Nuestro incansable amigo Joseín Moros regresa a nuestro Desafío del Nexus con otra historia de Weird West. Como suele ser el caso con las historias de Joseín también la ilustración es parte de su autoría.

No dejen de leerla:

Balas, Colmillos, Herraduras y Sangre

Las serpientes se apartaron del caballo negro azabache, una intentó morder las patas y sus colmillos no traspasaron el cuero. El sol estaba muriendo. Los cactus verdes rojizos, siluetas con deformidades infernales, miraban pasar la jinete envuelta en un sobretodo negro y sombrero del mismo color. Sobre la cara, un pañuelo a cuadros rojos, sucio, raído, para protegerse de la arena.

No era fácil saber el sexo de la oscura forma, a menos que su abrigo se abriera y el bulto de sus pechos gritara: mujer, mujer.

—Huelo agua —dijo el caballo negro de ojos afiebrados, con facciones duras y expresión de perro de presa.

—Hace rato la olí, Gancho —la voz de la dama sonó áspera, por la resequedad de su garganta.

En silencio el caballo aceleró la caminata. Un par de kilómetros después, ya casi en plena oscuridad, descendieron una hondonada, el cuadrúpedo se detuvo a escarbar buscando raíces. La mujer arrancó una pala de la alforja y comenzó a excavar. En ningún momento les asombró, a un centenar de pasos, la osamenta de ballena con puñados de tumbas entre dos enormes costillas. La misma mujer las había excavado, en un cercano momento de su pasado.

—Con calma, Solla, no me estoy muriendo —el caballo habló con la boca llena, su voz fue casi incomprensible.

La mujer aumentó la fuerza en cada maniobra y cuando estuvo enterrada casi hasta la cintura, saltó fuera del agujero. De inmediato quitó los aperos del caballo y con chamizos secos hizo una buena hoguera, rodeada de grandes piedras. El viento así no podría apagarla y las piedras irradiarían calor, al dormir cerca del fuego sus ropas estaban seguras de no incendiarse. Sobre las piedras puso una olla con los restos de agua de su cantimplora. Dejó caer hojas resecas que sacó de las alforjas y esperó el burbujeo.

—No sé cómo puedes tomar eso —murmuró el caballo y de lado escupió una piedrecilla.

Solla bebió la infusión y dejó las hojas, cuando perdieran la humedad las volvería a guardar en una bolsita de cuero. Entonces, con otra olla, procedió a sacar agua del agujero. Con paciencia fue saciando la sed del caballo, aproximando el recipiente al hocico. De vez en cuando le daba un terrón oscuro de azúcar con sal.

—Ponme una manta sobre el lomo. Todavía siento malestar. Por La Verde Llanura, que resfriado. Mañana, mientras consigues algún conejo, comeré avena de la alforja, los siguientes días tomaré agua, sal y azúcar. Es mejor tener las tripas vacías. Ya no soy tan joven —y emitió una risita como los cloqueos de un ave extraña.

Sin hablar, Solla lo cubrió. Ella se enrolló próxima a las piedras, sobre un catre grueso, y envuelta con una manta de algodón teñida de negro. A cada momento se rascaba el cuerpo.

—Gancho, no hables, quiero dormir. Y tampoco cantes el himno de la Verde Llanura, estas ronco y te quedarás mudo.

Al amanecer, la sombra del gigantesco costillar llegó hasta ellos. No era un esqueleto animal, eran los restos de un dirigible de gran magnitud, el metal estaba enrojecido como sangre seca por la oxidación. Antes de partir, para cazar algún conejo, Solla caminó entre las ruinas y miró una formación rocosa a unos mil pasos de distancia.

<< Allí resucité. >>

Cuando el dirigible golpeó el primer promontorio rocoso, la cabina de fusileros y el puente de mando, ubicados en la popa, chocó de tal manera que se desprendió de la estructura. Al rodar cuesta abajo, mientras el dirigible siguió a ras de suelo para estrellarse en lo profundo de una hondonada, los cuerpos de cuarenta y ocho fusileros quedaron destrozados en el trayecto. La suerte quiso que las ropas de Solla se enredaran en uno de los trípodes, soporte de fusil, y permaneció en el interior de la cabina. Eso la salvó, sin embargo quedó mal herida. Antes de perder el sentido, vio un caballo negro pateando un panel de madera y atrapándola por la ropa con sus dientes. Se sintió arrastrada sobre las piedras. El otro recuerdo fue una india intentando alimentarla, mientras acampaban en una cueva visitada por murciélagos, grandes como gallinas.

<< Fue una secuencia de milagros. Mayuna y Gancho, mis ángeles salvadores. Y ese lingote de oro que luego encontré entre las ruinas, mientras excavé tumbas, también fue un milagro. Los atacantes lo perdieron durante el saqueo. Solo es una parte de mi tesoro. >>

***

Un día despertaron a corta distancia de su objetivo: era el poblado de nombre Infiernito. Desde una mesa rocosa la mujer observaba, al mismo tiempo cepillando el cuerpo del caballo. Cambió las herraduras y afiló unos tacos cuadrados en ellas, parecían diseñadas para caminar sobre un lago congelado, algo imposible de encontrar en “el desierto más feo del mundo,” como lo llamaban quienes sobrevivían sus traicioneros rincones.

<< Más de un telescopio nos debe estar observando. Bien, ya saben cuál es nuestra intención y estarán preparados. >>

La multitud de cicatrices, en el cuerpo del caballo negro, las cubrió con una pomada y lo enjaezó con cuidado. Más temprano había sacudido y cepillado sus propias ropas. También, con un peine fino quitó los piojos en su cabellera, axilas y entre las piernas, luego se perfumó con polvos de clavo, canela y tabaco, para alejar más parásitos.

El caballo la sacó de sus pensamientos.

—Anoche soñé con la Verde Llanura. Vi a mi madre, también a varios conocidos, de esos que prefieres olvidar. ¿Qué crees que significa, Solla?

Contestó entre dientes, no le gustaba el tema.

—Yo no sé de eso, Gancho. Le preguntaremos a Mayuna.

<< Si volvemos a verla. >>

Finalizó de revisar sus revólveres y habló en la oreja izquierda del caballo.

— ¿Listo, Gancho? Estamos a tiempo de regresar.

—No digas tonterías. Yo estoy listo. ¿Y tú? —entonces tosió con ruido.

Ella meditó un instante y palmeó el cuello de Gancho.

—Lista. Sin miedo. Vamos despacio. Conservemos el aliento.

***

Al cabo de horas de caminata, al bajar un cerro pedregoso, encontraron el Infiernito. Eran dos centenares de casas grandes, algunas con hasta tres niveles, las aspas de molinos giraban, unas para moler grano y otras extrayendo agua de los pozos. Al menos veinte de las mayores construcciones debían ser hoteles y casinos. Detrás de una, casino y recinto de diversión, estaban amarrados cuatro dirigibles plateados, con una gran calavera dibujada a cada lado, sobre fondo negro. Lo particular en la figura era una pelambre, roja y desordenada.

Todo evidenciaba prosperidad en este pueblo de jugadores, fugitivos y gente honrada viviendo de atender a los fugaces visitantes. Allí era posible apostar, sin límite, sin preguntas. Las leyes del Infiernito preveían situaciones sorprendentes en extremo. Desde la llegada de un Alcalde con la sabiduría de Salomón y la energía de Atila, —su nombre Pancho el Barón Sombrero, siempre rodeado de leales como fanáticos religiosos—, la prosperidad se incrementó.

La gente miraba pasar a la mujer y al caballo negro, bajo el débil sol. Muchos se persignaron, todos desviaron la mirada cuando Solla volteó. Los pasos del caballo continuaron pausados, dejando agujeros en la tierra, las riendas estaban sueltas. Gancho seguía el centro de la calle principal y se detuvo frente al casino. El nombre del edificio, escrito con letras rojas en enormes tablas, era: El Dirigible del Averno.

Solla saltó del caballo y quedó allí, en el suelo de tierra, sin hablar. En la puerta, docenas de hombres armados vigilaban. Se tocaban los mostachos, la entrepierna y las bandoleras llenas de balas. Luego de observar con atención a la mujer y al caballo, uno de ellos caminó hasta los recién llegados, con una libreta en la mano.

—Los vimos en la Piedra Yunque, preparándose para venir. ¿Vienen a apostar?

—Sí. Ambos —contestó Solla.

— ¿Nombres?

—Gancho, él, y yo, Solla.

El individuo miró al caballo.

— ¿Gancho? ¿Este es el Gancho del Casino Laguna Seca, el hijo de Blanca Paloma? Creí que ya había muerto, o estaba retirado por viejo.

Solla asintió con un gruñido, y el caballo produjo su extraña risa, ahora parecida a un cascabeleo de serpiente.

El empleado mostró dos fichas, una roja y otra negra, con calaveras en ambas caras y complicados adornos alrededor. Solla murmuró, sin dejar de mirar hacia un portón pintado de rojo al lado del casino.

—Negra. Con todo.

El hombre retrocedió un paso, para verlos mejor.

— ¿Con todo? ¿Sabes qué significa?

La mujer no contestó. Gancho movió la cabeza para mirarlo y abrió la boca, en un bostezo lleno de colmillos.

El hombre observó las cicatrices en el cuerpo del caballo negro y a la mujer, de arriba abajo. Ella abrió su abrigo y él miró sus armas. Asintió y tomó nota cuando Solla sacó un lingote de oro y lo puso en sus manos. Entonces gritó a toda voz, mirando hacia el mismo portón donde Solla tenía clavada la vista.

— ¡Fichas negras, con todo! ¡El Gancho de Laguna Seca y Solla! ¡Negras, con todo!

— ¡Que sea ahora mismo, o no hay apuesta! Me vieron con sus telescopios, sé que están preparados —vociferó Solla, mirando hacia el portón.

Fue ruidoso e instantáneo. El portón se abrió de par en par con el tintineo de cadenas golpeando un suelo de ladrillos y una campana repicó con sonido estridente. También las ventanas de las casas próximas se abrieron. Del casino comenzó a salir gente, apostadores, empleados y mujeres maquilladas con altos peinados. Nadie habló, estaba prohibido durante los más tensos momentos, sus ojos mostraban curiosidad y asombro. Un tropel de caballos tronó y por el medio de la calle se aproximaron al menos veinte cuadrúpedos, sin aperos. Había de diferentes aspectos pero todos altos y fuertes, con esas expresiones de perros de presa a punto de atacar. Se quedaron a buena distancia, como espectadores.

Solla quitó y dejó caer al suelo la silla, alforjas y demás aperos del caballo. Gancho permanecía inmóvil, con la mirada fija hacia él portón que se había abierto con tanto escándalo. Tenía las crines erizadas, los ollares expandidos y la musculatura de su cuerpo se estremecía, los labios se curvaron para mostrar de nuevo sus colmillos de oso y dejó salir un chorro de orina recto hacia el suelo como signo de furia. En la puerta los apostadores tomaban fichas de los empleados, las conversaciones eran a señas mostrando cantidades, pisaban con cuidado las tablas del suelo, para no hacer ruido.

Cuando la última ficha fue canjeada, sonó otra campana, en alguna parte, debía ser pequeña como las utilizadas en el interior de las iglesias. Para el momento, frente a las casas, había gente silenciosa. Más caballos se aproximaban al final de la calle, caminando en silencio, como si no quisieran interrumpir la concentración de algún jugador durante una apuesta de gran envergadura.

Del portón, un corcel palomino dorado salió despacio, sin nada sobre su cuerpo lleno de cicatrices, el débil sol lo hacía brillar como oro y sus colmillos estaban cubiertos de espuma porque estuvo calentando sus músculos durante un buen rato. Las espuelas aserradas dejaron troneras en el suelo de tierra. A su lado venía un hombre enorme, en mangas de camisa, los brazos y el cuello mostraban tatuajes compactos. Sobre su cabeza lucía un casco de cuero y en la frente los típicos anteojos utilizados por los pilotos de dirigible. Tenía una sonrisa perfecta, feroz y brillante. Dos revólveres de largo cañón colgaban a cada lado de la cadera, un machete ancho como una cimitarra y cuatro cuchillos, acompañaban su ajustada vestimenta. La musculatura era tan impresionante como la de su caballo ambarino.

Del casino salió un hombrecillo, vestido de levita y sombrero alto. Era el alcalde Pancho Barón Sombrero, temido hasta por los machos más duros del Infiernito. A saltitos llegó hasta el medio de la calle. El silencio de la gente aumentó para oír su voz, conocida por la perfecta dicción.

—Los retadores son: el legendario Gancho, hijo de Paloma Blanca, y su jinete Solla. El reto es con todo. El Campeón del casino, contesta el reto: el poderoso Muerte Amarilla y el también invencible, El Bello Piloto, hijo predilecto de la familia von Rotterdam, actuales propietarios de El Dirigible del Averno. Recuerden, todo está en la mesa y el ganador debe tomarlo.

Levantó una bandera negra, con el dibujo de una calavera de melena roja, la sacudió y arrancó a correr de regreso mientras tocaba un pito con forma de dirigible plateado.

Gancho dio un brinco adelante. Muerte Amarilla se paró en dos patas y saltó como un gato a pesar de su tamaño y peso. El choque formidable y estremecedor fue en el medio de la calle. Hombro contra hombro, ninguno cayó. Erguidos como boxeadores se patearon cara y pecho, se lanzaron mordiscos, retrocedieron, con las heridas perdiendo sangre. De nuevo chocaron, ahora de costado, girando en una danza vertiginosa, cada uno tratando de castrar a su oponente. Se apartaron pero como una serpiente Muerte Amarilla giró y coceó con sus patas traseras el costillar de Gancho. Retumbó el sonido en la calle. El caballo negro cayó con ruido y levantando polvo. Muerte Amarilla intentó con sus cascos delanteros aplastar la cabeza de Gancho. El caballo negro se revolvió en el suelo para esquivar los golpes. De repente se encogió como un resorte y al estirarse sus patas traseras encontraron las delanteras de Muerte Amarilla. Crujieron huesos y el único relincho oído hasta el momento sonó enfurecido. Gancho repitió la maniobra, boca arriba, sus dos patas traseras golpearon el vientre de Muerte Amarilla, una, dos veces, con retumbar desagradable, y el caballo cayó lejos de Gancho.

El silencio continuaba, solo se oían los esfuerzos de ambos caballos para levantarse. Por fin Gancho lo hizo, por su boca brotaba sangre, tenía un fuerte hundido en un costado con boquetes rojos donde las espuelas perforaron la piel y partieron los huesos. Esperó un momento para recuperar el equilibrio. Muerte Amarilla se estremecía en el suelo, intentaba respirar, pero la sangre lo ahogaba. Gancho se aproximó paso a paso, por el lado de la cabeza del caído. Se irguió y dejó caer todo el peso de su cuerpo, con las dos patas delanteras, en el cráneo. Muerte Amarilla lo vio venir y no pudo esquivarlo. Sonó seco el hueso cuando estalló. El ganador había tomado todo, hasta la vida del perdedor, como lo exige la apuesta.

Con las patas delanteras manchadas de gris y rojo, Gancho regresó al lado de Solla. Sonó el pito y la multitud esperó mientras Solla se quitó el abrigo y el sombrero. Desde lejos, El Bello Piloto miraba, ya no sonreía. El hombrecillo de  nuevo salió a la luz. Corrió hasta el centro de la calle, agitó la bandera y regresó caminando despacio. Cuando llegó a la puerta del casino se volteó, miró a cada uno de los combatientes y tocó el pito.

Sonaron los tiros. Solla rodó por el suelo, sin disparar, las armas en la mano. El Bello Piloto dejó caer el revolver derecho, ya vacío, y con las dos manos apuntó con cuidado a la mujer. Se oyeron dos tiros en el instante cuando ella tocaba la espalda contra el suelo y tenía los brazos estirados en el mismo eje de su cuerpo. El  Bello Piloto cayó encima de Muerte Amarilla, con agujeros en los dientes, las piezas blancas habían saltado como granizo manchado de sangre.

Solla se levantó y cojeando, por la pérdida de un tacón de la bota por uno de  los balazos, corrió al lado de Gancho. El caballo negro estaba con las cuatro patas dobladas, vientre contra el suelo, a punto de caer a un lado. La mujer lo abrazó para hablarle al oído.

— ¿Qué hago, Gancho?

—Lo que tienes que hacer. Nos vemos en La Verde Llanura, me la he ganado —siseó el caballo, botando sangre por los ollares.

La mujer lo besó en la frente, se levantó, puso el revólver en la sien del caballo, este cerró los ojos y ella apretó el gatillo.

El silencio continuaba, entonces, desde el otro lado de la calle, se aproximaron dos caballos sin aperos.

—Señora, soy Flecha. Te pido que me aceptes, si viene un reto estoy contigo. —dijo el caballo blanco.

—Señora, soy Pluma. También quiero que me aceptes, pelearé a tu lado si hay más retos —dijo la yegua alazán.

Solla miró hacia el casino.

— ¡Como ganadora, adquiero a Pluma y Flecha!

La multitud miraba hacia el portón, parecía segura de la aparición de un retador, pero nadie salió. Entonces ella miró a su alrededor e inspiró profundo para gritar.

— ¡Whisky, para todos!

Estalló la algarabía, música de una orquesta sonó en el interior del casino.

El hombrecillo tomó un embudo y gritó por allí.

—Rieguen la voz. El casino  busca nuevo campeón, a menos que Solla acepte el puesto.

La mujer negó con la cabeza, ayudaba a los obreros y la carreta de bueyes a levantar con poleas el cadáver de Gancho, para depositarlo en las tablas. Lloraba sin disimulo. Los dos jóvenes caballos la siguieron, mientras se alejaban hacia el cementerio común de gente y cabalgaduras. Atrás quedó el bullicio de la fiesta.

***

Solla entró al casino. Su vestimenta era nueva, conservó la misma imagen: sobretodo y sombrero negro, pañuelo al cuello con diseño a cuadros rojos. El hotel donde se alojaba le había asignado la mejor habitación y aroma de mujer la rodeaba. Un dirigible de bandera azul, con una cabeza de puma como distintivo, había llegado horas atrás, repleto de apostadores. El local estaba desbordado de gente, unos bien vestidos y otros con aspecto de violentos deseosos de jugar fortunas. El ejército del alcalde los desarmó apenas bajaron del dirigible, nadie podía llevar armas en las calles del pueblo, solo las fuerzas de mal encarados guardias las llevaba en abundancia.

Se hizo un momentáneo silencio, hasta la orquesta se detuvo. De inmediato volvió el ruido y todos fingieron no haberla visto. Ella caminó entre las mesas, atravesó la pista de baile y tomó asiento en un balcón cercano a la inmensa barra, con vista sobre la mayor parte del local. Un mesero llegó corriendo, con una botella de champán sumergida en hielo y una copa helada.

—Invitación de la ciudad, señora Solla. El alcalde quiere que lo sepa, la guardia de seguridad la protege, puede actuar como lo desee.

<< Ese alcalde adivina el pensamiento. >>

El lugar imitaba el interior de un gran dirigible, o a varios de ellos fundidos en un solo ambiente. Había ventanas falsas con paisajes aéreos, timones en torres de mando, paneles de control de calderas, trípodes con fusiles inutilizados apuntando a las ventanas falsas. La vestimenta de los guardias internos de seguridad, quienes solo portaban garrotes, era igual a la utilizada por los paramilitares en muchos dirigibles.

Saboreó la copa y se levantó hasta uno de los timones. Miradas disimuladas la seguían. Leyó la placa dorada en el timón: La Exploradora. Había sufrido daños y estaba agrietado, tenía además la bandera con los anteojos y alas de águila de aquel legendario navío que perteneció a su familia por cinco generaciones, en lejanas tierras. Entonces arrojó la copa contra el suelo.

— ¡Bass von Rotterdam! Te reto en duelo a muerte. Soy Gemma Solla Hazell. Mataste mi tripulación en ataque traicionero, robaste mis tesoros. ¿Qué escoges? ¿Rojo o negro? ¿Con todo? ¿O prefieres mandarme a matar por alguien más valiente que tú, cuando yo salga del pueblo?

Abrió el sobretodo y lo plegó a sus espaldas. Una blusa roja dejó ver gran parte del busto. Las cachas de los revólveres emergieron de sus caderas. Vio cuando los rifles, del personal de seguridad del alcalde, se movieron. Era un reto a muerte, con una apuesta formal y dentro del pueblo más estricto de los alrededores. Nadie iba intervenir, a menos que el retador aprovechando su posición de mando en este recinto, ordenara disparar contra ella por sus propios compinches ocultos en las habitaciones. Eso significaría por supuesto la muerte, las fuerzas del alcalde eran superiores en número y armamento.

Por una puerta, cercana a la orquesta, salió un hombre maduro. Solla dedujo de inmediato, por su parecido, que debía ser el padre de El Bello Piloto.

—Soy Bass von Rotterdam. ¿Cómo no te vi en el dirigible? Nos habríamos divertido juntos. Sin tanta ropa y amarrada a un timón, debes verte bien.

—Yo estaba en la garita de fusileros, contestando tu fuego. Con el primer impacto caí por una pendiente. Un caballo negro con sus dientes me arrastró por las ropas y me salvó. Salí de allí antes que llegaras a saquear. Vamos, tengo ganas de terminar mi botella.

El hombre hizo una seña, la multitud se apartó, los meseros retiraron las masas. Apareció el hombrecillo de levita, había estado oculto en un balcón de cortinas rojas.

—Fichas negras, con todo. Solla reta a Bass. Negras, con todo. Daré tiempo para que hagan sus apuestas. Nadie hable o se mueva, los empleados pasarán frente a cada uno.

El hombrecillo se apartó, caminando despacio. Los retadores bebieron champaña de sus propias botellas, sin apartar la vista uno del otro.

Terminaron las apuestas. El alcalde, cuando estuvo detrás de la barra, habló con el embudo frente a la boca.

—Es ficha negra y con todo. El ganador debe rematar. El perdedor pierde todo. Cuando suene el pito, pueden disparar.

Sonó el pito y como un eco instantáneo sonaron dos disparos. Bass estaba sonriente con las manos en las cachas de sus revólveres, todavía hundidos en las fundas. Solla los tenía en la mano, humeando.

Bass cayó de rodillas y luego hacia atrás, sin soltar sus armas. Solla se aproximó, con la punta de su bota pateó los testículos del caído. No se movió, no necesitó rematarlo. El hombrecillo de levita corrió hasta el cuerpo, miró los agujeros en la boca. Entonces hizo una seña y sonó una campana.

—Ganadora, Gemma Solla Hazel. Guardias, protejan con su vida a la nueva dueña del casino y sus propiedades.

—Que siga la música —dijo Solla en voz baja y la orquesta arrancó, el intempestivo vocerío fue atenuado por los aplausos.

Solla regresó a su mesa. Los guardias hicieron un cordón de protección mientras retiraban el cadáver y ponían en orden la sala. Dos mujeres de belleza extraordinaria se aproximaron respondiendo a su gesto de invitación, luego hizo una seña a uno de los guardias. Este llegó con lentitud, llevaba pistolas parecidas a las de Solla, dos cananas cruzaban su pecho y tenía la insignia de piloto de dirigible.

—Soy Juancho, hijo del alcalde y aprendiz de piloto, señora.

—Llámame Solla, por esta noche. Traigan copas y otra botella.

Y mandó a cerrar los cortinajes del balcón.

***

La india Mayuna, una mujer de pelo blanco y engañosa frágil contextura, palmeó los sudorosos músculos de Pluma y Flecha, también examinó sus dentaduras. Los dos caballos producían vapor con la transpiración corporal.

—Todavía son jóvenes para enfrentarlos en algún casino. En un año estarán listos, sigan mis recomendaciones, sin protestar, dejaran en alto su linaje y se ganaran La Verde Llanura. Paloma Blanca y su hijo Gancho nunca se quejaron, fueron mis mejores alumnos, hasta ahora. Los imagino galopando, con sus estómagos llenos de hierba fresca, bajo un sol caliente.

—Haremos lo que digas, queremos ser los mejores y ganar La Verde Llanura —dijo Pluma. Flecha repitió sus palabras, con fervor religioso.

Estaban en un gran establo con suelo de arena púrpura, en los bancos alrededor los entrenadores indígenas observaban los dos nuevos aspirantes a gladiadores, no hablaban, votaron levantando una pluma roja o negra.

Solla abrazó el cuello de cada uno de los futuros combatientes, para felicitarlos.

—Ustedes, aunque inexpertos, estaban dispuestos a luchar a mi lado si alguien me hubiera retado, eso no es poco para mí. Volveré en un año, en el Infiernito se convertirán en leyenda.

Ambos caballos se estremecían de emoción, mirándose con alegría.

Las dos mujeres salieron del establo. Había construcciones similares alrededor. En grandes corrales al menos cincuenta caballos realizaban ejercicios de combate, no relinchaban, solo sus respiraciones formaban un murmullo en el amanecer del desierto.

A un centenar de pasos, el dirigible en el cual Solla trajo a Pluma y Flecha reflejaba con su blancura la luz del sol naciente. El eventual suspiro de la caldera parecía la respiración de una bestia impaciente de volar. Los fusileros miraban desde las escotillas, esperando el regreso de su capitana.

Al mediodía, cuando desde las nubes contemplaba el desierto, Solla observó con el telescopio la zona donde tanto tiempo atrás había perdido su tripulación, su nave y sus tesoros.

<< Qué sorprendente es la vida. Cuando decidí convertirme en pirata en este extraño continente, vino uno de ellos, derribó mi navío y casi me mata. El alcalde Pancho Barón Sombrero nunca sabrá que el Infiernito era mi primer blanco. De no ser por el ataque de Von Rotterdam, ese día yo habría derribado el dirigible de turistas y mi cabeza tendría precio. Me  pregunto si ese hombrecillo de levita de alguna manera sabia de mis planes. ¿Quién sabe? Su hijo me será útil, quiero ser la reina del Infiernito. >>

Fin

Excelente relato el que nos ha obsequidao Joseín, muchas gracias amigo.

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Repito la ilustración aquí abajo porque en la portada salió recortada:

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