Ermanno Fiorucci vuelve a complacernos con una nueva historia para el Desafío del Nexus, en esta ocasión se mete en las profundidades de la Ciencia y la Filosofía, o ¿quizá no?

Bueno Bonito y Barato

La palabra hebrea que en la Biblia se
traduce por Dios es Elohim, forma
plural que normalmente habrá
que traducir por dioses

(Isaac Asimov – Guía de la Biblia V.T.)

Hace mucho… mucho tiempo el abuelo Tipota le preguntó a Catasteuasté, usando como traductor al padre de este, Caos (nunca el viejo Tip pudo aprender el cósmico idioma del silencio), qué quería él hacer para mantenerse ocupado durante la eternidad. Le respondió, sin titubeos, que Constructor Galáctico, palabras que Caos le tradujo de inmediato
—¿Sí? ¡Qué bueno! —respondió. —No sé qué es eso… pero supongo que debe ser muy interesante… Sin embargo, —le aclaró con expresión escéptica a Caos —no logro imaginarme cómo se las arreglará solo con eso.
Cataskeuasté, suponía que, como todos los Inmortales de los cuales tenía noticias, tendría que limitarse a cumplir tareas que con el tiempo devendrían aburridas, monótonas, carentes de todo poder creativo. De manera que al estudio del cosmos solo podría dedicarle sus escasos momentos libres.
Pero, en algún momento, un amigo muy sabio, Cronos, le informó que tenía noticias ciertas de que había algunos Eternos que se dedicaban a la construcción galáctica recibiendo a cambio, notables beneficios además de la satisfacción de poder seguir cultivando esa pasión, que ya se había convertido en una moda en estas eras de transformaciones cósmicas. Entonces, Cataskeuasté se sintió invadido por un enorme gozo; pues ya no había inconvenientes para poder ocupar todo su infinito tiempo a lo que más le gustaba y le interesaba.
(Y desde entonces y hasta siempre había momentos en que lo que estaba haciendo le parecía un sueño improbable, por sentirlo sumamente agradable).

***

Cataskeuasté se giró lentamente, pasó revista al césped, a las montañas, al cielo al sol al río y al bosque.

—¿Entonces este es el proyecto, Arxitéctonas? —Preguntó… Su cara no traicionaba ninguna expresión.

—Este es, Señor —contestó el que estaba ubicado a su derecha sonriendo orgulloso. —¿Qué le parece, Señor?

—¿Qué cree usted Mexanicós? —preguntó al otro ayudante.

Con voz insegura el interpelado aventuró:

—Bien, Señor, pienso que Arxitéctonas y yo hemos hecho un trabajo aceptable. Un trabajo nada mal, Señor, si tomamos en cuenta que se trata de nuestro primer trabajo independiente.

—¿Está de acuerdo con esta apreciación, Arxitéctonas? —quiso saber Cataskeuasté .

—Sin dudas, Señor — afirmó sin dudar este.

Cataskeuasté se inclinó para arrancar un hilo de hierba. Lo olfateó y luego lo tiró. Pisoteo un poco la tierra, luego miró por un instante el resplandeciente disco del sol. Con voz ponderada declaró:

—Estoy asombrado… verdaderamente asombrado. Pero mi asombro no es, en absoluto, de naturaleza agradable… Les había entregado la tarea de construir un planeta para algunos clientes míos y se me presentan con esto. Y ustedes dos ¿todavía tienen la poca vergüenza de definirse ingeniero el uno, y arquitecto el otro?

Los dos ayudantes no contestaron. Se pusieron rígidos como alumnos díscolos esperando el castigo del maestro por no haber hecho la tarea correctamente.

—¡Ingenieros!… ¡Arquitectos! —repitió Cataskeuasté, incorporando esta vez, a su voz varias toneladas de desprecio. —Técnicos dotados de sentido práctico, más que de espíritu de iniciativa, con capacidad de construir un planeta en el sitio y en el tiempo deseado… ¿Reconocen estas palabras?

—Sí Señor, aparecen en el tríptico publicitario, Señor —respondió solícito Arxitéctonas.

—¡Exactamente! —confirmó Cataskeuasté . —Entonces esta cosa, según ustedes, ¿puede considerarse un ejemplo de construcción práctica y original?

Ambos ayudantes callaban. Luego Mexanicós bufó:

—La verdad, Señor, yo creo que sí. Hemos examinado minuciosamente todos los detalles del trabajo. Se pedía un planeta del tipo 34Bc4 con algunas variantes y es exactamente eso lo que hemos construido. Esto es solo una parte del todo, se entiende. Sin embargo…

—Sin embargo lo que han hecho lo veo muy bien y lo juzgo por lo que vale —interrumpió Cataskeuasté. —Arxitéctonas, ¿qué clase de aparato térmico has usado?

—Un sol del tipo 05, Señor. Es, de hecho, el que mejor responde a todos los requisitos térmicos.

—De eso no hay dudas. Pero este, presumo que recordarán, debía ser un planeta económico, solidario. Y si no aprendemos a mantener los costos razonables y dentro de los márgenes previstos, no lograremos obtener ningún beneficio con este proyecto… Y si se toman la molestia de revisar minuciosamente los documentos podrán sorprenderme dándose cuenta que el ítem más costoso que, además, destaca en la lista de gastos, es precisamente el térmico.

—Eso es cierto, Señor —convino Mexanicós. —La verdad es que nosotros también tuvimos algunas discrepancias con respecto al empleo de un sol del tipo 05 para un sistema de planetas aislados. Pero los requisitos de calor y radiación…

—¡No cabe dudas que no han aprendido nada de mi ejemplo y de mis enseñanzas! —exclamó Cataskeuasté . —Este tipo de estrella es absolutamente excesiva… Ustedes de ahí… —le hizo una seña a los obreros que se acercaran de inmediato. —Bájenlo…

Los obreros se activaron de inmediato con una escalera telescópica. Un obrero la sostuvo mientras otro comenzó a desplegarla, diez veces, cien veces, un millón de veces. Otros obreros abordaron rápidamente los peldaños con la misma velocidad con la cual la escalera era desplegada.

—¡Tengan cuidado con la manipulación del astro! —le gritó Cataskeuasté a los dos obreros que estaban subiendo. —Usen guantes refractarios, por favor. ¡Recuerden que esa cosa quema!

Los dos obreros, en la cima de la escalera, despegaron la estrella, la doblaron cuidadosamente y la volvieron a colocar dentro de un hermoso baúl acolchado que exhibía una gran inscripción: ESTRELLA—MANEJAR CON CUIDADO. Cuando los obreros cerraron la tapa, cayó la noche y todo se volvió negro.

—¿Será posible que por aquí no existe nadie con un mínimo de sentido común? —chilló Cataskeuasté. —¡Son todos pura pérdida! ¡Sea la luz! — Y fue la luz. Y vio Cataskeuasté que la luz era buena; y separó la luz de las tinieblas.

Y fue así como, más rápido del despabilado de un sacerdote trastornado, la luz se hizo.

—Así está mejor, —farfulló Cataskeuasté . —Lleven ese sol tipo 05 al depósito… Para un trabajito como este, es perfectamente eficiente y mucho más económica una estrella del tipo G13.

—Pero, Señor —objetó Arxitéctonas , —esa no calentará lo suficiente.

—Lo sé —contestó Cataskeuasté . —Es precisamente en circunstancias como estas cuando deben usar su espíritu de emprendimiento y su iniciativa personal. Si acercan un poco más la estrella, se darán cuenta que calentará mucho más.

—Eso es cierto, Señor, en efecto calentará más —convino Maxanicós. —Pero emitirá rayos PR y UV que no tendrán espacio suficiente para dispersarse sin causar daño. Esto podría acabar con toda la especie que tendrá que poblar este planeta.

Lentamente, silabeando las palabras, Cataskeuasté preguntó:

—Mexanicós, ¿estás insinuando acaso que las estrellas del tipo G13 son peligrosas?

—No, no quise decir eso exactamente. Lo que traté de decirle fue que pueden ser también peligrosas, como cualquier otra cosa del Universo, si no se toman las debidas precauciones.

—Así está mejor —masculló Cataskeuasté

—Las debidas precauciones —continuó Mexanicós —prevén, en este caso, la necesidad de vestir ropaje de plomo cuyo peso estaría alrededor de veinticinco kilos, más o menos. Lo cual, evidentemente, no sería muy práctico, si consideramos que el ejemplar medio de esta raza no pesa más de siete u ocho kilos.

—Ese es un problema que solo les atañe a ellos —cortó Cataskeuasté —No nos corresponde enseñarles cómo se las deben arreglar para sobrevivir. De seguir con esa meticulosidad complaciente llegará un momento en el cual, podrían llegar a pensar que, cada vez que tropiecen con alguna piedra colocada por nosotros en su planeta, será culpa mía. Además no tienen ninguna necesidad de llegar hasta los extremos de tener que vestir ropaje de plomo. Siempre les queda la posibilidad de adquirir uno de mis accesorios opcionales, un bloqueador solar que anule los efectos dañinos de los rayos PR o UV, por ejemplo.

Ambos técnicos sonrieron cohibidos. Sin embargo Arxitéctonas se atrevió tímidamente:

—Tengo entendido, Señor, que se trata de una de esas especies sub-desarrolladas y, quizás, no puedan permitirse el gasto que supone la compra de un bloqueador solar.

—Quizás no de inmediato, pero seguramente algún tiempo después —argumentó con expresión pícara Cataskeuasté. —Después de todo, las radiaciones PR o UV no son instantáneamente letales. También sometida a las radiaciones, esa especie podrá contar con una duración media de vida útil que girará alrededor de 9,3 años, creo, lo cual debería ser un tiempo suficiente, para cualquiera de ellos, para alcanzar el nivel económico adecuado para alcanzar la capacidad económica que le permita poder mejorar su propia protección.

—Sí, Señor —convinieron los dos ayudantes sin mucha convicción.

—Sigamos —dijo Cataskeuasté . —¿Qué altura tienen esas montañas?

—Un promedio de novecientos metros sobre el nivel del mar —informó de inmediato Mexanicós

—Es decir la cantidad de cuatrocientos o quinientos metros más de lo necesario —puntualizó Cataskeuasté . —¿Es que ustedes creen que las montañas las regalan? Bájenlas… bájenlas y lo que sobra que los lleven de inmediato al depósito.

Mexanicós sacó un bloc de notas y anotó los cambios requeridos. Cataskeuasté seguía caminado arriba y abajo mirando y arrugando la frente.

—Aquellos árboles, ¿Cuándo tiempo deben durar?

—Ochocientos años, Señor. Son el último modelo ultra perfeccionado de coco manzano. Dan frutos, sombra, nueces, bebida refrescante, tres diferentes fibras muy útiles, ofrecen un excelente material de construcción, sostienen muy bien el terreno y…

—Pero ¿es que ustedes han decidido arruinarme? —chilló Cataskeuasté. —¡Dos cientos años son más que suficientes para un árbol! Extraigan una buena parte de su fluido vital y almacénenlo en el acumulador de fuerza existencial.

—Pero en ese caso no podrán cumplir todas las funciones que les son asignadas, Señor —protestó Arxitéctonas.

—¡Ustedes reduzcan las funciones, entonces! Sombra y nueces serán más que suficiente. No hay necesidad de hacer algo más. ¿Qué es lo que pretenden darles… árboles o piñatas? ¿Y aquellas vacas? ¿De quién fue la idea de colocarlas ahí?

—Mía, Señor — confesó Arxitéctonas. — Me pareció que el lugar podría adquirir un aspecto… más acogedor, más am…

—¡Tarado! — regañó Cataskeuasté. — La tarea de lograr que un planeta luzca agradable y acogedor se aborda antes de venderlo, nunca después. Este ya ha sido vendido: vacío y sin amueblar. Vuelva a poner esas vacas de inmediato en el tanque de protoplasma.

—Sí Señor. Pido que me disculpe. ¿Alguna otra cosa, Señor? — preguntó con humildad Arxitéctonas.

—Hay, como mínimo, unas diez mil cosas más que no me cuadran. Pero espero que ustedes sean capaces de encontrarlas… ¿Y esta cosa qué es? —Preguntó dirigiéndose a Mexanicós, —¿Una estatua? ¿Cuál es su utilidad? ¿Será que tendría la misión de entonar un himno de bienvenida o, quizás, declamar un estimulante poema a la llegada de la nueva raza?

—Señor, yo no soy parte de este mundo —precisó Adán. Me envía un amigo suyo: Cronos, y la verdad es que solo estoy tratando de encontrar el camino para llegar a mi planeta.

Era evidente que Cataskeuasté no escuchaba ni una sola palabra de las que le estaba diciendo Adán. En efecto, mientras este sudaba la gota gorda tratando de explicar la razón de su presencia ahí, él ya estaba dando órdenes:

—Sea lo que sea, esto no estaba contemplado en las especificaciones iniciales del planeta; así que vuélvanlo a meter en el tanque del protoplasma junto con las otras vacas.

—¡EEPAA! —chilló Adán, mientras los obreros lo agarraban por los brazos levantándolo del piso. —¡Esperen un momento! ¡Yo no soy parte de este planeta! ¡Estoy aquí porque me ha enviado Cronos! ¡Esperen, esperen… escuchen!

—Es que ustedes dos ¿no conocen lo que es hacer el ridículo? —continuó Cataskeuasté, ignorando los gritos de Adán. — ¿Qué es lo que se supone que debía representar esa cosa? ¿Se tratará acaso de uno de esos detalles decorativos exquisitos tuyos, Arxitéctonas?

—¡Por supuesto que no… a ese no lo he colocado yo ahí!

—Entonces ¿has sido tú Mexanicós?

—Primera vez que lo veo en mi vida, Jefe.

—Huumm —farfulló Cataskeuasté. —Ustedes dos son unos idiotas, pero no me consta de que sean mentirosos también. ¡Ustedes ahí! —gritó a los obreros. —¡Tráiganlo aquí!… Vamos, vamos… cálmese —animó amablemente a Adán, que estaba temblando como una hoja al viento. —¡No puedo perder tiempo esperando a que se te pase esa crisis histérica!… ¿Ya te sientes mejor? Entonces ¿podrías, por favor, explicarme qué estás haciendo en mí propiedad? Por lo que a mí atañe, tú en este momento eres un intruso, razón por la cual, me asiste todo el derecho para convertirte en protoplasma… Y al fin Adán pudo explicar…

—Anjá, ya entiendo —dijo Cataskeuasté, cuando Adán terminó de aclarar la razón de su presencia. —La tuya es una historia muy interesante. En síntesis estás aquí buscando un planeta que se llama… ¿Tierra, verdad?

—Eso es correcto, Señor —convino Adán.

—Tierra —repitió Cataskeuasté pensativo, rascándose la cabeza. —Tienes suerte… creo recordar ese planeta.

—¿Está seguro Señor Cataskeuasté?

—Sí, sí, claro que estoy seguro. Es un planeta, pequeño, verde, habitado por una raza de humanoides monomorfos muy parecidos a ti. ¿Cierto?

—¡Muy cierto! — aprobó Adán.

—Lo recuerdo muy bien porque durante el período de construcción de ese planeta, inventé también la ciencia. Es una historia que, te gustará. —Dirigiéndose a sus ayudantes. —Ustedes dos presten atención que, de pronto, hasta puede suceder que sean capaces de aprender algo.

Nadie se hubiese atrevido a negar a Cataskeuasté el derecho de contar alguna de sus anécdotas. Así que Adán y los dos ayudantes se dispusieron, obedientemente, a prestar atención al Jefe quien, de inmediato, inició su historia:

En esos tiempos era todavía un pequeño emprendedor. Levantaba un planeta aquí, otro allá, y a veces sucedía que me encargaban alguna que otra estrella de pequeñas dimensiones. Pero el trabajo no llegaba con fluidez y, además, los clientes eran invariablemente muy exigentes, con muchas pretensiones y, además, lograr que me pagaran al final, se convertía en una tarea agotadora. En esos tiempos satisfacer a los clientes era casi una misión imposible; siempre había algo que criticaban, por muy pequeño que eso fuera: “Cambia esto… este otro no me parece que encaje aquí… no veo la razón por la cual el agua tiene que fluir siempre hacia abajo… y por qué la gravedad es tan pesada, y el aire caliente va hacia arriba, mientras que lo lógico sería que cayera…” En fin: ¡Una constante quejadera!

Yo, en aquel entonces, era bastante ingenuo. Me esmeraba para explicar las razones prácticas y estéticas de todo lo que hacía y entre preguntas y explicaciones perdía más tiempo del que emplearía para hacer el trabajo propiamente dicho. Demasiados caprichos, demasiadas charlas. Tenía consciencia de que necesitaba encontrar una solución, pero no encontraba cuál.

Luego, un poco antes del proyecto Tierra, comenzó a gestarse en mi mente una manera completamente nueva de interactuar con los clientes. Me sorprendí murmurándome: A la forma sigue la función.
Me gustaba esa frase. Luego me pregunté: ¿Por qué a la forma debe seguir la función? Y la explicación que me di fue: La función sigue a la forma porque así lo estipula una ley inmutable de la naturaleza, que es, después de todo, uno de los axiomas fundamentales de la ciencia aplicada. Esa fue otra frase que me gustó de inmediato, a pesar de que no tenía mucho sentido.

Pero eso no importaba. Lo que en realidad tenía importancia era la circunstancia que había hecho un nuevo descubrimiento. Sin saberlo había capturado el arte de la publicidad y de la habilidad para vender, y había, en consecuencia, descubierto la gallina de los huevos de oro, es decir, la doctrina del determinismo científico.

Tierra fue mi primer experimento de prueba, y es esa la razón por la cual no la he olvidado jamás.
Un señor anciano, alto, con mirada penetrante y una frondosa barba blanca, me contrató para encargarme la construcción de un planeta. Concluí el trabajo rápidamente en solo seis días, creo recordar, y supuse que la cosa terminaba ahí. Era otro de los habituales planetas económicos, y le había reducido algunas cositas aquí y allá. Pero al escuchar las quejas del propietario cualquiera hubiese dicho que lo había estafado.

—¿Por qué hay tantos ciclones? —protestaba.

—Es parte de los sistemas de circulación atmosférica, —le expliqué.

Pero la verdad era que, tuve que hacer las cosas algo apurado, y había olvidado colocar una válvula de alivio en el sistema de circulación del aire.

—El planeta está hecho de tres cuartas partes de agua —se quejó mi cliente —mientras yo había claramente especificado que las proporciones debían mantenerse en el orden de uno a cuatro: una parte de agua por cada cuatro partes de tierra.

—¡La verdad es que no me ha sido posible lograr armonizar los ajustes estéticos de esa proporción! —contesté.

Lo cierto era que ni siquiera estaba en condiciones de recordar en qué lugar había guardado sus melindrosas puntualizaciones; después de todo uno podría volverse loco al solo intentar estar pendiente de todas esas absurdas nimiedades que suponían los detalles de cada uno de los planetas.

—¡Además aquel pedacito de tierra que me ha dejado, lo ha rellenado de desiertos, de pedregales, de junglas y montañas! —siguió puntualizando el viejo señor, algo molesto.

—Eso es parte de la atmósfera escenográfica —le hice notar.

—¡Yo en ningún momento le pedí que me hiciera una escenografía! —tronó el cliente. —Hubiese podido entender un océano, uno docena de lagos, un par de ríos o una o dos cadenas montañosas. O quizás algún detalle que fuera suficiente para embellecer algo el planeta, decorarlo y darle, a los pobladores, una sensación de variedad y bienestar. ¡Pero lo que hizo ha sido un adefesio!

—Hay una razón para ello —argumenté.

La verdad era que, para no salirme del presupuesto, tuve que usar montañas reconstruidas, una cantidad de ríos y océanos de relleno y un par de desiertos que había comprado en un remate al anticuario galáctico Ebraiké. Pero, por supuesto, esto no podía decírselo al cliente.

—¡Qué razón ni que ocho cuartos! —gritó ya al borde de la histeria. — Qué historia le voy a poder contar a mi gente? ¡Debo instalar toda una raza en ese planeta, señor mío…a lo mejor dos o tres! Serán humanos hechos a mi imagen y semejanza; y es sabido que los humanos son personas muy despabiladas y avivadas, exactamente como yo. ¿Qué les voy a decir ahora?

La verdad es que tenía en la punta de la lengua lo que podría haberles dicho, pero no quería parecer vulgar, así que fingí pensarlo. Y fíjense qué curioso: pensé en ello de verdad y saqué a la reina… a la emperatriz de las formulitas:

—Puede decirles, sin reservas, la verdad científica — le sugerí. —Dígales que científicamente todo lo que es, debe ser.

—¿Cómo es la cosa? — preguntó con ese tono que sugiere haber escuchado un galimatías.

—Es el determinismo — expliqué, inventando aquel término en ese instante, inspirado por la presión del momento. —Es un concepto algo exótico, quizás, pero en el fondo es muy sencillo. Para comenzar: la función sigue a la forma; en consecuencia su planeta es exactamente como debería ser, por el simple hecho de existir. Sabiendo que la ciencia es invariable, debemos admitir que algo que no es invariable, no es ciencia. En fin, cada cosa sigue determinadas reglas. No siempre es posible descubrir cuáles son esas reglas, pero se puede estar seguros de que existen y están ahí.
En este orden de ideas, resulta evidente, por supuesto, que nadie debería preguntarse “¿por qué es así y no al contrario?, sino la pregunta que cada quien debería hacerse es “¿cómo funciona?”

El distinguido viejo comenzó a hacerme preguntas bastante insidiosas, características de personas inteligentes. Pero no sabía gran cosa acerca del proceso de las construcciones; su campo era la ética, la moral, la religión etcétera. Es comprensible, entonces, que no lograba acorralarme con objeciones verdaderamente válidas. Era uno de esos tipos que aman las definiciones abstractas, tanto que comenzó a repetir:

—Lo que es y lo que debe ser. Huummm, en verdad brillante como fórmula, y no carece de un toque de estoicismo. Trataré de incorporar algunas de estas felicísimas intuiciones a las clases que daré a mi gente… Pero ¿cómo lograré conciliar esa indeterminada fatalidad de la ciencia, con el libre albedrío que pretendo ofrecer a mis humanos?

Bueno, esta vez ese gentilhombre casi me agarra desprevenido. Pero sonreí, simulé una tosecita para darme tiempo para reflexionar y luego declaré:

—¡Pero es obvio!

Esa es una respuesta que dentro de sus límites siempre causa cierto efecto.

—Es posible que sea obvio —convino él. —Pero todavía no lo tengo claro.

—Este libre albedrío que usted pretende entregar a sus humanos ¿no le parece que es, de alguna manera, una suerte de fatalidad?

—Podríamos hasta considerarlo como tal. Pero la diferencia…

—-Además — me apuré a interrumpirlo — ¿desde cuándo la fatalidad y el libre albedrío son incompatibles?

—En un primer análisis parecen incompatibles — objetó.

—Solo porque usted, creo, no entiende la ciencia en su esencia —replique, exhibiendo bajo sus propias narices el consabido y viejo truco de los trileros. — Vea, mi apreciado señor, una de las leyes, yo diría fundamentales, de la ciencia, es la que sostiene que el destino mete el hocico en cualquier cosa. El destino, como usted bien sabe, es el equivalente matemático del libre albedrío.

—Pero lo que usted está diciendo es absolutamente contradictorio —volvió a refutar tercamente.

—El caso es ese precisamente: “debe” ser contradictorio, de eso se trata —aseguré. —La contradicción es otra de las grandes reglas del Universo. La contradicción genera contraste, sin la cual todo alcanzaría el estado de entropía. Es esa la razón por la cual no podríamos tener ningún planeta y, tampoco ningún Universo, si las cosas no existiesen en un estado de contradicción aparentemente irreconciliable.

—¿Aparentemente?

—¡Por supuesto! —enfaticé. —La contradicción, que podemos definir de manera circunstancial como la existencia de los contrarios aparejados, no es la última palabra en la materia. Por ejemplo: tomemos como cierta una sola tendencia aislada. ¿Qué sucede cuando empujamos esa tendencia hasta el límite?

—No tengo la más mínima idea —confesó el viejo. —La ausencia de datos específicos en discusiones de este género…

—Acontece —le interrumpí —que la tendencia se transforma en su “contrario”.

—¿No está bromeando, verdad? — me preguntó considerablemente descolocado.

¡Estos espíritus religiosos son como gatitos ciegos, cuando intentan medirse con la ciencia!

—Por supuesto que no… Le asevero que es exactamente así —le aseguré. — He obtenido las pruebas en el laboratorio… aunque le confieso que las demostraciones son un poco fastidiosas.

—No es necesario que me las presente. Creo en su palabra — declaró el viejo señor. — Después de todo hemos formulado un acuerdo.

Era la palabra que siempre usaba para significar “contrato”. Quería decir la misma cosa, pero sonaba mejor… más amistosa.

—Contrarios aparejados —repitió meditabundo, —determinismo. Cosas que se transforman en sus contrarios. Temo que todo esto es muy complicado.

—Quizás… pero es estético también —le hice notar. —Si me permite, me gustaría concluir la exposición.

—Le ruego que continúe.

—Le agradezco la deferencia. Como estaba diciendo, tenemos la entropía, es decir las cosas que continúan en su movimiento a menos que no interfieran factores externos. Algunas veces, la experiencia me lo ha enseñado, hasta cuando intervienen factores externos. El hecho es que la entropía empuja las cosas hacia su contrario. Si una cosa viene empujada hacia su contrario, tendremos que todas las cosas están empujadas hacia sus respectivos contrarios, porque la ciencia es coherente. ¿Comienza a agarrar el concepto ahora? Tenemos todos estos contrarios que no hacen otra cosa que transformarse en conejos (como en un truco de magia), convirtiéndose en contrarios de sí mismos. A un nivel más alto de organización, tenemos grupos de contrarios que siguen exactamente la misma rutina. Y así continúa a medida que se va subiendo. ¿Estuve claro hasta aquí?

—Sí… creo haber comprendido la idea.

—¡Magnífico! A este punto surge de manera espontánea una pregunta: ¿Esto es todo? Quiero decir, ¿es que no hay más nada, más allá de estos contrarios que están constantemente dándose la vuelta primero hacia un lado y luego hacia el otro? Estos contrarios, que brincan de aquí para allá como focas amaestradas, son solo un aspecto de lo que realmente sucede. Porque… —aquí hice una pausa teatral, para luego continuar con voz profunda y solemne… —porque hay una sabiduría que ve más allá, trasciende el conflicto y el tumulto del mundo fenomenológico. Una sabiduría, mi querido señor, capaz de mirar a través de la cualidad ilusoria de estas cosas reales, y atisbar más allá de ellas, ver los mecanismos mucho más complejos del Universo, que gozan de un estado de grande y maravillosa armonía.

—¿Cómo puede una cosa ser ilusoria y al mismo tiempo real? — quiso saber… Era evidente, y así lo reconocí que ¡no se le escapaba nada!

—No estoy en condiciones de ofrecerle una respuesta a ese tema —le contesté. —No soy más que un humilde servidor de la ciencia. Veo lo que veo y actúo en consecuencia. Pero, posiblemente, detrás de todo esto existe una razón ética.

El viejo se quedó pensando durante un buen rato, y pude notar con cierta claridad que estaba luchando fuertemente contra sí mismo. Brillante como era, captaba al vuelo cualquier error de lógica, ¡y había unos cuantos en los razonamientos que había expuesto!

Pero, igual que todos los intelectuales, estaba fascinado por las contradicciones y no sabía resistir a la atracción de incorporarlas a su sistema. De todas las fórmulas que yo le había propuesto, por un lado el sentido común le decía que las cosas no podían ser tan complejas y retorcidas, y por el otro, el natural cerebralismo le decía que las cosas parecían, sí, bastante complicadas, pero que, a lo mejor, en el fondo había un fácil principio unificador. O si no exactamente un principio, por lo menos una buena y sólida y moral.

Como si eso no fuera suficiente, yo había logrado engancharlo a mi anzuelo usando como carnada la palabra “Ética”. Y así por pura casualidad le había suministrado la idea que todo el universo era una serie de homilías y de contradicciones, que desembocaban en un orden ético perteneciente a una especie muy refinada y enrarecida.

—En todo esto hay algo muy, muy profundo, en el cual no había pensado — observó después de un breve silencio. — Mi intención era instruir a mi gente solo en el ámbito de la ética y dirigir la atención de los humanos hacia las imprescindibles interrogantes morales del tipo: “¿por qué? y “¿cómo?” una persona debe vivir, sin preocuparse acerca de lo que constituye la materia viviente. Quería convertirlos en exploradores orientados a sondear las profundidades de la felicidad, del miedo y de la piedad, de la esperanza y de la desesperación, y no precisamente en científicos dedicados al examen de las estrellas y de las gotas de agua de las lluvias y a la formulación de hipótesis grandiosas y teóricas afianzadas en los resultados de sus investigaciones. Me daba cuenta, por supuesto, de la existencia del Universo, pero lo juzgaba superfluo. Ahora usted ha cambiado mi manera de ver las cosas.

—Por supuesto mi intención no era la de crearle problemas. Solo creí necesario presentarle algunos temas que…

El viejo y noble señor sonreía:

—Presentándome esos problemas me ha ahorrado males peores. Yo puedo crear a mi imagen y semejanza, pero no quiero crear un mundo poblado por versiones en miniatura de mí mismo. Me interesa muchísimo el libre albedrío y mis criaturas lo tendrán para su gloria y su afán. Tomarán este inútil y brillante juguete que usted llama ciencia y lo elevarán a divinidad no declarada. Las contradicciones físicas y las abstracciones solares les fascinarán, se dedicarán al conocimiento de estas cosas y olvidarán explorar los misterios de sus propios corazones. Ha sido usted quien me convenció de todo esto, y yo le estoy agradecido por haberme avisado a tiempo.

Les digo la verdad, todo aquel lindo discurso me provocó cierto escalofrío. Porque, en el fondo, me daba cuenta que el viejo no estaba ligado a otros personajes importantes y, sin embargo, poseía el estilo de un gran señor. Algo me decía que un tipo así hubiese podido acarrearme problemas muy serios, y comprendía también que hubiese podido hacerlo con poquísimas palabras, con una simple frase, pero clavada como un dardo en mí cerebro, sin que pudiese deshacerme de él jamás. Y esto, si debo serles sincero, me acarreaba una buena dosis de temor.

Evidentemente ese respetable señor me leía el pensamiento porque me dijo:

—Acepto sin reservas el mundo que usted me ha construido; servirá idóneamente al propósito por el cual fue construido así como está. Por lo que se refiere a las imperfecciones y a los defectos que usted ha logrado insertarle, acepto también esos, y en el fondo estoy casi agradecido. También le pagaré aquellos, no tema.

—¿Cómo se compensan los errores? —quise saber.

—Aceptándolos sin discutir —dijo él. — Quizás tendré que decirle al hombre que pondré en el huerto del Edén que: De todo árbol del huerto podrás comer; más del árbol de la ciencia, del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieras, ciertamente morirás. ¿No es esto lo que usted definiría como libre albedrío? Le libero, acto seguido, de la eventual molestia que mi presencia pudiera acarrearle, para ir a dedicarme a mis asuntos y a los de mi gente.

Quedé algo descolocado. Había ganado yo, desde el punto de vista dialéctico pero, por otra parte, el venerable amigo tuvo la última palabra. Sabía lo que me quiso decir; había honrado el contrato que estipuló conmigo, no teníamos ya nada que reclamar. Se marchaba sin mostrarme ninguna deferencia, sin una palabra de despedida. Desde su punto de vista aquel adiós era, evidentemente, un castigo.

Así era como él lo veía, naturalmente. ¿Pero tenía yo necesidad de alguna palabra suya? Me hubiese gustado, no hay duda de ello… después de todo es una cuestión natural… tanto que durante un buen tiempo lo estuve buscando. Pero era evidente que él no tenía ningún interés en verme.

Después de todo ¿qué importancia tiene? Había obtenido una buena ganancia con aquel planeta, y si bien es cierto que modifiqué en algo el contrato… un poco aquí, un poco allá… en línea general lo había respetado casi en su totalidad.

De manera que la moraleja final que quiero dejarles sería: Se debe tratar siempre de ganar en cualquier negocio, porque es un deber que tenemos hacia nosotros mismos.

Establecido claramente este punto, es inútil devanarse el cerebro por las consecuencias. Sin embargo, yo quería sacar de todo esto algunas conclusiones, y me gustaría que ustedes, muchachos, escuchen con mucha atención:

“La ciencia está llena, rebosante de reglas, porque yo la inventé así. Pero ¿por qué la inventé así? Porque si uno sabe manejarse, las reglas son una verdadera bendición, exactamente como la cantidad de leyes son una bendición para los abogados. Reglas, doctrinas, axiomas, leyes y principios de la ciencia existen para servirles de ayuda y no de obstáculo. Existen con el único fin de proporcionarles las razones para justificar todo lo que hagan y en buena parte son más o menos verdaderas y es ahí dónde estás la ayuda.

Pero ténganlo presente, aquellas reglas sirven para ayudarles a explicar al cliente lo que hagan después de haberlo hecho, nunca antes. Cuando tienen un proyecto entre manos, abórdenlo de la manera que más le conviene a ustedes, luego adapten los hechos al evento, no al revés.

Recuerden siempre que esas reglas existen como una barrera verbal contra la gente que viene a preguntar. ¡Pero ustedes no deben considerarlas una barrera jamás!

De mí han aprendido que nuestro trabajo es necesariamente inexplicable, limitémonos entonces a efectuarlo; algunas veces saldrá bien otras no tanto.
Sin embargo jamás traten de explicarse a ustedes mismos el por qué algunas cosas suceden y otras no. Jamás deben preguntárselo y, sobre todo jamás meterse entre ceja y ceja que existe una explicación. ¿Estamos claros?

Los dos asistentes asintieron con vehemencia. Parecían iluminados, como seres que hubiesen descubierto un nuevo credo. Adán estaba dispuesto a apostar su vida para sostener que aquellos dos obsequiosos jóvenes se habían aprendido de memoria hasta la última palabra del Constructor, y ahora se apurarían a transformar aquellas palabras en reglas.

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre faz del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. (Gn 1:1,2)

Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre (Gn 3:22)

Fin

Muchas gracias a nuestro amigo Ermanno por tan excelente historia, y no olvidemos que está participando en el Desafío del Nexus así que si disfrutaron este cuento, compartanlo con el botón de facebook.

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