Nuestro amigo, el escritor Ermanno Fiorucci, quien ganara el Desafío del mes pasado, vuelve a la carga este mes con una nueva historia para el Desafío de este mes:
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El Contagio

Autor: Ermanno Fiorucci
El viaje de exploración hacia el planeta Marte había sido exitoso. Hubo serios inconvenientes con la tripulación, pero lograron regresar a la Tierra… pero no lo hicieron solos…

Mi Amor,
Sé que te extrañará ver que esta carta mía te sea entregada por un nuevo vecino a quien, posiblemente, no conozcas todavía… pero en la misma, te aseguro, encontrarás la explicación de todo. Por supuesto sabes dónde me encuentro, sin embargo no sabes por qué.
El caso es que yo creo saber… bueno, realmente no sé, pero como solemos decir en la Base: los datos indican quenuestra correspondencia está sometida a censura.  Sé que no lo sospecharías jamás, sin embargo el Servicio Secreto Nacional tiene métodos muy sofisticados. Si examinas minuciosamente alguna de mis últimas cartas descubrirás que la caligrafía de una que otra página no es la mía: es una excelente imitación, pero no es la mía. ¡Y además está esa peregrina idea de alejar a las esposas del claustro de cuarentena por cuestiones morales, cuando la sonda regresó a la Base…! Por supuesto, la causa de estos controles debe buscarse en mi reciente misión y en el largo informe, resumen y crítica, del servicio secreto,  desde que Mogollón estuvo en ese pequeño vuelo sub-orbital con retorno confuso.
Naturalmente sabes que a nuestro regreso se presentaron algunos inconvenientes, cuya verdadera naturaleza, sin embargo, ha sido celosamente callada. Se trata de ese tipo de problemas, que no quisiéramos que sufrieran nuestros compañeros Cosmonautas al no estar adecuadamente preparados para ello… y es este, precisamente, el motivo de tanto secretismo.
He buscado en la guía telefónica el nombre y dirección de alguien que viva cerca de tu nueva casa y le entregué el sobre al mensajero para que te lo enviara por medio de alguna empresa de encomiendas. Dentro había otro sobre (esta carta) y algunas instrucciones para que el mencionado vecino se la entregara a la más linda trigueña de la cuadra. ¿Recuerdas lo que la revista VIP escribió acerca de mí  en ese artículo en el cual me definía como un explorador emprendedor y creativo? Pues el método usado para enviarte esta epístola confirma esa apreciación y demuestra que el servicio de seguridad de la Base no debería confiar mucho en mí. Pero yo que te conozco más de lo que pueda conocerte el Comité de Seguridad Nacional sé que quieres saber y yo, además, necesito desahogarme… ¡y de inmediato!
Te advierto, sin embargo, que este escrito quema. Tendría serios problemas si los agentes del CSN llegaran a descubrir que canté, como un canario, la verdad antes de que tuviesen preparada la versión oficial.
El despegue fue, como generalmente acontece: rutinario. Por supuesto Maderos no hizo otra cosa que quejarse durante la aceleración, como siempre. En verdad fue poco agradable (10g), pero yo estaba tan ocupado vigilando los instrumentos que casi ni lo noté. Sabes que los compañeros siempre hacen chistes acerca de los lamentos y quejas de Maderos. ¿Recuerdas aquella entrevista en GTV durante el entrenamiento, cuando el reportero le preguntó si la aceleración era “fea”? Él contestó:
—¿A usted jamás le ha ocurrido ser atropellado por un camión y ser arrastrado a lo largo de seis cuadras?
¡Lo dejó sin habla!… pero cada vez que se activa uno de estos motores Astra pensamos: Ya está, ¡aquí viene el camión de Maderos!¡Se quejaba siempre! Cuando no era por los entrenamientos de sobrevivencia, era por los ejercicios isoméricos a cero g, y precisamente por ese peculiar sentido del humor pensé que sería un compañero ideal. Además las pruebas habían demostrado que podía resistir, mejor que cualquiera, la tensión física y a la ausencia de peso.
En fin, nos lanzaron en ese vuelo extra-orbital sin ninguna dificultad. Quizás recordarás que debíamos cumplir seis órbitas a fin de controlar los instrumentos antes del rendez-vous con aquel enorme cohete: Plutón. Durante las dos últimas órbitas la mayor parte del trabajo lo hicieron los técnicos de las Estaciones de Control a lo largo de la ruta, así que nosotros solo nos dedicamos a sacar alguna foto para la revista Espacio y en anotar en el informe los datos de las estaciones mientras pasábamos sobre ellas.
Creo que nunca admiré un espectáculo tan hermoso en mis vuelos precedentes. La vieja Tierra estaba casi totalmente libre de nubes sobre Europa y el norte de África, pero había muchísimas y hermosas sobre el Caribe, que en espirales se extendían hacia el oeste junto a parches de suaves cúmulos. Las sombras se marcaban muy bien definidas sobre una llanura y encima de manchas verdes y oro que debían ser campos de trigo y maíz. ¡Dios qué hermoso!
El crepúsculo encandilaba el Cáucaso, y el Nilo era una raya que se bifurcaba. El horizonte meridional se fundía con el verde y sepia de Etiopía. Hacia el norte, sobre la “Bota”, había tachas de hielo que chispeaban sobre los Alpes bajo el sol de la tarde, y más abajo, el Mediterráneo de un hermoso azul cobalto sobre el cual se doblaba el intenso azul del atmósfera… ¡Ah, mi dulce María, si tú también hubiese podido admirar ese espectáculo! Maderos activó el cohete de estribor y rotamos poco a poco sin la más mínima sacudida. Después de haber estado mirando por un buen rato, Maderos abrió los brazos. Considerando que estaba mirando hacia afuera no pude ver su cara, pero levantó la pantalla de su casco y se tapó los ojos con una mano. Pocos minutos después, cuando estábamos a punto de cruzar la línea que dividía la luz y la sombra, vi una gota brillante flotar cerca de mí en la cápsula. ¡Querida, creo que era una lágrima!…El rendez-vous se efectuó sin dificultad, gracias al radar y a nuestra computadora. Sabíamos la posición del Plutón, mucho antes de avistarlo. El acercamiento fue perfecto a una velocidad de tres metros por segundo. Ahora estábamos conectados gracias al acople y el Sistema de Sostenimiento Vital Fotosintético. Disponíamos solo de pocos minutos para el control. Estábamos ubicados por el lado de la sombra y yo estaba trabajando aceleradamente mientras Maderos captaba los impulsos luminosos laser sobre la EC Maracaibo. Estos impulsos son emitidos siguiendo el clásico código Morse; pequeñas chispas rojas que significaban: Buen viaje amigos.
Nos encontrábamos sobre EC del Cabo cuando nos preparábamos para huir de la atracción terrestre. Maderos no perdió la oportunidad para quejarse un poco más, pero ¡ya estábamos inexorablemente dirigiéndonos hacia el Planeta Rojo!
Mi amor, no sé cuando inició este problema, solo tuve la percepción de que había comenzado algo. Pero cuando pasamos del sostenimiento químico al SSVF, entendí que sería muy difícil vivir con Maderos ¡ocho meses!

Nuestra temperatura, nivel iónico de la sangre y todo lo demás estaban bajo el control constante de los técnicos de tierra a los cuales los instrumentos les enviaban los datos.
Está comprobado que el hombre es un animal sucio, por lo que se deben resolver los problemas de sus evacuaciones. Y no solo el CO2, orina y excrementos, si no también sudor, sal, fósforo cabellos que caen y el mal aliento, entre otras cosas.
Nos quedábamos sentados por una semana entera enfundados en nuestros trajes mientras todas esas porquerías venían introducidas automáticamente e lo que llamamos pecera de espuma de estaño. Por su parte esta espuma de estaño nos devuelve ¡oxígeno, alimento y agua! A las algas les alcanza tres horas de exposición al sol a través de una maciza plancha de cuarzo para obtener este resultado. Por supuesto he simplificado al máximo, pero el procedimiento, fundamentalmente, es ese.
Hay un tubo que conecta los tanques del SSVF con nuestros trajes y otro al interno de los cascos, por medio del cual podemos chupar una especie de papilla. Es liviana pero nutritiva. Tenemos el permiso de quitarnos el traje y recurrir al Mantenimiento Químico solo por escasas horas a la semana… es entonces cuando podemos consumir comida verdadera… A este acontecimiento lo hemos bautizado como Holgorio Sabatino. Por común acuerdo decidimos llevar a cabo este ritual semanal en momentos diferentes. Mientras yo estaba todavía encerrado en el traje ocupado en controlar los instrumentos y charlar con la Tierra, Maderos se lo quitaba y flotaba por el habitáculo desnudo como un gusano. Tenía la costumbre de flotar arriba y abajo delante de mí mirándome a la cara. Al comienzo me pareció una broma divertida, pero luego comenzó a irritarme. El Control Central le ordenó que dejara la estupidez y que dedicara más tiempo a los ejercicios isoméricos… Su temperatura, respiración, isomería, revelaban que sus músculos no estaban suficientemente ejercitados, cosa que, por el contrario, es indispensable cuando se está obligados a pasar muchísimo tiempo en cero g. Además el nivel iónico de la sangre sufría un exceso de calcio… Temían que sus huesos degeneraran y el calcio se depositara en los músculos y en las articulaciones. A mí, como tú sabes, me gustan los ejercicios isoméricos; los pre saboreaba mientras Maderos se limitaba a flotar constantemente, hasta cuando vestía el traje. Yo ya debía hacer el trabajo de ambos y, de haber sido posible, creo que el Control Central hubiese cortado por lo sano toda la misión, aunque nos hubiésemos convertidos en el hazmerreír universal. ¡La situación tenía visos de pesadilla!
Cuando Marte comenzó a atraernos, haciéndonos acelerar, Maderos ya pasaba todo el tiempo flotando en el habitáculo, frenado solo por el tubo de abastecimiento. Estaba doblado sobre sí mismo en posición fetal y tenía los ojos cerrados. No escuchaba nada de lo que yo decía y tampoco las voces lejanas que le hablaban a través de los auriculares del casco. Se acabaron los Holgorios Sabatinos. ¡Siempre encerrado en el traje! Comencé a gritar, a increparle, a darle golpes. Retrocedía toda la longitud que el tubo le permitía y cuando regresaba le golpeaba otra vez. Estaba muy irritado y preocupado, pero, a pesar de todo, tomé las telefotos y efectué las comprobaciones del espectro que debíamos hacer y recogí algunas muestras.

Mi Amor, no sé decirte mucho más acerca del regreso. Creo que se efectuó por medio de los mandos de la Tierra. Recuerdo que estaba mirando por la claraboya aquellas estrellas incrustadas en el terciopelo celeste, mientras la Tierra manchada de blanco crecía como un melón. Recuerdo que continuaba a flotar y flotar junto a Maderos. Yo tampoco oía ya las voces. Pero dentro de la cabina recuerdo vagamente haber visto flotar extraños y pequeños artefactos rojos, brillantes… creo ahora, recapitulando en frío, que quizás  se nos unieron en Marte, mientras yo estaba ocupado en recolectar muestras…
Frenado, encendido, reingreso en la atmósfera fueron muy dolorosos, pero nada como la atracción durante la bajada… y la fuerza de gravedad que me destrozaba el cuerpo.
Lancé alaridos cuando traté de salir. Tenía las articulaciones soldadas, los huesos blandos y los músculos degenerados. Al fin, después de mucho trabajo y sufrimiento, lograron sacarme del habitáculo. Creo que me tienen en una habitación bajo llave en el hospital de la Base. Pero, como sin dudas habrás deducido, Maderos murió… y, por comentarios sueltos, deduzco que los pequeños artefactos rojos que nos acompañaron durante todo el viaje de regreso, han desaparecido… presuntamente.
Te sigo queriendo como siempre
Carlos
***
VIERNES
Durante todo el día la señorita Martínez había dedicado sus atenciones a la totalidad de los alumnos. Ahora sólo le quedaba Marlon Fajardo. El muchacho estaba balanceándose en las barras horizontales del gimnasio descubierto, ubicado en el patio central, con el fin de fortalecer, siguiendo cierto método, sus miembros de pre-adolescente. La señorita Martínez aprovechó aquel momento de calma para observar a través de la ventana, algo preocupada, el cielo, cargado de oscuros nubarrones, que pronosticaba un inminente aguacero. Se alejó de la ventana y fue a sentarse detrás de su escritorio suspirando resignada.
Un destello hizo que el muchacho levantara la mirada hacia el cielo. Un pequeño objeto, aparentemente metálico, de color rojo intenso comenzó a bajar vertical y lentamente, aterrizando cerca de las barras horizontales en las cuales estaba ejercitándose el joven. Marlon; se dejó caer al suelo y se agachó para observar más de cerca el extraño objeto. Luego levantó la mirada para observar, perplejo y curioso, a su alrededor.
Concluyó su exploración mirando hacia la ventana de su aula y observó que todavía estaba abierta, lo cual era evidencia que la maestra todavía estaba en ella.
En verdad, reflexionaba la señorita Martínez, Marlon Fajardo era un alumno cargante, que la exasperaba a veces. A pesar de ser un lindo jovencito, muy educado, meticuloso en sus tareas, hasta brillante, en ocasiones, pero tendía a rechazar toda comunicación. Miraba con ojos inexpresivos, escondiéndose detrás de barreras impenetrables, negándose a conceder aperturas y, sobre todo, a obedecer ciegamente cualquier orden. Con él, la señorita Martínez solía decirse, que treinta años de experiencia adquirida en el trato con jóvenes, no habían servido para nada. Volvió a suspirar y abrió la carpeta que contenía los programas de estudio.
Pocos minutos después, Marlon Fajardo se escurrió silenciosamente en el aula, fue hacia el mesón de experimentos y comenzó a hurgar, con impaciencia, en el armario de los instrumentos haciendo ruido de manera insólita.
La señorita Martínez levantó la mirada de sus papeles sorprendida:
—¿Qué tienes ahí?
Los ojos de Marlon brillaron excitados. Era flaco, de contextura más bien delicada, pelo ensortijado y piel canela:
—Una nave espacial — contestó con absoluta naturalidad. Se arrodilló y comenzó a hurgar ruidosamente en las gavetas inferiores. — Aterrizó en el patio, cerca de las barras horizontales, hace algunos minutos. No había nadie…Solo estaba yo. Mi madre está, como siempre, retrasada.
La señorita Martínez observó con cara estirada el objeto que había aterrizado. Era muy liso y excepcionalmente brillante. Sin dudas de elaboración concienzuda y meticulosa. La forma violaba toda expectativa. El cuerpo del objeto, tenía una forma bizarra, absolutamente desconocida para la mujer y las presuntas superficies de vuelo se unían al cuerpo en ángulos del todo insólitos, se acoplaban de manera inimaginable. Parecía reflejar más luz de la que existía en el aula… El objeto brillaba de manera agresiva.
Turbada, la maestra, evitó tomar en sus manos el artefacto.
—Bien, debo admitir que esta cosa es, para mí, del rodo desconocida — dijo. Arrugó la frente y rememoró lo que había afirmado su alumno. El objeto había bajado, no caído, siguiendo una trayectoria vertical perfecta.
—Probablemente es un instrumento para el control atmosférico, o algo parecido — concluyó sin mucha convicción.
Marlon ocupado con micrómetros y calibradores, negó con la cabeza enérgicamente:
—No… no está hecho con un metal conocido. De hecho, recordará Usted que esta ha sido precisamente mi materia de examen en el pasado trimestre: Identificación de metales conocidos y de uso frecuente en la industria. — Depositó el objeto sobre el banco que se quedó parado, en aparente equilibrio inestable, de manera desgarbada, a pesar de sus pequeñas dimensiones. — Después de que lo haya estudiado exhaustivamente podría, quizás, determinar el tipo de estrella alrededor da la cual orbita su planeta.
—¿El planeta de quién? — preguntó ella asombrada.
—El planeta de los que han construido ese casco — contestó Marlon en tono desenvuelto, comenzando a trabajar con la balanza. — Encontraré la manera de analizar este metal, aunque se trate de un material desconocido en la Tierra. Luego investigaré acerca de las condiciones específicas de las estrellas para poder establecer cuál es el tipo de estrella que reúne las condiciones atmosféricas adecuadas para  poder producir el tipo de metal con el cual está construido el casco.
La señorita Martínez miró a su alumno inclinado sobre el banco de trabajo y no supo qué decir. Se sentía abrumada por el repentino destello de imaginación que,  de pronto, se manifestó en el muchacho y por aquel chispazo comunicativo que se había puesto en evidencia, inesperadamente, en él. Ella, después de todo, no era una mujercita impresionable, era una docente experta, poseedora de un sólido sentido común y con los pies bien anclados sobre la tierra.
—Podría pedir al profesor Nolasco que lo examine — sugirió.
Ella, después de todo no era una especialista. Su trabajo consistía en preparar los programas de estudio de todas las materias para docenas de alumnos y orientaba a cada estudiante acerca de los materiales disponibles y de su adecuado uso, de acuerdo a las diferentes capacidades individuales. Cuando surgían problemas se apoyaba con instructores especializados como, por ejemplo, el profesor de química Nolasco.
Los ojos de Marlon brillaron con un destello hostil, se volvieron belicosos. Apretó con fuerza entre sus manos el objeto hasta hacer palidecer los nudillos de sus dedos. La señorita Martínez quedó paralizada frente a esa mirada. Sonó el teléfono y ella se dirigió hacia el escritorio para contestar la llamada.
—La señora Fajardo está esperando frente a la puerta norte — informó el vigilante de turno.
Marlon se puso en el bolsillo el objeto metálico, casi con un gesto de desafío, y pasó rápidamente frente a la maestra dirigiéndose hacia la salida.
—¡Marlon…!
El muchacho saludó a la maestra con un gesto apresurado de la mano y salió casi a la carrera.
La docente arrugó la frente. Marlon era un muchacho que jamás huía… nunca había demostrado demasiada imaginación y mucho menos destellos de entusiasmo o cólera. Se dirigió a la ventana estupefacta. A lo mejor, pensó, ese hecho podía representar un punto de quiebre en el desarrollo del muchacho. Quizás era precisamente eso lo que necesitaba: Una experiencia no común para despertar su imaginación dormida y arrancarlo de su mundo de aislamiento.
Afuera el viento se había calmado y la lluvia comenzó a caer suave y majestuosa. La maestra suspiró. Jamás le había gustado la tierra mojada… el asfalto se volvía resbaladizo y traicionero. Recogió sus carpetas.
Ya le había dado comida a Muni, su hermoso y pacífico gato y estaba preparando la mesa, cuando sonó el teléfono.
La señora Fajardo, una mujer de pelo rizado, sosa, crónicamente enfermiza, trató de ensayar una sonrisa en la pantalla:
—Discúlpeme si la estoy molestando en su casa, señorita Martínez. Solo quería preguntarle si mañana usted tiene en sus planes ir al colegio. Marlon quisiera usar los instrumentos del laboratorio y… si usted estrá presente yo podría acompañarlo…
La señorita Martínez suspiró, luego le dijo que los programas de estudio podían desarrollarse con mucha más eficiencia en la escuela.
—Estaré en la aula de dos a cuatro de la tarde, mañana, señora Fajardo. Dejaré abierta la puerta norte— e interrumpió la comunicación antes de que la orgullosa madre comenzara a exteriorizar su gratitud y pasara, acto seguido, a magnificar todas las cualidades de su hijo. Ella ya había escuchado recitar aquel monólogo varias veces, desde el primer día en que su hijo había ingresado al colegio.
Muni se le acurrucó sobre las piernas y comenzó a ronronear. La maestra, por fin, dejó de pensar en los problemas de la escuela.
SÁBADO
Durante toda la noche llovió a cántaros. Sin embargo, la tarde del sábado, las calles estaban razonablemente transitables, a pesar que, en las cercanías del colegio, todavía podían verse charcos, gracias al deficiente mantenimiento de las alcantarillas. La señorita Martínez cerró satisfecha la puerta norte, aislándose de la humedad exterior.
Marlon llegó tarde con los pantalones mojados hasta la mitad de las piernas. La educadora se sintió irritada con él, sin ninguna razón aparente.
—¿Por qué no te acompañó tu madre?
—No había regresado aún de la peluquería— explicó el muchacho desabrochándose el impermeable. —Así que me vine caminando—. Colgó el impermeable mojado en el gancho que, para tal efecto, estaba instalado a la derecha del escritorio y se dirigió al banco de trabajo apretando entre sus manos el pequeño artefacto de metal rojo brillante. —Le agradezco que se haya tomado la molestia de venir y de permitirme entrar.
La señorita Martínez apretó los labios, sintiéndose enormemente contrariada por el hecho de que su alumno hubiese estado chapoteando en los charcos de la calle, en vez de quedarse en casa, como cualquier muchacho normal.
Se concentró en sus papeles, respingando cada vez que desde el banco le llegaba algún ruido. El fluir del agua, el tintineo de los vidrios al ser golpeados por las gotas de la lluvia, la irritaban. Apretó los dientes, evidentemente molesta.
La irritación se convirtió en aguda cuando, al levantar la mirada, vio a Marlon frente a  su escritorio.
—Hice un pedido a la Administración. ¿Le gustaría firmarlo?
—Hoy es sábado… y en la administración no hay nadie—. Le extrañó su tono de voz áspero y agresivo.
—Puedo tomar yo mismo lo que necesito. La oficina no está cerrada. Me fijé cuando llegué.
—¿Entonces por qué no tomaste lo que necesitabas, en lugar de hacer el pedido por escrito? — Con un gesto de rabia arrancó la hoja sobre la cual estaba escribiendo y la rompió.
Marlon pestañeó confuso…
—En ese momento no sabía todavía lo que podría hacerme falta — dijo desconcertado. — Además, creo, que solo permite a Carlos Chávez, tomar lo que quiere.
—Carlos es mi mejor alumno — rebatió ella con voz chillona. — Él no se desliza a mis espaldas, no controla si las puertas están abiertas o no y tampoco se esconde en los bolsillos algo cuando nadie lo ve. — Tiró la hoja de papel al suelo dejándose llevar por la cólera. — Tráeme tu impermeable, muchachito. Vamos a ver qué es lo que ya te has escondido en esos bolsillos.
Sorprendido Marlon retrocedió un paso.
—Yo no tomé nada, señorita. ¡Ni siquiera entré en la oficina… solo comprobé si la puerta estaba abierta — se defendió.
La maestra hizo una mueca y se dirigió hacia el gancho en el cual estaba colgado el impermeable. Registró con rabia los bolsillos, luego, furiosa, dejó caer el impermeable al piso. El muchacho se quedó mirándola con los ojos abiertos de par en par. Abrumado. La señorita Martínez se ruborizó. Curiosamente y, quizás, gracias a la distancia que los separaba, toda su cólera se había esfumado. Recogió el impermeable y lo volvió a colgar.
—Dame el pedido— su voz volvió a ser normal.
Al sentarse de nuevo detrás de su escritorio la cólera volvió a invadirla. Se tragó toda una serie de nuevas acusaciones, y firmó de muy mala gana el formato e hizo un enorme esfuerzo para entregárselo al muchacho, luchando contra la tentación de romperlo.
Marlon dio presuroso un paso atrás. Y se quedó unos segundos mirándola en silencio. Luego alcanzó el pasillo y se alejó corriendo. Cuando el sonido de las pisadas se alejó, la pedagoga aflojó lo puños y relajó la mandíbula. Se apoyó en la ventana, destruida y abochornada. Su rabia había sido casi algo físico que explotó de improviso y sin motivo en la circulación sanguínea. El muchacho no había propiciado ningún motivo para provocar esa furia.
Podía, quizás, haber sido algún malestar provocado por el hecho de haber sido obligada a ir a la escuela durante un día de descanso. Pero ella siempre había sido capaz de dominar esos arrebatos de mal humor y de ignorar los motivos del mismo.
Le dio la espalda a la ventana, preocupada por esa inexplicable pérdida de control. El artefacto metálico rojo brillaba sobre el banco de trabajo, ofreciéndole un motivo para distraer su mente. Se aproximó para observarlo de cerca y notó, con sorpresa, que la superficie metálica estaba cubierta de numerosas pequeñas manchas opacas.
Tocó el objeto sin pensarlo. Sintió una ligera sacudida gélida. Las manchas que ofuscaban la brillantez del metal lucían porosas. Arañó una con la uña provocando un ruido estridente y molesto. Se trataba, sin duda, de una forma de corrosión. Sin embargo, en la piel de la palma de su mano apreció una sensación desagradable que le sugirió el impresión del proceso de descomposición. Soltó de inmediato el objeto y se fregó la mano sobre el vestido.
Marlon regresó a su tarea investigativa en silencio y la señorita Martínez se sintió presa de nuevo por el nerviosismo Se irguió tirando con fuerza sus papeles sobre el banco de trabajo… Marlon levantó la cabeza.
—¿Encontraste todo lo que te hacía falta? — casi chilló
Él hizo un gesto afirmativo.
—Solo me faltó un reactivo… así que lo borré de la lista.
La Maestra se vio obligada a sofocar una nueva aleada de sospechas.
—¿Notaste que en algunas partes el metal… cambió? — señaló en tono de regaño.
—Sí lo noté ayer por la tarde… después de cenar. En el momento exacto en que comenzó. En este momento el cambio puede calcularse alrededor del veinte por ciento de la superficie. A lo mejor hasta un poco más. Deberían desembarcar todos en unos pocos días.
—¿Desembarcar…?
—Los pasajeros… si desde ayer por la tarde desembarcó un veinte por ciento, para bajar todos no deberían tardar más de tres o cuatro días. A menos que solo desembarcaron los de la superficie… a lo mejor en el interior hay todavía más. Por supuesto no puedo calcular el volumen.
La señorita Martínez le arrancó el artefacto de las manos, lo observó y luego lo tiró sobre el banco con rabia:
—Tú perdiste la luz de la razón. Si sobre este objeto hubiese pasajeros, deberían tener el tamaño de bacterias o de virus.
—Esa es precisamente la razón por la cual no logro entender dónde se dirigen después del desembarco. Creo que penetran directamente en los poros de mi piel. Me revisé las palmas de las manos, pero no hallé nada.
Ella lo miró incrédula:
—¿Debo entender que tú crees, o piensas, en todo caso, que algunas criaturas llegaron del espacio exclusivamente para introducirse en los poros de tu piel? — dijo levantando la voz.
—Es… es… solo una teoría…
—Entonces explícame, si puedes — atacó ya otra vez poseída por un incontrolable furor. — ¿Por qué crees que seres inteligentes de otro mundo se tomaron la molestia de viajar durante años-luz, para entrar en tú torrente sanguíneo? Creo que debo hacerte diagnosticar por el sicoanalista de la escuela. ¡Jamás había oído en mi vida locuras como estas!
—Pero… es… es que yo no soy el elegido… solo se presentó el hecho fortuito que consistió en haber sido yo quien lo recogió. — Trató de explicar el muchacho a la defensiva. — Podría estar equivocado…Quizás se dispersan en el aire o, tal vez, solo caminan sobre el banco. Ellos…
La señorita Martínez no se calmó:
 —Tú no posees las condiciones mentales apropiadas para poder interactuar con los otros muchachos adecuadamente. Así que, ahora mismo, llamo al director Delmónaco para pedirle que te quite de mi clase, y que te haga revisar por un siquiatra.— Estaba temblando de rabia. — Espero que te encierren en un hospital siquiátrico. No tienes el derecho de compartir y socializar con muchachos normales.
Marlon dio unos pasos hacia atrás palideciendo.
Ella descolgó el teléfono del escritorio y comenzó a marcar con rabia, el número del director. Sin embargo la ira disminuyó después de cada repique del teléfono. Al final, ya calmada, colgó:
—No contesta— dijo.
Marlon se pegó contra la pared opuesta:
—Yo solo hice lo que usted siempre nos aconseja hacer… Traté de razonar con mi propia cabeza, sin aceptar las respuestas más cómodas y sencillas.
Ahora que estaban separados por todo el ancho del salón de clase, la violencia había desaparecido. Daba la impresión que fuese la proximidad física del muchacho la que provocaba su animadversión. Cuando él se alejaba, ella se calmaba.
—Creo que sería conveniente que regresaras a tu casa — le aconsejó.
—S… si—le temblaban los labios. —¿Puedo… puedo tomar mi impermeable?
La maestra se alejó del escritorio, dio la vuelta al aula de manera que sus respectivas posiciones cambiaran, conservando la distancia de “seguridad” entre ambos… Marlon descolgó su impermeable y salió por la puerta retrocediendo con las botas de goma en la mano y el impermeable colgando del brazo. Luego arrancó a correr.
La señorita Martínez se dejó caer sobre su silla, incapaz de reaccionar, fregándose la palma de la mano con su blusa. El prurito había desaparecido, pero tenía la sensación de que su mano estaba sucia. Se rascó la palma con las uñas enérgicamente.
Quizás Marlon tenía razón. Quizás miles de seres invisibles habían desembarcado del artefacto venido del cielo, para penetrar en su torrente sanguíneo. Quizás provocaban alguna reacción química o eléctrica que inducía a reaccionar de manera irracional y violenta cada vez que se encontraba cerca del muchacho. Quizás existía la posibilidad de que hubiese algo en el aire, una secreción distinta o alguna emanación eléctrica…
El dolor la sacó de sus especulaciones y de los múltiples quizás. Al rascarse se había roto la piel y había algo de sangre en la palma de su mano. Las estiró y las miró. Por supuesto se trataba de ideas ridículas. Estaba cansada e irritada por haber tenido que ir a la escuela en su día de descanso. Estaba haciendo un drama por algo tan simple, aunque reprochable en una docente, como el haber perdido el control de sus nervios. Recogió sus papeles regados por todas partes, sobre el escritorio y sobre el banco de trabajo….
Esa noche se fue a la cama temprano, pero tuvo un sueño agitado, febril, acongojada por el dolor de su mano. Muni trató de consolarla ronroneando en su regazo… Pero fue inútil.
DOMINGO
Alrededor de las nueve de la mañana la despertó el timbre de la puerta. Se cubrió con una bata. La mano todavía le dolía.
Marlon Fajardo, en manga de camisa y mojado como un topo de alcantarilla, estaba frente a su puerta. En su parietal izquierdo destacaba un enorme moretón.
—Por favor, no sé adónde ir. Pensé que… ¿puedo entrar?
El gato enarcó el lomo y comenzó a resoplar amenazadoramente. La señorita Martínez, abrió los ojos de par en par…
—¿Por qué no estás en tu casa? ¿Dónde dejaste el impermeable?
—Ha sido mi padre. Yo no estaba haciendo nada malo. Solo estaba desayunando…Él se levanto de la mesa furioso diciendo “No puedo tolerar algo como esto sentado a mi lado. Te voy a dar unos cuantos correazos hasta arrancarte la piel… Así aprenderás a no ser tan repugnante.” Mi madre también, me miró con odio y comenzó a chillar como enloquecida: “Hace falta más que una correa… lo que hace falta es un látigo de tres ramales, para domar animales como él. Deberíamos… deberíamos…”
—No puedo repetir lo que dijo… Yo…
—Y tú, claro, no estabas haciendo nada ¿verdad? Solo estabas desayunando y contaminando el aire con tu perniciosa hediondez, como una nube venenosa. Tú no mereces sentarte en una mesa con personas decentes como tus padres. Tendrías que ser confinado en un agujero bajo tierra y…
El muchacho comenzó a alejarse de la puerta reculando asustado… tropezó y cayó cuan largo era en un charco de agua sucia.
Muni salió de la casa corriendo y en un salto alcanzó la garganta del muchacho.
Marlon soltó un alarido.
La señorita Martínez también comenzó a gritar aupando al gato, el cual se adhirió al cuerpo del muchacho con sus garras… el pelo erguido. Marlon, como pudo, logró liberarse de esa fiera convertida en una bestia bravía. Respiró grueso y con dificultad… luego vio a la señorita Martínez avanzar amenazadoramente hacia él. Se levantó de prisa y huyó aterrorizado… su camisa empapada en sangre.
La maestra le lanzó unos cuantos improperios acariciando a su Muni. El animal se le restregó encima, manchando de sangre su bata.
Marlon desapareció y la señorita Martínez sintió que su odio repentino se diluía. Las piernas le temblaban y los brazos perdieron todo vestigio de fuerza. Soltó al gato.
Ya dentro de la casa, temblorosa, lavo la bata manchada con la sangre de Marlon. Luego se dejó caer en la cama encendida en fiebre.
Al atardecer la despertó el teléfono:
—¿Aló?
—¿La señorita Martínez? Soy Claudio Fajardo, el padre de Marlon Fajardo.
Presintió algo desagradable.
—Ah… sí —dijo con voz cansada. —Marlon estuvo aquí a eso de las nueve. ¿Regresó a casa… bien?
El resoplar del gato, los alaridos desesperados de Marlon y sus chillidos amenazadores, le resonaban todavía en la mente.
—No— dijo el señor Fajardo con cautela —no ha regresado todavía. Mi esposa y yo… bueno… hemos sido algo severos esta mañana con él. A decir verdad Marlon no había hecho nada malo, pero ambos, mi esposa y yo, perdimos de improviso la calma y él salió corriendo de aquí sin ni siquiera ponerse el impermeable para resguardarse de la lluvia. Mi esposa dice que, a lo mejor, usted sabe de algún amigo o compañero de clase… Nosotros nos mudamos a esta ciudad en julio, y no hemos tenido la oportunidad de conocer a sus amigos…
—No puedo afirmar que él haya entablado amistad en el entorno escolar, señor Fajardo. No es un muchacho tímido, pero es muy reservado… Diría encerrado en sí mismo.
—¿No tiene alguna idea de dónde pudo haber ido? El servicio meteorológico pronostica que seguirán las lluvias y él escapó muy desabrigado…
—Bien…—dijo la maestra con desgano —quizás haya ido al colegio. Los conserjes y los vigilantes trabajan también los domingos. Y creo haber dejado la puerta del aula abierta.
—Voy para su casa para acompañarla.
La señorita Martínez se quedó mirando consternada el teléfono mudo. No tenía ninguna gana de acompañar al señor Fajardo, porque sabía cuáles podrían ser sus reacciones frente al muchacho. No estaba en condiciones de controlar el odio irracional que Marlon Fajardo suscitaba en ella, evidentemente con solo su presencia física.
Recordando el moretón que el muchacho lucía en su frente, se preguntó si Claudio Fajardo estaría en condiciones de defender a su hijo en un momento de crisis.
Comenzó a vestirse, resignada.
El señor Fajardo era un hombre de aspecto serio, un par de años, quizás, más joven que su esposa.
—No sé explicarme lo que nos sucedió esta mañana— Se quedó mirando la lluvia sutil y pertinaz que estaba mojando la calle. —No podría perdonarme jamás si Marlon llegara a enfermarse por estar en la calle con este tiempo…
Recordando las manchas de sangre en su bata de casa, la señorita Martínez, se subió el cuello del impermeable y abordó su carro con el señor Fajardo.
Ya frente al colegio, estacionó su carro y observó que la ventana del aula estaba iluminada.
Introdujo, con cierta angustia, la llave en la cerradura de la puerta norte. Al atravesar el ático, sus pasos sonaron hoscos rebotando en las paredes vacías. Apretó las mandíbulas para sofocar un urgente deseo de gritar in aparente causa ni razón.
Ya frente a la puerta del aula, tropezó con algo en el suelo. Era el pequeño artefacto que había venido… o quizás no, de las estrellas. Lo recogió.
Su mente no registró la pequeña sacudida fría que recibió la mano. Sus pasos la dirigieron, de manera automática, hacia la puerta de su aula, pero sus sentidos estaban asaltados por un presentimiento terrible.
Al cruzar la puerta, el señor Fajardo emitió un sonido mezcla de gemido y de sollozo. Durante instantes que parecieron eternos, ambos se quedaron observando el cuerpo tendido en el piso, inerte.
—No quería hacerle daño, lo juro— la maestra reconoció a uno de los conserjes—. Entré para limpiar y él estaba frente al banco hurgando… haciendo algo. En un primer momento pensé que se había quedado hasta tarde para concluir alguna tarea. Luego recordé que era domingo y que no podía haber tenido clase, así que deduje que había venido por alguna otra razón… a robar o a romper y sabotear algo. Así que le pregunté qué estaba haciendo… él comenzó a recular cauteloso, tratando de rodearme para alcanzar la puerta. A este punto comprendí que había venido para hacer algo incorrecto. Trataba de huir y yo…
—Usted lo mató…— concluyó la señorita Martínez
—Lo agarré. Él trató de escabullirse y yo le propiné una fuerte bofetada… una nada más y él cayó.
El señor Fajardo se arrodilló al lado del cuerpo de su hijo, aparentemente imperturbable, calmado:
—Tiene toda una parte de su cabeza desfondada— hizo notar.
El conserje parpadeó asustado y retrocedió un par de pasos:
—Mire… sucedió como le he contado. Cayó — tragó nerviosamente. — Me incliné hacia él y verifiqué que respiraba todavía. Ya había empleado toda la mañana limpiando el edificio, barriendo, a sacarle brillo a todo. Y él estaba ahí en el suelo, esparciendo sus asquerosas nubes sobre todo. Ensuciando el aire que debemos respirar. A contaminar la atmósfera. Yo… yo
La mancha roja que destacaba en la punta de uno de sus zapatos, concluyó el relato.
El hombre se estremeció y comenzó a sollozar.
Claudio Fajardo se levanto:
—Creo conveniente llamar a la policía— aconsejó con calma estoica.
Cuando la policía llegó, el conserje había recuperado la calma. El detective Fariñas se arrodilló al lado del cuerpo del muchacho, luego miró a la señorita Martínez:
—Acompañe al señor Fajardo a la comisaría. El prisionero vendrá con nosotros en la patrulla.
La maestra, al llegar a su carro, se dio cuenta que todavía tenía en sus manos el pequeño artefacto rojo. Lo observó a la luz del tablero. Casi el cincuenta por ciento de la superficie estaba ya opaca. El objeto era ligero y poroso.
La mano le ardía horriblemente. Tiró la presunta nave espacial en la cuneta y se fregó la mano sobre el vestido. Claudio Fajardo la miró sin comprender.
En la sala de espera de la estación de policía, la mano empezó a arderle de manera insoportable. Comenzó a fregarla de manera convulsiva sobre el vestido, la silla y las rodillas. Desde la oficina de al lado, llegaba la voz del conserje y de vez en cuando se escuchaba la del detective Fariñas interrumpiéndole con vehemencia.
Ya había transcurrido una hora, cuando el señor Fajardo, sentado al lado de la señorita Martínez, se agitó. Giró la mirada hacia ella, lentamente, con actitud sospechosa. Luego se levantó con prudencia, atravesó la habitación y fue a sentarse en el lado opuesto.
La maestra apretó convulsivamente sus manos. Trató de borrar la ansiedad que le roía la mente. Se entretuvo mirando el piso brillante, las paredes grises y comenzó a pensar acerca de la realidad y tratar de comprenderla.
La puerta de la oficina se abrió. El conserje salió tambaleándose, vencido, sin mostrar más el aspecto humano… convertido en piltrafa. Un agente uniformado lo sostenía por un brazo.
Al centro de la sala de espera, el conserje se paró olfateando el aire. Luego miró a la señorita Martínez, se irguió  y su expresión cambió… De ceñuda y dudosa se convirtió en amenazadora y saturada de odio.
—Han sido todas mentiras lo que les he dicho. — Exclamó. — Había perdido la cabeza eso fue lo que pasó. Fue por el efecto causado al ver  a aquel pobre muchacho muerto —. Volvió a mirar a la maestra. — Jamás le hubiese hecho daño a aquel niño de solo once años, ¿se dan cuanta? Además no olviden que él era su alumno — y apuntó con su dedo a la señorita Martínez. —  Aquella era su aula ¿no es cierto?… Así que no se debe ser muy inteligentes para deducir lo que sucedió…Sabía que había algo sucio en ella, en una mujer que vive sola, fingiendo ser respetable. — Sus ojos estaban lanzando destellos de odio. — Ahora está aquí, sentada tranquilamente, emitiendo fétidas exhalaciones, fingiendo ser la pureza personalizada, cuando todo lo que sucedió es su culpa. — Se abalanzó hacia ella.
La docente se aplastó contra la pared, temblando como una hoja al viento. El policía logró dominar al conserje tumbándolo e inmediatamente acudieron tres agentes más y lo sacaron del recinto.
El detective Fariñas, que estaba manejando la investigación, se acercó macizo y conciliador.
La maestra se liberó de la mano que trataba de sostenerla.
—Estoy bien — mintió con voz ronca.
Sentía un hormigueo por todo el cuerpo, como si un ejército de insectos estuviese caminando por toda su superficie.. Sentía como si sus pulmones estuviesen hirviendo por la contaminación.
Claudio Fajardo la miró fijamente con expresión impenetrable.
—Señor Fajardo, ahora quisiéramos hablar con usted, de ser posible — dijo el detective Fariñas. — Usted, señorita Martínez, hará su declaración mañana.
La maestra se levantó inmediatamente, agradecida y se dirigió hacia la puerta.
—Y… ¡señorita Martínez! — El detective Fariñas olfateó el aire. Su cara mostraba una expresión dudosa, perpleja. La voz perdió la amabilidad que hasta el momento había mostrado. — Le sugiero que no abandone la ciudad.
—Por supuesto que no lo haré — salió.
Ya en su casa se dejó caer en una butaca sacudida por la fiebre. Agotada se durmío.
Por la tarde la despertó el teléfono. Era el director del colegio, Delmónaco.
—El consejo ha decidido suspender las clases mañana— anunció. —Estoy seguro que entenderá la gravedad de la situación. Debemos hacer, todos, un objetivo examen de consciencia. Todos.
¡Hacer un examen de conciencia! por supuesto. Ella siempre había sido comprensiva, reposada y concienzuda. Y ahora su racionalidad estaba haciendo crisis. O había, de alguna manera, introducido algo en la fantasía de Marlon Fajardo. O…
Si había existido de verdad un desembarco de pequeñas creaturas que penetraban en los poros de la piel para establecerse en los tejidos del cuerpo, procrear y provocar la emanación de aquella hediondez apena perceptible y que incidía de manera tan inesperada en la manifestación de odio de la gente… si en verdad era así, habían sido suficientes dos días solamente para provocar el terrible efecto letal. Marlon había tocado el objeto el viernes por la tarde y había muerto el domingo… Ella lo había tocado el sábado… y mañana sería inevitablemente lunes.
Durante la noche, el invierno tropical, regó la tierra con otra abundante lluvia,
LUNES
Por la mañana la señorita Martínez despertó con una sensación de frío en la mejilla. Vagamente se dio cuenta que Muni había abandonado el cojín sobre el cual dormía.
Siguió durmiendo con un sueño profundo y despertó extrañamente descansada. Se quedó otro rato más recostada en la cama examinando la situación a la luz del nuevo día.
Cumplió con sus acostumbradas abluciones matinales y se vistió. Cuando repicó el teléfono fue de inmediato a atenderlo.
El detective Fariñas fue deferente.
—Estamos listos para recibir sus declaraciones, señorita Martínez. ¿Le envío un vehículo a recogerla?
—Puedo ir con mi carro —contestó la maestra casi alegremente.
Luego se sintió invadir por un miedo amenazante.
—Entonces la espero alrededor de las diez—la cara de  Fariñas desapareció de la pantalla.
Lentamente, asustada, la señorita Martínez se dio vuelta para mirar a su plácido gato, el compañero de su madurez.
Muni avanzó bufando y soplando. El pelo erizado. La dama retrocedió  con el corazón batiéndole como campanas al viento. El gato saltó sacando las garras en busca de sangre.
Un grito ronco, una lucha sangrienta y la maestra logró despegar las garras de su carne. Arrojó lejos la masa aullante del gato, abrió la puerta de par en par, salió y la volvió a cerrar acto seguido para establecer una sólida barrera entre ella y la fiera
Cayó en un charco de agua tiñéndola de rojo. Cuando logró recuperar el aliento, asombrada por ese hecho insólito, todavía el gato estaba arañando la puerta con furia. Poco después apareció en la ventana…manchado de sangre.
De pronto la maestra se obsesionó con la imagen de la pequeña nave sumergida en una cuneta esperando el calor de otra mano, de otra sangre, de otro pulmón hospitalario.
Las llaves del carro estaban pegadas al tablero. Manejó por las calles sin ninguna precaución. Quizás todavía no era muy tarde para dar la alarma. Ella había tocado el casco solo dos veces… Su cuerpo era más grande y más robusto que él de Marlon Fajardo. Quizás la colonia que la invadía, no había alcanzado todavía la plena y fatal concentración.
Fue la esperanza a guiarla por las calles mojadas, a guiarla hacia el punto en el cual había estacionado el carro el día anterior. Fue la esperanza a hacerle temblar los brazos y las manos mientras buceaban en la cuneta. Hurgó… encontró y apretó el pequeño objeto de metal.
La palma de la mano lo calentó y lo hizo brillar. La señorita Martínez sintió un escalofrío y trató de vencer el impulso de lanzar lejos de sí el objeto.
Consideró lo que le convenía hacer. Podía ir con el detective Fariñas, con la esperanza que el contagio no hubiese todavía alcanzado proporciones críticas y que ella pudiese sobrevivir el tiempo suficiente para difundir la alarma… O quizás escribir toda la historia con todas sus consideraciones. Podía dejar un documento escrito en el caso en que no fuese capaz de soportar el contacto humano.
Suspiró y levantó la mirada hacia la ventana de su aula…
Abrió la puerta norte, y atravesó nerviosamente el atrio. No se oían ruidos de actividad, ni pasos, ni voces, ni se veían caras de amigos cubrirse de odio.
En su satisfacción no se dio cuenta que la puerta de su aula estaba todavía abierta. Ni se fijó en el cable gris que se estiraba en el piso. Vio solo la computadora que se encontraba sobre el escritorio en el lado opuesto de la habitación.
La alcanzó.
—Señora, reconozco que tiene algún derecho de estar aquí, a pesar que la escuela hoy está cerrada.
Se dio vuelta como impulsada por un resorte. El joven pálido que la había sorprendido en el aula era uno de los conserjes. Sintió que su boca estaba seca. El objeto que tenía en las manos comenzó a pulsar.
Ella trató de imponer su autoridad sobre el conserje:
—Soy la maestra Martínez y esta es mi aula de clase. — Se movió lentamente dirigiéndose hacia la puerta.
El conserje le bloqueó la salida:
—¿Y  por qué está tratando de escapar? ¿No dice que tiene derecho de estar aquí? — Empuñó el mango metálico de la aspiradora con ambas manos,
Algo le inyectó de pronto una calma imperiosa:
—No quiero interrumpir su tarea de limpieza. Regresaré para usar la computadora más tarde.
Los ojos del conserje flamearon.
—Sí, por supuesto— avanzó, batiendo el tubo metálico sobre la palma de su mano —. Sabe, yo tuve una maestra que hablaba como usted. Era mi maestra de cuarto grado —. Dibujó en su cara una mueca terrible. — Una vez me envió a mi casa con una nota, porque tenía los pantalones sucios y porque, supuestamente, olía mal. Jamás lo olvidé.
—¡No! Yo…—La señorita Martínez trató desesperadamente de aguantar la respiración. Pero las exhalaciones mefíticas les salieron por la nariz.
La computadora ya inútil, se quedaba al otro lado de la habitación. El conserje se inflamó de odio vengador.
Afuera el agua seguía cayendo espesa pero finita. La luz del sol que se filtraba a través de los oscuros nubarrones iluminó unos pequeños objetos rojos brillantes que bajaban verticalmente en medio de una lluvia pertinaz.

FIN

Muchas gracias por esta historia Ermanno, te deseamos mucha suerte.
Recordemos que Ermanno está participando en el Desafío del Nexus de Abril con este relato, así que si disfrutaste de esta historia, no dejes de votar con el botón “Me Gusta” de facebook 😀

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