El señor Jorge Ciruelos de Buenos Aires Argentina, nos envía su cuento “El Amigo” para participar en nuestro concurso, espero que lo disfruten:

El Amigo

EL AMIGO de Jorge Ciruelos

    La luz matutina hiere sus irritados ojos. Le han contado infinidad de veces como se destruye su cerebro lo cual no le interesa, lo único válido que ha encontrado es evadirse de este ensayo que vaya a saber quien es el autor. No obstante vive para una gran contradicción, la última vez que recuerda haber baleado a alguien, fue a quien ahora es su único amigo. No entiende nada, lo quiso matar pero ahora siente que a pesar de ello lo aprecia y lo ayuda en todo lo que puede, aunque debería odiarlo. En un comienzo creyó que se trataba de una de esas figuras que se le aparecían cuando se castigaba con ácido para fumar luego hierba, pero como la aparición jamás se esfumaba, se trataba de algo diferente. No era una imagen común, siempre demasiado serio, pulcro y educado. Lo conocía de acuerdo a sus posibilidades, como jamás estaba sobrio, toda su visión del mundo y lo que veía en su entorno, se le presentaba de manera muy borrosa, pero ya se había acostumbrado a reconocer las cosas  o la gente de esa manera.

     Alguna vez le pidió algo de beber, se lo dio, también le brindó comida, solo le negaba el dinero. Lo había sacado de quicio  cuando al necesitar una dosis urgente, le movió la cabeza negativamente, por lo cual manoteó el “fierro” de la cintura para amenazarlo; aún así siguió con su negativa. Un imperativo de su obnubilada conciencia le hizo disparar repetidas veces, luego huyó con la habilidad aprendida a pesar de su casi total inconciencia. Aún hoy no se explica como a pesar de los varios balazos, pudo zafar de la muerte. Además no lo denunció ya que no lo persiguieron por ese episodio. Cree que hay algo que los ha unido paulatinamente, conforme avanzó en su trato. Es una especie de onda que le recuerda a la que fluye de sus dosis, lo alcanza plenamente.  Le disgusta que en este caso capta un imperativo que lo quiere inducir a abandonar ese transcurrir inútil de su deplorable existir. Muchas veces lo ha intentado, pero le resulta imposible. Nadie puede ayudarlo tiene que lograrlo él mismo, pero siente que cada vez está más lejos de poder hacerlo.
Han transcurrido muchas horas y necesita con urgencia una nueva dosis.

Siempre que esto ocurre, percibe en su mente el enojo de él que incansablemente le ordena que pida auxilio en un hospital para no continuar con esta locura. Esta vez es sólo un regaño suave, débil, manifestando el hastío de un alma cansada de sembrar en terreno estéril. Bien sabe que en algún momento lo aprehenderán pero no es capaz de intentar algo diferente. La ve venir con su bolsa llena de pan y algunos paquetes pequeños. La anciana camina con dificultad, se apoya en su bastón como única ayuda para mover sus años. Se dirige en línea recta al árbol que lo encubre, como una presa inconciente que se acerca a la guarida del depredador. La situación no puede ser más propicia, la calle se encuentra solitaria, hasta el trino de las aves ha cesado, no circula tránsito alguno. La encañona con su revolver, la abuela se asusta y cae en la acera. No puede gritar, el pavor la enmudece, solo se escucha el suave sonido de los panes y de paquetes que ruedan por el suelo en compañía de un monedero que se detiene a los pies de él. Guarda su arma, recoge su magro botín, al tiempo que inicia su rápida huida. Un par de calles más adelante se detiene para revisar lo obtenido. Junto a un pañuelo lleno de mocos hay dinero suficiente para volar el resto del día. Está sufriendo la abstinencia, debe llegar cuanto antes al proveedor más cercano. Por fortuna está cerca, ese tipo siempre tiene disponibilidad de todos los precios. Siente que los últimos tramos a recorrer están llenos de púas y espinas que se le incrustan en todo su ser, especialmente en las articulaciones. Con un esfuerzo supremo llega a pulsar el timbre. Una mirilla se abre, detrás está el infame salvador. El dinero le alcanza para tres dosis que circulan con rapidez por el estrecho orificio que conduce al difícil paso que tiene que dar para poder seguir. Ni siquiera tiene opción de esconderse, son los últimos avances que su cuerpo puede realizar. Casi en el cordón de la vereda se desploma para proceder al nariguetazo de la maldita sustancia que le hará abrir un nuevo paréntesis de olvido de la realidad.

            Es un afortunado, de alguna manera su cuerpo lo transportó hasta detrás de ese montículo de escombros en esa obra que construyen. El lugar está deshabitado, en ese momento no trabaja nadie.

            Se siente aliviado, mucho mejor, aunque rodeado por esas  extrañas figuras que siempre observa en estos casos pero que ya ha aprendido a conocer. Ya no le infunden miedo,  solo dificultan coordinar sus ideas y destinos hacia donde ir. La maldita sustancia comienza a disminuir su efecto y aparecen el hambre y la sed. Entonces acude a su mente el amigo, el único que jamás le ha negado comida o bebida. Además está seguro que lo encontrará, nunca abandona la puerta de su edificio o el escritorio que posee en la entrada. Es el portero, y allí siempre lo halló.

 
            Bien sabe que lo regañará como siempre, pero paternalmente le suministrará las vituallas que necesita. Se despedirán con afecto, él caminará luego las dos calles que lo separan de la playa. Allí comerá, beberá y descansará. Tal vez duerma, es la mejor manera de alejar esas visiones que pretenden torturarlo. Con estos pensamientos se ha acercado mediante su marcha automatizada, hacia el edificio anhelado. A unos cincuenta metros de la puerta, se detiene horrorizado. Un cuerpo yace en la vereda con los ojos apuntando al cielo. Se trata de su amigo, lo reconocería entre un millón de personas. Con una ansiedad abrasante y devoradora, acelera lo más que pueden hacerlo sus casi insensibles piernas, hasta ponerse a la par del cuerpo. Está totalmente rígido, los ojos desmesuradamente abiertos; lo toca, es un hielo. Circulan transeúntes que parecen no registrar la escena, se le ocurre gritar, lo único que logra es alejar a la gente. Golpea furioso la cerrada puerta del edificio, toca todos los timbres del portero eléctrico. Aparecen en el interior figuras que ve a través del vidrio blindado, pero al mirarlo desaparecen nuevamente sin abrir la puerta. Se da cuenta que está solo en medio de una multitud que se mantiene distante. Pero la soledad tiene atrapado un cuerpo muerto que a pesar de ello lo reprende como siempre, sin hablar, es como un rumor lejano por él percibido.

            Se sienta para llorar a su amigo que resume al padre y madre que no recuerda haber tenido. Intenta revivirlo, lo mueve con cierta facilidad, pero todo es inútil. La relativa liviandad del cuerpo exánime lo anima a intentar desplazarlo por arrastre, lo que logra sin demasiado esfuerzo. Echa una última mirada al mundo indiferente que solo presta atención para evitar la cercanía con su persona. Debe enterrarlo. Sus genes ancestrales le dicen que hay que sepultar a los padres cuando mueren. No tiene idea del porqué pero es un imperativo que es fuerte como los padecimientos de la abstinencia, debido a lo cual, al comprender que nadie lo enterrará, decide hacerlo por si mismo. No tiene una pala ni a quien pedirla, pero tal vez si llega a la playa podrá enterrarlo allí, cavando en la arena con sus manos. Comienza el trayecto alentado por el trinar de las aves. Por primera vez en su atormentado existir, percibe el aliento de vida que transmiten estos musicales seres a quienes deben afrontar el silencio eterno de un ser querido. Le brindan fuerza, lo animan a continuar. No se deja desfallecer por el hambre, la sed  ni el aturdimiento de su intelecto. Llega por fin penosamente a la zona arenosa y solitaria, ahora acompañado por el graznido de especies marítimas. En el páramo invernal donde se encuentra, ve un trozo de chapa metálica que le servirá para su propósito. Comienza a cavar ayudado por la improvisada pala. De pronto como surgido de la fría brisa, percibe nuevamente un murmullo en su mente con la emisión de la voz de su amigo, pidiéndole que no lo entierre, que lo lleve nuevamente adonde lo encontró. Cesa durante unos minutos de cavar, piensa en mil cosas, pero fundamentalmente se pregunta  de quien es esa voz que imita a la de su amigo muerto. Se plantea que muy poco sabe de él, tan solo le interesa que al conocerlo fue lo mejor que le ocurrió en su vida. Este hombre rechazó antaño la muerte violenta que él le propuso y recibió ahora la muerte pacífica en la vereda. Enterrarlo es lo menos que puede hacer por él, brindarle lo que llaman la cristiana sepultura. Tal vez el demonio le esté hablando para castigarlo, para evitar que realice el mejor, tal vez el único acto bueno de su vida, que es enterrar para preservar de la maldad del mundo a quien representa la suma de la bondad de sus padres y su único amigo al mismo tiempo.

            Trata de hacer un agujero muy profundo para evitar que posibles vientos fuertes o mareas alguna vez dejen descubiertos sus restos. Está agotado, pero afortunadamente continúa embotado, hace lo posible por ignorar el permanente susurro que le pide no enterrarlo.

            Luego de varias horas, antes de anochecer, termina satisfecho su labor: ha cavado más de dos metros de profundidad. Lo introduce con el mayor de los cuidados que le resulta posible y termina de cubrirlo, ya con el advenimiento del ocaso.

            Terminada su labor, observa el mar que se proyecta en la lejanía del horizonte; un susurro de fondo con el  graznido de las aves, lo atrae hacia él. Avanza como un autómata, desea fervientemente penetrar en el mundo de su amigo. Los pájaros le señalan que adentrándose en el piélago encontrará el origen y el reciclado de la vida, a los cuales puede acceder con facilidad. Allí los amigos se encontrarán y tal vez puedan reiniciar juntos la historia que les fue negada en este mundo perverso, que es la amistad profunda y además para él, el cariño de los padres. El agua le llega hasta el cuello, no sabe nadar, el oleaje sube y sube…

            El edificio ha quedado sin portero durante unas horas. Los ingenieros se han presentado en el lugar dado lo extraño del caso. Es la primera vez que sucede un episodio de esta naturaleza; anteriormente no había ocurrido la desaparición de basura robótica de peligroso manejo depositada en el sitio indicado en la vereda, para proceder a su recolección especializada.

            Desde que se había generado el proyecto mundano de recuperación humana, a través de androides destinados a tal fin, se había avanzado bastante en todos los sentidos. La seguridad en las calles había aumentado enormemente al igual que la de los moradores en sus hogares. El individuo autómata era un ser incorruptible en todos los sentidos, también prácticamente indestructible desde que se manejaban materiales de elasticidad infinita.  La nano ciencia había obtenido redes mono atómicas de carbono silicio y boro, que se apilaban formando una estructura en la cual esas capas se desplazaban en todos los sentidos, las unas sobre las otras, pero que continuaban formando parte del cuerpo total, debido a las fuerzas de uniones atómicas generales entre capa y capa. El resultado era que el conjunto resistía impactos de cualquier potencia o poder de penetración, porque debido al desplazamiento de las capas, la trayectoria lineal del proyectil se iba atenuando por desviaciones sufridas en todos los sentidos, hasta disminuir su velocidad y fuerza de impacto que llegaba finalmente a valor cero, sin haber podido traspasar nada más que uno o dos de los primeros estratos. Con este material se construía la piel del robot. Ante un impacto de bala u otro material penetrante, se producía su detención con gran liberación de calor, absorbido por una piel más profunda construida con moléculas altamente aislantes.

            Cada uno de los humanoides al cuidado de casas o edificios, reportaba inmediatamente cualquier agresión de cualquier tipo que pudieran recibir. A continuación se intentaba por todos los medios posibles de ponerlo en comunicación con el agresor, para recabar informes sobre la causa de la violencia. Se establecía así una relación entre ambos que podía iniciarse de inmediato o a largo plazo, según fuese el caso. De este modo se tendía a  recuperar al atacante cualquiera fuese la causa de la violencia, ya se tratase de un hecho delictivo o meramente de una patología psicológica. Una vez conocida y analizada la motivación, se dotaba al autómata de los circuitos terapéuticos mentales necesarios para resolver el caso y sanar al individuo.

            El ejército de cuidadores humanos, se había difundido enormemente y el desafío principal consistía en recuperar a los marginales que vivían en las calles o sin familia. Las relaciones que se establecían eran a menudo tan múltiples que era muy común el tener que fabricar réplicas exactas del androide ante el desgaste sufrido por los originales. Estos solían colapsar ante la acumulación de informes y programas múltiples que debían incorporar dentro de sí para poder relacionarse con gran cantidad de diferentes seres humanos. En tal caso se dividía el trabajo entre varios ejemplares idénticos que se repartían los casos. Es lo que había ocurrido con ese portero. Al quedar sobrepasado de sobrecarga, se detuvieron simultáneamente todos sus mecanismos, por lo cual se solicitó con urgencia su reemplazo. Para ello era menester activar varios de sus clones de reserva.

            Durante los escasos minutos que transcurrieron cuando lo abandonaron en la acera en el lugar previsto para que lo recogiera la brigada de residuos androides, desapareció su cuerpo antes de que ocupase su lugar el clon previsto. Este sería luego el encargado de redistribuir a los humanos que hasta entonces se relacionaban con el colapsado.

            Debían reprogramar todo el proyecto. No se podía admitir que desapareciesen dos entes, en este caso los restos de un homínido y de un oscuro personaje  del cual no se sabía por qué motivo, a partir de cierto momento, no había informes presentados por el robot. Se iniciaba tal vez la etapa en que estos querían tomar por decisión propia el abordaje terapéutico de sus atacantes.

            La búsqueda de ambos continuaba infructuosa. Por el momento era un misterio. Ninguna persona sabía en ese entorno lo que había ocurrido, tal vez la indiferencia humana no le había prestado atención. Se preguntaban si el androide podía haberse recuperado y decidido a desaparecer junto con el humano. Lo único extraño que registraron fue el comportamiento de las aves en ese sector. Los biólogos convocados, notaron que los pájaros los guiaban volando y con la ayuda de sus trinos, desde el edificio investigado hasta la playa. Allí se detenían y regresaban, al tiempo que las gaviotas comenzaban  a congregarse para luego volar formando un corredor que se perdía en el mar, cerca del horizonte. Un verdadero misterio, que se esfumaba en las oscuras dimensiones de la conducta y la relación humana-androide.

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