La escritora Xiomara Imanoni, nos complace con otra excelente historia para nuestro Desafío del Nexus. Este es realmente toda una vuelta de tuerca al concepto de Weird West, no se lo pierdan:

El Duelo

La ventisca nunca se había sentido tan áspera como hasta ahora al vapulearnos sin un ápice de clemencia,lo que probablemente se debía a que aun palpábamos el agrio sabor de la derrota en nuestras bocas y es que, tras ser emboscados por la banda de Samuel el sucio, a duras penas logramos escapar del despeñadero con vida. El agreste terreno se expandía frente a nosotros evocándome recuerdos de todo lo que habíamos dejado atrás, por lo que volví la vista al frente observando la ancha espalda de Buck y me acomodé en ella en busca de consuelo. Ya no me quedaba una sola gota de agua en mi cantimplora.

—Wanda puedes beber de la mía, aun me queda algo en la reserva.

Él podía adivinar hasta la más mínima de mis preocupaciones. Aunque normalmente me hubiera negado tratando de hacerme la recia y él hubiera insistido hasta convencerme, esta vez no me hice de rogar y sacié mi sed sin dudarlo. Nos mecíamos suavemente sobre la montura que compartíamos,nuestro caballo apenas podía con ambos y con la inclemencia del clima, pero a pie jamás podríamos superar el desierto y llegar hasta nuestro refugio.

—Cariño tenemos que encontrar agua, como sea— le supliqué al oído. Él sabía muy bien a que me refería, necesitábamos robarla de alguna caravana, por ejemplo, pero en este momento no solo teníamos los segundos contados sino que también las balas. Ir a comprarla al pueblo más cercano tampoco era opción, empezando porque nuestra bolsa con monedas desapareció entre medio de la nube de polvo que se alzó en el fragor de la batalla y siguiendo porque nuestros carteles de “Se busca” empapelaban cuanta pared hubiese disponible por esta zona.

No podríamos llegar a nuestro escondite en estas condiciones, al menos la noche cayó y junto con ella la tormenta de arena nos ofreció un respiro. La luna llena iluminaba nuestro camino y al observar la inmensidad de la bóveda estrellada, conseguí ver un satélite recorriendo su órbita ¿Estaría aun funcionando? Una parte de mi quiere creer que todo este tiempo nos han estado observando, pero a medida que transcurren los años me convenzo por completo de que ellos se han olvidado de este planeta.

—¿Recuerdas cuando quería ser maestra, Buck?­— El caballo empezó a galopar con lentitud, sus cascos metálicos repicaban sobre el suelo compacto. —Tú siempre te reíste de mi porque ¿Cómo iba a ser profesora sin niños a quién enseñarles? con el tiempo di por sentado que para eso me diseñaron.

Un ligero bufido escapó de tu boca, pero no agregaste nada a la conversación. Seguramente estabas buscando en tu mente una solución para nuestro dilema, como siempre lo hacías, usualmente eras quién resolvía los problemas y yo quién nos metía en ellos. Cada uno tenía un olfato para cada cosa.

Volví a mi introspección lamentando el no cumplir con mi destino, porque una vez los humanos secaron este pedazo de roca pérdida en el universo, se marcharon para no volver nunca jamás y nos abandonaron a nuestra suerte sin un objetivo que seguir. Algunos sencillamente renunciaron al no tener a quien servir, mientras el resto podría decirse que “evolucionamos” y buscamos formarnos un propósito de ser. La nueva sociedad nació de los despojos del esfuerzo de nuestros antecesores y se convirtió en una burda imitación de lo que algún día fue, emulando el estilo, la sociedad y las clases sociales, como los empresarios y sus falsas promesas de progreso con las que acapararon los escasos recursos para nuestra subsistencia. Comenzó con el comercio, ellos tenían las habilidades y los conocimientos, luego compraron y controlaron la ley y desde ahí nadie ha podido detenerlos, ni siquiera nosotros. Con nostalgia recuerdo como nos sacaron del juego; o vendíamos las tierras que conseguimos sacar adelante con tanto esfuerzo o acabábamos trabajando como esclavos en las minas y diques, obteniendo como recompensa el agua suficiente como para no desfallecer y seguir produciendo.

Le debo más que la vida a Buck, por eso es que lo aprecio tanto y no me imagino sin él desde que nos convertimos en forajidos, pues no estábamos dispuestos a agachar nuestras cabezas ante esos cerdos inescrupulosos. Ahora que lo pienso, no sé hasta qué punto somos capaces de exteriorizar emociones o si es algo que adoptamos por emular a nuestros creadores, pero estoy segura que está asociación que tenemos tiene que ver con eso que llaman amor o sencillamente siempre estuvimos fallados de fábrica.

De repente, fui sacada de mi abstracción cuando sentí que el pesado cuerpo de mi pareja se desplomaba del potro mecánico y caía inerte al suelo rocoso. Inmediatamente tomé las riendas y lo detuve, me apresuré en bajar para ir a revisar sus signos vitales y podría jurar que sentí como los fluidos que recorrían mi cuerpo se helaban al ver su tanque con apenas los restos de la condensación del agua.

—¡Buck! ¡Buck!— Sabía perfectamente que te llamaba en vano, eras un buen mentiroso, no te quedaba nada en tu reserva y me diste tu último trago. No te habías apagado por completo, al menos no tu sistema central, así que te cargué en el caballo y nos conduje hasta la caverna en la que teníamos puesto el ojo para descansar.

Allí te acomodé, aunque íbamos de mal en peor la fortuna me bosquejó una pequeña sonrisa, ya que cerca de donde estábamos pude divisar una cactácea que según mis conocimientos impresos de factoría podía sacarles algo para beber. Corté varios trozos con mis manos y al volver junto a ti exprimí su pulpa en tu boca tratando de sacar hasta la última gota. De esta manera podría mantener tu vida, es decir, siendo tú mismo, pues los autómatas podemos ser reparados físicamente desde cero, pero no así nuestro cerebro y los que nos convierte en nosotros y no en otros. Esto último podía suceder por daño extremo o un apagón prolongado.

Estaba ligeramente aliviada, pero  ¿Cómo nos sacaría yo sola de esta encrucijada?

….

La taberna de la tía Petra era la clase de sitio al que uno se dirigía cuando estaba en problemas, allí no solo podías encontrar agua y lubricantes de toda clase, sino que la dueña no se hacía problema en atender hasta el ser más despreciable, siempre y cuando tuviese con que pagarle. Estaba desesperada, así que deje a Buck “durmiendo” para que su caldera no consumiera tan rápido el poco combustible que había conseguido. Me llevé sus balas y con las primeras luces del alba cabalgué hacia allá a toda prisa.

Escondido entre las montañas se hallaba un edificio de madera de dos pisos, cuyo descarado cartel rezaba “Spark plug Saloon” y es que olvidé mencionar un pequeño detalle, en todo el salvaje oeste habían prohibidas dos cosas: las peleas por apuestas y la electricidad, y este lugar las tenía ambas. Petra Calamity contaba con el monopolio de eso último, pues poseía paneles solares secretos que ella y solo ella puede hacer funcionar o al menos eso es lo que se rumorea. Si bien su negocio permanecía oculto por la seguridad de sus clientes, pues podías reconocer muchos rostros en carteles de “Se busca vivo o muerto”, era bien sabido que la ley podía comprarse y Petra era una de las que podía permitírselo.

Dejé mi caballo amarrado en el palenque y entré empujando las puertas con ambas manos, algunas miradas suspicaces se clavaron sobre mí, las que de seguro de haber estado en otra situación me hubiesen puesto una bala entre ceja y ceja, pero las reglas de la casa citaban que solo estaban permitidos los encuentros con apuestas de por medio, ser apagados no era lo peor que podían hacerle a alguien que faltase a esta norma. Caminé hacia la barra contoneando con gracia la gran falda de mí vestido, -que para que mentir, era un estorbo entre tantas capas de tela a la hora de asaltar ricachones- pues no pensaba dejarme amedrentar por unos bandidos de cuarta. Fue cuando esquivaba un pedazo de brazo que voló desde la pista de baile que hacía las veces de cuadrilátero que la ajetreada autómata tras el mostrador me notó.

—¡Wanda! ¿Qué te trae a mi humilde salón? ¿Y dónde está el guapo de Buck?

—Nos estamos dando un respiro— Mentí al considerar que cualquiera podría tener sus sensores auditivos sensible a los cotilleos. —Verás, necesito hablar contigo en privado—

—Claro, ¿No me digas que otra vez se pelearon?— preguntó con la intención de sacarme algún chisme jugoso y me hizo pasar a la parte trasera del lugar.

Allí mujeres de vestimentas ligeras color granate atendían a los clientes que venían por algo más fuerte, lo que era una clase de pila que al acercárselas a la boca emitía una chispa que atravesaba hasta el más mínimo rincón de sus cuerpos electrificándolos y dejándolos en un estado convulsionante, pero con una sensación de éxtasis. Funcionamos a base de vapor de agua, por lo que la reacción que produce la electricidad es enteramente destructiva para nuestros circuitos y para qué hablar de los bolsillos de los adictos. No era para nada barato.

Llegamos hasta su oficina y me invitó a tomar asiento.

—Cuéntame entonces mujer ¿Qué es lo que pasa?

—Espero no hayas reiniciado tu memoria, ¿Recuerdas el favor que te hicimos cuando recién estabas empezando, Petra? Pues tendré que cobrártelo. Estoy mal de agua y monedas, necesito de la primera con urgencia.

—¿Acaso Buck se esfumó con sus ahorros y una mujerzuela?—

—¡No estoy para bromas!

—Ni yo para que me levantes la voz en mi territorio, sabes que te tengo en gran estima, pero aquí la que está en una situación delicada eres tu ¿O no es cierto, cariño?

—No vengo a pedir caridad Petra, lo que quiero es dejarte mi potro por lo que te pido hasta que pueda pagarte como se debe, nada más.

—O bien yo podría mandar a llamar al alguacil y quedarme con la suntuosa recompensa que hay por tu cabeza, seguramente me reportaría más ganancia que tu montura.

—Por favor, hazlo, ambas sabemos que no sería la mejor publicidad para tu empresa.

Me senté desafiante apoyando mis piernas sobre su escritorio y esperé en silencio, ninguna le quito la vista de encima a la otra ni un solo segundo.

—¡Y decían que no estábamos hecha de buen material!— exclamó por fin, levantándose para abrazarme con fuerza. Éramos de unas de las últimas generaciones y nos separaban a penas unos cuantos dígitos en nuestro código de serie, tranquilamente podríamos haber pasado como hermanas.

—¿Me ayudaras entonces?

—Por supuesto, … A cambio de tu caballo puedo darte el agua que necesitas para no desmayarte aquí frente a mí, que no creas que soy tonta y no he notado lo “pálida” que estás, y junto con eso te inscribiré gratis al duelo de la tarde ¿Qué te parece? Si es que ganas te regresaré el animal y te quedarás con la mayor parte del premio en agua.

No me había dicho que pasaba si es que perdía, pero tampoco me apetecía preguntarle por ello. Algo se traía entre manos, eso era seguro, porque normalmente me hubiera pedido alguna clase de encargo que no podía legarle ni al más fiel de sus hombres.

—¿Aceptas o no?

….

Bebí la jarra con agua a toda prisa, no solo porque estaba nerviosa y la necesitaba,sino también porque cuando cayó la tarde me enteré que mi adversario no era nada más y nadie menos que Samuel el Sucio. Las noticias corrían rápido y la supuesta caída de nosotros en manos de su banda había llegado hasta Petra de los propios labios del cuatrero. La dama no iba a permitir que nos tratasen de esa manera y menos que le faltaran el respeto a su modelo. Por lo que seguramente había estado pensando todo el día en como cerrarle la boca a ese pedazo de chatarra y justo, como si se tratara de un designio del Creador, aparecí frente a ella un tanto maltrecha por lo que supo al instante lo que tenía que hacer. Ella confiaba en mis habilidades y que también le daría un buen espectáculo con el que entretenerse.

—¿Así que una de las ratas sigue con vida? Luces bastante bien para haber escapaste solo por poco de mis garras Wanda ¿No me digas que abandonaste a tu noviecito a su suerte?— Escupió al suelo una sustancia grasosa. El autómata era un poco más grande que Buck, ambos fabricados para trabajos en canteras, pero a diferencia de mi pareja de fuertes y lentos brazos, a Samuel se le conocía por sus rápidos reflejos.

—Samuel “el sucio” Sánchez, he vuelto desde el mismísimo desguace para arrastrarte al triturador conmigo infeliz— le respondí observándolo a la distancia, se encontraba a varios metros de mi, ambos a fuera del salón y rodeados por la multitud de clientes.

Los duelos de pistola siempre atraían muchos espectadores, dado que no era una batalla que se acabara en un solo disparo, lo que se debía a que un balazo en la cabeza no siempre resultaba en un desenlace fatal para nosotros como lo sería si fuese entre humanos, así que el objetivo principal era tirar al suelo a tu adversario sin ocupar tus extremidades, por lo que era usual apuntar al torso para un acierto seguro o a las articulaciones de las piernas si confiabas en tu puntería. Considerando estas reglas al ser del tipo femenino —mucho más liviana y de material menos denso— estaba en desventaja pues bastaba un solo impacto de revolver para empujarme.

—Si te arrodillas ante mi podría hacerte un lugar en mi banda, a los muchachos seguramente les gustará tener algo con lo que entretenerse.

— ¡Antes prefiero llenar mi tanque de arena!

Ser “pequeña” tenía sus ventajas, pues para mi fortuna mi adversario por muy rápida que fuese su reacción no contaba con buena puntería y yo no era precisamente un blanco sencillo, ya que mis piernas estaban ocultas por capas de tela y mi corsé estaba asegurado para cubrir mis carencias.

—Eso puede arreglarse chiquilla.

—Suficiente charla— nos interrumpió Petra. —Cuando el reloj marque las tres iniciara la contienda, el primero en morder el polvo pierde.

Asentí con mi cabeza, desde que tomé posición no me había movido un solo centímetro salvo por mis dedos que golpeteaba sobre la funda de mi arma, algo en mi oponente siempre me había intrigado. No todos los robots solemos usar vestimentas, al menos no completas, algunos lo hacen por algo de pudor adquirido (o programado), para demostrar cierto estatus —como era el caso de la dueña de este antro— o por razones de utilidad como era mi caso y definitivamente el de mi rival, quien usaba un viejo poncho manchado con el aceite de varias de sus víctimas. No era solo un trofeo o para intimidar a sus oponentes, ocultaba un “sucio” secreto.

Nuestros pistones y calderas trabajaban a toda potencia, soltando una nube de vapor que le daba un cierto agregado de suspenso al encuentro. Hicieron sonar la campana y desenfundamos nuestros revólveres en menos de un pestañeo, como era de esperarse la bala me dio de lleno en el pecho y tuve que aplicar toda la presión que pude en mis piernas para no caer, esto me dejaría una buena abolladura. Mi disparo también acertó en Samuel, sin embargo, no pareció afectarlo más que para dejarle un hoyo nuevo en su ropa. Cuando se estaba preparando para una segunda arremetida, fui yo quien literalmente embistió hacia él con vehemencia.

—¡A esta moza le falta un tornillo!— exclamó y tal fue su sorpresa que su segundo tiro falló. Fue eso o su conocido gusto por la electricidad que le provocaba tiritones de cuando en cuando. No me di tiempo para contestarle y cuando la distancia entre nosotros se acortó descargué mi arma.

—¡Y puntería!— agregó burlándose, pues mi bala a penas lo rozó.

Ahora estábamos a menos de un metro el uno del otro y Samuel levantó su brazo apuntándome a la cabeza, no había manera de errar. Entonces, antes de que yo pudiese reaccionar, jaló del gatillo o eso intentó… Sus dedos nos respondían.

— ¿Algún problema, Samuel?— le pregunté mordaz. Mi intento anterior no había sido un fallo sino que por el contrario, había dado justo donde lo necesitaba, en su sistema oleo-hidráulico que articulaban la agilidad de sus movimientos de sus manos. Era uno de esos autómatas híbridos.— ¿Tus últimas palabras?— Puse el cañón de mi revolver en su sien.

— ¡Perra tramposa, si crees que te libraras de mi estás…!— La verdad, no quería perder el escaso tiempo de Buck en las maldiciones de alguien que no lo valía y le volé la tapa de su cráneo regando por el suelo engranajes y demás partes.

El premio del pozo -el agua- era todo mío y Petra estaba tan extasiada que ya estaba repartiendo bebidas gratis para todos. Me limité a devolverle lo que me había prestado, cargar mi caballo con la recompensa y galopar tan rápido como su motor me lo permitía.

….

Mi querido compañero estaba apagado, ¿segundos, minutos, horas? hacia cuanto tiempo no podía precisarlo y mientras le daba de beber mi temor de que él nunca volviese a despertar -o que lo hiciera y ya no fuera el mismo- iba creciendo segundo a segundo. Sus ojos comenzaron a iluminarse, su “corazón” volvía a bombear vapor por todo su cuerpo y escuché como la maquinaria en su interior volvía a la vida.

—¡Heeeeeeeey, Wanda!— Se despertó con un salto y me tomó entre sus fuertes brazos haciéndome girar por los aires.

—¿Qué pasa, Buck?— le contesté sin dudarlo.

—¿Qué hacemos en un lugar como este?— me preguntó con curiosidad devolviendo mis pies al suelo.

—Tú sabes… Espera ¿No lo recuerdas?

—Lo último que recuerdo es que estaba soñando.

— ¡Pero si nosotros no soñamos, Buck!

—Estábamos otra vez en nuestro campo de girasoles…— prosiguió y el silencio se hizo presente entre ambos, por un segundo creí que algo estaba mal con él. — ¿Qué te parece si asaltamos el tren del viejo O’neall? ¡Escuché que transporta galones y galones de agua y de oleaginosos y por supuesto mucho oro! ¡Tendríamos como para regalar y prestar!

Aliviada lo rodeé con mis brazos por el cuello abrazándolo. Extrañaba el tiempo en que llevábamos una vida pacífica en nuestra estancia cultivando girasoles para la producción de aceites lubricantes, aunque una vez nuestros sueños ardieron junto con nuestros campos dejé de extrañar la monotonía de esos días y definitivamente, aunque comenzamos nuestras andanzas en busca de venganza, extrañaría más la emoción y la intriga si abandonásemos esta nueva vida llena de aventura.

— ¡Cuando quieras, cariño!

Fin

Autora: Xiomara Imanoni

Muchas gracias Xiomara, que gusto leer tus historias por aquí, espero que veamos muchas otras.

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