar la mercancía —me explicó Mah’Teloy señalando a los cybridos con su mano tetradáctila.

Asentí y abrí las puertas del análogo matriz; esperaba que alguno de los xenos me conectara algún soporte, pero no sucedió así. Les sentí conmutar directamente con el análogo y el acto de verificación me recordó el escrutinio mental al que me había sentido sometido unos minutos antes. Eran ellos, los cybridos; ¡y yo sospechando de aquel inocente felino! Les dejé hacer, y observé los ojos del drako opacarse por unos instantes al recibir la interfaz de datos de sus esclavos.

La información sobre el artefacto es correcta —dijo con pastosa calma—. Ahora solo necesitamos retirarlo.

¿Retirar el artefacto? Mikka jamás me había comentado nada sobre eso. Vamos, tenía que haber un problema con el traductor idiomático. No pensaba dejarles la mitad de mi cerebro, aunque fuera la mitad artificial. Ni en broma.

Aquí hay algo que no estoy entendiendo —dije, vocalizando despacio—. Mis órdenes son muy concretas. Vosotros grabáis la información que os traigo, y a cambio me dais los planos del motor de curvatura. Fin de la historia. Luego me largo en la próxima nave que regrese a los Dominios Humanos, y todos contentos.

No. Lo que dices es erróneo. —Mostró sus colmillos nuevamente y mi tensión aumentó. Tomó asiento—. Nadie va a darte a ti el motor de curvatura. Hay demasiado en juego. Todo es mucho más complicado. Estoy convencido de que tu amo Mikka creyó conveniente darte órdenes inexactas.

Me envaré.

Mikka no es mi amo.

Me parece muy impropio que reniegues de la lealtad debida a tu amo, pero eso tampoco tiene importancia en esta transacción. Estás aquí con el artefacto que nos pertenece, y el resto de tu… persona no nos sirve; irá a parar a una de las tolvas de reciclaje de biomasa. Mikka sabía que estaba sacrificando a su esclavo cuando te envió.

Normalmente soy muy rápido para sacar los blasters, pero confieso que la idea de que Mikka me hiciera inmolar de aquel modo influyó en la velocidad de mis reflejos. Alcancé a tocar las armas, pero eso fue todo. La acción de control neural de la cohorte xeno paralizó mis funciones motoras, sacándome del juego. Entonces recordé que los cybridos eran proscritos en nuestros Dominios precisamente porque podían controlar remotamente la neurología humana.

Ya te dije antes que tu resistencia era inútil —me dijo el drako—. Tú no estás a cargo de esta situación. Eres solo un recipiente. —Uno de los esclavos retiró mis armas y las dejó junto a Mah’Teloy—. ¿Deshonras a tu amo, y crees que puedo sentir respeto por ti? Tú no vales nada, pero lo que llevas ahí… —Me señaló la cabeza con un dedo que tenía demasiadas falanges—, cualquier especie te mataría por poseer ese artefacto.

El drako abrió sus mandíbulas de saurio y dijo:

Por fortuna para mí, muy pocos saben lo peligroso que es el artefacto que has traído. Porque en su poder radica el peligro. La especie que lo tenga podría cambiar las alianzas establecidas entre las cincuenta razas del Sector… —mi traductor fracasó al intentar transliterar el significado—. Con la ayuda de ese artefacto se podría frenar incluso a los Pangalácticos.

No me lo creía. Nosotros habíamos hecho el dichoso artefacto y seguíamos sin conseguir que la suerte corriera a nuestro favor.

Hasta cierto punto, tu deslealtad es comprensible, un reflejo de la falta de honestidad que ha mostrado tu amo para contigo.

Yo seguía imposibilitado de responderle, lógicamente (petrificado bajo la garra psiconeural de sus perros), pero estaba de acuerdo con eso.

Pienso que tu amo Mikka mostró una gran falta de honor al privar a un esclavo del conocimiento de su destino. Supongo que es uno de los fallos de vuestra especie, la infidelidad entre amos y esclavos —continuó diciéndome—. No es correcto, pero en algo puedo contribuir al mostrarte la luz que él te ocultó; te debo cierta cota de respeto, ya que, en realidad, vas a morir para beneficio mío.

Maldita la falta que me hacía escuchar todo aquello.

Hay un conflicto comercial entre varias razas hegemónicas del Sector; a través de mí, se le suministró documentación y cierto nivel de tecnología a un grupo de científicos humanos de la Tierra. Se les prometió el motor de curvatura a cambio de… ese artefacto que construyeron, y que están imposibilitados de utilizar ellos mismos al no tener los medios adecuados para operarlo.

Habíamos sido relegados a la categoría de vasallos; eso seguro.

Para eso te enviaron. Aunque me gustaría que fuera mi especie la que dispusiera del artefacto, tengo que cumplir mi cometido: extraértelo y entregárselo a la raza skash, que fue la que realizó el encargo. Esto les dará la supremacía para controlar las redes de comercio. —Se puso en pie—. Y sé que los skash no van a entregarles a los humanos el motor de curvatura; ellos también son famosos por romper sus tratos.

Casi era preferible no haberme enterado. Según mis datos, los cánidos skash eran un vasto imperio comercial que dominaba un cúmulo estelar de cinco mil años-luz (donde fuera que estuviera eso). Se decía que eran belicosos e implacables y, por fortuna para la especie humana, los Pangalácticos habían vetado la presencia skash en el Sistema Solar.

Saquémoslo de aquí —ordenó el drako a sus esclavos.

Permitidme —dijo de repente el felino bípedo, que se había acercado a nuestra mesa. Se dirigió a Mah’Teloy en lenguaje drako—. No pude evitar escuchar parte de lo que decíais, excelencia, así que desearía involucrarme en un intercambio con usted. Tengo una propuesta, antes de que decidáis ejecutarlo: ¿Podríais vendérmelo a un precio razonable después de que hayáis consumado vuestro «intercambio»?

Los cybridos se detuvieron, pero no aflojaron el control sobre mí.

Esto es un asunto privado —le respondió el drako—; y de todos modos no hago tratos con ningún sucio kyam.

Comprendo, pero —terció el kyam— si tenéis tanta urgencia por sacrificar tan valioso ejemplar… tal vez me permitáis antes tomar unas muestras genéticas de sus gónadas y su ADN somático; insisto, por el mismo precio razonable.

¿Quién demonios eres? —preguntó Mah’Teloy.

Un modesto comerciante de genes, excelencia. —Por la musculatura de su rostro fui incapaz de distinguir algún sentimiento—. Es mi segundo viaje a Puerto Gris y nunca había podido echarle un vistazo a una criatura humana. Me gustaría adquirir…

¡Lárgate! —lo interrumpió Mah’Teloy, e hizo una seña a sus espectros.

Desde mi punto de vista todo ocurrió demasiado rápido. Sentí la descarga psi del kyam romper el control neural que tenían sobre mí y aferrar las cuatro mentes de los cybridos con un poder telepático superior al de ellos. Tres xenos salieron despedidos contra las paredes con fuerza inusitada y quedaron inmóviles. El cuarto logró esquivar a duras penas el zarpazo del kyam, pero en ese momento la cobra salió disparada de mi prótesis y destrozó su cráneo; el cybrido cayó a plomo sobre la mesa.

Entonces sentí la mente del felino apoderándose de la mía; la misma mente que me había hurgado al llegar a la cantina; así que mi sospecha inicial quedaba confirmada.

Mah’Teloy ni siquiera había intentado tomar ninguno de mis blasters; era demasiado astuto para arriesgarse a ello.

Poseéis pésima actitud para el comercio, excelentísimo —le comentó el kyam exhibiendo esta vez una evidente sonrisa. Los bebedores de aquel nivel habían centrado su atención en nuestra mesa, esperando más trifulca, pero enseguida volvieron a concentrarse en sus bebidas. Algunos bares nunca cambian. Quizás alguna máquina estaba haciendo ya una llamada a las autoridades locales.

Yo daba lo que no tenía por largarme de allí lo más pronto posible.

De acuerdo, pirata. Tú ganas —dijo Mah’Teloy, amoldándose a la nueva situación con rapidez—. Vayamos a un domo mesh y tomas las muestras genéticas que quieras.

No —repuso el kyam con una mueca desdeñosa—. El sucio kyam acaba de cambiar de idea. Ahora lo quiero completo y rebosando vitalidad. Y el resto de mi oferta inicial ya caducó. —Se volvió hacia mí y anuló el control psi—. Humano, todo lo que quiero de ti es una simple muestra de ADN por un precio…

Te la daré gratis —dije yo, recuperando el control de mi cuerpo.

No creo que consigáis vivir el tiempo suficiente para celebrarlo —nos advirtió el drako con los ojos tornándose apreciablemente oscuros.

Salgamos de aquí —apremió el felino— antes de que llegue la Seguridad del puerto. En mi nave tengo un excelente equipamiento para realizar el muestreo.

Eso está hecho —tomé mis armas y aferré al drako por la túnica—; pero me gustaría llevar a la maldita sabandija con nosotros. Estoy metido en grandes problemas y este drako es mi mejor fuente de información disponible. Tal vez eso me ayude a negociar con los skash.

Salimos de allí. En la zona de estacionamiento de la cantina nos aguardaba el transporte del felino: un módbot que parecía un escarabajo negro; el típico módulo de suspensión que permiten alquilar en todas las zonas de espaciopuertos. Tomamos una senda y enfilamos hacia los muelles de la estación. El kyam me dio un protocolo de su lenguaje que me apresuré a insertar en mi matriz. Ante la dificultad de pronunciar su nombre decidí llamarlo con el evidente nombre de «Gato».

Quiero saber algo —le pregunté a mi nuevo compañero—. ¿Me estabas sondeando desde que me viste en la cantina?

Sí. Ya había escuchado a los comerciantes g’olbs hablar de tu especie; decían que sois la raza nativa de este sol, pero yo nunca había tenido la oportunidad de encontrarme con ninguno de los vuestros. No pude evitar explorar tu mente; es una costumbre natural entre los kyam, un rasgo típico de nuestra cultura.

Lo miré a los ojos y le dije con la mayor firmeza posible, dadas las circunstancias:

Me llamo Rudy, el loco Rudy-G, si quieres. Pero voy a pedirte un favor especial, amigo mío, y no quiero que lo olvides, ¿de acuerdo? No vuelvas a tocar mi mente. Nunca más. Los humanos no podemos soportarlo.

El Oráculo de Penrose continuará el Jueves 11 de Septiembre 2014

Vlad Hernandez el autor de este relato también ha escrito Sueños de Interfaz:

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