Nuestro amigo el escritor Venezolano Joseín Moros, regresa con una nueva historia, pero en esta ocasión no es para nuestro Desafío del Nexus, si no que Joseín ha escrito una historia aparte para nuestro concurso de relatos anual:

 

Cuerdas Maracas y Tambor

 

 

El conjunto musical “Cuerdas Maracas y Tambor” toca una pieza si los hombres pagan por adelantado. Esta fue otra noche con las mujeres sentadas frente a las mesas esperando la llegada de clientes.

Orejón tocaba el cuatro, Cigüeña las maracas y Gafo se defendía bien con la guitarra. El mayor del conjunto musical, Ratón, tenía entre sus piernas un tambor.

Gafo habló en voz baja.

—Allá no hay músicos, tienen una caja grande como así, se llama Rocola. Tiene cuadritos los aprietas y sale música y cantante.

—Quiero ver esa Cocola —dijo el viejo Ratón.

—Rocola, rocola, Ratón —fue Orejón, como siempre quien corrigió al tamborero.

 

 

Los cuatro músicos ascendían jadeantes. Por turnos cargaban dos cerdos, tres gallinas y un saco de papas. El sol pasaba entre las copas de los árboles y continuaba quemándolos.

— ¿Cuánto falta, Ratón?

—Dijo mi mujer que había que subir y subir hasta que pa’tras veas el río en el llano. Sigues otro poquito y allí está.

Al poco rato encontraron la choza descrita por la esposa de Ratón. Doce perros grandes, negros, erizados y furiosos los rodearon.

— ¡Apóstoles! chito, chito —la voz estridente había salido de la choza.

De la vivienda asomó un bulto peludo, a todos les pareció un puerco espín, un poco más alto que los perros y con una bata de diseño floreado, muy oscura por el tiempo sin lavar. Apareció descalza y la cara arrugada de la vieja tenía ojos verdes como la hierba reseca por el sol. La parte blanca estaba teñida de un color parecido, como si las pupilas hubieran soltado tinta. Miró a los cuatro hombres con disgusto y sus labios formaron un pico arrugado para hablar.

—Tienen que esperar hasta la noche. Dejen todo en el corral, las papas no, esas afuera.

Los músicos vieron al puerco espín vestido de flores retroceder hasta la oscuridad de la choza. Los perros no apartaban los ojos de ellos y de vez en cuando intercambiaban miradas, como si estuvieran a punto de reír a carcajadas de un chiste muy personal.

Llegó la noche y la luz de una hoguera iluminó el interior de la choza.

—Mariita dice que pasen —el grito salió por la puerta.

Aunque no distinguían a los perros, en la oscuridad oían sus uñas golpeando la tierra.

 

 

La fiebre de las rocolas” así la llamó el viejo Ratón.

En la puerta de los centros nocturnos donde todavía no habían llegado las máquinas se reunían los músicos, contando unos a otros su inútil lucha.

Una noche, al calor de una fogata cerca de un tugurio llamado La Clueca, un hombre joven, maraquero reconocido, había dicho:

“El problema no es la cocola, es la eletricidá. Los que nos buscaban pa’ fiesta ahora tienen radio y en las plazas ponen cornetas a to’volumen. No, no es la cocola, es la eletricidá. Po’ los cables viene la maldición, como hormiguitas venenosas, po’dentro de los alambres”

Ratón estuvo masticando esas palabras y luego en el apartado caserío Plátano Torcido, donde tenía el rancho, lo comentó con su mujer.

—Cuando niña había una epidemia de hormiguitas venenosas, se comían todo, picaban a todos. Mi abuela nos mandó a mí y a mi mamá a consultar con Mariita. —observó la señora.

— ¿Mariita existe?

—Vive lejos en la montaña Los Doce Perros. Vayan y que los vea.

 

 

Orejón, Cigüeña, Gafo y Ratón se agacharon para entrar por el agujero sin puerta.

<< Que lujoso >> —pensó Ratón y miró la olla sobre la hoguera en el centro de la única habitación.

Orejón, Cigüeña y Gafo trataban de no chocar con los objetos colgantes de las vigas de madera retorcida. Había ramas aromáticas, huesos oscuros, insectos y serpientes resecas, frascos amarrados con cuerdas poseían tapones de madera; vieron la mitad de una rata cortada desde la trompa hasta la cola.

<< Huele feo; carne podrida, cebolla y pimienta >> —Ratón intentó mirar dentro de la olla, estaba lejos y no pudo saber qué había dentro.

—Mariita quiere que se sienten ahí —dijo un bulto oscuro recostado sobre un cerro de ramas.

Los cuatro miraron a los lados y como piedras cayeron sentados sobre la paja y la tierra. Ninguno encontró a Mariita y llegaron a idéntica conclusión.

<< Ella es Mariita >>

—Mariita quiere que digan qué quieren. Mariita quiere que escupan en la olla y que le besen la mano —y la vieja estiró el corto bracito con gesto de reina imperial.

—Escupir en la olla y besar la mano, Gafo. No al revés —murmuró Ratón.

La mujer sacó un tabaco de entre las ramas y el humo les mostró que ya estaba encendido.

—Ahora Mariita quiere que digan qué quieren y quiere que hablen poco. Hablen.

Orejón fue el primero.

—Queremos trabajar, pero las rocolas no nos dejan.

Mariita lanzó una columna de humo como si fuera una locomotora.

Cigüeña continuó.

—Queremos que las rocolas se vayan.

Gafo pensó un momento y por fin habló sin mirar a Mariita.

—Que las rocolas no trabajen y nosotros sí.

Los tres miraron al viejo Ratón.

El viejo escupió las palabras como sí pretendiera meterlas en la olla.

—Por los cables de los postes vienen unas hormiguitas, ella hacen sonar a las cocolas. Yo quiero que no vengan las hormiguitas.

Con un par de chupadas el tabaco de la vieja se terminó. Estiró las piernitas, mostró los dedos de los pies, todos del mismo tamaño y los movió como si el viento los estuviera sacudiendo.

—Mariita sabe de hormigas, de bachacos, moscas, mosquitos y pulgas —la vieja perecía estar cantando una letanía.

Entonces gateó hasta la olla, sacó una cuchara de madera cubierta de una pasta hirviente y pasó su lengua por ella.

El canto de un gallo y los ladridos de perros la hicieron voltear hacia la entrada de la choza. Soltó la cuchara en la olla y gateó para mirar hacia afuera.

Entonces arrugó la frente y negó con la enorme cabeza.

—Ratón tendrá cosas que enderezar. Mariita sí sabe de hormigas. Solamente uno de su propia sangre y más allá de su séptima generación puede venir para hablar con Mariita otra vez, y con cielo azul.

<< ¿Más allá de mi séptima generación? Para ese momento hasta Mariita con todo y perros serán polvo >> —pensó Ratón y miró el cielo negro. Entonces vio la estrella roja creciendo.

 

 

En algún lugar del globo terráqueo un trasnochado astrónomo se frotó los ojos, estaba muy cansado de vigilar una luz brillante, la venía observando desde hacía largo rato.

— ¿Que será eso? Gira muy rápido alrededor de Mercurio.

Y su moderno telescopio falló.

 

 

A muchos kilómetros hacia el sur del caserío Plátano Torcido donde nació y murió Ratón el músico, en esa aislada montaña existió el convento Santos Iluminados, en un principio habitado por hombres. Desde unos ochocientos años atrás, o tal vez cuatrocientos, o mil cuatrocientos, nadie podía estar seguro, se convirtió en comunidad religiosa mixta. Los piadosos hombres y mujeres practican una religión que ellos mismos denominan Los Nuevos Creyentes No Equivocados, pero tienen un secreto, un gran secreto: esconden objetos extraños y un documento muy viejo.

Este día, cuando llegó la noche iluminada por la luna y el Ojo Rojo, celebraban otro aniversario del cambio de Santos Iluminados a Los Nuevos Creyentes No Equivocados. Unos aseguraban que eran seiscientos veintitrés años, otros novecientos veintitrés y la mayoría le estaba gustando decir ochocientos veintitrés. La cifra veintitrés nadie la puso en duda.

—Hermana Guanábana —nombres de vegetales eran adoptados por los religiosos—, el Hermano Aguacate cerró sus ojos para siempre, hoy debe usted cumplir con La Visita Cada Siete Días. También quedó ascendida a Transcriptor Nivel Doce, ahora tiene autoridad para entrar en todos los niveles de Torre Caraota.

Había sido un hombre delgado quien recitó las frases, quemado por el sol como la corteza de un tubérculo muy apreciado. Vestía ropa de tela burda, sandalias y capa de lana. Es el mejor arquero de la comunidad y uno de los feroces guardianes de Torre Caraota. Su nombre: Hermano Yuca.

El escenario alrededor de la pareja es la base interna de una enorme torre de piedra con aspecto de construcción milenaria; cinco o diez milenios no hace diferencia, es en verdad muy antigua, sólida como las piedras negras con las cuales está construida, brillantes y pulidas similares a la leguminosa de la cual tomó su nombre: Torre Caraota.

La Hermana Guanábana, de ojos negros y piel con el color de la parte interna de la fruta de donde tomó su nombre, movió la cara pálida y bella hacia el hermano Yuca. Tenía una bata de la misma tela y similares sandalias. En silencio avanzó entre las personas allí reunidas y comenzó a subir escalones de piedra. Detrás de ella fue el Hermano Yuca, en su mano una gruesa antorcha iluminó la espalda de la mujer.

Luego de ascender doce niveles la Hermana Guanábana tomó la antorcha y continuó sola. El Hermano Yuca rozó su mano durante la entrega de la tea y ella retrocedió al contacto.

¿Qué había en los doce niveles de la torre? Todos los saben: libros copiados por los religiosos y religiosas, una y otra vez, dibujando con precisión los incomprensibles símbolos, creando copias fieles de los textos y de los dibujos. ¿Por qué no los comprenden? Porque no saben leer, se decía que entre ellos algunos sí podían hacerlo, pero formaban parte de Los Hermanos Murciélago y nadie sabía quiénes de ellos lo eran, si es que en verdad existían.

La altura del nivel determinaba qué tan importante era el libro y el copista, entre más alto mejor dibujante. El Hermano Yuca podía entrar hasta el doce, pero no era buen copista según sus propias palabras. Desde su llegada, mal herido, adoptó la fe y se convirtió en hombre de confianza del anciano y ahora fallecido Hermano Aguacate.

Algunas veces llega hasta la torre un grupo de hombres armados de arcos y espadas rectas, como segmentos de acero que una vez pertenecieron a algún tipo de maquinaria desconocida. Siempre capitaneados por un oficial portador de una gran pistola automática en la cintura, impresionante pero sólo es una réplica de madera. Ninguno de estos militares ha oído alguna vez en su vida el sonido de un disparo y mucho menos ha visto un arma de fuego auténtica.

Luego de entregar valioso papel blanco, tinta, plumas, destrozados libros y documentos guardados en baúles de madera, estos soldados se llevan copias manuales que tampoco sabrían leer.

Hay una prohibición en todas partes: cualquiera que fabrique una plancha de madera o metal para imprimir libros será decapitado allá en la distante ciudad. La imprenta no es permitida por los caudillos de aquella metrópoli de la llanura, sólo les interesa: erotismo, astrología, fantasía militar y sus propias biografías. En sus residencias amuralladas tienen lectores que los distraen cada noche y se encargan de escribir sus cartas y documentos.

El hermano Yuca admiró a la mujer cuando iba subiendo al piso número trece, en su boca sintió el sabor de una fruta: la guanábana. Observó las formas moviéndose debajo de la bata, en este momento para nada le importó el misterio frente al cual ahora ella se encontraba. Él tampoco había entrado alguna vez al nivel trece. Yuca era un cazador y fugitivo, religioso por conveniencia, de su pasado ninguno de los todavía vivos sabía algo concreto.

 

 

La Hermana Guanábana cerró la puerta de madera. Con la antorcha encendió otra en la pared de piedra y miró la sala. Esperaba encontrarla llena de estanterías con libros tan extraños como los del nivel doce, de los cuales nunca se enviaba copia a los caudillos: Matemáticas, Astronomía, Medicina y cientos de palabras más de significado incomprensible para ella. Ahora las podía leer porque el Hermano Aguacate la inició en el misterio del abecedario y la aritmética y dijo: “Ya perteneces a la Hermandad de Los Murciélagos. Serás mi sucesora en la Protección del Nivel Trece, yo estoy muy cansado. Cuando me recupere te contaré para qué debes subir cada siete días, son tareas importantes, allí está nuestro secreto”

— ¿Y ese nombre, venerable Hermano? ¿Los Murciélagos?

—Porque vemos en la oscuridad aquello que los demás no logran penetrar con su mirada. Oímos nuestras voces para descubrir obstáculos en nuestro vuelo. Vivimos escondidos. Por eso volamos de noche y no chocamos con nada, ni con nadie.

Tal vez nunca podría aclarar esas palabras, su maestro murió y no sabía de otro miembro en la comunidad que supiera leer. Esa fue su conclusión porque ninguno de Los Murciélagos, si todavía quedaba alguno, se puso en contacto con ella.

La luz de la antorcha mostró además de una mesa de ocho puestos fuertes estantes llenos de los objetos más extraños nunca antes vistos por ella: lupas, anteojos, teléfonos negros, dinamos, llaves de radiotelegrafía, radios parecidos a pequeñas iglesias de madera, algunos con ampollas de vidrio al descubierto, bombillos eléctricos, rollos de cable con variado calibre, pinzas y tenazas de electricista y muchas herramientas más. Había también estanterías repletas de libros. Ella no lo sabía: sin excepción todos trataban de electricidad y artefactos eléctricos.

En el centro de la sala vio un objeto enorme.

<< ¿Qué debo ver en La Visita? Aquí veo platos negros, cada uno tiene un agujero en el centro. “Discos de Música Popular” No comprendo qué significa. Y allí está una jaula. ¿Para qué? >>

La mujer regresó por la antorcha y caminó hasta la jaula de metal. Era más alta que ella y la puerta tenía una cadena con un candado enorme. Fue la primera vez que vio un candado y no conocía su aplicación.

<< ¿Y ahora qué debo proteger? >>

La luz mostró detalles de la caja dentro de la jaula, era alta, le llegaba hasta el pecho, estaba construida con vidrio y metal. El óxido no pudo ocultar los antiguos y brillantes colores. A través del cristal, muy agrietado, vio más discos negros en el interior, rodeados por piezas metálicas con el aspecto de huesos de ave por su delicadeza y multitud de formas.

Otros objetos, más fáciles de identificar para ella le llamaron la atención. Estaban dentro de la jaula y sobre la caja.

<< Son papeles muy viejos, algunos casi polvo. Al lado hay más y parecen copias. Allí debe estar la explicación de mi tarea >>

La mujer dio vueltas alrededor de la jaula. Tomó asiento en una de las sillas de madera, estuvo pensando y se levantó.

El Hermano Yuca la vio asomarse por la puerta, desde la oscuridad de la escalera admiró su silueta a través de la tela.

—Hermano Yuca, lo necesito.

—Siempre lo supe, Hermana. No armemos un escándalo, seamos pacíficos —reía con cada palabra.

—No se haga ilusiones, Hermano. Es otro asunto —ella sonrió pero su cara de preocupación se mantuvo.

—Mi corazón se partió otra vez —y volvió a reír en voz alta mientras subía los escalones de piedra.

Con la habitación de nuevo cerrada el hombre miró los papeles, la mujer los señalaba metiendo los dedos en la jaula.

—No debemos romper nada y mucho menos esa máquina —y la observó con expresión inquisitiva.

— ¿Máquina? ¿Qué palabra es esa?

—Ya no viven. Están muertas. Sonaban y se movían solas como los animales. Esa era una máquina de música, no recuerdo el nombre, la gente la usaba para bailar. La vi en un libro y eso decía.

— ¡Yuca! ¿Tú sabes leer? ¿Quién te enseñó? ¿Eres un Murciélago? ¿El Hermano Aguacate sabía que sabes leer o él te enseñó?

Yuca la miró un momento, mostró las palmas de sus manos y bajó los ojos por cada curva del cuerpo de la mujer, riendo con diversión.

—No, no. No tengo que darte nada para que me contestes. No me digas nada entonces. Quiero leer esos papeles y necesito tu ayuda. Recuerda, tengo más rango que tú aquí en la torre.

Yuca miró a todas partes, sin parar de reír y con una de las dos antorchas en la mano se movió por la habitación, mientras tanto habló con frases cortas.

—Nací a más de cuatro mil kilómetros de aquí. Un kilómetro son mil pasos largos, imagina, son años de viaje, hay ríos enormes, los navegué sobre troncos de árboles y también hay montañas que atravesar…Aquí no está…De niño aprendí a leer y escribir. Toda mi familia fue asesinada, mis padres eran los reyes del castillo, mucho, mucho antes dicen que fue una Universidad, eran lugares para aprender cosas, sabes que es un rey y una reina…Aquí tampoco está…Nuestros libros fueron quemados. Mientras peleaba caí por un precipicio hasta una cascada, quedé herido. Sobreviví con dificultad mientras me alejé de la costa donde quedaba mi ciudad. Algún día verás el mar. Recuerda, hace diez años llegué a esta comarca, eras una niña y bastante fea…quien lo diría… ¿Dónde la habrán escondido?…Me atacaron unos bandoleros y de nuevo fui herido. El hermano Aguacate me salvó, al principio me creyó otro bandido…Ese viejo era inteligente…no la encuentro…Cuando me descubrió leyendo papeles que él había guardado en mi celda de enfermo, dijo: “debes guardar en secreto tus conocimientos, eres más sabio que yo, veo que lees varios idiomas, si te descubren los soldados te matarán, es más fácil gobernar gente ignorante”… ¡Aquí está!…viejo zorro.

De un nicho en la pared arrancó capas muy antiguas de cera derretida y en el fondo encontró una llave. Yuca utilizó un cuchillo de acero tan amenazador y bien afilado que la Hermana Guanábana soltó un quejido.

—Qué grande y grueso es —fueron sus palabras.

Él sonrió y dejó pasar la oportunidad de hacer otro chiste.

—Debe tener más de mil años, herencia de familia. ¿Sabes qué es esto? Su nombre es Llave.

La muchacha negó con la cabeza sin apartar la mirada del cuchillo mientras Yuca lo devolvió a la funda.

 

 

Un par de horas después Yuca y Guanábana continuaban sentados frente a la mesa. Habían apagado las antorchas y dos candelabros de madera tallada, con tres velones encendidos cada uno iluminaban los papeles.

Yuca trajo pluma, tinta y papel desde el nivel doce; con paciencia el hombre y la mujer copiaron los documentos. Una de las hojas resultó ser un mapa bastante confuso para Yuca, por fin en el dibujo reconoció un territorio, un lugar con las palabras Plátano Torcido, allí estaba representada una roca erguida con el aspecto de ese vegetal. “Una vez pasé por allí, ya no tiene ese nombre, ahora es Fortaleza Dura. La gente del poblado construyó una muralla de piedra hace siglos, un siglo son cien años, maté un jaguar enorme. No me dejaron entrar al poblado pero me compraron el animal con un par de asnos, una carreta, un caballo y un cargamento de verduras. Había matado mucho ganado y querían compensarme porque eliminé dos más, son gente honrada y guerrera pero no son confiados. Dejé un par de amigos, se interesaron en mi técnica para disparar flechas y querían saber cómo construí el arco. Cazamos juntos un par de meses, pero ya te dije, no me dejaron entrar”

Durante toda la tarea la Hermana Guanábana estuvo silenciosa, copiando despacio mientras Yuca escribía con soltura. Por fin terminaron.

—Tenemos que ir a Plátano Torcido, o Fortaleza Dura, como sea el nombre —murmuró la Hermana Guanábana.

— ¿Tenemos? ¿Tenemos?… ¿Y para qué? Es lejos, muy peligroso, mucho más para alguien acompañado de una mujer, y a ella la puedes considerar condenada a muerte. Los más cobardes se transforman en bestias para quitártela de las manos.

La Hermana Guanábana limpió un par de lágrimas de su cara y Yuca cedió.

— ¿Qué quieres hacer allí, Hermana?

—Quiero saber.

— ¿Saber qué?

—Saber qué pasó. Después de leer esto necesito saber. Desde que nací sólo conozco este lugar. Aquí en Torre Caraota he oído historias contadas en secreto y con miedo. Hablan de un mundo diferente. El Ojo Rojo apareció y todo cambió, aquí lo dice. Quiero saber la verdad, necesito saber la verdad.

Yuca quedó intrigado por tanta vehemencia. Entonces sus palabras salieron despacio, rompiendo un silencio de años.

—Yo sé que pasó. En mi castillo había sabios, vivían leyendo y tallando planchas de madera para imprimir libros, hacerlas de metal sin los recursos adecuados es imposible. Soldados invasores las usaron en hogueras para quemar a los sabios. Sí, yo sé qué pasó.

Ella lo miró con asombro.

— ¿Y qué pasó? ¿Hace cuánto tiempo?

—Nadie se pone de acuerdo: quinientos años, mil, cinco mil. Antes que apareciera el Ojo Rojo había en calles y carreteras varas de madera muy altas, sostenían cuerdas de metal, se llamaban Cables de Electricidad, son aquellos allí en los estantes, por ahí llegaba la vida para a las máquinas, como esa dentro de la jaula, ya recordé su nombre, es Rocola. Cuando los alambres llegaban hasta ella sonaba como unos músicos tocando y se oía la voz de los cantantes.

— ¿La voz? Eso no es posible, no lo creo. Música sí, pero no una voz, eso es brujería —la hermana Guanábana miró hacia los rincones y los señaló con el dedo índice y el meñique, para alejar El Mal de los Rincones Oscuros.

Yuca sonrió, él no creía en las fuerzas sombrías, los sabios de su castillo le habían enseñado a sólo creer en los libros de su biblioteca, y no siempre.

—Pues bien, Hermana, la electricidad desapareció del globo, todas las máquinas como estas de los estantes y otras más extrañas murieron.

— ¿Cual globo?

—La tierra, el mundo. Vivimos en un mundo redondo —Yuca se divertía viendo sus labios y ojos tan expresivos mientras oía sus palabras.

Guanábana soltó una carcajada musical y Yuca miró con interés el interior de su boca, iluminado por las velas.

—El mundo es redondo…el mundo es redondo…eso decía Semilla, el loco de la aldea. ¿No lo conociste, Yuca?, era muy cómico y decía que sabía leer pero lo olvidó por un golpe en la cabeza. El mundo es plano, Yuca, todos lo saben. No me veas así. ¿De verdad es redondo? El Hermano Aguacate nunca habló de esas cosas.

—No podía, Hermana. Vendrían a matarlos a todos como hicieron con mi familia. Es posible que a ese pobre hombre Semilla lo torturaron hasta enloquecerlo y de verdad olvidó muchas cosas.

La mujer miró a Yuca con nuevo interés.

—Si el Hermano Aguacate confió tanto en un desconocido recién llegado debe ser verdad lo que dices. Te dejó entrar a todos los niveles. Yo era niña pero te seguía, porque…porque…quería oír,…una vez ustedes hablaron con palabras extrañas, yo estaba escondida detrás de una puerta.

—El Hermano Aguacate deseaba aprender otro idioma y hablar de Astrología. Quedó sorprendido por lo referente a la Electricidad, no creyó en el mundo que le describí, sin embargo cuidaba mucho la Rocola, no me trajo hasta aquí, nunca imaginé esto: un museo de tecnología eléctrica. No me oigas, son palabras que te confunden por ahora.

—Yuca, yo también tengo un secreto —la mujer sorprendió al hombre cuando con sus dos manos atrapó una de las suyas; él sostuvo su mirada.

—En mi familia hay una historia vergonzosa: dicen que alguien, un hombre, fue quien trajo el Ojo Rojo y el mundo se acabó, entonces huyó a la montaña junto con tres cómplices y sus familias. Eso mismo está escrito en estos papeles, lo acabo de descubrir, pero ahora veo que no fue ese hombre, fue una mujer y no era de nuestra sangre. Mi familia durante generaciones trajo libros y cosas extrañas para esconderlas en la torre, eso me contó desde niña, y es verdad, estoy comprobando las leyendas de mis abuelos.

Por ese derrotero la conversación siguió hasta el amanecer. Yuca trajo un desayuno desde la despensa de los guardias en la planta baja y finalizaron los acuerdos a los cuales habían llegado. Ella tenía cara de miedo y él había dejado de reír. Sin embargo sellaron el pacto entrelazando las manos y juntando sus frentes con los ojos abiertos, mirando lo profundo de sus ojos.

—Muy bien, Hermana; tenemos un juramento sagrado. Me voy a la selva como si fuera de cacería. En doce días nos vemos a la orilla del río, al amanecer. No olvide lo más importante: nada de ropa de mujer.

Dejaron la habitación tal como la encontraron y susurrando la letanía ritual bajaron las escaleras de Torre Caraota.

Ella y él tomaron diferente dirección en la calle empedrada.

A media cuadra la muchacha volteó para mirarlo un segundo y se encontró con sus ojos. No sonrieron, ambos retomaron el camino.

 

 

La hermana Guanábana lavaba un trozo de tela; en una bolsa de cuero ocultaba ropa y sandalias fuertes. Debajo de la bata larga una indumentaria diferente estaba cubierta de miradas curiosas.

La piragua llegó en silencio, no la vio sino cuando estuvo a pocos metros. El conductor tenía un ancho sombrero de paja, desde lejos no habría sido posible identificarlo.

Guanábana saltó a la piragua y se escondió debajo de una lona. El río ancho y silencioso los arrastró.

 

 

Las aguas arcillosas, lentas y pesadas, transportaron la piragua corriente abajo durante kilómetros. Luego de una curva pronunciada el Hermano Yuca dirigió la embarcación hacia una de las innumerables islas de piedra. De las grietas salían árboles enormes, allí se refugiaron.

—Listo. Un corte de pelo perfecto, ahora la barba —la risa de Yuca no le gustó a la muchacha.

—Sin cabello y con la cara manchada de carbón debo verme horrible y esta ropa no me gusta como huele.

—Es eso o morir en el primer encuentro con bandidos, cazadores o soldados.

—Quiero verme en el reflejo de tu cuchillo, ¿Bloc?

—Sí, no lo olvides. ¿Y el tuyo?

—Car. ¿De dónde los sacaste?

—Son comunes entre fugitivos y nadie tiene apellido. No te bañes más, ellos no lo hacen. Y nunca hables, eres Car el mudo. Silencio, comenzamos, tenemos un juramento y sabes cuál es la penitencia por cada palabra. Entonces casi sonrió.

 

 

Luego de días de navegación ocultaron la piragua entre manglares. De allí en adelante dormían subiendo a los árboles, atados a la bifurcación de alguna gruesa rama. Comían carne y frutos secos, bebían agua de un pellejo, lo llenaban en arroyos cada vez más difíciles de encontrar. La pareja pretendía hacer un rodeo a través de terreno muy hostil para evitar encuentros peligrosos.

Esa mañana Yuca regresó de explorar, así había dicho cuando partió dos noches atrás. La muchacha disfrazada de hombre permaneció en lo alto de un árbol bajo un inesperado aguacero. Durante esas noches el terror y el frío fueron sus compañeros.

—Quienes nos siguen creen que somos cazadores, el arco, las flechas, mi cuero cabelludo y los cuchillos son tesoros, además te suponen un jovencito y también te quieren. No los viste, fue hace dos días, por eso aceleramos y los empujones que te di. Dos exploradores nos vieron hablar por señas, sólo oyeron mi voz, eso nos salvó, no enloquecieron por atrapar una muchacha y se prepararon para sorprendernos en algún abrevadero.

La Hermana Guanábana estaba sucia en extremo, se paró frente a Yuca y con cara de pánico señaló hacia atrás de él.

—Sí. Los exploradores estaban armados, llevaban poca agua, por eso los dejamos atrás desde el primer día y me arriesgué a caminar contigo en la oscuridad, esperaban el siguiente riachuelo para emboscarnos. Maté al más grande, interrogué al otro y también lo dejé frío. Te dije que iba a explorar para no asustarte más, estoy orgulloso de ti, Car, cumpliste mi orden de no moverte del árbol.

Yuca dejó caer dos hediondas bolsas de cuero y las abrió. Tenían tres cuchillos filosos fabricados con trozos de chatarra metálica, frutos y carne seca, un pellejo vacío para el agua y dos pares de sandalias manchadas de sangre pero todavía útiles. Al final sacó cuatro cabelleras de mujer con toda probabilidad, por los adornos de piedras y semillas coloridas. Guanábana retrocedió con las manos en la boca.

—Son veinte o treinta hombres, los espié después que visité los exploradores. Ya los perdimos, sin los exploradores preferirán regresar porque comenzó la lluvia. Tenemos un nuevo peligro: los torrentes en la selva. Ahora puedes bañarte cuantas veces quieras. Yo no miraré, a menos que hables aunque sólo sea una palabra. Recuerda nuestro juramento.

 

 

Dos meses después, recién bañados y con la muda de ropa limpia, Yuca y Guanábana miraban desde la selva hacia las murallas de Fortaleza Dura.

—Allí estuvo Plátano Torcido. No hables todavía, Car, siempre puede haber gente oyendo —murmuró Yuca en el oído de la Hermana.

Yuca recorrió terreno descubierto hasta las puertas de la muralla. La Hermana Guanábana permaneció escondida y miró con terror a su alrededor.

De lo alto de la pared surgió una voz.

—No queremos visitas.

—Soy El Jaguar —dijo Yuca en voz no muy alta—, me acompaña un descendiente directo de Ratón, trae noticias de los antepasados.

Hubo ruido, voces y carreras, hasta que un hombre se asomó.

—Jaguar, soy Pasotenue. ¿Dónde estabas estos años?

—Viví en Torre Caraota, allí me llaman Yuca.

Por una estrecha ranura en la piedra se descolgaron un hombre viejo y una mujer joven. Ambos armados con cuchillos.

—Dile a tu amigo que venga.

Yuca levantó ambos brazos y los movió como un ave en vuelo. Un segundo después apareció Guanábana; con paso decidido caminó por la explanada.

—Eso no es un hombre, es una muchacha —dijo la mujer a la espalda de Yuca.

—Tuve que disfrazarla. Nos persiguieron más de veinte bandoleros, dos de sus exploradores tenían cuatro cabelleras de mujer con los adornos que usan las muchachas de Torre Dura. Les dimos sepultura con honores como si fuera el cuerpo completo, lo siento mucho, mi corazón llora por ellas.

— ¿Y los bandidos? —preguntó el viejo Pasotenue, con la cara congestionada.

—Los dos exploradores están en el estómago de los jaguares, tomé sus cabelleras para entregarlas a tus sacerdotisas, podrán tomar venganza contra los espíritus de los malvados—Yuca habló con verdadero sentimiento, aunque no creía en espíritus.

La pareja miró a Yuca con agradecimiento y admiración: traer una mujer desde tanta distancia era un acto de locos.

La Hermana Guanábana llegó hasta ellos, la barba simulada con carbón hizo reír al viejo.

— ¿Cómo te llamas, muchacha?

La Hermana Guanábana miró al Hermano Yuca y él habló para todos.

—Puedes hablar y decir tu verdadero nombre, Hermana. No le permití hablar durante el viaje, ya saben por qué.

Ella carraspeó para probar la voz.

—Soy la Hermana Guanábana, Protectora del Nivel Trece en la Torre Caraota. Tengo copia de la carta escrita por descendientes de Ratón, perseguidos porque les consideraban culpables de la desaparición de la Electricidad, de la llegada del Ojo Rojo y del fin del mundo antiguo. Quiero ir a la montaña de Los Doce Perros y hablar con Mariita.

La pareja quedó con la boca abierta. Esta muchacha habló de sus secretos como sí todo el mundo los supiera.

—Vamos adentro —murmuró la mujer—, también somos descendientes del abuelo Ratón. No debemos hablar a cielo abierto, el Ojo Rojo nos mira.

 

 

La fila de gente portaba hondas, cuchillos, picas de madera, arcos y flechas con punta de cobre. Luego de un largo viaje llegaron hasta donde mucho tiempo atrás Ratón, Orejón, Cigüeña y Gafo, los miembros del cuarteto “Cuerdas Maracas y Tambor”, dejaron sus caballos en manos de un campesino. El lugar cambió, no tenía habitantes ni rastros de alguna construcción, sólo había selva cortada por una trocha creada por el paso de animales salvajes. Nadie poseía cabalgadura, los soldados confiscaban cualquier caballo.

—Llegó el momento de limpiar el prestigio de la familia —dijo en voz baja el viejo Pasotenue, como si hablara en el interior de un templo.

Yuca estaba cada vez más sorprendido, la población de Fortaleza Dura sufría en silencio por la acusación de ser quienes trajeron el mal al mundo y por ello los familiares más cercanos de Ratón fueron arrojados de Plátano Torcido en un pasado nebuloso. Ahora uno de ellos regresó para devolver el prestigio perdido. Su viejo amigo Pasotenue resultó ser un orador especializado en el tema y su hija Piedrasegura, una férrea líder de la comunidad. Además todos creían en alguien llamado Mariita, quien nunca muere, capaz de conceder deseos y cambiar la vida de todos.

<< Están locos. ¿Qué estará pasando en el resto del mundo? ¿También será así? >>

Después del mediodía, cuando miraron hacia atrás como decía el escrito de los nietos de Ratón, vieron “el río allá abajo en la llanura” Cada uno llevaba un pollo, un cerdo o un saco de papas, al igual que los ancestrales Ratón y sus amigos el día de la aparición del Ojo Rojo.

—Todavía el cielo es casi azul, vamos bien. En cualquier momento aparecerán los doce perros negros —dijo Pasotenue, con la autoridad de un profeta.

Pero los Apóstoles no aparecieron, ahora todos sabían que Mariita los llamaba con ese nombre.

Cuando llegaron hasta la choza todavía en sus mentes flotaba una imagen idealizada de la descripción leída por la Hermana Guanábana, los quejidos decepcionados fueron acallados de un golpe por los gruñidos de doce perros viejos y medio ciegos echados cerca del agujero entrada de la vivienda.

<< Al menos el número coincide, hay muy poco de colmillos, tendrán que tomar sopa de pollo >> la sonrisa de Yuca fue percibida por alguien en la choza.

—Tú, el que también se llama Fenak, Mariita no quiere que hables.

La mano derecha de Yuca se movió con lentitud hacia al mango del enorme cuchillo en la cintura.

<< ¿Alguien me reconoció? >>

La Hermana Guanábana, de nuevo vestida de mujer, se adelantó hacia la choza, todavía el sol proyectaba luz casi horizontal sobre el techo y emergiendo de las montañas el Ojo Rojo brilló entre la niebla.

—Muchacha, Mariita no quiere que entren. Es mucha gente y van a desordenar la casa.

De repente oyeron gruñidos y voltearon hacia los doce perros, ellos se habían amontonado a la entrada del sendero. La mitad todavía conservaba la forma anterior y estaban erguidos en dos patas, el resto terminó de convertirse en grotescos hombres y mujeres desnudos. Al final quedaron velludos, de músculos caídos, cola nudosa, uñas largas, mandíbulas fuertes y colmillos retorcidos. Unos entraron a la choza y al regresar clavaron antorchas en semicírculo para iluminar el claro, luego armaron una hoguera. Otros sacaron la olla, sosteniéndola con sus manos correosas insensibles al calor. Mientras tanto ninguno de los visitantes habló o se movió, la curiosidad todavía era más fuerte que el miedo.

Yuca miraba los peludos seres, evaluando su poder.

<< Son más fuertes que cualquiera de nosotros >>

Cuando la luz del sol desapareció las antorchas brillaron. Los monstruos perrunos fueron a sentarse en la oscuridad a la entrada del sendero, cortando la retirada.

Entonces salió Mariita. La gente recordó el párrafo del documento secreto que había traído desde Torre Caraota la Hermana Guanábana.

“Salió un bulto peludo, parecía un puerco espín más alto que los perros y con una bata de diseño floreado, muy oscura por el tiempo sin lavar. Estaba descalza y la cara arrugada tenía ojos verdes como la hierba reseca por el sol; la parte blanca teñida de un color parecido, como si las pupilas hubieran soltado tinta”

Todos se pusieron de rodillas, menos el Hermano Yuca y la Hermana Guanábana. Pasotenue y su hija Piedrasegura levantaron las caras para mirarlos, titubearon un segundo y se pusieron de pie. Unas cuantas personas los imitaron, otras permanecieron de rodillas.

Mariita cayó sobre un montón de ramas, los Apóstoles habían lanzado muchas cerca de la olla hirviente. Si Ratón hubiera estado allí habría pensado: “no se peinó desde la última visita”

La pequeña mujer paseó los ojos sobre la gente de pie y con disgusto sus labios formaron un pico arrugado.

—Mariita dijo a Ratón: Ratón tiene cosas que enderezar. Solamente uno más allá de su séptima generación puede venir para hablar con Mariita otra vez y con cielo azul. Mariita no dijo: después de setenta generaciones que venga toda la familia.

Entonces la vieja metió una mano entre las ramas y apareció un tabaco encendido.

La mayoría tuvo el mismo pensamiento.

<< Está escrito >>

<< Esta mujer pudo haber leído una copia de la carta. ¿Sabrá leer? —fue la idea de Yuca.

—Mariita sí sabe de documentos antiguos, Mariita sí sabe leer y escribir. Mariita sí sabe de números. Mariita quiere que digan su nombre. Mariita quiere que escupan en la olla y quiere que le besen la mano —y la vieja estiró el corto bracito con gesto de reina imperial.

Algunos tropezaron por ser los primeros, Yuca y Guanábana no se movieron y Mariita los miró arrugando mucho más la boca, incluso la torció casi hasta la oreja izquierda oculta bajo la pelambre.

—Mariita quiere saber por qué la muchacha no le besa la mano.

La Hermana Guanábana se irguió.

—Porque no quiero sellar un pacto que todavía no conozco.

Yuca controló su cara y no sonrió.

—Mariita sabe por qué el hombre no quiere besar su mano. En su familia a todos les besaban la mano cada día.

El puño de Yuca se mantuvo inmóvil, aunque apretó más el mango del cuchillo gigante. Con desprecio Mariita observó el arma.

—Mariita nunca muere.

—Quiero decir mi petición—interrumpió la Hermana Guanábana.

La luz del Ojo Rojo aumentó como una hoguera y unos pocos sintieron un leve temblor en la tierra.

—Mariita puede oír todo, hasta los pensamientos. Mariita no quiere gritos. Dile a Mariita tu deseo, Ciezul.

La muchacha palideció, Mariita la había llamado como su padre hizo cuando fue muy niña. Nunca delante de extraños, se le ocurrió el apodo al oírle pronunciar esas palabras para decir “cielo azul”

Otro suave temblor de tierra ocurrió, de nuevo casi nadie pudo percibirlo.

Mariita enderezó la espalda, a saltos los desnudos seres tomaron posición al lado de la pequeña mujer y mostraron sus colmillos ahora sanos y brillantes.

—Quiero que vuelva la electricidad —esta vez la Hermana murmuró sus palabras.

El temblor de la tierra se repitió.

— ¿La electricidad? ¿Quieres que las hormiguitas otra vez caminen por los cables? ¿Para qué? Mariita sabe que no hay cables en las calles ni palos en las carreteras. Mariita no ve máquinas esperando para moverse. No hay nada. Mariita quiere saber ¿para qué quieres las hormiguitas que tu abuelo Ratón no quería?

Yuca dio medio pasó lateral hacia la Hermana Guanábana y sacó la mitad de su cuchillo.

—Exige, Hermana —Yuca estaba dispuesto a que la muchacha cumpliera su meta, aunque le parecía cosa de locos.

La hija de Pasotenue, Piedrasegura, imitó el movimiento de Yuca y su padre la siguió. Quienes todavía estaban arrodillados se levantaron. La mirada de los engendros desnudos saltaba de Yuca a los demás.

—Mariita, te lo pido por favor, devuélvenos la electricidad —imploró la Hermana Guanábana, sus palabras sonaron tenues pero firmes.

—Mariita quiere saber qué harás si ella no quiere soltar las hormiguitas de los cables.

Por sorpresa la Hermana Guanábana dio tres pasos hasta la hoguera con la olla hirviente.

Los sacudones del terreno volvieron.

— ¡Voltearé la olla! —levantó el pie derecho y empujó la pesada vasija metálica.

— ¡No! ¡No! —la pequeña mujer quedó de pie.

La Hermana continuó empujando la olla, su sandalia despidió humo.

— ¡Miren al cielo! —gritó Mariita con voz estridente.

La tierra volvió a sacudirse y esta vez muchos gritaron.

Los engendros metieron la cola entre las piernas y retrocedieron. La olla se bamboleó con violencia y la Hermana Guanábana acomodó la pisada para utilizar la parte de suela que aún no se había quemado. La olla se desequilibró bastante y algo de la sopa hirviente salpicó el fuego, ya su caída era segura.

Yuca sintió los estremecimientos, miró al cielo una fracción de segundo y actuó bajo una súbita inspiración de cazador en peligro: no debían atacar esa desconocida fiera, debían dejarla ir.

— ¡No, Hermana! —su grito fue una orden.

Yuca saltó hacia la hoguera y tomó un leño para hacer palanca debajo de la olla.

La Hermana quedó desconcertada. Yuca luchó para devolver la olla a su posición.

Entonces la tierra tembló aún más fuerte, la muchacha cayó sentada miró al cielo y gritó.

Con movimientos muy rápidos Yuca reforzó los leños alrededor de la olla hasta verla estable y saltó al lado de la Hermana para revisar su pie. La quemadura dejó ampollas enormes. Los engendros gimieron y Marrita miró la gente con expresión dolida.

— ¿Se fue el Ojo Rojo? Lo vi cayendo sobre nosotros —murmuró la Hermana Guanábana.

La voz de Mariita se impuso.

—Váyanse, todos. Mariita no quiere verlos más. Ahora volverán las armas horribles y las guerras serán infernales, ustedes lo pidieron. Ustedes no saben lo que quieren. Váyanse. Váyanse.

 

 

El descenso fue bajo un cielo diferente al que todos conocieron desde su infancia. La tonalidad roja había desaparecido, sólo la luna entre las nubes teñía de azul el angosto sendero y una lluvia intermitente los fue mojando durante el trayecto. La Hermana Guanábana viajaba en una silla fabricada con palos de lanzas, sostenida por cuatro hombres. En la retaguardia Yuca y Pasotenue, con sus cuchillos en la mano, oían los gruñidos de los engendros.

Cuando amaneció algunos continuaban buscando el Ojo Rojo y Yuca seguía tratando de comprender su propia reacción.

<< ¿La muerte del Ojo Rojo habría arrollado nuestro planeta si la olla se hubiese volteado? ¿Por qué se me ocurrió una idea tan desquiciada? >>

Y la lluvia aumentó.

 

 

El objeto volador no identificado había permanecido mucho tiempo girando alrededor de Mercurio. La fuerte radiación electromagnética de tan pequeño cuerpo, un poco mayor que nuestra luna, creó tormentas solares de magnitud nunca antes vista por la humanidad. En los planetas ocurrieron catástrofes atmosféricas y la interferencia provocó inestabilidad en fenómenos físicos de toda naturaleza. En el pasado, los pocos científicos que obtuvieron alguna información no pudieron intercambiarla con sus colegas más allá de dos o tres días a caballo y la generación de electricidad se tornó imposible por las súbitas reacciones, generadores eléctricos y transformadores de alto voltaje estallaron similares a bombas atómicas sin contaminación radioactiva. El brusco salto a la edad de bronce terminó por borrar mejores datos que los obtenidos con pequeños artefactos ópticos.

Después de haber resuelto el difícil y sorprendente problema técnico las inteligencias tripulantes continuaron el viaje. La parada los retardó sólo un poco, para ellos la unidad de tiempo era como edades geológicas de la Tierra de cuyos habitantes no se percataron, como un enorme elefante haciendo la siesta encima de un minúsculo hormiguero.

En el último instante sufrieron otro imprevisto, estuvieron a punto de succionar los tres primeros planetas del sol y explotar en conjunto como una nueva estrella. Por fortuna el navío, como una olla tambaleante, recupero su equilibrio y dio el gran salto con el mínimo de trastorno.

 

 

Fuera de Torre Caraota el aguacero torrencial continuaba sin interrupción. La Hermana Guanábana leía en una cama, la habían transportado hasta el nivel trece. La piel de su pie lucía sana y brillante, aun así Yuca le prescribió más descanso. Ella eligió dormir allí durante el reposo, ahora estudiaba con avidez libros de electricidad, Yuca la ayudaba con los diccionarios para ambos comprender cómo las hormiguitas dentro de los cables daban vida a las máquinas.

Al anochecer de repente la muchacha cerró el libro y lo dejó en la mesa.

—Tengo un secreto, Hermano Yuca.

El hombre se sobresaltó, había recordado la última vez cuando ella pronunció palabras similares y se aproximó a la cama.

—Le oigo, Hermana.

—Las dos noches cuando me dejaste sola en la selva rompí mi juramento de no hablar, tenía miedo pero no es suficiente excusa. Fueron muchas, Yuca, muchas palabras y a todo grito.

Yuca quedó desconcertado y su cara lo mostró a la luz de las velas, la sonrisa en la cara de la muchacha no concordaba con su confesión.

—No sé qué decir, hermana. No creo que…

—Yuca, no te lo confesé para que hables. O es que no quieres comprender.

Y continuó lloviendo toda la noche.

 

 

Veintitrés años no es mucho, a la pareja le pareció demasiado hasta que por fin recibieron respuesta.

La bella adolescente Mango, hija mayor de Yuca y Guanábana, se especializó como radiotelegrafista desde muy niña. A media noche lanzó un grito de alegría, la antena instalada en la parte superior de Torre Caraota estaba recibiendo un largo mensaje. El oxidado timbre repicaba con cada impulso. Todos lloraban de emoción, sabían sólo por el ritmo que no venía de Fortaleza Dura. Mango copiaba en un papel y al mismo tiempo lo hacia su madre Guanábana con una fina aguja sobre una placa de arcilla húmeda.

Los dos poblados, Torre Caraota y Fortaleza Dura tenían casi diez años en contacto inalámbrico, las pilas eléctricas mejoraron mucho desde cuando fabricaron las primeras y los relevadores armados con la chatarra almacenada funcionaban a satisfacción.

Para las dos poblaciones fue vital convertirse en aliados. Inundaciones y epidemias hicieron desaparecer ciudades antaño hogares de caudillos y la ampliada anchura de los ríos aisló ambos pueblos montañeses de los ubicados en la llanura. Además las nuevas y terribles circunstancias atmosféricas incrementaron la existencia de saqueadores, por lo tanto la comunicación instantánea fue una bendición.

En la madrugada la joven Mango leyó la primera respuesta a sus gritos electromagnéticos al mundo —una vez por hora transmitía desde la tarde hasta la media noche—, y la espera había sido tan larga que la confianza de todos estaba casi extinguida.

“Transmitimos desde otro lado del mar. Tenemos gente que habla su idioma. Ustedes son octavo contacto mundial. No damos ubicación por seguridad, hay gente supersticiosa destruyendo aparatos eléctricos y libros. Urgimos intercambiar datos fabricación equipos comunicación para mejorar. En veinticuatro horas estaremos preparados para recibir su respuesta, pilas eléctricas perdiendo carga. Libertad, Igualdad, Fraternidad”

Yuca, con la mirada nublada de llanto, comenzó a escribir la respuesta, a su lado Guanábana le dictaba sugerencias.

Los dos hijos menores miraban con atención, cada uno, día a día, copiaba un diccionario técnico cuando regresaban de cacería con los mayores.

La Hermana Guanábana se levantó para mirar la Rocola, Yuca también lo hizo.

—El abuelo Ratón quedará complacido cuando las rocolas vuelvan a cantar —dijo ella.

—Sí, lo creo —murmuró Yuca y miró a su alrededor.

 

Fin

Artículos Relacionadas:

Comparte este artículo con tus amigos