Desde los Teques Estado Miranda, vuelve a la carga nuestro campeón Ermanno Fiorucci quien imbatible ha ganado todos nuestros concursos desde Marzo, ¿volverá a conseguirlo este mes? Eso lo deciden ustedes, aquí les dejo su nuevo relato:

belleza

BELLE ET JEUNE ETERNELLEMENT

Autor: Ermanno Fiorucci.

—Tengo la impresión que desea hacerme algunas preguntas… — le dijo la doctora Alejandra Díaz a Carlos

—Pues sí…¿Cuál fue el motivo que hizo que usted decidiera escoger esta carrera?

—Siempre he creído, que la belleza es una condición muy importante para el ser humano y en consecuencia, la medicina tenía el deber de trabajar en la búsqueda de la forma más eficiente para lograrla… En fin, no creo ser muy diferente de cualquier artista. Eso es todo.

Pero en el fondo ella no estaba muy segura…

En la recepción, en donde Gladis firmó su ingreso, había un cartelito en el cual se leía:

BELLE ET JEUNE ETERNELLEMENT y más abajo, en caracteres más pequeños: Usus et impigrae simul ex perientia mentis paulatim docuit pedetemtim progredientes (Lucrecio). Gladis no lo vio. Pero él sí, y por algún extraño motivo se sintió turbado. Aquellas palabras retumbaron en su mente pocos minutos más tarde, cuando Gladis le presentó a Fernanda Díaz. Alta, severa enfundada en su bata blanca de laboratorio; la que sería la cirujana de su esposa, no podría definirse como una mujer bella, pero sí absolutamente interesante

—Encantada de conocerle — dijo

La mano de la doctora era tersa y fría, tanto que parecía hecha de blanco y pulido mármol; ese fue el primer pensamiento que ese contacto le produjo.

Gladis le tomó por un brazo, y se recostó a él; con esa actitud, quizás inconsciente, con la cual reafirmaba sus inalienables derechos conyugales, en las ocasiones en que presentaba su esposo a los demás y que, paralelamente, le permitía experimentar un íntimo y curioso placer. En verdad, él apreciaba esos espontáneos impulsos afectuosos de su mujer, pero esta vez le parecieron inoportunos y se sintió incómodo. Liberó el brazo, y Gladis lo miró cohibida y algo perpleja. Por algunos instantes ninguno de los tres emitió ni una sola palabra.

—Señor Morón, le noté muy interesado en el cartel de la pared… ¿alguna razón específica? — preguntó por fin la doctora.

—De hecho sí — contestó agradecido por la interrupción del incómodo silencio. — Es que no encuentro el nexo entre la promesa de “Bella y joven eternamente” y la sentencia de Lucrecio que, si mi pobre latín no me traiciona, manifiesta que: “El empleo de la experiencia y de la actividad, al mismo tiempo, nos ha enseñado a avanzar con cautela”.

—Pues debo felicitarle, señor Morón — dijo la doctora en tono amable. — Su latín todavía funciona perfectamente, aunque traduciendo ese concepto de Lucrecio, de una manera más libre y actual, concluiríamos que nos estaba diciendo que el estudio constante y acucioso del devenir existencial nos ha enseñado que el ser humano avanza, progresa o ¿cambia quizás? constantemente y de manera irrevocable pero muy poco a poco.

—Sin embargo suelo sostener que, el progreso social significa el esfuerzo por detener el progreso cósmico a cada paso y sustituirlo por otro que pueda ser llamado proceso ético…

—Pues sí, señor Morón. T.H. Huxley sostenía algo parecido… sin embargo habría que considerar con mucha seriedad, la hipótesis de Darwin la cual sostiene que la selección natural actúa solo y para el bien de cada ser; tanto el ambiente corporal como el mental tenderán a progresar hacia la perfección… ¿Ha asistido alguna vez a una intervención quirúrgica? —preguntó por fin la doctora.

—Sí, una vez… en el quirófano de la facultad de medicina, durante mi época universitaria — puntualizó él.

—Oh, tuvo que haber sido hace ya algún tiempo. Pues, si no estoy mal informada, hoy en día casi todas las universidades usan tele-cámaras.

Fue interrumpida por una enfermera que vino para llevarse Gladis, para los preparativos y análisis de pre-admisión.

En aquel momento él también hubiese querido irse, pero la doctora permanecía a su lado, por lo que su profunda formación de educado caballero, le indujo a quedarse amablemente, y seguir acompañando a una mujer que, a todas luces, no era el prototipo de sus fantasías románticas y tampoco sexuales… podría decirse que, en el fondo, ni le gustaba y tampoco le disgustaba, era una posición estética absolutamente neutra. Ella giró para mirarlo como si le hubiese leído el pensamiento.

—Dígame, señor Morón, ¿le gustaría ver cómo se desarrolla una intervención quirúrgica moderna?

—Sí, por supuesto — contestó, sin querer hacerlo. — Estoy seguro que la disfrutaría muchísimo

La sala a la que le acompañó era una oficina con el piso cubierto por una mullida alfombra. Un sólido y ordenado escritorio y una biblioteca bien dotada de libros de medicina, le conferían al espacio un aire austero. Parecía, a primera vista, una simple sala de lectura, confortable, cálida y silenciosa. Pero, en una esquina estaba ubicado el terminal de una interesante computadora rodeada por una sofisticada instalación de monitores, que suprimían, de inmediato, esa sensación de recogimiento peculiar que transmiten las bibliotecas y las salas de lectura.

La doctora se sentó delante del teclado, introdujo algunos códigos, y de inmediato apareció en la pantalla una imagen ininteligible de colores muy vivos.

—¿Estoy mirando a través de una cámara? — preguntó él.

—Sí. Nosotros a la tele-cámara, en medicina, la llamamos ojo. Para la cirugía existen alrededor de ochocientos, y usted está mirando a través de uno de ellos.

La doctora desplazó la mano sobre el teclado e introdujo un código cifrado. La imagen desapareció de repente para dar paso a otra en tres dimensiones. La capa epidérmica dilatada de manera extremada por el aumento, daba a la piel una aspecto de gelatina color rosa. Allí donde los micro-separadores tocaban, la piel vibraba como una bolsa llena de agua.

—Naturalmente — puntualizó de nuevo la doctora Díaz — usted no está viendo esto en tiempo real. El robot-cirujano opera con mucha mayor rapidez. Lo que está observando es su informe, transmitido en cámara lenta. Ese informe viene archivado y reenviado en el momento en que se efectúa el trasplante o cuando un cirujano humano, como es mi caso en este momento, quiere volver a ver o revisar la operación.

Él no lograba entender qué eran todos esos instrumentos que podían verse en la imagen, sin embargo los bisturíes eran perfectamente identificables. Mientras observaba, uno de esos se transformó en una mancha amorfa. Comenzó a vibrar a velocidad ultrasónica. Se movió hacia el punto deseado, y luego, con un golpe parecido a una caricia, hizo una incisión en la piel. Los separadores intervinieron con absoluta precisión y ensancharon el corte para poner al descubierto el tejido interno.

—Cuando la piel se vuelve a unir se necesita un microscopio para poder descubrir la cicatriz — comentó la doctora Díaz. — Observe atentamente ahora.

El bisturí quedó suspendido, casi vacilante. Luego, con un movimiento elegante, puso al descubierto la fibra de un nervio, y al final…

—¿Es una vena?

—No, el aumento nos lo muestra mucho más grande de lo que en realidad es. Se trata de un capilar.

Ya liberado de los tejidos que lo mantenían presionado, el capilar comenzó a pulsar. Luego un invisible rayo láser lo cortó cauterizando simultáneamente ambas extremidades. Toda la intervención se llevó a cabo sin que se derramara una sola gota de sangre.

—Nosotros tratamos de minimizar los daños, señor Morón, aunque se trate, en última instancia, de un daño totalmente reversible. En el pasado la cirugía era, como usted sin duda sabe, un asunto muy complicado y, en ocasiones, también peligrosa…

Carlos hizo distraídamente un movimiento afirmativo con la cabeza, mientras seguía mirando con enorme atención el procedimiento, igualmente complicado, que se estaba llevando a cabo sobre un nervio.

—¿Y todo esto sería parte de alguna cosa que involucra, como paciente pasivo, a un ser humano? — preguntó Carlos, ya ganado por la curiosidad.

—Por supuesto.

Una vez más la doctora movió su mano sobre el teclado. El campo visual se ensanchó, como si él estuviese en un helicóptero en ascenso. Abajo podía verse una montaña alrededor de la cual estaba desplegado un ejército de plata.

—¡Es una nariz! — exclamó Carlos.

—Sí, en efecto. Para la remoción, en tiempo real, se necesitan alrededor de quince minutos, más o menos.

—Y luego de la remoción, ¿cuál es el paso siguiente?

—Generalmente se efectúa el depósito en el banco de órganos, hasta que una máquina, similar a la 1068, decida, basándose en los pedidos en espera, modelarlo de acuerdo a una particular forma requerida. En este caso específico, pienso que se trata de un modelo brigitte o, quizás, de un sofía, aunque creo que es un poco grande para ser un sofía.

—¿Y a la paciente que le sucede?

—Ella recibe de inmediato el trasplante. Habitualmente se toma en cuenta el tipo de piel y de la sangre. Por supuesto también se considera, con mucha minuciosidad, la estética global.

—¡Increíble! Deduzco que las investigaciones, para hacer esto, deben haber sido…

—No. No es como se lo imagina. El trasplante propiamente dicho es, en la actualidad, una operación rutinaria ya que todo está basado en los estudios, ya realizados con anterioridad, de trasplantes de órganos. Lo que sí ha sido muy importante y trascendente para la ciencia fue el haber resuelto más que satisfactoriamente el problema del rechazo; lo demás lo hizo la cibernética que se encargó de mantener los costos muy accesibles. Por otra parte, es del dominio público que las intervenciones de cirugía plástica han existido desde siempre.

—Cierto. Pero, en este caso específico, insisto, ¿cuál sería el paso siguiente?

—Todos los trasplantes tienen, más o menos, el mismo protocolo. Orejas, mejillas, cejas, forma del mentón, frente… lo que se desea. Si estuviésemos en condiciones de poder hacer intervenciones continuas y, paralelamente, el cuerpo del paciente fuese capaz de tolerarlo, podríamos cambiar completamente y de manera permanente la fisonomía de una persona, hombre o mujer, en pocas horas.

—¿Y el peligro del rechazo no estaría, en todos estos cambios, siempre presente?

—No, el rechazo es, a estas alturas, inexistente. No hemos tenido ni un solo caso durante todos los años en que hemos estado operando…

Sentado delante de aquella pantalla Carlos se sentía vacío y desfasado. ¡Era todo verdad, todo ese increíble proceso era verdad! Lo sabía, lo había leído en la prensa, pero verlo con sus propios ojos y oír ratificarlo por la voz fría y aséptica de la doctora Díaz adquiría otro matiz.

—Señor Morón, ¿me permite decirle lo que usted está pensando? — le preguntó, clavándole en el centro de la frente una mirada inquisitiva que, curiosamente, no lograba disimular el semblante evidentemente divertido de la doctora Díaz.

—Sí, por supuesto. Además esa revelación estimularía mi innata curiosidad por querer saber cuál es ese peculiar y misterioso método que usted usa para leer el pensamiento de sus interlocutores — comentó en tono jocoso.

—¡En este momento debe estarse preguntando cuál será el destino de la nariz de su esposa! Está, por supuesto, recordando los besos, los mordisquitos, que posiblemente le daba de vez en cuando… y está invadido por una curiosidad morbosa por saber de quién habrá sido la nariz que en el futuro besará.

—¡Caramba! ¿Soy tan transparente? — preguntó, en tono muy serio esta vez.

La mujer calló sin desviar la mirada de su rostro.

Él sostuvo esa mirada por unos instantes, luego hizo un gesto afirmativo con la cabeza. La doctora Díaz estiró la mano y apagó la computadora. En la sala la luz regresó lentamente.

—Espero que, a estas alturas, ya estará más tranquilo, pues se habrá dado cuenta de que no hay nada que temer.

—Sin dudas estoy más sosegado, — convino — sin embargo sigo pensando que estamos en presencia de una sustitución de “piezas” sin ninguna trascendencia y cuyo valor solo reside en un frívolo hecho estético.

—Ah, ¡es eso! Déjeme decirle, señor Morón, que su conocimiento acerca de nuestro trabajo, es definitivamente parcial… nuestra meta no es solamente estética, es una forma novedosa de usar, para nuestros propósitos, la ingeniería genética y, a pesar de que hemos tenido importantes éxitos, todavía nos mantenemos en etapa experimental… Necesitamos tiempo físico para comprobar los resultados…

—Ahora sí me agarró fuera de base, doctora… ¿podría “desburrarme” con más claridad?

—Bien, quien generó la chispa que provocó erl incendio en esta nueva visión de abordar la concepción de la genética, fue W. Wordsworth. Él sostiene, entre muchísimas otras cosas, que existe un solo gen que, es capaz de lograr transformaciones inmediatas en el individuo y que podría ser manipulado o en todo caso, intervenido por factores externos: es el gen sexual. Y paralelamente sostiene, también, que dentro del concepto del Carácter Cuantitativo, se tiene diferentes graduaciones entre dos valores extremos, como la variación de estaturas, el color de la piel; la complexión física, etc. Estos caracteres dependen de la acción acumulativa de muchos genes, cada uno de los cuales produce un efecto pequeño, pero constante. En la expresión de estos caracteres influyen mucho los factores ambientales. Y esos factores externos, el injerto por ejemplo, definen el Fenotipo que es la manifestación externa del genotipo, es decir, la suma de los caracteres observables en un individuo. El fenotipo es el resultado de la interacción entre el genotipo y el ambiente. El ambiente de un gen lo constituyen los otros genes, el citoplasma celular y el medio externo donde se desarrolla el individuo.

—Interesante… pero en síntesis, qué me tocaría deducir además del mero trabajo estético.

—Debería deducir lo que es obvio, señor Morón… nosotros estamos supliendo las funciones del gen sexual… provocamos cambios drásticos, inmediatos y visibles que el organismo asumirá como mutaciones genéticas transmisibles a futuras generaciones por herencia.

—Doctora no me estará diciendo, que si un individuo que desarrolla una sólida masa muscular en la práctica fisicoculturismo, transmitirá esa condición a su descendencia.

—¡En absoluto! La mutación inmediata que logra el gen sexual es una porción infinitesimal de lo que logran todos los demás genes con el tiempo, por la adaptación darwiniana. A eso se refiere W. Wordsworth cuando sugiere: “Come out in the light of thing; let Nature be your teacher”

—¿Debo entender, entonces, que los “injertos” que aquí se hacen, de órganos modificados, son asumidos por el organismo como propios por mutación y transmitidos por herencia a sus descendientes?

—Está cerca de adivinar lo que se está buscando, sin embargo, le sugiero que nos deje a nosotros esa tarea, mientras usted puede circunscribirse al hecho de considerar la operación como lo que en realidad es: Un sencillo y encomiable esfuerzo para alcanzar la belleza. Eso es todo. Un hecho muy humano, después de todo.

Con las luces encendidas podía ver muy bien el semblante de la mujer. Se trataba de un rostro fuerte con rasgos definitivamente austeros. Se preguntaba si la bata blanca que vestía no serviría sólo para conferirle cierta imagen, pues era evidente que, en su rol de cirujana moderna, su área de maniobra debía circunscribirse a la oficina y, en consecuencia, no debía sucederle con mucha frecuencia, el tener que abandonarla.

—Tengo la impresión que desea hacerme algunas preguntas… Por favor hágalas, sin inhibirse

—En efecto… sin embargo, más que una pregunta es una especulación. Entiendo que si permitimos, después de sus intervenciones y siguiendo el consejo de Wordsworth, que la naturaleza trabaje y nos enseñe, llegará el momento en el cual todo el mundo será hermoso… con lo cual se destruirá la belleza…

—Confieso que me perdí… — Comentó con los ojos abiertos de par en par. — No capto lo que quiere decirme.

—Si todo el mundo es hermoso, se pierde la belleza, por la sencilla razón que, al no haber nadie feo, no será posible hacer la comparación para establecer la diferencia.

Se le quedó mirando con mucha atención y en actitud pensativa.

—Interesante reflexión, señor Morón… sin embargo es una especulación meramente filosófica… y me temo que la ciencia persigue vislumbrar otro horizonte… ¿Hay algo más que le inquieta, señor Morón?

—Pes sí… En este momento solo me gustaría saber cuál fue el motivo o, en todo caso, la eventual circunstancia que hizo que usted decidiera escoger esta carrera

—Siempre he creído, yo diría como acto de fe, que la belleza es algo, o mejor dicho, una condición muy importante para el ser humano y en consecuencia, la medicina se topaba con el deber de tener que trabajar en la búsqueda de la forma más eficiente para poder lograrla… y conservarla. En fin, de acuerdo a este precepto, no creo ser muy diferente de cualquier artista. Eso es todo.

—Sin embargo yo estoy profundamente convencido, que la belleza es una abstracción…

—¿En verdad cree eso, señor Morón? —le interrumpió, mientras lo observaba con mucha atención.

Luego, como si hubiese tomado una decisión de pronto, giró hacia el teclado y presionó algunos dígitos. En la pantalla apareció una imagen a todo color. Era monstruosa. Necesitó varios segundos para comprender que se trataba de la foto de una niña. Sintió un apretón en el estómago y giró la cabeza como impulsada por un resorte.

—La madre, sifilítica, la trajo al mundo, a pesar de todo, también sifilítica. Horrible, ¿verdad? Hay algo desconocido en la mente humana, que la impulsa a negar la existencia de esta criatura… a negar su humanidad, en fin, a eliminarla completamente. En el pasado reciente los médicos, que hubiesen tenido como paciente a esta chiquilla, sentirían, sin dudas, cierto alivio verla morir… y posiblemente explicarían, de manera razonable, ese desenlace y esgrimirían miles de razones, incluso argumentos humanitarios, para hacer que ese eventual desenlace fuese considerado sensato. Ahora… — presionó, rápidamente, unas cuantas teclas más y en la pantalla apareció la foto de una niña de unos cuatro años de edad —. Linda, ¿verdad? Exactamente como debería ser una niña de su edad… Así crecerá, se desarrollará y, sin dudas, tendrá hijos a quienes les transmitirá sus actuales características por herencia… ese es uno de los éxitos de la ingeniería genética aplicada…

Apagó de nuevo la pantalla, dejándole en la retina la imagen de la hermosa niña con sus trenzas colgándole a cada lado de la carita.

—¿No le parece a usted que están enredados en una peligrosa travesura en la cual pretenden asumir el papel de Dios?

—Señor Morón, diera la impresión que se empeña en colocarse barreras intelectuales que están rayanas a las místicas. La humanidad siempre ha tenido necesidades que, de hecho, han sido sentidas en todas las edades y en todos los países y, por supuesto, las respuestas han sido diversas. Los salvajes han dotado a los objetos que los rodean, tantos vivos como inanimados, de cualidades sobrenaturales. Al llegar a un grado más alto de desarrollo crearon dioses hechos con las manos, imágenes visibles de sus temores y deseos, con cuyo culto y servicio mitigaron las ansias de su corazón. Más tarde, apartándose de tal rigor, se hicieron servidores de dioses invisibles, concebidos bajo la forma de personas, dioses antropomorfos, pero personas que trascienden de la naturaleza humana, seres a quienes atribuyen el dominio del hombre y del mundo.

En este punto hubo un crecimiento de la espiritualidad en las construcciones con las que el pensamiento humano satisfizo su necesidad; las ideas básicas de estas construcciones no han variado sustancialmente en lo más mínimo. Como Voltaire dijo mordazmente, el hombre ha creado a Dios a su propia imagen. La pregunta sería: ¿Entonces qué corresponde hacer? Bueno corresponde investigar en el mundo exterior… y es lo que la genética está haciendo

—Es un razonamiento, doctora, aterradoramente pragmático…

—Permítame darle un pequeño consejo, señor Morón… Olvide todo. No piense y tampoco especule tanto, es lo mejor. Pero en este preciso momento no ahogue su curiosidad. No dudo que a usted le pueda parecer morbosa, pero le aseguro que es completamente natural. Usted quiere comprender qué le sucederá a su esposa, y esto me parece absolutamente lógico.

—¿Absolutamente lógico, doctora?

—Sí, sin duda alguna… Bien ¿hay alguna otra pregunta que quiera hacerme?

—Una solamente… La última, que me luce obvia… Quizás le parecerá un poco indiscreta, y tiene todo el derecho de no contestármela: ¿Por qué no ha intentado la operación en usted misma?

En efecto, no hubo respuesta, solo una leve sonrisa, que logró el milagro de suavizar su rostro, consiguiendo un muy agradable e inesperado resultado y, simultáneamente insinuar tras esa sonrisa, una misteriosa historia oculta…

Cuando llegó a su apartamento, oyó el visófono repicar. Pulsó la tecla de aceptación de la llamada, y vio aparecer en la pantalla el rostro de una mujer joven y muy agraciada.

—Hola, mamá —saludó.

—Hola…Entonces, ¿cómo fue todo? ¡Cuéntame desde “el hola qué tal”!

—Bien. Gladis no ha tenido inconvenientes de pre-admisión. Probablemente comiencen hoy.

—Buen síntoma. ¿Quién la intervendrá?

—Una doctora… Hablé con ella y me lució muy capaz. Una tal Fernanda Díaz.

—No la conozco, pero he oído hablar de ella. Gracias a Dios que no es Almeida. ¡Ese hombre es un verdadero carnicero! Pero realmente eso no es importante. ¿Quién es el consultor estético?

—El doctor Iván Márquez. Ella me dijo que es un ferviente y activo defensor de la ortodoxia clásica.

—¡Magnífico! Jamás me he tropezado con una mujer satisfecha con el new look… ¿No sabes si tratará de adoptar el mentón carolina como le aconsejé?

—¡Por Dios, mamá! ¿Cómo voy a saberlo?

Su madre pareció darse cuenta de pronto, que había algo que no estaba bien… Lo observó atentamente, con una mirada que le recordó la de la doctora Díaz.

—Tú no lo apruebas, ¿verdad? —le preguntó finalmente.

—¡Es que me parece innecesario…Sólo tiene treinta y dos años, por Cristo!

—Mira Carlos, el gran biólogo Julián Huxley, escribió en 1923 en Munich unos versos que me aprendí de memoria porque me parecen proféticos… ¿Te los recito?… Los tituló La película de la vida

—Bueno, madre, si crees que es absolutamente necesario…

—Ruedo la cinta y la historia comienza;

Rollo tras rollo he ahí toda la astronomía,

Hasta que la vida, inflamada en un nicho del cielo,

Salta sobre la escena para desempeñar un millón de papeles.

La vida abandona el limo y puebla los océanos;

Conquista la tierra y levanta sus alas para volar;

El espíritu florece, entonces aprende a no morir,

Anidando más allá de la tumba en otros corazones.

Sigo rodando la cinta; otros hombres como yo

Han hecho la película; y ahora me siento y miro

En la quietud, privilegiado como una Divinidad

Para leer en el mundo rugiente como en un libro.

Si esto es tu pasado, ¡qué es lo que esclarecerá tu futuro,

Oh, Espíritu, hecho de Elementos y Tiempo!

—Muy bonito, sin embargo la tuya es la misma posición de la doctora Díaz: ¡Espíritu hecho de Elementos y Tiempo! Siempre el mismo argumento, madre… ¡Tiempo! Pero insisto, Gladis solo tiene treinta y dos años

—¿Y qué? El pasado sábado fuimos de compra juntas, y una empleada, te lo cuento sólo a título de crónica, la confundió con mi hermana mayor.

—Me inclino a creer que fue, quizás, una actitud diplomática de la empleada o, en todo caso, un error de percepción.

—¿Qué te hace pensar que fue un error de percepción?

—Si no fue un error de percepción, ¿entonces qué crees tú que fue? O, dicho de manera más diáfana, ¿de quién crees tú que fue la culpa?

—Insinúas que es mía, ¿verdad? ¿Qué edad aparento? Veinticinco, quizás algún año más. Pero tú sostienes que debería aparentar mi verdadera edad, ¿cierto?

—¡Qué sé yo… confieso que exhibo un supino desconocimiento de cómo funciona la sinapsis neuronal de las mujeres! Así que por lo que a mí se refiere, ¡aparenta la edad que te dé la gana!

—Un momento, un momento ¿qué es una… cómo dijiste… aah sí: una sinapsis neuronal?

—Bueno madre, te aclaro que la sinapsis es una unión intercelular especializada entre neuronas. En estos contactos se lleva a cabo la transmisión del impulso nervioso. Éste se inicia con una descarga química que origina una corriente eléctrica en la membrana de la célula presináptica es decir, célula emisora; una vez que este impulso nervioso alcanza el extremo del axón, o sea la conexión con la otra célula, la propia neurona segrega un tipo de proteínas, conocidas como neurotransmisores que se depositan en el espacio sináptico que es el espacio intermedio entre esta neurona transmisora y la neurona postsináptica o receptora. Estas proteínas segregadas o neurotransmisoras conocidas también como noradrenalina y acetilcolina son las encargadas de excitar o inhibir la acción de la otra neurona. ¿Entendiste?

—Gracias… creo que… ¡Naa, Carlos… te la copiaste de alguna parte… tú no eres así tan “curto”!… — dijo abriendo muchos los ojos.

—¡Claro que me la copié de la encinetpedia y me la aprendí de memoria para impresionar… además, ten en cuenta que mandarse, frente a cualquiera, con ese montón de paja así de pronto y sin previo aviso, siempre funciona, porque le da a uno un elevado tono de exquisitez intelectual enciclopédica, bestial…

—Claro que sí… y la mayoría de las veces funciona… — soltó una sonora y juvenil carcajada —. Conmigo, por lo menos, en un primer momento, estuviste casi a punto de lograrlo y dejarme bizca… Oye, en serio, el incidente del sábado, con esa empleada de la tienda, no es tan insignificante como, a lo mejor, pueda parecerte en un primer análisis; pero es así precisamente como la mayoría de los seres humanos se comporta con las damas. Algunos misóginos sostienen que la economía del mundo logra sostenerse solo gracias a la vanidad de la mujer. Y quizás, después de todo, sea exactamente esa la verdad verdadera de todo el asunto. Pero, al fin y al cabo, ¿qué importa? ¿Qué hay de malo en querer ser nuevas, jóvenes, y diferentes? Por supuesto, entiendo que es muy bonito, tierno y halagador saber que alguien nos necesita, pero yo creo, muy firmemente, que lo que una mujer en verdad necesita es sentirse deseada.

Al mirar el terso rostro de la madre, que de pronto había asumido una expresión seria, comprendió lo que quería decir. En ese instante tuvo la sensación que tenía algo importante que decirle, pero no logró estructurar de manera sensata e inteligente, qué. Calló, dejando a la imagen de la pantalla la difícil responsabilidad de rellenar el silencio.

—Menos mal que existen las pantallas para dejar el testimonio que uno todavía está en línea — dijo por fin.

La mujer soltó una carcajada cristalina y coqueta. Y él se preguntó si su madre hubiese actuado de manera diferente, si en ese momento hubiese estado mostrando corporalmente su verdadera edad… o quizás, comenzaba a no tener su verdadera edad…

—Voy a preguntarte algo, Carlos: si yo te diese la oportunidad de elegir una planta y te mostraría un cactus y una rosa ¿cuál elegirías?

—¡Qué pregunta tan loca, mamá! — respondió sonriendo — la rosa, por supuesto.

—¿Te das cuenta? Los hombres se dejan influir por la belleza externa o, si prefieres, lo frívolo y eligen lo que deslumbre más, porque a esas características superficiales les dan más valor… Pero, en realidad, no era esto de lo que quería hablar contigo, Carlos. El hecho es que te llamaba, sobre todo, para informarte que, el próximo fin de semana tendremos una reunión en casa. Tú, con la hospitalización de Gladis, seguramente te convertirás en una especie de anacoreta y, conociéndote, estoy segura que te complacerá sentirte solo y condolerte en tu soledad. Lo adivino… y no me gusta. ¿Por qué no vienes? Tengo el íntimo convencimiento de que Gladis estaría muy de acuerdo con esa decisión y te lo agradecería.

—Ya veremos, mamá. Todo depende de cómo estará mi estado de ánimo ese día…

El rostro de la madre se apartó para dar lugar al rostro de su esposo

—Hola, Carlos —saludó el padre con una sonrisa—. Entonces te esperamos. Y no le haga caso a tu madre. En algún lugar y en algún momento y, seguramente, en uno de esos libros de bolsillo de auto-ayuda leyó ese ejemplo de la rosa y el cactus, y siempre lo esgrime cuando quiere justificar sus veleidades presuntamente juveniles. Lo que, por supuesto, no entiende, o quizás no quiere entender, es que en esa parafernalia estética no está presente, casi nunca, el amor y, en consecuencia, tampoco el verdadero y profundo concepto de pareja que, en línea general, manejamos todos los hombres… Yo, por ejemplo, manteniéndome en la misma línea metafórica, me quedaría con el cactus porque la rosa se marchita y muere. Los franceses dicen, con mucha razón a mi entender que no se puede ser “belle et jeune eternellement”, es decir, bella y joven eternamente. En consecuencia y compartiendo esa indiscutible reflexión gala, me inclino por el cactus, porque este, sin importar el tiempo o el clima seguirá igual, verde con sus espinas, y un día dará la flor más hermosa que jamás hayas visto. Se supone, en principio, que tu mujer conoce tus defectos, tus debilidades, tus errores, tus gritos, tus malos ratos y aun así sigue contigo, a tu lado, inmutable… la amante o la hermosa compañera ocasional, en cambio, solo conoce, tus lujos, tus espacios de felicidad, tu dinero y tu sonrisa, por eso, y solo por eso está contigo…

—Padre, visto lo visto, y después de hablar con la doctora Díaz, me nacieron algunas dudas… quizás sea cierto que no se puede ser bella y joven eternamente pero estoy casi creyendo que la ciencia ha conseguido mantenerlas bellas, jóvenes y, por supuesto, activas mientras vivan…

—Olvídalo, estás divagando porque estás deprimido… Pero, ¡a lo nuestro! Te informo que a la reunión de este fin de semana vendrá un montón de gente nueva y, creo, que interesante. Gente que tú no conoces. Todavía no sé si cabrán todos en el apartamento. De todas maneras, si quieres, tráete una compañera, o si prefieres… escoges una aquí —concluyó guiñándole un ojo con una sonrisa cómplice.

Finalizada la conversación, y después de haber aceptado la invitación, sin compromiso definitivo, se sentó y volvió a analizar las palabras de la madre. Trató de recordar su semblante y su actitud, así como si nunca lo hubiese visto antes de ese momento. Al hacerlo, casi al mismo tiempo le vino a la mente el rostro enjuto y acabado de su padre. ¿Sería el efecto causado por la vanidad de su esposa ese evidente deterioro de la presencia física de su viejo? Tener una esposa que parecía su hija, y saber que los otros la mirarían haciendo, inevitablemente, comentarios suspicaces e incomodas y socarronas comparaciones, ¿no le estaría afectando anímicamente?… ¿Se trataría, en verdad, sólo de vanidad femenina? ¿Tendría su madre amantes? De ser así, ¿serían jóvenes? ¿Le preguntarían la edad? ¿O eso no les importaba un carajo ni a ella y, mucho menos, a ellos?

Los días que siguieron transcurrieron de manera anodina, y se mezclaron uno con otro como los colores de una acuarela pintada por un niño. Ignoró todas las citas, y no se comunicó con nadie. Su aislamiento fue completo y casi aséptico. Sin embargo, la noche de la recepción se encontró, elegantemente vestido, frente a la puerta del apartamento de sus padres.

—¡Carlos! —Gritó alborozada su madre, tendiéndole los brazos—. Pasa, querido, pasa.

Lucía un vestido muy elegante, toda una explosión de llamas y oro. Las delicadas hojas del tejido, que se repelían gracias a un campo electrostático, la envolvían como los pétalos de una flor. Ejecutó, exhibiéndose, una hermosa y coqueta pirueta frente a él. Los pétalos se movieron hacia todas partes dejando al descubierto las bien torneadas piernas y los rosados pezones.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí, es muy lindo y original.

Lo abrazó apresuradamente y de inmediato lo dejó libre con las palabras que había escuchado durante toda la vida:

—Ahora te dejo solo, así que, de aquí en adelante, todo depende de ti y de tu libre albedrío, Carlos — dijo alejándose con una sonrisa —. Deseo y espero que te diviertas.

El gran apartamento estaba completamente lleno de sonidos y colores. Carlos comenzó a recorrer lentamente los espacios, escuchando la música y las voces de la gente. En la amplia sala se detuvo para mirar a los invitados y a los que estaban bailando. Estos interpretaban una suerte de danza extraña, casi mística- tribal. Daba la impresión que los bailarines se dejaran transportar por una corriente, como un banco de peces en el fondo del mar… adelante y atrás… adelante y atrás… con una continuidad casi hipnótica.

No muy lejos se encontraba la doctora Fernanda Díaz. Se cubría con un vestido negro sencillo y a la vez sobrio y elegante.

—¿Se está divirtiendo, doctora? — la saludó.

—Muchísimo. ¿Son siempre así las reuniones que organiza su madre? — giró para señalar, con un gesto amplio, a los bailarines y a los otros invitados.

—Posee una suerte de rara mezcla, compuesta por un don natural y una profunda vocación para estas cosas — dijo Carlos con indiferencia, encogiéndose de hombros —. Mire a las mujeres, doctora. Trate de encontrar a una sola fea. Esta recepción es un tributo de mi madre a su profesión.

—Me atrevo a inferir entonces que coincide conmigo sobre el hecho, además evidente, que son todas muy hermosas.

—En efecto. Parece, y le ruego que haga un esfuerzo para disculpar mi cursilería, estar contemplando un jardín de rosas perfectas… y, por supuesto, indiscutiblemente hermosas.

Las mujeres pasaban a su lado riendo alegremente del brazo de los caballeros. Había mujeres cuya belleza era definitivamente clásica, otras, por el contrario, parecían camafeos vivientes. Fernanda Díaz las observaba con mucha atención, sin embargo, Carlos no pudo descifrar, por su expresión, si el escrutinio obedecía sólo a un interés profesional o meramente estético.

—Hubo un tiempo — comentó en tono especulativo Carlos — en que se escondían en los atuendos. Las mangas servían, de manera elegantemente disimulada, para encubrir los brazos demasiado gruesos, mientras que el corte de los vestidos estaba hecho en función de no resaltar las eventuales poco estilizadas siluetas de las personas que los lucieran. La entera industria de la confección y de la moda trabajaba, casi exclusivamente, para ofrecernos las herramientas que nos permitieran auto engañarnos. Y usted, mi querida doctora, ha cambiado todo ese paradigma.

Ella le miró, y sus ojos se fijaron tan profunda e inquisitivamente en él, que le hicieron sentir incómodo, pues tuvo la sensación de que lo estaba analizando…

—Usted les dio a ellas unos cuerpos perfectos — continuó, aparentemente imperturbable—, exquisitamente construidos. Hoy en día los vestidos se convirtieron en un presunto adorno, del cual se podría perfectamente prescindir. Ninguna de las mujeres aquí presentes tendría la necesidad de recurrir a la más mínima decoración accesoria. Excepto… — y calló.

—Excepto yo — dijo ella concluyendo la frase con una tenue sonrisa dibujada en sus labios.

No estaba en capacidad de poder explicar y explicarse, plausiblemente, la razón por la cual había regresado una y otra vez a la clínica. Quizás, solía decirse, era para tratar de diluir un remoto sentimiento de culpa generado por su conducta, en ocasiones, poco diplomática y caballerosa, al referirse a los atributos físicos de la doctora Díaz… sin embargo y curiosamente, estaba convencido de que no había nada que podría hacerle pensar que necesitara disculparse.

La doctora lo recibió, cada vez, con más calor y afabilidad, actitudes estas para las cuales no estaba preparado. Ella, con mucha cordialidad, insistió mostrarle la otra parte de su mundo. Acompañándola, en calidad de visitante, exploraron los laboratorios, los largos, solitarios y silenciosos corredores, los asépticos quirófanos y los archivos de datos. En el departamento de conservación de los tejidos musculares, caminaron libremente en medio de los delicados contenedores de plástico transparentes sin ser seguidos, ni siquiera por la mirada curiosa o suspicaz de los técnicos que allí laboraban.

—Posiblemente esté equivocado, pero todo esto me sugiere la idea de placentas —dijo Carlos refiriéndose a los contenedores.

Ella rió, y él se descubrió pensando que, antes de ese momento, jamás la había oído y tampoco visto reír.

—Usted, mi querido Carlos, es un caso perdido —dijo ella con una sonrisa amable, casi afectuosa —. Es, definitivamente, un romántico irrecuperable.

Había algo en su forma de pronunciar aquella definición de romántico irrecuperable, así como su nombre de pila, el todo enmarcado en esa espontánea alegría de su risa franca, que Carlos la percibió como una caricia furtiva.

—Mire —se paró delante de un contenedor y señaló la figura que flotaba en su interior—. ¿Recuerda las ondulaciones de la danza de los invitados en la última recepción en el apartamento de sus padres? —él asintió. La recordaba muy bien, por supuesto —. Simulaban las oscilaciones ingrávidas en el útero materno. En este caso, la diferencia consiste en que se trata, de una solución isotónica, no muy diferente al fluido de la placenta, que elimina todos los desechos y protege los tejidos nuevos que se están formando. Mire. Observe las piernas — él se inclinó hacia delante para ver mejor.

La piel de las piernas había sido abierta delicadamente para exponer la sencillez del hueso y del músculo. Este último estaba sacudido por un temblor continuo e indistinto como el de las alas de un colibrí.

—Hubo un tiempo, ya muy remoto, hacia el final del siglo dieciocho, cuando un físico italiano, llamado Alessandro Volta, aplicó un impulso eléctrico a las patas de una rana, y las hizo contraer. Quería probar una teoría suya… pero, ahora mismo no recuerdo cuál era. Pero el efecto de ese experimento fue muy estimulante para alentar a profundizarlo en estudios posteriores.

A lo largo del tanque había una repisa con una serie de aparatos. En la pantalla del osciloscopio se desplazaba, sin interrumpirse, la línea roja de los impulsos.

—Estos aparatos obligan al músculo a expandirse y contraerse a una velocidad de dos mil movimientos por segundo — siguió explicando la doctora —. En pocos días el músculo se desarrollará tanto como si hubiese sido consecuencia de varios años de ejercicios normales. Al final del tratamiento, esta mujer tendrá las batatas tan redondeadas y firmes como las de una bailarina clásica —. La doctora se quedó por algunos instantes silenciosa, meditabunda, luego suspiró. — Lo que esperamos es que esta persona se mantenga activa el tiempo suficiente hasta que su organismo asuma ese desarrollo muscular como una mutación… pero me temo que al final ella meterá las piernas debajo de una mesa de canasta, y no hará otro ejercicio que el de caminar hacia el carro más cercano. Los músculos se le atrofiarán, y después de un par de años la veremos regresar.

Aquellas palabras sonaban extrañas en su boca, y él se vio obligado a mirarla, casi pensando que tenía al lado a una desconocida. Con sorpresa observó que los primeros botones de su bata se habían soltado dejando al descubierto una delicada blusa color violeta pálido. Notó, además, que la mujer llevaba puestos un par de bonitos zarcillos. Carlos le sonrió y le preguntó en tono graciosamente confidencial:

—A propósito ¿quién dijo usted que era el romántico?

Ella se ruborizó y él, de pronto, se dio cuenta de que su rostro era, sin duda alguna, muy gracioso. ¿Por qué no lo había notado antes?

De regreso a la oficina, se descubrió mirando el perfil de ella reflejado en el vidrio fuliginoso de la ventana, pintado por la oscuridad externa. Le pasó el dedo sobre el arco de la nariz de la silueta.

—¿Es un brigitte o un sofía? No… es demasiado grande para ser un sofía.

—Estate quieto —le dijo ella casi con ternura, mientras giraba para mirarlo. Tiene los ojos grises, pensó Carlos tontamente, pero de noche todos los ojos son grises.

—Estás agradable y atrevidamente raro, Carlos… ¡Qué te pasa?

—No lo sé. ¿Quieres decírmelo tú?

—Pues sí, te lo diré… me luces como un muchachito inteligente pero travieso, Carlos… un niñito que necesita de una persona madura y reposada que le guíe con gentileza y afecto. Que le diga constantemente que no se intranquilice, que todo está bien y que no debe preocuparse.

—Muy bien… ¿Y tú quién, realmente, eres?

—Alguien igual a ti… Sí…Exactamente igual a ti.

—Ya… creo entender… y… ¿eso es bueno o malo?

Ella movió la cabeza y miró fijamente el techo oscuro.

—Mi infancia, Carlos, no ha sido nada feliz. Era alta y flaca, con todos los huesos que, constantemente, trataban de perforarme la piel. Ni siquiera poseía el don de ser graciosa. Pero, a pesar de todo, tenía mi versión de la rana fea. Estaba segura que un día cualquiera, el menos esperado, llegaría el príncipe azul para llevarme con él… Me hubiese aceptado así como era, diciéndome que era extraordinariamente bella… y, yo de inmediato me convertiría en sorprendentemente bella de verdad.

Él, no pudo evitarlo, la apretó, con ternura, entre sus brazos, en silencio y ella se abandonó al abrazo dócilmente. No se le ocurría nada que decir. Prefirió que el tiempo fuese llenado por ese silencio afectuoso y compartido. Cualquier cosa que dijera rompería la tierna magia del momento… Además no quería mentir.

Esa fue una relación hermosa, tierna, cálida y civilizada… mientras duró. Sin embargo todo terminó gradualmente como había comenzado. Una cita fallida, una displicente contestación al visófono, una explicación no aceptada… todas esas cosas que suelen suceder normalmente en un mundo colmado de susceptibilidades y superpoblado.

Por cuestiones de responsabilidad y delicadeza entró en la oficina el día en que Gladis debía salir de la clínica, y sintió cierto alivio cuando Mary, la secretaria, le dijo que la doctora no estaba. En el momento en que se estaba retirando, ella le llamó.

—Oh, señor Morón, ¡qué pena! Casi se me olvidaba. La doctora me ha encargado darle este paquete si le veía. Me dijo que era un regalo para su esposa.

Tomó el pequeño paquete envuelto en papel de regalo, y preguntó en qué dependencia se relevaban a los pacientes que habían sido dados de alta. Recibió la información y hacia allá se dirigió.

Sólo estaba Gladis. Le estaba esperando al fondo de la sala. Lucía un ligero vestido que ondulaba con gracia a cada movimiento. El tratamiento había logrado el éxito deseado. Su mujer se había convertido en una más de los millones de bellísimas desconocidas.

—¿Cómo me veo? —preguntó.

—Estás espléndida, sencillamente magnífica y hermosa —le contestó abrazándola.

—¡Oh, un regalo! —Exclamó alborozada, casi arrancándole el paquete de las manos —. Quizás sea de un admirador secreto —y lo abrió, visiblemente ansiosa, con mucho cuidado, sin romper el papel.

Adentro reposaba una rosa magnífica, muy hermosa, pero cuando ella la tomó y levantó para aspirar su aroma, todos los pétalos se desprendieron cayendo al suelo, formando una nube alrededor de sus pies.

—¡Estaba marchita, Carlos! —exclamó, casi llorando —. ¿No te parece anormal que una rosa que se veía tan hermosa en la caja estuviese marchita? —se agachó para recoger los pétalos uno por uno—. ¿Qué hay de lindo en una rosa marchita?

—No lo sé amor… La verdad es que… no lo sé… quizás solo sea una cuestión explicable si se analiza en el marco de la sinapsis neuronal de las mujeres — contestó Carlos recordando aquella definición que había memorizado solo para darse cierto tono… y a la rana que por amor se había convertido en una hermosa princesa…

FIN

Muchas gracias a Ermanno por este nuevo relato, te deseamos mucha suerte.

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