Regresa a nuestra páginas nuestro amigo Joseín Moros para nuevamente permitirnos disfrutar con una de sus narraciones, en esta ocasión se trata de “El Curador” una historia de Vampirismo en un lejano futuro:

El Curador El Curador

Autor: Joseín Moros.

¿Puede la lucha por la supervivencia justificar cualquier método?

¿Somos responsables por los crímenes de nuestros antepasados?

¿Sólo basta con no repetirlos para obtener la absolución de una familia? ¿O de una raza?

¿Por qué un criminal puede tener un gran talento artístico? ¿Es eso justo?

¿Existe la justicia?

¿Y el destino?

“Las guerras no sólo se ganan con la espada,

lo aprendí en las derrotas.”

Pil.

Amigo o amiga, del futuro o del pasado:

Al momento de iniciar esta crónica, me encuentro en los dominios de El Curador, en el legendario Ubyren Kaserne, inmerso en secretas entrañas del titánico Tepesborg.

Recuerdo muy bien un párrafo, en mi primer cuaderno de notas, cuando uno de mis amigos, Dolk, el organismo artificial con forma humana, me contaba, siendo yo casi un niño:

<< —En la Tierra los poblados fueron construidos unos sobre otros, según demostraron los hallazgos arqueológicos, en cambio las estaciones espaciales, llamadas borg, con el transcurrir de los milenios crecieron en todos los sentidos de su estructura. De manera paulatina adoptaron figuras caprichosas y, como una huella digital, cada una de esas súper estaciones resultó diferente en su perfil. Al no verse obligados a respetar leyes aerodinámicas, preponderó la solución práctica para las nuevas edificaciones erigidas sobre la más vieja carcasa.

—Imagina Pil —me había dicho Dolk—, descender niveles en esos mastodontes infernales, es muy similar a retroceder en el tiempo, tropiezas núcleos humanos con algo que en la Tierra casi desapareció: lenguas diferentes por completo, mantenidas en secreto >>

¿Por qué llegué a este lugar?, —se preguntaran.

Las cosas iban mal. Mi castigada flota logró traspasar los límites de la órbita de Júpiter, liberando un borg tras otro y el triunfalismo invadió la mente, y las acciones, de muchos de mis aliados. Entonces brotaron los casi invencibles Resucitados; tal nombre fue una exageración, en realidad eran descendientes de ejércitos reclutados en aislados territorios de la Luna, Marte y la Tierra, decenas de milenios atrás, para ocupar los kaserne que marcaban frontera de clanes dominantes en esta región del espacio. Sus oficiales tienen fuertes recursos para rechazar ataque mental y la mayoría practican artes oscuras, efectuando horribles sacrificios de sus prisioneros, con la intención de obtener protección en las batallas. Desde siempre se intentó mantener una delimitación estable de los señoríos, pero las continuas refriegas cambiaron tales barreras, varias veces cada millar de años.

Estos kaserne son cuarteles formidables, estaciones espaciales armadas —convertidas en borg con el paso de los milenios—, suspendidos en órbita alrededor del sol, las cuales pueden alterar a voluntad. La organización militar se mantiene y desde allí, con el filo de la espada, gobiernan la población civil de las capas estructurales superiores, cuyas culturas se han diferenciado, de un borg a otro, en magnitud asombrosa.

Cuando los Resucitados amenazaron nuestra expansión liberadora, observé que un lejano kaserne, convertido en súper borg, —su tamaño es superior a la mitad de nuestra luna—, se mantuvo alejado de las batallas. Comprendí que no era por falta de fuerza, su flota, descansada y bien artillada, era casi una octava parte de la totalidad de mis ejércitos en el sistema solar. Decidí ponerme en contacto con sus líderes, en completo secreto. Mucho tiempo atrás, desde la distancia, percibí desconocidas fuerzas oscuras en este lugar del espacio, a pesar de ello, y después de meditarlo, decidí venir en persona, sin avisar a Dolk y el doctor Visdom, mis consejeros. Ellos se encuentran batallando en otros confines, y se habrían negado en dar su aprobación para misión tan peligrosa.

Para el momento, mis tataranietos ya tienen los suyos. Mi apariencia, —no es secreto en las filas de mis oficiales—, se mantiene casi igual desde los treinta años. Envejezco, sí, pero con mucha lentitud. Soy una leyenda viva, en algunos casos me favorece, en otros no, los fanáticos de algunas religiones me consideran un ser maligno y desean llevarme a la hoguera de plasma. Nadie sabe sobre el objeto azul en mi cuerpo, que me invadió cuando niño, y al parecer me proporciona extraordinarias facultades; por precaución las mantengo en gran parte ocultas a mis seguidores. Sólo mi amada, Vell, supo la completa verdad —y murió con el secreto.

Pues bien, a bordo de un navío comercial, —con salvoconducto de MNM, Mineros Neutrales de Marte—, llegué a Tepesborg. Como avispas alrededor del panal, su impresionante flota de guerra gira alrededor de la súper estación espacial. La forma de la titánica estructura me recuerda cuatro guadañas y tres cuchillos, todos de diferente tamaño, apelmazados como si hubieran quedado así luego de un choque, dentro de una atmósfera tan caliente que los soldó unos con otros, formando un cuerpo de metal, y roca, imposible de representar con pocas palabras. La mayoría de los vecinos nunca intentarían molestar sus millones de habitantes, de la misma forma que evitamos acercarnos a un avispero. Mis salvoconductos funcionaron a la perfección: soy un negociador autorizado de la milenaria empresa minera. Un par de generaciones atrás me infiltré en esta organización, diestra en mantenerse al margen de conflictos militares. MNM fue, desde sus inicios, abierta a inversionistas arriesgados —sus riquezas impregnan casi todas las facciones en pugna—, y la corporación siempre finaliza en buenas relaciones con el eventual victorioso.

El objetivo de esta crónica no es hablar de las peligrosas peripecias por las que pasé, para establecer contacto con las verdaderas autoridades que, desde las sombras, gobiernan Tepesborg. No, mi intención es dejar documentada la entrevista con El Curador, en el legendario Ubyren Kaserne, inmerso en secretas entrañas del titánico Tepesborg, como antes dije.

***

Desde las irregulares superficies externas del borg, nuestro sol era un débil punto, fácil de confundir con cualquier estrella. En el interior de la estructura artificial, —con dimensiones que superan la mitad de nuestra luna—, la fuerza de gravedad, y los ciclos noche-día, son producto de la tecnología; esto, para una mayoría de habitantes, es imposible de comprender y han creado sus propias y variadas explicaciones metafísicas del entorno, siempre sorprendentes y contradictorias. Durante mi descenso, por kilómetros de metal y piedra ennegrecidos, atravesando metrópolis enormes, —en casi todas mueren las personas sin nunca haber visto el espacio exterior—, realicé transacciones comerciales muy beneficiosas. Con mi falsa identidad, de poderoso y temerario comerciante, fui sellando compromisos de los magnates de Tepesborg con la corporación MNM.

Una de aquellas noches artificiales, estaba yo admirando el cielo virtual, en la cúpula rocosa de una de las ciudades subterráneas más poderosas: Ubyr la Magnífica, desde la terraza jardín de un modesto hotel. Los edificios, terminados en minaretes, púas y ángulos similares a espinas para empalar personas, —casi todos de color ladrillo quemado, bordados de diseños enrevesados como serpientes agonizantes—, representan una tendencia artística propia de esta ciudad, donde enormes canales de agua cristalina, ribeteados de bosques, la cruzan de manera radial, desde la plaza de los monumentos. La proyección tridimensional de una luna, las capas de nubes ficticias, el paso de estrellas fugaces, y el bosquecillo a mí alrededor, me hizo recordar mi tierra natal y los primeros combates en la selva. El viento agitaba mi túnica —armadura o espada habría sido incompatible con un sencillo comerciante de Mineros Neutrales de Marte—, y de repente percibí la inminente aproximación de una presencia. Un par de minutos después, pareció crearse un suave remolino en la terraza.

Vislumbré la llegada de un ser, con una aureola oscura, extraña y amenazadora. Fue una alta figura, vestida con capucha, túnica y capa, todo de un color ladrillo viejo. No exhibía armas a la vista. Mantuve inmóvil mi cuerpo, se suponía que yo era un pacífico negociante y debía reaccionar como tal.

No es una proyección tridimensional —discerní en mi pensamiento—, proyectó parte de su materia sin utilizar un artefacto tecnológico, desde algún lugar más profundo.

Y recordé otro fragmento de la narración de mi amigo Dolk, cuando me hablaba de borgs y kasernes.

<< En las profundidades de uno de estos borg, más allá de Júpiter, una vez combatí al lado de frailes muy extraños, su idioma parecía ladridos de foca, y su alimento secreto era sangre, extraída de la yugular de bueyes criados en invernaderos, por autómatas muy primitivos. Sus mujeres, pálidas como tiza, tenían cuerpos espectaculares, pero sus hábitos alimenticios infundieron miedo a mis soldados humanos. Estos frailes mantienen vigilancia sobre los niveles superiores de la estructura del borg, y sobre el espacio exterior, a través de una eficiente red de espionaje. Acumulan información y la transcriben, se consideran bibliotecarios del conocimiento humano, me dijeron haber sobrevivido “innumerables edades media”, así llaman los varios periodos cuando la oscuridad cayó sobre la raza humana en todo el sistema solar, durante el medio millón de años transcurrido desde la Era de la Expansión Conquistadora, hasta ahora >>

La figura, tan quieta como una roca, movió el hombro izquierdo y habló.

—Dices llamarte Marcopolo Davinci —dijo mi visitante, en dialecto propio de algún lugar perdido en las antiguas estepas asiáticas, con voz nacida en otro sitio de las profundidades de Tepesborg—, escogiste un nombre de iniciado, con significados secretos: implica viajes y conocimiento adelantado a tu época. Debe haber una razón importante para elegir esa combinación. ¿Quién eres, y cuál es tu misión?

A pesar de las semanas transcurridas en mis negociaciones, tratando con líderes civiles, era la primera vez que veía uno de los frailes pertenecientes a la clase dominante en Tepesborg, al parecer preferían las regiones más profundas de la súper estación espacial, que para el momento yo estaba —en cierta forma—, invadiendo. Tenía que seguir mintiendo y él lo sabía, sin embargo la respuesta debía darle información útil. Decidí no preguntar su nombre, me daría uno falso, estaba seguro, pero era alguien a la cabeza de la organización, si no el máximo jerarca del borg.

—Desde milenios, Tepesborg mantiene dominio sobre muchos borg—contesté con lentitud, en el mismo dialecto que utilizó —; tengo información de un gran golpe contra ustedes, concertado por la unión de una mayoría. Los ejércitos libertadores, en su interrogatorio a prisioneros, la obtuvieron. Por fortuna, la presente guerra distrajo las fuerzas de los conspiradores, pero van tomando ventaja. Si los libertadores no se recuperan, con lo mejor de los Resucitados caerán sobre tu borg, y destruirán su núcleo. Entonces, el legendario Ubyren Kaserne pasará a otras manos, si no es destruido en la batalla.

El fraile produjo un sonido, como el cloqueo de un ave de rapiña, no era una risa, fue una exclamación de sorpresa y rabia. Entonces cambió al lenguaje oficial en transacciones comerciales y militares, en el sistema solar.

—No es nada nuevo —dijo—, los dejamos conspirar, cuando se están volviendo amenazadores hacemos una poda de los más peligrosos. Y continuamos nuestro juego.

—Hay algo que no sabes —agregué, bajando la voz—; para reforzar tu influencia, hace apenas un milenio ustedes movieron la órbita del borg, algo más hacia fuera del sistema solar. Ahora esta posición es mortal.

Sacó las manos enguantadas fuera de las amplias mangas de la toga; eran grandes, casi podrían atrapar mi cráneo como una pelota.

—No hay debilidad en nuestra posición. Dio resultado —dijo con voz grave—, sólo tardamos más tiempo en completar la órbita, ahora la recorremos en veinte años terrestres, a la misma velocidad de traslación de Júpiter. Nadie se atreve a interferir en nuestra franja de espacio, al otro lado del sol. Volveremos a pasar por allí o enviamos parte de nuestra flota. Nada puede enfrentarnos.

Con un sacudón, de su cabeza, la capucha cayó atrás. Me pareció estar frente a una estatua de mármol blanco. Era pálido, similar al abdomen de un lagarto de las cavernas. La cabellera, negra, tenía fibras como hilos de brea, entretejidos en innumerables y delgadas trenzas, largas hasta la espalda. Entonces sonrió. La dentadura perfecta, blanca y brillante, rodeada por labios cárdenos, dejó brotar una lengua negra y puntiaguda, terminada en un orificio que palpitaba como si quisiera succionar mis arterias. Sus ojos, azul verdoso y brillante, respondían a la luz como las esmeraldas de Marte, cambiando su tonalidad al violeta y tornando al color inicial.

Mi cuerpo quedó paralizado, el fraile saltó hacia mí, similar a una araña-tigre, las enormes manos enguantadas aferraron mis hombros, sentí presión, como si fueran reales, se inclinó, la negra lengua tocó la carne de mi cuello y percibí un sacudón eléctrico en la garganta. Me di cuenta que no podría succionar mi sangre, pero el apretón estaba aumentando y podría romperme los huesos, mientras que la descarga eléctrica dejaría paralizado mi músculo cardíaco en un instante más. Quedé impresionado por aquel despliegue de fuerza mental, a pesar de la distancia que debía haber hasta el lugar donde el cuerpo real del fraile se encontraba.

Apenas habían transcurrido tres décimas de segundo desde que se inició el ataque, levanté ambos brazos y atrapé las gruesas muñecas, sus ojos mostraron desconcierto, no comprendió cómo pude aferrar su imagen inmaterial, entonces debió sentir que yo estaba ahora en su mente y trató de sacudirse, aunque era más alto lo forcé a soltarme y caer de rodillas, mi pierna izquierda lo pateó en el pecho, y sin producir sonido rodó hacia atrás. Se levantó de un salto, con la misma expresión de un chacal-hiena acorralado. Antes de brincar se controló y quedó derecho, en la misma pose que tenía cuando llegó. Percibí que sufría dolor, en el lugar donde la punta de mi bota había hundido sus huesos. Debería estar muerto, si hubiese sido un ser humano corriente, pero ya se estaba recuperando.

—Hay mucha fuerza en tu persona —me dijo, controlando su furia—; a pesar de eso corriste mucho riesgo viniendo solo. Debes conocer algo que supones valioso para mí. ¿Qué deseas a cambio?

—Alianza con tus ejércitos, y te diré cómo evitar tu próxima destrucción bajo ataque enemigo.

Arrugó la frente, como lo hace una persona muy joven. No tenía marcas de envejecimiento en la piel. En su boca comenzó a dibujarse un agresivo: no.

—Les resultará fácil —agregué con rapidez—, tu flota estará destruida y tus defensas de superficie, del lado opuesto al sol, ya no existirán, sin que enemigo alguno te haya atacado.

Me estuvo observando durante un segundo. La expresión en su rostro cambió, ahora lucía más temible, con la serenidad de arena movediza impregnada de sanguijuelas.

— ¿Puedes ver el futuro, Marcopolo? —su mirada brilló aún más.

—Un muy posible futuro —contesté.

Pareció inspirar con potencia, y movió la cabeza, como si pretendiera negar alguna idea profunda.

—Debes ser Pil. Poderío, conocimiento de extrañas lenguas, juventud. Oigo de ti desde hace tiempo.

Continué inmóvil.

Entonces dejó de negar.

—Acepto —dijo, pronunciando con solemnidad, luego hizo una leve inclinación, yo lo imité.

— ¿Cómo ocurrirá? —preguntó, con voz muy grave.

—Al cabo de dos meses terrestres, cinco días y cuatro horas —dije, alzando la voz—, la tormenta de hielo, que ataca nuestro sistema solar desde hace un par de siglos, dará un latigazo contra este borg. Casi de inmediato recibirás el ataque mortal de tus enemigos.

Vi en su cara las escenas que imaginaba: millones de enormes aerolitos de hielo, destrozando su armada y la superficie de Tepesborg. Dio un corto paso al frente, yo no me moví.

—Si ofreces negociar es porque conoces una forma de evitarlo —y mirando hacia lo alto gruñó como un lobo.

—No de evitarlo. Podrás disminuir pérdidas, impedirás el ataque instantáneo de los Resucitados, salvarás la flota y Tepesborg.

Volvió a sonreír, ahora con desconfianza visible.

— ¿Por qué no te retiras, dejas que todo ocurra y vuelves con tu “liberación”? Tal vez los puedas sorprender mientras nos atacan.

Junté las palmas de mis manos y lo miré a los ojos. No era fácil retar su mirada.

—No sé quién eres —dije—; sin embargo, veo que has cultivado inmensa fuerza mental, y cuentas con tiempo de vida para dominar el sistema solar, si te lo propusieras. No lo hiciste, ni lo harás, prefieres mantenerte en la oscuridad y el anonimato, debes tener un objetivo diferente, de particular naturaleza.

A continuación levantó la cara, su carcajada me pareció la risa de un chacal-cóndor, atacando humanos en mi tierra natal. Luego, casi gritó al principio de la frase, y la culminó con un susurro.

— ¿Piensas que alguien, como yo, tiene una “noble misión”?

Mi respuesta fue inmediata.

—Alguien como tú, se vio obligado a tomar una decisión trascendental, o desaparecer, como se extinguen los depredadores de una especie dominante.

Vi en sus ojos una expresión incomprensible. Vislumbré parte de sus emociones: eran algo parecido a lo experimentado por un poderoso dinosaurio, si tuviera la inteligencia de advertir que un ser, tan escuálido como el humano, había superado fronteras que su especie nunca pudo. Al final sonrió, sin mostrar los dientes, como lo hace un adulto ante una estupidez dicha por un niño.

—Uno de mis nombres es: Camazotz —dijo, con voz calmada, y le hice una reverencia.

— Marcopolo Davinci, es uno de los míos —agregué, y él se inclinó con elegancia.

Como un relámpago apareció otro ser. Su armadura casi me sorprendió, estaba entre los diseños más antiguos que había visto, pero dotada de la hermeticidad necesaria para combatir en el vacío estelar. Portaba una espada curva, la visera levantada y la terrible cara, de color purpúreo, con negros y caídos bigotes, mostraba una fiereza brutal. Ojos grises y pequeños, con la región blanca cubierta de vasos casi sangrantes, me observaron con expresión demencial. Los grabados, en las placas metálicas, narraban una historia de batallas y torturas de una violencia terrible. Pude ver castillos y montañas, en el escudo que sostenía con en el brazo derecho, y un penacho, de cabelleras humanas, caía a los lados del yelmo.

Es la inteligencia artificial que administra toda la estructura tecnológica de Tepesborg —pensé, admirando la perfecta proyección tridimensional —, debió ser, desde el principio, la misma que rigió el puesto militar Ubyren Kaserne, hasta que evolucionó a borg, el actual Tepesborg.

—Soy Bela —dijo, con voz clara, tonante y marcial—, a sus órdenes, comandante Marcopolo.

A continuación nuestra conversación se tornó técnica. El silbido del viento y los relámpagos de una tormenta, fueron el fondo sonoro de la entrevista. La lluvia no me llegó a mojar, detenida por un techo transparente que nos cubrió.

Los acuerdos fueron simples, pero rígidos como el diamante. Sus ejércitos quedaron a mi disposición — por tiempo limitado—, y, para la fecha de la avalancha de meteoritos, la flota estaría en zona más segura, a corta distancia de Tepesborg. Lo más lento y arduo se inició de inmediato: alterar la órbita del borg, sin causar daños internos con la disminución de velocidad y el desplazamiento simultáneo, para retardar el momento cuando Tepesborg encontrara la ruta de los meteoritos. Mientras hablaba con Bela, Camazotz exhibió razonables conocimientos tecnológicos de la súper estación espacial, noté en su hablar un infantil orgullo por sus juicios, que no pudo ocultar.

—Nuestros instrumentos confirmaron la trayectoria de los meteoros —observó Camazotz—; ¿cómo lo descubriste? Detectar esos aerolitos es tan difícil como encontrar un insecto específico, en la superficie del océano terrestre, mirando desde la luna. Tienes que saber primero dónde buscar.

—Mi visión de un posible futuro, donde Tepesborg fue destruido, me orientó para buscar en la zona adecuada.

—Me gustaría tener ese poder. Tal vez todo sería diferente.

—Tal vez, tienes razón.

—Dime, Marcopolo, si puedes ver el futuro: ¿has encontrado situaciones donde tu final es inevitable? Y si ocurrió, ¿cómo pudiste seguir adelante en el tiempo? ¿Saltaste de alguna manera al futuro, para sortear el instante mortal?

Recordé mi infancia.

—Ocurrió. Yo todavía era un niño. Mis amigos y yo esperábamos morir. Lo hice sin saber cómo sucedió. No fue un salto al futuro, no. Fue al pasado. El tiempo es el Círculo Mágico, sin principio ni final.

Se inclinó, mostrando sólo agradecimiento por la respuesta. Fue evidente que no la comprendió, por completo, y no se le ocurrió otra pregunta.

Un momento antes de esfumarse, junto con Bela, me informó:

—Marcopolo, vendrá un séquito de honor, para trasladarte a mi lugar de trabajo. Cuentas con mi hospitalidad, nadie intentará atacarte.

***

La guardia de honor, que vino por mí, era aterradora. Fueron seis mujeres y cuatro hombres, vestidos de manera similar a Camazotz, pero bajo la tela había armadura y espada; todos se veían pálidos como su líder. No contaban con tanto poder mental como él, descubrí cuando exploré sus mentes con relativa facilidad. Mostraron lenguas negras y flexibles, —con el agujero palpitante—, moviéndose como saboreando el aire. Viajamos en un vehículo grande como un vagón de tren, flexible, similar a un gusano corto y regordete. Recorrimos túneles estrechos, cruzamos ciudades con aspecto de muy antiguas, incluso en algunos territorios parecían no conocer la iluminación eléctrica. Un sol y una luna, ambos proyecciones virtuales en cada territorio, iluminaban sus nebulosos cielos ficticios. Me asombró la gran densidad de población y lo atareados que se veían en campiñas y zonas industriales. Sin embargo quedé satisfecho por el momento: no había esclavitud ni crueldad extrema, eran sociedades feudales, controladas desde bambalinas por los frailes guerreros, que casi nadie conocía en persona.

Cuando emergimos, por un agujero en el techo, detrás de otro cielo virtual, el vehículo bajó como una grotesca sabandija, aferrado a la roca con garfios móviles y ayudado por su capacidad para contrarrestar la artificial fuerza gravitacional. Desde allí, observé el panorama, a través de la nubosidad que ofrecía la proyección del cielo nublado, bajo el simulado y débil sol en un horizonte de cordilleras nevadas.

Distinguí una formidable pirámide, mayor a las que había visto en pantallas de mi ciudad natal. Un castillo, en la tundra fría, proyectaba poder oscuro, como un mausoleo maléfico. Sus torres eran de roca gris, cubierta de musgo y enredaderas. Casi lo rodeaba un lago medio congelado, y manchones de nieve cubrían grandes sectores del terreno. En este lugar vi poca gente, y en las montañas las manadas de lobos corrían detrás de alces enormes, compitiendo con osos de talla descomunal. Había imaginado encontrar cuarteles, con campos de entrenamiento para los frailes guerreros, pero no fue así, luego los vi en el interior del castillo, que también tenía otra función.

En la fortaleza de piedra, la mayoría de las estancias contaban con atmósfera controlada, para proteger las innumerables obras de arte que allí conservaban. Hasta los objetos más insignificantes eran piezas únicas: lámparas, espadas, armaduras, alfombras, pinturas, mobiliario, copas y botellas, incluso las piedras de la fortaleza, traída desde la Tierra, eran auténticas antigüedades, como supe después.

A Camazotz le gustaba beber licor y conversar hasta pasada la media noche y una vez, mientras yo cenaba, dejó escapar frases en tono adolorido. Estaba de pie, tenía la mirada perdida en el fuego de la chimenea, a un lado de la enorme estancia iluminada con velas. Yo había observado que trataba las llamas con mucho respeto.

—Este castillo y la pirámide, los rescaté de la Tierra, mucho antes que Tepesborg fuera tan grande, para entonces podía maniobrar con mayor facilidad. Yo había tomado decisiones importantes…

Guardé silencio, casi ni respiré, no quería interrumpir ese instante mágico, en que tal vez expondría valiosa información. Camazotz se dio cuenta de mi emboscada y sonrió, sin mostrar su lengua negra y palpitante. Pareció satisfecho de haberme descubierto. Yo también sonreí, como un niño atrapado en un acto reprensible. Estaba apareciendo una comprensión mutua de nuestras existencias: nos hallábamos siempre a la defensiva.

—Desde el principio de la primera edad media, en la Tierra —dijo, de nuevo mirando al fuego—, que los historiadores posteriores olvidaron por siempre, me convertí en fraile. Encontré seguridad, aislamiento y una ocupación intelectual que nunca antes tuve oportunidad de conocer. Un religioso, creyéndome víctima de una terrible enfermedad, me ocultó en catacumbas e inició la cultura que ahora poseo. Protegí su congregación, haciéndola perdurar hasta los inicios de la Era de la Expansión Conquistadora, como ustedes llaman la exploración del espacio con las primeras estaciones espaciales viajeras, llenas de colonos.

Tamborileó con sus largas uñas, blancas como leche congelada, y sacó partículas en la dura pared de piedra.

—Fue para entonces, cuando me di a la tarea de buscar a mis congéneres. La mayoría de ellos permanecía bajo tierra. Eran cuerpos diseminados por el globo, en estado que los primeros humanos llamaron “larvae”, los “no muertos”.

Camazotz tomó un largo arpón, de blanca punta con manchas amarillentas, que estaba colgado en lo alto de la chimenea. Mis ojos no se apartaron de sus manos.

—Logré colocar los mejores de mi gente en otros conventos, de frailes y monjas. Estas personas, en general, eran crédulas. Los convencíamos de haber nacido monstruosos, por culpa de una prueba que debíamos superar con vidas piadosas. Desde la prehistoria, algunos de nosotros logramos infiltrarnos como guerreros dentro de las filas de humanos, en terribles escenarios alrededor del globo. Ganamos fama, en muchos casos hasta nos consideraron semidioses. Mira esta lanza, Marcopolo. La hice con hueso de mamut, con ella me gané un puesto de líder entre tribus humanas, e intenté procrear con tus mujeres. Fue inútil, engendré seres poco parecidos a mí, bestiales como perros de presa: recuerda tantas leyendas de seres mitológicos, y estúpidos, que aún persisten. Esta frustrante situación la experimentaron hombres y mujeres de mi gente, muchas veces en la historia, cuando pretendieron obtener prole con ustedes.

Devolvió el arma a su lugar y pareció hastiado de continuar hablando.

—Eso es todo, Marcopolo. Al final nos enamoramos de nuestra prisión: amamos transcribir documentos, aprender de ustedes, guerrear para ustedes. Aunque algunas veces, y de corazón, mi gente murió por tus efímeras banderas, o por esas estatuas, erigidas a próceres ególatras que ahora nadie recuerda; eso forma parte de nuestra falsa sensación de vivir en esta larga muerte. No nacimos creadores, sólo somos adoradores de las artes, que nunca lograremos saborear desde su interior.

Camazotz me dio la espalda, por un instante creí haber visto humedad en sus ojos de fiera. Continuó hablando con voz grave.

—Mañana en la noche te mostraré el interior de la pirámide, es la más grande, estuvo oculta dentro de la arena, y nunca fue descubierta. Muchos de nosotros ayudamos a construirla, arrastrando bloques de piedra, y lloré al verla finalizada. Una de las veces que regresé a la Tierra, me la traje, junto con este castillo, el cual fue mi fortín en un tiempo, ahora ambos son biblioteca y museo. La pirámide te gustará, allí hay centenares de documentos dados por perdidos, los salvamos de la barbarie en bastantes oportunidades, de nuevo están en peligro y repetimos nuestro trabajo. Son nuestro tesoro, la razón de nuestra vida, creados por una especie que envidiamos. Tampoco despreciamos el sabor de su sangre, ni amar sus mujeres. A las nuestras ustedes les parecen aburridos para el sexo, pero hemos tenido casos interesantes, para muchas obras literarias que también podrás conocer.

***

Otra noche, mientras esperábamos el arribo de los aerolitos de hielo, Camazotz se ausentó. Me había confesado, con claridad, que más o menos una vez al año sus cuerpos exigían sangre de un ser vivo, a menos que estuvieran en letargo indefinido. Para el momento no tenían prisioneros para ejecutar, y debió ir a cazar a las montañas. Succionar los insípidos bueyes de invernadero, ellos lo dejaban para cuando realizaban largas expediciones en la escuadra de guerra.

Cuando uno de los anacrónicos autómatas —exhibiendo articulaciones de principio de la tecnología de tales máquinas—, terminó de servirme la cena en el gran salón iluminado con cientos de velas sobre lámparas circulares, colgadas del techo, llegó una mujer de belleza clásica. Me pareció una de esas antiquísimas estatuas, que había visto en pantallas. Sus ojos verde-azules me observaron, como un gato mira a un raquítico ratón

—No te levantes, Marcopolo, sigue comiendo —me dijo, con voz seductora—, uno de mis nombres fue Lilith, eres un hombre culto y puedes deducir al respecto. Tus imaginativos escritores crearon mucho sobre mí, bastante lejos de la realidad.

Vestía túnica rosada, translúcida y bordada con delgados hilos dorados. Ninguna otra vestimenta la cubría y la cabellera, negra y brillante, caía hasta la punta de sus nalgas. Los pezones casi rasgaban la tela, eran de un rosado oscuro, como sus labios, y la lengua, roja como la sangre, poseía el amenazador agujero palpitante.

—Ya te había visto, Lilith —dije—, desde mi habitación en la torre de huéspedes. Esta madrugada te oí llegar, acompañada de varias damas. Las vi disfrutando de un baño helado en los estanques. La alegría de sus risas me despertó.

Ella lanzó una carcajada cristalina, tal vez recordando cómo lucían ellas, bajo la luz de la luna, desnudas y cabalgando desenfrenadas en el agua, sobre fragmentos de hielo. Observé que las uñas de sus manos y pies eran sonrosados, mucho más intensos que la piel.

—Te intrigan los colores de mi cuerpo. Estuvimos de cacería en las montañas, y nuestra palidez se atenuó. Somos muy exigentes con el aseo personal, Marcopolo. No queremos contaminar nuestro museo. Las obras de arte se tornan cada vez más frágiles, podríamos hacer copias, pero esa belleza, de la pieza única e irremplazable, no hay forma de imitar.

Entonces comprendí parte de la obsesión de Camazotz y su gente, por las obras de arte. Aunque ella pareció leer mi pensamiento, yo sabía que no tenía tanto poder, si hubiese querido habría podido mirar la profundidad de su conciencia; sólo fue su gran intuición.

—Tienes razón, Lilith —contesté, admirando su figura primorosa, y sintiendo calor en mi sexo—, nuestra alma se estremece ante la vista de tales bellezas.

Ella irguió el pecho y levantó la quijada, mostrando la suavidad de su cuello y la curva de los senos. Yo los miré con éxtasis, y por el efecto de la luz de la chimenea, el vello púbico resaltó bajo la tela rosada, cuando con sutileza adelantó la cadera.

Había dado con mi punto débil: mi respiración se agitó, sentí rugir la sangre en mis oídos, la copa de vino cayó de mi mano, una vehemencia incontrolable se apoderó de mi pecho, la presión de mi sexo contra la toga pareció la desesperación de una fiera por salir de la jaula, me levanté, empujando la silla hacia atrás, y ella dejó caer su túnica, apoyó la espalda en una columna de piedra y adelantó las caderas, con las piernas separadas, esperando mi acometida.

No sé como retrocedí, sin dejar de mirarla continué de pie.

—Nunca olvidaré haberte visto, Lilith —expresé—, balbuceando las palabras, y agregué en voz baja—: deseo recordarte así, bella y lejana.

Sus ojos centellearon, y me dio la espalda, igual que una vez lo hizo Camazotz, cuando creí que el llanto estaba en sus ojos. Entonces giró de nuevo y con valentía no ocultó sus lágrimas, el cuerpo desnudo reflejaba la luz del fuego.

—Sí, Marcopolo, somos un adorno para observar desde lejos, por unos pocos que aprecian su perfección. Lo sabemos, no tenemos la capacidad de crear, y nos extinguimos con lentitud. Llegará el día en que el último “oper” morirá: en el destello de una nave alcanzada por un rayo de plasma, bajo lanzallamas de soldados ignorantes, o decapitado por alguna espada con un refinado hechizo.

Entonces guardó silencio, comprendiendo que habló de más. Inspiró con lentitud y recuperó la calma. El término “oper” quedó grabado en mi memoria, sin querer me había revelado una de las denominaciones, tal vez despectivas, esgrimidas por ellos mismos. Me pregunté sí el doctor Visdom la conocía.

—Estoy agriando tu cena, Marcopolo —dijo con voz casi alegre, sin preocuparse por su desnudez, y tomando un vino rojo para beber de la botella—, ¿de qué prefieres hablar?

—Historia, Lilith; si me lo permites. Eres testigo del nacimiento de la humanidad, y hay cosas que nadie ha narrado con la verdad.

***

Y llegó la tormenta.

Conocíamos con exactitud el momento de los primeros impactos. Yo estaba en Ubyren Kaserne, solo en mi habitación, mirando desde la torre del castillo hacia las cordilleras nevadas, en una mañana gris y llena de copos blancos flotando en la atmósfera. Mi contacto mental, con los comandantes de mis ejércitos, había ocurrido casi de continuo, desde que Camazotz aceptó el trato. El efecto visual era perfecto, el cielo virtual hacía parecer que más allá continuaban grandes territorios, en lugar del techo cóncavo, de metal y roca, que en verdad había.

Camazotz, y parte de su pálida gente, se hallaban en la metrópoli subterránea: Ubyr la Magnífica.

En las primeras cuatro horas, la flota de guerra, a pesar de encontrarse en un área que se esperaba fuera segura, recibió daños en el dos por ciento de las naves y Tepesborg sufrió bombazos, considerados como menores; casi no hubo bajas, debido a la previa evacuación de gente y equipo valioso.

Entonces llegó la segunda tormenta, fue uno de esos acontecimientos, ahora lo sé, que suceden cuando creemos habernos aprovechado de una visión certera del futuro. Sólo con amargas experiencias, — como ésta—, lo aprendí.

Miles de escuadras de Resucitados surgieron tras los últimos aerolitos de hielo, llegaron en fragatas de abordaje, y contaban con el efecto sorpresa en la confusión de la tragedia natural. Habían aprovechado la inmensa masa de fragmentos para acercarse, sin ser detectados, y atacar como una manada de sanguinarios tiburones a un rebaño de lentas ballenas adormiladas. Después descubrimos que, dos meses atrás, su alto mando observó los cambios iniciados en la órbita de Tepesborg, investigaron tan extraño y sospechosa maniobra, y descubrieron la razón. Concentrado en salvar Tepesborg y su armada, subestimé la preparación técnica del enemigo.

Junto con las fragatas de abordaje, que atacaron la flota, llegaron tropas en descomunales cruceros lamprea. En un instante se adosaron alrededor de los cráteres, producidos por los bombazos de hielo sobre la superficie de Tepesborg, penetraron como lo hace una infección en una puñalada y la arena en un agujero. En las más importantes batallas, en el sistema solar, las estructuras producto de la tecnología son el botín principal. No hay escrúpulo en asesinar de la manera más salvaje, pero arruinar: instalaciones, autómatas, armas, navíos, es un acto autodestructivo, un suicidio, en la mayoría de los casos. Para sobrevivir, en el espacio, todo artefacto tecnológico es vital y su ausencia puede ser la propia muerte. “El mejor guerrero mata sin rasguñar la armadura de su enemigo”, era un dicho conocido.

Destrozando compuertas, con sus rayos laser de baja potencia, los feroces Resucitados penetraban más y más en las entrañas de Tepesborg, sin encontrar resistencia en kilómetro tras kilómetro de las zonas evacuadas. El objetivo estaba claro: tomar Ubyren Kaserne, el núcleo de mando. Y en ese lugar yo me encontraba.

Todo había sido rápido, y confuso. En los primeros instantes, los estallidos de portones los oficiales de la flota los atribuyeron a más aerolitos, que de manera esporádica continuaban golpeando. Igual fue en el interior de Tepesborg, las explosiones de compuertas internas se confundieron con las producidas por los incendios, motivados a los impactos del hielo. En los iníciales, y sorpresivos choques, ambos ejércitos lucharon con armas de baja potencia —con limitadas cantidades de proyectiles de plasma—, y pasaron a las espadas. Cada soldado protegido por su armadura hermética.

Como antes dije, yo me encontraba en Ubyren Kaserne, en la torre del castillo donde me alojaron, observando cordilleras cubiertas de nieve, en una mañana gris y llena de copos blancos flotando en la atmósfera. De manera intempestiva percibí los gemidos de los moribundos, las imágenes del ataque me llegaron, fue otra tormenta, pero de sangre.

Camazotz estaba a bordo de uno de los transportes, similares a orugas, rodeado con parte de su ejército de frailes. Hombres y mujeres se confundían bajo las togas y capuchas, la punta de sus espadas tropezaba con las paredes del transporte, donde todos iban de pie. Estaban finalizando la inspección de un área, donde uno de los proyectiles de hielo había penetrado muchos kilómetros, recorriendo un túnel de carga; por todas partes los autómatas efectuaban reparaciones de emergencia.

Arrugó la cara cuando mi grito resonó en su cráneo. Entonces reaccionó, dejando a un lado la sorpresa por la facilidad con la que ahora invadí su cerebro y comenzó a gritar órdenes por los sistemas de comunicaciones, a medida que le fui indicando en qué lugar se encontraba el grueso de los invasores dentro de Tepesborg.

Ante la gravedad de la emergencia, decidí informar a la flota yo mismo. Imité la voz de Camazotz, ladré instrucciones a las naves, en el interior de cada una de los puentes de mando, como si brotaran de los altavoces. Durante casi una hora dirigí operaciones de combate, asumiendo su identidad, tanto en los navíos como en los comandos internos de Tepesborg, que tenían daños en el sistema de comunicaciones.

Fue entonces cuando descubrí el resto del plan enemigo. Percibí una fuerza oscura en el vacío estelar: era la armada de confabulados, esperando para rematar el golpe. En ese instante nuestras pérdidas eran muy graves, más de la mitad de la flota quedó inutilizada, los puentes de mando fueron destruidos en esas naves y sus tripulaciones se batían a muerte, la mayoría llevando las de perder. La situación en Tepesborg era menos adversa: la invasión al Ubyren Kaserne estaba frustrada, por el momento. Ya la armada enemiga se aproximaba, y nos encontraría diezmados y desorganizados. Mi corazón casi se detuvo cuando la vislumbré: cuadruplicaba en número la de Tepesborg, cuando estuvo completa. Entonces un enorme navío, bien escudado en la retaguardia, llamó mi atención por la densidad de energía maligna que emitía. Su estructura era diferente al resto, más parecía un aglomerado de grotescos palacios, tan grande como el monte Everest de la Tierra.

Estúpidos jactanciosos —pensé con desagrado, cuando escarbé pensamientos de sus líderes—, están seguros de la victoria y vinieron a presenciar las operaciones. Ya discuten, a distancia, cuál será el botín de cada uno, con los comandantes de las naves.

Me dejé caer sobre el empedrado de la habitación, y concentré mi pensamiento.

— ¡Camazotz! Observa —grité con mi mente.

El fraile percibió la imagen que proyecté en su conciencia y emitió un rugido desesperanzado. La inmensidad de la flota enemiga quedó atrás, y vio el palacio flotante, parecía un aglomerado de conos cristalinos, brillantes de luces y erizados de cañones de plasma.

El fraile no se resistió a mi intromisión mental y se recostó a la pared del pasaje oscuro, donde a filo de espadas, habían destruido una legión invasora.

Se estacionaron muy lejos, no los podemos atacar con nuestras proyecciones —dijo Camazotz.

— ¿Cuántos de los tuyos pueden hacerlo? —pregunté.

—Demasiado pocos. Aquí a mi lado, sólo tres mujeres y dos hombres. Pero de nada sirve, ni yo puedo ir tan lejos.

Acuéstense en el suelo —ordené, cuando me introduje en la mente de cada uno, luego que supe quienes podían hacerlo—, abran sus defensas para mí, puedo transportar a los seis. Atacaremos el puente de mando. Que sus cuerpos los proteja el resto de la patrulla, para que no los sorprendan mientras están en trance. No garantizo el regreso de los que fallen en su concentración mental. Saben qué significa.

Una mente enloquecida, en un cuerpo inútil. Sí ocurre, que me incineren, lo mismo con cualquiera —dijo Camazotz, intentando disimular su sorpresa por la magnitud de lo que yo proponía y la forma como, de manera simultánea, casi me había apoderado de la mente de los mejores de ellos.

Todos aceptaron, entre las mujeres estaba Lilith, había enfundado su espada ensangrentada. Volamos como negras manchas sobre tinta china. Atravesamos las paredes metálicas de Tepesborg, surcamos el espacio estelar y penetramos el palacio flotante. Me fue fácil encontrar el oculto puente de mando: había tormentosas negociaciones entre los diez señores feudales, confabulados en la conspiración. Los rodeaban sus respectivas escoltas de Resucitados: tres oficiales de alto rango por líder, con la indumentaria de combate.

Cuando surgimos, yo había adoptado una indumentaria similar a la de los frailes. Las siete sombras rojizas saltamos sobre los treinta oficiales que ya estaban advertidos. Habían presentido los frailes antes que aparecieran y sacaron las espadas malignas, eran de los mejores entre los Resucitados.

Imité la técnica de mis compañeros: una rápida electrocución de los enemigos. Las espadas hechizadas, de los Resucitados, causaron daños en los frailes, pero en menos de ocho segundos los escoltas cayeron, y nueve de los señores. Todo bajo las cámaras, transmitiendo a los mandos de cada nave, debido a la conferencia en cadena que tenía lugar.

Yo tenía claro mi objetivo y salté sobre él, después de eliminar cinco militares y antes que lo mataran los frailes. Lo aplasté contra la consola de mando. Era un hombre muy gordo y enorme, con fuertes músculos bajo las capas de grasa, cubiertas con ropajes enjoyados.

Ordena la retirada de todas las fuerzas —y agregué en su mente, sólo para él—, o te llevo conmigo. Conocerás hambre y dolor, por siglos no te permitiré morir.

Resultó un valiente. Se irguió y dio órdenes secas, después de informar de la situación, aunque sabía que todos lo habían presenciado a través de las pantallas. De improviso, una cincuentena de oficiales, con gran violencia, entró a la cabina, sólo quedábamos él y yo; para el momento ya había enviado de regreso a Camazotz, y los frailes que me acompañaron Sabía que iban mal heridos, aunque nadie lo notó.

Frente a las cámaras, que habían filmado el ataque, y continuaban transmitiendo a cada nave, ocho de los Resucitados lanzaron tajos con sus espadas malignas, los dejé pasar, mi cabeza permaneció en su sitio y los hombres retrocedieron aterrorizados, con las espadas fundidas como cera. Decidí dejarlos vivir, para que en persona contaran su historia, eso contribuyó a que los frailes guerreros fueran mucho más temidos durante largo tiempo.

Hablé con voz estremecedora, en los huesos del cráneo de cada oficial frente a mí, produciendo uno de los peores dolores, que con toda probabilidad, nunca antes habían experimentado. Temblorosos, miraban la oscuridad bajo mi capucha, sólo el brillo verde-azul, de unos ojos malignos, pudieron distinguir.

Ordenamos que retiren las tropas y abandonen dos terceras partes de su armada en nuestro territorio. La indemnización será muy alta. Mineros Neutrales de Marte efectuará el cobro, como es tradición. De lo contrario, miles de nosotros, en una noche cualquiera, arrasaremos cada familia de nobles feudales y Resucitados.

***

Semanas después, cinco de los siete frailes estaban recuperados de las heridas. Una mujer, y un hombre, fueron incinerados en profundas catacumbas bajo el castillo. Cuando uno de ellos fallece, su cuerpo se desintegra en pocos días, dejando partículas blancas como vidrio molido, sin importar en qué ambiente se encuentre. La cremación —a pesar de su terror al fuego—, era un rito secreto, aparecido durante la primera edad media, entre los frailes, para evitar fuera descubierta su naturaleza diferente a la humana.

La despedida de Camazotz estuvo teñida de emociones contradictorias. Nos encontrábamos en las compuertas de salida al espacio exterior, en uno de los gigantescos puertos espaciales de Tepesborg, justo en la entrada del navío comercial que había venido por mí. Como funcionario de MNM, Mineros Neutrales de Marte, mi siguiente obligación era efectuar el cobro de la indemnización por daño de guerra; en esta otra misión me proponía rematar la liberación de los borg, no por la espada, sino con la fuerza del dinero.

En el último instante Camazotz se aproximó, tenía una expresión que no comprendí.

—Nunca les dimos importancia —murmuró cerca de mí—, ustedes eran sólo pequeños monos malolientes, con muy poca sangre. Al paso de los milenios se multiplicaron, mucho más rápido que nosotros. Al dominar el fuego, entonces nuestra peor pesadilla, y surgir tus primeros hechiceros, comenzó nuestra retirada de las cavernas. Muchas veces las habíamos compartido, para protegerlos de las fieras y aprender de ustedes. Al igual que ahora, nuestras vidas no tenían fin por decadencia. Entonces, por alguna razón incomprensible a la tecnología de todos los tiempos, dejamos de concebir descendientes. Nos replegamos, les cedimos el planeta, viendo que cada uno de nuestros individuos, al caer bajo sus hechizos de fuego, era irrecuperable. Nos buscaron bajo tierra, mientras yacíamos en nuestro letargo. Sólo unos pocos nos mantuvimos sobre la superficie, intentando formar parte de tus clanes.

Hizo una pausa, tal vez preparando las siguientes palabras.

—No fuimos, ni somos, depredadores de tu especie, Marcopolo —murmuró, casi tartamudeando—; pero ya nada podemos hacer. Está escrito.

Retrocedí por el impacto de la verdad, cuando la percibí desde su mente.

— ¿Está escrito? —pregunté, como un tonto.

Uno de los frailes de la comitiva le acercó un objeto.

—Esto es una copia calcada de un petroglifo —dijo, y me entregó un enorme rollo de papel dentro de un cilindro transparente—, la roca se encontraba a treinta metros de profundidad, bajo un circulo de piedras gigantescas, en un lugar de la Tierra que ahora está bajo el mar. Ningún humano, que no fuera iniciado en estos ritos, la vio alguna vez. El objetivo, de esos círculos, sólo fue conocido por los hechiceros más avanzados, quienes disfrazaron el verdadero significado de los ritos a las siguientes generaciones. Esta roca la salvamos, antes que una de tus primeras guerras nucleares provocara la invasión del mar. Ahora el peñasco maldito permanece bajo mi pirámide, allá abajo, en Ubyren Kaserne. De nada vale destruirlo.

Abrí el cilindro y extendí el papel con manchas de carboncillo, era el triple de mi estatura. Observé el diseño de figuras abstractas: dos espirales con giros opuestos, unos trazos, como punta de flecha, y una figura similar a la silueta de un embrión humano, rodeada de puntos, que me recordaron un enjambre de insectos espeluznantes. Me estremecí, al recibir imágenes del pasado. En mi mente vi, en plena edad de piedra y en medio de la noche, una gran horda, con primitivos hechiceros humanos iluminándose con antorchas. Los hombres y mujeres, con los hombros cubiertos con pieles de animales, cantaban una letanía hipnótica, mientras devoraban embriones, pertenecientes a la gente de Camazotz. Habían descuartizado vivas a las madres. A estas poderosas mujeres, las dominaron con el fuego de las teas, y a los hombres, los quemaron antes que reaccionaran de su letargo. Al mismo tiempo que rezaban sus letanías, escarbaban con huesos afilados los símbolos que tenía ante mí, sobre el altar de roca. Por la profundidad de las heridas en la piedra, supe que la ceremonia se había repetido, cientos de veces, al paso de los milenios en la prehistoria.

El Curador del arte humano me miraba. Yo estaba enrojecido de vergüenza. El pacto efectuado, por mis lejanos ancestros, con pavorosas fuerzas oscuras, había causado un daño terrible a esta especie, cuando apenas estaba naciendo, tal vez como hermanos de la nuestra. Con horror comprendí que había un precio, desconocido por nuestros padres ancestrales: nunca encontrar la paz; derramaríamos por siempre la sangre de nuestros hermanos, para disfrute de inmateriales fuerzas sombrías.

Mientras la puerta de mi navío terminaba de cerrarse, con lentitud agité la mano para despedirme. Desde más atrás del grupo de pálidos frailes, Lilith me respondió el gesto, y sonrió con tristeza.

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