Retorna al Desafío del Nexus nuestro amigo Ermanno Fiorucci con una curiosa historia en tres partes:

Caída y Mesa Limpia

Aquella tarde, mientras atravesaba el parque para ir a la casa, Roberto Campos se sintió feliz y a la vez desagradado por no haberse llevado a Kaiser. Hasta tanto tuviese a Kaiser encerrado en casa, el perro estaba seguro y el apartamento también. La pérdida del dinero que Roberto tenía en el bolsillo, hubiese dicho Lucía, era una cosa insignificante. Además Campos jamás se sentía a gusto en compañía del perro.

Kaiser se movía con gracia aterciopelada, apenas toleraba la mano de Campos en la correa, y él prefería tener que hacerle frente a delincuentes y a vagabundos o a cualquier otra especie de peligros, que quedarse ahí observado por la mirada fija de esos ojos amarillos del perro. Ese aire de fuerza comprimida del doberman, los dientes blanquísimos y los músculos parecidos a resortes de acero estirados debajo del pelo brillante siempre lo habían puesto incómodo y nervioso.

Cuando él hablaba con Lucía, Kaiser lo miraba girando la cabeza de un lado al otro y más de una vez Campos había arrastrado a la mujer a la cocina para tener la posibilidad de tener un mundo solo para ellos, porque no lograba diluir el convencimiento que el perro entendía todo y desaprobaba todo aquello que él decía. Sin embargo si Kaiser hubiese estado presente, Campos tendría todavía su cartera, ningún delincuente se atrevería a agredirlo y, seguramente, su integridad física estaría todavía intacta. Por el contrario Campos disfrutaría el placer de observar a Kaiser destrozar la garganta de los malvivientes antes de que estos tuviesen el tiempo de gritar o pedir auxilio.

Había dejado a Kaiser en casa porque Lucía le había dicho que las PPCC (Patrullas de Protección Contra la Contaminación) habían ampliado el radio de búsqueda, y que había vigilantes civiles, escondidos detrás de cualquier matorral, con redes y armas automáticas.

Al dejar el apartamento tuvo la idea de descuidar a Kaiser para perderlo, así él y Lucía lograrían al fin alcanzar el placer de la intimidad. Pero ella le dijo con sequedad:

Considerando las circunstancias tú no sales con Kaiser — y el perro había enseñado una hilera de dientes en una especie de mueca.

Para decir la verdad Kaiser era el perro de Lucía. Lo había llevado a casa después de haber sido asaltada en el ascensor cuatro veces en una semana. Campos al regresar del trabajo, se encontró a la mujer en la sala acompañada por un cachorrito de piernas delgadas que no se agitaba y tampoco caminaba de manera torpe expresando felicidad como hacen todos los cachorros. En cambio el animal había levantado la cabeza, como hacen los caballos de carrera, observándole con una mirada impenetrable.

¿Qué es eso? — había preguntado

Mi protección. — Lucía sentada en el piso al lado del perro le había mirado a través de una cascada de cabellos negros brillantísimos. — ¿No es adorable?

La cabeza del perro tenía forma de diamante, como la de una serpiente. Campos después de mirarlo atentamente le había preguntado.

¿Cómo se llama?

Lucía, que para Campos había siempre usado el término afectuoso de Cuchi, disculpándose cariñosamente por no tener a mano ningún nombre más viril, había anunciado:

Kaiser. Es un nombre bellísimo. Lo llamaremos Kaiser

Ahora presumo — acotó Roberto — descartarás la posibilidad de tener un bebé.

Por ahora. — Había inclinado la cabeza insinuante, casi con gracia perruna. — Después de todo él también necesita ser criado.

De manera que el perro había sido de Lucía desde el inicio, y espiaba atentamente cada movimiento de Campos, estirándose hacia adelante todas las veces en las que Roberto se acercaba para abrazar a su esposa y rugiendo con rabia cada vez que él levantaba el tono de voz. Más de un vez, Roberto Campos, también llamado Cuchi, se había despertado sobresaltado con la sensación de sentirlo respirar en algún rincón de la habitación y no lograba jamás abrazar a su mujer en la cama sin pensar en el perro. Aunque Kaiser estuviese encerrado en la cocina, Campos no lograba quitarse la idea de que el perro estuviese siempre sentado en la toilette pronto a saltarle encima al primer movimiento en falso.

A pesar de que Kaiser le había salvado en diversos atracos y, quizás, también le había salvado la vida cuando atacó al ladrón que estaba, en aquella ocasión, escondido en el área de los ascensores.

Campos siempre miraba a Kaiser con desconfianza, como también había mirado a los vigilantes civiles entrar en acción. Y había compartido la contrariedad de Lucía cuando el alcalde había elegido el espectáculo musical del domingo para anunciar la creación de aquello que él había llamado eufemísticamente Patrulla de Protección Contra la Contaminación (PPCC).

¡Es un asesinato! — Había exclamado Lucía. — Es como en los campos de concentración.

Los perros se han convertido en los dueños de las aceras, Lucía. Caminamos cubiertos de excrementos hasta las rodillas. Muerden ferozmente a los niños que caminan por la calle. Presumo que se hacía necesario tomar medidas históricas.

Quizás históricas, pero no histéricas. Las madres deberían cuidar más a sus respectivos hijos.

Creo que ya sea demasiado tarde — trató de concluir Campos. —La situación se nos fue de las manos.

Y fue así que aquella tarde regresando al hogar a través del parque escuchó lejanos disparos y gritos de dolor, voces furiosas y gritos de rabia, y más cerca un gemido que destacaba en medio de todos los demás sonidos, para expresar un dolor inmenso. Al girar la última curva, Campos alcanzó el origen de aquellos sonidos. Una vieja señora con la nariz mirando el cielo y la garganta hinchada de tanto llanto, delante del cadáver de un pequeño pequinés.

Nunca ladraba — se lamentó cuando él trató de calmarla — y nunca mordió a nadie. Ensuciaba muy poco… por lo menos sin que se notara, yo estaba siempre muy atenta y recogía con mi pequeña palita, llevando la heces a casa para tirarlas en la toilette y ahora ¡ay, ay, ay! — dijo y continuó con sus quejidos inarticulados.

Estoy seguro que significaba mucho para usted, señora. — Trató de consolarla Campos quien hubiese hecho cualquier cosa para calmar esos lamentos. — Podría hacerlo embalsamar.

¡Embalsamar! — Aulló la señora, — ¡EMBALSAMAR!

Campos se alejó de ahí casi corriendo. La mujer giró hacia el con muy malas intenciones y si no se hubiese alejado de inmediato la mujer lo hubiera despedazado.

Más adelante en la calle otro adolorido dueño de perro estaba tratado de salvar su vida. La PPCC había eliminado a su mascota y una manada de perros salvajes se había lanzado sobre su cadáver. En ese momento, después de haber destazado al animal estaban a punto de atacar todavía sedientos de sangre, al hombre. Campos miró a su alrededor en busca de algún palo o piedra, en fin algo que pudiese servirle como arma de defensa, pero no vio nada.

¡Póngase a salvo! — le gritó el hombre en el preciso momento en el cual desaparecía entre la vorágine de fauces y pezuñas. Campos miró rápidamente a su alrededor buscando la PPCC con la esperanza que quizás pudiesen hacer algo. Pero probablemente los hombres de la Patrulla habían ido a encerrarse en la camioneta amarilla una vez cumplido con su deber. Después de todo era mucho más seguro cazar perros amarrados y conducidos por sus dueños que gastar energías y aliento persiguiendo perros salvajes que solían esconderse en el parque. Era mucho más fácil acatar la ley al pie de la letra cayéndole encima a un chihuahua o a un cocker spaniel que caminaba pacíficamente, sujeto a la correa por su amo.

La mayoría de los propietarios de perros, tenían en la actualidad las mascotas en sus casas, y otros los sacaban a pasear en la oscuridad de la noche con la esperanza de eludir las patrullas que salían a recorrer y vigilar las calles durante las veinticuatro horas del día. Cuando las Patrullas le caían encima a la presa y cumplían con su deber, los propietarios de los perros se quedaban tristes mirando los collares vacíos y el correaje inútil diciendo con dolor profundo:

No hacía otra cosa que ladrar y ladrar, así que me vi obligado a sacarlo a pasear.

Aquellos, cuyo carácter era más sólido, habían ya liberado a sus perros esperando que sus pobres animalitos pudiesen sobrevivir en el parque y, eventualmente, al salir de noche a pasear, correr con la suerte de tener algún ocasional encuentro con su querida mascota y hasta prodigarle alguna caricia y palabra de afecto antes de salir corriendo para librarse de los perros salvajes.

Campos se preguntó si Kaiser hubiese tenido el deseo de encontrarse con él o con Lucía… de todas maneras sabía que eso no estaba en las posibilidades de los acontecimientos. A veces tenía la sensación que ellos vivían para servir al perro y no al contrario que el perro estuviese para servirles a ellos.

A sus espaldas escuchó un gruñir y otros ruidos todavía más siniestros. “Llegó el momento en el cual los perros se comen entre sí”, se dijo. Esa era la verdad. Y comenzó a correr.

Le fue difícil proceder con soltura. El tráfico se quedó paralizado varias semanas antes gracias a un severo decreto de las autoridades dirigido a disminuir, de manera drástica, la contaminación ambiental producida por los escapes de los vehículos y esto suponía que para poder atravesar la calle se hacía necesario saltar por encima de varios Volkswagen oxidados y caminar sobre parachoques de taxis. Los carros abandonados ocupaban tanto espacio que los perros a estas alturas se encontraban limitados a las aceras recubiertas totalmente de excrementos, mezclados con restos de carroñas sembrados con evidencias de justicia o de carnicería, según los puntos de vista.

Después del decreto del alcalde, el Departamento de Sanidad había constituido colectivos de exterminio y desde ese momento habían declarado que no abrigaban ninguna intención de parar. El programa ya había alcanzado la quinta semana y preocupaba el hecho que no se había alcanzado ninguna mejoría, por el contrario, las cosas estaban empeorando. Los animales merodeadores se habían incrementado, en número, como hierba mala y, si eso no fuera suficiente, muchos seres humanos habían adquirido la costumbre de usar las aceras como toilette solo, quizás, para exponer su posición de rechazo a la situación existente.

Las PPCC espoleadas, quizás, por el fracaso, poco a poco se habían hecho más meticulosas y despiadadas. Los funcionarios habían comenzado a presentarse a las puertas de los edificios para sobornar a los conserjes con el fin de que les informaran acerca de la cantidad de mascotas que residían en el edificio y cuanto de ellas eran, consuetudinariamente, llevados de paseo por sus dueños.

Gracias a la insistencia de Lucía, campos había mantenido a Kaiser encerrado en el apartamento desde el comienzo. Ella estaba absolutamente convencida que si no lo verían no hubiesen ni siquiera pensado en la posibilidad de su existencia, y había hecho todo lo humanamente posible para educar debidamente al perro dentro de las limitación de las cuatro paredes del apartamento, enseñándole a saltar sobre la mesa, a rebotar contra la puerta de entrada y luego salir disparado como un resorte en el tercer salto. Se molestaba cuando Campos guardaba al perro en un espacio poco seguro; de todas maneras estaba decidida a enseñar al perro a usar la toilette.

Roberto pensaba que podrían superar esa crisis como habían superado en el pasado muchas otras; sin embargo no le gustaba la actitud que había asumido el perro, ni el nerviosismo que lo agitaba y mucho menos la manera como caminaba adelante y atrás desde el día en el cual se le había negado el parque. Lucía estaba absolutamente consciente de la amenaza que asechaba afuera.

El perro, se había dicho Campos, estaba a punto de explotar y aquella tarde, al regresar al apartamento había decidido que buscaría el momento oportuno para vaciarle en el plato de comida el veneno que cargaba en el bolsillo. Lucía jamás se enteraría y, a pesar de que estarían más vulnerables frente a los malhechores y vagabundos, estaba seguro que ellos vivirían muchísimo mejor.

Lucía vino a recibirlo a la entrada.

¿Lo escuchaste?

¿Escuchar qué?

Que no encuentran más perros por las calles y ahora están tocando de puerta en puerta.

Campos miró a su alrededor y vio a Kaiser sentado en su poltrona favorita mirándole con unos ojos tan amenazadores que le hizo decir

Creo que tendremos…

Shshhh él entiende — le dijo casi en un murmullo tapándole la boca.

Campos le lanzó a Kaiser una mirada furibunda y este le respondió mostrándole los dientes

De-be-mos per-mi-tir que se lo to-me — dijo Campos destacando las sílabas.

Ella lo miró con actitud desesperada y torciendo los ojos

El no permitirá que nosotros…

El doberman levantó la cabeza

Shhhh — le hizo Campos

No permitiremos bajo ningún concepto que lo atrapen — dijo Lucía en voz alta. — ¿Escuchaste Kaiser? No permitiremos jamás que te atrapen. — Luego bajó la voz casi en un murmullo — ya están en el edificio.

Más temprano que tarde vendrán hasta aquí — dijo Campos. Tenía la sensación que el perro supiese que tenía el veneno escondido en su bolsillo. — Si vienen aquí de-be-mos…

¡No! — exclamó Lucía negando enérgicamente con la cabeza. — Encontré una solución.

El perro bajó de la poltrona y se le acercó.

Los tres se sobresaltaron al oír tocar con energía la puerta de entrada.

Son ellos — dijo Campos. — ¿Qué es eso?

Lucía le estaba dando algo peludo.

Tu disfraz.

¿Estás loca?

Mientras tanto habían comenzado a dar patadas a la puerta. No tardarían en derrumbarla.

Lucía dirigió la mirada alternativamente hacia él y hacia el perro el cual comenzó a gemir lastimosamente

No Cuchi, no estoy jugando. O tú o él.

¡Pero yo soy tu marido, carajo!

Alarmado Campos vio que ya estaba colocado sobre la cama uno de sus trajes oscuros con una camisa de seda y una toalla para cubrir la cabeza destrozada…

Querida, tú no puedes…

El perro se encogió para saltar.

Lo siento, pero él no me lo permite. — La puerta estaba cediendo. Ella le entregó el disfraz con gracia, pero inexorable. — Creo que te conviene ponértelo.

Fue el comienzo del fin. La locura conservacionista tuvo dos vertientes que se alinearon en dos bandos irreconciliables. El génesis de este fenómeno obedeció a:

Matriz de opinión polarizada.

Acusaciones recíprocas.

Inconvenientes diplomáticos entre los estados poderosos y al final lo inevitable:

La guerra total entre los Conservacionistas Radicales (CR) y los Conservacionistas Legítimos (CL).

***

Ya las montañas temblaban con el estruendo de los golpes que sólo el hombre es capaz de producir. Sin embargo aquí, en la cima del Pico Bolívar, la guerra lucía remota porque las ciegas furias de la batalla eran todavía invisibles… no por mucho tiempo más, sin embargo. El Excelso Maestro de la Hermandad Tierra Viva sabía que no habría vencedores, ni vencidos. Con el transcurrir de unas pocas horas todos sus pronósticos se cumplirían.

Con el pasar del tiempo, como solía suceder, todo ese odio desaparecería y todo se convertiría en una sombra vaga y lejana dentro del infinito corredor de los siglos diluyéndose en el olvido.

Mientras tanto, lejos, hacia el sur, una repentina llamarada violeta surgió más arriba de la cima de una montaña. Un poco más tarde, el mirador en el cual se encontraba el E.M. fue sacudido por el impacto de unas ondas sísmicas que se desplazaban a lo largo de las rocas subyacentes. Luego el aire transmitió el eco de una deflagración descomunal. En ese momento él comprendió que no le quedaba mucho tiempo.

El Primer Consejero de la Hermandad lo alcanzó en el mirador y se quedó a su lado sin decir palabra, solo esperando órdenes. Pero el E.M. se quedó inmóvil observando imperturbable. Solo cuando una salva de misiles pasó en el cielo con un ruido infernal, giró para dar la última mirada al mundo que no volvería a ver jamás y bajó hacia las entrañas de la montaña.

El ascensor lo llevó a trescientos metros de profundidad, donde el rugir de la batalla no llegaba. Saliendo de la caseta se paró un momento para activar un interruptor escondido. El Primer Consejero sonrió cuando escuchó el fragor de la roca que se fragmentaba y volvía a caer lejos en la superficie y comprendió que no habría regreso.

El grupo de mandatarios de los países más poderosos, convocados en secreto y con carácter de urgencia el día anterior por la Hermandad Tierra Viva, se levantó obsequiosamente al entrar el E.M. en la sala de conferencias en la que estaban reunidos. Él se dirigió en silencio hacia su lugar irguiéndose antes de pronunciar su último discurso.

Los ojos de los hombres que habían conducido al mundo hacia su ruina, le quemaban el alma. Detrás de ellos veía los batallones, las divisiones, los ejércitos de cuya sangre estaban manchadas sus manos. Y los más terribles de todos eran los espectros mudos de las naciones que no podrían volver a surgir de nuevo.

Comenzó a hablar, al fin. El encanto de su voz era poderoso, como siempre y, después de unas pocas palabras, se convirtió de nuevo en la máquina perfecta e implacable cuyo deber era decir la verdad.

Este, señores, es nuestro último encuentro. No existen más proyectos que hacer, tampoco mapas que examinar. En algún lugar, ahí arriba, las flotas que construyeron con tanto orgullo y acuciosidad están combatiendo su última y mortal batalla. Entre pocos minutos en el cielo no se encontrará ninguna de ellas.

Sé que para todos nosotros aquí reunidos la rendición es impensable aunque fuese posible, así que en poco tiempo ustedes morirán aquí, en esta sala. Es sabido que, en el pasado, todos los planes de la Hermandad se hacían de tal manera que se consideraba cualquier eventualidad, por muy improbable que esta fuera. No deberían asombrarse, en consecuencia, que estábamos preparados también para la eventualidad de una guerra total.”

Orador excelso, como siempre, hizo una pausa efectista, notando con satisfacción que tenía totalmente cautivada la atención de su auditorio.

Nuestro secreto quedará seguro aunque se lo revele — continuó — ya que nadie será capaz de descubrir este lugar. El ingreso ya está bloqueado por centenares de metros cúbicos de roca.

Todos escuchaban inmóviles. Solo el Presidente de la República Popular China palideció de pronto

aunque se recuperó rápidamente, pero no lo suficiente para no ser notado por el ojo del E.M. quien sonrió en su interior. En fin ya no importaba, todos morirían juntos.

Todos a excepción de ciento un individuos.

Hace ya cinco años, al darnos cuenta que nuestra agresiva campaña para promover la reducción de la contaminación ambiental y estimular la preservación del medio ambiente, no tuvo los resultados deseados hicimos nuestros preparativos para este día.

Uno de los científicos Hermano perfeccionó la técnica de la hibernación. Descubrió que con medios relativamente sencillos era posible frenar todos los procesos vitales por un tiempo indefinido. Yo me serviré de este método para huir hacia un futuro en el cual ya habrán, eventualmente, olvidado la ruina a la que ustedes llevaron a nuestra Tierra. Entonces podremos reiniciar la lucha con otra mentalidad y con esta nefasta experiencia a cuesta.

Adiós señores, reciban toda mi comprensión por su desafortunado y, quizás merecido destino.

Saludó, dio media vuelta y desapareció a través de la puerta de metal ubicada a su espalda y que se cerró con un ruido sordo y decisivo detrás de él. Siguió un silencio de hielo. Luego el Presidente de la República Popular China se precipitó hacia la salida solo para retroceder con un grito. La puerta de acero estaba tan caliente que ni se podía tocar… Había sido soldada a la pared y ya era imposible moverla.

El Primer Consejero fue el primero en sacar la pistola.

El E.M. ya no tenía prisa. Al abandonar la sala de conferencias había activado el interruptor secreto del circuito de soldadura automática. Con el mismo gesto había abierto un panel en la pared del corredor desde el cual se accedía a un estrecho y escarpado pasadizo tubular. Comenzó a subirlo con paso lento.

Cada cien metros o poco más, el pasadizo daba una curva brusca continuando a subir. A cada recodo el E.M. se paraba, activaba un interruptor y el pasadizo que acababa de recorrer se derrumbaba a sus espaldas.

Fue necesario superar cinco curvas del corredor antes de desembocar en una amplia sala esférica con las paredes metálicas. Una puerta deslizante estanca se cerró a sus espaldas sin hacer ruido y el último trozo de corredor se derrumbó detrás de él. Nadie podría molestar más ni a él ni a las cincuenta parejas de jóvenes meticulosamente seleccionadas por sus cualidades intelectuales, físicas y genéticas y trasladadas a la sede de la Hermandad protegidas por el más riguroso secreto. Se levantaron de sus asientos para saludar respetuosamente al Excelso Maestro.

Después de revisar todas las instalaciones para comprobar, con satisfacción, que todo estaba en su lugar y listo para ser usado, se acercó a un sencillo cuadro de mando y activó uno después de otro una serie de interruptores. Su carga eléctrica era baja, pero debía durar mucho tiempo. Todo estaba destinado a durar muchísimo tiempo e aquella curiosa habitación. Hasta las paredes estaban construidas con un metal infinitamente más duradero que el acero.

Las bombas comenzaron a silbar aspirando aire para suplantarla con azoto estéril. El E.M. ordenó a los cien jóvenes acostarse sobre sus respectivas literas acolchadas y que, de un pequeño nicho situado debajo de las literas, tomaran una jeringa y se inyectaran en el brazo un líquido lechoso. Luego con gestos más rápidos fue a acostarse en su litera e hizo lo propio.

Tuvo la impresión de sentir el toque de los rayos, emitidos por la lámpara colgada sobre su litera, destinados a eliminar las bacterias, pero era solo una ilusión. Luego se relajó y esperó.

Ya hacía mucho frío.

Pronto los refrigeradores llevarían la temperatura por debajo del nivel de congelación y la mantendrían constante por varias horas. Tiempo más tarde regresaría a su nivel normal pero en ese momento ya el procedimiento habría sido concluido, todas las baterías habrían desaparecido y el E.M., las cincuentas Evas y los cincuentas Adanes podrían seguir durmiendo, sin sufrir ningún tipo de alteraciones, por siempre, si fuese necesario.

Había proyectado sobrevivir cien años. Suponía que un siglo sería suficiente tiempo para cambiar el aspecto de la civilización de manera notable, quizás no fácilmente asimilable para su comprensión, pero ese era un riesgo que debía necesariamente asumir.

En un nicho al vacío, debajo de cada una de las literas, estaban los calculadores electrónicos que funcionaban recibiendo la energía de termo-células instaladas cientos de metros más arriba en la pendiente oriental de la montaña. Todos los días el sol las alimentaría y los calculadores agregarían una unidad a la memoria. De esta manera se controlaría el transcurrir del tiempo en la sala en la cual estaban hibernando, sumergidos en las tinieblas, los cientos un individuos.

En lo que las calculadoras alcanzarían las treinta y seis mil unidades previstas, se activaría un circuito y el oxígeno reingresaría al local. La temperatura se incrementaría y la jeringa automática amarrada al brazo de cada uno de los durmientes les inyectaría la cantidad de líquido prevista. Entonces todos despertarían y el E.M. activaría el interruptor conectado con la carga explosiva que haría saltar la zona lateral de la montaña y ellos podrían salir, entonces, libremente hacia el exterior.

No se había descuidado ningún detalle. No podrían presentarse imprevistos.

A unos cuantos kilómetros de distancia, la batalla estaba alcanzando su final. El golpe de gracia lo daría la artillería de largo alcance. A bordo de la nave almiranta, un joven oficial de artillería vietnamita reguló algunos cuadrantes con la máxima precisión y luego apretó un pedal. Hubo una levísima sacudida cuando salieron los misiles. El joven vietnamita se quedó inmóvil mientras el cronómetro marcaba los segundos.

A lo lejos floreció una esfera de fuego violeta por encima de las montañas. La típica explosión se repitió uno… dos… tres… cuatro… cinco veces, luego el cielo lució vacío. En el Diario de a bordo el oficial anotó: ora 0 1 24. Fue lanzada salva # 12. Cinco misiles explotaron y las naves enemigas destruidas. Un misil no explotó.

Cerró el Diario y lo guardó. La guerra había terminado.

***

Mucho más lejos, en medio a las montañas, un misil que no había explotado seguía acelerando bajo el empuje de sus cohetes. En este momento estaba reducido a una delgada estela luminosa que se desplazaba a través de un valle lejano.

El valle no tenía salida ya que estaba cerrada en el fondo por una pared vertical alta más de tres cientos metros. Y fue aquí donde el misil que había errado el blanco encontró otro mucho más grande.

La cámara de los cientoun pioneros del futuro estaba situada demasiado profundamente en las entrañas de la montaña para sufrir las consecuencias de la explosión, pero los millares de toneladas de roca fragmentadas al rodar por la pendiente arrastraron tres minúsculos instrumentos y los cables conectados a ellos, y el futuro vinculado a esos artefactos, cayó con ellos en el olvido.

Los rayos del sol matutino seguirían iluminando cada mañana a la vertiente este de la montaña, pero los calculadores que esperaban el trigésimo sexto milésimo amanecer hubiesen seguido esperando hasta cuando ni siquiera existirían más amaneceres, ni ocasos.

Las cincuentas parejas, junto al E.M. seguirían durmiendo en su tumba, aunque, en honor a la verdad no se trataba de una verdadera tumba, hasta cuando el siglo previsto había transcurrido desde ya muchísimo tiempo.

Después de lo que, según algunos puntos de vista, constituía un breve intermedio, la costra terrestre se cansó de soportar el peso del pico Bolívar y de todo el sistema orográfico de los Andes Venezolanos. Lentamente las montañas cayeron y los llanos orientales se elevaron. Ahora la Mesa de Guanipa era el punto más elevado del globo y el mar que rodeaba el Pico Bolívar tenía una profundidad de casi dos mil metros. Mientras tanto el sueño del Excelso Maestro y sus acompañantes seguía sin interrupción y sin sueños.

Lentamente, poco a poco el lodo fue depositándose en el fondo del océano, sobre los restos del Pico Bolívar. La capa que algún día se convertiría en roca calcárea comenzó a espesarse y la profundidad del océano fue disminuyendo paulatinamente. Luego la tierra volvió a emerger y una poderosa cadena montañosa ocupó un día el lugar que una vez fue el Mar Caribe. Pero los durmientes no se enteraros de estos acontecimientos y el fenómeno se repitió una y otra vez.

Ahora las lluvias y los ríos lavaban la nueva capa terrestre transportando los detritus hacia los nuevos océanos; lentamente los estratos de rocas serían erosionados y la esfera de metal que contenía los cuerpos de cientos un durmientes vio la luz del día.

Jamás supieron las razas, la flora y la fauna que habían surgido y extintas desde el amanecer del mundo después de que ellos cayeron en su largo sueño. Pero lo hijos de Eva continuaban todavía a dominar mares y cielos y a llenar con sus lágrimas y sus risas llanuras, valles y bosque más antiguos que las mutantes montañas.

El sueño sin sueños del Excelso Maestro y las cincuentas parejas que lo acompañaban se encaminaba hacia su conclusión cuando nació Anaximandor el Filósofo entre la caída de la XC dinastía y el inicio del Quinto Imperio Galáctico.

Anaximandor nació en un mundo muy lejano de la Tierra. Ya casi ningún humano ponía su pie en el mundo en el cual se originó su raza, pues era ya un planeta demasiado lejano del palpitante corazón del Universo.

Trasladaron a Anaximandor a la Tierra cuando su conflicto con el Imperio alcanzó la inevitable conclusión. Aquí él fue retado por los hombres cuyos ideales había desafiado y aquí ellos meditaron largamente sobre el destino que deberían asignarle.

Era un caso único. La Civilización Gentil filosófica que gobernaba ahora la galaxia, no había encontrado jamás oposición ni siquiera a nivel del intelecto puro y el conflicto educado, pero implacable de la voluntad la había sacudido profundamente. Era característica de los miembros del Concejo apoyarse en Anaximandor, por orientación cuando tomar una decisión resultaba ser muy difícil o casi imposible.

En el blanco y brillante Palacio de Justicia al cual nadie había acudido por el espacio de un millón de años, Anaximandor enfrentó con gallardía a los hombres que habían demostrado ser más fuertes que él. Escuchó en silencio las exigencias, luego prolongó el silencio para meditar. Sus jueces esperaron pacientemente hasta el momento en el cual decidió hablar.

De acuerdo a lo que pretendéis yo debería prometeros no desafiaros más — dijo, — pero yo no puedo prometer algo que sé no podré cumplir. Nuestros puntos de vistas son demasiado divergentes y más temprano que tarde estaríamos de nuevo discrepando.

Hubo un tiempo en el cual vuestras decisiones hubiesen sido fáciles. Hubieseis podido exiliarme o condenarme a muerte. Pero hoy… existe entre todos los mundos del Universo un solo planeta en el cual podríais mantenerme escondido. ¿Qué yo podría rehusar quedarme ahí? Recordad que tengo muchos discípulos esparcidos por toda la galaxia.

Queda otra alternativa. No os acusaré de perversidad si volvéis a instaurar, en mi caso, la antigua costumbre de la condena de muerte.”

Sus declaraciones fueron escuchadas por un murmullo molesto por parte del Concejo, y el Presidente replicó evidentemente molesto:

La propuesta es de un gusto muy discutible — dijo. — Queríamos propuestas serias y no evocaciones, aunque hechas en clave de chanza, de las bárbaras costumbres de nuestros lejanísimos antepasados.

Anaximandor recibió el regaño con una reverencia:

No quería dejar por fuera ninguna posibilidad — dijo. — Pero se me ocurrieron otras dos. No sería difícil para vosotros, cambiar mi manera de pensar de tal manera que se adecue al vuestro, evitando, de ese modo, cualquier posibilidad de futuras divergencias.

También habíamos pensado en ello, pero nos hemos vistos obligados a eliminar esa posibilidad, porque, si bien es cierto que luce atractiva, la destrucción de vuestra personalidad nos resulta casi igual a un asesinato. En el Universo existen solo quince inteligencias superiores a la vuestra y nosotros no tenemos el derecho de alterarla. ¿Alguna otra propuesta?

Aunque no podéis exiliarme en el espacio, existe otra alternativa. El río del tiempo se extiende delante de nosotros hasta donde es capaz de abarcar nuestro pensamiento. Mandadme a lo largo de ese río en una época en la cual estáis seguros que no existe esta civilización. Sé que lo podéis hacer usando el campo temporal que disponemos.

Siguió una larga pausa. En silencio los miembros del Concejo transmitieron sus decisiones a la compleja máquina analizadora, la cual, después de evaluar los pros y los contras, transmitiría el veredicto. Al final el Presidente habló.

Muy bien, os enviaremos en una época en la cual el sol sigue siendo lo suficientemente caliente para permitir en la Tierra la existencia de la vida — dijo — pero lo suficientemente lejana para que nosotros consideremos poco probable que existan vestigios de nuestra civilización. Os daremos todo lo que consideremos necesario para vuestro bienestar personal y, en el marco de algunos límites, a vuestra comodidad. Tenéis licencia para iros ahora. Os llamaremos cuando todo estará preparado.

Anaximandor hizo una reverencia y salió del palacio de mármol. No existía ningún rincón de la Galaxia que no podría alcanzarse en el transcurso de un solo día.

***

Por primera y última vez Anaximandor se quedó en la playa de lo que una vez fue el Atlántico escuchando el silbido del viento a través de las hojas que una vez fueron palmas.

La delgada cinta de comunicación amarrada a su pulso envió un leve tintineo. Había llegado el momento, el Filósofo dio la espalda al océano y se encaminó decidido hacia su propio destino. Solo había dado unos pocos pasos cuando el campo temporal lo envolvió y sus pensamientos se quedaron congelados por un instante mientras los océanos se retiraban hasta desaparecer, el Imperio Galáctico acababa de liquidar su existencia.

Pero para Anaximandor solo había transcurrido un instante. Solo notó que mientras antes sus pies pisaban arena mojada, ahora lo hacían sobre un verde y saludable pasto, las palmeras habían desaparecido convirtiéndose el entorno en un frondoso bosque y el murmullo del mar ya no se escuchaba.

Percibía que en aquel mundo renovado y salvaje debía existir vida. Hacia el norte, suponiendo que ese todavía fuera el norte, pudo ver una construcción metálica situada en el medio de un claro del bosque al lado de un ruidoso río de aguas cristalinas. Solo distaba unos cien metros y se encaminó hacia ella. Mientras se acercaba se dio cuenta que parecía depositada en el claro, más que construida sobre el. A Anaximandor le asombró la increíble suerte que le permitía encontrar los restos de una civilización desconocida tan pronto. Al acercarse un poco más se dio cuenta de que no fue la suerte si no que un cálculo minuciosamente realizado había depositado esa construcción metálica en ese lugar.

Al acercarse pudo distinguir una placa colocada sobre la puerta que permitió confirmar sus suposiciones. Todavía nueva y brillante como si apenas hubiese sido acabada de ser grabada. Tenía un mensaje en el cual la amargura se confundía con la esperanza.

Para Anaximandor, el saludo del Concejo. Esta construcción que hemos enviado después de vos a través del campo temporal, suplirá por un período indefinido a vuestra necesidad.

Ignoramos si existe alguna civilización en el tiempo en el cual os encontráis. Es muy probable que el hombre se haya extinguido ya que el cromosoma KK está destinado a tomar el predominio y la raza, eventualmente, mutará en algo que no podrá considerarse humana. Pero si así fuere, dependerá de vos descubrirlo. En este momento os encontráis en el amanecer de la Tierra y es nuestra esperanza que no estéis solo. Pero si es vuestro destino ser la última creatura viviente en ese mundo que un tiempo fue tan hermoso recordéis que fuisteis vos a escogerlo.

Adios.

Al mirar de nuevo la placa se fijó en la fecha de la misma. Habían transcurrido cinco mil años desde el día en el cual había enfrentado a sus pares en el Palacio de Justicia.

Transcurrieron muchos días antes que Anaximandor decidiera salir de la casa. No habían olvidado nada, ni siquiera sus queridas registraciones del pensamiento. Podía, de haberlo querido, poder continuar a estudiar la naturaleza de la realidad y a crear nuevos sistemas filosóficos hasta el fin del Universo por muy inútil que ello fuera, considerando que la suya era la última mente que quedaba en la Tierra. Así que existía muy poco peligro, pensó con amargura, que sus especulaciones concernientes al fin y razón de la existencia humana lo colocaran de nuevo en conflicto con la sociedad.

Anaximndor se ocupó del mundo externo, solo después de haber examinado minuciosamente la construcción. El problema más importante era lograr ponerse en contacto con la civilización, siempre que existiera alguna. Poseía un potentísimo radio receptor y pasó horas escuchando el todas las longitudes de ondas con la esperanza de captar alguna emisión. Pero el aparato solo emitía el crepitar de la estática. Como única esperanza solo le quedaba el pequeño aereovehículo automático. Disponía de una infinidad de tiempo y el planeta era relativamente pequeño de manera que en el transcurso de pocos años lo habría descubierto todo.

Transcurrió así los primeros meses del exilio en la metódica exploración del mundo, después de la cual siempre regresaba a su casa en el hermoso bosque a orilla del alegre y caudaloso río.

En todas partes encontró el mismo cuadro, vegetación lujuriante, caudalosos ríos que desembocaban en grandes lagos con evidente manifestación de vida acuática en ellos.

Millares de kilómetros de bosques y sabanas pasaron debajo del aereovehículo de Anaximandor en su exploración de un polo al otro. Solo una vez encontró señales que revelaban que alguna vez en la Tierra había existido alguna civilización. En un profundo valle, cerca del ecuador, descubrió las ruinas de una pequeña ciudad cuya construcción consistía de extrañas piedras blancas y singular arquitectura. Las construcciones estaban perfectamente conservadas aunque semi-sepultadas por la vegetación y por un momento el filósofo probo un sentimiento de melancólica alegría al constatar que, después de todo, el hombre había dejado muestras de su obra en el planeta en el cual había vivido.

Sin embargo la emoción no duró mucho, pues las construcciones eran más extrañas de lo que el explorador hubiese podido apreciar en un primer momento, ya que ningún ser humano hubiese podido entrar en ellas. Las únicas aberturas que ofrecían para tener acceso a ella eran largas aperturas horizontales a ras de tierra. No existían ventanas. El Filósofo no logró imaginar a las criaturas que un tiempo habitaron esas construcciones.

Ya Anaximandor había comenzado a renunciar a la esperanza de encontrar algún vestigio de vida humana en la Tierra, pero su espíritu indómito nunca decayó y siguió recorriendo su mundo adelante y atrás y fue así como un día llegó a la “tumba” del E.M. la cual yacía con opaco esplendor al sol, del cual había sido excluida por un período inimaginablemente largo.

La mente del Excelso Maestro se despertó antes que el cuerpo mientras yacía todavía impotente, incapaz incluso de levantar los párpados, la memoria regresó por oleadas. Los cien años ya habían pasado desde mucho. Su jugada había tenido éxito. Pero se vio abrumado por un terrible agotamiento y volvió a desmayarse.

Luego la mente se aclaró de nuevo y él se sintió más restablecido, a pesar que todavía estaba muy débil para moverse. ¿Cómo sería el mundo en el cual se encontrarían al salir a la luz en la ladera de la montaña? ¿Sería capaz de lograr sus…? ¿Pero quién era? Un sentimiento de terror le atravesó la mente. Algo se movía en el interior de su “tumba”.

Luego limpio y seguro un pensamiento cruzó su mente haciendo desaparecer el miedo que amenazaba dominarlo.

No tema. Vine para ayudarles. Están a salvo y todo irá bien.

El Excelso Maestro estaba demasiado asustado para responder, pero su subconsciente tuvo que haber formulado una respuesta porque otro pensamiento tomó forma.

Todo está bien. Yo soy Anaximandor e igual que tú estoy exiliado en este planeta. No te muevas, pero dime como llegaste hasta aquí y a qué raza perteneces, por qué yo jamás he visto nada igual.

Miedo y reserva se apoderaron de la mente del Excelso Maestro. ¿Qué clase de criatura podía ser aquella capaz de leerle el pensamiento y entrar en su esfera secreta? Y de nuevo un pensamiento limpio y claro penetró en su mente.

Te repito que no tienes nada que temer. ¿Por qué tienes miedo que lea tu mente? No hay nada raro en esto.

¡Nada raro! — Exclamó el E.M. — ¿Quién eres…? ¿Cosa eres… por el amor de Dios?

Un hombre como tú. Pero tu raza debe ser, sin dudas, muy primitiva si ignoras la facultad de leer la mente.

Una terrible sospecha comenzó a despertarse en la mente del E.M. y la respuesta llegó antes de que hubiese tenido la oportunidad de formular la pregunta.

Dormiste mucho más de cien años. El mundo que conocías ya no existe desde hace mucho más tiempo de lo que tú puedas imaginar.

En la mente del Maestro se formaron visiones del mundo que él había vivido. Al comienzo Anaximandor no logró captar muy bien esas visiones, luego de pronto comprendió frente a la visión de las naciones que guerreaban entre sí y de las ciudades destruidas por las llamas. ¿Qué clase de mundo era aquel? ¿Sería posible que el hombre hubiese caído tan bajo y tan lejano de la paz de la que Anaximandor había disfrutado? Había escuchado leyendas que contaban hechos como aquellos, relacionados con épocas remotísimas, pero eran cosas que se habían extinguidas con la infancia de la humanidad. ¡No debían ser repetidas! Y ese fue el mensaje que el filósofo envió al maestro.

Afuera tenemos un mundo nuevo y virgen y recuerda… que debemos hacérselo entender a los cien nuevos padres de la renacida humanidad a los cuales despertaremos de inmediato: Nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida, mientras hace daño en otro. La vida es un todo indivisible

En ese espléndido concepto, Anaximandor, está encerrado el secreto de la vida eterna: VIVIR EN LOS OTROS, CON LOS OTROS Y PARA LOS OTROS. Así que manos a la obra.

Y mientras se procedía a la reanimación de los cien primeros habitantes de la Nueva Tierra Anaximandor escuchaba al Excelso Maestro murmurar casi como una plegaria:

Después dijo Dios produzca la tierra hierba verde, hierba que de semillas; árbol de fruto que de fruto según su género, que su semilla esté en él sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semillas según su naturaleza, y árbol que de fruto, cuya semilla está en él según su género. Y vio Dios que eso era bueno.”

Fin

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