Saludos amigos, es un placer para mi presentarles el primer cuento participante en el concurso La Cueva del Lobo, la autora es Yuleima Alviarez de San Cristobal estado Tachira y el relato es titulado…

EL ENCUENTRO

La pequeña aldea estaba alejada de todo. Se llegaba a ella por un camino desolado, sus viviendas de estilo colonial y sus calles estrechas confluían en una única vía que la comunicaba con el resto del mundo. Y colaboraban a convertirla en un refugio para quienes desearan huir del ruido y el caos de las ciudades.
Ella arribó un día lunes. Luego de buscar durante diez años, tras aquel día nefasto y, había visitado muchos pueblos. Hasta ese momento no había alcanzado la tranquilidad que ansiaba su alma, pero estaba segura de que allí podría lograrlo. Se llamaba Lucía, su imagen reflejaba más años de los que había cumplido el último verano, a veces el sufrimiento, la pena y la ira envejecen con rapidez a las personas. Como de costumbre, llevaba un vestido oscuro y una tristeza anclada en el rostro.
Lo primero que hizo al llegar, fue buscar un hotel donde quedarse para descansar, relajarse, pensar; y luego encontrarse con el motivo de su presencia para hacer justicia.
El día martes se mezcló con la gente del pueblo y, por fin, se cruzó con su motivo. Estaba frente a él, no podía creerlo, estaba igualito. Tantos años y no había cambiado en nada: sus mismos gestos, su sonrisa, sus muecas en el rostro al hablar.
—Qué injusta es la vida a veces— pensó.
Se le acercó, deseaba la reconociera, pero sintió que él ni la miró.
Para comprobar le preguntó:
—Disculpe, señor, ¿me puede decir la Hora?.
—Claro señora, son las 11:45 — contestó como a una total desconocida y siguió su camino.
Lucia pensó;
—No te preocupes yo haré que me recuerdes y ya no me olvides.
Se llamaba Jaime y trabajaba en la carnicería de Don Chucho desde su arribo al pueblo, ocho años atrás. Ese día se sentía diferente. Pensó que el exceso de calor y de trabajo estaba mermando su ánimo, pero no hizo más caso a su sensación y continuó adelante.
En la noche, sus recuerdos lo siguieron empezaron a atormentarlo, el pasado es difícil de olvidar. Jaime ya había pagado suficiente por sus errores, deseaba dejar atrás sus pecados.
Vivía sólo, no tenía pareja estable, algunas amigas.
—Pero a ninguna merecía— siempre decía.
Se recostó sin cenar y ojeó una revista hasta dormirse. Soñó que una serpiente gigante lo atrapaba y lo mordía, envenenándolo hasta la agonía; muchas caras difusas lo observaban pero no le prestaban ayuda. Despertó sudoroso y agitado, gimiendo por un dolor que ni el baño alivió y aquejado por una tristeza que le instaba a no moverse. Pero tenía que trabajar, de modo que desayunó intentando espantar la fatiga y fue a la Carnicería con la esperanza de disolver estas sensaciones en el camino.
Ese miércoles, Jaime inició su labor rutinaria, hasta que Don Chucho le interrumpió para darle una orden:
—Debes ir al centro. Nos han hecho un buen pedido: quieren una cabeza de cochino fresca, la señora que llamó pidió la llevaras en persona
Ya en el depósito, eligió la cabeza más grande y se la cargó al hombro como siempre hacía con estos pedidos. Tomo la dirección que estaba sobre el escritorio y se dirigió hacia allí.
Su jefe no podía creer lo que veían sus ojos. Cuando Jaime se alejaba, quiso advertirle, pero un frío aterrador, le recorrió el cuerpo, y le puso la piel de gallina. Su voz no salió, aunque quiso gritarle, sólo atinó a ver como Jaime se alejaba con el encargo sin poder advertirle.
Jaime notó que, a su paso, todos le miraban y se alejaban. Saludó a varios conocidos, pero no le contestaron. Le observaban con rabia, asco y miedo. Hacía mucho tiempo que nadie le miraba así; ya se le había olvidado de esa sensación tan espantosa.
Le parecía escuchar una voz lejana, pero cercana, una voz parecida a la de la muerte.
—Eres culpable — No le hizo caso.
Cuando llegó a la Plaza Bolívar, allí estaba la mujer que había pedido la cabeza de cochino.
Notó que a su alrededor había una multitud. Al acercarse un poco más, un aire rápido, brusco lo hizo estremecer; mientras más se acercaba a la mujer, más le parecía recordarla del pasado, pero no podía precisar ni de dónde ni de cuándo. Quería huir, pero no sabía por qué ni cómo hacerlo,.
Por fin estuvo frente a ella. Tenía el mismo vestido de aquella noche; aunque se veía avejentada: era ella: la mujer de Miguel. Recordó aquella noche, sus gritos, la mirada que había olvidado todos esos años, las palabras que juraban venganza, y temió que viniera a cumplirla.
—Hola, Jaime, ¿qué pasa, ya te olvidaste de mí? Supongo que los años no han pasado en vano pero, por tu rostro, estoy segura que no. Por favor ¿me puedes dar mi encargo? — En sus labios se perfiló una sonrisa maliciosa.
—Hola, Lucia –su voz temblaba: frente a él estaba el ayer que venía a buscarlo.
Al bajar su carga, los ojos se le agigantaron.
No podía creerlo. Era imposible. Frente a él ya no estaba la cabeza de cochino, sino la de Miguel: el hombre que, ocho años atrás, él había asesinado. Su camisa estaba sangrada al igual que sus manos; la cabeza parecía sonreírle, burlándose de su suerte. . .

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