Vuelve a la carga nuestro amigo el escritor Joseín Moros, con una nueva historia para el Desafío del Nexus de Junio:

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El Mensajero de Bronce

Autor: Joseín Moros

Muchos anhelan placeres, pero no están dispuestos a pagar el precio.

Otros ambicionan poder y tienen temor de poseerlo. Intuyen que para conservarlo, tendrían que arrollar sus propias creencias.

Todos ellos desean un guía, alguien que los conduzca por el atajo hacia placeres y poder, pero aunque saben cómo encontrarlo, esperan que venga por su propia voluntad, y sin costo alguno.

Casi nadie sabe que todo es posible: sólo tienes que decir: Sí.

Entre nebulosas recuerdo que había empleado horas ascendiendo la montaña y otras tantas bajando por el lado norte de la cordillera de la costa. El sudor empapaba mi camiseta. Fue uno de los días más calurosos del año. Podía distinguir, lejos y bastante abajo entre la cortina de vegetación, el Mar Caribe, centelleando como una esmeralda licuada.

En la mano tenía mi último juguete: un costoso GPS —lo gané a las cartas contra novatos estúpidos—. Este artefacto me daba información, la mayor parte incomprensible, pero me servía para impresionar mujeres. Advertí unos dígitos y detuve mis pasos. Desde siempre fui jugador y supersticioso, viendo señales positivas y negativas donde los demás nada percibían.

—Estoy a 666 metros sobre el nivel del mar —dije en voz alta, recordando innumerables películas de terror. Ahora me parecen inocentes y carentes de imaginación.

Parte del sendero entre los árboles, hacia mi izquierda, continuaba casi horizontal. No recuerdo porqué decidí tomar esa trocha, oculta por el crecimiento de las plantas, a pesar de que mi grupo de excursionistas había continuado descendiendo por la derecha, según las huellas que dejaron. Cuando apenas caminé unos cincuenta pasos, por poco rodé por el suelo, derribado por la sorpresa. Frente a mí había una estatua enorme, despidiendo una prodigiosa aureola de vida. Parecía esperarme.

El viento enfrió mi sudor y sentí estremecimientos. Saqué una chaqueta del bolso de excursionista y me acerqué a la figura.

Un ángel —pensé, sin poder imaginar cómo algo tan pesado había llegado hasta ese lugar.

Observé su brazo derecho y las piernas; estaban incrustados en el duro terreno, como si la figura hubiera caído desde una gran altura.

Cualquiera diría que atenuó el impacto contra el suelo. La tierra está hundida, hay piedras rotas, ramas destrozadas y hojas recién caídas. ¿Se habrá desplomado hace un momento desde un helicóptero de carga? —pensé con asombro, aunque no había oído uno de esos aparatos volando por allí.

Miré a lo alto, vi árboles destrozados, y quedé tranquilo con mi deducción. Me dediqué a mirar detalles de la estatua. Tenía dos alas inmensas, la textura me pareció similar al bronce antiguo.

— ¿Un mensajero transformado en metal cuando tocó tierra? —exclamé.

Entonces una oleada de vértigo me hizo perder el equilibrio.

Debo estar mareado, me pareció ver movimiento en su pecho —pensé con preocupación, un desmayo en un lugar tan aislado no es algo bienvenido.

Me dejé caer en el suelo. Sentado, sobre la hierba, miré la monumental figura; mientras recuperaba la respiración, intenté imitar un amante del arte, cosa que siempre desprecié.

Es un atleta, pero sus proporciones son anormales. Brazos de orangután y demasiada caja torácica. Esa melena nunca conoció un cepillo, la nuca parece el cuello de un toro y las facciones están demasiado distorsionadas, tal vez por la ira, aunque parecen más o menos armónicas. Lo que más impresiona es la definición de su musculatura y la herramienta entre sus muslos.

Pasé a mi terreno, soy profesional en artes marciales y puedo intuir la condición física de una persona con un sólo vistazo.

Es un cuerpo especializado en luchar mientras vuela. No tiene inscripciones a la vista, ni pedestal —continué elucubrando en silencio.

Toqué el brazo casi enterrado en el suelo. Me retiré de un salto y entonces sonreí por mi estupidez.

Está hirviente porque el sol calentó el metal, debió caer hace un momento. Con seguridad fue descargado de un barco y lo trasladaban enganchado con cuerdas —me dije, para tranquilizar mi corazón sobresaltado. Pero mi explicación era débil.

Me levanté despacio y caminé alrededor del monumento.

Si fuera real sería un oponente formidable. Debe tener unos centímetros por encima de los dos metros, sus aletazos romperían hasta los huesos de un caballo y esos brazos podrían estrangular un búfalo.

Ensimismado con mis pensamientos, de mi bolso saqué naranjas, queso y pan, dispuesto a comer mientras admiraba la figura del guerrero volador. Entonces tuve un impulso: antes de probar bocado, coloqué una ración al pie de la figura. Muchos excursionistas realizan ofrendas a piedras y árboles centenarios; siempre me burlé sin consideración. Ahora, yo estaba ofreciendo comida a una figura de metal, por fortuna ninguno de mis amigos estaba por allí.

—Es para ti —dije en voz alta. Me sorprendió el tono respetuoso en mi voz. Me puse en cuclillas y comí, de manera inconsciente listo para escapar.

Cuando finalicé di otra vuelta alrededor de la estatua.

—Muy bien amigo. Ya me enteraré de ti por los noticieros, con seguridad ya están preparando tu rescate y causarás revuelo en internet. Con tu permiso tomaré unas fotografías.

Fue desagradable descubrir que la batería, de mi teléfono celular, estaba descargada y la cámara fotográfica no funcionó.

—En todo caso no olvidaré el susto —continué hablando.

En ese momento recordé una de mis novias, siempre pedía deseos a las fuentes de agua y a toda figura en las plazas.

Llené mis pulmones al máximo.

— ¡Quiero: dinero, poder, mujeres! —grité, con un alarido que retumbó en la cordillera.

▲▲▲

Continué bajando la montaña, mirando a mí alrededor para no olvidar el sitio, y grabé las coordenadas en la memoria digital del GPS.

—El número de la bestia —murmuré en voz baja, y no me atreví a voltear.

Cuando llegué al poblado encontré unos cuantos excursionistas de mi grupo. Juntos llegamos a la playa y nadamos hasta el anochecer, en ningún momento hablé de la estatua, como si estuviera deseando que nadie la encontrara.

Por fin llegó nuestro autobús e iniciamos el ascenso a la ciudad, por la autopista que traspasa dos largos túneles.

— ¿Qué tienes, Félix? Estas muy callado —me preguntó una de las muchachas, y otros estuvieron de acuerdo en que mi cara tenía una expresión extraña.

—Sólo deudas —contesté sonriendo, para ocultar mi rabia por la pregunta.

—Mira Félix, compré dos billetes de lotería y me quedé sin dinero —dijo uno de mis amigos—, te vendo uno.

—He perdido mucho —contesté, ahora más rabioso por haberme recordado que tenía los bolsillos casi vacíos.

—Hay uno con el 666 al final, no lo había visto —susurró mi amigo. Sentí más frio que el proporcionado por el aire acondicionado del autobús. Hablé intentando parecer natural, mientras sacaba la cartera para ver si tenía suficiente y adquirir ese billete. Nunca pude resistir una llamada del destino.

—Dámelo —dije con rapidez, sin pensar que estaba gastando parte de la renta de mi habitación.

▲▲▲

Treinta día después yo era el feliz poseedor de un lujoso gimnasio, en uno de los centros comerciales más importantes de la ciudad, además de un enorme apartamento muy cerca de allí.

Al momento de enterarme que había ganado la lotería, busqué en internet noticias sobre la estatua caída en la montaña, pero nada apareció. Hasta dudé sobre aquel acontecimiento, me pregunté si lo había imaginado y decidí regresar al lugar.

Durante horas estuve buscando en la selva. Según mi GPS ya lo había encontrado, pero no había huellas de la estatua, ni de los árboles maltratados que antes vi. De repente sentí una oleada de temor, cuando vi, entre las raíces retorcidas, una serpiente oscura, de amarillos ojos, observándome como si estuviera a punto de hablar. Corrí de regreso, atravesando trochas, desgarrando ropas y piel contra el ramaje; aquellos focos incandescentes aparecieron en mis pesadillas durante varias semanas.

Pasó más de un año y llegué a la proximidad de una quiebra. La vida de placer fue más costosa que mis ingresos. Las deudas se multiplicaron y la pérdida de mis posesiones era inminente, en mi desesperación busqué, como un maniático, un billete de lotería con el 666, y aunque encontré varios no se repitió el milagro.

Una noche, mientras entrenaba con furia contra los sacos de arena, imaginando la muerte de mis acreedores, llegó un nuevo cliente. Cuando lo vi entrar, reflejado por los espejos del salón, no me dejé sorprender por su aspecto.

Debe ser parte de una banda de rock, he visto varios así, aunque no tan grandes —me dije, observando al gigante melenudo de enormes lentes negros, cubierto con una capa oscura desde los hombros hasta el suelo, mientras fue atendido por mis empleados.

Minutos después surgió de los vestidores, ataviado con un ancho pantalón corto. Quedé estático mirando su imagen en los espejos, desde el lugar donde él no podía verme. Clientes y empleados estaban igual de asombrados; la bestial musculatura, el morro de toro y los brazos de orangután, no fueron lo único que nos amedrentó, sino la velocidad, destreza y perfección, con la cual realizaba movimientos de un arte marcial desconocido para nosotros, la mayoría expertos en ese género. Las uñas, de manos y pies, se veían largas y duras; el sudor cubrió su piel bronceada y llegó a parecer una estatua en movimiento, pulida y destellante, reflejando los reflectores del gimnasio. A todos nos llegó el olor de un cuerpo saturado de energía: fétida, violenta, similar a la de un sanguinario depredador, como la que olemos en las jaulas de los zoológicos.

En la danza guerrera vimos un combate mortal, contra innumerables enemigos, emergiendo de todas partes, incluso arriba y abajo. El melenudo parecía luchar en el aire, no flotando, sino desplazándose a gran velocidad mientras escapaba, destruyendo los perseguidores que lograban alcanzarlo.

Estuvo más de una hora en movimiento, hasta que pareció caer en tierra, en la misma posición que tenía la estatua de bronce en la montaña. La madera del suelo sufrió ralladuras de sus garras, ocho sacos de arena quedaron machacados y nunca jadeó. Al final hizo una reverencia, le contestamos, todavía casi paralizados frente a su actuación. Nadie aplaudió, guardamos silencio.

De repente el gigante miró hacia el lugar donde yo me encontraba.

—Tenemos que hablar —dijo una voz rasposa y gutural, con acento imposible de ubicar.

La gente salió de la sala. Nadie hizo comentarios, como si hubieran olvidado lo ocurrido.

El salón quedó vacío, incluso mis empleados apagaron los reflectores. En sus mentes el visitante y yo habíamos desaparecido. Por los ventanales la ciudad iluminaba el recinto, yo continuaba de pie y el individuo también, a unos veinte pasos uno del otro.

Entonces él se acuclilló en el suelo de madera y cerró los ojos. Lo imité. Ahora estaba seguro: el guerrero se proponía combatir contra mí. Un terror desconocido me invadió, no comprendía la razón de este reto. Por la mente no me pasó la idea de huir y me abandoné a la suerte del combatiente, como había sido adiestrado desde la infancia. No era un valiente, sólo estaba bien entrenado para matar, si me encontraba acorralado.

Su voz, atronadora y agresiva, me hizo abrir los ojos.

—Hiciste una ofrenda a mis pies, y pediste un deseo. Ahora quieres mucho más, sin cumplir con tu parte.

La lengua se me enrolló en la garganta. Él habló antes que yo tartamudeara.

—No te engañes porque me ves derrotado. Soy un príncipe de las tinieblas, prisionero de otros como yo, temerosos de mi poder. Fui invencible en lugares diferentes al mundo de los vivos. Existí en la tierra, monarcas sacrificaron multitudes en mi honor, brujas y hechiceros me entregaron sus almas.

Mis ojos no se apartaban de los suyos, despedían odio, y eran brillantes como fuego amarillo.

Y continuó hablando.

— ¿Sabes algo, Félix? Ya no quiero altares, sacrificios, ni fanáticos seguidores dispuestos al exterminio de sus oponentes.

Quedó en silencio y con horror vi brotar a su espalda el enorme par de alas, ahora casi negras. La sonrisa mostró colmillos, como los de un gorila.

—Félix, vine para hacerte una propuesta.

Mi terror fue tan grande que logré hablar.

— ¿Quieres mi alma? —murmuré.

Se carcajeó como un ventrílocuo: fue una sonrisa inmóvil, con el sonido viniendo de todas partes.

—Ustedes siempre iguales, quieren proteger un alma que no están seguros de poseer.

Se puso de pie, con rapidez, y por reflejo lo imité con un salto de gato espantado.

—Muy bien: tienes miedo, pero lucharás.

Asumí posición de combate, sólo mi cuerpo se movió, mi mente se había quedado en blanco.

—Haremos un paseo. ¡Sígueme! —rugió.

En el siguiente parpadeo estábamos en la montaña más alta que domina mi ciudad, un viento frío agitaba los árboles a nuestra espalda. La atmósfera lucía despejada, luces de autopistas, y edificios, brillaban como un firmamento de estrellas multicolor, caído en el suelo, allá en la distancia.

—Sí aceptas mi oferta la ciudad es tuya: serás el amo de casi toda esta gente. Podrás decidir sobre su destino y momento de morir. Muchos te seguirán como a un dios. Lograrás cambiar de identidad cuando pase el tiempo y nadie notará que no mueres. A medida que ganes poder, aumentará tu influencia.

— ¿Vida y juventud eterna? —pregunté, sin mirar al gigante con alas negras.

—Eternidad es una palabra demasiado grande. Puedo asegurarte que podrías vivir millones de siglos.

Por mi mente pasaron escenas de una vida fastuosa y llena de placeres, tal como la ambicioné desde siempre. Me vi en un futuro, emperador de la Tierra, mirando hacia el espacio, planificando tomar lo que me pertenece por derecho de batalla. Torbellinos de ambición desenfrenada me estremecieron, nunca había imaginado que tuviera un apetito tan voraz para los placeres. En el último instante, una luz de alarma se encendió en lo profundo de mi conciencia y levanté la mirada, para observar la cara del gigante.

—Hay una trampa —dije con precaución, dispuesto a saltar antes de recibir un manotazo de aquellas garras de oso.

— ¿Trampa? No es posible, Félix. Si te engaño no podré recibir los beneficios de este sortilegio, tan antiguo como la primera sombra.

Percibí sinceridad en la voz del ángel caído.

Miré hacia la ciudad y como un relámpago, en mi mente se repitieron las escenas de placeres y poder. Experimenté el sabor de licores exquisitos, besos de mujeres con belleza inconmensurable, victoria sobre oponentes terroríficos, en escenas de guerra brutal, sollozo de niños, aullidos de mujer, la embriagues de la sangre y la gloria de sentirme eterno.

Sentí la boca llena de saliva, como si masticara manjares.

— ¿Qué debo hacer? —pregunté, con la resolución de un combatiente suicida.

—Destruirme —contestó, con la mirada fija en las luces de la ciudad.

Volteó para mirarme, con ojos nebulosos.

—Pronunciaré mi verdadero nombre a tu oído. Lo repetirás, deseando mi destrucción, con toda la fuerza del odio asesino: ya sabes que la intención es tan poderosa como su hermana la acción, y atraen el mismo premio o castigo. Tu piedad no servirá. Entonces, te convertirás en el ser poderoso que ya percibes.

— ¿Quieres que te mate? —murmuré con esfuerzo.

—Félix, no estoy vivo como tú: no iré de la vida a la muerte. Sí, me destruirás, serás mi verdugo; cada una de mis partículas se dispersaran en el universo, perdiendo el nexo entre ellas, como se desmenuza un muñeco de barro seco en medio de un huracán. No podrán volver a juntarse y yo habré desaparecido.

Sin reflexión, las palabras surgieron de mi boca.

— ¿Porqué deseas desaparecer por siempre?

—Estoy hastiado de existir. Lo robé todo, menos algo que ahora deseo y tal vez lo encuentre, no lo sé.

— ¿Qué es?

—Paz.

Miré al gigante, sus negras alas estaban plegadas, como un pájaro enfermo. Vi sus poderosos hombros caídos, los brazos colgando y la cabeza inclinada. Despacio, cayó, de rodillas frente a mí.

Observé los alrededores, como un asesino asegurándose que no hay testigos, y lo miré de nuevo.

¿Cómo es posible que con tanto poder se haya rendido? Odio al derrotado, no hay compasión por quien abandona la batalla —me dije, ahogando la última brizna de simpatía.

Acerqué mi cara a la suya, enorme y terrorífica. Sentí el olor nauseabundo de su cabello, empapado con hirviente sudor viscoso.

—Dime tu nombre —murmuré con rabia.

A continuación hice tal como me propuso. Silbé, lleno de odio, aquella extraña cacofonía y deseé, con la fuerza de cada una de mis células, que el ser alado, allí de hinojos, fuera destruido para siempre.

Ocurrió una implosión de luz, la oscuridad más profunda, que alguna vez experimenté, me rodeó. Cuando empezaba a tener miedo, sentí una poderosa energía fluir por mi cuerpo y con lentitud regresé a la montaña.

No necesité un espejo para reconocerme, ni para observar que podría cambiar de aspecto a voluntad. Un nuevo nombre resonó en mis oídos, en un bautizo tenebroso. Una carcajada gutural surgió de mi nueva garganta, agité las fuertes alas que tenía en la espalda, levanté los brazos musculosos y di golpes sobre mi pecho, como una bestia retadora.

—Ha nacido un ángel —rugí.

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Muchas gracias a Joseín por este interesante relato.

No olvidemos que el autor está participando en el Desafío del Nexus de Junio con esta historia, así que si disfrutaron de su lectura, no olviden votar pulsando el Botón “Me Gusta” de facebook.

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