Nuestro amigo Joseín Moros, nos envía un nuevo relato, pero nos advierte que esté cuento no es su participación para nuestro concurso de relatos, pero también aclara que ya tiene un cuento preparado el concurso y que solo está esperando para darle los toques finales.

Efecto POP-CORN es una peculiar historia de primer contacto:

Ilustración para EFECTO POP-CORN

Efecto Pop-Corn

Autor: Joseín Moros

Netz Blut salió a una terraza, situada a setecientos pisos por encima de las calles; el enorme patio, poblado con árboles y plantas decorativas, estaba protegido con un curvo ventanal. El cielo, de una negrura intensa, mostraba millones de estrellas.

Miró hacia lo alto, allí estaba Visitante, el esplendoroso objeto volador no identificado, que había cambiado la historia de la humanidad de la manera más terrible. Flotaba a un lado de la luna, casi opacada por su brillo. Con esta iluminación nocturna, al hombre le era posible observar miles de rascacielos casi a oscuras, más bajos que la terraza donde él se encontraba.

— ¡Quiero una explicación! —gritó Netz, mostrando el puño a los cielos.

Netz Blut fue el hombre más poderoso del planeta Tierra, dueño de tanto terreno como un continente; llegó a poseer cinco mil millones de empleados, repartidos en ciudades bajo los océanos, asentamientos en Marte y la luna, más innumerables estaciones espaciales en órbita. La historia verdadera de cómo formó este imperio, habiendo nacido en las cañerías del viejo Hong Kong, parecía un cuento de hechiceros malignos luchando por el fuego de los dioses.

En la penumbra regresó hasta la sala, allí hubo fiestas con más de trescientos invitados; asistían gobernantes de cada uno de los territorios confederados del planeta, pendientes de sus palabras, rindiéndole pleitesía.

Tomó otra botella de vino, el salario anual del capitán de una estación espacial no habría podido pagar el costo de ese licor. Sorbió desde el pico de la garrafa y luego la estrelló contra el suelo. De inmediato emergió, desde una abertura deslizante en la pared, una pequeña máquina con aspecto de pulpo emparentado con tortuga, y se encargó de limpiar los residuos.

Netz comenzó a reír. Recordó cuando todos, a su alrededor, reían si él lo hacía. Una expresión despreciativa distorsionó su cara, al recordar tanta gente servil.

—Por lo menos ya no oigo el pop-pop —dijo y continuó riendo mientras se despojaba de la bata, dejándola caer al suelo.

Casi desnudo se desplomó sobre un diván, desde allí podía continuar observando a Visitante, luminoso como el ojo de un cíclope hambriento.

— ¿De dónde viniste? —preguntó en voz muy baja.

Permaneció en silencio, luego apretó los puños.

—Sumisos militares, adulantes científicos, rastreros políticos —continuó murmurando—, sólo dijeron lo que yo quería oír, cobardes todos.

De repente le pareció haber oído algo y se enderezó de un salto, entonces continuó riendo cuando comprendió que su oído lo había engañado.

—Tengo un consuelo: pop-pop, pop-pop —gruño enfurecido, y mientras repetía el extraño sonido, Netz Blut continuó lanzando carcajadas, pero sus ojos mostraban terror.

***

Poco tiempo atrás todo era muy diferente. Burlando poderosos rastreadores civiles y militares, un objeto volador no identificado había traspasado la órbita de los planetas exteriores y apareció en el cielo, al lado de la luna. Era enorme y de una belleza que hizo llorar las multitudes. Parecía un cristal de hielo, de esos que se ven al amplificar la imagen de un copo de nieve. Con un diámetro de doscientos kilómetros su espesor no pasaba de mil metros; aquella fragilidad fue motivo de inspiración para toda clase de manifestaciones artísticas. Poseía luz propia, como si estuviera fabricado con monstruosos tubos de neón, y cambiaba de color en tonalidades pastel, recorriendo el arcoíris.

Los más avanzados navíos militares lo rodearon y desde la luna, misiles de alto poder destructivo apuntaron aquella hermosa figura, mientras comandos especiales comenzaron a transitar por la superficie pulida de Visitante, como lo llamaron los medios informativos.

La admiración, de las sobre pobladas comunidades de la Tierra y Marte, superó sus viejos límites, cuando las cámaras televisivas enviaron las primeras imágenes. Compuertas que aparecieron como un truco de magia, se abrieron dando la bienvenida a los rudos hombres armados cubiertos con sus trajes espaciales.

—Por su propia voluntad nos abren las puertas —decía un narrador, en comunicación con los comandantes de la misión de abordaje—, hay atmósfera interior, respirable para los seres humanos, con veinte por ciento de oxígeno. La iluminación interior imita a la perfección la luz de un mediodía en la Tierra.

Pasillos inmensos, en longitud, se perdían hacia el interior de Visitante.

—Los militares, que ya están dentro, sienten una fuerza de gravedad equivalente a la de nuestro planeta —decía el narrador—, estos soldados podrían quitarse los trajes herméticos y correr como si lo hicieran en cualquier zona tropical de la tierra.

Los astronautas recibieron instrucciones de no continuar adelante, ahora debían esperar los científicos que estaban en otras naves de la flota. Cuando llegaron, cargados de instrumentos para analizar todo lo que fuera posible, los gritos de sorpresa aumentaron con cada hallazgo.

—No hay fisuras ni señas de ensamblaje mecánico de piezas —dijo el portavoz científico ante las cámaras—, Visitante parece haber crecido como lo hace un cristal de sal. No hay ruido de motores ni de piezas móviles, el silencio es absoluto, no sabemos por dónde se intercambia la atmósfera y el calor interior, no existen focos luminosos, las paredes brillan igual que el cuerpo exterior. Las compuertas, luego de abrirse, fusionaron su estructura con las paredes, como tejido que cicatriza sin dejar huella. Todavía no han aparecido otras que nos permitan continuar hacia el centro del disco cristalino, las pruebas para cortar la superficie de las paredes han fallado, con nuestro laser más potente ni siquiera logramos entibiar la vidriosa superficie. En el exterior probamos con explosivos muy poderosos, y no desprendió partículas del material, parece que Visitante, además de invisible para nuestros rastreadores, es indestructible.

Las semanas transcurrieron, la exploración se estaba haciendo con mucho cuidado, tratando de encontrar alguna explicación sobre la naturaleza del nuevo satélite de la Tierra. A medida que los análisis finalizaban, continuaron abriéndose más compuertas, como si el propietario permitiera el paso a zonas más íntimas de su hogar. Los comandos de abordaje instalaron túneles, de alta resistencia, para evitar que las compuertas los fueran a dejar encerrados si en cualquier momento decidieran cerrarse; había duda si estas estructuras podrían soportar la fuerza de tal clase de mecanismo cristalino cuando presionaran contra los tubos metálicos.

Dos meses después llegaron al núcleo. Desde la enorme sala circular partían extensos pasillos, como radios de una rueda de bicicleta, hacia el mayor círculo exterior. Los diagramas realizados mostraban a Visitante como un laberinto fácil de recorrer.

—Señoras y señores, estamos frente al mayor misterio que nos presenta Visitante. Vean por ustedes mismos —dijo el narrador oficial para los miles de millones de telespectadores.

En esa oportunidad el magnate Netz Blut, rodeado de su equipo para “trabajos especiales”, como él llamaba las actividades ilegales, observaban una imagen tridimensional mientras estaban reunidos en una de las colonias mineras de la luna. En el centro de la sala, flotó una proyección a escala del misterioso núcleo de Viajero. Era un trono dorado de un metro de alto, pero la figura del astronauta terrestre a su lado, mostraba que debía tener al menos tres metros desde el espaldar hasta el piso.

—Nuestros espías dicen que no es oro —dijo uno de los hombres del equipo de Netz Blut —, forma parte solidaria de suelo y paredes, aunque su color sea diferente.

—Allí debió sentarse un gigante —agregó otro—, vean el tamaño de los soportes para los brazos, y la distancia del suelo al asiento. Ese monstruo debió tener más de tres metros de altura cuando se ponía de pie.

—No hay controles de ninguna clase, no parece el asiento del piloto —dijo otro individuo. En la parte alta de la pirámide organizacional, de las empresas de Netz Blut, no había mujeres, estaba convencido que las hembras sólo tenían una utilidad: alegrar la intimidad masculina.

—Más bien parece el trono de un emperador. Observen los jeroglíficos tallados en el cristal. Sería interesante saber qué dicen —murmuró uno de los más jóvenes.

—Encárgate de eso, compra los científicos del ejército que estén a cargo —dijo autoritario Netz Blut, desde la enorme silla donde estaba sentado, todos los demás permanecían de pie alrededor de la proyección tridimensional.

El aludido palideció, había cometido un error con el último comentario, ahora se estaba jugando su futuro; debía presentar resultados positivos lo más rápido posible. Sólo hizo una reverencia y salió corriendo de la sala, con saltos que lo hacían flotar como una bailarina debido a la baja gravedad de la luna.

***

Un año después el misterio de Visitante no sólo continuaba, sino que aumentó. Los equipos de abordaje habían encontrado más jeroglíficos en uno de los pasillos que partían del núcleo y apuntaba hacia el exterior de la galaxia, como si por allí recibiera algún tipo de señal que se enfocaba sobre el trono. Para sorpresa de los entendidos en metalurgia, el sillón había estado moviéndose sobre su propio eje, sin que hubieran podido detectar separación mecánica entre el piso y la estructura del trono.

—Desde que lo encontramos a dado un giro de ciento veinte grados —informaba uno de los asesores de Netz Blut—, sin que hayan tenido la oportunidad de oír crujidos mecánicos, ni ruido alguno, cuando el cristal se rompe y vuelve a cicatrizar en nanosegundos. Nuestros infiltrados enviaron los informes.

Estaban en la misma sala donde un año atrás habían mirado, por primera vez, la proyección tridimensional del trono refulgente. Todos se quedaron esperando que el joven, a quien el magnate había encomendado la tarea de informarle sobre los jeroglíficos, continuara hablando.

—Hay una interpretación preliminar de los escritos en las paredes y el trono, todavía no saldrá al público. Es del máximo secreto, nos costó una fortuna conseguirla.

—Espero que lo justifique —dijo Netz Blut, mirando con agresividad a su empleado.

El hombre pulsó un control en la pulsera de su mano izquierda y apareció el trono dorado, girando con lentitud. También surgió, a un lado, parte del largo pasillo. El comienzo de la narración resultó decepcionante, hablaba de sólo una interpretación del veinticinco por ciento de los jeroglíficos.

Netz Blut comenzó a levantarse para salir de la sala, el joven que tenía el control remoto en la muñeca supo que estaba condenado, pero se llenó de valor, entonces hizo adelantar la explicación grabada. Ya no tenía nada que perder.

La voz del informante retumbó.

“…el ser que toma asiento en el trono, recibe La Energía de la Vida Eterna…”

El magnate se detuvo, miró el trono dorado, cuya proyección tenía sólo un metro de alto, y continuó escuchando la confusa explicación. Varios científicos oficiales, basados en sus traducciones, aseguraban que alguien para viajar distancias tan largas, y durante tanto tiempo, recibía desde algún lugar, en la zona más oscura del universo, la capacidad para vivir por siempre. Por la forma de la silla, aseguraron que su dueño era humanoide, pero no pudieron explicar qué había pasado con él o ella.

—Quiero ver como luce en tamaño real —ordenó Netz.

El tembloroso joven tocó su pulsera de control.

Netz Blut caminó alrededor del sillón, no intentó acariciarlo, su mano habría pasado a través de él.

—Si entendí bien la explicación —dijo Netz—, el próximo mes estará de cara al pasillo por donde viene esa energía de la que hablan.

—Así es, señor —dijo el sudoroso empleado, con algo de alivio; por ahora se había salvado.

—Buen trabajo —gruñó Netz—, se triplica tu sueldo.

Una radiante sonrisa comenzó a surgir en la cara del joven, no sabía por qué el premio era tan grande, pero era imposible hacer preguntas a su jefe.

—Quiero estar presente en ese momento, de incógnito absoluto, sin cámaras de televisión. Consíguelo como sea —agregó Netz.

El muchacho casi se desplomó. Aquello parecía imposible de conseguir, incluso para alguien tan poderoso como Netz Blut, quien comprendió la expresión de su empleado y volteó hacia los restantes.

—Es con todos. Quiero estar en ese lugar y en ese momento —endureció aún más su expresión, para continuar hablando—, tendrán un bono diez veces mayor, al igual con sus sueldos, pero de no lograrlo, estarán despedidos y no podrán trabajar en ninguna de mis empresas asociadas.

Como una manada de bailarines flotantes, el grupo de hombres salió corriendo por los pasillos, luchando para no estrellarse contra las paredes.

***

Llegó la fecha esperada por Netz Blut y su equipo de confabulados. El magnate había logrado entrar a Visitante en el más estricto secreto, acompañado de cuatro generales de diferentes nacionalidades, comprados por el dinero de Netz. No había cámaras que pudieran grabar la figura de Netz Blut, enfundado en un traje hermético, quien no corrió riesgos y en ningún momento abrió los sellos de la escafandra, a pesar de tener una máscara de tejido vivo que le cambió la fisonomía. Los acompañaban dos científicos de alto nivel, también sobornados por el aparato de asesores.

Todos se mantenían a distancia del trono, el más próximo era Netz, casi en la línea imaginaria trazada desde el pasillo con los jeroglíficos, hasta el sillón. En los auriculares la cuenta regresiva continuaba a bajo volumen. Cuando faltaban treinta segundos, Netz dio largos pasos al frente y se paralizó, ninguno intentó detenerlo, suponían que aquel poderoso desconocido no sería tan loco, nadie con la mente sana se interpondría en esa línea.

Faltando tres segundos, Netz Blut corrió hacia el trono, dio un salto y trepó como lo hace un niño sobre una silla para personas mayores. Tomó asiento y se quedó inmóvil, sonriendo como un demente. En ese instante se reflejó su forma de actuación ante cualquier oportunidad de sacar beneficio: ahora o nunca.

El trono dio otro pequeño giro y quedó de frente al pasillo de manera perfecta, entonces la iluminación interna de la habitación se atenuó a menos de la mitad.

Todos estaban aterrorizados. Se preguntaban cómo explicarían la muerte de aquel extraño, quién debía ser alguien muy poderoso, y de qué manera justificarían su presencia en un lugar de acceso tan restringido.

Pero nada ocurrió.

La iluminación volvió a su nivel normal, pero se incrementó la frecuencia de cambio de colores en muchas de las paredes y pudieron oír en sus auriculares la carcajada destemplada de Netz Blut.

— ¡Leyeron mi cuerpo! ¡Ya no es el mismo! —gritó histérico Netz Blut, dentro de su traje espacial.

Lo vieron saltar del sillón y para asombro de todos abrió los sellos del traje, se quitó la escafandra e inspiró la atmósfera de Visitante, como si fuera la primera vez que el oxígeno tocaba sus pulmones.

Los seis hombres corrieron hacia él para sostenerlo, porque les pareció que se había tambaleado.

Y todo comenzó.

Pop, pop, pop, sonó en los oídos de varios de ellos. Tres fugaces resplandores, como los de aquellas arcaicas maquinas fotográficas, habían acompañado los extraños sonidos, aunque no eran de fuerte volumen sonoro les hicieron saltar por la sorpresa.

Miraron a su alrededor y se llenaron de pánico, dos militares y un científico habían desaparecido. Netz Blut pudo presenciar el fenómeno al máximo detalle, puesto que entre todos lo habían rodeado.

Los dos generales restantes, y el científico, reaccionaron a sus entrenamientos; cerraron las escafandras e incrustaron la de Netz sobre sus hombros. De inmediato corrieron por el largo pasillo. Estaban a cien kilómetros de la salida al espacio exterior. Mientras cruzaban los primeros túneles, instalados en las compuertas, para evitar que fueran cerradas con alguien aún dentro de Visitante, fueron oyendo los estampidos cuando el duro metal se arrugaba y rompía igual a papel de aluminio. No necesitaron mirar hacia atrás, sabían que las paredes estaban selladas, como si las puertas nunca existieron.

Saltaron a un pequeño vehículo sin techo y con seis ruedas, el aparato brincó a cuarenta kilómetros por hora hacia la salida. En el trayecto al menos ocho vehículos similares iban cerca de ellos, de repente uno se estrelló contra una pared, cuando después de un fogonazo el astronauta conductor desapareció. Otros se detuvieron para recoger los pasajeros, mientras tanto los fogonazos continuaban repitiéndose, nadie podía oír los pop-pop, puesto que habían cerrado las escafandras.

En las afueras de Visitante no existía gravedad artificial, un ejército de astronautas, iluminados por los nuevos destellos de Visitante, utilizando impulsores de sus indumentarias, abrazaban con fuerza cada uno de los hombres que surgían por las puertas y se lanzaban al vacío, para alcanzar el cercano navío a menos de diez metros. Numerosos hombres produjeron un destello y desaparecieron, causando más terror, entonces formaron parejas para llevarse a los que no tenían los impulsores instalados y en muchos casos se quedaron con las manos vacías, en el momento que el rescatado desapareció.

En el interior de los navíos, que habían estado flotando en las cercanías, el “Efecto pop-corn”, como en ese momento algunos soldados lo llamaron en sus mensajes de batalla, borraba tripulantes de manera continua.

Netz Blut no hablaba, se limitó a oír los militares y personal de apoyo a su alrededor, su indumentaria era igual a la de los científicos y nadie le prestó atención. Sólo quedaba uno de los generales que le habían acompañado, al parecer los demás cómplices habían desaparecido con su respectivo destello luminoso. El general estaba aterrorizado, Netz lo miró de frente y el otro comprendió, debía guardar silencio y sacar a Netz de allí lo más pronto posible, puesto que los únicos testigos de lo que ambos creían que había iniciado la debacle eran ellos dos.

Cuando aterrizaron, en la base militar de la tierra, era de noche. El general cómplice, corriendo como enloquecido al lado del civil, acompañó a Netz hasta el vehículo terrestre que lo esperaba y siguió corriendo. Era un enorme transporte de lujo, blindado y capaz de cruzar mares de fuego, resistente a explosiones y dotado con los últimos adelantos tecnológicos. En su interior debieron estar siete de sus asesores, pero sólo quedaban cuatro, acostados en el suelo como si estuvieran bajo un bombardeo.

En los alrededores ocurrían las cosas más disímiles: mucha gente corría, otros se mantenían inmóviles, y gritaban al oír otro pop. En la distancia se podían observar reflejos de los destellos en árboles y paredes. Los edificios parecían haber sido invadidos por luciérnagas, debido al efecto de los chispazos en las ventanas. Con terror Netz observó la caída de varios navíos y un destello cegador, en el cielo, le hizo comprender que estaban disparando misiles atómicos contra Visitante.

Netz Blut se despojó del traje espacial, luchó para hacerlo solo, puesto que sus asistentes mantenían los ojos cerrados con la cara contra el suelo, unos rezando y otros gritando. El magnate abrió la puerta y con fuertes patadas los sacó del vehículo, luego saltó al asiento y condujo el poderoso transporte, pasando por encima de jardines y coches pequeños, nada lo detuvo, incluso atropelló sin piedad incontable gente enloquecida, acumulada en las avenidas, buscando sitios abiertos en su locura por encontrar sitio seguro.

Tomó rumbo al rascacielos más grande, a toda velocidad, chocando muchas veces contra vehículos atravesados en la ruta, casi una hora después llegó hasta la entrada de los sótanos. El sistema de seguridad del transporte fue accionando las puertas automáticas y pocos minutos después Netz Blut subía setecientos niveles en su ascensor personal, para refugiarse en uno de los cientos de apartamentos secretos que poseía.

***

El resto de la noche la pasó frente a una enorme pantalla de teatro, donde aparecían mil quinientos rectángulos, con las imágenes de las más importantes cadenas televisivas, provenientes de Marte, la Tierra, la luna y una multitud de estaciones espaciales.

Al amanecer sólo se mantenían funcionando menos de cincuenta de ellas. Con terror muchas veces observó cuando, con un destello, habían desaparecido narradores de noticias. Otros los sustituyeron, pero con el correr de los minutos la mayoría de los recuadros se ennegrecieron.

Un video, repetido una y otra vez, desde alguna televisora donde los operadores humanos parecían haber olvidado cómo detener la reproducción, mostraba un estadio deportivo a pleno sol, con medio millón de espectadores. En el primer momento los asistentes se habían llenado de pánico, al no comprender la situación. A medida que fue quedando menos gente, por las muertes al atropellarse unos a otros, y por los fogonazos: todos fueron guardando silencio. Como ovejas enmudecidas se quedaron inmóviles, sentados, acostados, de pie, oyendo los pop-pop, esperando la muerte. Aquella inmensa multitud había intuido que no tenían escapatoria. En el gran estadio deportivo, cuando los pop-pop cesaron, sólo quedó presente la cuarta parte de la población, y también en el sistema solar.

El persistente pop-pop de las diferentes emisoras que continuaban repitiendo noticieros, hizo reír a Netz Blut.

—“Efecto pop-corn”, qué nombre tan ridículo —y continuó riéndose, mientras bebía de una botella. Su mirada de pánico no parecía proceder de la misma persona que se carcajeaba.

***

El siguiente día fue de llanto.

Netz Blut intentaba ver y oír, al mismo tiempo, los veinte o treinta canales que habían sobrevivido a La noche del Efecto Pop-Corn, como lo titularon los noticieros sobrevivientes.

—En todas partes se detuvo luego de casi siete horas —dijo un locutor.

—De acuerdo a lo observado en muchos videos, donde las multitudes permanecieron confinadas por alguna razón, el setenta y cinco por ciento de la gente desapareció —informó otro.

—Nadie sabe porqué ocurrió, unos lo atribuyen a Visitante y otros lo niegan. Nuestro hermoso satélite continúa iluminándonos, las bombas no pudieron dañarlo —esta vez fue la voz de un administrador en algún lugar lejano.

Netz Blut se enderezó en el diván, cuando oyó estas palabras. Con rapidez bajó el volumen de los restantes canales. No pudo evitar sonreír, al darse cuenta que no todo estaba perdido, Visitante parecía inocente y eso le convenía mucho. Saltó para tomar un control remoto y marcó una clave. De inmediato apareció otro recuadro en la súper pantalla, mostrando la fotografía del ejecutivo de su organización con el cual quería comunicarse. Debieron ocurrir al menos quinientos cambios de fotografías, hasta que alguien contestó.

Era una joven, Netz no la reconoció, le molestó encontrar una mujer en la línea privada de uno de sus ejecutivos masculinos.

— ¿Quién es usted? —preguntó la extraña.

Netz recordó que su propia cara continuaba alterada por la máscara orgánica. Habló fingiendo desconcierto.

—Soy uno de los ejecutivos del señor Netz. ¿Qué está pasando? Acabo de salir de la cama y no consigo comunicación con nadie. Estoy de vacaciones en una montaña —cuando se abandonaba a los mecanismos bien aceitados de su mente, las ideas le fluían como agua cristalina y su voz de mando no aceptaba preguntas.

La mujer estaba llena de pánico.

—Quedé yo sola en la casa. Soy la hija mayor. Vi desaparecer a toda mi familia.

Molesto por la conversación, Netz marcó la clave para seguir la búsqueda. Después de un centenar de fotografías más, por fin alguien habló.

—Al fin —dijo un hombre mayor, despeinado y con la expresión de un loco—, quién eres y dónde estás. ¿Qué está pasando?

De nuevo trancó la comunicación. Entonces otra idea se le ocurrió y gruñó enfurecido.

—Soy el hombre más poderoso de civilización actual, llamaré a todos los jefes de estado en la Tierra y en Marte. Alguno tendrá que informarme —y tomó otro trago de licor. No sentía hambre ni sueño, y menos ahora, que estaba observando un panorama menos terrorífico para su persona.

Corrió a una sala de baño enorme, del tocador sacó una caja y con rapidez extrajo dos pequeños cables, finalizados en diminutas pinzas, con las cuales pellizcó sus mejillas y presionó un botón. La máscara orgánica murió en un instante, cayendo con un pop desagradable en el lavamanos. El sonido sobresaltó a Netz, pero se repuso.

Varias horas después continuaba esperando frente a la pantalla. Ningún jefe de estado contestó, entonces fue bajando el nivel de los cargos que llamaba en su agenda telefónica.

Al anochecer estaba desesperado, hasta que apareció una cara deformada por el cansancio. Leyó la identificación bajo la imagen y quedó decepcionado

Un miserable jefe de policía en esta misma ciudad, malditos ineptos, deberían tener suplentes para una situación así —pensó enfurecido, sin embargo mantuvo expresión de calma, decidido a conseguir información más sustanciosa que la obtenida en noticieros moribundos.

—Soy Netz Blut —dijo con autoridad y al policía se le oscureció cara.

Me conoce y está sorprendido, eso es bueno —pensó el magnate.

— ¿Dónde se encuentra señor Blut? —preguntó el oficial.

—A pocas cuadras de ustedes, estúpido. Necesito un informe exhaustivo. Hable.

Presintió que había cometido un error, pero necesitaba información a toda costa.

—Sabemos que usted estuvo en Visitante de manera ilegal —dijo el hombre desde la pantalla—, todos los ejércitos del mundo lo están buscando para interrogarlo. Ya tengo su ubicación, espérenos allí

El pánico de Netz se desbordó, con mano temblorosa intentó llegar al control remoto para cortar la comunicación, pero entonces ocurrió algo que casi lo hace perder el sentido.

Pop, fue el sonido que salió de la pantalla cuando ocurrió el fogonazo y el policía desapareció.

Netz Blut miró el reloj en la esquina de la pared.

—Han pasado veinticuatro horas. ¡Se está repitiendo! —gritó aterrorizado.

Corrió hasta la terraza y aunque no podía oír los pop-pop, fogonazos dispersos, en las ventanas de los edificios, le mostraban que los restantes seres humanos estaban desapareciendo.

Miró al cielo, allí estaba Visitante, rodeado de explosiones atómicas, y cambiando de color con rapidez, de la misma forma que veinticuatro horas atrás.

***

Siglo y medio después Netz Blut estaba en la terraza, unos segundos antes que comenzara el espectáculo.

Visitante comenzó su ostentación de colores, como todos los días durante unas siete horas estaría de fiesta. Desde hacía mucho tiempo Netz Blut no había podido descubrir un nuevo fogonazo en las ventanas de los edificios, tampoco establecer alguna conexión telefónica o televisiva. De manera infructuosa había probado con los miles de millones de números que existían en sus agendas interplanetarias, con la ayuda de su consola de control en la sala de teatro.

—Ni un solo estúpido, además de mí —dijo.

Gruñó con furia, se veía igual de joven que la noche cuando saltó al trono dorado, buscando vida eterna.

Levantó la cara al cielo, lleno de estrellas, y repitió el grito de todas las noches.

— ¡Quiero una explicación!

Fin

Muchísimas gracias a Joseín por este relato y por la ilustración, estamos esperando tu cuento para el Concurso entonces 😀

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