Finalmente, después de mucho esperar, aquí tenemos a nuestro primer participante para el Tercer Concurso de Ciencia Ficción:

lower_hengsha_street_by_gryphart-d35y5o5Ilustración: Lower Hengsha Street por Gryphart

El Mundo Siniestro

Me quedé mirando el contador de la puerta como si fuera el epitafio de mi propia tumba.

Era una puerta negra, pulida y lineal, sin un solo arañazo ni marca a pesar de llevar allí casi veinte años. Al principio hubo insurrectos que armados con rodillos, tubos de radiador y otras armas caseras, intentaron tirar abajo las puertas, el mismo día en que fueron instaladas. No prosperó. Los agentes del Antidéxter los atraparon y no se les volvió a ver.

Todos empuñaban las armas con la mano derecha, por supuesto.

Desde entonces no hay una sola persona que se atreva ni a respirar en dirección de una de esas moles oscuras y relucientes, recordatorio constante de que no somos más que animales a los que se obliga a pasar por el aro para disfrute del amo. Hay vigilancia, y todos lo sabemos, pero en realidad ni siquiera es necesaria. No, los perros de presa no están ahí para salvaguardar las puertas, están ahí para hacerse cargo inmediato de los que no logren superar la prueba diaria.

Solía pensar en todas estas cosas siempre que tenía que acercarme a ellas tras mi turno de trabajo, pero aquel día era distinto. Aquel día tenía motivos graves por los que preocuparme. Por la mañana, mientras estaba en la oficina, cometí un error. Llevaba horas ordenando papeles administrativos y decidí tomarme un descanso. Dejé la documentación a un lado en lo que me llevaba las manos a la cabeza. Al retirarlas, entrelacé los dedos. Cuando me quise dar cuenta ya era demasiado tarde. El pulgar derecho estaba por encima del izquierdo. Me apresuré a separar ambas manos y miré con disimulo a los alrededores. Nadie parecía haberme visto. Me empecé a poner nervioso y traté de calmarme pensando que tal vez nadie se había dado cuenta. Había cámaras, sí, pero no podían estar en todas partes, aunque algunos habían llegado a mitificarlas hasta tal punto que parecía que estuvieran dentro de nuestro cerebro. No, nadie se había dado cuenta. Sólo había sido un lamentable error que había durado, ¿cuánto? ¿Un segundo? ¿Dos? Seguro que había pasado desapercibido.

Eso es lo que me repetía incesantemente desde que había salido del trabajo, y casi había logrado tranquilizarme, incluso olvidarlo.

Pero llegué a las puertas, y su sola presencia derrumbó mi pretendida seguridad. Sabía que el sólo hecho de estar allí quieto, dejando pasar a otros, resultaba sospechoso, por lo que me retiré un poco más y saqué un cigarrillo con la mano izquierda para fingir indiferencia. Esperé apoyado contra la pared hasta que no tuviera en los dedos más que una miserable colilla y mientras tanto observé pasar a mis conciudadanos, aparentemente tan despreocupados como yo. Uno podía preguntarse si después de semejante rutina día tras día no se acabaría acostumbrando al hecho de tener que ser evaluado cada vez que se cruzaba uno de aquellos aparatos. No era así. Que tu vida dependiera de una maldita cuenta atrás no era algo a lo que uno pudiera amoldarse.

Dejé de mirar a las personas y me centré en los contadores. Veintidós, diez, quince, veintinueve, los números entre uno y treinta desfilaban con una sencillez casi aleatoria. Desempolvando mis escasos conocimientos de estadística, me pregunté si no seguirían algo parecido a una campana de Gauss, los números cercanos a uno y treinta los menos comunes, la franja intermedia la más frecuente. La teoría no era ninguna tontería, pues sólo de vez en cuando aparecía algún número de una sola cifra, bien marcado en rojo, como en los antiguos relojes digitales. Cuando eso ocurría bajaba la mirada para analizar al sujeto en cuestión, para diseccionarlo como a un insecto, buscar en él al rebelde que en el pasado pudo ser. No había nada de eso, sólo, en efecto, el insecto que parecía ser, una mota de polvo que podía desaparecer de la vista en cualquier momento ante una racha de circunstancias desfavorable.

Muchos de ellos llevaban un cigarrillo en las manos.

Al fin saqué fuerzas de flaqueza, di mi última calada y me acerqué a la puerta más cercana. Me prometí a mí mismo no mirar hasta haber cruzado y mantener la cabeza alta en todo momento.

Pasé con calma, sin prisa pero sin pausa. Escuché el zumbido que indicaba que los números habían cambiado. No era un sonido muy elevado, pero hubiera sido capaz de distinguirlo aunque me pusieran una taladradora encendida delante de las narices.

Terminé de avanzar y me di la vuelta en cámara lenta, para ver los números, también visibles desde el lado contrario de aquellas puertas que parecían las del mismísimo Infierno.

Con un sencillo trazo vertical, un uno se destacaba en rojo vivo frente al negro imperante.

Me eché a un lado como conmocionado y metí la mano izquierda en el abrigo, tembloroso, para buscar otro cigarrillo. No tardé ni media hora en acabar la cajetilla. Durante ese tiempo, que se me antojó eterno, traté de buscar desesperadamente más unos solitarios, más tipos con los que poder sentirme identificado. Me mortificaba pensando que mi tragedia sería un poco más llevadera si encontraba a otro desdichado que ya estaba con la soga alrededor del cuello, otro desgraciado que me haría sentir un poco menos idiota en ese mundo de parias en el que vivíamos.

Al cabo de un rato de haber acabado mi último pitillo, un sujeto muy desaliñado pasó por la puerta en estado casi catatónico. Un cero parpadeante se marcó en el contador. La gente dejó de pasar y se alejó de él a toda prisa.

No sé de dónde salieron, pero no tengo la más mínima duda de que los agentes del Antidéxter llevaban ahí todo el tiempo. Cogieron al individuo y se lo llevaron sin más contemplaciones.

Todo por haberse comportado como un diestro en treinta ocasiones desde que el Antidéxter subió al poder.

Y yo estaba a un paso de ser como aquel pobre desgraciado. Pero la pregunta seguía siendo la misma. ¿Luego qué? ¿Qué ocurría con los tipos como aquel?

Cuando el Antidéxter obtuvo el poder, prometió que no mataría a nadie ni cometería ningún genocidio. Tengo la certeza, sin embargo, de que existen cosas peores que la muerte. Una sección entera de la ciudad era de acceso restringido. No había que ser muy listo para suponer que allí se acumulaban las víctimas de aquellos depredadores del sistema.

El Antidéxter, había que reconocerlo, no era ningún estúpido. A pesar de tener control absoluto sobre todos nosotros no intentó moverse por actos de venganza personal ni mediante matanzas arbitrarias. Como todo dictador que se precie se limitó a crear sus propias normas, que volvían legal lo amoral y perseguido lo correcto. Nadie era declarado culpable de antemano, hubiera sido demasiado fácil, demasiado liberador. Todo el mundo tenía la esperanza de librarse, de no ser él, de ser otro. De ese modo nadie se unía con nadie, todo el mundo era un potencial enemigo, sospechoso de traición, el que te señalará con el índice izquierdo acusándote de que tú lo hiciste con el derecho.

Los hubo que no pensaban así, por supuesto. Yo fui uno de ellos y por eso, cuando el Antidéxter proclamó que estaba prohibido manifestar comportamientos típicos de un diestro, nos lo tomamos casi a risa, como si hubiera prohibido respirar. La gente se acabaría uniendo, pensábamos. Acabarían combatiendo al enemigo.

El problema era que no conocíamos al enemigo. Pensábamos que el enemigo era un dictador y su ejército, pero no era cierto. Ellos no eran nuestro oponente.

Cada uno de nosotros tenía su propio enemigo. Un contador que empezaba en treinta y nunca debía llegar a cero.

Al principio todo era fácil. La gente hacía caso omiso de las advertencias, pensando que eso bastaría para frenar los impulsos del Antidéxter. El asunto se volvió más serio cuando empezaron a aparecer los primeros ceros y con ellos las desapariciones en masa. No había manera de evitar que se los llevaran. Los agentes eran demasiados, y estaban disfrazados entre nosotros. Algunos pensaron que se delataban fácilmente por el hecho de comportarse como usuarios de la mano izquierda. Por ese motivo muchos zurdos inocentes, que no tenían culpa alguna de lo ocurrido, fueron ajusticiados en aquellos tenebrosos días.

Yo estuve metido en todo aquel feo conflicto, pero me largué a tiempo, cuando fui consciente de que no teníamos ninguna posibilidad de vencer. Mi contador aún marcaba un diez. Los otros ocho los perdí con el paso de los años. Por muy cuidadoso que uno trataba de ser, tarde o temprano el marcador descendía.

Los hay que dicen que los agentes del Antidéxter son zurdos perfectos cuyo marcador sigue estando en treinta. Pero eso, como muchas otras cosas que se cuentan, son sólo especulaciones. La realidad es que he conocido a zurdos cuyo marcador ha descendido a cero y de los que, por supuesto, nunca nada he vuelto a saber.

Me largué de allí a toda prisa, intentando no detenerme en ningún momento, ni siquiera en los semáforos. No hice más que andar sin pararme a mirar a ninguna parte, sin levantar cabeza. Si estaba obligado a frenar debido a la presencia de multitudes, al proseguir mi andar el pie izquierdo siempre iba por delante.

El cuello, como siempre, me dolía una barbaridad a causa de la tensión, pero hasta que no estuve en casa no incliné la cabeza para aliviar el dolor de las vértebras. Lo más terrorífico era que no incliné la cabeza hacia el lado derecho, sino que lo hice al contrario. Era una costumbre involuntaria tan arraigada en mi cabeza que era incapaz de luchar contra ella.

Me quité el abrigo, saqué otro paquete de tabaco del cajón y seguí fumando. No dejaba de preguntarme, esperanzado, si no sería posible desarrollar un cáncer terminal en cuestión de unas cuantas horas.

Tenía que bajar a comprar la cena, ya que tenía la nevera vacía, pero no lo hice. No tenía hambre, a pesar de saber que ésa bien podía ser mi última cena. Miré la puerta de la nevera. La bisagra estaba situada en el lado izquierdo. Pensé que al menos había taras de la vida de un zurdo a las que era fácil acostumbrarse.

Acabé el paquete de tabaco y saqué el tercero, que empecé a fumar con mucha calma, sentado en el suelo sin siquiera haberme quitado los zapatos. Comencé a preguntarme por qué. Por qué el Antidéxter la había tomado con los diestros. No tardé en darme cuenta de lo estúpido de la pregunta.

El Antidéxter fue uno más de tantos niños zurdos a los que se les obligó a escribir con la mano izquierda atada a la espalda, provocándole, como a tantos otros, graves problemas de dislexia y coordinación motriz. Sin embargo logró sobreponerse a las adversidades y desarrolló un talento extraordinario para la oratoria, talento que no tardó en aprovechar para tener a todo un grupo de seguidores a su alrededor. Sus famosos discursos acerca de los zurdos no tardaron en aparecer.

Era un maestro de la palabra. Era tan bueno que le bastó con alrededor de la séptima parte de la población para someter al resto.

He escuchado tantas veces sus argumentaciones que casi parecen las mías propias. Las herramientas de la edad de piedra que se han encontrado no distinguían entre diestros y zurdos, pero tras estudiar los dibujos rupestres todo parecía indicar una clara preferencia por la mano izquierda. Por qué se impuso finalmente la derecha, nadie lo sabe con certeza. Muchos piensan que se debe al hecho de la adoración al Sol; mi teoría absurda favorita, debida a un historiador del siglo diecinueve (que, por supuesto, era zurdo) dice que se debe a la posición del corazón, pues en la antigüedad, para protegerlo en las batallas, era necesario llevar el escudo en la mano izquierda, dejando de ese modo la habilidad manual más compleja e importante, el manejo de la espada, a la derecha.

Después de aquellas explicaciones, que al fin y al cabo eran sólo teorías, como el propio Antidéxter apuntaba, el dictador pronunció el que más tarde sería conocido como el Primer Argumento del Cambio: la persecución a la que los zurdos habían sido sometidos a lo largo del pasado y presente más reciente. La lista de ofensas fue un rosario interminable. Que la policía, cuando buscaba criminales, siempre empezaba sus investigaciones con los zurdos. Que Satanás era casi siempre representado como zurdo. Que las mujeres Maoríes ondeaban su ropa matrimonial con la mano derecha, pues hacerlo con la izquierda suponía la muerte. Que en la India era creencia popular que se debe comer con la mano derecha pues todas las cosas buenas se hacen con la mano derecha. Que en Japón el hecho de que la esposa fuera zurda bastaba para solicitar el divorcio. Que los zurdos eran los sujetos a incinerar favoritos de la Inquisición…

Tras aquella lista plagada de rencor y odio, como si todos los zurdos que habían sido víctimas de aquellas barbaridades se hubieran reencarnado en un solo hombre, el Antidéxter ofreció el Segundo Argumento del Cambio: los diestros debían desaparecer, sencillamente, porque los zurdos eran superiores. Según él, los zurdos tienen, entre otras cosas, una mayor capacidad creativa y mejor visión espacial, además de ser unos magníficos líderes. Su coordinación entre ojo y mano los hace, además, ser grandes jugadores de deportes de pelota. El mazazo definitivo lo supuso la famosa lista de personajes históricos que habían sido zurdos, como Juana de Arco, Ramsés II, Tiberio y Julio César, Alejandro Magno, Carlomagno y Napoleón Bonaparte, todos ellos considerados poco menos que visionarios de su época, además de grandes estrategas y guerreros.

Nada más el Antidéxter estuvo al mando prometió que no habría represalias, que él no sería un genocida, que su intención no era pasar a la historia como otro Pol Pot. Ignorante de quién era tal persona, averigüé que se trataba de un dictador camboyano que, entre otras cosas, mandó asesinar a todo aquel que supiera un idioma extranjero, poseyera un título universitario o llevara gafas, además de hacer la ejecución extensiva a todos sus familiares y amigos. No, nuestro tirano particular no era así, pero no estaba seguro de querer saber qué era lo que hacía para preservar la pureza genética de la raza, otra excusa ya usada en el pasado por otros de su ralea.

La realidad era que el Antidéxter había prometido no matar a nadie, pero aquello asustaba más que el hecho de que sí lo hiciera.

Me levanté con mi último pitillo aún en la boca y me puse frente al espejo con la determinación de no rendirme a la desesperación. Me pasé toda la noche recordando todos los posibles indicios por los que se podía identificar a un diestro. No se es zurdo o diestro sólo de mano, también de pierna, oído y ojo, y eso era algo que los agentes del Antidéxter sabían muy bien, cámaras vivientes que registraban las infracciones. Las otras partes del cuerpo eran, de hecho, las que al final acababan delatando a uno. Movimientos tan sutiles como acercarse hacia alguien a quien no oyes bien o rascarse la espalda bastaban para ser descubierto.

Tomé nota mentalmente de no volver a ningún espectáculo público. La hora de los aplausos era una auténtica mina de oro para los agentes.

Cuando llegó el amanecer comprendí, como si un rayo de luz iluminara mi rostro, que todo aquello sería inútil por completo. No podría aguantar ni un solo día sin ponerme en evidencia de nuevo. Estaba a sólo un paso del desastre, y eso no me dejaría seguir adelante. De hecho me sorprendió que hasta entonces, con un contundente dos pesando sobre mi marcador, hubiera podido estar tan tranquilo.

Sentí vergüenza de mí mismo, de cómo traicioné a mis propios ideales, de cómo dejé en la estacada a mis amigos. Pensé en ir a las mismas puertas, levantar el puño derecho en gesto de protesta y gritar a los cuatro vientos a todo el mundo que se levantaran contra el enemigo, que como mucho eran uno de cada siete y muchos de ellos estaban también de nuestra parte. Hubiera deseado hacer todas esas cosas. Pero no las hice. En vez de eso volví al trabajo con la misma ropa con que había llegado a casa y sin haber dormido nada en toda la noche.

Cuando llegué a las puertas me quedé quieto por un momento, asustado, aun a pesar de saber que los contadores no funcionaban al entrar al núcleo de la ciudad, sino al salir. Hubo un tiempo, varios años atrás, en el que me planteé si no existiría alguien en la ciudad que siguiera una ruta de tal modo que no estuviera obligado a pasar por aquellas puertas. No tardé en convencerme de que no era así. Los urbanistas del Antidéxter eran unos genios de la arquitectura, otra profesión en la que los zurdos destacaban por encima del resto. Atravesé las puertas, y por un momento me vino a la cabeza el campo de exterminio camboyano de Tuol Sleng. No era capaz de recordar la manera en que los campesinos lo llamaban en jemer, pero sabía que quería decir algo así como “el lugar del que se entra pero no se sale”. Mientras atravesaba las puertas negras, deseé estar entrando en un lugar así.

Llegué a la oficina demacrado, sin apenas poder articular más de dos palabras. Nadie se dirigió a mí en todo el tiempo que estuve allí. Casi los podía sentir, como si estuvieran mirando detrás de mi hombro izquierdo, espiando todos mis movimientos. Otra de las leyendas urbanas que se contaban era que el Antidéxter recompensaba personalmente a aquel que descubriera conductas de diestro a su alrededor. A pesar de todos los años que llevaba viviendo en aquella ciudad, no conocía a nadie que se hubiera atrevido a intentarlo.

Apenas me moví mientras estuve sentado en mi puesto, estaba como ido, en trance. El montón de papeles del día anterior me esperaba para ser ordenado. Quise cogerlos, pero tuve miedo de confundirme y ojearlos empezando por el principio. Miré hacia todas partes, buscando la cámara que me había delatado, a la que debía mi actual estado. No la encontré. Si no la había encontrado durante más años de los que era capaz de recordar, tampoco lo haría en aquel momento, con mis facultades más que mermadas.

En aquel momento, lo supe, tenía que irme. Irme lejos. Donde pudiera estar a salvo, donde nadie pudiera vigilarme ni acecharme. Tenía que ser fácil. Los agentes no podían estar en todas partes, ni las cámaras. Traté de convencerme de la lógica del argumento. Casi lo consigo.

Las horas pasaron, llegó la pausa para comer pero no comí. Cuando todos volvieron, hice como que estaba muy ocupado y volví a sumergirme en mis paranoias. El cuello me dolía más que nunca, la espalda no dejaba de picarme, sentía la necesidad de pasarme la mano por la frente. Pero el día estaba cada vez más cerca del final, y me sentía un triunfador, como si sólo tuviera que pasar por todo aquello veinticuatro horas más, como si no tuviera que ser para el resto de mi vida.

Al fin, cuando faltaban diez minutos para marcharme, me levanté sin poder aguantar más, sabiendo que podía permitirme el lujo de hacerlo por todos esos días que había hecho horas extras. Traté de pensar que no podría hacer algo así en jornadas posteriores, que tendría que acostumbrarme, pero pronto olvidé esa clase de razonamientos, porque justo en aquel momento choqué con un compañero que venía corriendo por el pasillo y asumí, con claridad cristalina, que no tendría que volver al trabajo nunca más.

La carpeta de mi mesa, rebosante de documentos, se deslizó por el borde, y a causa de mi mente atrofiada, como un acto reflejo, la agarré con la mano derecha. En cuanto comprendí lo que había hecho la solté enseguida y cayó al suelo, desparramándose todos los folios igual que si no hubiera intervenido. Mi compañero me ayudó a recogerlos y mientras lo hacía le escruté con la mirada. No parecía haberse dado cuenta de nada. Tal vez la cámara tampoco. No, no había podido captar un ángulo tan bajo. Era imposible. Estaba a salvo.

Fui al cuarto de baño y en cuanto estuve seguro de que estaba solo me eché a llorar. Me miré al espejo y me lavé la cara repetidas veces, pero no lograba despejarme. Sin embargo, había tomado una determinación. Para cuando regresé a mi mesa ya se había ido casi todo el mundo. Cogí el abrigo y me marché a paso normal. En cuanto salí a la calle, en vez de seguir recto, torcí a la izquierda, hacia el callejón más cercano, con la intención de tirar el abrigo. Salté una verja de metal que había al fondo y seguí andando hasta que me topé con varios mendigos. Le quité la gabardina a uno de ellos, borracho y tirado en el suelo, y me fui corriendo con ella antes de que los demás pudieran reaccionar. Seguí corriendo hasta que ya no escuché sus insultos, y volví de nuevo a las calles centrales. Estaba a salvo.

O no.

Porque de algún modo sabía que me estaban vigilando. Sabía que, por primera vez en mi vida, estaban tras mis pasos, y comprendí por qué eran tan buenos los agentes del Antidéxter. Siempre estaban ahí, eran una parte más de la ciudad, escondidos en todas partes. Notas la presencia de alguien que te sigue porque sientes algo distinto en el mundo que te rodea. No era capaz de verles, no era capaz de notar su presencia. Aquello, pensé, era un hecho importante a tener en cuenta, un avance para encontrar la manera de neutralizarles, y fui consciente de que no sería capaz de revelárselo jamás a nadie, pues de poder ellos jamás me hubieran dejado hacerlo.

Anduve durante horas a la deriva, sin detenerme en ningún lugar. Todo el mundo era un agente, todo el mundo buscaba mi ruina, todo el mundo ansiaba la recompensa prometida por el Antidéxter. En todas partes había ojos que me miraban, pero miraban cuando yo no podía darme cuenta. Se tomaban su tiempo y no tenían necesidad de ir a por mí, porque no había un solo lugar donde pudiera esconderme.

Por segunda noche consecutiva fui incapaz de dormir. Me limité a dar vueltas por el que a partir de aquel momento era mi escaso territorio, vagando de un lado para otro, esquivando la zona en la que había robado la gabardina, evadiendo la mirada de las puertas. Pasé así un día entero más, y en el tercer día sin comer ni dormir, privado de toda capacidad de raciocinio y dignidad humana, logré convencerme a mí mismo de que la muerte me llegaría en el mismo instante en que cruzara aquellas puertas, de modo que empecé a andar a ciegas hasta toparme con una calle que tuviera una hilera de ellas, pidiendo un cigarrillo a los transeúntes que por el camino encontraba, todo el mundo mirándome con asco. Una vez las localicé no hubo momento de nervios ni instante de cordura final, sólo me limité a pasar por una de ellas, dejándome caer y perdiendo el conocimiento mientras el zumbido ya conocido anunciaba un cero en mi marcador.

Cuando desperté estaba en una amplia y oscura habitación, casi vacía salvo por una mesa frente a mí, sucia como la de un matadero. Estaba atado con correas a una silla, pero no traté de liberarme. Estaba cansado, y sólo deseaba saber al fin qué sería de mí, resignado, dispuesto a aceptar la muerte antes de la muerte.

Dos hombres entraron. No había en ellos nada que me alarmara, sólo un silencio como hacía años que no conocía, ni siquiera de madrugada en mi propia casa. Me desataron la mano derecha y la pusieron sobre la mesa, atándola por la muñeca con unas correas parecidas a las anteriores que pasaron por dos ranuras practicadas sobre la superficie. Sacaron una especie de auriculares y se los pusieron sin demasiada prisa. Acto seguido uno de ellos se fue y volvió con una sierra.

No sé si tardaron minutos o tardaron horas. A mí me parecieron días.

Una vez hubieron terminado no fue necesario desatar las correas de la mesa. Al borde de la agonía extrema al fin sabía qué era lo que le hacían a aquellos cuyo contador llegaba a cero. Esperé para que me desataran, pero para mi sorpresa no lo hicieron. Cerraron el muñón de la muñeca para que no muriera desangrado y se marcharon. Y al fin tuve de nuevo miedo y quise escapar de allí, de un lugar que ya no era liberador en absoluto.

Al día siguiente regresaron con unas enormes tenazas oxidadas.

Dos días después lo hicieron con cuchillo y escalpelo.

El tercer día fue con una vara de hierro candente.

Y recordé que no se es zurdo o diestro sólo de mano, también de pierna, oído y ojo.

Un tiempo después me trasladaron, manco, cojo, tuerto y medio sordo, a aquella zona de la ciudad que me era desconocida, me tiraron en el primer callejón que encontraron y cerraron tras de mí. Al levantar la vista vi a lo lejos, o tal vez no tan lejos, pues ya no podía percibir la profundidad, cantidades ingentes de personas igualmente mutiladas. Algunos de ellos se acercaron hacia donde estaba, me miraron y escupieron en mi dirección. Les compadecí.

A la semana, yo era el primero en escupir a los recién llegados.

Desde entonces vivo entre callejones, comiendo ratas, gatos o lo primero que encuentre. He escogido vivir en un callejón oscuro para no tener remordimientos cuando la comida que me encuentro es demasiado grande como para ser una rata o un gato. Se puede decir que malvivo, y que esto no es muy distinto de ser un animal, pero al menos ahora soy feliz.

Al menos vivo lejos y apartado del Mundo Siniestro.

Fin

Autor: Magnus Dagon (Miguel Ángel López Muñoz).


Miguel Ángel tiene listo su nuevo libro El Espejo de Ares.

En un futuro que no es muy distinto de nuestro presente, el Consejo de Gobiernos dirige con mano de hierro el destino de la Humanidad. Son despectivamente conocidos por la opinión pública como Los Once: los mejores científicos del mundo, cada uno en su disciplina, con diversas y peligrosas ambiciones, tanto políticas como de afán experimentador. Su círculo interno no está exento de envidias, dudas, deserciones e incluso traiciones, y por si eso fuera poco, el resto de sus contemporáneos no piensa dejarles hacer su voluntad quedándose de brazos cruzados. Poco a poco se desarrolla una rebelión que acabará provocando la más imprevisible de las guerras, una que sellará el destino de nuestra especie de manera irremediable, y veremos las primeras consecuencias, los primeros indicios de una terrible y longeva decadencia.

Haz Click en la imagen para obtener mas información:

el espejo de ares decadencia portada

Entradas relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos